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Dos minutos, cuarenta segundos y una claqueta




Niki Lauda y James Hunt

Si algo ejerce fascinación es el rugido de un motor que anuncia la posibilidad de morir. Si algo ejerce fascinación es la posibilidad de dibujar mundos ajenos en los que tenemos un hueco y en los que nos introducimos buscando explicaciones. Si algo ejerce fascinación, entonces, es la suma de lo anterior que ofrece como resultado películas y automovilismo en un solo paquete.

La aparición de Fernando Alonso en los circuitos provocó, en su momento, un considerable aumento del interés por el automovilismo en España. Pero la pasión por el motor no es nueva. Como dice uno de los personajes de la película 'Rush' los hombres aman a las mujeres, pero, por encima de todas las cosas, aman el automóvil. También hay mujeres que sienten esa misma pasión; se lo garantizo. El cine siempre se ocupó de encajar los motores rugiendo en las películas importantes y de usarlos como excusa para maquillar la mediocridad. Algunas dedicaron todo el metraje a este deporte; infinidad de ellas tuvieron en el automóvil una herramienta fundamental con la que narrar.

'Rush' (2013). El realizador Ron Howard logra un encaje perfecto entre pasión por el automovilismo y carga dramática. 'Rush' trata de ser un biopic sobre James Hunt y Niki Lauda (interpretados por Chris Hemsworth y Daniel Brühl respectivamente) y, al mismo tiempo, se centra en uno de los campeonatos más emocionantes y disputados de la historia de la F1.

Los personajes se trazan con detalle y asistimos a un choque de personalidades brutal, a una historia lleno de respeto, pero, al mismo tiempo, de odio. El guionista es hábil y va alternando las voces narrativas (de los pilotos) por lo que el contraste resulta más contundente.

La dirección de Howard es impetuosa y logra que las escenas centradas en la competición resulten emocionantes y espectaculares. Algo más pausado es el ritmo narrativo cuando la cámara mira a los personajes desenvolviéndose en su vida privada. Howard consigue que, tanto Hemsworth como Brühl, dejen lo mejor de ellos mismos en cada escena. La arrogancia, la frialdad, lo milimétrico del carácter de Lauda o la pasión por disfrutar de la vida y por jugársela en las carreras de Hunt, quedan dibujados con exactitud gracias a las interpretaciones de los actores.

Por su parte, Anthony Dod Mantle realiza un trabajo fotográfico espléndido (el tramo final es extraordinario) y logra que los efectos sonoros y la partitura conviertan la película en un producto de gran calidad.

'Rush' es un trabajo respetuoso con el carácter técnico de este deporte. Tiende a un realismo poco invasivo y a no meterse en charcos innecesariamente.

'Driven' (2001). Esta película es todo lo contrario a 'Rush'. El guion de Sylvester Stallone es un desastre y el resultado es un reclamo para los locos del motor. Como si alguien aficionado al automovilismo se sentará ante un bodrio como si nada por el hecho de ver coches veloces en la pantalla. El reclamo es un insulto al espectador. Ruido de motor, música estridente, una historia de amor completamente estúpida y una heroicidad increíble entre los personajes. Por si era poco, el director Renny Harlin convierte los coches en una especie de cohete que si choca puede llegar volando a cualquier lugar improbable; los pilotos se bajan de sus máquinas en medio de la carrera para ayudar a un compañero en apuros; la conducción que nos ofrecen es más propia de niños en una pista de karts que de pilotos profesionales. Y, claro, las carreras terminan pareciendo un capítulo de los autos locos. Stallone, Burt Reynolds y Kip Pardue defienden sus papeles con poco éxito. Haciendo gestos no se puede ir a ninguna parte.


'Bullitt' (1968). Si nos centramos en las películas que tienen en nómina a los coches como si fuesen un personaje más, podemos pensar en varias; pero nunca faltaría en una lista 'Bullitt'.

Dirigida por Peter Yates, con partitura de Lalo Schifrin (magnífica) y la actuación de Steve McQueen (Jaqueline Biset le acompaña, pero solo eso). En 'Bullitt' se encuentra la que es (mientras no se demuestre lo contrario) la mejor y más apasionante persecución en coche de la historia del cine. En las calles de San Francisco, subiendo y bajando cuestas, esquivando peligros, acelerando hasta límites insospechados. Un Ford Mustang G. T. 390 Fastback persigue a Dodge Charger R/T 440 Magnum. Ambos son del año 1968. Los diez minutos que ocupa esta persecución son fascinantes.

Si, además, sumamos que 'Bullitt' es una excelente película policiaca que escapa de todo cliché y que Steve McQueen hace un papel imponente, hablamos de un clásico imprescindible para amantes del motor y aficionados al cine.

'Dos en la carretera' (Two for the road, 1967). El matrimonio visto desde la metáfora de un viaje por carretera. Crisis, pasión, infidelidad, complicidad, rutina... Todo lo que un matrimonio encierra subido en un coche y preparado para viajar. Gran parte de la acción sucede con el motor encendido y rodando por el asfalto.

Stanley Donen presentó un producto muy amable jugando una baza segura: Audrey Hepburn. Albert Finney que está espléndido es el marido. La estética sesentera predomina aunque la película, en general, envejece bien. La pareja, al son de la partitura de Henry Mancini (exquisita e inolvidable) recorre el mundo, su vida entera. Y Donen monta la película rompiendo la linealidad de la trama, llevando a sus personajes de un lugar a otro y de un tiempo a otro (por supuesto los espectadores vamos detrás). De este modo, estamos obligados a componer un puzle que termina siendo la historia de cualquier matrimonio. Maravillosa película.

G. Ramírez

 


‘There will be blood’ es una película filmada en el siglo XXI. Presenta uno de los mejores arranques de toda la historia del cine, una de las interpretaciones más completas que se recuerdan de los últimos treinta años y una banda sonora extraordinaria. Es cine de verdad; es un homenaje al cine de verdad.

‘There will be blood’, ‘Pozos de ambición’ en España, es una película estrenada en 2007. Se trata de una cinta extraordinaria que puede gustar muchísimo o aburrir a salas enteras. ¿Cómo puede ser eso? Pues porque ver esta película exige un grado de reflexión más que importante y no todo el mundo está dispuesto a hacerlo.

Es una adaptación de la novela de Upton Sinclair ‘Petróleo’, escrita en 1927. Y es un homenaje al cine clásico. Incluido el cine mudo, todo tiene su propio guiño reservado en la película del realizador Paul Thomas Anderson. Aborda un asunto espinoso que lleva dividiendo a las sociedades desde hace siglos: ¿lo importante es lo material o lo esencial es lo espiritual?

Si no ha visto usted la película debería detenerse aquí. Me temo que para explicar lo que creo que es fundamental tendré que referirme a escenas concretas desvelando parte del libreto.

En la Biblia, concretamente en el Génesis, nos cuentan lo que sucedió entre Caín y Abel. Ya saben que fue el primer asesinato que cometió el hombre según la tradición judeo cristiana. Pero en realidad nos presentaban dos formas de vida; por un lado, el peligro que representaba el sedentarismo para un pueblo que tenía como objetivo encontrar a Dios y no podía quedarse quieto; por otro lado, el nomadismo. La historia de Caín y Abel se leyó siempre muy mal. Se sigue haciendo. En ‘There will be blood’ tenemos esa muerte del hermano (o del que se hace pasar por él) como pecado de uno de los personajes y la confrontación entre el capitalismo y la religiosidad como forma de vida. Por eso la última escena de la película es la que es. Daniel Plainview, el empresario que se obsesionó con el poder del dinero muchos años atrás, asesina al pastor Eli Sunday. Representan el capitalismo más salvaje y la espiritualidad más tramposa y casposa, respectivamente. El dinero acaba con lo que no se puede tocar, con lo espiritual. Y así fue en ese momento histórico y aún sigue vigente. Si la película se ve como la historia de un hombre que progresa y se vuelve loco a causa del dinero, no estaremos entendiendo nada de nada.

La fotografía de ‘There will be blood’ es sensacional, se busca un movimiento de cámara que esté justificado y sea elegante (la escena de las vías de tren al frente y el vehículo circulando en un camino paralelo es impresionante), el vestuario es espectacular, maquillaje y peluquería estupendos, la puesta en escena como conjunto resulta elegante. El montaje es clásico y no presenta problema alguno aunque es lo menos destacable.

El trabajo de Daniel Day-Lewis encarnando al personaje principal es completo y perfecto. Se le ha tachado de histriónico aunque lo que hace el actor es llevar al extremo un perfil que requiere cierta tendencia a la exageración puesto que es la representación sarcástica de un sistema económico completo. Paul Dano hace un buen trabajo haciendo de pastor radical y fanático aunque va de menos a más en su interpretación.

Un aspecto importante que no puede dejar de destacar es la banda sonora. Es magnifica; la firma Jonny Greenwood, componente de Radiohead.

La película huye como si del diablo se tratase de todo eso que vemos en las películas actuales y que rebajan tanto los niveles técnicos: planos secuencias eternos sin justificar, planificaciones absurdas, bandas sonoras invasivas que en lugar de matizar la imagen son acompañadas por la imagen, trucos que tapan las carencias y no eliminan los problemas...

Esta es una película que se debe ver. Cada cual disfrutará más o menos, pero hay que verla porque es de las que ayudan a formar un criterio propio. Es lo que tienen las grandes cintas.

G. Ramírez

 


Esta es una de las mejores películas de terror de todos los tiempos. La mezcla de religión, maldad, bondad inservible, muerte y miradas intrigantes, es perfecta.

Si tuviera que elegir diez películas que me dan mal rollo, sin duda, ‘La Profecía’ estaría entre ellas. No hay grandes efectos especiales (una cabeza volando y poco más), no hay sustos horribles, no hay baratijas, vaya; pero la película está muy bien contada, lo que narra es el verdadero horror (la maldad en estado puro), los actores están más que bien y, sobre todo, el niño (Damian) tiene una cara de mamón que pone los pelos de punta. Qué mirada. Además, la música de Jerry Goldsmith ayuda mucho a crear ese clima del que es imposible escapar durante los ciento nueve minutos de metraje. El verdadero infierno.

La he visto varias veces y aún me sigue dando miedito. Esas fotografías que señalan la muerte próxima de los retratados, los sacerdotes enloquecidos por la llegada del demonio, los perros que acompañan y guardan al mal, la intuición de una madre que no puede mirar a su hijo porque sabe lo que hay, un hombre consciente de que su cobardía le ha llevado a todo eso y ve como pierde su vida entera; todo el conjunto es suficiente para que te pegues al asiento y no quieras saber nada de lo que hay más allá de la luz (de la de la habitación, digo). Si a esto le sumamos la cara de mamón del niño que interpreta a Damian, tenemos asegurado un rato inolvidable.

Siempre que la comienzo a ver, me pregunto si la película habrá envejecido bien o la estética y el punto de vista se habrán quedado anticuados. Siempre que acabo de verla, pienso en lo bien que se hacían las cosas cuando el cine era cine de verdad y no tanto ordenador ni tantas dimensiones.

El sexto día del sexto mes y a las seis de la mañana nace un niño. Estamos en Roma. El padre es el embajador norteamericano en esa ciudad. Le comunican la muerte del bebé. Él, desesperado, visita un hospital católico donde le ofrecen un recién nacido a cambio. Así podrá ocultar a su esposa el drama. Todo parece normal hasta que la niñera de Damian (después de ver a un perro de lo más inquietante) se ahorca durante el cumpleaños del niño, en presencia de todos los invitados. A partir de aquí la cosa se complica de lo lindo. Unos versículos del Apocalipsis que anuncian la llegada de Lucifer a la tierra se van convirtiendo en realidad a medida que avanza la trama.

Gregory Peck interpreta el papel de padre; Lee Remick el de madre y al niño, a Damian, le da vida un enano con cara de mamón que tira de espaldas. Richard Donner fue el que dirigió el rodaje de esta joya del cine de terror.

La película se estrenó en 1976 y, supongo, que serán pocos los que no la hayan visto. Si aún queda alguien en el mundo en esas condiciones (imperdonables condiciones) acepten este consejo: apaguen las luces del resto de la casa, tengan a mano algo de beber, si fuman preparen tabaco y mechero, dejen que anochezca, pulsen la tecla play y esperen. El número 666 y la cara de mamón de Damian no se les olvidará jamás. Mal rollo y buen cine es una mezcla inigualable.

Nirek Sabal

‘Prometheus’ es la precuela de ‘Alien, el octavo pasajero’, pero es una película fallida por muchas razones. Muchas de ellas ridículas. Una superproducción que se queda en un mal intento.

Imaginen ustedes que les encargan escribir un guion para una película de cine. Les dicen a ustedes que la cosa va de contar el viaje espacial más importante para la humanidad desde que lo es, puesto que la nave y su tripulación van en busca de los creadores del hombre. Un reto ¿verdad? Si, además, el director de esa película es Ridley Scott y todo pasa por ser una precuela de su obra maestra ‘Alien: el octavo pasajero’, el asunto puede producir un ataque de ansiedad por su importancia.

Pues eso le debió pasar a Damon Lindelof (sí, el mismo que escribió el gran timo televisivo que resultó ser la serie ‘Perdidos’). Pero debió darle el ataque sin que lograse reponerse hasta después de entregar el trabajo. De otro modo no se explica que alguien escriba semejante estupidez como es este guion. El director, el señor Scott, debió pensar que todo daba igual, que él lo arreglaría con efectos visuales grandiosos, escenarios alucinantes, una puesta en escena elegante y un montaje que eliminara cosas para idiotas profundos.

Lógicamente, se equivocó porque un guion nefasto es mal compañero de viaje a pesar de cargar con millones de dólares. Ni efectos visuales y especiales, ni una cuidada producción, ni esa puesta en escena tan elegante y profesional, ni nada de nada, puede con la carga de un pésimo guion. Si el objetivo era hacer pasar un buen rato al espectador, vale. Porque la película es espectacular si nos centramos en muchas de sus escenas. Aunque eso convierte ‘Prometheus’ en candidata a ser olvidada con rapidez. Si sumamos a todo esto que, comparada con ‘Alien’,’Prometheus’ parece la prima del pueblo, el olvido es inmediato y obligado para cualquier amante del cine.

El guion de Lindelof debería incluirse en los temarios de las escuelas de cine del mundo entero. Bajo el título: ‘Lo que nunca nadie debe hacer si quiere escribir un buen guion’.

Algunos detalles que les pueden ayudar a hacerse una idea del desastre que representa este trabajo (a partir de aquí se desvelan datos de la trama):

El viaje interespacial es de suma importancia. Pero, qué cosas, cuando después de dormir plácidamente durante más de dos años, el robot despierta al personal y resulta que no se conocen entre ellos. Supongo que se prepararon el viaje por internet. Chateando y eso.

Bien. Ya despiertos, nos dicen que allí están los mejores. Era de esperar ante la importancia de la misión. Pero siendo los mejores parecen tontos de capirote. Llegan al planeta de destino y, sin la más mínima preparación o estrategia científica se suben a los vehículos y se lanzan a explorar un lugar inmenso, desconocido y, posiblemente, peligroso. No voy a mentir; hay una justificación. Uno de los superlistos dice que es navidad y que él va a abrir sus regalos; es decir, quiere encontrar marcianitos. Por supuesto, alguien hace una lectura del aire que resulta ser respirable. Cascos fuera. Venga que aquí no pasa nada. Un científico no haría algo así. Ni usted ni yo. Pero para esta tripulación la cosa va de llegar y hacer lo que a uno le da la gana. Todos regresan, excepto dos. Se quedan dentro de lo que llaman la cúpula. Uno de ellos ha sido capaz de levantar un plano tridimensional del lugar, es geólogo experto, pero se pierden y, por ello, no vuelven a la nave con los demás. Como todo el mundo sabe, los científicos que viajan al espacio no distinguen la derecha de la izquierda, ni arriba o abajo. Por supuesto, cuando aparece un bicho con muy mala pinta; pero mala de verdad; en lugar de salir pitando, el otro, el que sabe de estas cosas, cree haber encontrado un cachorro de pastor alemán y le trata de enseñar a dar la patita. El espectador ya sabe que es una mutación de lombriz (a saber de dónde han salido las lombrices; mejor no pensar en ello para no irritarse más). La lombriz ha tenido contacto con un líquido negruzco y desconocido y se ha convertido en un ser terrible. Pero Einstein lo confunde con Toby.

Más detallitos. Una del grupo queda embarazada. De su novio que es el que se quita el casco en primer lugar. Este ha sido infectado por el líquido negro y desconocido. El androide de a bordo ha sido el causante. Él (el novio) ve cómo un gusano le sale del ojo. Pero no pasa nada. Va como si nada a la siguiente misión de exploración. Soy científico y soy más tonto que pichote.

Bien, pues el lumbreras es el padre de la criatura que ha sido concebida tras tomar (papá) el dichoso líquido. La madre, tras enterarse del asunto y saber que la quieren dormir para trasladarla a la tierra en estado de buena esperanza; esto es, con un calamar muy cabreado dentro; decide hacerse una cesárea. Para ello decide utilizar la máquina que está situada en una cabina de salvamento. Esa cabina es de la jefa de todo este lío y le permitirá vivir durante dos años si la utiliza. La máquina opera sola, pero sólo a hombres. Qué cosas. ¿Para qué querría una mujer esa máquina? El caso es que el calamar es extraído y la mujer debidamente grapada. ¿Qué hace ella? Lo normal. Correr una maratón, pelear con unos y otros y resistir la caída sobre su cuerpecillo de una nave de, digamos, 5.000.000 de toneladas. Como lo oyen. ¿Cómo se libra de una muerte segura? Muy sencillo. Al huir cae junto a un adoquín que impide el aplastamiento. No hace falta decir que en su carrera, al huir de la mole que le cae encima, no modifica la trayectoria ni un centímetro. La dirección coincide, exactamente, con la de la nave cayendo.

El detalle más estúpido se produce cuando el capitán de la nave ha de interceptar a otra que huye con el bicho malo dentro; se trata de estampar su nave contra la que escapa y, llegado el momento grita a su compañero con las manos en alto ¡Sin manoooooosssss! Horrendo.

Estos son algunos detalles lamentables aunque no están todos. Pero es que, además, los personajes son superficiales y el espectador no puede entender nada de lo que pasa al no empatizar con nadie. Como es lógico, la carga dramática se desvanece por completo.

Ridley Scott se traiciona a sí mismo al meter por medio de este desbarajuste a su ‘Alien’. Sin un buen guion no hay nada que hacer y cualquier cosa que esté próxima puede salir dañada. Creer que lo demás puede ser la solución es una metedura de pata enorme. Tampoco está muy afortunado sumando planos muy cortos durante mucho tiempo. La película es muy deudora de ‘Alien’ (salvando las enormes distancias, claro). Contiene casi todo lo que funcionó en esa obra maestra convirtiendo todos los aciertos en una mala copia sin pies ni cabeza, sin nada en lo que sostenerse mínimamente.

Las interpretaciones son bastante normalitas. Se libran de la mediocridad Fassbender y Charlize Theron, aunque sin grandes lujos. Y lo de elegir a Guy Pearce para interpretar a un anciano en lugar de contratar a un anciano de los de verdad es incomprensible.

Pues todo esto se acompaña de una música omnipresente y excesiva que no dice gran cosa a pesar de todo.

En fin, una película mediocre. Entretenida y visualmente potente por la técnica utilizada. Nada más.

Nirek Sabal

La guerra es eso que hace un hombre (pocas veces las mujeres) buscando un grado de infelicidad común que impide al ser humano sentirse pleno. La guerra es eso que siega la vida de millones de personas al cabo del año y lo hace a cambio de nada. La guerra es eso que nos pasa factura durante décadas y convierte las sociedades en hervideros que preparan el siguiente conflicto como si fuera la cosa más normal de las que pueda hacer alguien en este mundo.

Pero, aun siendo un verdadero desastre, en una guerra cabe todo. Incluso la bondad y el arte. Es algo tan extraño eso de matarse unos a otros que cualquier cosa puede pasar alrededor de un conflicto en el que miles de vidas desaparecen cada jornada. Nadie debe escandalizarse con esto. ¿Cuántos cuadros representando batallas y escenas violentas hay en los museos de todo el mundo?

Pierre Lemaitre entregó un relato estupendo titulado como la película de Albert Dupontel. ‘Nos vemos allá arriba’. Una novela excelente que fue premiada con el Goncourt en 2014. Por ello, resulta una paradoja que la película tenga las fortalezas colocadas en lugares diferentes al guion. Dupontel adapta bien el texto de Lemaitre, pero olvida que una novela no es un guion y que la literatura no es cine. En cualquier caso, no se trata de un libreto especialmente flojo. No, el problema es que la película está a un nivel técnico asombroso y el guion no lo está. Ni más ni menos. Está bien, pero no es suficiente.

Ahora bien, ‘Nos vemos allá arriba’ (‘Au revoir là-haut’, 2017) es una película estupenda. La puesta en escena es un primor. Todos los detalles parecen estar cuidados al máximo, la sensación de uniformidad es aplastante. El vestuario extraordinario. Pocas veces la integración de ese vestuario en la paleta de colores que se despliega en pantalla fue tan importante. La peluquería y el maquillaje exactos.

La cámara de Abert Dupontel se mueve con elegancia, a veces a una velocidad imposible sin que moleste al espectador. Los planos secuencia (los del arranque de la película especialmente) están justificados y su utilidad para la estructura narrativa es absoluta. Los planos cortos buscando lo mejor de la interpretación de Nahuel Pérez Biscayart se entregan desde el mejor de los encuadres. En este caso es especialmente importante ese acierto puesto que el argentino se pasa el noventa por ciento del tiempo tras una máscara. Le quedan los ojos y el movimiento corporal para encarnar un papel lleno de matices que, además, es entrañable. El realizador Dupontel, encarna a otro de los personajes protagonistas. Si Pérez Biscayart intenta representar esa zona que ocupa el arte dentro de un conflicto, una estética de la violencia que existe aunque resulte dolorosa; Dupontel defiende un personaje que representa la bondad, la esencia blanca y cristalina que un ser humano conserva aunque tenga que vivir el peor de los momentos de su vida. El resultado pendula entre lo patético y lo irónico, entre lo bello y lo repugnante.

El argumento tiene algún problema de profundidad al armarse con una serie de subtramas que van debilitando el cuerpo central narrativo y que, a cambio, aportan poca cosa. Por ejemplo, la relación de un antiguo oficial que estuvo al mando de los protagonistas durante la guerra pierde potencia a medida que avanza el relato cuando es fundamental. Queda prendida con alfileres a costa de imágenes espectaculares que presentan una fiesta maravillosa por loca y divertida. Pero, hay que insistir, se perdona puesto que el conjunto es una maravilla. Y porque nos dibujan nuestro propio universo en un ámbito que pertenece a la ficción. De eso va el arte, de colocarnos al lado de lo que somos para que nos entendamos.

Merece la pena acercarse y echar un vistazo a este trabajo entrañable, espectacular, colorista, sorprendente, honesto y divertido. Si alguien ha leído la novela no debe preocuparse. Aunque la adaptación es cercana al original, la puesta en escena convierte la trama conocida en una carga llevadera. Es más, creo que conviene leer la novela antes de mirar la pantalla.

Nirek Sabal



Con 'Piano Blues' en pantalla, si alguien le pegara con cola los zapatos al suelo no podría evitar que usted se los quitase para poder seguir el ritmo. Porque esta película es una joya que contiene blues de gran categoría. Ya sabe usted que el jazz despojado se su estructura modal deja al descubierto el swing; y que ese swing envuelve al blues. Pero esto pasa en cualquier tipo de música moderna. Todo es blues. El pop lo es, el rock, el soul... 'Piano Blues' es una película documental de Clint Eastwood. Lo que hace Eastwood es ir charlando con músicos vivos sobre su propia música y sobre la que más ha influido en cada uno de ellos, es decir, habla con ellos de su propia vida. Pero no habla con cualquiera. Ray Charles, Dave Brubeck, Dr. John o Marcia Ball, son algunos de sus invitados. Les escuchamos contar y les escuchamos tocar. No hace falta decir que resulta muy agradable y toda una lección de lo que es interpretar una pieza de jazz al piano.

A medida que fluyen las conversaciones van apareciendo nombres míticos. Y, lógicamente, Eastwood nos regala imágenes y sonido de actuaciones de músicos que fueron claves en el desarrollo del blues. Art Tatum tocando 'Humoresque', con la mano derecha potente y la izquierda a una velocidad imposible. El Stride de Harlem interpretado por Dorothy Donegan. Otis Spann al piano para dejar una versión de 'Blues Don’t Like Nobody' que quita el hipo. El sorprendente Nat King Cole (al que muchos recuerdan como cantante y solo como cantante) al piano interpretando 'It’s Better to Be Yourself'. Y cantando, claro. Y muchos más.

Los noventa minutos de película resultan emocionantísimos. Eso es lo que busca Eastwood. Porque el lugar que ha ocupado el piano desde los años 20 del siglo pasado en la música jazz ha sido especialmente importante. Esta música, la música norteamericana en general, no se puede comprender sin escuchar a Duke Ellington o a Count Basie (también aparecen en el documental) y su aportación desde el piano.

Si echan un vistazo a la cinta presten atención a la versión de 'Boogie Woogie Dream' de Pete Johnson y Albert Ammons; y a la que Ellington y Ray Charles hacen de 'Duke’s Place'. 

La película se puede encontrar en formato Dvd dentro de la colección The Blues que presenta Martin Scorsese. Y no está traducida al español. Se puede ver en inglés. Sin subtítulos.

Nirek Sabal

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