facebook twitter instagram youtube
  • INICIO
  • ESCRITORES
    • Nirek Sabal
    • Gabriel Ramírez
  • PÁGINAS AMIGAS
    • Dos minutos, cuarenta segundos y una trompeta
    • Dos minutos, cuarenta segundos y una novela
    • La Vida del Revés
  • CONTACTAR

Dos minutos, cuarenta segundos y una claqueta




 



Según la mitología nórdica serán los lobos los que devorarán el sol y la luna justo antes del fin del mundo. Michael Haneke, muy en la línea de Thomas Hobbes, nos enseña a un hombre que no es más que un lobo para el hombre. Y lo hace desde una narración abierta de principio a fin. Lo que sucede no hay que comprenderlo como parte de un colapso total de la humanidad sino como desastres personales que suman convirtiendo el resultado en inexplicable, contradictorio e inevitable. La humanidad ha fracasado (el espectador no sabe el porqué). Cada persona se enfrenta a su propia desgracia. Los hijos no encuentran refugio en los padres que tratan de sobrevivir como pueden y se distancian sin remedio (con Haneke siempre encontramos el terror en lo jóvenes); se convive con el horror porque es un ingrediente más de la vida (la escena de la violación en la estación del tren es, sencillamente, espeluznante); la muerte se instala con naturalidad junto a cada persona; el mundo es un infierno y los hombres han devorado el sol y la luna a base de acumular maldad y desinterés por todo lo que no sea él mismo. Ahora bien, Haneke deja la puerta abierta (casi siempre lo hace). Bien sabe este director que la fuerza de las personas puede ir mucho más allá y prende una luz de esperanza al final de la película. Lo que ocurre es que alimenta esa esperanza desde un lugar extraño, desde la propia maldad, codicia y brutalidad del ser humano. Podrá salir adelante por su condición y esa condición es la suma de todo lo que es.



Michael Haneke se apoya en Isabelle Huppert para ofrecer su propuesta. Espléndida, la actriz; espléndida la propuesta; no tanto el producto final. Escenas como la que abre la película es maravillosa aunque a medida que avanza la trama, la película va perdiendo fuerza de forma inevitable (es lo que tienen los grandes retos). La fotografía magnífica. La dirección de actores notable. Pero el guion se pierde en exceso en el drama individual perdiendo perspectiva sobre la totalidad de forma excesiva. Puede colar como guion aunque las expectativas que deja abiertas sobre filosofía y mitología no se ven cumplidas. En cualquier caso buena y exigente película. Enfrentar al espectador con un sacrificio ritual que un crío decide realizar para engrosar el número de justos que han de morir para salvar la humanidad o la toma final (traveling lateral) desde el tren no es fácil. Ni es sencillo enseñar al hombre lo más sucio que lleva dentro para que lo valore. Ni son del gusto general los planos fijos eternos a los que nos tiene acostumbrados este director. Haneke se acerca peligrosamente a la zona más oscura, pero lo hace moviendo la cámara de forma magistral, guste más o menos. Lo bueno es, a veces, doloroso.

G. Ramírez


 


Michael Haneke es un director de cine que tiene mucho que decir. Frank Kafka es uno de los escritores más grandes de todos los tiempos. 'El castillo' es una novela que les ha unido para siempre. Es posible que esto suene algo pomposo, pero no se trata de ninguna exageración.

La adaptación que hace Haneke de la novela de Kafka se ajusta al texto de forma casi exacta. Para ello, el director elimina algunas imágenes descritas en el texto original con detalle. Escapa de la contaminación visual que provocaría algo así en una lectura posterior del texto. Por ejemplo, el castillo que el escritor dibuja en la novela no aparece en la película. La subjetividad de la cámara se elimina, también. Haneke quiere limitarse a mostrar lo que Kafka dijo. Ni más ni menos. Con ello alcanza un notable parecido al espíritu de la obra; logra un escenario opresivo, imposible de entender; unos personajes muy pegados a los que Kafka quiso crear.

'El Castillo' es una adaptación para la televisión. Esto explica el ánimo del director al enfrentar el proyecto. Para Haneke, la televisión imposibilita totalmente la creación artística; es imposible hacer cine en ese medio. Esta afirmación es del todo dudosa (actualmente, una vez que los complejos han desaparecido, se ha demostrado todo lo contrario), pero marca de principio a fin el trabajo.

Sin música (esto es habitual en el cine que realiza este autor), sin ningún intento artístico, 'El Castillo' presenta la llegada de un forastero a una aldea que pertenece a un castillo próximo. Todo está prohibido y se acepta al mismo tiempo por los silencios o los errores de un aparato administrativo descomunal. El amor aparece de forma absurda (¿no es el amor eso que aparece o desaparece de forma inesperada y ridícula?) y desaparece o es escondido a causa de razones diversas. Las relaciones personales son confusas y rozan el patetismo. A cualquier avance del personaje principal, K., hacia ese castillo se enfrenta una imposibilidad manifiesta por llegar hasta él, un alejamiento inesperado y desesperante. La integración en el sistema convierte al recién llegado en preso para siempre de la mecánica. Del mismo modo que la novela quedó inconclusa la película acaba de modo que el futuro es incierto. Se suma a esto un gran número de fundidos que sirven como elipsis que eliminan todo lo superficial, tal vez lo que nos resultaría más familiar a los espectadores.


La dirección de actores es estupenda. Todo podría convertirse en un disparate sin sentido, pero Haneke logra controlar cada gesto para que eso no ocurra. Ulrich Mühe defiende su papel con maestría. Pero también están a la altura Susanne Lothar (el papel de esta actriz es especialmente difícil y, fácilmente, el histrionismo tendría cabida) o Paulus Manker. El resto es discreto y reflejo de la actitud del director.

Es posible que, de las adaptaciones de novelas al cine, esta sea una de las mejores muestras de fidelidad al texto original. Es posible que la unión entre Kafka y un director de cine no se vuelva a repetir con tanta claridad y con un resultado tan grande.

Echen un vistazo a la película si quieren descubrir a un director de primera línea. O si quieren ir conociendo a Kafka. Los que conozcan a los dos, prepárense para disfrutar de dos horas intensas y perturbadoras.

G. Ramírez

 


Los artistas se empeñan en que sus obras expresen lo que ellos tenían en la cabeza cuando escribieron, pintaron o rodaron una secuencia. Presentan la obra que toca y la explican para que nadie mire aquello desde una perspectiva equivocada. Insisten en ello una y otra vez. Su obra dice lo que ellos quieren que diga. Pero no. De eso nada. La contemplación de una obra de arte es todo menos eso. Es verdad que hay gente que antes de ir a ver una exposición, leer una novela o ver una película, echan un vistazo a críticas, manuales, biografías del autor o lo que tengan a mano, de modo que, cuando se enfrentan con la obra, ven lo que ya les han dicho que hay. Y tampoco. Esa no es la forma. Permite poder repetir lo que has leído al que tienes al lado mirando (si te toca uno que entiende un poquito haces el ridículo), permite creer que sabes de esto o aquello. Eso es verdad. Pero impide lo fundamental. Nadie puede recibir una obra de arte explicada. Eso es, sencillamente, imposible.

Digo todo esto porque he leído que Michael Haneke hace grandes esfuerzos en sus películas por encontrar razones que expliquen la aparición del fascismo en Europa después de la Gran Guerra. Y supongo que eso es lo que hace. Cosa que por otra parte me parece más que bien y no me importa en absoluto. Y digo todo esto porque ‘La cinta blanca’ me dejó pegado al sillón por muchas razones entre las que no se encontraba esa búsqueda de explicaciones sobre la aparición del fascismo.

Primero un par de pegas. Aunque la película es magnífica, conviene señalar los pequeños defectos que presenta. Haneke utiliza en esta película un narrador (voz en off de un maestro de escuela) que olvida con facilidad durante algunas secuencias. Si eliges un punto de vista no puedes modificarlo para contar algo en concreto. Por ejemplo, si el narrador no sabe no puede contar. Así de sencillo. Haneke juega a que el suyo habla, a veces, de oídas. Y podría servir si no hiciera, en efecto, un cambio en el punto de vista. Esta es una pequeña pega de la película. Por otra parte, un mundo terrorífico, en el que todo gira alrededor de la envidia y de la brutalidad, no permite cualquier cosa al construir un personaje. En ‘La cinta blanca’ tenemos un médico que es amante de la matrona de pueblo. Decide dejarla. Pues bien, la conversación que mantienen cuando él le comunica a ella su deseo de dejar la relación, es inverosímil. Un personaje puede tender a un extremo, por ejemplo, al de la maldad. Vale. Pero lo que dice ese personaje es completamente delirante. En la ficción también hay límites. Muy bien marcados. Y Haneke pasa por encima de ellos con cierta facilidad. Por último (en el capítulo de malas noticias) me sorprende que el director no utilice música (no lo hace casi nunca en sus películas) y que diga (esto es lo grave) que en la vida real no suena la música si no conectamos la radio o tocamos la guitarra. Ya lo sabíamos. Pero alguien debería decir a este hombre que sus películas no son eso que conocemos como mundo real. Es ficción. Creo yo que no pasaría nada, no perdería ni un gramo de intensidad su cine, al introducir música. Ciento cuarenta y cinco minutos son muchos minutos. Ya sé que esto es una apreciación muy, muy, personal. Pero me la perdonan ustedes.

Vamos con las buenas porque son excelentes. La fotografía de esta película es deliciosa. Se rodó en color, pero se presenta en un blanco y negro absolutamente maravilloso. El reparto, sin excepción, hace un trabajo impecable. Haneke logra sacar lo mejor de cada actor y, muchos de ellos, son niños (misión imposible). El clima que logra es terrible, horroroso, agobiante. Y lo hace sin empujones. Se toma su tiempo para hacerlo sin que apenas lo note el espectador. Excepto en el caso del médico, los personajes son totalmente creíbles.

Le guste poco o mucho al señor Haneke, su película habla de la duda. Lo del fascismo me parece muy bien aunque sería difícil que un espectador sin avisar lo viera con claridad. Muchos me podrán decir que no, que lo que hace es plantear preguntas y más preguntas sin dar solución a ninguna de ellas, que no habla de la duda sino que la plantea como vehículo para llevarnos hasta donde nos quiere tener. Podría parecerlo, sí, pero no es así. Dejar una narración sin principio o final claro (Haneke deja su película sin ninguna de las dos cosas) no genera dudas, no desarrollar la trama en su totalidad no genera dudas. No. Y Haneke no plantea cuestiones y las deja sin resolver. Al menos, no todas se quedan sin una solución. Lo que exige con su cine es máxima atención para que podamos solucionar esa trama (no he dicho inventar, eso es otra cosa). Los que se quedan a dos velas son sus personajes, su narrador. Esos viven y conviven con la duda a cuestas y el mundo se dibuja desde ese lugar y las consecuencias que añade a la vida de los personajes. No saber significa no poder vivir. Y todos los habitantes de ese pueblo alemán son ignorantes de sí mismos y de lo de otros.


Todo es muy impresionante en ‘La cinta blanca’. Difícil y fascinante.

Son muchos a los que el cine de este director, y ‘La cinta blanca’ en concreto, les parece un tostón. Lo puedo llegar a entender. Por ejemplo, no todo el mundo está dispuesto a mirar una pantalla que presenta una toma fija en la que la acción se desarrolla al otro lado de la pared durante más de tres o cuatro segundos. Haneke tiende a la exageración con frecuencia y quizás no aporte gran cosa a la intensidad narrativa o a la carga expresiva. No a todo el mundo le agrada que la narración deje abierto tantos frentes. Aquí el problema se hace enorme cuando el espectador intenta rellenar los huecos. Gran error por su parte. Eso es especular. Nada de echarle fantasía a la cosa. Lo que nos cuentan es lo que hemos visto. Nada más. Sin embargo, me apunto a los que se quedan pensando durante días sobre cómo han planteado una cuestión fundamental para el ser humano. Eso convierte en una maravilla este trabajo de Haneke.

G. Ramírez

El papel que defiende Isabelle Huppert es imposible aunque ella está sobresaliente

Que la vida nos lleva hasta lugares extraños y nos convierte, muchas veces, en eso que nunca hubiéramos imaginado, es una realidad. Las personas funcionan, se mueven por el mundo, como buenamente pueden. Cualquier cosa que suceda a nuestro alrededor nos parece posible (tal vez anormal, pero posible). Porque pasa y eso o hace posible. Es así de sencillo. Pasa y es. Todo es posible. Cualquier suceso, cualquier perversión en las personas, cualquier muestra de amor o de odio. El mundo es un lugar extravagantemente original e inopinado.

Pero todo esto forma parte del mundo, de la realidad. La literatura, el cine, la pintura o la música, tienen sus propios códigos, sus propios sistemas internos por los que evolucionan y sobreviven. Lo que puede ser verosímil en el universo no tiene porqué ser creíble en una manifestación artística cualquiera. Esto que es tan sencillo de enunciar, que se ha dicho un millón de veces, parece que es desconocido para una serie de autores que, cegados por el afán de provocar y sonar en los foros como transgresores, cometen errores inexplicables, imperdonables y lamentables.

Michael Haneke es capaz de lo mejor y de lo peor al hacer cine. Encuentra la tensión narrativa exacta para que sus personajes aparezcan como auténticos y solventes o convierte su película en un encadenamiento de escenas absurdas, vacías, por las que los personajes se mueven incapaces de progresar, de establecer la más mínima relación entre ellos, sin que signifiquen nada. En algunas ocasiones (cuando el desastre «marca Haneke» aparece arrollador) las interpretaciones de los actores y actrices ocultan un poco el problema. En 'La pianista', el papel que defiende Isabelle Huppert es imposible aunque ella está sobresaliente. Hace cosas maravillosas con un personaje que se queda en el esperpento.


Dicen que Haneke intenta enfrentar al espectador consigo mismo a través de su cine; que desea provocar con escenas, sin artificios, reacciones ante el mal, ante los límites. Cosas así. Eso está muy bien aunque hay que empezar por conseguir que el espectador crea lo que ve. En 'La pianista' lo que consigue es poco, más bien poco. Y el problema es la falta absoluta de una relación entre los personajes principales que sea mínimamente reconocible por el que mira. En un intento de forzar la máquina, Haneke, lleva a un extremo absurdo tanto a sus personajes como al espectador. Construir personajes con un perfil determinado para que sufran una modificación profunda justificada por algo absurdo no tiene sentido.

Para ser justo, diré que la película tiene cosas muy buenas. Por ejemplo, la presentación de la personaje principal (justo al iniciarse la la película) es original y deja una carga expresiva imponente. Erika Kohut (Isabelle Huppert) es profesora de piano en el conservatorio. Su mundo se presenta alternando las imágenes de manos interpretando piezas en un piano con las de los créditos. Vemos las manos y suena música exquisita. Leemos los créditos en silencio absoluto. Así es ella. O escucha música o se sume en un silencio total. Su mundo está fragmentado, destruido. Ya he dicho que la interpretación de Huppert es magnífica y la de Annie Girardot (es la madre de Erika) más que notable. La dirección de actores de Haneke siempre tiende a ser sobresaliente. También resulta interesante la relación de la profesora con una de sus alumnas puesto que es el reflejo de la que ella vive con su madre. Pero eso es todo. El resto es otra cosa.

La profesora de piano vive con su madre. Es una tortura por el carácter posesivo e impertinente de una madre que ve a su hija del mismo modo que vería a una chiquilla. El carácter de Erika es frío, tosco, distante; no es capaz de expresar ningún sentimiento ni mostrar compasión con sus alumnos. Cuando no imparte clases, Erika, dedica su tiempo a visitar establecimientos dedicados a la venta de objetos sexuales para, por ejemplo, ver una película porno (busca en la papelera de la cabina y coge una servilleta usada por el usuario anterior para ir oliendo mientras la película pasa); para pasear entre los vehículos parados -en uno de esos cines en los que se ve la película desde el coche- buscando parejas que mantengan relaciones sexuales, mirar y, llegado el momento, orinar porque le pone la cosa; para cortarse con una cuchilla en algún lugar de la entrepierna (también le pone). En un concierto privado conoce a Walter Klemmer (Benoît Magimel), un joven apuesto que, de inmediato, se siente atraído por la mujer. El jovencito logra un puesto en el conservatorio para poder estar junto a ella. Erika, que es depravada, muestra una postura dura y dominante con el muchacho. Y llega el momento en que entablan una relación de pareja (digo esto por calificar esa relación de alguna forma aunque la relación no existe salvo desde el discurso de los personajes). Intenta que el joven se líe a guantazos con ella, que utilice objetos sadomasoquistas y cosas parecidas. Al muchacho le parece que eso es una locura y no consiente algo parecido. Pero, poco después, se presenta en la casa de la pianista, maltrata a la madre, se lía a guantazos con la profesora, la viola y la insulta. Inexplicable. Bueno no, Haneke, aporta una solución. Como la profesora le ha indicado el camino el joven investiga para ver qué pasa.

Isabelle Huppert en un momento de la película.

Todo esto lo cuenta el director con planos fijos eternos que no terminan de funcionar y con una sobriedad que termina siendo cargante. Intenta despertar en el espectador esa zona en la que el límite está cerca para que decida si sigue mirando o hasta dónde está dispuesto a llegar; pero, a mí, lo que me despierta es un instinto asesino innato ante la majaderías. Y un bostezo detrás de otro.

En fin, sé que de esta películas se han dicho muchas cosas. Muy buenas. Sin embargo, esta vez no me convence en absoluto. ¿Esta historia es posible? Pues claro. ¿Las propuestas que hace tienen una justificación dentro de la teoría psicológica? Pues seguramente. Pero ¿el cine es lo mismo que la vida real o es una representación de ella? No tengan dudas. Me parece un película de la que se salvan tres cosas. Nada más.

G. Ramírez

 


Michael Haneke es capaz de lo mejor y de lo peor. Tan pronto presenta un peliculón como un desastre absoluto revestido de falsa genialidad. ‘Funny Games’ es una de sus películas y la que más escorada se encuentra hacia el lado del desastre total. Personajes imposibles, diálogos pretenciosos y una originalidad muy, muy, gastada.

'Funny Games' fue dirigida por un Michael Haneke que olvidó la genialidad en algún lugar desconocido.

Un matrimonio y su hijo de seis años son asaltados en su casa de descanso por dos jóvenes. El resto del argumento no lo pienso mencionar. Por respeto a los que aún no han podido ver la película y porque no hay mucho más que contar. Entre planos fijos interminables y aburridos e injustificados, entre unos diálogos que juegan al sarcasmo con la violencia, entre un discurso completamente imbécil sobre lo que es realidad y ficción, entre personajes poco creíbles, entre reacciones de estos completamente absurdas, entre errores narrativos imperdonables (¿los personajes de Haneke nunca duermen? ¿los padres que ven morir a su hijo procuran llamar por teléfono en lugar de desesperarse ante el cadáver?), entre estas cositas, se desarrolla una trama disparatada y mal construida. Haneke, que es muy astuto en este caso (eso sí que hay que reconocérselo) juega a dejar cosas por el camino que justifique el desastre que filmó. Como el discurso sobre realidad y ficción es patético, hace que unos de los personajes pueda agarrar el mando a distancia de la televisión para volver atrás en la trama evitando que los buenos puedan con ellos (uno de los criminales es el que hace esta patochada). Con ello justifica que un par de personajes muy tarados, pero, a la vez, muy fáciles de reducir hagan lo que Haneke quiere que hagan sin problema alguno. Todo es así de lamentable o muy parecido. La justificación en 'Funny Games' para Haneke no existe. Le han dicho que es un genio y él ha decidido hacer lo que hacen los genios. Lo que no sabe Haneke es que los genios no hacen lo que les da la gana, que eso lo hacen los que quieren parecerlo y no lo son. Pero astuto sí es este hombre. Tiene un par de personajes que son asesinos psicópatas. Muy educados. Y desde una ironía barata habla del pasado de uno de ellos (aparte de asesino y loco debe ser tonto de baba) para crear el personaje. Como lo que dice es una idiotez juega a que parezca que lo dice medio en broma medio en serio. Siembra la duda porque le han dicho que los genios lo hacen. Qué cosas. Haneke intenta crear un clima opresivo, del que nada puede escapar. Sería injusto si no dijera que los veinte primeros minutos son, francamente, brillantes. Pero la propuesta del director se queda en nada a partir de ese momento. Hace algo que, ni tiene nada de original, ni tiene el más mínimo sentido narrativo. El asesino que pinta como el jefe del asunto se dirige hasta en dos ocasiones al espectador. Le pregunta, le intenta involucrar. ¿Desde cuándo el espectador tiene que tomar partido, desde cuándo el espectador tiene que hacer el trabajo del director (dar respuestas o mostrar posibles rutas para llegar a ellas)? Haneke no termina de comprender que insultar al espectador (a su inteligencia) no es transgresor. Es una torpeza que a muchos (a los que creen que es un genio) les puede parecer una genialidad. Una lástima que esto ya esté hecho hace años tanto en cine como en literatura. No es nuevo. Y es una pena que nadie le diga a este hombre que la mala educación no tiene nada que ver con la genialidad.

Haneke intenta crear un clima opresivo.


'La cinta blanca' (película firmada por este mismo director) sí es más genial que otra cosa. Pero esto no, esto es un insulto a la inteligencia. Mucha violencia, mucho plano fijo, mucho diálogo con pinta de importante y poco de genialidad.

Una última cosa antes de acabar. En el salón uno de los malos mira el televisor. Escenas de violencia. Los canales sólo se diferencian en el tipo de violencia. Poco después, el mismo tipo, mete un tiro a un crío de seis años delante de sus padres. El compañero se prepara un bocadillo en la cocina como si nada. Intenta Haneke jugar con esa violencia televisiva y la respuesta que se puede encontrar en la sociedad. Quizás Haneke cree que todos somos como sus personajes, que estamos igual de tarados. Quería decir esto antes de acabar porque me indigna que un tipo que podría ser grande de verdad haga estas cosas y que le aplaudan. Si se tirase un pedo lo harían igual. Y ahora sí que lo dejo porque empiezo a sentir unas ganas incontrolables de decir lo que pienso sin pensar en que alguien lo leerá.

Si no han visto la película no lo hagan. Si ya la vieron, mala suerte. Eso sí, cabe la posibilidad de encontrar un genio. Nunca se sabe.

Nirek Sabal


Escribir sobre las películas de Michael Haneke me perturba casi tanto como verlas. Y eso me gusta.
 Cuando algo o alguien te hace reflexionar, aunque sea para decir barbaridades, me gusta. No lo puedo ocultar ni remediar.

Haneke sería, en literatura, escritor de relato breve. En sus películas lo que sucede modifica al personaje. Algo pasa y algo cambia, en un instante concreto. El mundo sigue su curso, pero el personaje modifica la senda que transita. Se centra en eso. Sólo se apoya en el pasado (mínimamente) para dar verosimilitud o justificar la acción. Algo ocurre y el personaje estalla por los cuatro costados. El espectador, quizás, también. Por otra parte no intenta ni propone tramas completas sino que tiende a dejar abierto casi todo (esto irrita a muchos). Se podría interpretar esto como tomadura de pelo cuando, en realidad, es algo que dota de cierta simbología al conjunto. Nunca entenderé por qué la misma cosa convierte a unos en genios (por ejemplo a Carver o Salinger en literatura, y yo me uno al aplauso) y a otros en crucificados (Haneke). El director austriaco sabe (muy bien) que es eso y no otra cosa lo que organiza el universo personal de un personaje y le obliga a estar en constante movimiento. Como ven, el cine de este hombre tan polémico, se desliza hacía lo que conocemos en literatura como relato breve o cuento. Y su estructura, la del cine de Haneke y la del relato breve (abierto) es muy difícil de interpretar. Cuando el crítico, por ejemplo, mira y no entiende, suele decir que todo es un desastre y se limita a decir que siempre es la misma historia. Por ejemplo, abundan las críticas que dicen de 'Caché' que trata de la maldad, de su ausencia y que es más de lo mismo y que es una castaña y que no hay derecho a jugar así con el espectador. Pues no. Igual que dije que 'Funny Games' es absurda (esta es de las que cierran la acción, qué casualidad), tramposa y no recuerdo qué más cosas feas; de 'Caché' no puedo decir lo mismo.

'Caché' es inquietante y no habla de la maldad. No. Lo siento mucho, pero no. Eso es sólo un vehículo narrativo que nos lleva hasta lo importante de la historia. La fragilidad. La del ser humano y sus relaciones, la de la familia tal y como se entiende en occidente, la de la amistad, la de las parejas que se quieren o no dependiendo de lo externo. De la fragilidad del sistema que nos planteamos como forma de vida. ¿Desde dónde lo hace? Desde el lugar en que se rompen siempre los cacharros, desde esa cocina que conocemos como normalidad (la que desaparece en cuanto ocurre lo imprevisto, claro).

Daniel Auteuil y Juliette Binoche.

Georges y Anne (Daniel Auteuil y Juliette Binoche) viven tranquilamente con su hijo. Comienzan a recibir cintas de vídeo en los que aparecen sus movimientos más normales y dibujos representando a un niño vomitando sangre y un gallo degollado. Todo muy evocador para Georges que oculta a su esposa las ideas que le rondan. Su niñez aparece, de pronto. La ruptura, gracias a esa falta de comunicación es rápida. Con su hijo adolescente la relación se deteriora mucho, también. El desencuentro con los amigos es, cada minuto que pasa, más profundo. En fin un desastre. No descubriré nada más de la trama. Sería una pena. Es inquietante, perturbadora y tremenda.

Auteuil interpreta su papel magníficamente. Muy creíble. Binoche está bien a secas. Como 'Caché' es una película de Haneke me temo que me repito si digo que abundan planos fijos muy largos (esto les parece a muchos sofocante por aburrido. Sin embargo, el que escribe piensa que forma parte de una voz narrativa que puede acercarse más o menos a la acción dependiendo de su intención. Esa es la clave, la intención del narrador que es distinta a la del propio Haneke. Lo que sí es un desastre es elegir una voz y, luego, mover la cámara de aquí para allá sin respetar esa voz. Eso sí que es insultante y patético). Además de esos planos fijos, la música no suena. La tensión narrativa llega directamente desde la imagen y su ritmo. La carencia de música no deja de ser un contratiempo cuando lo narrado presenta zonas de mayor o menor tensión. O lo arreglas con expresión corporal de los actores, o con los diálogos, o una focalización exacta o estás perdido. En fin, cine de Haneke, un director que arrastra del odio a la admiración (hablo de mí mismo) aunque siempre desde la reflexión provocada por su obra. Ojalá hubiera media docena de estos por aquí sueltos.

Daniel Auteuil está estupendo y Juliette Binoche bien a secas.

Voy a poner una pega que sí me parece importante. Igual que el lenguaje que se utiliza en literatura para narrar un sueño ha de ser el adecuado y muy distinto al utilizado para, por ejemplo, describir un paisaje, el que se usa en cine debe modificarse para contar una cosa u otra. Haneke es un esfuerzo que no hace nunca. Es lineal en su discurso (me refiero a los registros narrativos que utiliza). Existe un registro más próximo a lo onírico. Le guste o no. Y no se puede contar todo de la misma manera.

Pues eso. Que le echen un vistazo. Merece la pena. Además, descubrirán a qué lado están. Odiadores o amantes. Anímense.

G. Ramírez

Older Posts

TRADUCTOR

SÍGUENOS

LO MÁS LEIDO

  • 'Leaving Las Vegas': El amor envuelto en un oscuro destino
      ¿Tiene lo tenebroso una estética deliciosa? Puede tenerlo. ¿Es posible hacer cine amargo, oscuro, doloroso y que guste a la mayor parte de...
  • ‘Blade Runner’: La desintegración del ser humano
    ‘Blade Runner’ es una muy buena película. Esto es algo indiscutible. Pero se queda a medio camino en algunos aspectos técnicos y de contenid...
  • 'Andrei Rublev': Imagen, sonido y simbología
    ¿Qué compromiso adquiere un artista con el resto de las personas, con él mismo o con el propio arte? ¿Hasta dónde puede llegar? ¿Qué relació...
  • Somos lo que llegamos a imaginar. La película de nuestras vidas
    Somos lo que aprendimos, lo que recibimos o perdemos cada día de nuestra vida. En la escuela, en casa, en la calle, de nuestros mayores, de ...
  • 'Solaris': La soledad del ser humano
    Esta película de Tarkowski llega de la mano de una magnífica novela escrita por Stanilaw Lem. Se ajusta en lo que puede y en lo que quiere e...
  • Cine para esta Semana Santa
    La figura de Jesús de Nazaret ha dado mucho de sí en la historia del cine. Grandes realizadores se han acercado a él buscando soluciones div...
  • 'Pobres criaturas': ¿Deliciosa o escandalosa?
      ‘Pobres criaturas’ (‘Poor Things’, 2023) puede generar grandes amores y rechazos descomunales al mismo tiempo. Y no me refiero a que a uno...
  • 'Oppenheimer': Mucho ruido y algunas nueces menos de lo esperado
      'Oppenheimer' es una buena película aunque es un trabajo que lleva adosados una serie de problemas que no son menores. En primer...

ARCHIVO

  • enero (3)
  • octubre (1)
  • agosto (1)
  • marzo (1)
  • enero (2)
  • diciembre (2)
  • noviembre (9)
  • octubre (8)
  • septiembre (10)
  • agosto (2)
  • julio (5)
  • junio (5)
  • mayo (3)
  • abril (2)
  • marzo (25)
  • febrero (9)

CONTACTAR

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *

VISITAS



Copyright © Dos minutos, cuarenta segundos y una claqueta | Adapted by BD | Política de Privacidad