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Dos minutos, cuarenta segundos y una claqueta




 


El cine de los años 80 no nos dejó gran cosa. La estética, la forma de rodar, los mecanismos técnicos, nada dejó gran cosa para la historia del cine. Lógicamente, algunas películas como 'Blade Runner' o 'El resplandor' son obras de arte, pero, en general, casi nada de aquella época ha perdurado para convertirse en universal.

'Lunes tormentoso' ('Stormy monday', 1987) tiene mucho de ese cine ochentero tan rancio pero, que al mismo tiempo, nos deja cosas más que interesantes. Del mismo modo que la película está envejeciendo mal o que el uso del travelling no se comprende del todo, Mike Figgis está muy acertado al elegir su reparto y al mostrar y demostrar un enorme amor por el jazz.

La música es la columna vertebral de la película. Una banda llegada desde Cracovia que hace free-jazz, un club que está en el centro de una operación inmobiliaria fraudulenta; una ciudad, Newcastle, que parece moverse al ritmo de la partitura, un contrabajista extraordinario (Sting, que interpreta el papel de dueño de ese club de jazz); todo colocado para contar que el amor puede con todo, que los americanos resuelven las cosas sin pizca de inteligencia y que la violencia reposa en cualquier rincón de las ciudades... Aunque siempre nos quedará la música.

Los que se acerquen a la película comprobarán que el jazz es algo muy amplio; les parecerá escuchar a un grupo de músicos que van cada uno por su cuenta; les parecerá que el blues es la máxima expresión de la melancolía; les parecerá que el swing es lo que puede mover el universo colocando cada nota en el lugar preciso. La escena de la actuación de la banda de Cracovia en el club y el solo de Sting, son fantásticos. 'Stormy Monday' es eso.

Y este es el gran problema de la película. El realizador se centra tanto en estos aspectos que termina por olvidar lo fundamental. La dirección actoral no es de todo acertada, el guion es muy simple y tiende a vaciarse por su falta de profundidad en los diálogos, no se encuentran los mejores encuadres y la cosa queda simplona. Todo se sostiene sobre las actuaciones de Melanie Griffith, Sting, Tommy Lee Jones y Sean Bean. La señora Griffith, jovencísima y guapa hasta más no poder, defiende su papel con fuerza. Sting está muy correcto. Tommy Lee Jones algo exagerado y Bean algo soso. Pero son capaces de soportar el peso del desarrollo argumental.

¿Merece la pena echar un vistazo a la película? Yo creo que sí. Aunque algunas escenas violentas no encajen del todo bien, aunque ese toque de humor negro que quiere imprimir Figgis sea difícil de descubrir, aunque los ralentís en la pantalla se nos queden anticuados, la película se deja ver. Y, sobre todo, es una oportunidad maravillosa para ver cine y disfrutar del jazz. No es poca cosa.

Nirek Sabal

 


¿Existe la verdad? Claro que sí. ¿Importa la verdad? No siempre. Y es que, si no se puede demostrar que algo fue o es de una forma determinada, la verdad se convierte en duda y deja de ser eso que parece inmutable aunque solemos convertir en otra cosa.

¿Pasaría cualquiera de nosotros una inspección meticulosa y exhaustiva por parte de un grupo de personas en busca de eso que no solemos enseñar? Desde luego que no; si diez o doce personas miran con intención de encontrar la cara b de un sujeto, lo encuentran porque todos tenemos un pasado y somos frágiles, cobardes, mezquinos... ¿Una familia es lo que es o lo que parece? Es lo que es de puertas para adentro aunque para otros es lo que se quiere enseñar. ¿Sabemos cómo nos relacionamos los diferentes miembros de cualquier familia? Casi nunca; sólo las situaciones extremas pueden enseñar realmente lo que tenemos entre manos.

Pues de todo esto quiere hablar la película de la realizadora Justine Triet ‘Anatomía de una caída’ (‘Anatomie d'une chute’, 2023) utilizando como vehículo narrativo una caída que no sabemos si es accidental,  provocada, voluntaria o cualquier otra cosa. De forma ordenada, lenta, minuciosa, dejando que la palabra sea lo más importante durante buena parte de la cinta, en muy pocas localizaciones para no dispersar la atención, permitiendo que el espectador vaya asimilando lo que le cuentan y pueda tomar partido si quiere o asistir al desarrollo desde la atención; confiando en el trabajo de los actores y actrices.

Milo Machado Graner.

Ordenada porque el montaje permite ir construyendo algo que ha sucedido y que no tiene una explicación clara en un primer momento. Tal vez, tampoco en el último momento. El montaje es ese relato del que también habla la película. Cada personaje tiene el suyo propio y el montaje es, en sí mismo, otro más. El debate sobre la verdad está sobre la mesa desde las primeras secuencias ya que los espectadores generan su propio relato también.

Lenta y minuciosa porque Triet prefiere tomarse su tiempo para que esos relatos vayan tomando forma, terminen siendo consistentes o enclenques. Y, a decir verdad, algo más lenta de lo deseado puesto que en algún momento se alargan demasiado las explicaciones o los detalles que no terminan de aportar tanto como es necesario en cine. Lenta y minuciosa para que podamos comprobar cómo es una familia, qué relaciones se establecen entre padre, madre e hijo (si me apuran la mascota tiene una importancia que no debemos obviar); lenta y minuciosa para que nos veamos obligados a encajar sin errores las piezas de un puzle complicado; lenta y minuciosa para que sepamos que existen situaciones en la vida ordinaria que nos pueden arrasar sin remedio porque puestos a buscar las miserias del ser humano el resultado es, casi siempre, que somos culpables de cualquier cosa.

La palabra toma fuerza en la trama llegado el momento. Si el arranque se nutre de una fotografía preciosa firmada por Simon Beaufils, llega el instante en el que la palabra es fundamental. Los implicados hablan, construyen desde un discurso que debe aparentar verdad, con la palabra como único material para cambiar lo que datos objetivos apuntan como verdadero. El guion de Arthur Harari y Justine Triet es, a partir de los primeros quince minutos, esencial. Y está muy bien escrito, se cuenta muy bien todo. También es cierto que algunas intervenciones del fiscal son excesivas y alguna intervención del niño parece más propia de un adulto con mente privilegiada. Sea como sea, buen guion.

Se le podría  criticar al trabajo la falta de localizaciones, lo escueto de la puesta en escena que es casi inexistente. Sin embargo, una de las cosas que más me han gustado son los distintos encuadres que nos muestran los escenarios. Con casi nada logra que parezca mucho más de lo que es. Es cierto que sólo lo que sucede en la primera localización es bonito y extraordinario, un gusto para la vista. Pero es que el resto forma parte de esos relatos que crecen dentro de cuatro paredes, oprimidos por un ambiente feroz con la propia consciencia. Nada distrae a los personajes y nada distrae al espectador.

El trabajo de los actores y actrices es fantástico (entre otras cosas por el trabajo de dirección actoral que es una maravilla). Sandra Hüller encarna el papel protagonista y defiende cada arista y cada detalle con uñas y dientes; sin duda su mejor trabajo hasta la fecha. El resto muy bien, controlando el lenguaje corporal, intentando matizar la acción. Destaca el joven Milo Machado Graner que llega a emocionar en un par de momentos que podrían parecer hasta ridículos en otras circunstancias. Todos creíbles. Incluida la mascota, un ejemplar de border collie precioso que llena la pantalla con la expresión y el color de ojos.

Merece la pena echar un vistazo a ‘Anatomía de una caída’ porque el debate está servido sobre aspectos muy suculentos de la realidad. Y, por qué no decirlo, sobre si es una buena o una mala película.

G. Ramírez


 


'Oppenheimer' es una buena película aunque es un trabajo que lleva adosados una serie de problemas que no son menores.

En primer lugar, llama la atención un montaje que no deja en pie escenas de larga o media duración, todo es muy rápido, parece que nada tenga la entidad suficiente como para detener la marcha y pensar más de cinco segundos. Se acumulan las secuencias casi sin ton ni son, los saltos temporales se convierten en un claro impedimento para entender lo que está pasando e incluso para seguir el hilo de la trama. Es como si Nolan hubiera querido contar muchas cosas y no hubiera podido abarcar casi nada. El resultado final es que la película parece quedarse en la superficie, en zonas sin sustancia, en territorios en los que se desprecian asuntos esenciales de la trama y que tan solo se enumeran a modo de inventario. Cuesta entender cómo es posible que la ética y moral de los científicos que estuvieron involucrados en la creación de la bomba atómica no sea uno de los ejes centrales del trabajo. Se da más importancia a explicar que la política va por un lado y la ciencia por otro que a explorar ese terreno que puede convertir un experimento en un calvario o todo lo contrario.

Se echan de menos asuntos que explicarían algunas cosas o que dotarían de cierto sentido al conjunto. ¿Cómo es posible que se produzca un caso de espionaje en ‘Los Alamos’ y no sepamos apenas nada? Y el protagonista ¿cómo acaba? ¿No importa en un biopic la vida del personaje? Es inexplicable todo esto. Si sumamos que estamos hablando de tres horas de película, resulta más que extraño no explorar asuntos vitales.


Christopher Nolan se pierde en el artificio y olvida lo fundamental. Como en algunas de las películas que ha firmado. No voy a decir que sea un mal director aunque se le concede una maestría que no siempre demuestra. En algunos de sus trabajos, si escarbamos un poquito nos encontramos con la nada (por ejemplo en ‘Origen’) y en 'Oppenheimer' casi casi.

Los personajes quedan sin desarrollar. Tan solo sabemos algo más que el nombre de J. Robert Oppenheimer, Leslie Groves y Lewis Strauss. Y no todo lo necesario. Del resto, no sabemos casi nada. Y el problema es que el resto son muchísimos y tienen cierta importancia, la suficiente como para que necesitemos saber para comprender. Y es que muchos de ellos están alrededor de Oppenheimer y deberían iluminarle por ser el protagonista. Pero Nolan no da importancia a algo elemental de la narrativa en una película, incluso en una dirigida por él.

Los efectos especiales son estupendos aunque muy escasos. Tanto como las explicaciones técnicas acerca de la bomba atómica y su construcción.

La música termina resultando molesta ya que sube en intensidad si la cosa es importante o se escucha lejana si la escena es de tránsito. Este error es de primero de cine. Es un truco tan recurrente como condenable. Y lo peor de todo es que es una señal inequívoca que nos lleva a pensar que el director sabía que no estaba acertando y tenía que usar estas cosas para causar un efecto que el guion no encontraba por sí mismo.

Esto es todo lo que deja en 'buena película' una cinta que podría ser extraordinaria. Convertir en un thriller una cinta con este contenido no parece la mejor idea. Intentar contar todo es un error de principiante que Nolan no puede permitirse.

Cillian Murphy es el que encarna a J. Robert Oppenheimer. Lo hace, francamente, bien. Emily Blunt (esposa del protagonista) defiende su papel con uñas y dientes y sale airosa de la pelea. Robert Downey Jr., es el encargado de encarnar al villano, y no falla. Y Matt Damon se muestra solvente y creíble. Los dos millones de personajes restantes quedan inéditos igual que los actores y actrices que interpretan los diferentes papeles. No progresa el personaje y todo se vacía por los cuatro costados.

Nolan no ha sabido esta vez fijar un objetivo claro y construir alrededor de él. Se ha dedicado a buscar un Oscar que se gana por otras razones. Y lo ha conseguido. Pero cine lo que se dice cine…

G. Ramírez

 


‘Pobres criaturas’ (‘Poor Things’, 2023) puede generar grandes amores y rechazos descomunales al mismo tiempo. Y no me refiero a que a unos les gusta y otros la detestan, que también, sino a la sensación de una sola persona que mira con estupor la pantalla, que se ríe justo antes de sentir cierto asco, que se maravilla con la extravagancia y termina odiando un universo ajeno y desproporcionado. Y ‘Pobres criaturas’ es la película que se recordará, sobre todo, por la interpretación que hace Emma Stone encarnando a Bella Baxter, protagonista del relato.

Yorgos Lanthimos es el realizador que firma el trabajo. Más provocador que nunca, más discutido que nunca, más arriesgado que nunca. Crea un universo extraordinario en el que rebosa el expresionismo más clásico y una exageración constante de formas, volúmenes y de la paleta de colores. El guion de Tony McNamara basado en la novela homónima de Alasdair Gray -un guion literario en exceso en algún momento- es convertido por Lanthimos es una especie de comedia negruzca y sarcástica del género fantástico que pendula entre lo surrealista y lo que entendemos como realidad. Y eso le permite mostrar como idea surrealista algunas cosas que el espectador traduce a lo que conoce como realidad para escandalizarse y retorcerse en la butaca.

Se ha acusado a Yorgos Lanthimos de crear una ficción que sirve para ensalzar el empoderamiento de la mujer a base de una sexualidad cercana a lo escandaloso, de defender la prostitución como algo normal que una mujer puede ejercer sin que pase nada de nada, y rodar un canto a la pedofilia. Creo yo que en ningún caso el realizador ha querido hacer algo semejante. Lo que sucede es que Lanthimos coloca a la mujer frente al hombre haciendo todo aquello que se le criticaría ferozmente y de lo que ellos son partícipes aunque siempre se van de rositas. Aprovecha de paso para mostrar la cara más oscura, machista y perversa del hombre frente a la mujer. Y lo hace de una forma bastante tramposa: Lanthimos hace que miremos a través de una lente de ojo de pez que nos recuerda que somos espectadores y que la mirada que ejercemos es la que nos permite sacar conclusiones. ¿Por qué esto es algo tramposo? Pues porque la película es fantasía pura y el espectador que lo lleva al campo de la realidad, está siendo víctima de su propia forma de pensar. El que ve pedofilia o el que ve la prostitución como herramienta de empoderamiento de la mujer tiene un problema con su mirada. Algo así.

Emma Stone.

La puesta en escena es extravagancia de principio a fin. Pero el universo que crea Lanthimos es precioso, odioso, deseable, detestable, acogedor y hostil. Recuerda ligeramente a lo que hace Tim Burton y sirve para que una trama disparatada y muy loca encaje en un sistema narrativo que, con algo más convencional en pantalla, se vendría abajo pasado un minuto. Maravilloso ese edificio en el que descansan los ricos y al que no se puede acceder de ninguna manera y que en algún momento fue la casa de todos. Maravilloso ese París deforme en el que una mujer deforme, también, es maravillosa. Por cierto, la escena del baile se recordará por mucho tiempo. Y el cambio del blanco y negro al color según aparece la consciencia de Bella es muy agradable.

Si yo fuera actriz buscaría la forma de brillar frente a este director.  Oliva Coldman ganó su Oscar con ‘La favorita’. Emma Stone ha ganado el suyo con ‘Pobres criaturas’. Y no diría que no a ningún papel por loco que fuera porque no puede ser más arriesgado que este de la señora Stone. El trabajo de la actriz es una cosa deslumbrante. El personaje invita al histrionismo, al descontrol, al rechazo, pero Emma Stone lo controla, lo convierte en un ser lleno de ternura e inteligencia.

Willem Dafoe.

Por si era poco, tanto Mark Ruffalo como Willem Dafoe hacen un trabajo solvente y dan vida a sus personajes con éxito. Ruffalo encarna al abogado Duncan Wedderburn, un vividor patético y machista, un hombre sin escrúpulos. Dafoe, maquillado de forma primorosa, es el 'Frankenstein marca Lanthimos' que soporta buena parte del peso que no encaja Stone. La dirección actoral en general es sobresaliente.

La fotografía de Robbie Ryan es preciosa y busca imágenes chispeantes, detalles y una simetría casi obsesiva aprovechando los decorados y la tecnología digital.

Bella Baxter es una luz que alumbra la liberación de la mujer, pero no por lo que hace sino por lo que descubre del mundo al resto de personas, que pueden tomar su mismo camino o, en el caso de los hombres, el de la búsqueda de la igualdad tan justa y tan necesaria entre hombres y mujeres.

Una última cosa. Gracias a Bella, somos conscientes que lo material no lleva a ningún lugar en el que se encuentren soluciones. El dinero que aparece en la película sólo crea problemas y es motivo de vergüenza para los seres humanos. Lo que es valioso es todo lo que no se puede tocar. Mirar la película desde esa perspectiva es una forma tan válida como otra cualquiera y todo toma un sentido distinto. El sexo pasa a un segundo plano.

G. Ramírez




La figura de Jesús de Nazaret ha dado mucho de sí en la historia del cine. Grandes realizadores se han acercado a él buscando soluciones diversas, tanto técnicas como espirituales. Cuatro ejemplos pueden servirnos para tener una idea que va de un extremo a otro dentro del abanico de posibilidades que ofrece una historia y un personaje difícil de igualar.

‘Jesucristo Superstar’ (‘Jesus Christ Superstar’, 1973)

Comenzó siendo una ópera rock y, afortunadamente para el cine, terminó siendo una película. Es, casi con toda seguridad, la película que, teniendo a Jesús de Nazaret como protagonista, más seguidores ha tenido y más pasiones ha despertado entre los espectadores. En las salas de cine, al estrenarse, se produjeron altercados dada la indignación de algunos. Pero alguien en el Vaticano llegó a decir que se debería canonizar a ‘ese chico que hace de Jesús’. Opiniones para todos los gustos.

Una escena de 'Jesucristo Superstar'.

El trabajo de Norman Jewison es apabullante, arrasador. Pero lo es desde el respeto, desde la delicadeza. La escena en la que Jesús de Nazaret recibe los treinta y nueve latigazos, o la final en la que vemos cómo los cantantes y bailarines que han intervenido en el rodaje se suben en el autobús en el que llegaron, son estremecedoras. El único que no regresa es el actor que ha encarnado a Cristo. Él queda crucificado y le despide el atardecer. Como anécdota, hay que decir que durante el rodaje de la escena de la crucifixión comenzó una tormenta. En el desierto de Neguev (se filmó íntegramente allí) no llovía nunca y ese día hubo que rescatar al actor que ya estaba atado a la cruz. Ted Neeley siempre dijo que fue el momento más emocionante y mágico de su vida artística.

Además de una dirección de Jewison maravillosa, la película cuenta con algo fuera de lo común: una partitura excelente de Andrew Lloyd Webber y un libreto inteligente y atrevido de Tim Rice. Los que pudimos asistir al estreno de la película o a los musicales que hacían de espejo del original, difícilmente podremos olvidar aquello. Temas como ‘I don´t Know How to Love Him’ interpretado por Ivonne Elliman (nunca nadie logró tanta dulzura ni tanta verdad con este tema; la escena se rodó una noche en exteriores naturales, con algún problema de viento, acompañada de una iluminación preciosa, y es la escena más bonita y agradable de la película) o ‘Getsemaní’ interpretado por un prodigioso Ted Neeley fueron conocidísimos en su momento y fácilmente reconocibles hoy en día.

‘Jesus Christ Superstar’ está contada desde el punto de vista de Judas (un magnífico Carl Anderson que no solo canta bien sino que actúa de forma magistral). De ahí le viene el nombre a la película. Judas acusa a Jesús de estar olvidando lo que predica y fijarse en su propio éxito. La elección de Anderson fue un asunto delicado. El realizador temía que la película pudiera tener una lectura racial por parte de algunos, pero, finalmente, decidió apostar por el talento como alguna vez recordó.

La película es muy teatral. Jewison buscó no perder ese toque operístico. Para ello no utilizó gran número de extras y aprovechó las ruinas que tuvo a su alcance para rodar. Es famosísimo ese andamio en el que siempre encontramos sacerdotes formando parte del escenario principal. Una de las escenas más extraordinarias comienza con los buitres volando en grupo. Negro sobre el azul del cielo. La cámara se centra, entonces, en ese andamio lleno de sacerdotes. Negro sobre el azul del cielo.

La puesta en escena trata de ser una mezcla entre lo más moderno y lo propio de la época. La escena en la que Judas corre, arrastrado por una fuerza arrasadora, a denunciar a Jesús, lo hace delante de cinco carros de combate que habían intervenido en la Guerra de los Seis Días. Una vez consumada la traición, dos aviones de guerra sirven de metáfora para lo que Judas acaba de hacer.

El único momento frívolo de la película lo protagoniza Joshua Mostel (Herodes). La escena está rodada a modo de vodevil y es el momento en que más licencias se toma Jewison para narrar. Desde luego, resulta divertidísima.

Mel Gibson junto a Jim Caviezel.

‘La pasión de Cristo’ (‘The Passion of the Christ’, 2004)

Tan aclamada como repudiada, la película de Mel Gibson logró arrasar en taquilla y dio mucho que hablar. Algunos, aún hoy, defienden que eso es lo que ocurrió en la realidad y que refleja una verdad casi absoluta; otros acusan a Gibson de fanático, antisemita y perturbado, dada la violencia de las imágenes.

Gibson se centra en los últimos días de Cristo. Desde su detención hasta su muerte. La película está bien dirigida y contiene escenas muy meritorias. Pero la cantidad de sangre y de escenas violentas es escalofriante. Tanto es así que parece imposible que el personaje pueda soportar semejante brutalidad. El Cristo interpretado por James Caviezel termina siendo un despojo ensangrentado. Y, entre tanta escena que roza el gore, la figura del demonio llega a parecerse a un villano más propio de ‘La guerra de las galaxias’. Gibson no deja nada a la imaginación del espectador, se afana en que se vea y se sufra hasta el límite.

Lo peor de todo es que no se aprecia un objetivo claro. Gibson, por un lado, se lía a mamporros dando por hecho que todo el mundo conoce la historia y, por otro, no aporta nada a lo que ya sabíamos.

Escuchamos a los personajes hablar en arameo o en latín. Se quiere llegar a un punto de exactitud extremo. Pero a Gibson le pierde su afán por contarlo todo e incidir en algunos aspectos. Por ejemplo, coloca a los sacerdotes judíos en el palacio de Poncio Pilato la víspera del Sabbath, algo del todo impensable. Por cierto, a Poncio Pilato se le representa con bastante amabilidad. El espectador casi siente cierta simpatía por él. Y ya les digo yo que los tiros no iban por ahí.

La sátira es esencial en 'La vida de Brian'.

‘La vida de Brian’ (‘Monty Python’s The Life of Brian’, 1979)

Brian nace junto a Jesús de Nazaret, en el pesebre vecino. Y sus vidas tendrán un paralelismo inimaginable. La película de los Monty Python, dirigida por Terry Jones, es una sátira sobre la religión y la política que a unos les resulta insultante y a otros una maravillosa locura de lo más divertida. En realidad, la película habla de la necedad humana, del engaño que supone la salvación de almas que propone la religión y la salvación de personas que supone la política. Creo yo que la intención del realizador no era la de ser blasfemo o insultante. Se percibe más una crítica a estamentos poderosísimos desde la ironía y el sarcasmo sin un fondo que vaya más allá de lo cómico. De hecho, aparece, brevemente, el propio Jesús de Nazaret durante el sermón de la montaña y no se hace un solo chiste de ello.

‘La vida de Brian’ se llena de escenas inolvidables. Y son escenas que no se pueden contar sin descargarlas de todo el humor que contienen. Es mejor echar un vistazo a la película y colocarse en ese lado en el que están millones de fans o en ese otro en el que se encuentran millones de detractores.

En cualquier caso, no pierdan detalle del final mientras escuchen el tema ‘Always Look on the Bright Side of Life’. No se olvidarán de esta escena. Ni de un nombre que habrán escuchado durante el desarrollo de la película: Pijus Magníficus.

El enfoque social de 'Rey de Reyes' es más que interesante.

‘Rey de Reyes’ (King of Kings, 1961)

Si una película resulta ser admirable por el uso del scope esa es ‘Rey de Reyes’. Nicholas Ray consigue encuadres maravillosos con los que el formato se convierte en una herramienta estupenda. Muchos huyeron del scope por parecerles una especie de cajón en el que solo pudieran entrar imágenes alargadas y paticortas. Ray se arrimó al formato para dar una lección tras otra de cómo podía utilizarse sacando el mayor partido. La fotografía es espléndida. Toda la película parece una sucesión de cuadros en los que los rojos intensos y los dorados imponentes soportan el desarrollo de la trama. Si a esto le sumamos una partitura honda firmada por Miklós Rózsa que nos traslada a una época histórica tan difícil de entender, tenemos el armazón perfecto para que un director de la talla de Ray pudiera entregar su película.

Ray aporta a la historia ya conocida de Jesús de Nazaret un enfoque social más que interesante. Los primeros minutos de la cinta los dedica a mostrarnos lo que supuso la invasión romana para los judíos, la humillación que representó la llegada de nuevos ídolos con las legiones, la incomprensión del ser humano frente a las creencias más íntimas que le resultan ajenas. Ray va detallando los conflictos de una fricción de culturas. El centurión romano rasgando la seda para encontrarse con el gran tesoro judío, que es su literatura religiosa, es un prodigio narrativo. Es posible que, además, fuera el primer intento serio de no pintar a los judíos como un pueblo que escupía a los dioses extraños sin ton ni son. Estas son las grandes aportaciones de la película.

Porque la interpretaciones son algo frías, algo distantes. Salvo la escena en que Salomé pide la cabeza de Juan el Bautista o el calvario, el resto deja algo frío al espectador que no entiende como el personaje de Jesucristo, por ejemplo, no desprende una magia que muchos le otorgan de antemano. Jeffrey Hunter parece transitar otro mundo (digo él y no su personaje porque ese ya sabemos que andaba a lo suyo), parece ajeno a la película. Los secundarios no aportan gran cosa al principal y los diálogos parecen forzados en exceso para encontrar una profundidad que no tienen. Son las cosas de las superproducciones de la época. Espectáculo visual para un público que buscaba el entretenimiento. Es lo que vendía.

Este es una de las películas en las que Ray deja a medio camino su interés por lo que siempre quiso contar. Desaparecen los temas recurrentes de su obra para realizar una película de encargo. No deja de tener un toque muy personal de Ray, pero el trabajo no es de Ray. Aquí prima la forma y menos el fondo. Como el anunciado Reino de Dios por Cristo cuando decía que no era de este mundo; ‘Rey de Reyes’ no es de Ray. Al menos del todo.

G. Ramírez

 

Lana Aubrey.

Se ha estrenado, en la Cineteca de Matadero Madrid, la ópera prima del joven realizador David M. Mateo, ‘La Restauración’; y el cine independiente de los nuevos realizadores siempre se recibe con alegría y expectación.

La película, siendo un producto sorprendente gracias a su factura limpia y su capacidad para generar sensaciones en el espectador -dada su clara invitación a la reflexión- presenta algunos aspectos que son casi inevitables si el trabajo es el primero de un realizador o de un guionista (en ‘La Restauración’ son recién llegados ambos). Se intenta exigir un esfuerzo al espectador que no siempre está dispuesto a hacer; el equilibrio entre información y expresividad es escaso y, por otra parte, se incluyen referencias muy específicas que están sólo al alcance de pocos y que el común de los mortales deja pasar sin dar importancia. Y así, la narrativa de la película se puede vaciar por los cuatro costados si el espectador medio decide no hacer el esfuerzo que se le pide. Estos detalles pueden jugar una mala pasada. Pero está muy bien que los nuevos realizadores apuesten por su trabajo sin pararse a pensar en que el espectador quiere pasar el rato frente a la pantalla o no le interesa un cine que invite a detenerse para reflexionar. Cada tipo de cine tiene un tipo de espectador.

Lana Aubrey (Izq) y Sonia Almarcha.

El guion de Laura de Dios es, tal vez, más literario de lo recomendable. Porque, traducido al lenguaje cinematográfico, los gestos de los actores, el lenguaje corporal en su totalidad, o la iluminación, por ejemplo, no son suficientes para explicar bien qué está pasando. Ahora bien, si el espectador entiende lo que ve y escucha (cosa muy difícil dadas las circunstancias que vivimos) es cierto que todo puede tomar un sentido más que interesante. Esa clara invitación a explorar las diferentes capas del relato no deja de ser atractiva y magnética. Sea como sea, algo más de información no hubiera estado mal.

Fiar el éxito de un trabajo a una sola actriz, como es el caso, es muy arriesgado. Y si esa actriz es nueva en el ámbito de la interpretación la apuesta es considerable. Si a esto le sumamos que la actriz no habla ni una palabra de castellano y sólo repite un texto aprendido en su fonética (el personaje sí habla en castellano), la cosa se pone muy cuesta arriba. Lana Aubrey es verdad que llena la pantalla y soporta el peso de todo el trabajo. Llena la pantalla por su belleza aplastante y soporta el peso de la película desarrollando un arco dramático reducido y efectivo. Es verdad que, tal y como dice el realizador, se trataba de expresar desasosiego y falta de comprensión respecto a lo que ocurre y que con una actriz en esas condiciones se puede conseguir con cierta facilidad. No obstante la dirección actoral tiene mucho mérito.

Gracias al montaje (elegante e inteligente) de José Luis Picado podemos ver a la protagonista subir y bajar las mismas escaleras varias veces, pasear por un pasillo varias veces, plantarse ante un cuadro para restaurarlo varias veces y charlar sin tener que mover apenas un músculo varias veces, sin que nos cause demasiado problema. No es nada malo, ni se trata de un error imperdonable, no, es ser capaz de sacar el máximo rendimiento a lo que tienes a mano para trabajar. Y es que es más importante el clima que se crea que lo que le está sucediendo al personaje; en definitiva, es más importante el trabajo reflexivo y de asimilación del propio espectador que lo que sucede en pantalla. El espectador se hace protagonista. Es esto lo más interesante de la cinta y su gran logro. Con muy poca cosa se obtiene un resultado notable.

El trabajo interpretativo del jovencísimo Dylan Torrell está muy bien. Con los niños hay que tener mucho cuidado en esto del cine y Mateo consigue que no se le vaya de las manos el asunto. Hay que apuntarlo, también, en el haber del realizador.

Dylan Torrell admirando el fresco de Luca Giordano en el Casón del Buen Retiro.

La fotografía de Willy Jáuregui estupenda. El diseño de sonido de Álex Marais extraordinario y limpio como una patena, un trabajo que se convierte en un elemento narrativo de máxima importancia y un vehículo de transmisión de las sensaciones que se quieren despertar. Y la música de Hugo Race muy acertada para acompañar el guion. Los efectos especiales a cargo de Crafthive Creative de bella factura (la desaparición de la idea que invade la consciencia del personaje principal y que estaba concentrada en el cuadro que restaura es un momento casi mágico de la película).

En definitiva, un comienzo que deja abiertas muchas puertas a David M. Mateo y que invita a seguir la labor de este joven autor que puede entregar trabajos interesantes en el futuro.

Nirek Sabal

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