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Dos minutos, cuarenta segundos y una claqueta




 

Con un guión simple y un personaje como es ‘Barry Lyndon’ (no excesivamente complejo), es extraordinario llegar a conseguir una película tan grande, tan maravillosa. 
Técnicamente, ‘Barry Lyndon’ roza la perfección. Kubrick consigue retratar una época con detalle, convierte cada escena en un cuadro digno de admiración. Las localizaciones son espléndidas y los escenarios construidos no generan una sola duda en el espectador. El vestuario es perfecto. Maquillaje y peluquería también. La fotografía de John Alcott es impecable. Difícilmente se puede conseguir una nitidez de la imagen tan apabullante. 
Kubrick quiere atacar asuntos recurrentes en toda su filmografía: la violencia como herramienta destructora de la humanidad; la pequeñez de una humanidad medida junto al universo entero. Es por ello por lo que muchas escenas comienzan con primeros planos que, a través del zoom, dejan finalmente al personaje en medio de un mundo hostil, enorme, demasiado grande como para que nadie pueda cambiar algo o esté a salvo del destino. Y es por ello por lo que el realizador nos lleva, una y otra vez, a vivir situaciones en las que el ser humano desaparece con un simple disparo, con una actitud idiota ante el mundo. Todo ello envuelto por gran sensibilidad (algo que se le negó a Kubrick insistentemente y de lo que hace gala en este trabajo).
‘Barry Lyndon’ es el resultado de la adaptación de la novela de William Makepeace Thackeray. No es del todo fiel al trabajo del novelista (la última media hora es cosa del guionista y no de Makepeace) y el resultado es una historia simple y lineal. ¿Por qué fascina entonces? Hay varias razones fundamentales. La voz en off del narrador es una de ellas. Nos separa de la acción de forma intencionada (del mismo modo que en literatura, el punto de vista es una cuestión de distancias respecto a la acción). Se trata de un narrador no identificado (lo que se conoce por tercera persona). Además, se adelanta a la acción y la anuncia de modo que todo se sabe o intuye. Esto es algo que irrita a muchos puesto que buena parte de la tensión narrativa se pierde al usar este mecanismo. Sin embargo, es imprescindible para lo que Kubrick intentaba hacer. En realidad, la trama, el personaje principal, los secundarios, todo; son vehículos utilizados para dibujar una época, un universo casi inmóvil por el aburrimiento y el hastío, paralizado por la violencia, en el que todo se desliza hacia la nada. Kubrick quiere que miremos eso, desde la distancia, evitando injerencias de cualquier tipo.

Barry Lyndon es el personaje principal. Un tipo que quiere medrar sea como sea. Lo encarna Ryan O’neal. Este actor, mediocre y muy limitado en todos los sentidos, funciona más que bien. No por sus excelencias interpretativas (no las tiene) sino por el carácter dual que imprime a su personaje. Fragilidad, debilidad, atrocidad. Marisa Borenson le acompaña como Lady Lyndon. Espectacular en sus silencios y sus miradas vacías, casi muertas, infinitamente fatigadas. La sociedad se perfila desde esos dos personajes. 
Además de la fotografía de John Alcott, destaca la banda sonora de Leonard Rosenman. Música tradicional irlandesa, Händel, Paisiello, Bach y Shubert. Excepcional y encajada sin titubeos, con un criterio demoledor.
La película habla de antihéroes, de todos nosotros, de nuestra imposibilidad de sobrevivir al mundo. Y lo hace de forma profunda utilizando un despliegue técnico muy difícil de igualar.

G. Ramírez

 


La violencia entre los jóvenes, una forma de vida depravada y fuera de ese marco que entendemos como ético o moral, es algo que se puede retratar de muchas formas. Una de ellas es desde la crudeza más absoluta, desde la falta del maquillaje que la ficción utiliza para convertir el horror en algo llevadero. ‘The Tribe’ es un ejemplo de brillante crueldad.
Cuando la realidad está teñida con tonos mugrientos, la ficción es, inevitablemente, dolorosa. 
El cine es un arte que se compone de distintas partes y una de ellas, imprescindible, es la verosimilitud. Por tanto, aunque sea tremendo, repugnante o tóxico, los guionistas y realizadores, están obligados a mostrar universos de ficción que sin un grado determinado de crueldad o fealdad, no pueden funcionar en pantalla. Esto provoca que algunas películas no sean recibidas con agrado por algunas personas que entienden el cine como puro entretenimiento o como un escaparate para la zona más amable de la realidad convertida en fábula. Es una opción como otra cualquiera y nadie puede criticarlo, pero esas personas pierden la ocasión, inevitablemente, de comprobar que el cine puede ser un artificio portentoso cuando alguien quiere pisar territorios peligrosos para la consciencia. 
‘The Tribe’ (‘Plemya’, 2014) es una película del realizador ucraniano Miroslav Slaboshpitsky. Un trabajo demoledor que no deja una sola puerta abierta a la esperanza para los personajes ni para los espectadores; es una película tan bien rodada como rematada; es un canto a la imposibilidad de vivir con normalidad una realidad hostil que solo es acogedora para algunos y en algunos lugares. 
En ‘The Tribe’ los personajes no hablan porque son sordomudos. Ellos solo se comunican a través del lenguaje de signos. No oyen. Y el espectador solo escucha el sonido ambiente sin saber lo que se dicen entre unos y otros. Tan solo en una escena se puede oír el murmullo de un grupo de personas que espera a entrar en un edificio. Por tanto, se establece un juego interesantísimo. El espectador escucha lo que lo personajes ignoran aunque al mismo tiempo no puede entender los diálogos que se producen entre los protagonistas. No hay subtítulos, solo silencio. Escuchamos sin que nos hablen o sin decir nosotros mismos y eso representa el silencio más perturbador de todos.
 


Por otra parte, ‘The Tribe’ es una película que cuenta la vida en un centro de educación especial para sordomudos. Se podría decir que la película es similar a esas historias que suceden en un colegio mayor norteamericano o en una universidad cualquiera. La diferencia es que en unas películas vemos canchas de baloncesto, aulas estupendas y animadoras moviendo pompones; y en esta solo alcanzamos a ver mugre, una depravación que deja perplejo, maldad en cada esquina y la cara más perversa de una sociedad acostumbrada a sufrir, que entiende la vida como una especie de tránsito en el que lo mejor que puedes hacer es sobrevivir sin mostrar escrúpulo alguno. El glamour se cambia por la depresión más profunda e intensa. 
La planificación de cada escena es especialmente brillante. Planos fijos eternos y planos secuencias interminables. Las escenas filmadas con steady cam son especialmente brillantes. Y es que cuando el lenguaje no aparece por ninguna parte es obligado que la cámara siga al personaje para entender. Por tanto, los primeros planos son inservibles y el juego plano-contraplano resulta innecesario por no aportar casi nada. 
‘The tribe’ nos hace pensar en ‘Elephant’ (2003) de Gus Van Sant o en ‘Tiro en la cabeza’ (2008) de Jaime Rosales. 
Miroslav Slaboshpitsky realiza la película con inteligencia y echando originalidad al asunto. No obstante, la historia que cuenta ya está narrada un millón de veces. Otra cosa es que no tenga remilgos a la hora de ser brutal al contar las cosas y que sea muy original utilizar recursos que, hasta ahora, eran desconocidos.
Otro aspecto destacable es que los actores y actrices son sordomudos en la realidad y ninguno de ellos es profesional. 
Esta película es la historia de un grupo de jóvenes sordomudos que viven en un centro de educación especial en el que han conseguido formar una banda de delincuentes que utiliza cualquier tipo de violencia, la prostitución o el delito más salvaje, para mantener un tipo de vida que, por otro lado, es penoso en todos los aspectos. Una de las jóvenes prostitutas y el muchacho que llega más tarde al centro mantienen una relación. El amor, los celos y el sexo, hacen saltar por los aires toda la maquinaria y la tragedia dentro de la tragedia aparece arrasando todo lo que encuentra en el camino. 
Si la película es dura en general, un par de escenas son completamente perturbadoras. Por la forma de presentarlas y por lo que enseñan. Si la violencia es en sí misma desagradable, en esta película se convierte en algo atroz. El arco dramático de los personajes va creciendo cuando las dosis de brutalidad les dibuja con trazo fino. 
Es esta una de las películas que, el que escribe, ha tenido mayores dificultades para terminar de ver sin levantarse de la butaca. Y no por ser una mala película, puesto que no lo es, sino porque la consciencia y la conciencia se convirtieron en centrifugadoras que provocaban una sensación difícil de soportar. Saber que la realidad esconde algunas zonas parecidas a esta pone los pelos de punta a cualquiera que quiera considerarse normal.

G. Ramírez

 


Son las mujeres, en el cine de Wilder, las que estructuran las tramas de forma definitiva. Se disfrazan, cambian, juegan, apuestan, hacen lo que haga falta para que el hombre (desde su prepotencia y arrogancia) tenga que claudicar y ceder ante la imaginación, la intuición y la astucia femenina.

El cine de Billy Wilder se nutre del engaño. Cambios de aspecto y cambios mucho más poderosos, que afectan a la esencia de los personajes; son los ejes que soportan buena parte de las tramas de Wilder.

Y son las mujeres las que asumen ese rol por distintas razones. Porque el hombre en el cine de Wilder presume de una inteligencia superior, de una capacidad reflexiva muy por encima de la femenina, de una intuición descomunal; el hombre cree estar muy por encima de la mujer y no cree que tenga que cambiar. Los hombres presumen y las mujeres logran esquivar tanta arrogancia para lograr situarse un escalón más arriba, para convertir la burla masculina en una especia de búmeran.

Wilder, que tenía bastante mala leche al escribir sus guiones, no se conforma con mostrar ese proceso; Wilder deja que su personaje masculino se eleve tanto como tan fuerte cree que debe ser su caída. Tal vez el caso más sorprendente es el que podemos ver en «La vida privada de Sherlock Holmes». El personaje principal; Holmes, claro; casi se presenta en pantalla diciendo que «jamás se debe confiar eternamente en una mujer, ni siquiera en la mejor de ellas. Son cleptómanas, ninfómanas, pirómanas... Las mujeres no son dignas en ninguna circunstancia». En fin, una forma de ver a las mujeres bastante tremenda. Desde la superioridad, desde una atalaya inaccesible para cualquiera de ellas. Sin embargo, Holmes no es capaz de ver cómo la espía de la que se enamora hace señas con su sombrilla a sus colegas ocultos. Y no es que lo haga escondida. No, lo hace delante de él. Holmes no es capaz de preguntarse qué hace esa bellísima mujer abriendo y cerrando su sombrilla un día de niebla.

Algo parecido ocurre en «Testigo de Cargo». Cuando el abogado protagonista interpretado por Charles Laughton conoce que una mujer (esposa de su cliente) entrará a formar parte del juego, supone que es una histérica y una lela. Sin embargo, no puede resistirse a caer rendido ante ella al comprobar que es una mujer inteligente, astuta y valiente. Todo el trono en el que el abogado se sienta se derrite ante ella.

Billy Wilder sabe que los hombres miran a las mujeres desde un lugar muy concreto. Que las mujeres lo saben. Que todo el espectro de las relaciones entre hombres y mujeres está lleno de tópicos ridículos que se pueden aprovechar para asumirlos y hacer que estallen en mil pedazos poco después. Que la debilidad más acusada de las personas (respecto a otros) suele llegar de la percepción que tenemos de ellas.

Las mujeres en el cine de Wilder parten con desventaja. Si dicen lo que piensan, si de dejan ver más de la cuenta, no serán tomadas en cuenta. Lo mejor es disfrazarse y comenzar un engaño, más o menos sutil, del que los hombres serán víctimas. Wilder utiliza cada tópico sobre las mujeres para que el hombre quede engañado y quede asombrado cuando, claramente, no es suficiente su capacidad intelectual; esa de la que tanto presume.


La mujer en el cine de Wilder puede intercambiar papeles (la esposa y la prostituta en «Bésame Tonto...»), puede doblar su personalidad (Christine en «Testigo de cargo») o puede ser motivo de elección por parte del hombre (la cabaretera o la representante del senado en «Berlín Occidente»). En cualquiera de los casos, el imaginario masculino sobre la mujer es alcanzado en su línea de flotación para hacer que su percepción se desmorone. En todos los casos, el hombre recibe lo que necesita para que siga mirando en la dirección equivocada y sea la mujer la que se salga con la suya. En cualquier caso, las relaciones que se establecen en las películas entre hombres y mujeres, se plantea como conflicto para que la situación inicial vuelva a ser la de antes o se llegue a un punto amable y dentro de lo considerado normal en el momento de filmar las películas (En «La tentación vive arriba» el protagonista corre, finalmente, hasta el lugar de vacaciones de su esposa; el militar de «Berlín Occidente» pasa por la vicaría...). Y son ellas, las que ponen en funcionamiento un juego lleno de engaños y de reflejos falsos, las que ganan la batalla a unos hombres que no saben qué hacer, qué elegir, cómo resolver los problemas. Porque no terminan de entender que ante las mujeres no hay nada que hacer una vez que comienza el juego.

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Algo de lo que dijo Wilder sobre ellas

Para entender al personaje femenino de Wilder, conviene entender cómo miraba él a las mujeres. Algunas cosas de las que dijo pueden dar luz a este asunto.

Las más interesantes: Las mujeres más interesantes en una película son las putas; y todo hombre enamorado, en el fondo, es un pervertido sexual.

Las Hepburn (Audrey y Katharine): Después de tantísimas camareras de bares de carretera como hay últimamente en el cine –hemos sufrido una sequía de todo lo demás- por fin hay alguien con clase, una persona con estudios, que escribe sin faltas de ortografía y que quizás incluso sepa tocar el piano. La otra chica es Katharine Hepburn. No hay nadie más... La tetitis domina el país; pero esta chica... ella sola puede hacer que el tetamen sea cosa del pasado.

Marilyn Monroe: Su eterno problema es que se enamoraba con mucha rapidez. No era la clase de mujer que se supone que debe ser un símbolo sexual, y eso la mato... Marilyn era una mezcla de pena, amor, soledad y confusión.


G. Ramírez

 

 


Para practicar deporte hay que empezar por comer bien. Una dieta equilibrada y la hidratación adecuada son tan necesarios como un buen calzado deportivo. Pensar que eso de hacer deporte se reduce a cambiar el vestuario y moverse a lo loco, es un error que se puede pagar muy caro. Y si hablamos de practicar deporte para competir, todo se agrava.

Por ello está muy bien evitar las dietas que tanto están imponiéndose en el mundo entero. 

Dar malas noticias, sin destrozar al de enfrente, es todo un arte. Dar malas noticias sin tener reparo alguno es más fácil y no requiere ningún entrenamiento. En cualquier caso el efecto es demoledor. Al fin y al cabo, recibir un mazazo deja fuera de combate a cualquiera.

'Food, Inc.' es un documental que firma Robert Kenner. Presenta y analiza la industria cárnica de Estados Unidos y algunos sistemas agrícolas vinculados con el cultivo de maíz. Además, una vez expuesta la situación, aborda los sistemas legales en los que se mueve todo el entramado que tiene que ver con estos mercados. Dicho así no parece gran cosa aunque lo cierto es que viendo este documental a uno se le revuelve el estómago. No sólo por el contenido casi terrorífico de la película sino por la falta de ironía y tacto al plantear el asunto. Siempre se agradece que algo de humor que maquille la terrible realidad.

Maltrato animal, maltrato a personas que trabajan en las fábricas dedicadas al sistema alimentario de Estados Unidos, millones de bacterias en la carne que comemos y con las que no se puede acabar de ninguna manera, muerte de personas por comer carne, nuevas enfermedades a causa de cambios en la transmisión de los bichitos, sistemas legales inalcanzables para una persona normal que debe renunciar a todo, multinacionales despiadadas, miles de reses sacrificadas cada hora de forma cruel, miles de pollos engordando tres o cuatro veces lo que sería normal y sin poder ponerse en pie. Un verdadero horror. Todo esto sin un comentario esperanzador, sin poder sonreír porque estamos en peligro. No sería bueno frivolizar sobre estos asuntos, pero el cine debe entretener. Entre lo tremendo del mensaje, la falta de ironía, la gran cantidad de asuntos tratados sin profundizar en ninguno de ellos y la crudeza de algunas imágenes, el documental se hace algo tedioso, brusco en exceso, tan difícil de digerir como la carne que vemos convertida en un amasijo.

A pesar de esto, el documental ilustra aspectos que todo ser humano tiene derecho a conocer. Tanto del pasado como del presente o futuro próximo. Es curioso descubrir que los enfermos de diabetes se van a multiplicar gracias a la comida basura y los refrescos. Para una familia pobre es más fácil comer ese tipo de comida que verdura fresca por el alto precio de los alimentos. Los obesos son ya los más pobres. Algo impensable hasta hace bien poco. Es miedoso saber que existen enfermedades que se transmiten de forma diferente por la repercusión que tiene una industria inmensa como la cárnica. Pone los pelos de punta saber que cientos de productos que tomamos a diario contienen algún elemento transgénico (casi siempre llegado con el maíz o la soja). Pero lo que más impresiona es la inmunidad con la que trabajan algunos sectores. La ley está de su parte. No hay nada que hacer frente a un problema cualquiera.

El documental es algo soso a veces, algo tedioso otras, muy impactante casi siempre y muy descorazonador. Los testimonios están muy bien elegidos. La ausencia de algún testimonio más se anota para que el espectador no crea que la película es tendenciosa o tramposa. El montaje es eficaz. Algunos críticos recibieron este documental con gran alborozo. Este que escribe lo deja en alegría moderada. Entre otras cosas porque las posibilidades eran mucho mayores que las aprovechadas por el director.

G. Ramírez

Alba Planas y Patrick Criado

‘La Virgen Roja’ es una película que habla de feminismo, de las contradicciones que sufrimos las personas y de cómo una idea se puede convertir en una obsesión tóxica y destructiva.

Imaginemos que un padre o una madre convierten a su hijo en un proyecto. Quieren que sea el mejor en matemáticas, que hable tres idiomas, que termine siendo el arquitecto más guapo y alabado del mundo o la empresaria más poderosa del planeta Tierra. Esto, aunque parece algo exagerado, es habitual y sucede cada día en hogares normales y corrientes. Pero también es habitual que el joven decida, en mitad del camino, que va a tomar un desvío inesperado, que quiere divertirse y que el latín le parece un verdadero tostón. Tal vez decida criar pastores alemanes. Todo es posible. Y, por tanto, se acabó el proyecto de papá y mamá. Insisto en que esto es muy normal. Lo que ya no es tan frecuente es que el padre, la madre o ambos, reaccionen ante el rehúse de su hijo como hacen los escultores con las obras que presentan alguna falta (las destruyen), es decir, que asesinen a sus hijos. Eso es, afortunadamente, extraño.

Pues bien, Aurora Rodríguez Carballeira, asesinó a su única hija, Hildegart, porque pensaba que la joven estaba llamada a cambiar el mundo, a ser una mujer verdaderamente libre, a representar lo mejor del ser humano, porque la muchacha resultó pensar y hacer por iniciativa propia. El caso es que todo iba bien hasta que Hildegart necesitó ser libre, escapar de la obsesión de su madre. Esto es algo que ocurrió a principios del siglo XX, tuvo enorme repercusión social y política en aquella época y se convirtió en un suceso de proporciones desconocidas hasta ese momento. Aurora asesinó a su hija disparando cuatro veces, sin piedad alguna, a bocajarro.

Paula Ortiz, directora de la película, logra un trabajo excelente con las actrices principales de ‘La Virgen Roja’. Najwa Nimri se convierte en la imagen de la locura, del extremismo que convierte la idea en algo imposible, absurdo y maligno. Si bien es cierto que la actriz se coloca entre los márgenes de un registro y no se mueve fuera de ellos (puede parecer un trabajo algo plano), el resultado final es contundente. Alba Planas está espléndida de principio a fin. Ella si va de lo maquinal del personaje (qué bien se desarrolla esa idea de comportamiento estrictamente funcional al pegar al personaje a una máquina de escribir durante buena parte del metraje que avanza al ritmo de las pulsaciones digitales de Hildegart), de lo maquinal, decía, a la pasión, del pragmatismo a la lucha más visceral. Ambas actrices forman un tándem estupendo. El resto del reparto está igual de bien dirigido destacando Aixa Villagrán que da una profundidad muy sólida a su personaje.

Un momento del rodaje de 'La Virgen Roja'

La cámara de la directora zaragozana se mueve con sumo cuidado y se centra en el detalle, en todo aquello que puede resultar expresivo. La puesta en escena es elegante y muy cuidadosa, tanto como el vestuario y la peluquería.

La dificultad de este trabajo residía en contar algo ya muy conocido y hacerlo sin caer en territorios comunes o en zonas ideológicas que no aportaran nada al conjunto y se convirtieran en injerencias autorales tan perjudiciales siempre. Y para lograr un buen resultado, todo reposa sobre un guion que sabe equilibrar lo histórico con eso tan fundamental para que la película crezca dentro del dramatismo necesario.

Conviene echar un vistazo a ‘La Virgen Roja’ y disfrutar de la película sin ideas preconcebidas, aceptando que la visión feminista del mundo es lo que es y no lo que nos quieren vender grupos que no entienden nada de lo que representa ese movimiento tan importante para la Humanidad entera. Y conviene disfrutar de una historia tremenda y bellísima al mismo tiempo. Lo de investigar sobre, por ejemplo, qué es la eugenesia, ya es harina de otro costal y voluntario tras ver la película.

G. Ramírez

Sylvester Stallone y Janine Turner. 

Algunas películas utilizan el deporte como excusa para contar algo que no tiene nada que ver con los valores, las realidades o las normas que rigen las prácticas deportivas. El deporte, es esos casos, sirve para que el protagonista presente una estética determinada o para que la trama tenga un mínimo sentido. Solo eso. Y, por supuesto, ni hace bien al deporte, ni aporta nada relevante, ni ayuda en nada a los practicantes.

Toca hablar de ‘Máximo riesgo’ (‘Cliffhanger’, 1993). Esta película firmada por el realizador Renny Harlin, siempre eficaz y astuto al trabajar, utiliza el mismo vehículo que ‘Everest’ (Película infinitamente mejor que esta) para poner en marcha la máquina narrativa. Se apoya en el alpinismo de principio a fin, pero las suertes son diversas. La película de Harlin es un auténtico desastre en muchos aspectos, entre ellos, el deportivo. Habrá quien diga que la película se deja ver, que es entretenida aunque, advertimos, es un trabajo para espectadores muy poco exigentes, para público que busca algo con lo que no tengas que pensar ni un instante.

El protagonista es Sylvester Stallone. Tras los desastres de ‘Oscar’ y ‘¡Alto, o mi madre dispara!’, dos películas nefastas; Stallone decidió escribir un guion para salir de ese pozo en el que estaba metido hasta el cuello. Junto a Michel France escribió, efectivamente, un guion. Hay que decir que un texto como ese lo puede escribir casi cualquiera. Incluyes a una chica, diez o doce cajas de granadas de mano, siete millones de proyectiles, un par de aviones que puedas destrozar, un par de escenas improbables e impactantes, un malo espantosamente malo rodeado de secuaces espantosamente más malos que el malo y un final feliz y ¡voilà! Si tienes unos cuantos millones de dólares de más, el círculo queda cerrado. Ya eres Sylvester Stallone. Ah, no. Para eso hay que tener la cara inexpresiva, mucho músculo y ser mal actor.

Sylvester Stallone

Lo que cuenta ‘Máximo Riesgo’ es un disparate increíble en el que un avión se puede estrellar y los malos que viajan dentro no tener ni un rasguño, en el que un alpinista puede escalar un pico importante en camiseta de tirantes a una temperatura de varios grados bajo cero (o con un jersey, da lo mismo), en el que te dan una paliza de muerte por ser el bueno y por la que los daños son inapreciables, en el que un grupo de mafiosos sube picos con las zapatillas de andar por casa... En fin, será muy divertida, pero mejor no pensar en ella. Como curiosidad, he de recordar que la película estuvo nominada a cuatro premios Razzie, es decir, los premios con los que quedas marcado como peor película, actor, actriz o lo que sea, del año.

Stallone, ‘Sly’ para los amigos, se pidió el personaje principal porque para eso escribió el guion. Un tipo que se dedica al rescate alpino capaz de subir paredes de cientos de metros de altitud con una mano detrás. Tiene una experiencia terrible en uno de los rescates que tiene que realizar y se retira dejando empantanado a todo el mundo, incluida su chica (Janine Turner). Pero en el mundo hay muchos malos a los que vencer. Y un grupo de ellos es capaz de robar una cantidad completamente insultante al gobierno de los Estados Unidos de América y alguien tiene que hacer justicia (la escena del robo incluye la bajada de un avión en vuelo a otro con una tirolina por la que el especialista Simon Crane cobró un milloncito de dólares). Pero como los malos no tienen ninguna posibilidad y menos en las películas de Stallone (para eso él escribió el guion), el avión se cae y las maletas con las pasta quedan esparcidas por las montañas nevadas (la película se rodó en Cortina D’Ampezzo, es decir, en los Alpes dolomitas italianos; en la película la acción la localizan en las Rocosas). Entonces lo malos (encabezados por el actor John Lithgow), hacen de las suyas y lían a los buenos para que les rescaten (aquí aparece Stallone llamado por el deber) y, más tarde, para obligarles a encontrar las maletas llenas de dinero. Avalanchas provocadas por los disparos de los mafiosos, peleas desiguales que terminan ganando los buenos, helicópteros, escenas tan espectaculares como vacías de contenido, amistad en grado superlativo, cuerdas de más de sesenta años que aguantan el peso de dos personas que se balancean de un lado a otro (se rompen en ese momento en el que el héroe ya tiene los pies en el lugar exacto y la dama está a salvo).

¿Esto ayuda a que el alpinismo mejore? Creo que lo que ayuda es a que cualquier insensato crea que lo que hace el personaje de Stallone lo puede hacer él mismo. Poco más. ¿Debe el deporte utilizarse para contar estas tonterías? Ni el deporte ni nada de este mundo. ¿Se puede ver la película? Yo he avisado.

Nirek Sabal

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