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Dos minutos, cuarenta segundos y una claqueta




Imagen de 'La soledad del corredor de fondo'.

El deporte es una enorme fuente de valores para el hombre. Si algo refuerza el sentido solidario, la amistad o la lealtad, es la práctica deportiva. El atletismo, en el que el ser humano no abandona su medio natural ni puede depender de nada que no sea él mismo, se presenta como las más grande de las manifestaciones deportivas.

El hombre que corre practica un deporte en el que nada ni nadie puede ayudar, en el que no se depende de máquina alguna. Resistir o ser veloz; ser capaz de sobrepasar obstáculos hasta llegar en el menor tiempo posible al final de la carrera. Quizá, por ello, es el deporte rey en los juegos olímpicos. El hombre en su medio natural y frente a sí mismo.

Son muchas las páginas dedicadas a este deporte, muchas las horas de rodaje en el que el atletismo (concretamente las carreras de velocidad, resistencia u obstáculos) ha sido protagonista. Aunque algunas de estas obras resultan más relevantes que otras.

Si centramos la atención en la literatura, nos encontramos, por ejemplo, con un excelente relato de Alan Sillitone titulado 'La soledad del corredor de fondo' ('The lonelines of the long distance runner'). Nos cuentan cómo un muchacho recluido en un correccional tiene que entrenar para ganar una prueba entre centros. La fortaleza del texto no se encuentra en la trama (divertidísima, amena, gamberra y transgresora), lo importante es entender la gran metáfora construida por Sillitone en la que la vida se puede ver como una larga y dolorosa carrera de fondo en la que cada uno de nosotros debe elegir dónde está la línea de llegada, qué recorrido hay que cubrir o si se termina antes de tiempo. Pero, también, una carrera en la que nos encontramos con grandes peligros y grandes retos que debemos superar. La voz narrativa corresponde al personaje principal y eso permite al lector experimentar sin filtros lo mismo que él: pensamiento durante la carrera, la distorsión del tiempo, el sentimiento de soledad, el individualismo, la guerra declarada desde antes de los tiempos entre unos y otros (aquí Sillitone se centra en la lucha de clases que resulta fundamental para interpretar esta carrera que se nos cuenta; es por ello por lo que este texto se convierte en una narración de plena actualidad que removería conciencias entre los lectores). En 1962, se rodó una espléndida película que dirigió Tony Richardson. Tan recomendable como el relato original.

Imagen de 'Marathon Man'.

Otra película en la que el protagonista es corredor de fondo, en concreto de maratón, y en la que podemos observar esa idea de vida como carrera extenuante, es 'Marathon Man'. En este caso nos enfrentamos a un thriller en el que el nazismo toma todo el protagonismo. Con un arranque espectacular, el realizador John Schlesinger nos arrastra al mundo del crimen, de la mentira, de la maldad más absoluta. La película logra momentos extraordinarios y la tensión narrativa se eleva hasta llegar a un climax total. Eso sí, quedan algunos cabos argumentales sueltos. Posiblemente, en la mesa de montaje se tuvieron que descartar secuencias que explicarían algunas cosas. Por otra parte, los amantes de la ópera disfrutarán de un aria de la ópera de Massenet 'Herodiade' ('Oors, O cité perverse') que matiza a la perfección la acción y de parte de la pieza de Franz Schubert 'Der Neugierige' que tanto gustaba a los nazis.

Los amantes del maratón encontrarán otra metáfora de lo más atractiva en este trabajo (no pierdan de vista las imágenes intercaladas del corredor Abebe Bikila en el que piensa el protagonista mientras corre entrenando o escapando de los villanos) y, desde luego, una entretenida película en la que Dustin Hoffman y Laurence Olivier están enormes.

Imagen de 'Carros de fuego'.

Es casi obligado mencionar la película del director británico Hugh Hudson 'Carros de fuego' ('Chariots of fire'). Una serie de atletas británicos preparan su participación en los juegos olímpicos de 1924 que se disputaron en París y terminan obteniendo diversos triunfos. La película obtuvo cuatro premios Óscar en 1981.

Lo que se narra no se ajusta a la realidad histórica y se cometen errores de bulto en el argumento. Y esto no es algo que perjudique a la película (suele ocurrir con frecuencia), pero la intención con la que se cometen esas faltas de rigor sí supone un problema. 'Carros de fuego' se convierte en un panfleto propagandístico en el que se ensalza lo británico cuando, por ejemplo, esas olimpiadas fueron bastante desastrosas para ellos; se arremete contra los franceses para quedar por encima de ellos. Cosas de este estilo. Eso sí, la puesta en escena es primorosa, el vestuario está cuidadísimo, la música de Vangelis resulta inolvidable y el atletismo es el gran protagonista. El atletismo y los valores que el deporte, en general, aportan al ser humano: afán de superación, amistad, solidaridad.

Queda para la historia cinematográfica esa primera secuencia que el fotógrafo David Watkin convirtió en una obra de arte (los corredores entrenan a la orilla del mar y suena la música de Vangelis).

Si son tan amables, acepten una sugerencia de el que escribe: cuando corran; bien por placer, bien entrenando para participar en alguna prueba; no olviden su reproductor de música portátil. Está demostrado que escuchar música (en concreto, clásica) hace que la actividad cerebral permita una capacidad de reflexión mucho mayor. Y esos momentos en los que el ser humano se encuentra en soledad son, cada vez, más escasos. Comenzar con la novena de Ludwig van Beethoven o con algo de Mozart es una buena elección.

G. Ramírez


‘Los duelistas’ es una de las mejores películas de Ridley Scott y, al mismo tiempo, una de las menos recordadas. Es curioso que esto sea así cuando, junto con ‘Alien’ y ‘Blade Runner’, este trabajo es el mejor del director.

‘Los duelistas’ es una adaptación de la novela de Joseph Conrad. El guion fue firmado por Gerald Vaughan-Hughes y es muy fiel al texto original. Los añadidos son menores. Lo que nos cuentan es la relación entre dos militares, Feraud y D’Hubert, que se baten en duelo a lo largo de su vida en varias ocasiones. Por distintas razones van sobreviviendo a cada encuentro; duelos que se desarrollan de forma distinta. A caballo, a espada, breves, sangrientos. Durante el desarrollo de la trama comprobamos que, en realidad, lo que nos van contando es cómo conviven y salen adelante dos formas de vida. Lo duro, belicoso, descortés y primitivo de Feraud se enfrenta a la clase aristocrática, a la calma, a la cultura exquisita de D’Hubert. Aunque, a decir verdad, dado que el punto de vista utilizado es el de D’Hubert, el carácter y la psicología de Feraud quedan algo desdibujadas.

Ridley Scott, influenciado (sin duda) por la película de Stanley Kubrick, ‘Barry Lyndon’, busca encuadres con distintas iluminaciones que nos enseñen algo parecido a lo que son los lienzos de la época romántica. Esa iluminación, lógicamente, naturalista, toma especial relevancia con el uso de velas y sombras en interiores. Los exteriores repiten una idea que desde el principio, Scott, quiere hacer llegar: cómo es la relación entre los protagonistas. El fotógrafo Frank Tidy hace un trabajo espléndido. Los personajes protagonistas son encarnados por Harvey Keitel (llegaba de un intento fallido por interpretar el papel principal en ‘Apocalypse Now’) y Keith Carradine. Ambos están muy bien dirigidos y consiguen una actuación sobresaliente.

‘Los duelistas’ es una excelente muestra del cine que se filmaba en esa época (1977) y está a la altura de las mejores películas de Scott. No dejen de prestar especial atención a cómo el director va utilizando a los personajes femeninos para que las personalidades de los duelistas vayan dibujándose con coherencia. Eso y un montaje que va en busca de lo mismo, son aspectos especialmente interesantes.

Nirek Sabal

Si algo es capaz de unir a las personas una vez, podrá hacerlo mil veces. Estará desbaratado, olvidado, liquidado; pero estará, en algún lugar estará aguardando su oportunidad. Tan sólo hay que buscar con cariño, olvidando cualquier cosa que distorsione el recuerdo. El cine es una de esas cosas. Lo que lo aman lo saben. Y Giuseppe Tornatore es un convencido de ello.

Giuseppe Tornatore ama el cine. 'Cinema Paradiso' es, entre otras cosas, la muestra de ello. Porque el amor no se puede fingir y esta película rebosa pasión, un cariño inmenso, por los cuatro costados.

Tornatore escribió un guion estupendo y entregó una película deliciosa que habla del cine como elemento común para los habitantes de un pueblo entero; como canalizador de amistades, romances y toda clase de experiencias. Pero también enseña los códigos internos propios del cine que se instalan en la vida del espectador, de cualquier espectador, sea cual sea su condición. Tornatore habla del cine como forma de entender el mundo, como posibilidad ante una vida llena de dificultades. Y es que la magia nos permite elegir caminos que ni siquiera existían antes de pisarlos por primera vez.

La fotografía de Blasco Giurato es preciosa. Busca, siempre, el brillo en todas las escenas; un brillo que termina apareciendo pase lo que pase. Y la partitura de Ennio Morricone es una obra maestra. Emocionante, profunda, impecable. Por supuesto, la dirección de Tornatore es excelente, delicada hasta el extremo. El trabajo que hace con Salvatore Cascio es espléndido. Los niños actores son difíciles y, en esta película, todo parece sencillo, natural, casi obligado. Philippe Noiret, Jacques Perrin y Marco Leonardi defienden sus papeles con una soltura inmejorable. Tornatore deja su sello personal en cada escena, en cada encuadre, en un movimiento de la cámara que apenas se nota. Impecable.

'Cinema Paradiso' narra la historia de una amistad y de una pasión, del amor y de la fidelidad con uno mismo. Alfredo (Noiret) es el encargado del proyector en el cine de un pequeño pueblo italiano. Salvatore (Cascio, Leonardi, Perrin; niño, joven, adulto) es un niño emocionado con el cine. Su vida se llena con todo lo que sucede en la sala de proyección aunque intuye que es en la sala del proyector donde está su sitio. Alfredo, tras muchas negativas, accede a que el niño le acompañe mientras trabaja. Se forja, así, una vocación, una profesión y una amistad. Mientras, el pueblo va evolucionando con el cine como punto de reunión, como lugar en el que todo pasa y todo es posible. Lo real y lo ficticio que se agarra y se integra a lo cotidiano.

La tensión narrativa mejora con el paso de los minutos. Y el tramo final es emocionante a más no poder. Si el espectador termina con lágrimas en los ojos no es extraño. Aunque no serán producto de la sensiblería o del ataque a la zona más lacrimógena. No, serán sinceras porque llegan de la emoción que es capaz de despertar el director italiano. Cuando algo es auténtico nada se puede criticar.

Otra de las zonas de interés narrativo la llena la historia de amor que Salvatore (ya es un jovencito) vivirá con la que él cree que es la mujer de su vida. No terminan formando una pareja. El romance se hace eterno arropado por el silencio del protagonista. Del mismo modo, vivirá la amistad de su vida; la que forjó con Alfredo que este instala en la distancia intentando que el futuro del joven sea el mejor. Sin embargo, el protagonista no renuncia a nada de ello. De nuevo aparece lo auténtico en escena. Nada de lo auténtico es intercambiable. Tornatore no duda en enviar mensajes sólidos y claros.

No faltan en la película escenas con una carga implícita importante. Hay detalles que hacen evolucionar la trama vertiginosamente, detalles que justifican las elipsis con una elegancia pasmosa. Presten atención a las escenas en las que Tornatore centra su atención en el personaje principal y en las anclas oxidadas que descansan en el muelle. Primero una, luego decenas. El mundo cambia, el tiempo corre, las personas emigran a las grandes ciudades; pero en el cine eso puede ser reducido a un instante. Es magia. En 'Cinema Paradiso' todo es emotivo, reflexivo, evocador.

La película es deliciosa; un homenaje al cine, a su magia y a nuestra capacidad para dejarnos arrastrar por ese poder de convicción que sólo la ficción es capaz de aportar a nuestras vidas. Si no la han visto ya, no tarden en hacerlo. Si ya la vieron, vuelvan a hacerlo. En cualquier caso, es una experiencia exquisita.

G. Ramírez

El año 1607 un grupo muy reducido de hombres llegaron a lo que hoy se conoce como Virginia en Estados Unidos. Ese mismo año levantaron el fuerte Jamestown. El guion de ‘El nuevo mundo’ nace de los diarios de John Smith y de los libros escritos por los historiadores James Barlowe y Robert Beverly. Gran película de Terence Malick.

Terrence Malick fija la atención en ese momento histórico en el que los primeros colonos ingleses llegaban a América y utiliza la famosísima historia de amor imposible entre Pocahontas y el Capitán Smith, como excusa para volver a convertir en un enorme poema la pantalla. 'El nuevo mundo' no es una película que hable del amor. 'El nuevo mundo' es un canto melancólico a la pérdida de identidad del ser humano cuando dejó de estar pegado a la Tierra, a su único hogar. El drama fue y sigue siendo tremendo puesto que el hombre no puede serlo sin su entorno. El Paraíso y la pérdida de la inocencia son temas muy recurrentes en la corta obra de Malick.

Es verdad que la historia entre el buscador de fortuna John Smith (encarnado por un serio y profundo Colin Farrell) un tipo valeroso, inundado de valores; y la joven que no evita descubrir el mundo y hacer suyo lo propio y extraño, Pocahontas (’juguetona’), papel interpretado por una maravillosa Q´Orianka Kilcher; es muy llamativa, muy seductora. Pero Malick solo cuenta lo que le interesa, lo que puede estar al servicio de lo que él entiende que es fundamental: la madre naturaleza, el edén despreciado y maltratado por sus hijos. Le gusta más presentar a los indios powhatan como parte de la Naturaleza, como otro animal más, no se entienden esas cosas por separado. Lo de Pocahontas es anecdótico.

Malick va dibujando, plano a plano, un mundo idílico. El fotógrafo Emmanuel Lubezki realiza un trabajo portentoso (se rodó en 65 mm, con la luz del amanecer o del atardecer y usando, en muchas secuencias, la steadicam; buscando las zonas sensibles de los cuerpos para contar la historia de amor, buscando planos oblicuos que aportan sensación de prisas, de pasiones; nada es casual en el trabajo de Lubezki). Malick utiliza la voz en off para ir haciendo crecer a los personajes y lo hace con esa voz porque es la que trata de representar el pensamiento. Los diálogos se hacen breves, los silencios se convierten en las zonas narrativas más relevantes, los ojos de los personajes se muestran siempre con un punto de misterio, huidizos. Todo ocurre al ritmo de un tiempo ancestral que parece detener y detenerse. El azar y la necesidad son la misma cosa; los hombres se equivocan y todo ocurre al ritmo del error que supone no saber que lo bueno del universo se pone en peligro.

Q´Orianka Kilcher y Colin Farrell están acompañados por Christian Bale (discreto), Christopher Plummer, David Thewlis y Wes Studi (¿recuerdan a Mawa, el señor de la guerra de los hurones en 'El último mohicano'?). El conjunto funciona muy bien.


El adagio del 'Concierto para piano No.23' de Mozart nos acerca al amor; el Preludio de 'Das Rheingold' de Wagner nos arrastra a ese descubrimiento de las nuevas tierras.

No puedo dejar de señalar una parte de la trama que suele pasar desapercibida y es sumamente importante y divertida. Un jefe indio viaja a Inglaterra para 'buscar a ese Dios del que tanto hablan'. Le veremos buscando en los jardines, en espacios abiertos. No encuentra nada, claro. Y no entiende cómo no puede estar en la Naturaleza. Antes ha estado en un templo y allí ve una imagen, pero no le debe parecer ni un dios ni nada de nada. Y es que Dios (si es que existe) y el universo no pueden ser cosas distintas.

Película preciosa, lenta, reflexiva, profunda. Una de las mejores filmadas en este siglo.

G. Ramírez

 

Agata Kulesza y Agata Trzebuchowska.

La guerra no acaba cuando se firma un armisticio o una rendición sin condiciones. Los efectos de la guerra perduran durante mucho tiempo y condiciona la vida de las personas. ‘Ida’ es una película que cuenta cómo la Segunda Guerra Mundial cambió la vida de millones de personas y cómo el futuro ya no puede ser diferente.

Pawel Pawlikowski entregó el año 2013 una preciosa película que habla de la guerra y sus consecuencias, del odio y sus consecuencias, de la ignorancia y sus consecuencias, de la culpa, del pasado como estructura indispensable y definitiva del presente y del futuro, de la redención como carga para el ser humano, de la imposibilidad de olvidar, de la posibilidad de una libertad que nos conmociona y a la que tememos porque es la forma de encontrarnos con nosotros mismos; de todo esto y de sus consecuencias. Y habla desde dos personajes femeninos contrapuestos que dibuja con precisión, con delicadeza, con la necesaria contundencia para que la trama se soporte sin problemas. Por otra parte, el guion es estupendo, cuidadoso y muy bien rematado.

'Ida' ('Sister of Mercy', 2013) cuenta la historia de una novicia que está a punto de tomar los votos. Estamos en Polonia, 1960. La joven es enviada a conocer a su única familiar viva. Su tía es una antigua combatiente, reniega de todo, está descreída y le devora el alcoholismo. Ida descubre que su nombre es otro y que sus orígenes son bien distintos a los imaginados.

El trabajo que hacen las dos actrices es maravilloso. Agata Kulesza y Agata Trzebuchowska cuidan cada movimiento, encarnan a sus personajes de modo que pensamos que sería imposible que otras actrices lo hicieran. Será difícil que el fotógrafo de turno les fotografíe con tanto buen gusto.

El blanco y negro de la película es luminoso, brillante, perfecto; un blanco y negro que artísticamente fascina al representar una época en la que muchos países vivieron la realidad sin color alguno. Los encuadres dejan muy bajo el foco y la realidad, que parece estar presionando desde arriba, tiene un gran espacio. La cámara apenas se mueve (solo en dos ocasiones) y el resultado es que el efecto pictórico se impone en toda su belleza.

Suena jazz en Ida, suena una balada preciosa de John Coltrane, la que dedicó a su primera esposa y tituló 'Naima'. Este es un tema que se incluyó en el disco 'Giant Steps' (1960). Suena el jazz con un punto de esperanza para un país condenado a lo gris, a la tristeza. Además de este tema, la banda sonora es discreta y casa bien con lo que se cuenta. La música clásica aporta ese toque imprescindible para que una película dibuje el contorno propio con exactitud.

La parte final de la película es formidable. La escena en la que Wanda toma una última decisión o en la que Ida toma la suya, son un placer para cualquiera que ame el cine. Y los detalles tienen efectos casi quirúrgicos. Por ejemplo, el coche en el que viajan Ida y Wanda es blanco y está en perfecto estado. Termina arrugado, sucio porque el camino ha sido duro, difícil; se convierte en una metáfora de lo que les está sucediendo a los personajes. Todo es importante en la cinta de Pawlikowski.

La trama se desarrolla con lentitud, sin retóricas estúpidas, sin buscar el éxito comercial. El espectador va recibiendo información, imágenes rotundas, y necesita cierto reposo para interiorizarlas, para poder disfrutar de las siguientes al máximo.

El caso es que esta es una excelente película de cine por todos los elementos técnicos utilizados, por unas interpretaciones de primera categoría y porque el realizador se empeña en dejar abierta la posibilidad a buscar y encontrar la luz al final del túnel sea cual sea la situación. Este es cine de calidad que hipnotiza de principio a fin y reconcilia con el séptimo arte.

G. Ramírez

El boxeo es un deporte que consiste, fundamentalmente, en llevar más allá de lo posible las capacidades físicas y mentales del ser humano. El boxeo consiste en acumular respeto a base de arrancárselo al contrario; no se trata de violencia y sólo violencia. Y el boxeo consiste en crear un universo dentro de un escenario construido sobre las miserias humanas y adornado con lujos que las esconden.

Como cualquier otro deporte, el boxeo esconde paradojas. Del mismo modo que en el judo hay que aprender a caer para vencer, en el boxeo hay que aprender que se puede golpear mientras retrocedes. Es curioso comprobar que en el deporte las cosas funcionan justo al revés de lo que creemos. Si un deporte ha proporcionado material de trabajo a guionistas, productores y realizadores del mundo del cine, ese ha sido el boxeo.

Estas tres películas (con las que no se aspira a dejar una lista de las mejores) pueden ser una buena referencia para aquellos que quieran indagar en el universo que se llena de cuadriláteros, guantes, trampas, sangre y vidas rotas. El boxeo apesta a cine, el boxeo apesta a humanidad. Por eso, muchos sienten una atracción incontrolable por él. Sin saberlo, el público que acude a un combate de boxeo lo hace creyendo que la fiereza del hombre les provoca cierta fascinación, cuando, en realidad, eso es lo más superficial de todo lo que se puede ver sobre un ring.

'Toro salvaje' (Martin Scorsese, 1980). Scorsese es un pegador nato. Desde el primer plano de sus películas lanza ganchos y directos al rostro de los espectadores. Rápidos y precisos. Demoledores. No hay preparación alguna, no deja unos minutos para estudiar el juego de piernas del que mira. La estrategia es clara: ser demoledor. Suena la campana (en cine se llama créditos) y el combate se convierte en una lucha sin cuartel. Los personajes aparecen con fuerza, los diálogos no buscan las cuerdas sino que profundizan en las psicologías y hacen avanzar la trama. No hay tregua para el espectador despistado. Después de cada asalto no hay rincón en el que tomar aire.

'Toro Salvaje' es una película que huele a boxeo. Pero no es una película sobre el boxeo. Cuenta la historia de Jake La Motta, de cómo triunfa y de cómo fracasa, de cómo el fracaso se puede maquillar con lo efímero del triunfo, de cómo el triunfo puede ser -al mismo tiempo- el mayor de los fracasos, de cómo el triunfo es -finalmente- una tortura insoportable. El tema que trata Scorsese (de forma magistral) no es el boxeo (ese es el vehículo necesario para llegar hasta donde quiere) es el fracaso. Porque todo en este mundo lo es. Pero la película es boxeo, sangre, golpes, dolor. Es evidente que las escenas que se muestran sobre el ring son boxeo, pero el resto (las que relatan el matrimonio de La Motta o la relación con el hermano) son tan brutales como lo es una paliza inmensa. Robert De Niro interpreta el papel de La Motta. Está estupendo. Además, (cosas de este actor) aparece gordo como un globo o en plena forma física sin caracterización alguna. Engordó para parecerse al verdadero La Motta y se pasó por el gimnasio para subir al ring siendo creíble al cien por cien. Joe Pesci y Cathy Moriarty, aunque más discretos, también sobresalen en sus interpretaciones. Cercano al expresionismo más brutal, el fotógrafo Chapman arranca hasta el último detalle en cada toma. El montaje termina haciendo de la película un combate de boxeo en sí mismo. Rupturas, elipsis, cierta brusquedad en el ritmo narrativo. Tal y como es una pelea entre doce cuerdas. Todo parece ser una sucesión de asaltos que provoca en el espectador la sensación de recibir golpes para los que, por inesperados, no tiene defensa alguna. La banda sonora es notable. Incluye el 'Intermezzo' de la 'Cavalleria Rusticana' de Mascagni y sólo por eso merece la pena ver la película.

'Million Dollar Baby' (Clint Eastwood, 2004). Eastwood prefiere un buen juego de piernas, estudiar al contrario (el espectador) y ganar los combates por K.O. Técnico. Construye sus películas con paciencia, con montajes lineales y fáciles de seguir, para asegurarse de que nadie se queda atrás. 'Million Dollar Baby' es una excelente película en la que la protagonista es boxeadora. Parece mentira que en un deporte, que siempre estuvo pegado al hombre, dé tanto de sí desde el lado femenino. Todo el metraje termina teñido de feminidad. Hasta la brutalidad de un golpe logra hacernos ver esa fragilidad tan propia del ser humano. El arco dramático de los personajes es inmenso e intenso. Vamos descubriendo a cada uno de ellos en sus facetas más íntimas, la trama ayuda a que su desnudez nos genere una empatía que muy pocas películas han conseguido. El trabajo de Eastwood es emocionante escapando de la lágrima fácil. Hilary Swank está estupenda y llena la pantalla de principio a fin. Eastwood y Morgan Freeman acompañan a la actriz aportando toda la luz posible. El guion se centra más en el éxito personal que en el deportivo, en esa zona escondida del mundo del boxeo que tiene que ver con el ser humano y su cosmos. La partitura es espléndida y supone un contrapunto magnífico que ayuda a convertir la violencia en un motivo de belleza. Parece imposible, pero se consigue.

'Marcado por el odio' (Robert Wise, 1956). El boxeo se ha ligado tradicionalmente a los bajos fondos, a las vidas rotas, a los chicos malos y a los que se aprovechan de ellos. A la zona más oscura del ser humano. Pero también a la redención a través del deporte. Es de esto de lo que habla esta película.

Paul Newman interpreta el papel de Rocky Graziano. Es una de sus mejores interpretaciones. Muy bien dirigido por Wise, resulta creíble y se aleja de un histrionismo al que invita un papel como este muy vigoroso y centrado en la personalidad del boxeador. Le acompaña una estupenda Pier Angeli que hace de esposa abnegada, frágil y modosa.

Uno frente a la otra provoca un contraste que arrastra la película hasta territorios que sacan del tópico una trama que hace aguas en algunos momentos por esa razón. Son esas interpretaciones tan estupendas y un montaje inteligente y eficaz lo que convierten el trabajo de Wise en algo grande.

'Marcado por el odio' es una película que retrata más que bien lo que fue el mundo del boxeo en el imaginario colectivo durante buena parte del siglo XX. El universo pugilístico se llena de golpes, de miserias, de trampas, de dolor, de fama pasajera. Se llena de ganchos y directos, de un buen juego de piernas, de pasión, de odios que te hacen perder la pelea. Por eso funciona tan bien en el cine; porque se parece mucho al resto de los universos. El mundo del boxeo desprende un hedor del que es muy difícil escapar.

G. Ramírez

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