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Dos minutos, cuarenta segundos y una claqueta




 


Realmente ¿queremos saber? ¿Hasta dónde debemos saber? ¿Es bueno inmiscuirse en los asuntos privados de otros por muy cercanos que sean? Posiblemente, el conocimiento, sea cual sea su naturaleza, es el factor más desestabilizador para una persona. Podrá tener un efecto positivo o negativo, pero pondrá patas arriba a cualquiera.

‘Eyes Wide Shut’ es una magnífica e inquietante película firmada por Stanley Kubrick. Construida sobre una estética sexual casi explícita en momentos concretos, la película trata del saber, de la información, de las consecuencias de cruzar la frontera que separa la ignorancia del conocimiento. Sexo y poder (asuntos que aparecen tratados con claridad) son parte de las consecuencias y vehículos para afrontar el tema principal. La crisis matrimonial, también.

La película se divide en tres actos como es costumbre en el cine de Kubrick. Es famosísimo el central por sus escenas de la orgía en la que se ve envuelto el protagonista. Sin embargo, son el primero y el último donde se encuentra la verdadera esencia de este trabajo. En el primero se abre una ventana por la que Bill Harford (Tom Cruise) podrá mirar un mundo desconocido y ajeno que le conmociona de tal forma que la obsesión se convierte en su motor vital. En el tercero, su esposa Alice (Nicole Kidman) le avisa y le sugiere cerrar para siempre, dejar de mirar de inmediato. En la escena final, vemos a los protagonistas paseando por un centro comercial; ella termina diciendo que lo único que queda es follar (textual). Y el espectador se pregunta si el amor no existe; se pregunta si follar es el mecanismo físico más antiguo, efectivo y posible, que puede utilizar el ser humano desde que lo es. El protagonista conoce un secreto de su mujer y termina en el punto de inicio; fingiendo amar y follando para sobrevivir con un aspecto y status determinado. En el camino, Bill Harford entenderá que es dominado por su mujer, que él mismo puede dominar y eso le fascina (por ejemplo, lo descubre con la prostituta llamada casualmente Dómino); que el sexo retirado del matrimonio tiene sus complicaciones y puede llegar a ser sucio o peligroso o las dos cosas al mismo tiempo; que el amor puede estar esperando en cualquier parte; que el poder es exclusivo de unos pocos y puede ser peligroso para los demás si se enfrentan a él.

La película es un viaje a los infiernos del matrimonio Harford que arrastra al espectador sin contemplaciones. Lo hace desde una fotografía espléndida, cuidadísima, en la que predominan los colores brillantes. Sobre todo el rojo intenso. En gran parte de las escenas prevalece ese color y algún objeto rojo ocupa el punto de fuga de la imagen. La cámara de Kubrick está colocada, siempre, buscando el mejor de los encuadres posibles, se mueve con elegancia intentando pasar desapercibida. Los travelings son, sin excepción, extraordinarios. La banda sonora es inquietante, casi perversa, en algunas zonas narrativas. Desde la pieza de Shostakovich inicial (‘Jazz Suite Waltz’) hasta el final (vuelve a ser la misma pieza, anunciando un baile del matrimonio que es una gran mentira), la música va encanjando milimétricamente con la acción. El piano es protagonista en los momentos de mayor tensión narrativa. El montaje es pausado y logra un equilibrio absoluto al manejarse los tempos con maestría sin que afecten a los tiempos. La dirección actoral es espléndida. Los trabajos de Cruise, de Kidman y de Sydney Pollack son notables. 

G. Ramírez 

 

 


Kubrick siempre fue un alquimista capaz de encontrar la forma en que sus ideas fuesen explotadas comercialmente, la identificación del público con géneros cinematográficos populares, como el bélico en «Senderos de gloria» y «La chaqueta metálica» o el terror en «El resplandor», la polémica bien servida en «Lolita» o «La naranja mecánica», la elección de la pareja de moda con el tándem Cruise-Kidman en «Eyes Wide Shut», y en «2001...», el reclamo de gran superproducción visionaria de ciencia ficción que, de hecho, supuso un avance tecnológico sin parangón hasta esa época y una visión futurista sorprendente en su predicción tecnológica, aunque encantadoramente sixtie en el diseño de decorado y vestuario.
De una u otra forma, Kubrick, el director norteamericano se las ingenió para que sus productos llenaran las salas de cine, y uno no puede sino imaginar la reacción de un público estandarizado, en busca de un producto estandarizado, al toparse con sus personalísimas propuestas. 
Lo curioso es que La historia de «2001 odisea en el espacio» no es en realidad nada complicada, atendiendo a las licencias que la sci fi puede tomarse, y, sobretodo, si acudimos a la novela de Arthur C. Clarke para desentrañar un discurso narrativo, tratándose esta de una comparación tremendamente fecunda que, lejos de incidir en la recurrente afirmación sobre lo inadaptable en imágenes que resultan determinadas novelas, nos ayuda a entender como dicha traslación siempre debe producirse en el aprovechamiento de las capacidades que el nuevo medio puede arrojar sobre la literatura.
La protesta de aquel espectador no era infundada, las continuas elipsis y la delicadeza con la que Kubrick rodó su más enorme film lo alejaron de la claridad argumental que sí poseía la novela, convirtiéndola en una experiencia tremendamente visual y sin apenas diálogos, dotando a la visión racionalista, y a la grandilocuente oda a la evolución humana de Clarke, de signos interrogantes en torno a nuestra condición y nuestra capacidad de conducirnos en el universo. Elementos ambiguos que nos sustraen del relato ufológico hacia terrenos más metafísicos, hacia viajes interiores e incluso espirituales.
Ya en la superlativa y famosísima elipsis que separa la primera parte del film y su continuación, transformando un hueso de animal (un arma en realidad), arrojado al aire por alguno de nuestros antepasados homínidos, en una futurista nave espacial, arroja dudas perspicaces sobre nuestra evolución tecnológica. Antes de esto hemos visto al homo sapiens en sus albores intentando sobrevivir en un ambiente hostil y descubrir un extraño monolito, que Clarke presentaba inequívocamente como inteligencia extraterrestre capaz de acelerar la evolución de vida inteligente, pero que en Kubrick tiene valor por su propia fuerza geométrica, implicando un acto consciente de construcción que por sí solo es capaz de proporcionar la herramienta conceptual para un salto evolutivo en la especie humana. Su puerta oscura y obtusa, con su sonido estridente, poco nos dice de sus creadores, y algunos críticos llegan a identificarla incluso con la voz de Dios.
 

De la misma forma, la segunda parte del film, aun comenzando con el embaucador baile espacial que muestra la coreografía mecánica de la modernidad a escala cósmica, también acaba alejándose del discurso de Clarke en la forma, repleta de interrogantes, en que Kúbrick presenta el conflicto con HAL 3000, ese inquietante ojo informático creado por el hombre. Si en la novela el fallo de HAL viene producido por órdenes contrapuestas en su programación e irrealizables en conjunto, en Kubrick apenas intuimos los motivos de dicho error que lleva a la maquina a asesinar a los tripulantes de la nave. HAL nos parece, de hecho, frío y a su vez terroríficamente humano (y aquí debemos detenernos a agradecer el excepcional doblaje de Felipe Peña), y su comportamiento nos sugiere mas un miedo congénito a la muerte.
 

Pero quizás donde mas patente se hace la visión de Kubrick es en la última parte del trayecto, cuando la puerta interestelar se convierte, bajo la brillante imaginaria visual del film, en una psicodélica secuencia en torno al espasmódico rostro del protagonista y último superviviente en la misión espacial, mostrando un viaje más introspectivo que interdimensional, un pasaje a un nuevo estado de consciencia tras el cual aguarda una familiar habitación de decoración renacentista, que lejos de hacer las funciones de jaula planificada como cómoda estancia para el ser humano por un grupo de avanzados aliens, adquiere tintes de templo humanista caduco, en el que nuestro protagonista contemplará su propio envejecimiento, su muerte y su resurrección como dorado embrión o estado de consciencia que trasciende la cúspide racionalista y el humanismo, el dolor y la muerte, como luz en la oscuridad del vacío, superhombre nietzscheano recién nacido que regresa a conquistar el mundo bajo la marcha grandilocuente del «Así hablo Zaratustra» de Strauss.
Kubrick entendió perfectamente el sentido real de la ciencia ficción como catalizadora de los sueños y temores que depositamos en nuestras posibilidades potenciales, y construyó una historia que desmitifica el racionalismo empírico del hombre moderno y el progreso tecnocientífico, cuya mas embriagadora conquista era el inminente viaje a la luna. El resultado es una sinfonía tan ambiciosa como mayestática en su asombroso resultado, que nos sitúa frente a los pasivos misterios del universo como lo que somos, los agentes encargados de descifrarlo.

David Mayo

 

Con un guión simple y un personaje como es ‘Barry Lyndon’ (no excesivamente complejo), es extraordinario llegar a conseguir una película tan grande, tan maravillosa. 
Técnicamente, ‘Barry Lyndon’ roza la perfección. Kubrick consigue retratar una época con detalle, convierte cada escena en un cuadro digno de admiración. Las localizaciones son espléndidas y los escenarios construidos no generan una sola duda en el espectador. El vestuario es perfecto. Maquillaje y peluquería también. La fotografía de John Alcott es impecable. Difícilmente se puede conseguir una nitidez de la imagen tan apabullante. 
Kubrick quiere atacar asuntos recurrentes en toda su filmografía: la violencia como herramienta destructora de la humanidad; la pequeñez de una humanidad medida junto al universo entero. Es por ello por lo que muchas escenas comienzan con primeros planos que, a través del zoom, dejan finalmente al personaje en medio de un mundo hostil, enorme, demasiado grande como para que nadie pueda cambiar algo o esté a salvo del destino. Y es por ello por lo que el realizador nos lleva, una y otra vez, a vivir situaciones en las que el ser humano desaparece con un simple disparo, con una actitud idiota ante el mundo. Todo ello envuelto por gran sensibilidad (algo que se le negó a Kubrick insistentemente y de lo que hace gala en este trabajo).
‘Barry Lyndon’ es el resultado de la adaptación de la novela de William Makepeace Thackeray. No es del todo fiel al trabajo del novelista (la última media hora es cosa del guionista y no de Makepeace) y el resultado es una historia simple y lineal. ¿Por qué fascina entonces? Hay varias razones fundamentales. La voz en off del narrador es una de ellas. Nos separa de la acción de forma intencionada (del mismo modo que en literatura, el punto de vista es una cuestión de distancias respecto a la acción). Se trata de un narrador no identificado (lo que se conoce por tercera persona). Además, se adelanta a la acción y la anuncia de modo que todo se sabe o intuye. Esto es algo que irrita a muchos puesto que buena parte de la tensión narrativa se pierde al usar este mecanismo. Sin embargo, es imprescindible para lo que Kubrick intentaba hacer. En realidad, la trama, el personaje principal, los secundarios, todo; son vehículos utilizados para dibujar una época, un universo casi inmóvil por el aburrimiento y el hastío, paralizado por la violencia, en el que todo se desliza hacia la nada. Kubrick quiere que miremos eso, desde la distancia, evitando injerencias de cualquier tipo.

Barry Lyndon es el personaje principal. Un tipo que quiere medrar sea como sea. Lo encarna Ryan O’neal. Este actor, mediocre y muy limitado en todos los sentidos, funciona más que bien. No por sus excelencias interpretativas (no las tiene) sino por el carácter dual que imprime a su personaje. Fragilidad, debilidad, atrocidad. Marisa Borenson le acompaña como Lady Lyndon. Espectacular en sus silencios y sus miradas vacías, casi muertas, infinitamente fatigadas. La sociedad se perfila desde esos dos personajes. 
Además de la fotografía de John Alcott, destaca la banda sonora de Leonard Rosenman. Música tradicional irlandesa, Händel, Paisiello, Bach y Shubert. Excepcional y encajada sin titubeos, con un criterio demoledor.
La película habla de antihéroes, de todos nosotros, de nuestra imposibilidad de sobrevivir al mundo. Y lo hace de forma profunda utilizando un despliegue técnico muy difícil de igualar.

G. Ramírez

 


La violencia entre los jóvenes, una forma de vida depravada y fuera de ese marco que entendemos como ético o moral, es algo que se puede retratar de muchas formas. Una de ellas es desde la crudeza más absoluta, desde la falta del maquillaje que la ficción utiliza para convertir el horror en algo llevadero. ‘The Tribe’ es un ejemplo de brillante crueldad.
Cuando la realidad está teñida con tonos mugrientos, la ficción es, inevitablemente, dolorosa. 
El cine es un arte que se compone de distintas partes y una de ellas, imprescindible, es la verosimilitud. Por tanto, aunque sea tremendo, repugnante o tóxico, los guionistas y realizadores, están obligados a mostrar universos de ficción que sin un grado determinado de crueldad o fealdad, no pueden funcionar en pantalla. Esto provoca que algunas películas no sean recibidas con agrado por algunas personas que entienden el cine como puro entretenimiento o como un escaparate para la zona más amable de la realidad convertida en fábula. Es una opción como otra cualquiera y nadie puede criticarlo, pero esas personas pierden la ocasión, inevitablemente, de comprobar que el cine puede ser un artificio portentoso cuando alguien quiere pisar territorios peligrosos para la consciencia. 
‘The Tribe’ (‘Plemya’, 2014) es una película del realizador ucraniano Miroslav Slaboshpitsky. Un trabajo demoledor que no deja una sola puerta abierta a la esperanza para los personajes ni para los espectadores; es una película tan bien rodada como rematada; es un canto a la imposibilidad de vivir con normalidad una realidad hostil que solo es acogedora para algunos y en algunos lugares. 
En ‘The Tribe’ los personajes no hablan porque son sordomudos. Ellos solo se comunican a través del lenguaje de signos. No oyen. Y el espectador solo escucha el sonido ambiente sin saber lo que se dicen entre unos y otros. Tan solo en una escena se puede oír el murmullo de un grupo de personas que espera a entrar en un edificio. Por tanto, se establece un juego interesantísimo. El espectador escucha lo que lo personajes ignoran aunque al mismo tiempo no puede entender los diálogos que se producen entre los protagonistas. No hay subtítulos, solo silencio. Escuchamos sin que nos hablen o sin decir nosotros mismos y eso representa el silencio más perturbador de todos.
 


Por otra parte, ‘The Tribe’ es una película que cuenta la vida en un centro de educación especial para sordomudos. Se podría decir que la película es similar a esas historias que suceden en un colegio mayor norteamericano o en una universidad cualquiera. La diferencia es que en unas películas vemos canchas de baloncesto, aulas estupendas y animadoras moviendo pompones; y en esta solo alcanzamos a ver mugre, una depravación que deja perplejo, maldad en cada esquina y la cara más perversa de una sociedad acostumbrada a sufrir, que entiende la vida como una especie de tránsito en el que lo mejor que puedes hacer es sobrevivir sin mostrar escrúpulo alguno. El glamour se cambia por la depresión más profunda e intensa. 
La planificación de cada escena es especialmente brillante. Planos fijos eternos y planos secuencias interminables. Las escenas filmadas con steady cam son especialmente brillantes. Y es que cuando el lenguaje no aparece por ninguna parte es obligado que la cámara siga al personaje para entender. Por tanto, los primeros planos son inservibles y el juego plano-contraplano resulta innecesario por no aportar casi nada. 
‘The tribe’ nos hace pensar en ‘Elephant’ (2003) de Gus Van Sant o en ‘Tiro en la cabeza’ (2008) de Jaime Rosales. 
Miroslav Slaboshpitsky realiza la película con inteligencia y echando originalidad al asunto. No obstante, la historia que cuenta ya está narrada un millón de veces. Otra cosa es que no tenga remilgos a la hora de ser brutal al contar las cosas y que sea muy original utilizar recursos que, hasta ahora, eran desconocidos.
Otro aspecto destacable es que los actores y actrices son sordomudos en la realidad y ninguno de ellos es profesional. 
Esta película es la historia de un grupo de jóvenes sordomudos que viven en un centro de educación especial en el que han conseguido formar una banda de delincuentes que utiliza cualquier tipo de violencia, la prostitución o el delito más salvaje, para mantener un tipo de vida que, por otro lado, es penoso en todos los aspectos. Una de las jóvenes prostitutas y el muchacho que llega más tarde al centro mantienen una relación. El amor, los celos y el sexo, hacen saltar por los aires toda la maquinaria y la tragedia dentro de la tragedia aparece arrasando todo lo que encuentra en el camino. 
Si la película es dura en general, un par de escenas son completamente perturbadoras. Por la forma de presentarlas y por lo que enseñan. Si la violencia es en sí misma desagradable, en esta película se convierte en algo atroz. El arco dramático de los personajes va creciendo cuando las dosis de brutalidad les dibuja con trazo fino. 
Es esta una de las películas que, el que escribe, ha tenido mayores dificultades para terminar de ver sin levantarse de la butaca. Y no por ser una mala película, puesto que no lo es, sino porque la consciencia y la conciencia se convirtieron en centrifugadoras que provocaban una sensación difícil de soportar. Saber que la realidad esconde algunas zonas parecidas a esta pone los pelos de punta a cualquiera que quiera considerarse normal.

G. Ramírez

 


Son las mujeres, en el cine de Wilder, las que estructuran las tramas de forma definitiva. Se disfrazan, cambian, juegan, apuestan, hacen lo que haga falta para que el hombre (desde su prepotencia y arrogancia) tenga que claudicar y ceder ante la imaginación, la intuición y la astucia femenina.

El cine de Billy Wilder se nutre del engaño. Cambios de aspecto y cambios mucho más poderosos, que afectan a la esencia de los personajes; son los ejes que soportan buena parte de las tramas de Wilder.

Y son las mujeres las que asumen ese rol por distintas razones. Porque el hombre en el cine de Wilder presume de una inteligencia superior, de una capacidad reflexiva muy por encima de la femenina, de una intuición descomunal; el hombre cree estar muy por encima de la mujer y no cree que tenga que cambiar. Los hombres presumen y las mujeres logran esquivar tanta arrogancia para lograr situarse un escalón más arriba, para convertir la burla masculina en una especia de búmeran.

Wilder, que tenía bastante mala leche al escribir sus guiones, no se conforma con mostrar ese proceso; Wilder deja que su personaje masculino se eleve tanto como tan fuerte cree que debe ser su caída. Tal vez el caso más sorprendente es el que podemos ver en «La vida privada de Sherlock Holmes». El personaje principal; Holmes, claro; casi se presenta en pantalla diciendo que «jamás se debe confiar eternamente en una mujer, ni siquiera en la mejor de ellas. Son cleptómanas, ninfómanas, pirómanas... Las mujeres no son dignas en ninguna circunstancia». En fin, una forma de ver a las mujeres bastante tremenda. Desde la superioridad, desde una atalaya inaccesible para cualquiera de ellas. Sin embargo, Holmes no es capaz de ver cómo la espía de la que se enamora hace señas con su sombrilla a sus colegas ocultos. Y no es que lo haga escondida. No, lo hace delante de él. Holmes no es capaz de preguntarse qué hace esa bellísima mujer abriendo y cerrando su sombrilla un día de niebla.

Algo parecido ocurre en «Testigo de Cargo». Cuando el abogado protagonista interpretado por Charles Laughton conoce que una mujer (esposa de su cliente) entrará a formar parte del juego, supone que es una histérica y una lela. Sin embargo, no puede resistirse a caer rendido ante ella al comprobar que es una mujer inteligente, astuta y valiente. Todo el trono en el que el abogado se sienta se derrite ante ella.

Billy Wilder sabe que los hombres miran a las mujeres desde un lugar muy concreto. Que las mujeres lo saben. Que todo el espectro de las relaciones entre hombres y mujeres está lleno de tópicos ridículos que se pueden aprovechar para asumirlos y hacer que estallen en mil pedazos poco después. Que la debilidad más acusada de las personas (respecto a otros) suele llegar de la percepción que tenemos de ellas.

Las mujeres en el cine de Wilder parten con desventaja. Si dicen lo que piensan, si de dejan ver más de la cuenta, no serán tomadas en cuenta. Lo mejor es disfrazarse y comenzar un engaño, más o menos sutil, del que los hombres serán víctimas. Wilder utiliza cada tópico sobre las mujeres para que el hombre quede engañado y quede asombrado cuando, claramente, no es suficiente su capacidad intelectual; esa de la que tanto presume.


La mujer en el cine de Wilder puede intercambiar papeles (la esposa y la prostituta en «Bésame Tonto...»), puede doblar su personalidad (Christine en «Testigo de cargo») o puede ser motivo de elección por parte del hombre (la cabaretera o la representante del senado en «Berlín Occidente»). En cualquiera de los casos, el imaginario masculino sobre la mujer es alcanzado en su línea de flotación para hacer que su percepción se desmorone. En todos los casos, el hombre recibe lo que necesita para que siga mirando en la dirección equivocada y sea la mujer la que se salga con la suya. En cualquier caso, las relaciones que se establecen en las películas entre hombres y mujeres, se plantea como conflicto para que la situación inicial vuelva a ser la de antes o se llegue a un punto amable y dentro de lo considerado normal en el momento de filmar las películas (En «La tentación vive arriba» el protagonista corre, finalmente, hasta el lugar de vacaciones de su esposa; el militar de «Berlín Occidente» pasa por la vicaría...). Y son ellas, las que ponen en funcionamiento un juego lleno de engaños y de reflejos falsos, las que ganan la batalla a unos hombres que no saben qué hacer, qué elegir, cómo resolver los problemas. Porque no terminan de entender que ante las mujeres no hay nada que hacer una vez que comienza el juego.

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Algo de lo que dijo Wilder sobre ellas

Para entender al personaje femenino de Wilder, conviene entender cómo miraba él a las mujeres. Algunas cosas de las que dijo pueden dar luz a este asunto.

Las más interesantes: Las mujeres más interesantes en una película son las putas; y todo hombre enamorado, en el fondo, es un pervertido sexual.

Las Hepburn (Audrey y Katharine): Después de tantísimas camareras de bares de carretera como hay últimamente en el cine –hemos sufrido una sequía de todo lo demás- por fin hay alguien con clase, una persona con estudios, que escribe sin faltas de ortografía y que quizás incluso sepa tocar el piano. La otra chica es Katharine Hepburn. No hay nadie más... La tetitis domina el país; pero esta chica... ella sola puede hacer que el tetamen sea cosa del pasado.

Marilyn Monroe: Su eterno problema es que se enamoraba con mucha rapidez. No era la clase de mujer que se supone que debe ser un símbolo sexual, y eso la mato... Marilyn era una mezcla de pena, amor, soledad y confusión.


G. Ramírez

 

 


Para practicar deporte hay que empezar por comer bien. Una dieta equilibrada y la hidratación adecuada son tan necesarios como un buen calzado deportivo. Pensar que eso de hacer deporte se reduce a cambiar el vestuario y moverse a lo loco, es un error que se puede pagar muy caro. Y si hablamos de practicar deporte para competir, todo se agrava.

Por ello está muy bien evitar las dietas que tanto están imponiéndose en el mundo entero. 

Dar malas noticias, sin destrozar al de enfrente, es todo un arte. Dar malas noticias sin tener reparo alguno es más fácil y no requiere ningún entrenamiento. En cualquier caso el efecto es demoledor. Al fin y al cabo, recibir un mazazo deja fuera de combate a cualquiera.

'Food, Inc.' es un documental que firma Robert Kenner. Presenta y analiza la industria cárnica de Estados Unidos y algunos sistemas agrícolas vinculados con el cultivo de maíz. Además, una vez expuesta la situación, aborda los sistemas legales en los que se mueve todo el entramado que tiene que ver con estos mercados. Dicho así no parece gran cosa aunque lo cierto es que viendo este documental a uno se le revuelve el estómago. No sólo por el contenido casi terrorífico de la película sino por la falta de ironía y tacto al plantear el asunto. Siempre se agradece que algo de humor que maquille la terrible realidad.

Maltrato animal, maltrato a personas que trabajan en las fábricas dedicadas al sistema alimentario de Estados Unidos, millones de bacterias en la carne que comemos y con las que no se puede acabar de ninguna manera, muerte de personas por comer carne, nuevas enfermedades a causa de cambios en la transmisión de los bichitos, sistemas legales inalcanzables para una persona normal que debe renunciar a todo, multinacionales despiadadas, miles de reses sacrificadas cada hora de forma cruel, miles de pollos engordando tres o cuatro veces lo que sería normal y sin poder ponerse en pie. Un verdadero horror. Todo esto sin un comentario esperanzador, sin poder sonreír porque estamos en peligro. No sería bueno frivolizar sobre estos asuntos, pero el cine debe entretener. Entre lo tremendo del mensaje, la falta de ironía, la gran cantidad de asuntos tratados sin profundizar en ninguno de ellos y la crudeza de algunas imágenes, el documental se hace algo tedioso, brusco en exceso, tan difícil de digerir como la carne que vemos convertida en un amasijo.

A pesar de esto, el documental ilustra aspectos que todo ser humano tiene derecho a conocer. Tanto del pasado como del presente o futuro próximo. Es curioso descubrir que los enfermos de diabetes se van a multiplicar gracias a la comida basura y los refrescos. Para una familia pobre es más fácil comer ese tipo de comida que verdura fresca por el alto precio de los alimentos. Los obesos son ya los más pobres. Algo impensable hasta hace bien poco. Es miedoso saber que existen enfermedades que se transmiten de forma diferente por la repercusión que tiene una industria inmensa como la cárnica. Pone los pelos de punta saber que cientos de productos que tomamos a diario contienen algún elemento transgénico (casi siempre llegado con el maíz o la soja). Pero lo que más impresiona es la inmunidad con la que trabajan algunos sectores. La ley está de su parte. No hay nada que hacer frente a un problema cualquiera.

El documental es algo soso a veces, algo tedioso otras, muy impactante casi siempre y muy descorazonador. Los testimonios están muy bien elegidos. La ausencia de algún testimonio más se anota para que el espectador no crea que la película es tendenciosa o tramposa. El montaje es eficaz. Algunos críticos recibieron este documental con gran alborozo. Este que escribe lo deja en alegría moderada. Entre otras cosas porque las posibilidades eran mucho mayores que las aprovechadas por el director.

G. Ramírez

Alba Planas y Patrick Criado

‘La Virgen Roja’ es una película que habla de feminismo, de las contradicciones que sufrimos las personas y de cómo una idea se puede convertir en una obsesión tóxica y destructiva.

Imaginemos que un padre o una madre convierten a su hijo en un proyecto. Quieren que sea el mejor en matemáticas, que hable tres idiomas, que termine siendo el arquitecto más guapo y alabado del mundo o la empresaria más poderosa del planeta Tierra. Esto, aunque parece algo exagerado, es habitual y sucede cada día en hogares normales y corrientes. Pero también es habitual que el joven decida, en mitad del camino, que va a tomar un desvío inesperado, que quiere divertirse y que el latín le parece un verdadero tostón. Tal vez decida criar pastores alemanes. Todo es posible. Y, por tanto, se acabó el proyecto de papá y mamá. Insisto en que esto es muy normal. Lo que ya no es tan frecuente es que el padre, la madre o ambos, reaccionen ante el rehúse de su hijo como hacen los escultores con las obras que presentan alguna falta (las destruyen), es decir, que asesinen a sus hijos. Eso es, afortunadamente, extraño.

Pues bien, Aurora Rodríguez Carballeira, asesinó a su única hija, Hildegart, porque pensaba que la joven estaba llamada a cambiar el mundo, a ser una mujer verdaderamente libre, a representar lo mejor del ser humano, porque la muchacha resultó pensar y hacer por iniciativa propia. El caso es que todo iba bien hasta que Hildegart necesitó ser libre, escapar de la obsesión de su madre. Esto es algo que ocurrió a principios del siglo XX, tuvo enorme repercusión social y política en aquella época y se convirtió en un suceso de proporciones desconocidas hasta ese momento. Aurora asesinó a su hija disparando cuatro veces, sin piedad alguna, a bocajarro.

Paula Ortiz, directora de la película, logra un trabajo excelente con las actrices principales de ‘La Virgen Roja’. Najwa Nimri se convierte en la imagen de la locura, del extremismo que convierte la idea en algo imposible, absurdo y maligno. Si bien es cierto que la actriz se coloca entre los márgenes de un registro y no se mueve fuera de ellos (puede parecer un trabajo algo plano), el resultado final es contundente. Alba Planas está espléndida de principio a fin. Ella si va de lo maquinal del personaje (qué bien se desarrolla esa idea de comportamiento estrictamente funcional al pegar al personaje a una máquina de escribir durante buena parte del metraje que avanza al ritmo de las pulsaciones digitales de Hildegart), de lo maquinal, decía, a la pasión, del pragmatismo a la lucha más visceral. Ambas actrices forman un tándem estupendo. El resto del reparto está igual de bien dirigido destacando Aixa Villagrán que da una profundidad muy sólida a su personaje.

Un momento del rodaje de 'La Virgen Roja'

La cámara de la directora zaragozana se mueve con sumo cuidado y se centra en el detalle, en todo aquello que puede resultar expresivo. La puesta en escena es elegante y muy cuidadosa, tanto como el vestuario y la peluquería.

La dificultad de este trabajo residía en contar algo ya muy conocido y hacerlo sin caer en territorios comunes o en zonas ideológicas que no aportaran nada al conjunto y se convirtieran en injerencias autorales tan perjudiciales siempre. Y para lograr un buen resultado, todo reposa sobre un guion que sabe equilibrar lo histórico con eso tan fundamental para que la película crezca dentro del dramatismo necesario.

Conviene echar un vistazo a ‘La Virgen Roja’ y disfrutar de la película sin ideas preconcebidas, aceptando que la visión feminista del mundo es lo que es y no lo que nos quieren vender grupos que no entienden nada de lo que representa ese movimiento tan importante para la Humanidad entera. Y conviene disfrutar de una historia tremenda y bellísima al mismo tiempo. Lo de investigar sobre, por ejemplo, qué es la eugenesia, ya es harina de otro costal y voluntario tras ver la película.

G. Ramírez

Sylvester Stallone y Janine Turner. 

Algunas películas utilizan el deporte como excusa para contar algo que no tiene nada que ver con los valores, las realidades o las normas que rigen las prácticas deportivas. El deporte, es esos casos, sirve para que el protagonista presente una estética determinada o para que la trama tenga un mínimo sentido. Solo eso. Y, por supuesto, ni hace bien al deporte, ni aporta nada relevante, ni ayuda en nada a los practicantes.

Toca hablar de ‘Máximo riesgo’ (‘Cliffhanger’, 1993). Esta película firmada por el realizador Renny Harlin, siempre eficaz y astuto al trabajar, utiliza el mismo vehículo que ‘Everest’ (Película infinitamente mejor que esta) para poner en marcha la máquina narrativa. Se apoya en el alpinismo de principio a fin, pero las suertes son diversas. La película de Harlin es un auténtico desastre en muchos aspectos, entre ellos, el deportivo. Habrá quien diga que la película se deja ver, que es entretenida aunque, advertimos, es un trabajo para espectadores muy poco exigentes, para público que busca algo con lo que no tengas que pensar ni un instante.

El protagonista es Sylvester Stallone. Tras los desastres de ‘Oscar’ y ‘¡Alto, o mi madre dispara!’, dos películas nefastas; Stallone decidió escribir un guion para salir de ese pozo en el que estaba metido hasta el cuello. Junto a Michel France escribió, efectivamente, un guion. Hay que decir que un texto como ese lo puede escribir casi cualquiera. Incluyes a una chica, diez o doce cajas de granadas de mano, siete millones de proyectiles, un par de aviones que puedas destrozar, un par de escenas improbables e impactantes, un malo espantosamente malo rodeado de secuaces espantosamente más malos que el malo y un final feliz y ¡voilà! Si tienes unos cuantos millones de dólares de más, el círculo queda cerrado. Ya eres Sylvester Stallone. Ah, no. Para eso hay que tener la cara inexpresiva, mucho músculo y ser mal actor.

Sylvester Stallone

Lo que cuenta ‘Máximo Riesgo’ es un disparate increíble en el que un avión se puede estrellar y los malos que viajan dentro no tener ni un rasguño, en el que un alpinista puede escalar un pico importante en camiseta de tirantes a una temperatura de varios grados bajo cero (o con un jersey, da lo mismo), en el que te dan una paliza de muerte por ser el bueno y por la que los daños son inapreciables, en el que un grupo de mafiosos sube picos con las zapatillas de andar por casa... En fin, será muy divertida, pero mejor no pensar en ella. Como curiosidad, he de recordar que la película estuvo nominada a cuatro premios Razzie, es decir, los premios con los que quedas marcado como peor película, actor, actriz o lo que sea, del año.

Stallone, ‘Sly’ para los amigos, se pidió el personaje principal porque para eso escribió el guion. Un tipo que se dedica al rescate alpino capaz de subir paredes de cientos de metros de altitud con una mano detrás. Tiene una experiencia terrible en uno de los rescates que tiene que realizar y se retira dejando empantanado a todo el mundo, incluida su chica (Janine Turner). Pero en el mundo hay muchos malos a los que vencer. Y un grupo de ellos es capaz de robar una cantidad completamente insultante al gobierno de los Estados Unidos de América y alguien tiene que hacer justicia (la escena del robo incluye la bajada de un avión en vuelo a otro con una tirolina por la que el especialista Simon Crane cobró un milloncito de dólares). Pero como los malos no tienen ninguna posibilidad y menos en las películas de Stallone (para eso él escribió el guion), el avión se cae y las maletas con las pasta quedan esparcidas por las montañas nevadas (la película se rodó en Cortina D’Ampezzo, es decir, en los Alpes dolomitas italianos; en la película la acción la localizan en las Rocosas). Entonces lo malos (encabezados por el actor John Lithgow), hacen de las suyas y lían a los buenos para que les rescaten (aquí aparece Stallone llamado por el deber) y, más tarde, para obligarles a encontrar las maletas llenas de dinero. Avalanchas provocadas por los disparos de los mafiosos, peleas desiguales que terminan ganando los buenos, helicópteros, escenas tan espectaculares como vacías de contenido, amistad en grado superlativo, cuerdas de más de sesenta años que aguantan el peso de dos personas que se balancean de un lado a otro (se rompen en ese momento en el que el héroe ya tiene los pies en el lugar exacto y la dama está a salvo).

¿Esto ayuda a que el alpinismo mejore? Creo que lo que ayuda es a que cualquier insensato crea que lo que hace el personaje de Stallone lo puede hacer él mismo. Poco más. ¿Debe el deporte utilizarse para contar estas tonterías? Ni el deporte ni nada de este mundo. ¿Se puede ver la película? Yo he avisado.

Nirek Sabal

Jonathan Rhys Meyers y Scarlett Johansson en 'Match Point'

Muchas películas se vertebran alrededor de un deporte en concreto. Trama y deporte avanzan al mismo tiempo a lo largo del metraje. El deporte es causa y efecto, hace que los personajes crezcan o que se solucione el nudo expositivo. Pero otras veces, el deporte aparece de pronto para hacer que todo estalle y el rumbo narrativo sea otro muy distinto.

Dos de las películas de cine que tienen como pieza fundamental un deporte como herramienta explicativa de todo lo demás, son 'Match Point' y 'El secreto de sus ojos'. Buenas ambas. Extraordinario el papel del deporte en la trama.

'Match Point' o la insignificante frontera entre el azar y el determinismo

Woody Allen en 'Match Point' hace que toda la realidad se enfrente (o llegue) a la tragedia. Además, indaga más que otras veces en ese territorio del deseo que el ser humano transita para convertir los caminos en difíciles o casi imposibles. Si el amor va por un lado, el deseo y la pasión van por otro distinto. Si la vida va por un lado, el deseo va por el suyo. Incluye buenas dosis de frivolidad, de dinero, aburrimiento burgués y vidas ajenas a la realidad por su duplicidad como ya hizo en 'Delitos y Faltas'.

El guion, aunque forzado en algunas zonas, es una muestra clara de cómo se debe utilizar un recurso narrativo en cine. Por ejemplo, las elipsis (son abundantes) están traducidas con una maestría espectacular al lenguaje cinematográfico. La focalización de la acción es la exacta. Un foco más restringido o más grueso desvirtuarían la intención de la voz. Por supuesto, la lección de elegancia en la puesta en escena y al elegir la música es descomunal (la ópera, piezas trágicas que expresan la sensibilidad del ser humano ante situaciones difíciles como no se puede hacer de otra forma, son protagonistas del trabajo. Donizetti, Bizet, Verdi. Impresionante). Allen nos dice que, una vez eliminado el problema, el mundo puede seguir adelante. Con todas sus miserias a cuestas. Eso nos dice. Y nos lo dice bien. Con oficio y rigor cinematográfico.

Y la red de una pista de tenis en la que toca una pelota o su símil utilizando una alianza de oro y una barandilla, son las que dan sentido a todo un relato portentoso.

Pero (ahora llegan un par de malas noticias) todo se empaña ligeramente por unas interpretaciones algo justas (Jonathan Rhys Meyers forzado, Scarlett Johansson forzada como siempre), un casting que no se entiende muy bien y un error de partida en la idea principal. El azar. Se enfoca mal, se resuelve peor y se confunden cosas que nada tienen que ver. Allen cree que entre el azar y el libre albedrío no hay distancia; y que entre esas y el determinismo no hay distancia. Aquí es donde hace aguas la película.

En cualquier caso, hablamos del cine de un genio. Y el aburrimiento es casi imposible.

Ricardo Darín y Soledad Villamil en 'El secreto de sus ojos'

'El secreto de sus ojos' o cómo el hombre se mueve por la pasión. 

Desde que el cine tiene mucho que ver con la informática, encontrar una película con final feliz es extraño; guionistas, directores, montadores, actores y público, tienden a encontrarse cómodos entre desgracias, muertes horribles, monstruos terroríficos y naves espaciales a punto de invadir la Tierra con gran facilidad. Supongo que, entre otras cosas, se trata de aprovechar una oportunidad (imposible hace unos años) que dona la técnica en bandeja de plata.

Antes, el cine entregaba un mundo de ficción que poco o nada tenía que ver con la realidad. Ahora, el cine recrea una realidad dura y hostil, fragmentada igual que las consciencias de los personajes.

Todo ha evolucionado a gran velocidad. Pero siempre quedan esperanzas si hablamos de esto o aquello. Siempre aparece algo o alguien que te hace pensar que lo fundamental queda intacto.

'El secreto de sus ojos' es una de esas películas que te arriman al cine de nuevo o para siempre si el que mira es un jovencito que intenta descubrir el mundo. Espléndido el guion, espléndida la dirección, espléndidos los actores, un maquillaje y un vestuario más que aceptables. Una película de cine, de las de verdad. Espléndido todo.

Un buen número de elementos se unen para contar una historia apasionante. Amor, venganza, suspense, amistad y, sobre todo, el afán por contar. 'El secreto de sus ojos' utiliza todo eso para explicar la importancia de la narración en la vida de cualquier persona. Y no me refiero a la literatura o al propio cine de forma exclusiva. Narrar, narrarse la vida puede, no solo explicarla, sino cambiar, por completo, su fisonomía. Una charla en una cafetería podría servir.

El protagonista se cuenta las cosas tal y como fueron, tal y como quisiera que hubieran sucedido. Hace participar de su relato a otros e, incluso, a sus propios fantasmas. Sabe que un instante modifica la vida de cualquiera. Lo cuenta. Y el mundo estalla ordenando ficción y realidad a su gusto.

Me viene a la cabeza un poema de Luis Rosales que dice: El recuerdo se teje/con doble hilo,/y, de cuando en cuando, se recuerdan cosas/que no han sucedido.

Parece escrito para explicar esta película. Lo bueno de la literatura siempre está al lado de lo bueno del cine.

Y todo esto se cuenta desde las cosas pequeñas, desde lo imposible que es a veces cualquier minucia, desde las personas. En definitiva, desde lo cotidiano. Cine del bueno. Además, sin ordenadores y con final feliz. Amargo aunque feliz. Una mezcla muy difícil de encontrar. El que se acerque por primera vez a la película que no pierda detalle sobre el personaje que encarna Guillermo Francella. Es, sencillamente , emocionante comprobar que un actor es lo que es y no un papanatas moviendo mucho las manos. Es su personaje el que dice algo así como que las personas se pueden ocultar, pero nunca sus pasiones. Y en este caso aparece el fútbol en todo su esplendor. Bello, intenso, poderoso. Para que la película cruce a otra dimensión.

G. Ramírez

Imagen de 'La soledad del corredor de fondo'.

El deporte es una enorme fuente de valores para el hombre. Si algo refuerza el sentido solidario, la amistad o la lealtad, es la práctica deportiva. El atletismo, en el que el ser humano no abandona su medio natural ni puede depender de nada que no sea él mismo, se presenta como las más grande de las manifestaciones deportivas.

El hombre que corre practica un deporte en el que nada ni nadie puede ayudar, en el que no se depende de máquina alguna. Resistir o ser veloz; ser capaz de sobrepasar obstáculos hasta llegar en el menor tiempo posible al final de la carrera. Quizá, por ello, es el deporte rey en los juegos olímpicos. El hombre en su medio natural y frente a sí mismo.

Son muchas las páginas dedicadas a este deporte, muchas las horas de rodaje en el que el atletismo (concretamente las carreras de velocidad, resistencia u obstáculos) ha sido protagonista. Aunque algunas de estas obras resultan más relevantes que otras.

Si centramos la atención en la literatura, nos encontramos, por ejemplo, con un excelente relato de Alan Sillitone titulado 'La soledad del corredor de fondo' ('The lonelines of the long distance runner'). Nos cuentan cómo un muchacho recluido en un correccional tiene que entrenar para ganar una prueba entre centros. La fortaleza del texto no se encuentra en la trama (divertidísima, amena, gamberra y transgresora), lo importante es entender la gran metáfora construida por Sillitone en la que la vida se puede ver como una larga y dolorosa carrera de fondo en la que cada uno de nosotros debe elegir dónde está la línea de llegada, qué recorrido hay que cubrir o si se termina antes de tiempo. Pero, también, una carrera en la que nos encontramos con grandes peligros y grandes retos que debemos superar. La voz narrativa corresponde al personaje principal y eso permite al lector experimentar sin filtros lo mismo que él: pensamiento durante la carrera, la distorsión del tiempo, el sentimiento de soledad, el individualismo, la guerra declarada desde antes de los tiempos entre unos y otros (aquí Sillitone se centra en la lucha de clases que resulta fundamental para interpretar esta carrera que se nos cuenta; es por ello por lo que este texto se convierte en una narración de plena actualidad que removería conciencias entre los lectores). En 1962, se rodó una espléndida película que dirigió Tony Richardson. Tan recomendable como el relato original.

Imagen de 'Marathon Man'.

Otra película en la que el protagonista es corredor de fondo, en concreto de maratón, y en la que podemos observar esa idea de vida como carrera extenuante, es 'Marathon Man'. En este caso nos enfrentamos a un thriller en el que el nazismo toma todo el protagonismo. Con un arranque espectacular, el realizador John Schlesinger nos arrastra al mundo del crimen, de la mentira, de la maldad más absoluta. La película logra momentos extraordinarios y la tensión narrativa se eleva hasta llegar a un climax total. Eso sí, quedan algunos cabos argumentales sueltos. Posiblemente, en la mesa de montaje se tuvieron que descartar secuencias que explicarían algunas cosas. Por otra parte, los amantes de la ópera disfrutarán de un aria de la ópera de Massenet 'Herodiade' ('Oors, O cité perverse') que matiza a la perfección la acción y de parte de la pieza de Franz Schubert 'Der Neugierige' que tanto gustaba a los nazis.

Los amantes del maratón encontrarán otra metáfora de lo más atractiva en este trabajo (no pierdan de vista las imágenes intercaladas del corredor Abebe Bikila en el que piensa el protagonista mientras corre entrenando o escapando de los villanos) y, desde luego, una entretenida película en la que Dustin Hoffman y Laurence Olivier están enormes.

Imagen de 'Carros de fuego'.

Es casi obligado mencionar la película del director británico Hugh Hudson 'Carros de fuego' ('Chariots of fire'). Una serie de atletas británicos preparan su participación en los juegos olímpicos de 1924 que se disputaron en París y terminan obteniendo diversos triunfos. La película obtuvo cuatro premios Óscar en 1981.

Lo que se narra no se ajusta a la realidad histórica y se cometen errores de bulto en el argumento. Y esto no es algo que perjudique a la película (suele ocurrir con frecuencia), pero la intención con la que se cometen esas faltas de rigor sí supone un problema. 'Carros de fuego' se convierte en un panfleto propagandístico en el que se ensalza lo británico cuando, por ejemplo, esas olimpiadas fueron bastante desastrosas para ellos; se arremete contra los franceses para quedar por encima de ellos. Cosas de este estilo. Eso sí, la puesta en escena es primorosa, el vestuario está cuidadísimo, la música de Vangelis resulta inolvidable y el atletismo es el gran protagonista. El atletismo y los valores que el deporte, en general, aportan al ser humano: afán de superación, amistad, solidaridad.

Queda para la historia cinematográfica esa primera secuencia que el fotógrafo David Watkin convirtió en una obra de arte (los corredores entrenan a la orilla del mar y suena la música de Vangelis).

Si son tan amables, acepten una sugerencia de el que escribe: cuando corran; bien por placer, bien entrenando para participar en alguna prueba; no olviden su reproductor de música portátil. Está demostrado que escuchar música (en concreto, clásica) hace que la actividad cerebral permita una capacidad de reflexión mucho mayor. Y esos momentos en los que el ser humano se encuentra en soledad son, cada vez, más escasos. Comenzar con la novena de Ludwig van Beethoven o con algo de Mozart es una buena elección.

G. Ramírez


‘Los duelistas’ es una de las mejores películas de Ridley Scott y, al mismo tiempo, una de las menos recordadas. Es curioso que esto sea así cuando, junto con ‘Alien’ y ‘Blade Runner’, este trabajo es el mejor del director.

‘Los duelistas’ es una adaptación de la novela de Joseph Conrad. El guion fue firmado por Gerald Vaughan-Hughes y es muy fiel al texto original. Los añadidos son menores. Lo que nos cuentan es la relación entre dos militares, Feraud y D’Hubert, que se baten en duelo a lo largo de su vida en varias ocasiones. Por distintas razones van sobreviviendo a cada encuentro; duelos que se desarrollan de forma distinta. A caballo, a espada, breves, sangrientos. Durante el desarrollo de la trama comprobamos que, en realidad, lo que nos van contando es cómo conviven y salen adelante dos formas de vida. Lo duro, belicoso, descortés y primitivo de Feraud se enfrenta a la clase aristocrática, a la calma, a la cultura exquisita de D’Hubert. Aunque, a decir verdad, dado que el punto de vista utilizado es el de D’Hubert, el carácter y la psicología de Feraud quedan algo desdibujadas.

Ridley Scott, influenciado (sin duda) por la película de Stanley Kubrick, ‘Barry Lyndon’, busca encuadres con distintas iluminaciones que nos enseñen algo parecido a lo que son los lienzos de la época romántica. Esa iluminación, lógicamente, naturalista, toma especial relevancia con el uso de velas y sombras en interiores. Los exteriores repiten una idea que desde el principio, Scott, quiere hacer llegar: cómo es la relación entre los protagonistas. El fotógrafo Frank Tidy hace un trabajo espléndido. Los personajes protagonistas son encarnados por Harvey Keitel (llegaba de un intento fallido por interpretar el papel principal en ‘Apocalypse Now’) y Keith Carradine. Ambos están muy bien dirigidos y consiguen una actuación sobresaliente.

‘Los duelistas’ es una excelente muestra del cine que se filmaba en esa época (1977) y está a la altura de las mejores películas de Scott. No dejen de prestar especial atención a cómo el director va utilizando a los personajes femeninos para que las personalidades de los duelistas vayan dibujándose con coherencia. Eso y un montaje que va en busca de lo mismo, son aspectos especialmente interesantes.

Nirek Sabal

Si algo es capaz de unir a las personas una vez, podrá hacerlo mil veces. Estará desbaratado, olvidado, liquidado; pero estará, en algún lugar estará aguardando su oportunidad. Tan sólo hay que buscar con cariño, olvidando cualquier cosa que distorsione el recuerdo. El cine es una de esas cosas. Lo que lo aman lo saben. Y Giuseppe Tornatore es un convencido de ello.

Giuseppe Tornatore ama el cine. 'Cinema Paradiso' es, entre otras cosas, la muestra de ello. Porque el amor no se puede fingir y esta película rebosa pasión, un cariño inmenso, por los cuatro costados.

Tornatore escribió un guion estupendo y entregó una película deliciosa que habla del cine como elemento común para los habitantes de un pueblo entero; como canalizador de amistades, romances y toda clase de experiencias. Pero también enseña los códigos internos propios del cine que se instalan en la vida del espectador, de cualquier espectador, sea cual sea su condición. Tornatore habla del cine como forma de entender el mundo, como posibilidad ante una vida llena de dificultades. Y es que la magia nos permite elegir caminos que ni siquiera existían antes de pisarlos por primera vez.

La fotografía de Blasco Giurato es preciosa. Busca, siempre, el brillo en todas las escenas; un brillo que termina apareciendo pase lo que pase. Y la partitura de Ennio Morricone es una obra maestra. Emocionante, profunda, impecable. Por supuesto, la dirección de Tornatore es excelente, delicada hasta el extremo. El trabajo que hace con Salvatore Cascio es espléndido. Los niños actores son difíciles y, en esta película, todo parece sencillo, natural, casi obligado. Philippe Noiret, Jacques Perrin y Marco Leonardi defienden sus papeles con una soltura inmejorable. Tornatore deja su sello personal en cada escena, en cada encuadre, en un movimiento de la cámara que apenas se nota. Impecable.

'Cinema Paradiso' narra la historia de una amistad y de una pasión, del amor y de la fidelidad con uno mismo. Alfredo (Noiret) es el encargado del proyector en el cine de un pequeño pueblo italiano. Salvatore (Cascio, Leonardi, Perrin; niño, joven, adulto) es un niño emocionado con el cine. Su vida se llena con todo lo que sucede en la sala de proyección aunque intuye que es en la sala del proyector donde está su sitio. Alfredo, tras muchas negativas, accede a que el niño le acompañe mientras trabaja. Se forja, así, una vocación, una profesión y una amistad. Mientras, el pueblo va evolucionando con el cine como punto de reunión, como lugar en el que todo pasa y todo es posible. Lo real y lo ficticio que se agarra y se integra a lo cotidiano.

La tensión narrativa mejora con el paso de los minutos. Y el tramo final es emocionante a más no poder. Si el espectador termina con lágrimas en los ojos no es extraño. Aunque no serán producto de la sensiblería o del ataque a la zona más lacrimógena. No, serán sinceras porque llegan de la emoción que es capaz de despertar el director italiano. Cuando algo es auténtico nada se puede criticar.

Otra de las zonas de interés narrativo la llena la historia de amor que Salvatore (ya es un jovencito) vivirá con la que él cree que es la mujer de su vida. No terminan formando una pareja. El romance se hace eterno arropado por el silencio del protagonista. Del mismo modo, vivirá la amistad de su vida; la que forjó con Alfredo que este instala en la distancia intentando que el futuro del joven sea el mejor. Sin embargo, el protagonista no renuncia a nada de ello. De nuevo aparece lo auténtico en escena. Nada de lo auténtico es intercambiable. Tornatore no duda en enviar mensajes sólidos y claros.

No faltan en la película escenas con una carga implícita importante. Hay detalles que hacen evolucionar la trama vertiginosamente, detalles que justifican las elipsis con una elegancia pasmosa. Presten atención a las escenas en las que Tornatore centra su atención en el personaje principal y en las anclas oxidadas que descansan en el muelle. Primero una, luego decenas. El mundo cambia, el tiempo corre, las personas emigran a las grandes ciudades; pero en el cine eso puede ser reducido a un instante. Es magia. En 'Cinema Paradiso' todo es emotivo, reflexivo, evocador.

La película es deliciosa; un homenaje al cine, a su magia y a nuestra capacidad para dejarnos arrastrar por ese poder de convicción que sólo la ficción es capaz de aportar a nuestras vidas. Si no la han visto ya, no tarden en hacerlo. Si ya la vieron, vuelvan a hacerlo. En cualquier caso, es una experiencia exquisita.

G. Ramírez

El año 1607 un grupo muy reducido de hombres llegaron a lo que hoy se conoce como Virginia en Estados Unidos. Ese mismo año levantaron el fuerte Jamestown. El guion de ‘El nuevo mundo’ nace de los diarios de John Smith y de los libros escritos por los historiadores James Barlowe y Robert Beverly. Gran película de Terence Malick.

Terrence Malick fija la atención en ese momento histórico en el que los primeros colonos ingleses llegaban a América y utiliza la famosísima historia de amor imposible entre Pocahontas y el Capitán Smith, como excusa para volver a convertir en un enorme poema la pantalla. 'El nuevo mundo' no es una película que hable del amor. 'El nuevo mundo' es un canto melancólico a la pérdida de identidad del ser humano cuando dejó de estar pegado a la Tierra, a su único hogar. El drama fue y sigue siendo tremendo puesto que el hombre no puede serlo sin su entorno. El Paraíso y la pérdida de la inocencia son temas muy recurrentes en la corta obra de Malick.

Es verdad que la historia entre el buscador de fortuna John Smith (encarnado por un serio y profundo Colin Farrell) un tipo valeroso, inundado de valores; y la joven que no evita descubrir el mundo y hacer suyo lo propio y extraño, Pocahontas (’juguetona’), papel interpretado por una maravillosa Q´Orianka Kilcher; es muy llamativa, muy seductora. Pero Malick solo cuenta lo que le interesa, lo que puede estar al servicio de lo que él entiende que es fundamental: la madre naturaleza, el edén despreciado y maltratado por sus hijos. Le gusta más presentar a los indios powhatan como parte de la Naturaleza, como otro animal más, no se entienden esas cosas por separado. Lo de Pocahontas es anecdótico.

Malick va dibujando, plano a plano, un mundo idílico. El fotógrafo Emmanuel Lubezki realiza un trabajo portentoso (se rodó en 65 mm, con la luz del amanecer o del atardecer y usando, en muchas secuencias, la steadicam; buscando las zonas sensibles de los cuerpos para contar la historia de amor, buscando planos oblicuos que aportan sensación de prisas, de pasiones; nada es casual en el trabajo de Lubezki). Malick utiliza la voz en off para ir haciendo crecer a los personajes y lo hace con esa voz porque es la que trata de representar el pensamiento. Los diálogos se hacen breves, los silencios se convierten en las zonas narrativas más relevantes, los ojos de los personajes se muestran siempre con un punto de misterio, huidizos. Todo ocurre al ritmo de un tiempo ancestral que parece detener y detenerse. El azar y la necesidad son la misma cosa; los hombres se equivocan y todo ocurre al ritmo del error que supone no saber que lo bueno del universo se pone en peligro.

Q´Orianka Kilcher y Colin Farrell están acompañados por Christian Bale (discreto), Christopher Plummer, David Thewlis y Wes Studi (¿recuerdan a Mawa, el señor de la guerra de los hurones en 'El último mohicano'?). El conjunto funciona muy bien.


El adagio del 'Concierto para piano No.23' de Mozart nos acerca al amor; el Preludio de 'Das Rheingold' de Wagner nos arrastra a ese descubrimiento de las nuevas tierras.

No puedo dejar de señalar una parte de la trama que suele pasar desapercibida y es sumamente importante y divertida. Un jefe indio viaja a Inglaterra para 'buscar a ese Dios del que tanto hablan'. Le veremos buscando en los jardines, en espacios abiertos. No encuentra nada, claro. Y no entiende cómo no puede estar en la Naturaleza. Antes ha estado en un templo y allí ve una imagen, pero no le debe parecer ni un dios ni nada de nada. Y es que Dios (si es que existe) y el universo no pueden ser cosas distintas.

Película preciosa, lenta, reflexiva, profunda. Una de las mejores filmadas en este siglo.

G. Ramírez

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