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Dos minutos, cuarenta segundos y una claqueta




 


Realmente ¿queremos saber? ¿Hasta dónde debemos saber? ¿Es bueno inmiscuirse en los asuntos privados de otros por muy cercanos que sean? Posiblemente, el conocimiento, sea cual sea su naturaleza, es el factor más desestabilizador para una persona. Podrá tener un efecto positivo o negativo, pero pondrá patas arriba a cualquiera.

‘Eyes Wide Shut’ es una magnífica e inquietante película firmada por Stanley Kubrick. Construida sobre una estética sexual casi explícita en momentos concretos, la película trata del saber, de la información, de las consecuencias de cruzar la frontera que separa la ignorancia del conocimiento. Sexo y poder (asuntos que aparecen tratados con claridad) son parte de las consecuencias y vehículos para afrontar el tema principal. La crisis matrimonial, también.

La película se divide en tres actos como es costumbre en el cine de Kubrick. Es famosísimo el central por sus escenas de la orgía en la que se ve envuelto el protagonista. Sin embargo, son el primero y el último donde se encuentra la verdadera esencia de este trabajo. En el primero se abre una ventana por la que Bill Harford (Tom Cruise) podrá mirar un mundo desconocido y ajeno que le conmociona de tal forma que la obsesión se convierte en su motor vital. En el tercero, su esposa Alice (Nicole Kidman) le avisa y le sugiere cerrar para siempre, dejar de mirar de inmediato. En la escena final, vemos a los protagonistas paseando por un centro comercial; ella termina diciendo que lo único que queda es follar (textual). Y el espectador se pregunta si el amor no existe; se pregunta si follar es el mecanismo físico más antiguo, efectivo y posible, que puede utilizar el ser humano desde que lo es. El protagonista conoce un secreto de su mujer y termina en el punto de inicio; fingiendo amar y follando para sobrevivir con un aspecto y status determinado. En el camino, Bill Harford entenderá que es dominado por su mujer, que él mismo puede dominar y eso le fascina (por ejemplo, lo descubre con la prostituta llamada casualmente Dómino); que el sexo retirado del matrimonio tiene sus complicaciones y puede llegar a ser sucio o peligroso o las dos cosas al mismo tiempo; que el amor puede estar esperando en cualquier parte; que el poder es exclusivo de unos pocos y puede ser peligroso para los demás si se enfrentan a él.

La película es un viaje a los infiernos del matrimonio Harford que arrastra al espectador sin contemplaciones. Lo hace desde una fotografía espléndida, cuidadísima, en la que predominan los colores brillantes. Sobre todo el rojo intenso. En gran parte de las escenas prevalece ese color y algún objeto rojo ocupa el punto de fuga de la imagen. La cámara de Kubrick está colocada, siempre, buscando el mejor de los encuadres posibles, se mueve con elegancia intentando pasar desapercibida. Los travelings son, sin excepción, extraordinarios. La banda sonora es inquietante, casi perversa, en algunas zonas narrativas. Desde la pieza de Shostakovich inicial (‘Jazz Suite Waltz’) hasta el final (vuelve a ser la misma pieza, anunciando un baile del matrimonio que es una gran mentira), la música va encanjando milimétricamente con la acción. El piano es protagonista en los momentos de mayor tensión narrativa. El montaje es pausado y logra un equilibrio absoluto al manejarse los tempos con maestría sin que afecten a los tiempos. La dirección actoral es espléndida. Los trabajos de Cruise, de Kidman y de Sydney Pollack son notables. 

G. Ramírez 

 

 


Kubrick siempre fue un alquimista capaz de encontrar la forma en que sus ideas fuesen explotadas comercialmente, la identificación del público con géneros cinematográficos populares, como el bélico en «Senderos de gloria» y «La chaqueta metálica» o el terror en «El resplandor», la polémica bien servida en «Lolita» o «La naranja mecánica», la elección de la pareja de moda con el tándem Cruise-Kidman en «Eyes Wide Shut», y en «2001...», el reclamo de gran superproducción visionaria de ciencia ficción que, de hecho, supuso un avance tecnológico sin parangón hasta esa época y una visión futurista sorprendente en su predicción tecnológica, aunque encantadoramente sixtie en el diseño de decorado y vestuario.
De una u otra forma, Kubrick, el director norteamericano se las ingenió para que sus productos llenaran las salas de cine, y uno no puede sino imaginar la reacción de un público estandarizado, en busca de un producto estandarizado, al toparse con sus personalísimas propuestas. 
Lo curioso es que La historia de «2001 odisea en el espacio» no es en realidad nada complicada, atendiendo a las licencias que la sci fi puede tomarse, y, sobretodo, si acudimos a la novela de Arthur C. Clarke para desentrañar un discurso narrativo, tratándose esta de una comparación tremendamente fecunda que, lejos de incidir en la recurrente afirmación sobre lo inadaptable en imágenes que resultan determinadas novelas, nos ayuda a entender como dicha traslación siempre debe producirse en el aprovechamiento de las capacidades que el nuevo medio puede arrojar sobre la literatura.
La protesta de aquel espectador no era infundada, las continuas elipsis y la delicadeza con la que Kubrick rodó su más enorme film lo alejaron de la claridad argumental que sí poseía la novela, convirtiéndola en una experiencia tremendamente visual y sin apenas diálogos, dotando a la visión racionalista, y a la grandilocuente oda a la evolución humana de Clarke, de signos interrogantes en torno a nuestra condición y nuestra capacidad de conducirnos en el universo. Elementos ambiguos que nos sustraen del relato ufológico hacia terrenos más metafísicos, hacia viajes interiores e incluso espirituales.
Ya en la superlativa y famosísima elipsis que separa la primera parte del film y su continuación, transformando un hueso de animal (un arma en realidad), arrojado al aire por alguno de nuestros antepasados homínidos, en una futurista nave espacial, arroja dudas perspicaces sobre nuestra evolución tecnológica. Antes de esto hemos visto al homo sapiens en sus albores intentando sobrevivir en un ambiente hostil y descubrir un extraño monolito, que Clarke presentaba inequívocamente como inteligencia extraterrestre capaz de acelerar la evolución de vida inteligente, pero que en Kubrick tiene valor por su propia fuerza geométrica, implicando un acto consciente de construcción que por sí solo es capaz de proporcionar la herramienta conceptual para un salto evolutivo en la especie humana. Su puerta oscura y obtusa, con su sonido estridente, poco nos dice de sus creadores, y algunos críticos llegan a identificarla incluso con la voz de Dios.
 

De la misma forma, la segunda parte del film, aun comenzando con el embaucador baile espacial que muestra la coreografía mecánica de la modernidad a escala cósmica, también acaba alejándose del discurso de Clarke en la forma, repleta de interrogantes, en que Kúbrick presenta el conflicto con HAL 3000, ese inquietante ojo informático creado por el hombre. Si en la novela el fallo de HAL viene producido por órdenes contrapuestas en su programación e irrealizables en conjunto, en Kubrick apenas intuimos los motivos de dicho error que lleva a la maquina a asesinar a los tripulantes de la nave. HAL nos parece, de hecho, frío y a su vez terroríficamente humano (y aquí debemos detenernos a agradecer el excepcional doblaje de Felipe Peña), y su comportamiento nos sugiere mas un miedo congénito a la muerte.
 

Pero quizás donde mas patente se hace la visión de Kubrick es en la última parte del trayecto, cuando la puerta interestelar se convierte, bajo la brillante imaginaria visual del film, en una psicodélica secuencia en torno al espasmódico rostro del protagonista y último superviviente en la misión espacial, mostrando un viaje más introspectivo que interdimensional, un pasaje a un nuevo estado de consciencia tras el cual aguarda una familiar habitación de decoración renacentista, que lejos de hacer las funciones de jaula planificada como cómoda estancia para el ser humano por un grupo de avanzados aliens, adquiere tintes de templo humanista caduco, en el que nuestro protagonista contemplará su propio envejecimiento, su muerte y su resurrección como dorado embrión o estado de consciencia que trasciende la cúspide racionalista y el humanismo, el dolor y la muerte, como luz en la oscuridad del vacío, superhombre nietzscheano recién nacido que regresa a conquistar el mundo bajo la marcha grandilocuente del «Así hablo Zaratustra» de Strauss.
Kubrick entendió perfectamente el sentido real de la ciencia ficción como catalizadora de los sueños y temores que depositamos en nuestras posibilidades potenciales, y construyó una historia que desmitifica el racionalismo empírico del hombre moderno y el progreso tecnocientífico, cuya mas embriagadora conquista era el inminente viaje a la luna. El resultado es una sinfonía tan ambiciosa como mayestática en su asombroso resultado, que nos sitúa frente a los pasivos misterios del universo como lo que somos, los agentes encargados de descifrarlo.

David Mayo

 

Con un guión simple y un personaje como es ‘Barry Lyndon’ (no excesivamente complejo), es extraordinario llegar a conseguir una película tan grande, tan maravillosa. 
Técnicamente, ‘Barry Lyndon’ roza la perfección. Kubrick consigue retratar una época con detalle, convierte cada escena en un cuadro digno de admiración. Las localizaciones son espléndidas y los escenarios construidos no generan una sola duda en el espectador. El vestuario es perfecto. Maquillaje y peluquería también. La fotografía de John Alcott es impecable. Difícilmente se puede conseguir una nitidez de la imagen tan apabullante. 
Kubrick quiere atacar asuntos recurrentes en toda su filmografía: la violencia como herramienta destructora de la humanidad; la pequeñez de una humanidad medida junto al universo entero. Es por ello por lo que muchas escenas comienzan con primeros planos que, a través del zoom, dejan finalmente al personaje en medio de un mundo hostil, enorme, demasiado grande como para que nadie pueda cambiar algo o esté a salvo del destino. Y es por ello por lo que el realizador nos lleva, una y otra vez, a vivir situaciones en las que el ser humano desaparece con un simple disparo, con una actitud idiota ante el mundo. Todo ello envuelto por gran sensibilidad (algo que se le negó a Kubrick insistentemente y de lo que hace gala en este trabajo).
‘Barry Lyndon’ es el resultado de la adaptación de la novela de William Makepeace Thackeray. No es del todo fiel al trabajo del novelista (la última media hora es cosa del guionista y no de Makepeace) y el resultado es una historia simple y lineal. ¿Por qué fascina entonces? Hay varias razones fundamentales. La voz en off del narrador es una de ellas. Nos separa de la acción de forma intencionada (del mismo modo que en literatura, el punto de vista es una cuestión de distancias respecto a la acción). Se trata de un narrador no identificado (lo que se conoce por tercera persona). Además, se adelanta a la acción y la anuncia de modo que todo se sabe o intuye. Esto es algo que irrita a muchos puesto que buena parte de la tensión narrativa se pierde al usar este mecanismo. Sin embargo, es imprescindible para lo que Kubrick intentaba hacer. En realidad, la trama, el personaje principal, los secundarios, todo; son vehículos utilizados para dibujar una época, un universo casi inmóvil por el aburrimiento y el hastío, paralizado por la violencia, en el que todo se desliza hacia la nada. Kubrick quiere que miremos eso, desde la distancia, evitando injerencias de cualquier tipo.

Barry Lyndon es el personaje principal. Un tipo que quiere medrar sea como sea. Lo encarna Ryan O’neal. Este actor, mediocre y muy limitado en todos los sentidos, funciona más que bien. No por sus excelencias interpretativas (no las tiene) sino por el carácter dual que imprime a su personaje. Fragilidad, debilidad, atrocidad. Marisa Borenson le acompaña como Lady Lyndon. Espectacular en sus silencios y sus miradas vacías, casi muertas, infinitamente fatigadas. La sociedad se perfila desde esos dos personajes. 
Además de la fotografía de John Alcott, destaca la banda sonora de Leonard Rosenman. Música tradicional irlandesa, Händel, Paisiello, Bach y Shubert. Excepcional y encajada sin titubeos, con un criterio demoledor.
La película habla de antihéroes, de todos nosotros, de nuestra imposibilidad de sobrevivir al mundo. Y lo hace de forma profunda utilizando un despliegue técnico muy difícil de igualar.

G. Ramírez

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