abr 20 2014

El gran hotel Budapest: Entretenimiento y poco más

La última película de Wes Anderson empalaga los ojos con colores como lo hacen cualquiera de las anteriores del destacado e inconfundible director. Para reconocer sus películas alcanza con la estética de las mismas, que ni falta hace obervarla con ojo agudo, pues entra sola y sin pedir permiso, impregnándonos de sus típicos planos y tonos.
El gran hotel Budapest es una película de entretenimiento, de aventuras, casi infantil. Son gags bastante obvios, pero funcionan. La película no es pretenciosa. Es redonda y bastante previsible, pero cada escena sabe sostener esa trama de enredos. Es sencillamente divertida, y no mucho más. Personalmete, no salí encantada del cine. Su anterior película también se acercaba a lo infantil, considerando además que los protagonistas eran niños. Desbordaba ternura, cosa que en esta se encarna sobre todo en el personaje femenino de la pastelera y en el romance de ella con Zero (Tony Revolori), el aprendiz de botones que es uno de los dos personajes principales de la historia (el otro es el que interpreta Ralph Fiennes). Sin embargo, Moonrise Kingdom (y creo que la mayoría opina lo contrario) a mí me resultó superior y mucho más entrañable. No puedo criticar a El gran hotel Budapest diciendo que falla el guión o que los personajes no están bien delineados; muchísimo menos meterme con cuestiones de dirección (siempre impecable en Anderson). Solo hablo de mi impresión. Disfruté mucho de Vida acuática porque fue la primera película de él que vi y quedé sorprendida. Me fascinaron Los Tenenbaums y adoré a los tres hermanos de Viaje a Darjeeling, incluso al más insoportable (Owen Wilson). Y agradecí la impecable perla que anexa esta última película mencionada: el corto Hotel Chevalier. El gran hotel Budapest también nos transmite cariño, ternura e incluso hasta cierta melancolía; y por supuesto, complicidad. Pero me parece más simple que ninguna (más simple… como si tuviera menos capas… más llana…) y su estética de cuento de hadas me lleva, contra mi voluntad, a la palabra naïf.
Por supuesto, la banda de sonido, como en todas las películas de Anderson, es una pasada.
© Del Texto: Flor Bea


abr 10 2014

Días de pesca en Patagonia: Vientos del sur

La última película de Carlos Sorín tiene dos elementos, dos ingredientes, que remiten a la película uruguaya de Álvaro Brechner, Mal día para pescar. Son dos deportes: el boxeo y la pesca. Pero esto es tan solo una asociación libre por los elementos, aunque también por la cercanía geográfica de los países de origen de ambas películas y por el parecido de los títulos. Porque Días de pesca en Patagonia se diferencia de cualquier otra película de otro director en el hecho de que es muy Sorín. Hay un sello Sorín y se agradece.
El sello Sorín es (primero lo evidente) el escenario de la Patagonia, las carreteras, las estaciones de servicio, las casas de pueblo, el clima del sur de la Argentina. El sello Sorín es el oficio del comerciante que necesita de la labia, del chamullo. Y es un objeto, un paquete, un algo que se carga en las manos y se lleva encima porque es la razón de existencia de un propósito o la consecuencia de este (da un poco igual…). Es, por ejemplo, una tarta de cumpleaños, un perro de verdad, o un perro de peluche a pilas que baila y canta rock and roll.
En Días de pesca en Patagonia, el comerciante en cuestión, alcohólico recuperado, va de vacaciones a Puerto Deseado para realizar allí un hobby (por recomendación de su médico) que será la pesca de tiburones, pero también a visitar a su hija, que acaba de ser madre. En el camino, conoce a un entrenador de boxeo que agrega este ingrediente que me remite a la mencionada película uruguaya. Una vez en el sitio de destino, la existencia del bebé y el ánimo de conquistar a su propia familia, que se siente perturbada con la visita de él, es lo que habilita la aparición del objeto que se carga, del paquete: compra un perro de peluche que baila un rock and roll al oprimirle un botón, lo hace empaquetar en una caja cuadrada con un infantil papel que la recubre y lo carga consigo para poder entregarlo. Es como el pastel de cumpleaños en Historias mínimas: el regalo frustrado pero el que conduce las acciones del pobre hombre, que en los dos casos da algo de pena. El objetivo frustrado es la forma del dilema en la película: la pesca también se frustra. Si no se frustra el boxeo, es solo porque es ajeno.
Carlos Sorín nos muestra las pequeñas miserias. Lo patético de lo sencilla y naturalmente humano. Y nunca lo muestra con burla, siempre con naturalidad. No un patetismo vergonzoso sino comprendido. Somos naturalmente eso. Sinceramente eso. Sorín desnuda algo de la condición humana con tanto arte que ni llega a dar pudor; al contrario, probablemente dé ternura.
© Del Texto: Flor Bea


abr 6 2014

La gran belleza: la gran película

No encuentro otra manera de comenzar esta crítica más que comparando La gran belleza, última película de Paolo Sorrentino, con La dolce vita, de Federico Fellini. O decir que La gran belleza es La dolce vita del siglo XXI. Comenzando por comparar los títulos de ambos films: un artículo femenino, un modificador directo de un sustantivo, y el sustantivo: belleza y vida, respectivamente (Fellini fue bastante más pretencioso, y ya se ve en ese sustantivo; Sorrentino es bastante más sensible y reflexivo). Ambas, coproducciones ítalo-francesas y películas de más de dos horas de duración. Ambas, con una despampanante figura femenina que en realidad no hace mucho a la trama, pero que modifica la película en la compañía que le hace al antihéroe: Sabrina Ferilli para la película de Sorrentino, y la ya sabida Anita Ekberg en la de Fellini. Es evidente, y además sabido, que La gran belleza homenajea a la mencionada película de Fellini. Pero una diferencia: Fellini no ganó el Oscar a mejor película de habla no inglesa con La dolce vita (lo ganó con algunas otras) mientras que Sorrentino sí que se lo llevó recientemente.
Sin quitarle mérito a Fellini, que lo tiene por otras cosas, la verdad es que La gran belleza es una película mucho más llevadera, su personaje protagonista es mucho más interesante; es una película más reflexiva y por supuesto, mucho más poética; y en mi opinión, carece del efecto de aburrimiento que desprende la La dolce vita. Sin embargo, es también una película sobre el hastío; la diferencia es que no es traspasado al espectador sino que se queda en los personajes para que podamos sentir y reflexionar con ellos, pero sin aburrirnos.
Sí, ese es el tema de ambos films: la desazón, el desabrimiento, el hastío, la pesadumbre, la insipidez… ¿de qué? De la vida burguesa. De la vida. De la belleza. ¿Qué hacer? ¿Cómo pasar las horas? ¿Para qué? ¿Con quién? No nos queda más remedio que hacernos un poco de compañía y mirarnos a la cara, dice Jep Gambardella, personaje interpretado por Toni Servillo (¡excelente interpretación!). Se trata de un escritor que ya no escribe, un escritor que llegó a Roma con veintipico de años y decidió ser el rey de la mundanidad. Y ahora, sumergido de lleno en esa mundanidad, ya no decide, solamente padece, la padece.
El comienzo de la película deslumbra: Raffaella Carrá remixada, en una fiesta a toda cocaína, luces, humo y hasta una strepteaser a la que nadie mira, en oposición a una música coral y magníficas escenas poéticas de Roma; escenas que son realmente un poema visual. Es el ruido de la fiesta que intenta tapar lo que de día no puede disimularse: la nada que los inunda (Todo está resguardado bajo la frivolidad y el ruido, dice la voz en off del protagonista). Fiesta que se repite noche tras noche para demostrar que igualmente siempre se vuelve a esa nada. Jep Gambardella lo dice en una escena agridulce, como casi todas, a la mujer que trabaja en su casa en las tareas domésticas: que Flaubert quiso escribir sobre la nada y no pudo, cómo poder entonces él (Tú no eres nada, le dice la voz de una niña desconocida, que se oculta). La película es de un tono entre cínico y ácido cuando no es melancólica y poética; maneja un sentido del humor perfecto en una medida justa.
Jep Gambardella se propone volver a escribir, pero sobre todo se propone no darse el lujo de perder el tiempo haciendo cosas que no desea a sus 65 años. ¿Pero qué es lo que desea? No por nada la película abre con una cita del texto Viaje al fin de la noche de Céline. Porque nos adelanta el viaje imaginario. El viaje interior para una búsqueda de sentido. Los únicos trenes que vemos en la película son los trenecitos que forman bailando en las fiestas que organiza este escritor en la terraza de su ático, frente al Coliseo. Justamente, esos son los trenes que no conducen a ninguna parte.
Jep Gambardella lo tiene claro, y tal vez por eso tanta melancolía: la belleza viene en destellos, el resto es decadencia, miseria y desgracia. Y ahí habitan estos personajes, miembros de la alta sociedad, con tanto tiempo perdido (y aquí Proust, otro escritor nombrado en la película, que obsesiona a uno de los personajes -el que no casualmente acaba suicidándose- en lo que respecta a este tema del tiempo y la muerte) aunque tanto tiempo todavía por perder: cada día, cada noche. Bla, bla, bla (…) En el fondo, es solo un truco: así termina, y me permito decirlo porque no estoy diciendo nada más que más blablabla; solo un truco para la magia de esta maravillosa película, visualmente impecable, reflexiva, profunda, honesta, frontal, pero poética y metafórica, feroz y real, pero onírica y por supuesto, apaciblemente bella.
© Del Texto: Flor Bea