ene 27 2014

Colonia V: Refrito

Colonia V es un refrito de ideas que quieren parecer una película de ciencia ficción algo terrorífica. Pero Colonia V se queda en refrito y ya. A secas. Desde luego se encuadra dentro del cine de ciencia ficción porque en alguna parte hay que colocarla. Y trata de ser algo terrorífica, pero ni lo es ni lo será en época alguna de la humanidad.
La historia que cuenta es apocalíptica. En 2045, la tierra pasa por un período glacial. Los pocos humanos que sobreviven lo hacen metidos en viejas estructuras bajo el suelo. Aunque el frío no es el único peligro. Caníbales malísimos buscan víctimas entre los hombres y mujeres que están pasando frío. Y ya está.  Bueno, el guionista abre una puerta a la esperanza. Un grupo de personas ha logrado poner en marcha una máquina que puede modificar el clima. Y allí donde están hace calorcito. Aunque no tienen semillas y hacen una llamada a nuestros protagonistas que sí tienen esas semillas aunque ni un rayo de sol. La máquina que han puesto en marcha es una de las que provocaron la catástrofe, pero modificada. En fin, una serie de bobadas extraordinarias.
La memez es grande. El guión prescindible al máximo. La dirección de Jeff Renfroe, aunque aseada, no encuentra nada nuevo que decirnos. Los actores se defienden y hacen lo que tienen que hacer sin más. Lawrence Fishburne, Kevin Zegers y Bill Paxton, son los que tienen mayor peso peso en la trama.
Poco más se puede decir de una película tan floja como lo es esta. Y lo poco que queda me llevaría a un ensañamiento estéril. Así que lo dejo aquí mismo.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 26 2014

Brokeback Mountain: El amor imposible desde la frialdad

El Teatro Real de Madrid estrenará la ópera Brokeback Mountain, compuesta por Charles Wuorinen, el próximo día 28 de enero. Una producción muy esperada por los aficionados, que servirá para que se carguen de razón unos y otros. Por un lado, los que prefieren que las ideas de Gerard Mortier queden en el olvido por creer que representan la falsa modernidad y, por otro, los que defienden el trabajo de este hombre como si les fuera la vida en ello. Porque eso será de lo que se hable. Si alguien espera que el gran debate se articule desde las relaciones homosexuales o desde el escándalo que representa una producción en la que pueden verse a un par de señores luciendo ropa interior, quedará decepcionado. El que escribe cree que eso es cosa personal y que si para alguien representa un problema cualquiera de las dos cosas, debería plantearse algunas cuestiones. Me temo que es mucho más alarmante lo que se puede ver y escuchar en algunos programas de televisión que son vistos por muchos de los que ponen el grito en el cielo cuando la homosexualidad (que no es cosa demoniaca, ni peligrosa) aparece por cualquier esquina de nuestra realidad. El debate se planteará, por parte de los aficionados y críticos, más en la zona artística (es lo lógico). Y, desde luego, razones hay para que así sea.
Este estreno mundial, tendrá poco recorrido. No es, ni mucho menos, un trabajo brillante. Nada destaca del conjunto, nada destaca si analizamos cada una de sus partes.
Wuorinen dice haber escapado de todo sentimentalismo. Eso es verdad. Pero, también, de todo rasgo emocionante en su música. La partitura resulta fría, muy técnica, muy alejada. No es que sea un mal trabajo aunque carece de ese anclaje al patio de butacas que estremece a los que asisten a un espectáculo como es la ópera. Esa evocación primera que se hace desde el foso al entorno de los personajes (la montaña, la naturaleza, el mundo alejado de la estructura social) vuelve a hacerse presente al final del segundo acto por última vez, cuando Ennis del Mar (uno de los personajes principales) siente el peso de un amor que no supo gobernar durante años. El peligro, lo árido de su realidad, se mezcla, por siempre jamás, con un amor imposible y demoledor. Esto está muy bien, pero está muy alejado de la percepción media del espectador que se queda con la ceja levantada intentando comprender lo que ha pasado. La historieta es fácil y el libreto se entiende sin problemas. Pero hablamos de ópera; esa manifestación artística en la que muchos elementos se mezclan para formar una unidad comprensible. La belleza fabricada para eruditos parece que es cosa exclusiva, de eso, de eruditos. No sé yo si es lo que busca el público del Teatro Real o de cualquier otro lugar. Me temo que no.
Musicalmente, Brokeback Mountain se empareja, en algunos aspectos técnicos, con Wozzeck (Alban Berg) aunque es en el territorio del dolor, de la aridez, donde se hace más evidente para el aficionado. La aspereza musical en algunos tramos de la obra y la falta de concesiones al público por parte del compositor provoca cierta sensación de orfandad en los que ocupan su localidad. Una sensación que no se alivia sin la emoción necesaria y que en Brokeback Mountain no aparece hasta la última escena y con cierta timidez. Todo se hace difícil para el espectador.
La puesta en escena es tan simple como efectiva. Tanto que termina siendo simplona y práctica. Ivo Van Hove soluciona los problemas que se plantean en la partitura y en el libreto. Sin duda, lo hace. Los cambios espacio-temporales son muchos y bruscos. Lo que hace el director de escena es optar por instalar los materiales que soporten las diferentes situaciones compartiendo espacio escénico. Aprovecha todo lo que puede y vuelve a intentarlo con otro bloque de escenas. Pero los muebles son de baratillo (juraría que estuve a punto de comprar algunos de esos muebles en IKEA y no lo hice porque me parecieron algo cutres), la acumulación se hace incómoda y los elementos audiovisuales son tan evidentes y tan ramplones que no ayudan en absoluto. Otra de las cosas que sorprende es la poca imaginación del señor Van Hove al mover personajes por el escenario. O se pasan media hora sin saber qué hacer o, si les pone en movimiento, todo parece a una representación de colegio.
La importancia de esta ópera reside, sobre todo, en su tema principal. La imposibilidad de amar, bien porque el entorno lo impide, bien porque las personas nos negamos (a nosotros mismos), una y otra vez, hasta que ya es tarde. El enfoque, aunque con matices, es muy parecido al de la película y al del relato. Ya era conocido por casi todos. Y este es el enorme problema de esta ópera. No aporta nada de nada en ese sentido. La película era estupenda, el relato no estaba nada mal; esta ópera no.
El bajo barítono Daniel Okulitch y el tenor Tom Randle están correctos. Heather Buck y Hannah Esther Minutillo también lo están (estos personajes se presentan en escena como contrapunto a sus parejas, desde la partitura, y, para ser justos, el efecto es hermoso y solvente). Jane Henschel, en un papel muy corto, hace todo más que bien. Y Titus Engel, director musical, está sobresaliente. Sabe qué hacer en cada momento y logra que todo encaje sin problemas. El problema es que lo que hay que encajar no es nada del otro mundo.
Si las cosas no son extraordinarias no generan debates. Si las cosas no son extraordinarias todo se hiela, todo decepciona, todo es monótono.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 21 2014

Lo duelistas: La magnífica semiolvidada

Los duelistas es una de las mejores películas de Ridley Scott y, al mismo tiempo, un de las menos recordadas, Es curioso que esto sea así cuando, junto con Alien y Blade Runner, este trabajo es el mejor del director.
Los duelistas es una adaptación de la novela de Joseph Conrad. El guión fue firmado por Gerald Vaughan-Hughes y es muy fiel al texto original. Los añadidos son menores. Lo que nos cuentan es la relación entre dos militares, Feraud y D’Hubert, que se baten en duelo a lo largo de su vida en varias ocasiones. Por distintas razones van sobreviviendo a cada encuentro; duelos que se desarrollan de forma distinta. A caballo, a espada, breves, sangrientos. Durante el desarrollo de la trama comprobamos que, en realidad, lo que nos van contando es cómo conviven y salen adelante dos formas de vida. Lo duro, belicoso, descortés y primitivo de Feraud se enfrenta a la clase aristocrática, a la calma, a la cultura exquisita de D’Hubert. Aunque, a decir verdad, dado que el punto de vista utilizado es el de D’Hubert, el carácter y la psicología de Feraud queda algo desdibujado.
Ridley Scott, influenciado (sin duda) por la película de Stanley Kubrick, Barry Lyndon, busca encuadres con distintas iluminaciones que nos enseñen algo parecido a lo que son los lienzos de la época romántica. Esa iluminación, lógicamente, naturalista, toma especial relevancia con el uso de velas y sombras en interiores. Los exteriores repiten una idea que desde el principio, Scott, quiere hacer llegar: cómo es la relación entre los protagonistas. El fotógrafo Frank Tidy hace un trabajo espléndido.
Los personajes protagonistas son encarnados por Harvey Keitel (llegaba de un intento fallido por interpretar el papel principal en Apocalypse Now) y Keith Carradine. Ambos están muy bien dirigidos y consiguen una actuación sobresaliente.
Los duelistas es una excelente muestra del cine que se filmaba en esa época (1977) y está a la altura de las mejores películas de Scott. No dejen de prestar especial atención a cómo el director va utilizando a los personajes femeninos para que las personalidades de los duelistas vaya dibujándose con coherencia. Eso y un montaje que va en busca de lo mismo, son aspectos especialmente interesantes.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 20 2014

Captain Phillips: Los personajes por encima de todo

Tom Hanks vuelve a tenr importancia en la cartelera. Su papel en Captain Phillips es sobresaliente. En la última media hora de la película, que es la mejor, Hanks da un recital de interpretación. Ya, desde el comienzo, en el que la construcción dramática recae sobre su personaje, Hanks parece avisar de su intención, que no es otra que demostrar lo capaz que sigue siendo de enfrentarse a una cámara. Pero es, cuando la tensión narrativa se eleva al máximo, el momento en que el actor deja las cosas claras del todo sobre su enorme calidad interpretativa. El director, Paul Greengrass, tiene bastante culpa. Dirige a Hanks con mimo para poder sacar de él lo mejor. Además, mueve la cámara buscando encuadres originales y valientes. Si a todo esto se le añade un montaje sencillo y atractivo, tenemos como resultado una buena película, muy entretenida y muy bien contada.
Captain Phillips es emocionante y compensada en su composición narrativa. Cada uno de los personajes implicados en el secuestro de un carguero puede ser considerado una víctima. El director trabaja duro para que no se carguen las tintas sobre los piratas somalíes, intentando evitar que terminen siendo vistos como demonios. Tanto los piratas como la tripulación del buque asaltado están secuestrados. Por el hambre, por la falta de esperanza, por los piratas, por el miedo o por la violencia. Otra de las cosas que el director quiere dejar planteada es el trato que recibe el protagonista por parte de su gobierno. Llega a parecer más una molestia que otra cosa. Y esto nivela los lados para que el espectador tome una postura propia. Phillips es una molestia para su gobierno; los piratas lo son para el mundo entero. Pero la cosa no pasa de ahí.
El casting es estupendo. Sobre todo los actores que interpretan el papel de piratas parecen serlo. Hanks es un buen Captain Phillips. Por otra parte, ayuda el excelente trabajo de maquillaje a que esto sea así.
El guión de Captain Phillips es complicado para un director de cine. Este tipo de libretos suelen llevar a los profesionales a buscar más en la trama que en otra cosa. Sin embargo, Greengrass apuesta por los personajes, por dibujar su conflicto interno y colocarlo en el centro del conflicto general. No carga a ninguno de los personajes con un número excesivo de rasgos y con cuatro cositas logra involucrar al espectador sin grandes problemas. Para ello, se toma su tiempo y utiliza la primera hora de película creando perfiles y el clima necesario para que puedan crecer y todo quede encajado perfectamente. La credibilidad, así, es absoluta. El tempo, según avanza la acción, va aumentando en intensidad, al son de la trama que, aunque intuida antes de entrar en la sala de proyección, se hace emocionante hasta el último instante.
Buena película. Bien Hanks.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 19 2014

El juego de Ender: Chapuza sideral

Los buenos libros no suelen adaptarse bien para llevarlos a la gran pantalla. Como todo lo bueno, incluyen matices, detalles y mecanismos propios de la literatura, que no se pueden o no se saben trasladar con el mimo suficiente a los guiones. El juego de Ender, la novela, sin ser literatura profunda, es un magnífico libro que, al publicarse en 1985, fue todo un éxito por su originalidad. El juego de Ender, la película, es un tostón, un trabajo soso que confunde casi todo lo que se dice en el libro. Por ejemplo, los valores que el protagonista (Ender) maneja en la novela lucen ridículos en la película al envolverlos (el director, Gavin Hood) en lloriqueos del protagonistas. Alguien debería decir a este hombre que las cosas son emotivas, o no independientemente, de la cara de pena que ponga el actor.
La dirección actoral es pésima. Tanto los jovencitos que componen el elenco (el protagonista es Asa Butterfield y no se libra del ridículo) como el mismísimo Harrison Ford están de pena. Rígidos, inexpresivos. aburridos. Un desastre. Técnicamente, la película no está mal auqnue todo termina pareciendo un vídeojuego. Uno que aparece en durante la trama, que toma cierta importancia, y al que juega el propio Ender, no se diferencia nada del resto de la película. La sensación es que todo es lo mismo. La música es algo invasiva; se incide con ella sobre el espectador de forma descarada; parece obligatorio emocionarse o estar en tensión al ritmo de la partitura.
El guión busca más lo superficial de la trama o lo espectacular de la ciencia ficción. Los diálogos son penosos sin que se libre una sola frase. Todo resulta farragoso, irrelevante, aburrido. Todo se encuentra vacío, todo busca un entretenimiento facilón soportado en rayos láser y naves espaciales. Los que leímos la novela hace años no encontramos nada nuevo en esta adaptación cinematográfica. Lo único que se consigue con este tipo de chapuzas es que volvamos al texto original buscando el reeancuentro con eso que tanto nos gustó y que en la pantalla no se ve por ninguna parte.
Lo peor de todo es que habrá secuela con seguridad. Alguien abrirá la segunda novela de la serie y la destrozará para hacer una película de cine. Una mala película ya que, considerando que la segunda novela no es -ni mucho menos. tan buena como la primera, todo hace suponer que el trabajo será un horror.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 17 2014

Agosto: Catarsis familiar

Agosto es una obra de teatro que ha estado en cartelera en varias ciudades como Madrid y Buenos Aires, donde yo la vi. Su autor es Tracy Letts y las actrices que interpretaban a madre e hija protagonista de la historia en Buenos Aires eran nada más ni nada menos que Norma Aleandro y Mercedes Morán. Ahora se estrenó Agosto en los cines de Madrid y la veo una vez más, pero en esta ocasión en esta ciudad y a través de una pantalla, en dos dimensiones. El guionista es el mismo autor de la obra, Tracy Letts, y las mujeres protagonistas ahora son otras dos magníficas actrices: Meryl Streep, en el papel de la madre, y Julia Roberts, en el de la hija a la que me referí antes. El resto del elenco sigue pisando fuerte: Ewan McGregor, Chris Cooper y Juliette Lewis, entre otros.
Oklahoma, más de cuarenta grados centígrados de calor y un padre que se ausenta. Tres hijas que se movilizan para acompañar a su madre en esos momentos, las parejas de dos de las hijas y la hija adolescente de una de ellas; más una tía gorda, su marido y el hijo bobo. Por último, una chica que atiende las tareas de la casa, de raza india o native American. Todos alrededor de esta matriarca llamada Violet.
La película comienza con quien luego se ausenta: el padre y marido de Violet (Sam Shepard) contratando a la chica que cuidará de su esposa enferma de cáncer de boca. Y a los pocos minutos, esta Meryl Streep entra en escena, absolutamente demacrada, con una caracterización espectacular para una enferma de cáncer bajo los tratamientos de la quimio y los rayos. El padre, nostálgico, melancólico, como anunciándonos una despedida, cita a T.S. Eliot y ese plano inicial de la llanura seguido de su biblioteca se quiebra en la acidez, el cinismo y en el sarcasmo de Violet que irónica promete comportarse como una sweet sick.
Con el hombre ya ausente, los miembros de la familia se reunirán en torno a la mesa ovalada del comedor y se desatará la catarsis familiar esperable para este tipo de familias disfuncionales lideradas por una madre drogadependiente e hiriente y tres hijas con caracteres diferentes y situaciones amorosas particulares. El personaje interpretado por Julia Roberts es el de la hija de carácter fuerte, la que pone o intenta poner orden en la familia, la que acarrea con la culpa del dolor depresivo de su padre, pero también la loca, la abandonada y traicionada por su marido, la insoportable, la hostil, la que aleja a quienes más ama; la que se quedará sola, a pesar de todo y a pesar de nada. Las otras dos hermanas son, en cambio, más pasivas pero igual de independientes. Y ninguna de las tres querrá hacerse cargo de esa madre enferma y destructiva. El viaje, la mudanza a ciudades lejanas, es la alternativa de vida para cada una de ellas y ninguna renuncia a ello por la enfermedad de su madre, cosa que no nos hace pensar en ningún momento en egoísmo sino más bien en autoprotección, aunque la salvación al fin de cuentas no sea posible para nadie.
Como dice la narradora del libro La hora de la estrella de Clarice Lispector: Quién no se ha preguntado: ¿soy un monstruo o esto es ser una persona?, los personajes de Agosto también oscilan entre el lobo y el cordero, el odio y la compasión, la comprensión y la intolerancia, la honestidad y la traición, la solidaridad y el ego, la esencia y la materia. La escena en la que la madre y sus tres hijas están sentadas en el jardín, en una hamaca, escuchando un relato de la infancia de Violet narrado por ella misma, es desgarradora: la lágrima que no llega a rodar por la mejilla derecha de Meryl Streep, la mirada resentida en la interpretación de Julia Roberts, la salida de escena de Julianne Nicholson y la ingenuidad repugnante y algo patética del personaje de Juliette Lewis es una y solo una de las tantas, tantísimas escenas que hacen que salgamos de esta sala de cine devastados, agotados y compungidos. Algunas risas permiten calmarnos durante la película, respirar con más soltura, pero este es un drama, un dramón, y se siente en cada uno de los poros de la piel incluso cuando rítmicamente suena Eric Clapton.
© Del Texto: Flor Bea


ene 16 2014

La historia completa de mis fracasos sexuales: De la carcajada a pedir la hora

Los entrenadores de un equipo de fútbol, los aficionados de ese club, cuando el partido que disputa su equipo se pone cuesta arriba, comienzan a mirar el reloj y a solicitar al árbitro, con grandes aspavientos, que dé el partido por finalizado. Porque todo lo que pase, a partir de un momento determinado, será el horror o eso suponen. Curiosamente, esto suele ocurrir cuando el partido comenzó bien y se va poniendo cuesta arriba.
Pues bien, La historia completa de mis fracasos sexuales comienza de forma prometedora, con golpes muy graciosos, con la intervención de un narrador más que interesante. Pero sólo hasta la mitad de la película. Luego, todo se desmorona con rapidez y sin posibilidad de mejora. El narrador se hace previsible por reiterativo; el guión no encuentra salidas en giros argumentales que aparten de la evidencia el relato; los golpes de humor dejan de hacer gracia cuando te los muestran por tercera vez consecutiva. Y es una pena porque el documental (que no tiene ningún ánimo de parecer verosímil y encierra desde el principio la duda de lo real) es una idea más que atractiva.
Chris Waitt, el director, se presenta como un auténtico desastre en todos los aspectos. Pero lo que le preocupa es la gran cantidad de novias que han pasado por su vida sin éxito de ninguna clase. Se suma un problema de disfunción eréctil que hace de su vida un pequeño mar de dudas a las que es incapaz de contestar.
Divertidas, muy divertidas, son las reacciones de las que fueron novias de este sujeto; las contestaciones en las entrevistas que les hace el director no tienen desperdicio. Aparece en pantalla la madre de Waitt haciendo de madre y aportando una visión femenina al problema (del lado más próximo al desastroso director). Pero llegado el momento de la verdad, cuando el trabajo tiene que definirse, todo se ancla en un lugar cómodo e irrelevante. La inteligencia, la ironía, el ingenio o lo original se queda en los primeros cuarenta minutos a la espera de un aprovechamiento que no llega nunca.
El documental se puede ver y pasar un rato aceptable. Pero si el espectador busca seriedad en las respuestas, profundidad en la investigación o algo que se le parezca, mejor que dedique su tiempo a otra cosa. Aquí, lo que encontrará es a un rubio con cara de colgado que intenta materializar una idea transgresora y original sin demasiado éxito.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 15 2014

Carrie: Un calco

Cuando un aficionado acude al cine para ver un remake, espera que al salir de allí, algo nuevo se lleve en la memoria. Las opciones, siendo algo reduccionista son: la nueva versión es algo novedoso que, aun contando la misma historia, logra aportar cosas desde el punto de vista narrativo y técnico; la nueva versión es la misma cosa que el original con ciertos toques de autor y se hace prescindible; la nueva versión es lo mismo y la novedad es que una buena historia original la han convertido en un peñazo.
Carrie, película firmada por Kimberly Pierce, se encuadra en la segunda de las opciones. Es la misma Carrie de Brian de Palma (1976) con un aire más sosegado, un toque humanista algo más potente que en la original. Pero, por el contrario, la forma de narrar del maestro De Palma se pierde. El resultado es que la sensación de repetición, sin un sentido claro, se impone con fuerza. Pierce trata de modernizar la trama incluyendo aspectos tecnológicos que sólo actualizan la escena mínimamente. Que aparezcan móviles e Internet no dan un toque moderno. Los efectos especiales son buenos aunque eso, en los tiempos que corren ya no suman. Un mal uso sí que resta, pero el uso correcto de descuenta antes de empezar.
Chloë Grace Moretz, sin ser mala actriz, no es Sissy Spacek. El rostro de Spacek era el de alguien completamente poseido por un estado de ánimo extraordinario. El de Chloë Grace Moretz es el de una mujer de muy mala leche. Además, cuando llega el momento de la fiesta, la belleza de la nueva Carrie pone en duda parte de las motivaciones de un personaje que en el libreto original es visto con rareza por todos y en todos los sentidos, incluido el físico. Por su parte, Julianne Moore defiende su papel con solvencia, sin despeinarse. Entre otras cosas porque su personaje se queda sin explotar, no se le exprime lo que cabría esperar (en la novela de King se le saca un partido asombroso) y, así, el trabajo se hace más llevadero.
Para el que no conozca la primera versión, esta de Kimberly Pierce, puede ser que cuele. El guión de Roberto Aguirre-Sacasa y Lawrence D. Cohen se ajusta al que ya filmó De Palma y funciona bien. Es cine que deja entrever alguna calidad. Pero para el que ya pudo disfrutar de la Carrie original sentirá algo de decepción. No siempre basta con hacer las cosas con corrección. Si la idea es partir de algo ya realizado el objetivo es llegar a más. ¿Por qué alguien querría ver una película que se sabe de cabo a rabo y no que no le fuera aportar algo más? Pues eso.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 14 2014

El lobo de Wall Street: Las entrañas de lo odioso

Codicia, falta de escrúpulos, sexo, drogas, infidelidades, violencia, dinero, estafa. Todo dentro de la coctelera apropiada (en este caso el recipiente es Jordan Belfort y su mundo) y voilà, tenemos los mimbres necesarios para conseguir algo que merezca la pena. Le entregamos una copia de la novela de Belfort a un maestro, Martin Scorsese, que le dice a otro lo que tiene que hacer y cómo, Leonardo DiCaprio, y, otra vez, voilà. Añadimos un buen reparto, una banda sonora espectacular; fotografiamos todo con gusto y, por si era poco, elegimos un punto de vista (el de Belfort personaje) con toques originales y modernos, haciendo que, incluso, llegue a dialogar con el espectador como si tal cosa. Ahora sí, con todos los ingredientes en su lugar exacto, tenemos una película transgresora, loca, rompedora, muy bien contada y convertida en un ataque directo a las entrañas del mundo financiero de Wall Street. Una excelente película. Un enorme voilà cinematográfico.
Después de ver El lobo de Wall Street, alguien podría llegar a pensar que el trabajo de Scorsese es un homenaje a este tipo de vidas desenfrenadas, disparatadas y ajenas a la realidad. La sensación pudiera ser esa. Aunque la grandeza de la película reside en la elección del narrador y en la apuesta por definir esa figura y su mundo. Lo que vemos es lo que ve el protagonista. Él, su universo. Por ejemplo, no sabemos nada de cómo afecta cada estafa a las víctimas de Belfort y su gente. Tan sólo sabemos que eso es dinero, sexo, drogas y todo tipo de excentricidades para los estafadores. Ese es el mundo del protagonista; eso es lo que el vive, nada hay más allá. Por supuesto, no hay apología alguna. El sarcasmo, el patetismo y la repulsa están en cada fotograma por divertido que sea. Cualquier otra cosa formaría parte de otra película distinta.
La dirección de Martin Scorsese es impetuosa, arriesgada, moderna. Deja que los actores disfruten y saquen lo mejor de sí mismos. Es astuto con el narrador y con el montaje alternando registros que funcionan rompiendo la marcha normal del relato.
Leonardo DiCaprio se convierte en Jordan Belfort desde la primera escena. Del mismo modo que otras veces no logró deshacerse de sus personajes antiguos, de su cara de niño, esta vez, DiCaprio llena la pantalla dejando claro que él y su personaje están en la misma sintonía. Son el uno para el otro. Fantástico el trabajo de este hombre; posiblemente de Óscar. Jonah Hill está muy divertido, loco, desmadrado aunque se contiene lo suficiente como para no ser histriónico. Su personaje termina siendo un contrapunto perfecto para el de DiCaprio. Matthew McConaughey, aunque con un papel corto, defiende lo suyo con gracia y solvencia; entre otras cosas, gracias al maquillaje y a la peluquería puesto que son perfectas.
La trama es un disparate. Pero un disparate que, aunque nos provoca risas y alborozo, nos termina enseñando lo peor de un mundo (tal vez lo único que tiene dentro) odioso, cruel y peligroso. Un mundo que podría ser una invención absurda en la que están instalados muchos profesionales que especulan con el futuro del planeta entero.
La partitura de Howard Shore está en consonancia con todo lo demás (tienen una muestra debajo de este texto). Y el fotógrafo Rodrigo Prieto deja un trabajo de excelente factura.
Para ver la película, conviene dejar los prejuicios en el hall del cine. Y, de paso, el puritanismo si es que alguien lo lleva a cuestas.
Esta película es salvaje, frívola en algunas ocasiones, descarada, electrizante y, también, demoledora. No se les ocurra ver El lobo de Wall Street en versión doblada. Me temo que va a peder la gracia en todos los sentidos.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 13 2014

La vida secreta de Walter Mitty: Perdido entre algodón de azucar

Desenfocada y algo perdida. Así resulta la película de Ben Stiller. Del todo curioso cuando la verdadera protagonista de la trama es una fotografía (concretamente un negativo perdido) y todo el trabajo, todo el conjunto que forma el producto final, se soporta sobre una excelente labor fotográfica. Stuart Dryburgh presenta un trabajo de excelente factura. El que escribe hacía mucho tiempo que no disfrutaba con algo de estas características.
Ben Stiller se pierde junto a su personaje, al personaje que él mismo interpreta. Walter Mitty sueña, a Walter se le va la cabeza entre imaginaciones extraordinarias que van configurando un universo a su medida. Y Stiller pierde la perspectiva con tanto juego entre ficción y realidad, con tanta sensatez mezclada con un surrealismo algo enlatado y manoseado, con tanto aderezo humorístico de una inocencia desproporcionada. Un texto (bueno) se convierte en una fábula -sin interés alguno- en el momento en que la perfección melosa y extravagante de un mundo se apodera de cada fotograma.
Además de la excelente fotografía, la película tiene cosas buenas. Si no fuera así, después de la gran inversión que se ha realizado, sería de juzgado de guardia. La banda sonora es muy atractiva. Escuchar a David Bowie cantando A Space Oddity ya es una garantía por sí msimo y merece la pena (un placer algo caro si va sólo y teniendo en cuenta el precio de la entrada). El montaje, aunque sin grandes novedades, resulta atractivo y ahorra al espectador parte de la trama que se haría pesada por innecesaria. La belleza plástica de una puesta en escena muy elegante, suma. Y algunos golpes humorísticos que hacen sonreír son de agradecer.
La Vida Secreta de Walter Mitty toca, tangencialemente, el dolor de la crisis, el dolor del desamor, el dolor de crecer y dejar la niñez atrás, el dolor de la soledad en una sociedad llena de idiotas que están a los mandos. Pero de refilón, sin querer encontrar problemas que rebajen el tono edulcorado de la película.
Ben Stiller no se anda con miramientos cuando ataca el mensaje principal. Todo es posible si uno lo quiere conseguir; el trabajo, cualquier vida, tiene su recompensa y la vida merece la pena. Les podrá parecer poco a alguno de ustedes. Y es que lo es. Poco y sobado.
Ahora sí, la película se deja ver. Conectando el modo voy a pasar un buen rato que para eso he pagado una pasta puede resultar entretenida. Pero ya les advierto que no deben desconectar el piloto automático. Un desierto de dudas se presentaría ante ustedes y cruzarlo no merece la pena.
© Del Texto: Nirek Sabal