dic 30 2013

Lluvia de albóndigas 2: Entretenimiento en Navidad

Los estrenos de películas de animación, en navidad, son todo un clásico. Del mismo modo que la ilusión de los niños se centra, de forma natural, en Papá Noel o en los Reyes Magos de Oriente; la atención (son muchos los días de vacaciones y poco el tiempo que tenemos los padres y menos la paciencia) procuramos que se centre, de forma artificial e interesada, en el cine o cualquier otro tipo de entretenimiento.
El guión de Lluvia de albóndigas 2 es flojito. No se han estrujado los sesos los guionistas. Ya está mil veces contado y no tiene un mínimo de profundidad (es bueno recordar que los niños no son tontos y que no hay razón alguna para tratarlos como tal). Pero, a cambio, el trabajo de animación es excelente, algunas escenas son divertidísimas y el ritmo no deja respiro al espectador. La hora y media de película se pasa volando entre foodanimals originales con nombres originales.
Lluvia de albóndigas 2 tiene como base de su diseño la serie de películas Jurassic Park. Decir que es un guiño es quedarse muy corto. Algunas secuencias son, prácticamente, iguales. Cambias el T. Rex por una hamburguesa con pinta de asesina y listo. O cualquier otro dinosaurio por cualquier otra fruta o verdura. Lo que si hay es un guiño a King Kong (llegada a la isla en barco) y a Avatar (por el colorido, alguna conversación de los personajes y algunas escenas finales).
Esta vez, el inventor Flint Lockwoods es fichado por su ídolo Chester V para acabar con lo que quedó de su invento desperdigado en su isla. La película comienza con un prólogo que nos sitúa justo al final de la película original. Flint se verá acompañado por sus amigos. El villano, Chester V, por Barb; una orangután con celebro humano y femenino que puede ser manipuladora, maliciosa y retorcida. Pero que nadie se enfade. Esto es animación para niños y la cosa se endereza. Las pocas sorpresas de las que disfruta el espectador se encuentran en la isla y en forma de ingenio en el diseño de los foodanimals. En el argumento no busquen. No hay sorpresa alguna.
En cualquier caso, la película es muy entretenida. Desde luego, los niños disfrutan mucho. No tanto los mayores. Aunque estos últimos deberían saber que eso no supone, de ninguna de las maneras, que puedan contestar las llamadas telefónicas (dos butacas más allá, una mujer parecía estar en casa atendiendo compromisos sociales), ni es razón para permitir que los niños griten, hablen o vayan de aquí para allá dando el coñazo. Tal vez deberían realizar una prueba de buena educación antes de entrar en una sala de proyección. Resulta desagradable convivir con gente así.
En fin, si piensan ver la película (es una buena opción para pasar el rato) no esperen al DVD. En formato casero perderá mucho.
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 27 2013

Vidas pequeñas: Refugios

En la misma línea de lo que hizo Altman al adaptar el libro de relatos de Raymond Carver (Vidas cruzadas), Enrique Gabriel propone una reflexión sobre la dureza de la exclusión y autoexclusión social en época de crisis.
Esta película comenzó a rodarse, curiosamente, cuando a los políticos se les llenaba la boca diciendo que España era un festival de luz y de color. Hubo muchos problemas de financiación y el rodaje se alargó hasta que la crisis ya era reina y señora en España y el resto del mundo.
Nos cuentan, desde un guión sólido, bien desarrollado y con un ritmo notable, una serie de historias que se entremezclan y convierten la película en una historia coral (aquí es donde encuentra su parecido con el trabajo de Altman). Si bien las dificultades y la dureza de la vida está presente en cada secuencia, una lectura más profunda hace que todo tome un sentido hondo e importante. Porque descubrimos, poco a poco, que la forma de afrontar los problemas, en situación de clara desventaja social y económica, es encontrar un refugio; el que podemos, el que tenemos a mano, el que improvisamos o estuvimos preparando durante años. Vemos al hombre que rehusa y crea un personaje en el que deja de ser; el escritor que busca el cobijo del olvido y de la pasividad porque su éxito era un fraude; el ir y venir buscando zonas menos dolorosas; el recuerdo como guarida. Son muchos los refugios; tantos como vidas pequeñas; tantos como personas. Es este otro asunto que quiere ventilar el director: todos somos personas, sin excepción.
La fotografía de David Carretero es espléndida. Muchas de las escenas se convierten en claras alegorías que hablan de la crueldad social, de lo papanatas que podemos llegar a ser cuando dedicamos todos nuestros esfuerzos a mirar a otro lado. Exquisita, de verdad.
El reparto está a una altura muy considerable. Se une una dirección actoral que busca y encuentra lo mejor de cada actor. Alicia Borrachero y Ana Fernández defienden sus papeles con uñas y dientes. Están imponentes las dos. Y el resto del reparto, igual. Tal vez, Roberto Enríquez es el que está más flojo. Este actor debería entender que delante de una cámara no puedes parecer un marmolillo. Emilio Gutiérrez Caba y Ángela Molina llenan la pantalla con papeles cortos que se convierten en el anclaje de la trama para que encuentre un último sentido. Son tan buenos actores que consiguen cosas así. Las protagonistas están espléndidas y ellos les comen el terreno con papeles secundarios.
El vestuario y la peluquería y el maquillaje cumplen con creces. El trabajo que hacen las maquilladoras con Alicia Borrachero debería ponerse de ejemplo en los manuales de las escuelas de maquillaje. El montaje es inteligente y permite al espectador seguir la trama sin problemas a pesar de la gran cantidad de personajes y tramas tangenciales.
Es una pena que películas como esta no cuenten con el apoyo financiero suficiente, ni con campañas de promoción a la altura del producto. Pasan medio desapercibidas por los cines y son muchos los que ni se enteran de su existencia. Una verdadera lástima.
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 23 2013

The Berlin File: Bourne con los ojos rasgados

Bourne ha dejado una enorme huella en el cine de espionaje. Fue una forma de narrar con personalidad propia, muy efectiva y más que suculenta. Tanto es así que muchos tratan o tratarán de arrimarse a esta forma de hacer cine buscando un hueco en las pantallas.
Ryoo Seung-wan es un director surcoreano que quiere hacer cosas y procura hacerlas bien. Sabe mover la cámara para que esté, siempre, en un lugar privilegiado; sabe aprovechar los medio técnicos hasta exprimirlos. Pero escribiendo guiones es bastante más normalito. Al menos, todo esto es lo que se deja ver tras The Berlin File. Aunque intenta solucionar lo farragoso del relato con un montaje que va y viene en el tiempo narrativo (respetando los tempos bastante bien), no logra evitar cierta confusión en el espectador. Es necesario no confundir lo complejo con lo confuso. Esta no es una película compleja. Es confusa, un auténtico lío en algunos tramos de la narración. Las escenas de acción -muchas de ellas- son espectaculares y están muy bien rodadas. Las coreografías son exquisitas aunque los occidentales tendremos algún problema para poder reconocer a los personajes vestidos (todos) de negro (a ellos les pasa lo mismo con nosotros, que nadie se alarme) por lo que hay que estar muy atento a la pantalla.
Los villanos se mueven gracias a motivaciones que recuerdan mucho a las de los malísimos contra los que luchaba James Bond. Aunque, en realidad, en esta película todos son villanos. Por una cosa u otra todos lo son, algo que aporta un sabor especial a la película.
Uno de los problemas del guión es la gran cantidad de ingredientes que utiliza el director. CIA, servicios secretos surcoreanos; los norcoreanos, también; los judíos que aparecen por allí repartiendo de todo menos madalenas, la policía alemana que nunca está, comandos árabes, un traficante de armas ruso. En fin no falta nadie y eso hay que saber manejarlo para que la cosa salga bien.
A pesar de todo, a pesar de contener secuencias casi idénticas a las de Bourne, a pesar de tener que dar explicaciones cada tres minutos para que el espectador se entere de lo que sucede; The Berlin File termina funcionando razonablemente bien. Los actores no hacen gala de lo que en occidente entendemos como histrionismo y se agradece, la trama se cierra con corrección (huele a secuela) y toma sentido, por lo que se perdonan los errores que no son pocos. Esta es una película de entretenimiento con una trama superficial y previsible. Otros trabajos que arrastran algo así son tachadas de paquete inmediatamente y con razón. The Berlin File se libra por los pelos si consideramos lo bueno (que es bastante).
De lo tendenciosa que resulta con los norcoreanos, a los que pinta como si fueran demonios; con los árabes que se representan como un grupo de locos armados; con los israelitas que se dibujan desde el egoísmo y la falta de solidaridad o con los los chicos de la CIA que aparecen como vulgares y fantasmas; de eso no hablamos por no empeorar las cosas.
Película entretenida que no soporta un análisis narrativo serio, bien dirigida y soportada sobre un guión confuso. Técnicamente impecable. Una opción como otra cualquiera para pasar la tarde.
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 20 2013

Adiós, muñeca (Farewell my lovely): Novela negra en imágenes

Las novelas de Raymond Chandler retrataron una sociedad norteamericana deprimida, sucia, a la espera de tiempos mejores. Una de las características fundamentales de sus novelas es la forma de retratar a los personajes; muy cercana a la caricatura. Eso y la aparición de algunos arquetipos en cada uno de los textos. Un detective privado que mira el mundo desde el hastío y la ironía; una mujer fatal que hace que todo derive hasta lugares extraños y violentos, personas sin escrúpulos, amigos incondicionales, policías y políticos corruptos, asesinos capaces de acabar con una vida sin pestañear.
Pues bien, el realizador Dick Richards se pliega a ese concepto narrativo en su trabajo Adiós, muñeca (Farewell my lovely). Intenta plasmar el universo de Chandler con todo lujo de detalles. La estética de la película está muy cerca de la depresión constante, de la oscuridad perpetua (la fotografía de John A. Alonzo es estupenda y procura que todo se vea inundado por esas sombras que convierten las imágenes en una losa opresiva y triste). Incluso la elección de los actores y actrices se ve cuidada al máximo para que nada desentone con ese clima. Un maduro Robert Mitchum encarna al detective Phillip Marlowe. Sobrio en su trabajo. No puede disimular los años y ese aire de decadencia que la falta de luz imprime a un rostro lleno de arrugas, cansado. Silvia Miles está espléndida. Representa el final de una etapa a la que nadie se termina de acostumbrar, un presente convertido en un pozo no deseado ni esperado. El maquillaje y el vestuario de la señora Miles luce extraordinario. Charlotte Rampling y Jack O’Halloran están correctos.
El guión de David Zelay Goodman adapta la novela de Raymond Chandler y lo hace arrimado a lo literario. Es decir, toma de la novela algunas frases, algunas frases del narrador que son literales o casi. Desde el principio la voz en off del detective que es el punto de vista elegido por el director, acompaña la acción. El efecto es de impostura, pero estamos hablando de cine negro y estas cosas, bien insertadas y bien acompañadas, logran funcionar bien.
La trama es muy entretenida y el final algo previsible. Sobre todo para los aficionados a este género. El esquema es conocido de sobra. Resulta una película muy agradable para el espectador.
Adiós, muñeca es una buena película, está llena de momentos atractivos y se presenta bien dirigida. La actuación de Silvia Miles es ya una razón para tener que echar un vistazo al trabajo.
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 17 2013

El Hobbit (La desolación de Smaug): Destrozo

Adaptar una novela al cine tiene su complicación; hacerlo bien es un trabajo muy difícil. Pero hacer lo que a uno le da la gana con un original es, al contrario de lo que se suele pensar, el más difícil de los retos. Primero porque, seguramente, los que conocen la obra te pedirán explicaciones; les parecerá una especie de sacrilegio o, al menos, una estafa eso de utilizar una novela para hacer lo que crea conveniente el primero que pasa por allí. Y, segundo, cuando  alguien hace lo que le viene en gana es imprescindible que lo haga bien. Destrozar una novela para dejar el guión lleno de baches, de personajes sin desarrollar y que no pintan nada, de incoherencias y, por si esto era poco, de episodios que buscan un ritmo injustificable; no se puede perdonar.
El Hobbit: la desolación de Smaug es una película con muchos problemas. Desde una banda sonora invasiva y casi ridícula (Gandalf sube unas escaleras y la partitura parece escrita pensando en el momento cumbre del cine mundial. Gandalf no va camino de la gloria ni nada de eso, por supuesto) hasta el exceso de metraje que se justifica con la inclusión de personajes sin alma. Al espectador que quiera ver la película con atención, les causará cierta alarma que en una secuencia como la de Bilbo junto al dragón (excelente en su factura y, seguramente, lo mejor del trabajo) ocurran cosas absurdas. Smaug puede percibir a Bilbo mientras se esconde tras el poder de su anillo. Vale. Pero cuando el dragón tiene a un puñado de enanos justo debajo de él, no se entera de nada y parece buscar en cualquier otro lugar.
Todo lo que plantea Peter Jackson es un conjunto de episodios que se resuelven sobre la marcha. Nada de dejar plantada información que más tarde servirá para que el desarrollo de la trama sea fluido y hondo. Aquí te pillo y aquí te mato. Hablando de matar, eso es lo que hacen los elfos (Légolas y Tauriel). Jackson nos los coloca intentando un clima alejadísimo del espíritu de la novela y sin tener en cuenta que esto no es lo mismo que El señor de los anillos. Tauriel, la elfa, está encarnada por una impecable Evangeline Lilly y Légolas, nuestro Légolas de siempre, por Orlando Bloom.
¿Y el hobbit? Pues a este pobre le olvida Jackson y casi consigue que lo hagamos los demás. Pinta poco o nada hasta que aparece el dragón.
La palma se la llevan, no obstante, otros personajes. Bard que quiere ser el Aragorn de El señor de los anillos y no le llega ni a la altura del betún; el gobernador y su asesor que tratan de ser Saruman y Grima quedándose en una caricatura, los propios elfos que nos intentan colar de rondón. En fin, los personajes que Jackson se saca de la manga o procura magnificar no funcionan en ningún sentido.
La película se hace muy, muy, larga. Demasiados minutos para lo que se cuenta. Un exceso que no se ve recompensado con el despliegue técnico que, aun siendo impecable, parece más un vídeojuego que una película de cine y el cine es otra cosa. Todo se enrosca sobre sí mismo buscando una excelencia que no llega; todo se hace excesivo cuando el espectador mira atónito cómo un elfo hace surf al mismo tiempo que liquida a un ejército de orcos; todo chirría cuando vemos una ciudad en la que todo se sabe aunque los orcos pueden transitar por allí sin que se entere ni Blas. Demasiada incongruencia a cambio de diseños digitales. Lo mejor, el dragón. Y la belleza de Evangeline Lilly.
En fin flojita y pesada. Si la primera parte fue divertida (al menos era eso) esta es un producto comercial con todos los defectos que eso supone amplificados por una avidez excesiva al buscar caja. Un producto barragoso e inútil. Difícil de solucionar aunque resten otras tres horas de lo que se podía contar en dos horitas (en total).
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 11 2013

Doce hombres sin piedad (12 Angry men): Prohibido juzgar

Todos nosotros llevamos encima una mochila que va llenándose a medida que pasan los años, a medida que vamos teniendo experiencias. Todos sin excepción. Los equipajes pueden ser diversos. Buenas vivencias, malas o regulares. Rencores, amores, filias y fobias. Pero, también, en esa mochila, se encuentra todo aquello de lo que no podemos sentirnos orgullosos; todo lo que, en mayor o menor medida, rebaja nuestra catadura moral. ¿Quién puede juzgar a otro cuando la mochila arrastrada pesa? ¿Podemos condenar a otros aplicando el sentido común y la objetividad y sólo eso? Lanzar la primera piedra está al alcance de muy pocos.
Doce hombres sin piedad (12 Angry men), película dirigida por Sidney Lumet, habla de todo esto a través de una propuesta simple y, quizás, teatral en exceso. Además, se cuestiona el funcionamiento del sistema judicial norteamericano y es una película que se enfrenta con la pena de muerte de forma clara y rotunda.
Es una adaptación de la obra teatral de Reginald Rose (guionista de la película). Por ello, Lumet arrastra algún condicionante de más que no estropea el trabajo aunque hace que rechine en algún tramo. El director le echa una buena dosis de profesionalidad e intenta resolver este inconveniente generando un clima opresivo que va apareciendo con los primeros planos de los personajes llenos de crispación, de necesidad, de venganza o desidia, que presentan esos hombres encerrados en la sala del juzgado. Allí se decide si un ser humano es un asesino y si morirá en la silla eléctrica. La cámara muestra planos generales para que los personajes puedan moverse dependiendo de lo que piensan o de la evolución que van sufriendo.
El guión está lleno de frases brillantes que ahondan en las cuestiones que Lumet quiere ventilar, que aportan un sentido profundo a la acción. Además, logra que la tensión argumental se eleve con fuerza incluyendo giros argumentales que la hacen avanzar y logra una evolución en los personajes que soportará gran parte de la propuesta. Se dosifican muy bien los picos de carga dramática.
La moral se trata desde el soporte de la duda. Este es un recurso que siempre ha dado mucho juego en el cine y en la literatura puesto que impregna de matices misteriosos toda la trama. Todo, por muy evidente que parezca, pudiera tener aristas que modificaran las distintas percepciones. Desde aquí se trabaja para que el guión tome importancia y sentido. Lumet agarra los ingredientes y sale airoso del conflicto puesto que reparte bien los encuadres entre los doce personajes así como del conjunto que forman para que veamos cómo el guión modifica a cada sujeto, al grupo.
Henry Fonda interpreta el papel protagonista. Sobrio, algo rígido a veces, encorsetado en algún tramo de la película. Pero encaja bien en el resto del conjunto. El resto de actores (todos varones) pasan bien la prueba. A decir verdad, ninguno de los papeles es exigente con el trabajo actoral.
Doce hombres sin piedad es una muy buena película con lugar propio entre los clásicos de culto. Actualmente, sigue funcionando bien puesto que la vejez no le ha sentado del todo mal. En el buen cine de antes predominaba lo que se quería contar sobre la forma de hacerlo. Los alardes técnicos eran pura cosmética y nunca la razón última por la que se hacía cine. El cine, además de ser espectáculo, es la representación de un mundo que nos explica la realidad. Dicho así, la cosa parece sencilla. Sin embargo, para que eso no ocurra, el sentido último tiene que ser potente y ser el centro de un universo que tiene de vida un par de horas.
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 9 2013

Gravity: Lo espectacular por encima de lo importante

El espectáculo visual que nos deja esta película es extraordinario. Eso es algo que nadie puede discutir. Los efectos visuales y especiales resultan asonmbrosos. La fotografía de Emmanuel Lubezki es impecable. Y todo ello resulta tan enorme que acaba con el resto, con lo poco que hay.
En una primera media hora, muy bien narrada, impetuosa e impactante, a más no poder, Alfonso Cuarón logra meter al espectador hasta la cocina de su trabajo. Buen ritmo narrativo, primeros trazos de los personajes que nos colocan ante ellos con cierto interés. Todo muy bien. Pero el guión carece de profundidad, de la carga dramática mínima que se pide en estas ocasiones y, por ello, los personajes comienzan a desdibujarse (lo que se intenta colocar como conflicto interno en el caso del personaje que encarna Sandra Bullock resulta insignificante y forzado), el ritmo se estanca y va perdiendo músculo. Todo comienza a ser previsible; el espacio se hace monótono a pesar de las explosiones y de los vuelos sin control de astronautas, naves y trozos de satélites; y la trama pasa a ser inverosímil, casi ridícula. Mientras, los alardes técnicos siguen su curso. Fabulosos. Llegamos al final sabiendo (desde demasiado pronto) que tiene que ser ese y no otro. La técnica por encima de la trama, de los personajes; algo que puede funcionar durante un rato, sólo un ratito. Gravity se queda a mitad de camino. Es justo decir que el camino es muy largo y quedar a medias no es ningún desastre. La película se deja ver y embelesa a ratos.
El guión contiene frases más propias de un corto realizado por un estudiante que de una superproducción. Todo gira alrededor de la idea de superación, de la necesidad de aguantar carros y carretas pase lo que pase. Una idea sobada y facilona. El guión contiene, también, algunas cosas que resultan incómodas por simplonas. El momento en el que el personaje de George Clooney decide ser un gran héroe, es un pastelón cercano a escenas conocidísimas de otras películas (¿recuerdan Titanic?). La película, pasada esa primera media hora a la que me refería, va de tópico en tópico y de imposible en imposible.
George Clooney hace de astronauta en medio del espacio. Eso quiere decir que le vemos el rostro y ya (salvo una escena en la que se sienta y puede hacer algún gesto, algún ademán). La que sí tiene más trabajo es Sandra Bullock. Aunque no hace nada del otro mundo puesto que el papel no es nada exigente. Está correcta aunque, tal y como está el patio, igual le dan el Óscar.
Ahora bien, Gravity es un gran espectáculo. Eso es verdad. Uno se queda boquiabierto con lo que ve. Otra cosa es que te dé por pensar sobre eso que se ve. La película soporta peor el análisis que la mirada atónita por parte de los espectadores.
De un tiempo a esta parte, parece que la importancia de la técnica se está imponiendo al resto de elementos que configuran una película. Y el cine requiere, como cualquier otra forma de manifestación artística, un fuerte equilibrio entre sus partes. No parece que este se el mejor de los caminos. Por mucha cultura de la imagen que estemos asumiendo, por mucho 3D impresionante, si no hay una buena historia que contar, la cosa no funcionará del todo.
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 6 2013

Navidad Circo Price (Madrid): El circo ha llegado a la ciudad

A pesar de todo, el circo ha llegado a la ciudad. Y, con él, la magia en estado puro.
Tal vez esta sea una frase de entrada que encajaría mejor en el último tramo del texto. Tal vez. Pero prefiero comenzar con ella para evitar despistes. Hay demasiadas cosas en el Madrid actual que no nos permite ver más allá de la realidad y nos empaña cualquier forma de halago, cualquier crónica de lo bello, lo divertido, lo entrañable o, en definitiva, lo mágico.
El Circo Price presentó ayer su nuevo espectáculo. Un buen espectáculo. Podría parecer que decir esto es poca cosa, pero dadas las circunstancias (la falta de presupuestos, los pocos recursos de los que disponen los ciudadanos para gastar en tiempo libre y ocio) es mucho. Falta alguna cosa, se echa en falta un número que tire de espaldas al espectador. Tal vez, incluso falta algún número más que alargue el tiempo; pero es un buen espectáculo. Es circo.
Destaca la dirección artística de Jesús Silva “Suso”; su gusto por mezclar el circo de siempre con el concepto nuevo. Destacan los Rampin Brothers por sus ganas de agradar, por venirse arriba si las cosas no son perfectas y por el oficio que pesa en su adn. Destaca la entrega del público madrileño que, seguramente, harto de tanta huelga, de tanto impuesto y de tanto Madrid, entra en el circo para vivir un tiempo auténtico, rebosante de buen rollo. Un tiempo único reservado para lo fantástico.
El circo es volver a ser niño; es marcar la experiencia con una equis brillante que te haga recordar a tus padres dando palmas y sonriendo; es ese rato que vives pudiendo olvidar que la realidad espera un poco más allá. El circo es eso que nos lleva a pensar que el tiempo puede extenderse o recogerse tanto como queramos. El circo es la varita mágica que nos gustaría tener siempre a mano para fabricar deseos improbables.
El que escribe tuvo una relación con el circo muy intensa. Desde niño he tenido el privilegio de conocer ese mundo desde las mismas entrañas. Una tía trapecista da mucho de sí (trabajó en el viejo Circo Price durante mucho tiempo). Los hermanos Tonetti me tuvieron sobre las rodillas para hacerme reír (se llevaban algún coscorrón de parte de la trapecista cuando decían tacos, es decir, casi siempre). Asistieron a mi bautizo que tardó en llegar tanto como el Circo Price a Toledo. Pude ver las fieras de cerca (no me daban miedo porque me miraban con una tristeza infinita y cuando les hablaba rugían muy bajito), a los contorsionistas después de actuar (discutían cada vez que terminaban su número por los errores de uno y otro; eran pareja y se enfurecían muchísimo, pero siempre les terminaba viendo abrazados), al primer domador de osos de la historia que era un barbudo enorme al que le arrancó un brazo un animal durante su primera función, a los payasos que se maquillaban y me pintaban la nariz una y mil veces. Así lo puedo recordar y no me pregunto sobre la verdad. Al fin y al cabo era un niño y los niños entienden el mundo como les da la gana. Y cuando el circo llega a la ciudad (ahora lo ha hecho y se ha plantado en el centro de Madrid) los recuerdos vuelven para instalarse de nuevo del mismo modo que se grabaron.
El espectáculo del Circo Price es entrañable. Tal vez hay un pequeño exceso de saltos y músculo. Pero, sólo, tal vez. Quizás el conjunto quede algo desigual; no parece que todo case. Pero ¡es tan bonito ver algo así! Puestos a ser exquisitos, podríamos sacar alguna pega más. Como si miramos a izquierda o derecha. Pero no, no puede ser porque lo importante de todo esto es que lo mágico no hace ese tipo de prisioneros. La magia, magia es.
Números como el del payaso Edek, que tiene a la grada dando palmas y riendo más de cinco minutos sin parar, es lo que necesitamos. ¿Hay payasos mejores? Claro que sí, pero Edek se convierte durante un par de horas en nuestro payaso, en el que nos hace reír. Nos olvidamos de los mejores. Y es bueno. Tampoco lo somos nosotros.
Por cierto, las bailarinas (guapas y simpáticas a más no poder) están estupendas haciendo lo que les han pedido. A veces, no nos acordamos de estas cosas hablando de lo más notorio. El espectáculo sin ellas no sería lo mismo. Ni sin la dulzura de Sara Silva que sirve de nexo potente con el público más menudo.
A pesar de todo, el circo ha llegado a la ciudad. Y, con él, la magia en estado puro. Y eso es lo importante. En tiempos como los actuales nada puede aliviar tanto y tan bien nuestra parte irritada, exhausta y gris. Vayan al Circo Price porque lo agradecerán. Se lo garantizo.
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 3 2013

La escafandra y la mariposa: El agua y el aire

Todos tenemos un cuerpo. Y nunca terminamos de decidirnos si nos importa o no nos importa el cuerpo (¿cómo?, ¿qué? Pero… ¿de qué estamos hablando?, ¿salud?, ¿estética? No sé, no sé…). Lo mezclamos, nos mezclamos, nos confundimos. Nos esmeramos por separar apariencia de esencia, follar de hacer el amor, ser de parecer, y somos hipócritas o animales. Narcisistas mentirosos o algo mucho peor: seres humanos.
Lacan, en El estadio del espejo, dice que el sujeto infante-lactante asume su imagen ante el espejo mucho antes de perder su impotencia motriz, su dependencia de la lactancia, de adquirir lenguaje y por lo tanto, antes de asumir su función de sujeto que le permitirá objetivarse en la dialéctica de la identificación con el otro. Vamos, o sea: no puedes hacer nada, pero puedes verte reflejado en un espejo porque el yo se determina mucho antes de su determinación social. Pero luego entra lo simbólico al cuerpo, por eso no somos animales. El cuerpo (parecer) se une con la identidad de un sujeto (ser) y entonces ya sí, el psicoanálisis nos habla de narcisismo y de goce. Y asegura: no hay cuerpo sin sujeto. Vale, vale, entendido, pero… ¿hay algo parecido a sujeto sin cuerpo?
Mejor hablemos de cine: hay películas que son poéticas desde su título. Suele suceder con aquellos títulos que son en sí mismos metáforas de eso que tratará la película. La escafandra y la mariposa es una de ellas.
Una escafandra es un traje que al mismo tiempo que aísla perfectamente del espacio exterior (acuático), permite respirar y ver. Una mariposa es el vuelo, la libertad, la movilidad. La escafandra y la mariposa, el agua y el aire, el ser contenido y el ser suelto.
En estas dualidades habita el personaje de la película de Julian Schnabel.
Un empresario, editor de la revista Elle, sufre un día un accidente que lo deja cuadripléjico. Despierta, tiempo después del coma, en un hospital y debe comenzar su nueva y diferente vida allí. Una vida en la que ya no cuenta con un cuerpo. Ahora el cuerpo es solo un envoltorio de los órganos. Jean-Do solo ve y respira (lo mismo que permite hacer una escafandra). Su cuerpo es un traje, su cuerpo es una escafandra. Pero su actividad cerebral está intacta. Entonces Jean-Do también fantasea, piensa, siente, desea y sueña. Su mente es el vuelo, su mente es la mariposa.
Ayudado por un alfabeto que diseña una de las doctoras que lo cuida, Jean-Do logra dictarle a una mujer que contratan especialmente para esto, el libro que quiere escribir. Es el libro sobre su vida, sobre su condena al cuerpo y su libertad de mente. Es una biografía que se sale del cuerpo y narra poéticamente un exterior que recuerda (donde aparece su padre, entre otros) y recrea, pero también un exterior que imagina y crea.
La escritura de un libro (expresión, libertad, vuelo…) a pesar de la condena (cuerpo-cárcel) me remite un poco a Ramón Sampedro, el cuadripléjiico de Mar adentro, la película de Amenábar. Pero también la huída de la mujer-amante me hace relacionarlas. En La escafandra y la mariposa hay una mujer que nunca va a visitarlo al hospital, parece que no se atreve; mientras que en Mar adentro él cuenta que había mujer a la que liberó, dejó volar, para no condenarla a esa realidad. En ambas películas estas mujeres no tienen representación física (aunque nadie pone en duda su existencia) por eso ni siquiera necesitan actrices para ser interpretadas: solo existen en la palabra y nunca en el cuerpo o la carne. Por supuesto, hay otras mujeres, hay presencia femenina, y es Emmanuelle Seigner en la película de Schnabel interpretando a la madre de los hijos del protagonista quien encarna esa presencia.
Con escenas visualmente poéticas y una banda de sonido alucinante, La escafandra y la mariposa hace reflexionar acerca de la condición humana mediante algunas dicotomías que he mencionado, si se quiere, pero también sobre qué imagenes es capaz de asumir el sujeto ahora no infante (retomando algo de Lacan) sino adulto en esta vuelta accidentada a una impotencia motriz.
© Del Texto: Flor Bea


dic 2 2013

L’Elisir D’amore: La horterada está servida

Descubrir, a estas alturas, una obra como L’elisir D’amore a un aficionado resulta imposible. Tan sólo los matices musicales o la puesta en escena pueden representar alguna novedad. Esta ópera bufa es una de las más famosas del repertorio y una de las más representadas de la historia.
Gaetano Donizetti triunfó con L’elisir D’amore. La mezcla acertadísima de lo bufo y un tono sentimental muy marcado imprimen a la obra un atractivo especial. Gustó, gusta y gustará durante mucho tiempo.
La producción que presenta el Teatro Real (en coproducción con el Palau de les Arts Reina Sofía de Valencia) deja un sabor agridulce. Por un lado, la dirección musical de Marc Piollet es magnífica. Disfruta de la partitura y logra una conjunción con las voces más que meritoria. La sensibilidad de este hombre al dirigir es grande y se deja notar desde el primer compás. Las voces bien. No es L’elisir D’amore una ópera especialmente exigente con los cantantes, eso es verdad,  y las carencias tienden a desaparecer (si es que las hay). En cualquier caso, todos están a buena altura. Ismael Jordi (Nemorino) es el que destaca algo más al aportar tonalidades preciosas en alguna de sus intervenciones. Paolo Bordogna interpreta muy bien el papel de Dulcamara y cumple bien con la voz. El resto correctos. Como de costumbre, el coro funciona a las mil maravillas.
Hasta aquí las buenas noticias. Porque la puesta en escena resulta hortera a más no poder. Es verdad que el esfuerzo por casar el libreto con lo que sucede en el escenario es grande y que el resultado es pasable. Pero la propuesta que hacen al público de Madrid, rebosando colorido (en su gama más chillona, más acharolada y más deslumbrante), derrochando buen rollo y diversión (no falta un deporte de playa, un solo mueble playero), rebosando movimiento (sobre el escenario no para nada ni nadie), resulta molesta al oído y a la vista. A veces es difícil escuchar lo importante (lo de Donizetti, digo) porque una docena de figurantes no deja de saltar sobre un hinchable o juegan al voleiplaya o mueven colchonetas de aquí para allá. A veces es difícil centrar la vista en el lugar que toca intentando seguir el desarrollo argumental porque, cuando no es un jeep es un grupo de personas que van de extremo a extremo, lo que arrastra la atención del espectador. Una atención obligada e incómoda, por cierto. Y, a veces, es imposible intuir el grado hortera que puede llegar a tener el espectáculo. Cuando uno cree que el límite está superado aparece algo en escena que hace superarse a sí mismo a Damiano Michieletto (director de escena). Todo parece estar en el extremo, pero no. Por ejemplo, se llena parte del escenario de espuma. Eso sí, sin ton ni son. Afortunadamente, cuando la carga dramática se eleva, se vacía de figurantes el escenario o allí no se mueve nadie o las luces se centran en los personajes principales (sólo) para que Nemorino y Adina nos cuenten sus penas. Por cierto, la iluminación exquisita.
Este montaje es una clara muestra de lo prescindible que puede llegar a ser lo accesorio. Para hacer algo como esto, es mejor dejar las cosas como estaban originalmente. Comienza a ser sorprendente la cantidad de nuevos clichés que están adosándose a las óperas hoy en día. Por ejemplo ¿por qué Dulcamara es gay en esta producción? ¿Por qué ya es costumbre convertir a alguno de los personajes en lo que nunca fueron? Es incomprensible. Ni es más gracioso, ni aporta mínimamente al personaje, ni nada de nada. ¿Por qué hay que enseñar músculos o pantorrillas en cada ópera sea la que sea?  Alguna vez puede quedar bien la cosa. Otras no. Pero, desde luego, que sea algo obligado comienza a ser absurdo. Me temo que adaptar una obra operística no consiste en eso. Me temo que la falta de talento se intenta disimular con detalles irrelevantes que captan la atención del espectador más por su estupidez que por otra cosa. Eso no imprime ese punto de modernidad tan bien recibido cuando merece la pena el esfuerzo. La modernidad, creo yo, no es ser gay. A ver si ahora resulta que serlo es cosa de hace poco. La modernidad no es enseñar las piernas y sólo eso. La modernidad es otra cosa.
Pero la obra de Donizetti aguanta bien todo tipo de tonterias. De hecho, es posible que, a pesar de todo, guste mucho al público de Madrid. Musicalmente es impecable y uno puede cerrar los ojos cuando ya no aguanta más el amarillo asesino o el naranja violento.
© Del Texto: Nirek Sabal