dic 30 2013

Lluvia de albóndigas 2: Entretenimiento en Navidad

Los estrenos de películas de animación, en navidad, son todo un clásico. Del mismo modo que la ilusión de los niños se centra, de forma natural, en Papá Noel o en los Reyes Magos de Oriente; la atención (son muchos los días de vacaciones y poco el tiempo que tenemos los padres y menos la paciencia) procuramos que se centre, de forma artificial e interesada, en el cine o cualquier otro tipo de entretenimiento.
El guión de Lluvia de albóndigas 2 es flojito. No se han estrujado los sesos los guionistas. Ya está mil veces contado y no tiene un mínimo de profundidad (es bueno recordar que los niños no son tontos y que no hay razón alguna para tratarlos como tal). Pero, a cambio, el trabajo de animación es excelente, algunas escenas son divertidísimas y el ritmo no deja respiro al espectador. La hora y media de película se pasa volando entre foodanimals originales con nombres originales.
Lluvia de albóndigas 2 tiene como base de su diseño la serie de películas Jurassic Park. Decir que es un guiño es quedarse muy corto. Algunas secuencias son, prácticamente, iguales. Cambias el T. Rex por una hamburguesa con pinta de asesina y listo. O cualquier otro dinosaurio por cualquier otra fruta o verdura. Lo que si hay es un guiño a King Kong (llegada a la isla en barco) y a Avatar (por el colorido, alguna conversación de los personajes y algunas escenas finales).
Esta vez, el inventor Flint Lockwoods es fichado por su ídolo Chester V para acabar con lo que quedó de su invento desperdigado en su isla. La película comienza con un prólogo que nos sitúa justo al final de la película original. Flint se verá acompañado por sus amigos. El villano, Chester V, por Barb; una orangután con celebro humano y femenino que puede ser manipuladora, maliciosa y retorcida. Pero que nadie se enfade. Esto es animación para niños y la cosa se endereza. Las pocas sorpresas de las que disfruta el espectador se encuentran en la isla y en forma de ingenio en el diseño de los foodanimals. En el argumento no busquen. No hay sorpresa alguna.
En cualquier caso, la película es muy entretenida. Desde luego, los niños disfrutan mucho. No tanto los mayores. Aunque estos últimos deberían saber que eso no supone, de ninguna de las maneras, que puedan contestar las llamadas telefónicas (dos butacas más allá, una mujer parecía estar en casa atendiendo compromisos sociales), ni es razón para permitir que los niños griten, hablen o vayan de aquí para allá dando el coñazo. Tal vez deberían realizar una prueba de buena educación antes de entrar en una sala de proyección. Resulta desagradable convivir con gente así.
En fin, si piensan ver la película (es una buena opción para pasar el rato) no esperen al DVD. En formato casero perderá mucho.
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 27 2013

Vidas pequeñas: Refugios

En la misma línea de lo que hizo Altman al adaptar el libro de relatos de Raymond Carver (Vidas cruzadas), Enrique Gabriel propone una reflexión sobre la dureza de la exclusión y autoexclusión social en época de crisis.
Esta película comenzó a rodarse, curiosamente, cuando a los políticos se les llenaba la boca diciendo que España era un festival de luz y de color. Hubo muchos problemas de financiación y el rodaje se alargó hasta que la crisis ya era reina y señora en España y el resto del mundo.
Nos cuentan, desde un guión sólido, bien desarrollado y con un ritmo notable, una serie de historias que se entremezclan y convierten la película en una historia coral (aquí es donde encuentra su parecido con el trabajo de Altman). Si bien las dificultades y la dureza de la vida está presente en cada secuencia, una lectura más profunda hace que todo tome un sentido hondo e importante. Porque descubrimos, poco a poco, que la forma de afrontar los problemas, en situación de clara desventaja social y económica, es encontrar un refugio; el que podemos, el que tenemos a mano, el que improvisamos o estuvimos preparando durante años. Vemos al hombre que rehusa y crea un personaje en el que deja de ser; el escritor que busca el cobijo del olvido y de la pasividad porque su éxito era un fraude; el ir y venir buscando zonas menos dolorosas; el recuerdo como guarida. Son muchos los refugios; tantos como vidas pequeñas; tantos como personas. Es este otro asunto que quiere ventilar el director: todos somos personas, sin excepción.
La fotografía de David Carretero es espléndida. Muchas de las escenas se convierten en claras alegorías que hablan de la crueldad social, de lo papanatas que podemos llegar a ser cuando dedicamos todos nuestros esfuerzos a mirar a otro lado. Exquisita, de verdad.
El reparto está a una altura muy considerable. Se une una dirección actoral que busca y encuentra lo mejor de cada actor. Alicia Borrachero y Ana Fernández defienden sus papeles con uñas y dientes. Están imponentes las dos. Y el resto del reparto, igual. Tal vez, Roberto Enríquez es el que está más flojo. Este actor debería entender que delante de una cámara no puedes parecer un marmolillo. Emilio Gutiérrez Caba y Ángela Molina llenan la pantalla con papeles cortos que se convierten en el anclaje de la trama para que encuentre un último sentido. Son tan buenos actores que consiguen cosas así. Las protagonistas están espléndidas y ellos les comen el terreno con papeles secundarios.
El vestuario y la peluquería y el maquillaje cumplen con creces. El trabajo que hacen las maquilladoras con Alicia Borrachero debería ponerse de ejemplo en los manuales de las escuelas de maquillaje. El montaje es inteligente y permite al espectador seguir la trama sin problemas a pesar de la gran cantidad de personajes y tramas tangenciales.
Es una pena que películas como esta no cuenten con el apoyo financiero suficiente, ni con campañas de promoción a la altura del producto. Pasan medio desapercibidas por los cines y son muchos los que ni se enteran de su existencia. Una verdadera lástima.
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 26 2013

La bicicleta verde (Wadjda): Todos somos iguales

El cine modesto tiene reservado un hueco en el cajón de gustos del espectador. No por ser eso, modesto, está condenado a ser mal cine. Una historia bien contada, un actor o una actriz que haga su trabajo con acierto y profesionalidad, o la buena dirección de un director, son garantía de aceptación entre los aficionados al cine. No hace falta recordar que, por contra, las pantallas del mundo entero de llenan con tostones multimillonarios que son rechazados aunque lleguen precedidos de una enorme campaña de marketing y un reparto de campanillas.
La bicicleta verde (Wadjda) es la primera película de Haifaa Al-Mansour, una mujer de Arabia Saudí. Por tanto, la noticia no es sólo que podamos ver cine de ese país sino que el trabajo lo firma una mujer. Entre otras cosas, La bicicleta verde es una película muy crítica que nos acerca, que nos enseña, un universo que, para los occidentales, es completamente desconocido. Un universo en el que las mujeres tienen un papel inconcebible, hoy, en el mundo occidental.
Wadjda es una niña que quiere una bicicleta para poder competir con su amigo en igualdad de condiciones. Pero eso de tener una bicicleta siendo mujer está muy mal visto en la sociedad saudí. Va en contra de toda norma social. Pero a la niña le da igual y pelea por conseguirlo.
La historia que nos cuentan es poca cosa. Un par de subtramas se desarrollan buscando profundidad dramática que no termina de llegar. Este es el gran problema de la película. El esfuerzo se queda más en el dibujo social y del personaje central. El resto se queda en el terreno más anecdótico. Aunque, aun siendo verdad todo esto, el conjunto resulta muy atractivo, muy agradable.
La directora logra crear un clima opresivo respecto a la mujer que se convierte, desde que nace, en una especie de accesorio o algo así, para los hombres. La discriminación de la mujer, apoyada en un religión omniopresente y todopoderosa, es brutal, casi insoportable. Sea lo que sea que hagan las mujeres pasa por un filtro social y religioso que impiden el progreso de estas. Les garantizo que, después de ver esta película, pensarán que Arabia Saudí está en Urano o más lejos.
El personaje central, Wadjda, es delicioso. Y la niña que lo interpreta, Waad Mohammed, lo es del mismo modo. Enamora y seduce. Su madre representa a la mujer saudí, podría ser cualquiera de ellas. Pero, al mismo tiempo, junto con su hija, lanzan un mensaje importante: las mujeres de todo el mundo son iguales; sus ganas de vivir, sus ganas de hacerse un hueco en la sociedad; todo lo que pueda pensar una mujer occidental, africana o asiática, es la misma cosa. A pesar de los lastres sociales, religiosos, económicos o idiomáticos, las mujeres mujeres son. Y de los hombres, se puede decir lo mismo.
Haifaa Al-Mansour se estrena con este trabajo. Prometedor como mínimo. Con lo poco que tiene logra un resultado más que aceptable. Lástima que el guión esté poco trabajado en la vertiente más dramática. Habrá que seguir la pista de esta mujer. Ya empieza a ser costumbre que lo que llega desde oriente viene cargado de sorpresas agradables y nuevos aires que ventilan el aburrimiento y la mediocridad en la que nos hemos instalado aquí, en occidente.
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 23 2013

The Berlin File: Bourne con los ojos rasgados

Bourne ha dejado una enorme huella en el cine de espionaje. Fue una forma de narrar con personalidad propia, muy efectiva y más que suculenta. Tanto es así que muchos tratan o tratarán de arrimarse a esta forma de hacer cine buscando un hueco en las pantallas.
Ryoo Seung-wan es un director surcoreano que quiere hacer cosas y procura hacerlas bien. Sabe mover la cámara para que esté, siempre, en un lugar privilegiado; sabe aprovechar los medio técnicos hasta exprimirlos. Pero escribiendo guiones es bastante más normalito. Al menos, todo esto es lo que se deja ver tras The Berlin File. Aunque intenta solucionar lo farragoso del relato con un montaje que va y viene en el tiempo narrativo (respetando los tempos bastante bien), no logra evitar cierta confusión en el espectador. Es necesario no confundir lo complejo con lo confuso. Esta no es una película compleja. Es confusa, un auténtico lío en algunos tramos de la narración. Las escenas de acción -muchas de ellas- son espectaculares y están muy bien rodadas. Las coreografías son exquisitas aunque los occidentales tendremos algún problema para poder reconocer a los personajes vestidos (todos) de negro (a ellos les pasa lo mismo con nosotros, que nadie se alarme) por lo que hay que estar muy atento a la pantalla.
Los villanos se mueven gracias a motivaciones que recuerdan mucho a las de los malísimos contra los que luchaba James Bond. Aunque, en realidad, en esta película todos son villanos. Por una cosa u otra todos lo son, algo que aporta un sabor especial a la película.
Uno de los problemas del guión es la gran cantidad de ingredientes que utiliza el director. CIA, servicios secretos surcoreanos; los norcoreanos, también; los judíos que aparecen por allí repartiendo de todo menos madalenas, la policía alemana que nunca está, comandos árabes, un traficante de armas ruso. En fin no falta nadie y eso hay que saber manejarlo para que la cosa salga bien.
A pesar de todo, a pesar de contener secuencias casi idénticas a las de Bourne, a pesar de tener que dar explicaciones cada tres minutos para que el espectador se entere de lo que sucede; The Berlin File termina funcionando razonablemente bien. Los actores no hacen gala de lo que en occidente entendemos como histrionismo y se agradece, la trama se cierra con corrección (huele a secuela) y toma sentido, por lo que se perdonan los errores que no son pocos. Esta es una película de entretenimiento con una trama superficial y previsible. Otros trabajos que arrastran algo así son tachadas de paquete inmediatamente y con razón. The Berlin File se libra por los pelos si consideramos lo bueno (que es bastante).
De lo tendenciosa que resulta con los norcoreanos, a los que pinta como si fueran demonios; con los árabes que se representan como un grupo de locos armados; con los israelitas que se dibujan desde el egoísmo y la falta de solidaridad o con los los chicos de la CIA que aparecen como vulgares y fantasmas; de eso no hablamos por no empeorar las cosas.
Película entretenida que no soporta un análisis narrativo serio, bien dirigida y soportada sobre un guión confuso. Técnicamente impecable. Una opción como otra cualquiera para pasar la tarde.
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 20 2013

Adiós, muñeca (Farewell my lovely): Novela negra en imágenes

Las novelas de Raymond Chandler retrataron una sociedad norteamericana deprimida, sucia, a la espera de tiempos mejores. Una de las características fundamentales de sus novelas es la forma de retratar a los personajes; muy cercana a la caricatura. Eso y la aparición de algunos arquetipos en cada uno de los textos. Un detective privado que mira el mundo desde el hastío y la ironía; una mujer fatal que hace que todo derive hasta lugares extraños y violentos, personas sin escrúpulos, amigos incondicionales, policías y políticos corruptos, asesinos capaces de acabar con una vida sin pestañear.
Pues bien, el realizador Dick Richards se pliega a ese concepto narrativo en su trabajo Adiós, muñeca (Farewell my lovely). Intenta plasmar el universo de Chandler con todo lujo de detalles. La estética de la película está muy cerca de la depresión constante, de la oscuridad perpetua (la fotografía de John A. Alonzo es estupenda y procura que todo se vea inundado por esas sombras que convierten las imágenes en una losa opresiva y triste). Incluso la elección de los actores y actrices se ve cuidada al máximo para que nada desentone con ese clima. Un maduro Robert Mitchum encarna al detective Phillip Marlowe. Sobrio en su trabajo. No puede disimular los años y ese aire de decadencia que la falta de luz imprime a un rostro lleno de arrugas, cansado. Silvia Miles está espléndida. Representa el final de una etapa a la que nadie se termina de acostumbrar, un presente convertido en un pozo no deseado ni esperado. El maquillaje y el vestuario de la señora Miles luce extraordinario. Charlotte Rampling y Jack O’Halloran están correctos.
El guión de David Zelay Goodman adapta la novela de Raymond Chandler y lo hace arrimado a lo literario. Es decir, toma de la novela algunas frases, algunas frases del narrador que son literales o casi. Desde el principio la voz en off del detective que es el punto de vista elegido por el director, acompaña la acción. El efecto es de impostura, pero estamos hablando de cine negro y estas cosas, bien insertadas y bien acompañadas, logran funcionar bien.
La trama es muy entretenida y el final algo previsible. Sobre todo para los aficionados a este género. El esquema es conocido de sobra. Resulta una película muy agradable para el espectador.
Adiós, muñeca es una buena película, está llena de momentos atractivos y se presenta bien dirigida. La actuación de Silvia Miles es ya una razón para tener que echar un vistazo al trabajo.
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 17 2013

El Hobbit (La desolación de Smaug): Destrozo

Adaptar una novela al cine tiene su complicación; hacerlo bien es un trabajo muy difícil. Pero hacer lo que a uno le da la gana con un original es, al contrario de lo que se suele pensar, el más difícil de los retos. Primero porque, seguramente, los que conocen la obra te pedirán explicaciones; les parecerá una especie de sacrilegio o, al menos, una estafa eso de utilizar una novela para hacer lo que crea conveniente el primero que pasa por allí. Y, segundo, cuando  alguien hace lo que le viene en gana es imprescindible que lo haga bien. Destrozar una novela para dejar el guión lleno de baches, de personajes sin desarrollar y que no pintan nada, de incoherencias y, por si esto era poco, de episodios que buscan un ritmo injustificable; no se puede perdonar.
El Hobbit: la desolación de Smaug es una película con muchos problemas. Desde una banda sonora invasiva y casi ridícula (Gandalf sube unas escaleras y la partitura parece escrita pensando en el momento cumbre del cine mundial. Gandalf no va camino de la gloria ni nada de eso, por supuesto) hasta el exceso de metraje que se justifica con la inclusión de personajes sin alma. Al espectador que quiera ver la película con atención, les causará cierta alarma que en una secuencia como la de Bilbo junto al dragón (excelente en su factura y, seguramente, lo mejor del trabajo) ocurran cosas absurdas. Smaug puede percibir a Bilbo mientras se esconde tras el poder de su anillo. Vale. Pero cuando el dragón tiene a un puñado de enanos justo debajo de él, no se entera de nada y parece buscar en cualquier otro lugar.
Todo lo que plantea Peter Jackson es un conjunto de episodios que se resuelven sobre la marcha. Nada de dejar plantada información que más tarde servirá para que el desarrollo de la trama sea fluido y hondo. Aquí te pillo y aquí te mato. Hablando de matar, eso es lo que hacen los elfos (Légolas y Tauriel). Jackson nos los coloca intentando un clima alejadísimo del espíritu de la novela y sin tener en cuenta que esto no es lo mismo que El señor de los anillos. Tauriel, la elfa, está encarnada por una impecable Evangeline Lilly y Légolas, nuestro Légolas de siempre, por Orlando Bloom.
¿Y el hobbit? Pues a este pobre le olvida Jackson y casi consigue que lo hagamos los demás. Pinta poco o nada hasta que aparece el dragón.
La palma se la llevan, no obstante, otros personajes. Bard que quiere ser el Aragorn de El señor de los anillos y no le llega ni a la altura del betún; el gobernador y su asesor que tratan de ser Saruman y Grima quedándose en una caricatura, los propios elfos que nos intentan colar de rondón. En fin, los personajes que Jackson se saca de la manga o procura magnificar no funcionan en ningún sentido.
La película se hace muy, muy, larga. Demasiados minutos para lo que se cuenta. Un exceso que no se ve recompensado con el despliegue técnico que, aun siendo impecable, parece más un vídeojuego que una película de cine y el cine es otra cosa. Todo se enrosca sobre sí mismo buscando una excelencia que no llega; todo se hace excesivo cuando el espectador mira atónito cómo un elfo hace surf al mismo tiempo que liquida a un ejército de orcos; todo chirría cuando vemos una ciudad en la que todo se sabe aunque los orcos pueden transitar por allí sin que se entere ni Blas. Demasiada incongruencia a cambio de diseños digitales. Lo mejor, el dragón. Y la belleza de Evangeline Lilly.
En fin flojita y pesada. Si la primera parte fue divertida (al menos era eso) esta es un producto comercial con todos los defectos que eso supone amplificados por una avidez excesiva al buscar caja. Un producto barragoso e inútil. Difícil de solucionar aunque resten otras tres horas de lo que se podía contar en dos horitas (en total).
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 16 2013

Darwin: El imán para almas rotas

Darwin es un pueblo destartalado y situado en mitad del desierto. California, EE.UU. En Darwin viven treinta y cinco personas. Todas ellas suman tantos años como para que les podamos considerar ancianos o casi. Las dos únicas jóvenes ya se fueron. El aspecto de todos es extraño; muchos son antiguos hippies; la mayoría expresidiarios; almas rotas sin excepción, desintegradas por una cosa u otra. En Darwin no hay iglesia, no hay niños, no hay casi nada. Lo que sobran son vidas intensas, pasados perdonados, futuros tan inciertos como el del resto de la humanidad. Darwin llegó a ser una ciudad llena de vida. Y de muerte. Las minas de oro y plata atraían a un gran número de sujetos. Pero la mina dejó de producir dejando al pueblo en manos de la desolación.
Este documental de Nick Brandestini es una pequeña joya cinematográfica. La cámara sigue, en su día a día, a un puñado de hombres y mujeres que eligieron vivir en Darwin. Allí nadie trabaja salvo la mujer que gestiona la oficina postal. Reparte, fundamentalmente, los cheques que envía el gobierno y con los que pueden sobrevivir. Es el subsidio de desempleo. Los habitantes de Darwin entierran a sus muertos; se preparan (uno de ellos) para un posible desastre mundial (cultiva tomates, acumula agua, ropa y juguetes por si llegase algún niño hasta allí huyendo de la radioactividad o algo así); tienen un buen montón de armas por lo que pudiera ocurrir (reminiscencias del pueblo minero en el que la violencia era una constante).
Pudiera parecer que la gente de Darwin es un grupo de tarados, de delincuentes que se hicieron viejos o de hippies de la tercera edad, de artistas fracasados, de padres sin corazón, de incultos. Sin embargo, Brandestini nos descubre con delicadeza unas vidas duras y llenas de miserias. Como la vida de cualquier otro aunque en mitad del desierto.
El paisaje es desolador. Parece que allí nada puede suceder, que nada puede crecer o nacer. Falso. Es un lugar como otro cualquiera. Es un modo de entender la vida alejado de los arquetipos que sirven para unos pocos y destrozan a los demás. Lo que a millones les puede parecer una locura, a treinta y cinco les parece un lugar tranquilo, entrañable. Su casa. Como curiosidad, Brandestini, nos acerca a un campo de tiro cercano en el que el ejército realiza pruebas balísticas de todo tipo. Misterioso y siniestro. También, nos enseña lo que queda del rancho en el que encontraron a Charles Manson y su banda. Uno de los protagonistas del documental afirma que le conoció allí.
El documental se acompaña de una banda sonora exquisita. Y el montaje organiza muy bien las historias que nos cuentan. Parecen algo deslabazadas al comenzar aunque toman sentido y profundidad poco a poco.
Darwin es un documental sobre personas alejadas de la civilización que, sin embargo, sufren los mismos problemas que el resto de seres humanos. Darwin es un documental que sirve para la reflexión sobre la condición humana, sobre la posibilidad de redención, sobre la imposibilidad de tener oportunidad cuando el pasado se presenta en cada intento de seguir por los caminos convencionales.
Un trabajo magnífico y entrañable.
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 11 2013

Doce hombres sin piedad (12 Angry men): Prohibido juzgar

Todos nosotros llevamos encima una mochila que va llenándose a medida que pasan los años, a medida que vamos teniendo experiencias. Todos sin excepción. Los equipajes pueden ser diversos. Buenas vivencias, malas o regulares. Rencores, amores, filias y fobias. Pero, también, en esa mochila, se encuentra todo aquello de lo que no podemos sentirnos orgullosos; todo lo que, en mayor o menor medida, rebaja nuestra catadura moral. ¿Quién puede juzgar a otro cuando la mochila arrastrada pesa? ¿Podemos condenar a otros aplicando el sentido común y la objetividad y sólo eso? Lanzar la primera piedra está al alcance de muy pocos.
Doce hombres sin piedad (12 Angry men), película dirigida por Sidney Lumet, habla de todo esto a través de una propuesta simple y, quizás, teatral en exceso. Además, se cuestiona el funcionamiento del sistema judicial norteamericano y es una película que se enfrenta con la pena de muerte de forma clara y rotunda.
Es una adaptación de la obra teatral de Reginald Rose (guionista de la película). Por ello, Lumet arrastra algún condicionante de más que no estropea el trabajo aunque hace que rechine en algún tramo. El director le echa una buena dosis de profesionalidad e intenta resolver este inconveniente generando un clima opresivo que va apareciendo con los primeros planos de los personajes llenos de crispación, de necesidad, de venganza o desidia, que presentan esos hombres encerrados en la sala del juzgado. Allí se decide si un ser humano es un asesino y si morirá en la silla eléctrica. La cámara muestra planos generales para que los personajes puedan moverse dependiendo de lo que piensan o de la evolución que van sufriendo.
El guión está lleno de frases brillantes que ahondan en las cuestiones que Lumet quiere ventilar, que aportan un sentido profundo a la acción. Además, logra que la tensión argumental se eleve con fuerza incluyendo giros argumentales que la hacen avanzar y logra una evolución en los personajes que soportará gran parte de la propuesta. Se dosifican muy bien los picos de carga dramática.
La moral se trata desde el soporte de la duda. Este es un recurso que siempre ha dado mucho juego en el cine y en la literatura puesto que impregna de matices misteriosos toda la trama. Todo, por muy evidente que parezca, pudiera tener aristas que modificaran las distintas percepciones. Desde aquí se trabaja para que el guión tome importancia y sentido. Lumet agarra los ingredientes y sale airoso del conflicto puesto que reparte bien los encuadres entre los doce personajes así como del conjunto que forman para que veamos cómo el guión modifica a cada sujeto, al grupo.
Henry Fonda interpreta el papel protagonista. Sobrio, algo rígido a veces, encorsetado en algún tramo de la película. Pero encaja bien en el resto del conjunto. El resto de actores (todos varones) pasan bien la prueba. A decir verdad, ninguno de los papeles es exigente con el trabajo actoral.
Doce hombres sin piedad es una muy buena película con lugar propio entre los clásicos de culto. Actualmente, sigue funcionando bien puesto que la vejez no le ha sentado del todo mal. En el buen cine de antes predominaba lo que se quería contar sobre la forma de hacerlo. Los alardes técnicos eran pura cosmética y nunca la razón última por la que se hacía cine. El cine, además de ser espectáculo, es la representación de un mundo que nos explica la realidad. Dicho así, la cosa parece sencilla. Sin embargo, para que eso no ocurra, el sentido último tiene que ser potente y ser el centro de un universo que tiene de vida un par de horas.
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 9 2013

Gravity: Lo espectacular por encima de lo importante

El espectáculo visual que nos deja esta película es extraordinario. Eso es algo que nadie puede discutir. Los efectos visuales y especiales resultan asonmbrosos. La fotografía de Emmanuel Lubezki es impecable. Y todo ello resulta tan enorme que acaba con el resto, con lo poco que hay.
En una primera media hora, muy bien narrada, impetuosa e impactante, a más no poder, Alfonso Cuarón logra meter al espectador hasta la cocina de su trabajo. Buen ritmo narrativo, primeros trazos de los personajes que nos colocan ante ellos con cierto interés. Todo muy bien. Pero el guión carece de profundidad, de la carga dramática mínima que se pide en estas ocasiones y, por ello, los personajes comienzan a desdibujarse (lo que se intenta colocar como conflicto interno en el caso del personaje que encarna Sandra Bullock resulta insignificante y forzado), el ritmo se estanca y va perdiendo músculo. Todo comienza a ser previsible; el espacio se hace monótono a pesar de las explosiones y de los vuelos sin control de astronautas, naves y trozos de satélites; y la trama pasa a ser inverosímil, casi ridícula. Mientras, los alardes técnicos siguen su curso. Fabulosos. Llegamos al final sabiendo (desde demasiado pronto) que tiene que ser ese y no otro. La técnica por encima de la trama, de los personajes; algo que puede funcionar durante un rato, sólo un ratito. Gravity se queda a mitad de camino. Es justo decir que el camino es muy largo y quedar a medias no es ningún desastre. La película se deja ver y embelesa a ratos.
El guión contiene frases más propias de un corto realizado por un estudiante que de una superproducción. Todo gira alrededor de la idea de superación, de la necesidad de aguantar carros y carretas pase lo que pase. Una idea sobada y facilona. El guión contiene, también, algunas cosas que resultan incómodas por simplonas. El momento en el que el personaje de George Clooney decide ser un gran héroe, es un pastelón cercano a escenas conocidísimas de otras películas (¿recuerdan Titanic?). La película, pasada esa primera media hora a la que me refería, va de tópico en tópico y de imposible en imposible.
George Clooney hace de astronauta en medio del espacio. Eso quiere decir que le vemos el rostro y ya (salvo una escena en la que se sienta y puede hacer algún gesto, algún ademán). La que sí tiene más trabajo es Sandra Bullock. Aunque no hace nada del otro mundo puesto que el papel no es nada exigente. Está correcta aunque, tal y como está el patio, igual le dan el Óscar.
Ahora bien, Gravity es un gran espectáculo. Eso es verdad. Uno se queda boquiabierto con lo que ve. Otra cosa es que te dé por pensar sobre eso que se ve. La película soporta peor el análisis que la mirada atónita por parte de los espectadores.
De un tiempo a esta parte, parece que la importancia de la técnica se está imponiendo al resto de elementos que configuran una película. Y el cine requiere, como cualquier otra forma de manifestación artística, un fuerte equilibrio entre sus partes. No parece que este se el mejor de los caminos. Por mucha cultura de la imagen que estemos asumiendo, por mucho 3D impresionante, si no hay una buena historia que contar, la cosa no funcionará del todo.
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 8 2013

La cabaña en el bosque (The cabin in the woods): Homenaje al género

Divertida y, a veces, terrorífica, propuesta de Joss Whedon y Drew Goddard. La cabaña en el bosque es una película que pretende un homenaje sincero y auténtico al género de terror y al de ciencia ficción.
Posesión Infernal y Viernes 13 están presentes sirviendo de hilo conductor (aunque están muchas más); todos los monstruos, los malos sueños y el sarcasmo propio del género de bajo presupuesto; las sangre, las rubias tontas, los fumados, los intelectuales y los musculosos atletas que la palman por ir de héroes sin tener un pelo de ello. Todo está y todo es tratado como se merece. Y como colofón ese concepto del mundo oscuro que llevó a Lovecraft a escribir para crear un universo (con un cameo maravilloso incluido).
Los sustos son pocos (tampoco se buscan demasiado). La sangre corre, pero menos que otras veces. Es más la sonrisa de satisfacción que luce el espectador lo que toma relevancia. Los guiños constantes dirigidos a cada rincón del género son estupendos y se acompañan de giros argumentales bien manejados que nos hacen deslizarnos hacia un final extravagante, loco y arrasador. Tal vez se eche en falta un momento de reflexión sobre el cine de terror o sobre la propia película. En este sentido el guión queda algo desamparado. Es el pero de la película que, si bien no es pequeño, se perdona por como que se cuenta la acción y el gran entusiasmo que se le echa al asunto.
Sería una canallada desvelar un solo instante de la trama. Esta película hay que verla sin saber nada de ella, sin contaminaciones innecesarias. Pero sepan que se van a encontrar con el grupo de jóvenes arquetípico que van a pasar un fin de semana a una cabaña ubicada en mitad de ninguna parte. Una rubia (ya saben, más tonta que pichote), un chico listo que fuma drogas, un musculitos sobrado de hormonas, el atleta caballeroso e inteligente y la chica que siempre se salva. Supongo que les resulta familiar. Lo que no lo es tanto (tampoco en nuevo del todo) es un elemento distorsionador que convierte la película en otra cosa y que no desvelaré. Un recurso que lleva la trama al límite y que podría ser motivo suficiente para que la tensión narrativa se vaciase por aligerar mucho la zona misteriosa. Pero no llega a traspasar la línea roja y termina funcionando muy bien. Aquí lo dejo.
Los actores y actrices lo hacen bien. Lo que se pide en estos casos. Maquillaje y peluquería, muy bien. La fotografía, correcta. El montaje, notable. La música, ni fu ni fa. Y el guión bien armado aunque falto de profundidad y lleno de giros que se gobiernan con solvencia y mucho sentido del humor. La dirección está encaminada hacia un lugar muy claro que no se pierde de vista en ningún momento. Todo funciona bien, todo parece original aun sin serlo; el humor negruzco y el sarcasmo en policromía llegan con facilidad al espectador. Y el remate del trabajo, siendo algo disparatado, deja muy buen sabor de boca.
La película no es tan inteligente como Whedon y Goddard creen. Pero lo es mucho más que la mayor parte de trabajos vistos en los diez últimos años. Es un trabajo que termina resultando atractivo y embaucador. Merece la pena echar un vistazo a La cabaña en el bosque. Ya lo verán.
© Del Texto: Nirek Sabal