jul 31 2013

El lado bueno de las cosas: Sin profundidad y sin casi nada

La propuesta que ofrece David O. Russell en El lado bueno de las cosas podría ser estupenda si no fuera porque él mismo (también es el guionista) termina por colocarse en la zona facilona, olvidando lo importante del planteamiento. Cuenta con un reparto de altura que, si bien no desaprovecha, no puede hacer mucho más con la materia prima de la que dispone. A mitad de película todo se hace prescindible y, casi, estúpido. Una pena, una verdadera pena, porque, sobre todo, Jennifer Lawrence es una mina de oro interpretativo.
Asume cierto riesgo (sobre todo aparente) David O. Russell eligiendo un asunto delicado para soportar la trama. El guión es la adaptación de la novela de Matthew Quick. Y ese libro habla del amor y la locura, es decir, del amor entre personas con algún tipo de desequilibrio. Estas cosas hay que tratarlas con todo el cuidado del mundo, con gran prudencia. Eso lo hace bien el realizador, pero pone tanto cuidado que convierte la película en algo más cercano a un circo amoroso que a otra cosa.
Comienza bien. Nos presenta un personaje que puede dar juego y de posible largo recorrido. Van incorporándose, poco a poco, otros que no interesan en absoluto (la gracia está en que, en realidad, todos están igual de locos aunque el sistema social no lo considera del mismo modo, pero, aunque esa sea la gracia, el resultado es mediocre). Y aparece ella (esto va de parejas) que tiene rasgos interesantes aunque sirve de poco tal y como se desarrolla la acción. Entre diálogos que no aportan lo más mínimo, todo avanza hacía el lugar que ocupan los pastelazos azucarados en exceso.
Bradley Cooper; sí, ese actor que está en todas las películas actuales; no lo hace mal aunque defiende un papel que no permite mucho más de lo que da. Jennifer Lawrence, también con un personaje del montón, logra un resultado muy por encima de lo que cabría esperar. Se defiende con uñas y dientes y logra escapar de un perfil muy gastado. Lo mismo pasa con Robert DeNiro que, con un papel secundario y flojito, llena la pantalla él solito. Para ser justos, el trabajo con los actores del realizador es muy bueno.
La banda sonora, firmada por Danny Elfman, es especialmente agradable y encaja muy bien en el desarrollo de la película. Merece la pena hacerse con ella.
¿Qué tratan de contarnos con esta película? Pues, francamente, poca cosa. Si ese lado de la integración de un enfermo mental en la sociedad, si la injusticia de tratar como verdaderos locos a personas que son parecidas a la mayor parte de los demás (a unos se nos va la cabeza un poco más extravagantemente que a otros aunque todos andamos por la misma senda), si el valor terapéutico del baile y del amor; si esto era el objetivo (no parece que exista otro) queda agarrado con alfileres, se visita como de puntillas. No se profundiza lo más mínimo en el problema y eso hace que los personajes se dibujen con trazo grueso en exceso. El guión busca más el divertimento y la ligereza que el compromiso con el problema planteado. Y eso no funciona ni en cine, ni en literatura, ni en familia.
El lado bueno de las cosas es una película entretenida que no soporta un análisis de cierta profundidad (poca). Si usted busca detrás de lo que se ve en pantalla, si necesita encontrar un sentido a lo que le cuentan, mejor vea otra cosa.
© Del Texto: Nirek Sabal


jul 30 2013

The Purge (La noche de las bestias): Un presupuesto para un mediocre

Será difícil que una idea tan prometedora como esta se desaproveche de forma tan triste. The Purge: La noche de las bestias presenta, en su arranque, todos los ingredientes precisos para que se pueda narrar algo importante. Pero James DeMonaco decide que no, que es mejor no arriesgar quedándose en esa zona en la que el gran público traga con cualquier cosa entretenida y compra después el producto en formato casero.
Del mismo modo que la idea es estupenda, el guión es nefasto, facilón y previsible. Ni uno de los personajes, ni uno solo de ellos, muestra cierta profundidad para que crezca por poco que sea. Y sin personaje no hay nada que hacer. Todo se reduce a intentar provocar la tensión en el espectador a base de apariciones sorpresivas o, lo que es peor, desapariciones absurdas. Todo se reduce a eso y a un buen número de escenas violentas. Lo que podría haberse planteado como una verdadera crítica social y del sistema capitalista, se queda en una caricatura sin pizca de gracia en la que los actores y actrices corren delante de la cámara, lloriquean, ponen cara de seres crueles y poco más.
Si tuviéramos que valorar la dirección actoral de DeMonaco teniendo en cuenta el trabajo de Max Burkholder podríamos jubilar al realizador hoy mismo. Es verdad que Max es joven, tan verdad como que debería pensar en otra cosa que no sea esto del cine. Horrendo el muchacho y horrendo el trabajo del director incapaz de sacar un poquito de semejante marmolillo. Ethan Hawke justito y Lena Headey lo mismo. Ambos algo atacados y tendentes al hitrionismo. Es decir, que el señor DeMonaco hace un trabajo muy flojo con los actores. Igual se tiene que pensar lo de la jubilación
Es triste que presupuestos tan elevados caigan en manos de mediocres. Si DeMonaco se dedicase a mover la cámara o a decir a los actores lo que tienen que hacer (acudiendo a un curso previamente, claro), tal vez se ganase algo. Por ejemplo, dejaría que un buen guionista desarrollase sus ideas sin desgraciarlas como él mismo hace. No es lo mismo escribir un guión que planificar una escena. Y son muy pocos los que hacen esas dos cosas bien y para el mismo trabajo. No hace falta decir que este hombre no está en la lista.
La ciencia ficción es un género en el que no todo cabe. Hay quien cree que la fantasía o la ciencia ficción es esa zona narrativa en la que uno tiene una idea, la inserta y puede jugar con ella a las casitas porque, total, esto pasa en el futuro, en un sitio extraño y puede hacer lo que me dé la gana. Sin embargo, la credibilidad es un factor intrínseco a todo tipo de relato. Otra cosa es que lo que se cuenta esté, más o menos, pegado a la realidad, a eso que llamamos verdad. Lo que sucede en The Purge: La noche de las bestias es creíble en su comienzo. Completamente. Ahora bien, a medida que la trama avanza, a medida que suceden cosas a los personajes, todo cruza la frontera de lo creíble. La película pasa a ser estúpidamente real. Y se produce una paradoja. Como estamos viendo ciencia ficción, convertir el trabajo en algo cercano a lo más estúpido de la realidad causa un efecto devastador. Una pena de dinero lo que ha tirado por la ventana este DeMonaco. Y los espectadores al pagar la entrada. Con lo que cuesta ganarlo.
© Del Texto: Nirek Sabal


jul 29 2013

Stoker: Un envoltorio precioso para un regalo modesto

Alguna vez, todos hemos recibido un regalo dentro de un fantástico envoltorio. Una caja estupenda, un papel envolviendo el obsequio que da pena estropear. El que no haya tenido una experiencia así ya la tendrá. Es cuestión de tiempo. El problema se presenta cuando el regalo es poca cosa o no gusta o es de mal gusto o es algo que ya fue usado y se sabe. Eso de que lo importante es tener un detalle pierde todo su valor. Entre otras cosas porque cuando se generan expectativas hay que satisfacerlas.
Stoker, del realizador Park Chan-wook, es eso, un magnífico envoltorio que esconde un disparate descomunal. Tanto es así que en el arranque de la película, hasta que lo fundamental de la trama se va descubriendo, lo que se ve perturba, inquieta, interesa enormemente. Pero el guión es tan flojo, llegado el momento importante, que todo se derrumba. Lo que inquietaba se ve ridículo, lo perturbador se hace estafa y el interés por lo que sucede en pantalla se evapora sin solución. El cine es lo que es y, desde luego, no creo que nadie pueda afirmar que sea una sucesión de fotogramas bonitos, una música envolvente y nada más. En una película, sea cual sea, lo fundamental, lo que hace de la experiencia algo único, es el sentido y lo que se quiere contar, eso que desde la ficción podemos integrar a nuestra vida como propio.
Stoker presenta una factura impecable,. La cámara de Park Chan-wook se mueve con elegancia, la fotografía es refinada y detallista, la música matiza lo que se ve, pero el guión de Wentworth Miller toma importancia y todo se acabó. Las preguntas asaltan y las respuestas se hacen imposibles. Es entonces cuando nada funciona. Ante estas cosas nadie se deja engañar.
Mia Wasikowska hace un papel que comienza resultando estupendo por lo misterioso del personaje y lo bien que la actriz transmite, aunque termina siendo aburrido y repetitivo porque ese personaje se desinfla. El de Matthew Goode no; ese resulta excesivo desde el principio. El actor hace lo que puede (mirar fijamente y tratar de poner cara de enfermo mental) aunque no es capaz de sacar adelante semejante despropósito. Un buen actor tampoco lo hubiera logrado. Y Nicole Kidman hace lo que puede con un personaje soso al que se le ve venir desde un millón de kilómetros.
La película no es original aunque trata de serlo. Este tipo de historias han sido contadas de forma similar miles de veces. Por ello, todo es previsible. Eso sí, estéticamente perfecto.
Una película está vacía aunque se introduzcan en la acción elementos que puedan causar cierto impacto. La violencia o el sadismo en sí mismos no son nada, necesitan de personajes que los pongan a funcionar, personajes que evolucionen. Y el espectador necesita comprender, entender el mundo que le presentan, saber qué está pasando sin que tenga que preguntarse cómo es posible eso o aquello sin posibilidad de dar con la solución.
Stoker es una película fallida, un trabajo dedicado al más puro onanismo en busca del aplauso fácil. Eso y poco más.
© Del Texto: Nirek Sabal


jul 28 2013

Stigmata: Lo inexplicable y los curas

Todo lo transcendente, lo sobrenatural, lo inexplicable; en definitiva, todo aquello que escapa a la razón, a la ciencia, ha dado mucho juego en el cine y en la literatura. Si además, añadimos sotanas, sangre, intrigas vaticanas, lenguas muertas, amores imposibles y rock, la cosa se hace más que interesante. Eso sí, hay que tener cuidado porque, casi todo, está contado y se puede caer en el terreno de lo sobado y del tópico.
Stigmata habla de un evangelio no reconocido por el Vaticano (declarado hereje, el evangelio, no el Vaticano) y de cómo alguien lo anuncia para tormento de la zona más radical de la Iglesia. Poco más. En este trabajo no se encuentra mucha sustancia aunque se busque con ahínco por parte de guionista y director. Y todo parece que se centra en lo espectacular de lo inexplicable y en lo odioso de una Iglesia que (por lo que se ve) no tiene razón de ser. Tendrá que ser el espectador el que decida sobre ello.
Patricia Arquette interpreta el papel protagonista. No le sobran facultades a esta chica, eso ya se lo digo yo; pero entre latigazos, estigmas, levitaciones y posesiones, las carencias se disimulan bastante. Su personaje, Frankie Paige, tiene poco de interesante. Evoluciona poco, sabemos poco de ella y nos interesa eso, poco. Gabriel Byrne comparte protagonismo con Arquette. Bastante soso haciendo de cura listo. De este personaje sabemos menos. Por fortuna, porque por más que se intenta escapar se convierte en un topicazo de primera. Jonathan Pryce también luce sotana. Su papel es muy corto y le pasa lo mismo que al resto.
No están mal los efectos especiales y sonoros. Bastante logrados. La partitura, firmada por Billy Corgan (Smashing Pumpkins) es muy buena. El resto correcto a secas.
El esquema narrativo utilizado en Stigmata está muy gastado y cualquier aficionado al cine lo reconocerá sin problema alguno. Lógicamente, esto resta mucho interés al trabajo. Lo que apesta a conocido suele funcionar mal. Aún así, la película se deja ver. Entre alborotos y situaciones extraordinarias se pasa el tiempo con rapidez. Pero que nadie espere algo tan extraordinario como lo que plantea el guionista. De eso no hay nada.
© Del Texto: Nirek Sabal


jul 27 2013

La solución final: La maquinaria de la muerte

En la conocida como Conferencia de Wannsee, un grupo de personas decidió que el futuro de millones de personas sería pasar sus últimos días metidas en un vagón de carga, en un campo de exterminio pasando grandes calamidades y/o asesinados en una cámara de gas. Así de sencillo. Esa reunión estuvo presidida por Reinhard Heydrich (conocido, entre otros, por el alias de carnicero de Praga) y organizada por el Teniente Coronel de las SS alemanas Adolf Eichmann (uno de los máximos responsables del exterminio del pueblo judío en los campos de concentración diseminados por Europa). Asistieron otros militares, burócratas, cargos políticos y abogados. Es posible que sea la reunión conocida con más asesinos despiadados presentes de la humanidad. La reunión se alargó unas dos horas y se sabe de ella por la transcripción que se encontró en el despacho de uno de los asistentes y que debería haber destruido. Lógicamente, no lo hizo.
La solución final (nombre que se dio a las matanzas masivas de hombres, mujeres, ancianos y niños de raza judía) es una producción de HBO Films para la televisión. Fue dirigida con mimo por Frank Pierson sin hacer experimentos ni alardes al rodar. Austero, solvente y preciso. Salvo algunas escenas (pocas y elegidas para que la película no pareciese una obra de teatro) la acción se concentra en el salón de reuniones. La sensación de teatralidad, no obstante, es patente. En cualquier caso, la cámara está colocada donde toca y no se cometen errores. La fotografía de Stephen Goldblatt es, también, sencilla y efectiva. No parece que se usen filtros en ningún caso ni lentes especiales. No era necesario para contar esto y de esta forma. El efecto que se busca es ese, el de la sencillez, cuando la decisión que se va a tomar es extravagante en todos los sentidos. El vestuario está cuidadísimo hasta el último detalle.
Con todo ello, lo importante lo encontramos en el guión. Pegado a la realidad de lo que ocurrió (al menos a lo que se sabe de esa conferencia) Loring Mandel construye una trama simple, pero repleta de frases atroces que se repiten sin cesar (no por falta de ideas sino para que los matices de cada personaje aparezcan al decir esto o aquello y el espectador quede estupefacto). Porque lo que resulta insólito y brutal es que esa reunión fuera un trámite más para los nazis; lo que resulta miedoso es que la aniquilación de millones de personas se tratase como un problema jurídico, militar, legal o laboral. Nunca como un problema humano.
El personaje de Adolf Eichmann lo defiende Stanley Tucci. Está creíble y muy contenido. Por su parte, Kenneth Branagh encarna a Reinhard Heydrich. La sensación es otra. Algo excesico en su interpretación aunque, a decir verdad, el personaje tiene unas particularidades que hacen difícil escapar de la sobreactuación. Entre el reparto, destaca Colin Firth con un trabajo sencillo y correcto.
Uno de los asistentes a la reunión dice que el pueblo judío es el escogido, pero para el gas. Un terrible resumen de la película y, por supuesto, de lo que ocurrió en Wannsee.
© Del Texto: Nirek Sabal


jul 26 2013

Llévame a la luna: Aburrimiento cósmico

Hoy, tal y como está el mundo del cine, calificar una película como comedia ligera, es casi lo mismo que decir esta película es un paquete. Eso de comedia ligera es un eufemismo con el que decimos que la película es graciosilla, bastante estúpida y vacía de cabo a rabo. Pues bien, Llévame a la luna del director Pascal Chaumeil es eso, una comedia ligera de las de ahora. Con lazo rosa.
El guión de Laurent Zeitoun y Yoann Gromb está cerca del ridículo. El sistema narrativo intenta ser original y, en realidad, está más visto que el TBO. Intentan estos señores ser simpáticos y crueles al mismo tiempo, pero logran un desbarajuste insultante que se encuentra entre lo grotesco y lo humillante.
Por si era poco, el actor principal es Dany Boon. Quizás uno de los actores más histriónicos que anda suelto por los estudios de rodaje. Recuerda mucho a nuestro Fernando Estero y tiene la misma gracia con sus cosas. Es decir, ninguna. Le acompaña como protagonista Diane Kruger. No estoy seguro de que la comedia sea lo suyo.
Llévame a la luna es aburrida. No sabría decir si los personajes dicen una sola frase con sentido, con cierta profundidad. Aunque me extraña que sea así porque se les dibuja toscamente, sin buscar mínimamente su verdadera sicología.
Técnicamente, la película es muy simplona. La fotografía parece acartonada en algunas secuencias, los planos son muy corrientes y no se busca nada nuevo (hace bien el director porque para presentar esta castaña mejor no hacer esfuerzo alguno).
Y dicho esto, creo que lo mejor es no continuar. Es un gasto de tiempo y esfuerzo inútil.
© Del Texto: Nirek Sabal


jul 25 2013

Expediente Warren: The Conjuring. Terror de siempre

Expediente Warren: The Conjuring es una película de terror armada sobre un guión clásico del género, unos efectos sonoros clásicos del género, una partitura clásica del género, un maquillaje y una peluquería clásicas del género. Todo es clásico. Incluso algunos movimientos de la cámara. Esto hace que sepamos, más o menos, qué es lo que va a suceder desde el principio hasta el final. Pero, a decir verdad, James Wan consigue entregar un trabajo muy meritorio. Porque, si bien es cierto que la película es muy previsible, lo que cuenta (ya sabido) lo cuenta muy bien. El ritmo y la tensión no dan respiro al espectador, hay algún plano secuencia con la cámara al hombro muy bien planificado, el resto de planos son diferentes y llamativos (sobre todo los picados y contrapicados) y el miedo, nervioso primero y potente más tarde, hace acto de presencia rápidamente.
Los guionistas, Chad Hayes y Carey Hayes, no escriben nada del otro mundo (expresión poco apropiada al hablar de esta película) aunque esa etiqueta de estar basada la trama en un hecho real ayuda mucho a limar defectos, a que no se les dé importancia. Lo que cuentan, por cierto, es una adaptación muy libre de los sucesos ocurridos en la casa de la familia Perron (Rhode Island).
De entre los cuatro personajes principales, destaca el que encarna Vera Farmiga. El personaje y ella. Lili Taylor, Patrick Wilson y Ron Livingston, están bien aunque no hacen nada que merezca la pena resaltar.
Al igual que en El Exorcista, Los Pájaros o Al final de la escalera (en Expediente Warren se las homenajea claramente) los niños tienen gran importancia. Este es un ingrediente que no falla cuando hablamos de demonios, espíritus o cosas parecidas. Los Perron son padres de cuatro jovencitas que se mueven por la pantalla para acrecentar la tensión. Con demonios pegados a la espalda, hablando con espíritus, volando y eso.
Además de una partitura muy efectiva, la fotografía también lo es. John R. Leonetti hace un excelente trabajo. Esto tiene especial importancia al crear un clima excelente para que el relato fluya sin complicaciones en el género de terror. No vale cualquier cosa.
Este relato es conocido. No el mismo aunque los hay muy parecidos. El matrimonio Perron (Lili Taylor y Ron Livingston) compra una casa. Se mudan y se encuentran con un enorme abanico de asuntos sobrenaturales, terroríficos y espeluznantes. Los guionistas se toman la molestia de justificar el porqué no salen pitando de allí y lo hacen de forma simple aunque convincente (en este sentido los guionistas son cuidadosos y huyen de las chapuzas). Acuden al matrimonio Warren (Ed Warren-Patrick Wilson; Lorraine Warren-Vera Farmiga), expertos en esos asuntos. Y lo demás ya lo saben ustedes.
Hay momentos de gran tensión y el desenlace no es una idiotez como ya ha ocurrido en otras películas. Expediente Warren: The Conjuring es una buena película de terror que roza los tópicos aunque James Wan logra no caer en ellos sin la astucia suficiente como para que el espectador crea estar viendo algo alejado de esos territorios.
Una excelente opción para los que quieran pasar un mal rato. Nadie saldrá defraudado del cine. Es más, muchos dormirán con los pies bajo las sábanas por si las moscas.
© Del Texto: Nirek Sabal


jul 24 2013

Hannah Arendt: Arriesgar todo en una película que a pocos interesa

Hannah Arendt fue una de las pensadoras más importantes del siglo XX. Su obra es sólida y de una profundidad difícil de igualar.
En los tiempos que corren; entre televisión basura, pensamiento de baratillo e inútil, cine descaradamente comercial o literatura escrita por cualquier presentador de programas dedicados a los cotilleos más absurdos e infames; es extraño comprobar que alguien arriesgue su dinero y sus esfuerzos en realizar o producir una película que trata de trazar un mapa del pensamiento de alguien como Hannah Arendt.
La película es extraordinaria e interesa desde la primera escena en la que alguien es subido a un camión a la fuerza. El holocausto judío, la polémica generada por la pensadora al escribir sin complejos sobre el peor crimen cometido contra la humanidad a raíz de su asistencia al juicio contra el Teniente Coronel de las SS Eichmann, la personalidad de una mujer inigualable, su relación con los judíos y gentiles en Nueva York alejados del escenario del juicio y del dolor en su máxima expresión; son los ingredientes que nos llevan a comprender una actitud ante la vida, una comprensión de la realidad atractiva, profunda y rotunda.
Hannah Arendt es presentada como una mujer cariñosa en su vida privada, lejos de los complejos que machacaban a la mujer de su época, vital y entusiasta al defender sus ideas, capaz de moverse hasta el lugar más incómodo para observar el universo aunque necesitada, al mismo tiempo, de su espacio vital para poder reflexionar, para poder seguir adelante. Interpreta el papel una espléndida Barbara Sukowa que es responsable, en gran medida, de un producto de categoría puesto que carga con el peso de todo lo que se ve en la pantalla. Acompaña a Sukowa, entre otros, Janet McTeer que logra un papel estupendo y fundamental aunque corto. Esta vez el tiempo de aparición no supone un recorte en la importancia de la luz que aporta sobre el principal este personaje secundario. Divertidísima y solvente.
La directora Margarethe von Trotta hace un trabajo minucioso tras la cámara y, además, firma el guión junto a Pam Katz. Aquí radica el problema de la película. Problema por ser un reto. Se acumulan ideas, pensamientos en forma de diálogo o monólogo que el espectador debe recibir como si fuera un torrente y que no permite despistes. Mucha información y no precisamente sobre cualquier asunto sin importancia. Es de calidad y profundidad maravillosas.
La película se centra en el juicio contra Eichmann, nazi alemán responsable, en buena medida, de la muerte de cientos de miles de personas. Pero Arendt lo ve desde un lugar muy concreto. Eichmann como burócrata, los líderes judíos durante la guerra como colaboradores obligados que perjudicaron el futuro de sus iguales al no saber encontrar su sitio, la poética del horror, un juicio convertido en estudio del momento histórico y de la condición humana. No niega Arendt su simpatía por la pena de muerte en este caso concreto por considerar atroz lo sucedido aunque no ve al monstruo que otros imaginan o pintan en el acusado. Aparece en su texto lo que ella llama la banalidad del mal.
En un momento concreto de la película, la pensadora se queja de algo que puede resumir la película entera: nadie ha criticado el error en su exposición; ella sabe que existe y nadie se fija en ello y sí en asuntos tangenciales y más superficiales. Son pocos los que entienden, son pocos los que pueden estar a su lado sin problemas.
Técnicamente, la película no presenta problema alguno. Destaca la fotografía de Caroline Champetier. El montaje es muy inteligente y mezcla imágenes reales con las propias de la ficción consiguiendo un equilibrio perfecto. Por supuesto, hay que ver la película en versión original. El acento de la protagonista, los matices cuando habla en su idioma, las entonaciones; todo hace de la película algo grande.
Es posible que Hannah Arendt sea una de las tres o cuatro mejores películas que puedan verse este año. Si van al cine no lo hagan con los prejucios en el bolsillo. Cuando lo profundo de las ideas se presenta con habilidad, con buen gusto, es apasionante entender. Mucho mas gratificante que cualquier historieta vacía que haga sonreír o llorar con trampas y vacíos.
© Del Texto: Nirek Sabal


jul 23 2013

Antes del anochecer: Incluso el tiempo perdona

Si en la primera de las películas de esta serie firmada por Richard Linklater comprobábamos cómo el azar y la ilusión pueden hacer estallar el mundo de dos personas; si en la segunda nos enseñaban lo cierto de lo inevitable cuando alguien escucha una canción; con el tercer trabajo todo queda envuelto en rutina, en una realidad terca que funciona como una trituradora de personas, pero en la que la esencia de la pareja prevalece porque no puede ser de otra forma, en la que el paso del tiempo enseña a vivir el momento sabiendo que el pasado nunca vuelve y el futuro no significa nada sin el recuerdo. La vida es como es. La gracia está en encontrar las herramientas para que la maquinaria no deje de funcionar.
Jesse y Celine viven juntos sus problemas, su día a día escondiéndolos. Y parece que han olvidado recordar. Veranean en Grecia, tierra de mitos y tragedia. Son padres de unas gemelas que apenas les dejan espacio o un minuto para disfrutar de sus vidas. Después de una comida con sus anfitriones son invitados a pasar la tarde y la noche en un hotel. Ese es todo el argumento. Ya está. Lo que sucede es que Linklater, utilizando planos fijos eternos como ya hizo anteriormente, nos permite disfrutar de unos diálogos estupendos. Unos mejores que otros, pero de un nivel general notable. La relación de Jesse y Celine podría ser la de cualquier pareja viviendo circunstancias parecidas, una relación llena de esas cosas que pueden parecer nimias y son lo fundamental.
El escenario vuelve a ser protagonista. Pero, esta vez, aparecen personajes que inciden directamente en lo que sucede. Son la muestra de las interferencias inevitables en la vida de las personas. Y el tiempo. Su paso, su pérdida, lo que queda de él. Por eso Grecia. Allí todo perdura. Allí vemos ruinas, edificios antiguos que siguen estando. Todo queda, todo puede conservarse  aun siendo un trabajo duro, penoso e inacabable.
Ethan Hawke y Julie Delpy están estupendos. Nunca lograrán trabajos tan convincentes, tan auténticos. Interpretan sin problema alguno. Desde luego, los años se dejan notar aunque (los que conocen las tres películas lo saben) seguirán siendo una pareja de adolescentes que se conocieron en un tren. Richard Linklater los dirige de maravilla.
Buena fotografía que aprovecha el brillo del sol y el contraste con las sombras para presentar unos escenarios de lujo. Dependiendo de lo que sienten los personajes el contraste es mayor.
Y, como ya es habitual, un puñado de diálogos en los que se trata el sexo, el recuerdo, la literatura, lo incierto del futuro y la pérdida de la vida entre los adultos cuando se deben entregar a otros. Se hace un uso más que convincente de la ironía, del discurso inteligente, de la ambigüedad del carácter de los personajes. Todo hace que Jesse y Celine crezcan como no lo habían hecho antes. La potencia del desarrollo de ambos es arrolladora.
De nuevo, el espectador corre el riesgo de quedar pegado en el asiento. No pensando en los personajes, no. Quedamos abandonados a nuestra suerte para pensar en nuestras cosas; en el mundo que, al fin y al cabo, es lo que nos cuentan.
Una delicia poder disfrutar de Jesse y Celine, de sus cosas, de las nuestras. No dejen de ir al cine les encantará.
© Del Texto: Nirek Sabal


jul 16 2013

Antes del atardecer: Nueve años en ochenta minutos. Y el futuro

Nueve años después, Jesse y Celine, los protagonistas de Antes del amanecer, se vuelven a encontrar. Los personajes de la primera entrega son adultos, son interpretados por (otra vez) Ethan Hawke y Julie Delpy, han evolucionado, han construido sus vidas con distintos materiales, pasan de los treinta años. Deberían ser desconocidos el uno para el otro, pero no. Pasarán ochenta minutos juntos. Él ha escrito un libro y lo presenta en París; ella trabaja para una Ong y va en su busca cuando se entera de que está en una librería hablando de su obra. Después de nueve años sabremos qué pasó. Nosotros (los espectadores) y ellos (los personajes). La película comienza siendo algo así como un puzzle en el que se colocan las piezas que faltan aunque el conjunto lo vemos con claridad. Faltan los detalles. Y termina con huecos que habrá que rellenar después.
Richard Linklater elige París para desarrollar la trama. Aunque no el más famoso y bullicioso o turístico. Jesse y Celine tomarán café en un rincón del Barrio Latino, pasearán por el Pomenade Plantée y navegarán unos minutos a bordo de un bateaux mouche. La ciudad desde sus ángulos más íntimos para que los personajes se muestren con calma, con tranquilidad, en su propia intimidad. La ciudad como un protagonista más, tal y como sucedió en Antes del amanecer.
La complicidad entre Hawke y Delpy sigue siendo la misma, la química abundante. Eso permite que los personajes que interpretan crezcan más y mejor. Él, más delgado y estropeado. Ella bellísima. Él más racional, sabiendo equilibrar realidad e imaginación. Ella más pendiente de no recibir golpes que de inventar el mundo como hacía siendo más jovencita. Él es, ahora, escritor. Ella no termina de encontrar su sitio. Él tampoco aunque lo ha maquillado. Se faltan el uno al otro. Lo saben, lo sabemos. Desde el primer minuto en el que se vieron.
Jesse y Celine recuerdan aquella primera y única noche con detalle. Les marcó la vida. Pero (esta es la grandeza de esta película) son capaces de imaginar un futuro estando juntos o estando separados llegando a las misma conclusiones, haciendo el mismo diagnóstico. Ellos, nosotros, sabemos que sólo pueden ser las cosas como se dibujan. Aquí nos cuentan cada trazo que hacen, sin obligaciones para el espectador, con sugerencias constantes y expresividad en cada fotograma. Y, otra vez, sin posibilidades de elipsis. Los ochenta minutos que pasan juntos coinciden, casi, con el metraje. De nuevo, nos encontramos con una cámara, dos personajes dialogando, una ciudad y una historia por vivir. Desde la madurez. Es verdad que la trama está condicionada por la anterior entrega aunque es mucho más importante lo que está por llegar, la necesidad de contarse el mundo de los personajes (un mundo sin apenas sentido cuando el otro no está), la necesidad de mantenerse en el lugar adecuado cada minuto de sus vidas.
Tanto Hawke como Delpy están estupendos. Disfrutan delante de la cámara; es como si ellos hubieran deseado reencontrarse con las mismas ganas de Jesse y Celine.
Con esta película quedan clara algunas cosas. Por ejemplo, no hacen falta no sé cuantos millones de euros para hacer buen cine (casi puede decirse que es al contrario); un buen guión es lo que vertebra cualquier trabajo y se hace fundamental, si no hay guión no hay película; la elección de los escenarios tiene mucho que ver con los personajes y una canción resume la eternidad (atención al vals de Celine al finalizar la película).
Segunda y espléndida entrega del realizador Richard Linklater con Jesse y Celine como protagonistas. Ya sólo queda rematar el trabajo. Una delicia.
© Del Texto: Nirek Sabal