abr 29 2013

Ayer no termina nunca: Idea deliciosa, ritmo desesperante

Ante la pérdida, ante la ausencia, el mundo se detiene. Todo se concentra en un instante que servirá de salvavidas. La realidad como acumulación de momentos irrelevantes deja de tener importancia. Podemos olvidar algo que pareció asombroso e imprescindible cuando ocurrió. Podemos recordar lo que es intrascendente ahora y lo fue en el momento de ocurrir. Pero el anclaje al universo, a nosotros mismos es intocable e invariable. Podría ser el dolor más intenso o la alegría más brillante. Depende de las personas. Y lo que sigan haciendo en apariencia, lo que muestren y aporten a lo que conocemos por realidad, no será más que cosmética inútil. Esto colocado en un mundo sin posibilidades es lo que cuenta la última película de Isabel Coixet. Ella dice que es una película sobre la crisis. Creo yo que la crisis es una excusa para hablar de dos personajes desde su interior y su postura ante una realidad agotada.
Resulta deliciosa la idea que funciona como motor del relato de Coixet. Pero llegar hasta ella es una especie de prueba imposible hasta para los mejores y más fieles seguidores de la realizadora. La película es un larguísimo diálogo entre dos personajes. Se intercalan las consciencias de ambos con imágenes en blanco y negro. Sabemos lo que dicen, sabemos cómo piensan, sabemos más que ellos. Pero claro, en este tipo de diálogos encontramos zonas inverosímiles por completo; territorios faltos de interés que provocan algún bostezo; y algunas repeticiones innecesarias de ideas que se desgastan a base de ser repetidas.
El ritmo de la cinta es desesperante. Lento, lento, lento. Las interpretaciones de Javier Cámara y de Candela Peña están bien aunque a veces se les haga imposible sacar adelante tanta inmovilidad, tanto intimismo y tanto minimalismo. Tal vez, por esta razón, parecen algo fuera de control en escenas concretas. Dos excelentes profesionales sin exprimir a fondo. La fotografía de Jordi Azategui es lo mejor del trabajo. Los colores, el mundo entero, pierde su brillo. Eso sólo existe en el recuerdo de los personajes, sólo es lo que los personajes quieren recordar.
Ayer no termina nunca resulta agotadora al girar su trama alrededor de dos o tres cositas, por su teatralidad exagerada. Se enfrentan el norte y el sur, el hombre y la mujer, la realidad y el recuerdo, la felicidad y la amargura movidos por el registro utilizado que agota y se agota. La información que llega desde el diálogo también extenúa y se deprime.
Las ideas pueden ser extraordinarias. Esta de Isabel Coixet lo es. Bella, emotiva. Pero esto no es razón suficiente para que, pudiendo contar las cosas con tres escenas alguien se invente una película de largo metraje. Porque termina siendo soporífero aunque se añadan ingredientes a los que deberíamos ser sensibles. Una lástima.
© Del Texto: Nirek Sabal


abr 29 2013

Rompe Ralph: Malos anónimos

La factoría Disney tiene mucho que decir. Sabe adaptarse a los cambios como cualquier otra firma y si le toman ventaja encuentra caminos para volver a las primeras posiciones.
Rompe Ralph es una película maravillosa, una película con propuestas más que interesantes (¿puede un villano protagonizar una película para niños? ¿puede realizarse una película que, visitando lugares comunes, deje al margen tópicos?).
Técnicamente impecable, Rompe Ralph resulta ser un relato divertidisimo y muy bien narrado. No falta nada para que así sea. Personajes principales con los que se empatiza desde el primer momento; unos secundarios magníficos que cumplen con el papel de actantes de forma exacta, una paleta enorme y brillante; unos diálogos muy cuidados que, inevitablemente, contienen un mensaje para los niños aunque escapan de moralinas cargantes; momentos emotivos, momentos de acción trepidante; tensión narrativa a espuertas y giros argumentales muy bien diseñados. Una joya de la animación.
Para el espectador de edad algo más abultada, Rompe Ralph se convierte en un homenaje a las míticas arcades (esos primeros videojuegos que nos parecieron cosa de otra galaxia), pero los más jóvenes tienen la posibilidad de sonreír ante los guiños a, por ejemplo, Gears of War. Cuando la trama se centra, fundamentalmente, en un videojuego lleno de chuches y color rosa, aparece el manga para que no falte de nada. Todo se funde apareciendo la técnica del videojuego y la animación del siglo XXI. Metal Gear, Lara Croft, Mario. Todo está por allí. Una delicia.
Ralph y la insoportable Vanellope ocupan la pantalla de extremo a extremo. Protagonizan el relato en su zona principal. Pero Félix y la maravillosa sargento Colhoun no fallan en la subtrama.
El realizador Rich Moore sabe mezclar todos los ingredientes, incluida una banda sonora muy divertida y acertada, para conseguir una cinta estupenda. Quizás algo exagerado con el colorido en algún tramo del trabajo aunque se le perdona cuando termina haciendo un chiste sobre lo cargante de esa estética. Ya sabía él que se había pasado de la raya.
La reunión de malos anónimos es impagable. La historia previa a la trama en la que interviene la sargento Colhoun hilarante. Y el final muy de niños que es lo que tocaba.
No dejen de buscar un niño excusa para invitarle a ver la película. Se divertirán usted y él. No tengan la mínima duda.
© Del Texto: Nirek Sabal


abr 28 2013

On the road: Mejor la novela

Las adaptaciones de novelas al cine tienen un problema. Si el guionista no es capaz de agarrar la esencia de la obra el resultado final será otra cosa. Cuanto más profundo y complicado sea el original mayor riesgo se correrá. Ya sé que no estoy descubriendo nada del otro mundo, pero parece que algunos guionistas y realizadores todavía no se han enterado.
Querer presentar la famosísima generación Beat desde una novela como es On the Road ya es un reto. Ese libro se escribió de un tirón, el autor estaba bajo los efectos de las drogas y del alcohol, y no es una obra que quiera narrar una historia. Aquí se trata de unir sensaciones, de ideas, de acumular toda una forma de vida en unas páginas. De hacer un viaje literario con el mismo fin con el que el autor y sus compañeros lo realizaban. El punto de partida o el de llegada son irrelevantes; son las experiencias vividas en el camino las que cuentan.
Pues bien, aquí se presenta el problema del realizador Walter Salles y de su guionista José Rivera. Se han quedado a medio camino, en la superficie. No sé si por no haber entendido, por prudencia o por ganas desaparecidas de arriesgar. ¿Dónde queda la duda existencial de los personajes? ¿Todo se reduce a jazz, sexo, alcohol y drogas? Vivir la vida como Jack Keroauc o William S. Burroughs ¿era coger una mochila o inyectarse heroína? ¿O era algo más próximo a entender la propia existencia no como un relato y sí como la acumulación de sensaciones y experiencias aunque el montón fuera un desastre en su desorden?
La película es lenta. El ritmo narrativo se hace casi pesado aunque la fotografía sea notable (todo tiende al gris desde la gama de marrones). Es pesado aunque el jazz que se escucha es del bueno. Aunque nos estén contando algo inaudito y a lo que no estamos acostumbrados. Se hace pesado porque se repiten las pocas ideas una y otra vez. Demasiadas vueltas a las mismas cosas que no son las esenciales. Por ejemplo, nos repiten tres o cuatro veces (a través de tomas casi idénticas) que los personajes roban allá donde van para sobrevivir. Ya lo sabemos, pero se insiste. Así todo.
Sam Riley (Jack Keroauc – Sal Paradise) resulta un actor blandito para el papel. Keroauc era un tipo educado, galante y comprensivo, pero -según sus propios amigos- de gran virilidad. Riley se queda lejos. No está mal en el papel aunque le falta algo. Igual que a la película en su conjunto. Garret Hedlund (Neal Cassidy – Dean Moriarty) aparece con un look más propio del hombre actual que del personaje. Mal elegido el actor. Se esfuerza, pero no llega a cuadrar con el papel en ningún momento. Lo mismo ocurre con Viggo Mortensen (Bull Lee – William S. Burroughs). Kristen Stewart defiende el papel de una Marylou convertida en su mirada picante. Ya está, eso hace. El resto interpreta papeles muy secundarios y muy cortos.
El guionista intenta, a través de elipsis, dar esa sensación que percibimos en la novela de no buscar la trama y sí la evolución de los personajes según van viviendo sus experiencias. No lo consigue siempre. Y procura introducir un par de poemas en el guión que resultan dos parches metidos con calzador. El libro rebosa poesía, poemas también, pero sobre todo poesía. Y eso no se arregla leyendo un poema. ¿Ven? Esto es a lo que me refería cuando hablaba de adaptar bien o mal una obra literaria. Por otra parte, algunos diálogos parecen excesivamente literarios. Todos los son aunque algunos cuelan mejor que otros.
La película puede resultar aburrida y decepcionante. Tal vez, sin conocer la novela el asunto se resuelva mejor. Lo dudo, pero podría ser. Creo yo que se dejará ver. Sólo eso.
© Del Texto: Nirek Sabal


abr 25 2013

Hanna: Alicia en el país de las nikitas

Antes de hablar de cine, conviene dejar claro lo limitados que son algunos guionistas, así como los realizadores que aceptan guiones patéticos, y lo mal informados que están unos y otros.
Imaginemos. Una niña vive, desde siempre, aislada en un punto lejano de la civilización. Se sorprende si ve un avión. Pero un par de días después ya navega por internet sin que nadie le enseñe, como por arte de birli birloque. Enciende la luz eléctrica y casi sufre un desmayo por la impresión que le causa, pero es capaz de utilizar el servicio de correos de un país desconocido como si lo hubiera inventado ella misma. Su padre, porque tiene padre y todo, se lanza al mar y comienza a nadar hasta llegar a una costa cualquiera para eliminar a los malos. Como todo el mundo sabe, los padres pueden nadar en aguas heladas y sin protección, tanto como sea necesario. Mientras papá nada, la niña conoce mundo. Se agarra a un vehículo militar desde el suelo (el vehículo avanza a una velocidad más que considerable, pero ese detalle lo dejamos pasar) y, poco a poco, vehículo a vehículo, llega a España. Allí conoce a un muchacho muy español que invita a salir a nuestra protagonista. ¿Dónde van? Pues claro, a un poblado gitano lleno hasta los topes de guitarras, de flamencas y de mierda. Lo que suelen hacer los chicos en España, claro que sí. Podría continuar señalando idioteces, clichés estúpidos y cosas parecidas, pero me aburro con estos asuntos. El caso es que una niña que ha vivido en una cabaña aislada en algún punto de Finlandia, que no conoce nada más allá, no puede transitar a los quince minutos por Berlín como si fuera la ciudadana del año. Esto es algo que repela a cualquiera.
Hanna es todo esto y mucho más. El realizador Joe Wright intenta una propuesta que envuelve con violencia el tierno mundo infantil. Lo intenta y obtiene a cambio una castaña pilonga de gran tamaño. También lo intenta con la poética y el resultado es bochornoso. Un ejemplo: El personaje se va a meter en problemas, en uno de imposible solución. Pues nada, como tengo un parque de atracciones a mano, le hago entrar en un túnel oscuro que, lógicamente, se inicia con la cabeza de un lobo enorme. Impresionante.
La película queda como mezcla de muchas otras y arrastra los problemas (en forma de cliché) de todas ellas. Pienso en Bourne, en Species o en La joven del agua. Pero, sobre todo, en Nikita. Como Joe Wright agarra ese mundo infantil al que me refería, podemos decir que este paquete sería una Nikita en un mundo de las maravillas o al revés. Qué más da.
Saoirse Ronan, Eric Bana y Cate Blanchett hacen lo que pueden. Y no están mal. Las coreografías de las peleas las resuelven con cierta solvencia sin ser fáciles. Ni siquiera se duermen en medio de una escena que es lo que debería pasar en películas como estas. Debieron cobrar cantidades importantes.
La banda sonora se hace estridente en exceso y resulta casi extravagante. Los Chemical Brothers son una banda estupenda. Pero está mal encajada y conviene modificar los registros para no cansar al espectador. Si la intención era llamar la atención de los jóvenes, me temo que también han fracasado.
La fotografía sí tiene cosas buenas. Sobre todo al principio de la cinta en el que se intentan cosas muy interesantes con los filtros.
Y, ahora, la gran noticia. La protagonista cruza en ferry el estrecho de Gibraltar. Es decir, el realizador sabe dónde está España, la España cañí. Bravo, bravo, bravísimo. Y nuestro toro de Osborne aparece en pantalla. Bien, bien.
Ignorantes.
© Del Texto: Nirek Sabal


abr 24 2013

El doble del diablo (The Devil’s Double): Prendido con alfileres

Una de las reglas de oro que no hay que olvidar para poder contar historias es saber qué quieres decir. Esto podría parecer obvio, algo inevitable en cualquier caso. Sin embargo, no lo es. Unas veces por falta de ideas, otras por exceso de ellas; otras más, por desastres o deficiencias técnicas; el objetivo, que es claro, se queda lejos del trabajo del autor y no hay forma de acercarlo al lugar debido.
Eso pasa en El doble del diablo (The Devil’s double) del realizador Lee Tamahori. Tampoco es ninguna sorpresa tratándose de este hombre. Cada, toma, cada escena, se queda en tierra de nadie o, lo que es igual, en la superficie. En la de los personajes, en la de las relaciones de estos, en la de la crítica social, en la de la propia historia. Nada se agarra y se disecciona. Nada. La cosa queda en peliculilla de acción con una buena interpretación del actor principal y poco más. Porque Dominic Cooper lo hace bien y le echa una buena dosis de entusiasmo. El guión hace aguas en sus diálogos y en sus elipsis exageradas que terminan centrando todo en la vida sexual de Uday Hussein (hijo del dictador iraquí). Todo queda prendido con alfileres. Tal vez la primera parte de la película pudiera salvarse del suspenso, pero la segunda es tan desastrosa que tira por tierra lo logrado. Vamos de lo entretenido a lo cutre, a lo desastroso.
La banda sonora no está mal aunque resulta algo repetitiva. Se libra por los pelos. Igual que los efectos especiales. Justitos aunque aprobados.
Además de todo esto, es destacable que durante un momento concreto, todo se desliza hacia la mala caricatura y lo que trata de ser un drama horrible, se convierte en un circo descontrolado. Mucho gemelo, mucha acción que de extravagante parece un chiste.
Tamahori intercala imágenes reales que tratan de ilustrar el momento histórico. Creo yo que busca más decir al espectador que está ante la historia real de Latif Yahia para que se trague todo sin poner pegas. Se intenta apoyar en algo que nunca termina de funcionar salvo que el trabajo sea bueno. El que es malo no se arregla con cuatro imágenes de telediario.
Prescindible. Una posibilidad como otra cualquiera para cubrir una tarde aburrida de domingo. Eso sí, si tiene algo mejor que hacer, ni se lo piense. Ya tendrá tiempo de perder el tiempo con El doble del diablo.
© Del Texto: Nirek Sabal


abr 23 2013

Alacrán enamorado: Crochets para todos


El boxeo ha sido gran fuente de inspiración para escritores y directores cinematográficos. Tanto que, casi siempre, es raro encontrar elementos novedosos en lo que nos quieren contar de un tiempo a esta parte. Con Toro Salvaje ya quedó todo dicho. El mundo negruzco, duro, sucio y desolador alrededor del cuadrilátero ya se ha relatado con detalle y de todas las formas posibles. Al menos eso es lo que parece. Pero esto no debería causar problemas. Homero ya contó todo en su Iliada y su Odisea y, sin embargo, hemos seguido insistiendo sin descanso relatándonos la realidad.
Alacrán enamorado es una buena película. Más por el lenguaje cinematográfico que maneja el realizador Santiago A. Zannou que por el guión que hace aguas por todos los lados. La cámara de Zannou está siempre bien colocada y no busca preciosismos, ni lugares en los que pueda respirar otra cosa distinta de la narrada. Si bien es verdad que las escenas presentadas a cámara lenta no terminan de funcionar bien al buscar detalles ya implícitos en la imagen, y que son lugares comunes mil veces narrados; en general, la dirección de Zannou es vigorosa, correcta astuta e inteligente. Acompaña, de principio a fin, una cuidada fotografía de Juan Miguel Azpiroz que facilita mucho el trabajo.
Los problemas llegan desde el guión. El propio realizador y Carlos Bardem (autor de la novela que se adapta en este trabajo) se muestran irregulares al escribir; intentan aportar un contenido que sirve de relleno al suavizar la trama principal. Y esa es la zona conflictiva. Porque, por ejemplo, el personaje principal modifica su forma de entender sin tener que enamorarse, pero (no sé si por inseguridad de los guionistas, no sé si porque creen que los espectadores necesitan mucho para creer las cosas) se enamora mucho. Esta subtrama parece insertada a la fuerza sin que aporte gran cosa al sentido del relato. En el arte no todo lo que se añade suma.

La película es algo previsible y, casi desde el principio, sabemos que el camino es uno y sólo uno. Se intentan algunos giros argumentales que no terminan de cuajar resultando algo molestos.
Los personajes se perfilan bien. Este es uno de los logros importantes de Alacrán enamorado. El entorno aparece como uno más de ellos. En él se desarrollan los acontecimientos aunque su propia fisonomía provoca que las cosas ocurran. Los actores, lógicamente, ayudan en gran medida. En general, todos están bien aunque destacan Álex González, Carlos Bardem y Hovik Keuchkerian. Javier Bardem defiende un papel muy corto con intensidad. El resto se manejan bien delante de la cámara aunque sin grandes logros.
Tal vez, lo peor de todo, sea la falta de hondura al desarrollar la trama homófona. Parece que está llamada a ser lo que estructure el relato y, efectivamente, se intenta, pero la falta de profundidad y la cercanía al tópico lo deja todo en un intento muy superficial. Se afronta un asunto muy complejo y espinoso y la sensación del espectador puede ser que desembarque en la misma anécdota que de costumbre.
El mundo del boxeo se llena de golpes, de miserias, de trampas, de dolor, de fama pasajera. Se llena de ganchos y directos, de un buen juego de piernas, de pasión, de odios que te hacen perder la pelea. Por eso funciona tan bien en el cine; porque se parece mucho al resto del universo.
Zannou nos intenta dejar besando la lona con Alacrán enamorado. Logra una victoria a los puntos. Todo un éxito dadas las circunstancias y los paquetes (otro término pugilístico) que nos endosan en la cartelera. Aunque, a decir verdad, algún crochet se lleva puesto.
© Del Texto: Nirek Sabal


abr 15 2013

Fin: Oportunidad perdida

En todo sistema narrativo debe existir una cantidad de información suficiente y una zona expresiva compensada para que el relato se convierta en algo más que una historieta o noticia de periódico. Sin unas cantidades justas, de una cosa y otra, el relato no funcionará. Un exceso de información convierte el relato en la sucesión de escenas que nada dicen y el exceso de expresividad (sin la información necesaria) en un jeroglífico irresoluble.
Fin, primera película del realizador Jorge Torregrossa, arranca con ímpetu, con los elementos técnicos necesarios para hacer buen cine.
Un grupo de amigos se encuentra en una casa de campo; parecen tener guardado un secreto inconfesable; y ocurre algo inesperado que ni ellos ni el espectador reconocen (el paso de un meteorito o algo así por encima de sus cabezas, la desaparición de alguna estrella). Hasta aquí, los personajes habían comenzado a presentarse, todo era creíble, la cámara estaba en su sitio. Hasta aquí, todo bien. Pero después, se produce un derrumbe casi total de la propuesta. Apenas en veinte minutos.
Llega la ciencia ficción sin que tengamos tiempo de conocer a cada personaje (algo que nos dejará sin opciones en cuanto al interés por ellos), lo inexplicable se trata de solventar con una carga expresiva poco sólida, nada se entiende (ni los personajes ni los espectadores aciertan a saber qué ocurre), los animales son agresivos sin una justificación clara, un león aparece en pantalla por las buenas, la lógica de la película se soporta sobre detalles insípidos (el asunto del reloj de uno de los personajes que aparece dentro de su coche es una clara muestra de esto). Si hablamos del final de la película el la cosa es mucho más grave. Todas las dudas que podemos acumular ya se han acumulado. Sobre lo que pasa, sobre los personajes, sobre la justificación narrativa, sobre los escenarios. Todas las dudas que quedan en manos de un doloroso e irritante piense usted lo que quiera o pueda. Poco antes del final, los personajes que quedan sueltos por la pantalla intentan explicar el fondo de la película con un par de frases. Lógicamente, el desbarajuste es absoluto. Puede dar un ataque de risa si se piensa un poco. Eso sí, con la explicación se da por zanjado el asunto. El espectador se queda con cara de pánfilo y hasta la próxima.
Maribél Verdú está bien aunque no se qué pinta metida en un proyecto como este. Carmen Ruiz se esfuerza mucho y logra el personaje más completo (dentro de la falta de dibujos claros que presenta Torregrossa) Andrés Velencoso debería dedicarse a la suyo y no al cine. El resto hace lo que puede.
Muy bien la fotografía de José David Montero.
Torregrossa muy irregular. La película, naturalmente, lo mismo. Hay escenas que son un chiste. Por ejemplo, la persecución de los perros es espantosa. Y el problema no es que la escena esté mal rodada. El verdadero desastre es que se pierden oportunidades magníficas para dar un giro argumental, que a estas alturas de la cinta, es más que necesario.
Todo queda en el territorio de la duda, de la falta de comprensión, de lo ramplón y sin interés alguno. Una oportunidad de oro desaprovechada.
© Del Texto: Nirek Sabal


abr 13 2013

Oblivion: Un gasto indecente


Dice el director Joseph Kosinski que Oblivion es un homenaje al cine de ciencia ficción. Después de ver la película, hay que suponer que quiso decir que es un poquito de cada película de las que quiere homenajear; que se ha introducido el material en una coctelera para agitar muy fuerte y poder tirar el resultado frente a la cámara digital o dentro de un disco duro. Caiga como caiga la plasta obtenida.
Antes de realizar semejante operación, el señor Kosinski debió pensar que, como el papel protagonista lo iba a defender Tom Cruise, debía, al mismo tiempo, diseñar un trabajo a medida para el actor. Pero se le olvidó. Total, como al señor Cruise todo le cae bien, para qué pensar más de la cuenta. A lo mejor, lo del trabajo a medida fue impuesto por el actor y fue él quien arrojó el contenido de la coctelera para probar suerte. No lo sabemos. El caso es que el resultado es un trabajo previsible desde el principio, visto cien veces y soporífero incluso cuando la acción se acelera entre disparos de máquinas infernales.
Se libran, cómo no, del desastre, los efectos especiales, los visuales y los de sonido. Nada del otro mundo hoy en día.
El guión es espantoso. Lento, cansino; un intento de dosificar la información para alargar el metraje que termina siendo un reparto irregular que hace de la película una montaña rusa que siempre avanza hacia el ridículo. Una montaña rusa muy aburrida.
Los diálogos son vergonzosos. Creo que no hay una sola frase que merezca la atención. Ni una. Todo lo que se dice es superficial, vacío. Para decir algo inteligente, el guionista recurre a los clásicos romanos. Con esto está todo dicho.
Tom Cruise hace de Tom Cruise aunque en la película se hace llamar Jack Harper. Pero no se dejen engañar; es Tom Cruise. Le acompañan de cerca Olga Kurylenko y Andrea Riseborough. Discretitas. Todos están discretitos. Todo en esta película lo es.
La cosa va de un planeta Tierra destruido e imposible de habitar durante la guerra nuclear y la destrucción de la luna por parte de unos alienígenas malísimos. De eso, de la expoliación de la Tierra y del amor. Es decir, la cosa va de lo de siempre. ¡Anda, ahora que lo pienso Tom Cruise ya hizo de Tom Cruise en La guerra de los mundos. Y en esa también querían dejar el planeta hecho unos zorros! Debe ser una de las homenajeadas.
A los cinco minutos de proyección, ya se sabe lo que va a pasar. Lo peor es que eso y lo que pasó anteriormente y lo que está pasando no despierta el más mínimo interés. Nada interesa. Ni siquiera las batallitas y persecuciones resultan atractivas o divertidas. Cuando las máquinas asesinas aciertan cualquier blanco con una precisión pasmosa y no son capaces de atinar en un dedo o algo de Tom Cruise las batallitas resultan una ridiculez. Su personaje no es un mecánico. Es Dios, hombre. Omnipresente, onmipotente y omni lo que quieran. Es omnipatético, también.
La película es, sobre todo, un gasto indecente que no aporta nada. Ni a nadie ni a nada. Más de lo mismo. Resta a lo que es el cine de género aburriendo colosalmente.
Hacer cine no es ser habilidoso con el ordenador. El cine es otra cosa. Ya tenemos las consolas para ver aventurillas.
Una pena y una gran decepción.
¿Cuántas buenas películas podrían rodar los directores desconocidos y rebosantes de talento con el presupuesto de Oblivion? Muchas, ya se lo digo yo.
Esperen a verla en casa cuando se edite en formato doméstico. Al menos podrán levantarse tantas veces como quieran o descabezar un sueñecito sin peligro de perderse cosas.
© Del Texto: Nirek Sabal


abr 13 2013

Una pistola en cada mano: Un silencio en cada frase

Lo sugerido, lo implícito, lo que no se dice de forma directa, es un recurso narrativo tan difícil de utilizar como impactante, expresivo y efectivo. Complicado de usar y extraño en los creadores actuales que buscan más hacer caja y ser famosos que cualquier otra cosa (me refiero al 80% de los que se mueven en los circuitos más comerciales del mundo de la creación. El resto son rarezas muy necesarias o no les conoce nadie).
Siempre he defendido que la idea de que los diálogos en una película son fundamentales. Si son malos no hay nada que hacer aunque el reparto sea impresionante, aunque la fotografía o los efectos especiales sean una maravilla. Pero esa idea incluye el silencio, la evocación o la expresión llegada desde la palabra que esconde detrás de su aparente superficialidad toda una forma de entender el mundo. Lo que no funcionan son las frases rimbombantes o pretenciosas, la falsa ironía o un discurso rodeado de cosmética que es una enorme pata de gallo.
Cesc Gay es un excelente realizador. Sus películas son una demostración de lo que debe ser la dirección actoral, el movimiento cuidadoso y elegante de la cámara o la inteligencia al desarrollar personajes. Una demostración, también, de originalidad y de vocación por hacer buen cine. Con Una Pistola en cada mano se adentra en la franja de edad de los hombres en la que todo se puede venir abajo si no se asume como lo que es. Lo hace desde una serie de encuentros entre distintos personajes que apenas dicen nada aunque hacen explotar sus universos o lo que queda de ellos. Es curioso que, en esta película, cuanto más se habla de asuntos importantes más se roza el tópico y el personaje que lo hace se asoma al precipicio del ridículo. Cuanto más se silencia mejor se entiende lo que sucede, con qué ánimo se enfrenta el personaje a la realidad. Narra el realizador cinco encuentros en los que los egos chocan, los logos rozan provocando situaciones inaguantables para el personaje; cínicas, divertidas , patéticas, tristes casi todas.
El reparto es excepcional. Y el trabajo de Cesc Gay con él es impresionante. Es verdad que con este elenco la cosa es más sencilla de lo normal, pero que todos estén sobresalientes no es fácil. Ricardo Darín, Luis Tosar, Javier Cámara, Leonor Watling, Eduardo Noriega, Leonardo Sbaraglia, Cayetana Guillén, Candela Peña, Clara Segura, Alberto San Juan, Eduard Fernández y Jordi Mollá. Casi nada. Por si era poco, la fotografía de Andrés Rebés cuida hasta el último detalle y todo parece estar diseñado para que no deje de encajar una sola pieza.
Tan sólo la escena final desentona. Demasiado traída de los pelos, demasiado aparatosa para que un personaje diga pues estamos buenos lamentándose entre un grupo de hombres que viven diferentes situaciones a cual más trágica. Y, quizás, Gay se arrima más de la cuenta a algún tópico que no deja de serlo a pesar de enfrentarlo desde la zona inteligente. Alguien podría pensar que la película quiere decir que los hombres son más tontos que pichote y las mujeres muy, muy listas. Y algo de eso hay. Pero hay muchas más cosas. Hay universos enteros que explican situaciones, por ejemplo, de desventaja en las que alguien puede parecer eso, más tonto que un cubo, aunque lo que sucede es que la desesperación es grande y los errores acompañan muy bien en esos momentos. Se enfrentan personas en situaciones distintas en las que las desventajas son muy severas.
Cesc Gay hace buen cine. Cada uno de sus trabajos es una grata sorpresa. Un excelente realizador que ha madurado su cine y terminará triunfando. Es cuestión de tiempo. Y de presupuesto.
© Del Texto: Nirek Sabal


abr 10 2013

Tesis sobre un homicidio: Un final insólito e imperdonable

Los espectadores que acuden al cine pagan para ver la película que ha realizado otro.
Alguien tiene una idea, otros (incluso él mismo) financian la cosa y, voilà, los demás pagamos para ver cómo ha quedado el asunto. En ningún caso, creo yo, el espectador paga el precio de una localidad para tener que desarrollar una trama y completar, de ese modo, lo que ha visto. Porque, en caso de hacerlo, la entrada a las salas de proyección debería ser gratis.
Esta muy bien que realizadores y guionistas dejen opciones abiertas en las tramas, que dejen al espectador su propio espacio. Esto está muy bien. Pero presentar una propuesta en la que todo quede reducido, finalmente, a un usted verá lo que quiere hacer con todo esto, a un usted verá cómo quiere colocar las piezas que le han entregado; no parece que sea la forma de tratar inteligencias ajenas.
Tesis sobre un homicidio es una película que rebosa diálogos interesantes (alguno algo pretencioso; todo hay que decirlo); que se desarrolla con buen ritmo; en la que se plantea algo ya viejo y conocido -la lucha de intelectos- aunque con matices muy atractivos. Vocación de hacer cine hay por todos los sitios. Es una película en la que interviene Ricardo Darín que siempre es garantía absoluta; una película bien planificada en la que se alternan planos diferentes con el fin de perfilar a los personajes (los planos secuencia en los que intervienen Darín y Alberto Ammann son un ejemplo). Es una película con la que se quieren conseguir objetivos de altura, de importancia. Ahora bien, deja en manos del espectador demasiado. Y el espectador ha pagado su entrada. Hacer eso, dejar que el peso recaiga sobre el que observa, convierte la relación película-espectador en algo árido, en una bomba de relojería. Más que nada porque si el espectador decide no asumir un reto que no le corresponde todo se viene abajo. Si, además, esto lo descubre el espectador al final, la irritación puede ser descomunal.
Una cosa es dejar abierto el final a modo de elipsis eterna (que puede ser rellenada o no de sentido sin que el propio de la película de vea modificado) y otra, bien distinta, es no plantear un final (con lo que ese sentido del conjunto se desvanece por completo). Tesis sobre un homicidio es eso.
El planteamiento narrativo es que algo observado desde distintos puntos de vista, siendo la misma cosa, se convierte en algo distinto con cada perspectiva. Si te fijas en esto, tienes este resultado. Si te fijas en esto otro, lo anterior se derrumba o crece aún más. ¡Menudo descubrimiento! Pero contar lo mismo, sea cual sea el punto de vista, necesita una solución. No se deben mezclar las cosas y que termine siendo válida cualquier cosa.
Ricardo Darín defiende el papel protagonista. Un abogado que ya sólo se dedica a la enseñanza. Alberto Ammann defiende el papel del otro protagonista. Un alumno del primero. Se comete un crimen. Asistimos desde ese momento, bien a la paranoia de uno, bien a la realización de un plan sofisticado y perverso del otro. Darín con oficio. Ammann con falta de tablas. El talento de Darín es notable y patente. El de Ammann debe estar por llegar (¿qué habrán visto en este chico?).
Las mejores escenas las protagonizan ambos. En ellas, la tensión narrativa se dispara. Pero más por los diálogos y el trabajo de Darín que por otra cosa. No falta una cámara bien colocada siempre y moviéndose tranquila. Ayuda, también, la música de Sergio Moure que, aunque algo tendente a la exageración alguna vez, logra encajar bien. Calu Rivero, sosita. Guapa aunque sosita.
Patricio Vega (adaptador de la novela de Diego Paszkowski) deja algunos cabos sueltos en el guión. Y alguna cosa inexplicable. Por ejemplo, ¿cómo es que acaba la película sin que sepamos el contenido de esa tesis? Podría haber insertado un par de frases. Algo. Y lo de ese final es imperdonable. Hace que un trabajo de una potencia considerable se vacía sin remedio por los cuatro costados. Tesis sobre un homicidio podría ser un auténtico peliculón. No sé si por falta de ideas, de presupuesto, de ganas o de tiempo; se queda en una buena propuesta fallida. Una paradoja, sí. Como convertir el oro en plomo. Algo así.
De todos modos, tal y como están las cosas, no es una mala opción. Porque ya les avanzo que la cartelera está hecha unos zorros.
© Del Texto: Nirek Sabal