mar 31 2013

Los Croods (Una aventura pehistórica): El miedo al cambio desde el humor

Mientras seguimos a la espera de la secuela de Monstruos, S. A. o Lluvia de albóndigas, las pantallas de los cines se llenan con Los Croods. Una excelente película de animación.
Los Croods es el último trabajo de la factoría Dreamworks. La dirige Kirk de Micco. Y resulta ser una grata sorpresa se mire por donde se mire. Si bien es verdad que las moralejas del relato están algo manoseadas (la familia unida es fundamental; a pesar de todo, un padre es, siempre, un padre) la película es muy divertida, técnicamente impecable, colorista y original en el diseño de personajes y de un mundo que representa cualquier universo de cualquier tiempo pasado o por venir.
Es especialmente atractiva la idea que se desarrolla alrededor del miedo que el ser humano siempre sintió ante los cambios. Aferrarse a lo conocido aunque la supervivencia se haga imposible. En definitiva, el miedo del hombre a lo desconocido.
Pues bien, todo esto se presenta rodeado de un exquisito humor, de momentos locos que divierten a niños y a los adultos que los acompañan (los cines se llenan más de adultos que de niños para ver las películas de animación. Echen cuentas. Un niño por familia de media. Dos adultos acompañando).
Grug es el padre. Intenta mantener con vida a su familia valiéndose de la fuerza bruta, sin fuego, atemorizando a todos para que tengan que seguir las reglas establecidas que son, básicamente, salir a cazar y regresar a la caverna para no ser devorados. Un buen resumen de esto es cada cuento que Grug narra a su familia al encerrarse en la cueva. Por ejemplo, fulanito salió a pasear y muere, fulanita enseña una mano y muere, y así sucesivamente. Eep es la hija adolescente que se niega a que la vida consista en no morir. Piensa que, más bien, se trata de vivir. La relación entre padre e hija es la que articula la acción. Y, un buen día, aparece un muchacho (Guy) con una antorcha, buscando un mañana. A partir de este momento, todo se mueve, todo deja de ser lo que era.
La película tiene un ritmo narrativo extraordinario. No hay un solo minuto de relleno o, si quieren, de transición (en este tipo de películas se suele resolver con una canción insoportable o con un discurso de los personajes que no viene a cuento). La banda sonora se planta a la altura de la factura técnica de la cinta; es decir, es estupenda. El diseño de los personajes es espléndido y no hay una sola fisura en ellos ni en las relaciones que mantienen con los demás (la del padre con la suegra es, verdaderamente, hilarante). Estos personajes no son originales (esta es una película para niños y todo tiende al cliché que pueda ser bien entendido y asimilado), pero se desarrollan perfectamente. Los escenarios son espectaculares por su originalidad (esto sí lo es) y su colorido que llena de matices cada secuencia. Acción, humor y la dosis justa de romanticismo.
Bienvenida sea esta película.
© Del Texto: Nirek Sabal


mar 29 2013

Looper: Lío en el tiempo

Las películas que se soportan sobre viajes en el tiempo tienen unas complicaciones argumentales difíciles de resolver. El guionista que aborda una trama con el tiempo y su ruptura como base tiene la obligación de ser cuidadoso para cerrar el relato con cierta coherencia. Eso de los bucles en el tiempo tiene su complicación, su coherencia propia y rígida.
Pues bien, el realizador Rian Johnson es, también, el guionista de Looper. Y se hace un pequeño lío con algunas cosas.
Este tipo de películas pueden verse sin realizar preguntas. El espectador no termina de entender bien lo que le cuentan, pero pasa un rato agradable. Punto. Este tipo de películas pueden verse realizando preguntas. El espectador entiende todo con un esfuerzo mayor. Si el guión está bien armado (cosa muy poco probable) disfruta mucho más del espectáculo. Si no lo está, aquello comienza a ser una tortura y el enfado es notable. Los engaños siempre provocan este tipo de cosas.
Digo que Rian Johnson se hace un lío porque, de entrada, parte de una premisa que desmonta él mismo con el desarrollo de la acción. Se supone que en el futuro no se puede asesinar a nadie de forma impune. Y no es así. Una escena (no quiero desvelar contenidos) es clarísima en ese sentido. Alguien muere en ese futuro y no ocurre nada, lo que hace suponer que puede haber asesinatos. Entonces ¿por qué no acabar allí mismo con los Loopers y se termina el problema? Pues porque no habría película que contar. El realizador se pone esto por montera y nos intenta colocar una castaña disfrazada de no sé qué. Los loopers son los encargados de asesinar en el presente a los que no se puede asesinar en el futuro. Se plantean dos líneas temporales distintas y nada cuadra, todo se llena de lagunas inexplicables. En una de ella, Joe (el protagonista cuando es joven) hace cosas que impiden que Joe (el protagonista cuando es viejo) siga siendo lo que es y lo que fue. Y, en las dos, el bucle temporal queda sin resolver.
Aparte de estas cuestiones casi de lógica, Johnson comete errores de principiante como realizador. El narrador cuenta cosas que son materialmente imposible que conozca. En la escena final, el punto de vista es donde más aguas hace. Hay escenas en las que lo que ocurre y el ritmo narrativo se ven alterados de forma absurda. Joe (viejo) se lía a matar a malos por docenas, de pronto y sin que eso cuadre con el resto del trabajo. Se intenta profundizar en la psicología del personaje a través de unos planos que no aportan nada nuevo y dejan ese intento de aproximarse a la consciencia de Joe en pura anécdota. Y, lo peor de todo, es el momento en que Joe dice no querer hablar de esos bucles temporales porque ya está harto. Así, de este modo tan fácil, se escatima la información al espectador que busca explicaciones para algo que, sencillamente, es una chapuza de la que es mejor no hablar efectivamente. Más tosco no podía haber sido el señor Johnson.
Técnicamente la película está bien. Buena fotografía, buena puesta en escena, buenas interpretaciones de Bruce Willis y Joseph Gordon-Levitt, música adecuada. Pero cuando el guión falla la cosa se pone imposible. Aunque metas a niños peligrosos en escena o ranas que permiten llevarte a la cama a los héroes. Si ven la película ya entenderán lo que digo.
© Del Texto: Nirek Sabal


mar 28 2013

Hotel Rwanda: las consecuencias de amar y odiar

De 1990 a 2002, una guerra civil desoló Ruanda. Las imágenes de asesinatos, de violaciones, de destrucción sin límite, llegaban a través de la televisión ante la pasividad del mundo occidental. Allí no hay petróleo, ni intereses económicos relevantes para Europa o Estados Unidos. Fue una condena a muerte para cientos de miles de personas.
Eso es lo que cuenta Hotel Rwanda aunque la cinta se centra en lo que ocurrió durante 1994 (un asunto que puede llevar a confusiones puesto que la película dibuja buenos y malos y resultó que los buenos fueron, poco después, tan malos como los anteriores). El realizador Terry George trata de ir más allá de lo puramente histórico (sin mucho éxito). Hace un intento de proponer una película que indague en la dualidad amor-odio. El odio y sus consecuencias. Las heridas mal curadas que llevan hasta el odio. El ansia de poder y de dinero que lo mueven todo. El amor y sus consecuencias. La medicina que supone amar para cualquier herida por profunda que sea. El ansia de amor que lo mueve todo. La misma cosa tratada desde un extremo o desde otro. Amor y odio. Vida y muerte. Y una denuncia social. Occidente mirando hacia otro lado aunque el conflicto fuera de magnitud extraordinaria.
Hotel Rwanda es una buena película aunque con cierta estética de telefilm domingero de la televisión. Algo exagerada en su metraje (duración excesiva motivada, sin duda, por ser una historia real la que sirvió para escribir el guión; suele ocurrir que son muchas las cosas que contar y pocas las ganas de elegir entre ellas para eliminar algunas). Es una buena película, pero no es gran cine. Impresiona más el recuerdo de esa barbarie que la propia cinta. Terry George lo sabe y abusa algo de ese recuerdo. No está mal realizada aunque no enseña nada nuevo; nada conmociona como debería al ser cine.
Don Cheadle es el actor protagonista. Está muy bien. Este actor es una inversión segura porque, aunque austero, no suele fallar. Nada de grandes cosas, pero el trabajo suele ser correctísimo. Nick Nolte y Joaquín Phoenix defienden papeles muy secundarios. Correctos los dos. Sophie Okonendo algo histriónica. La puesta en escena está muy cuidada y es detallista al máximo aunque, al final, el esfuerzo sirve más para colocar personajes secundarios y figurantes que para otra cosa. La fotografía es digna y la música notable.
Pero falta algo. Como siempre, el guión es el problema. Que lo que se cuenta sea un hecho histórico no hace verosímil el trabajo. Esto no es un documental. Hay que buscar con lupa frases que contengan algo de sentido profundo (se trataba de denunciar y de hablar de asuntos muy serios como lo son el amor y el odio; para hacer eso es necesario una reflexión seria y convertirlo en un libreto de calidad). Todo se coloca en lugares que permiten que avance la acción aunque se olvida lo fundamental. El tema que se trata. Por eso decía que Terry George trataba de ir más allá sin mucho éxito. Trató de hacerlo aunque se quedó en la línea de salida o casi.
La película se deja ver y resulta entretenida. Los momentos más crueles, los que podrían estropear la tarde a los espectadores más sensibles, no se muestran de forma explícita salvo una docena de golpes. Lo más interesante, a la vez que doloroso, llega desde la insinuación. Cuando la cámara se centra en algo que se intuye y se vuelve hacia otro lugar es cuando la imaginación se dispara y viaja a zonas terribles. Esos momentos, a decir verdad, son escasos y es una pena.
No vean la película con niños. En pantalla encontrarán a niños como ellos pasando las de Caín y les afectará. Eso es seguro.
© Del Texto: Nirek Sabal


mar 25 2013

Tú y Yo (An affair to remember): El romance universal

Hay películas que gustan a cualquiera y en cualquier momento. Tú y yo (An affair to remember) es una de ellas. Una grandísima historia de amor, inocente (la infidelidad, por ejemplo, se trata desde la falta, casi absoluta, de dolor), bien contada, salpicada de momentos muy divertidos, llena de emociones universales; en la que se pueden escuchar frases llenas de chispa, llenas de inteligencia narrativa. Es una de esas películas clásicas que lo son porque son redondas.
Un vividor, Nicolo Ferrante, viaja a Nueva York para encontrarse con su futura esposa. Es el personaje interpretado por Cary Grant. Una cantante de club nocturno, Terry McKay, hace lo mismo para encontrarse con su prometido. Es el personaje encarnado por Deborah Kerr. Se conocen, se enamoran. Pero el destino parece no tener piedad y el encuentro definitivo parece imposible.
La película está dirigida por un exquisito Leo McCarey que, además, es coguionista y coautor del libreto original. Alarga el tiempo narrativo tanto como es necesario para que crezca la tensión de la trama y para que los personajes se desarrollen al límite. Dirige de forma notable el trabajo de los protagonistas buscando detalles en el lenguaje corporal que convierten los trabajos de Grant y Kerr en ejemplo de interpretación. Los gestos quedan por encima de las palabras.
La fotografía de Milton Krasner se centra en mucho en espacios abiertos y en el preciosismo o grandiosidad de los lugares. Es destacable el empeño por no mostrar a la protagonista sobre la silla de ruedas. Eso y no ocultar lo malos que son los cuadros que ha pintado el protagonista.
La partitura es otra cosa. Incluye un buen tema central, pero, además, unas cuantas canciones espantosas y aburridas. Lo del coro de niños es algo terrible. Esto produce una ruptura en el ritmo que podría haber arruinado la película entera.
La puesta en escena es sobria aunque eficaz. El montaje sencillo, como corresponde a la época, deja la historia dentro de una linealidad absoluta.
An affair to remember es un remake de la película que rodó este mismo director en 1939. En esa ocasión los protagonistas fueron Charles Boyer e Irene Dunne. Incluir el color, el scope y a Grant junto a Kerr eran las novedades. Sin desmerecer la primera de las películas, esta la supera.
Es un melodrama estupendo que, con sus fallos, siempre gustó y siempre gustará.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


mar 24 2013

Un hombre serio: Preguntas sin respuestas

La vida está llena de incógnitas. Y nadie las puede desvelar. De eso es de lo que habla Un hombre serio de los hermanos Coen. Pero, además, invita a no intentar encontrar soluciones, a no formular preguntas que nos dejen dentro de una espiral incómoda o inútil. Aquí, se trata de vivir, de vivir lo mejor que se pueda y, luego, ya veremos qué pasa. Porque, entre otras cosas, intentar salirse del camino, intentar tomar atajos, puede llevar a la ruina más absoluta.
Con esta propuesta, los hermanos Coen, presentan un trabajo que, a muchos, puede parecer extraño, que a otros les someterá a realizar un ejercicio de fe buscando el sentido o imaginando que está oculto en algún punto del metraje, que a muchos les provocará tener dudas sobre lo que les han contado.
La película es extraña porque no es más que una broma. Puede gustar o no. Pero eso es lo que es. Todo se mira desde el prisma de la sobreactuación, desde el de la exageración, desde la ironía. En definitiva, desde extremos diferentes que obligan a interpretar, a colocar cada pieza en el lugar correspondiente.
La película tiene un sentido muy claro. Casi nada tiene sentido; todas las cosas pueden ser modificadas en un instante y su sentido también. En la vida las preguntas deben ser las justas, las que no provoquen otras que se conviertan en una trampa.
El arranque de la película contiene un corto delicioso en el que, como en todos los buenos relatos, se fijan las reglas del juego. Todo, sea lo que sea, contiene una simbología. Y el símbolo es eso que sin ser visto hace que veamos lo que vemos. La cáscara de la realidad es lo de menos. Lo que está detrás es, o debe ser, el motivo de nuevas preguntas, pero sabiendo que las contestaciones no llegarán fácilmente.
Las dudas sobre Un hombre serio llegan desde el principio. Aunque es al final cuando, con un par de secuencias inquietantes, todo se cubre de una duda total sobre la percepción de la realidad, sobre la ficción, sobre la libertad del ser humano, sobre el poder de la religión y el silencio de Dios.
Un hombre serio es una película estupenda. La puesta en escena, el vestuario, el maquillaje y la peluquería, son una muestra del perfeccionismo más gratificante con el que se puede hacer cine. Las interpretaciones de Michael Stuhlbarg, Fred Melamed y Sari Lennick, sobre todo, son de alto nivel. Los hermanos Coen sacan el máximo partido a su reparto. La música está perfectamente elegida. Y la estructura narrativa; en la que conviven sueño, consciencia y cientos de posibilidades en el desarrollo; está construida con inteligencia y astucia. Los personajes se construyen con solvencia (los secundarios, los que participan en las subtramas, son caricaturas cercanas al surrealismo) y crecen sin que los guionistas parezcan tener una sola duda del camino que hay que seguir en cada caso. Crecen mucho y bien. Son personajes que creen poder vivir soportados por la palabra aunque descubren, antes o después, que las palabras están vacías. Es significativo que se eligen discursos de contenido religioso para hacer esta idea más verosímil.
Todo el universo dibujado por los hermanos Coen es mezcla de sueño y consciencia; todo se mezcla, se convierte en un problema irresoluble que perciben los personajes como nebulosas sin sentido, lejanas e innecesarias. Los únicos que pueden ser felices son los jóvenes y los niños. Quieren ver su canal de televisión preferido o ir a una fiesta. Eso y sólo eso. Nada de preguntas.
Casi al final de la película, un rabino dice a un muchacho lo siguiente: Cuando la verdad resulta ser mentira y la esperanza muere en tu interior, entonces ¿qué? Sé buen chico. Este podría ser el resumen de toda la propuesta. Y no parece que sea poca cosa.
© Del Texto: Nirek Sabal


mar 19 2013

American History X: Las miserias salvajes

Hay asuntos a los que siempre regresamos porque parece que nunca desaparecerán. Hay asuntos que escandalizan, que tenemos siempre enfrente y que, por más que negemos, ahí siguen. Motivo de un relato continuo sobre las miserias humanas.
American History X es una película dura, arisca, que va directa a la línea de flotación de la mayoría de las personas. Es una película que habla, sobre todo, de las consecuencias de lo que ocurre, de cómo las espirales son eternas y de lo difícil que es abandonarlas, del daño que cae por los cuatro costados a todo el que se ve salpicado por una situación que, una vez puesta en marcha la máquina, no puede desaparecer. Tal vez de la imposibilidad del presente más amable cuando el pasado es oscuro. Racismo, violencia, diferencias sociales, sociedades depredadoras, la influencia de los padres sobre los hijos, el sistema que todo lo destruye.
El realizador Tony Kaye consigue una película que denuncia lo que sucede y no tiene solución mientras no se modifique la esencia social. Una película en la que todos sus personajes son víctimas y verdugos, en la que nadie puede ser feliz. Lo hace utilizando un montaje inteligente que utiliza el color para representar el presente y la esperanza (a pesar de todo podría ser que existiese) y el blanco y negro para el génesis. Mentes inocentes, débiles, llevadas hasta territorios equivocados. Mentes perversas que arrastran sin compasión.
Edward Norton defiende el papel protagonista (un neonazi llamado Derek Vinyard). Bien, un trabajo serio y solvente. Le acompaña Edward Furlong (hermano de Derek). Más discreto aunque cumplidor. El resto del reparto está a un nivel correcto. La dirección de Tony Kaye con los actores no es que sea extraordinaria aunque, en algunos casos, saca petróleo de donde no lo hay.
La película centra su potencial en lo visual. Los diálogos tienden más a situarse en la zona de cliché, pero cada imagen hace que el espectador olvide esa falta de originalidad con las palabras. Además, todo se acompaña de una música, a veces brutal, que potencia cada secuencia. Si no dijeran una sola palabra algunos de los personajes, el resultado sería parecido.
American History X es una película que denuncia un modelo de sociedad en el que todos podemos ser malos, en la que los buenos tienen un lugar que los malos no pueden pisar porque siempre llegan tarde. Denuncia que las ideas, por muy equivocadas que sean, tienen un hueco allá donde haya problemas. Denuncia lo efímero que es todo. Tanto lo bueno como lo malo. Y lo eterno de los problemas que eso provoca. Denuncia una violencia que parece innata al hombre y que se sustituye por una violencia mayor y más brutal.
Este tipo de películas no gustan a todo el mundo. No todos queremos tener que sentirnos incómodos u horrorizados. Pero es una buena película en la que todo está en su sitio. Sin grandes lujos, sin grandes alardes. Un conjunto muy notable que conviene conocer.
© Del Texto: Nirek Sabal


mar 18 2013

Los amos del barrio: Ni risas, ni sonrisas

Cuando alguien acude al cine para ver una película espera encontrarse con lo esperado. Es decir, anunciamos una comedia y el espectador cree que reirá, anunciamos un musical y espera disfrutar de una trama soportada sobre música, canciones y coreografías. Esto es lo básico, es verdad, pero no deja de ser la expectativa primera. El espectador elige  o no las películas, entre otras cosas, por su estado de ánimo, por sus apetencias en un momento concreto. De este modo, si quieres ver una comedia, echas un vistazo a la cartelera para señalar una de ellas. Vas a la sala y esperas reirte, sonreír, pasar un momento agradable. En fin, quieres ver una comedia.
Los amos del barrio se anuncia como una película divertida, simpática, llena de posibles carcajadas. Es, en realidad, un tostón que no hace sonreír a nadie, una película que intenta fundir esa carcajada con un toque de horror (tampoco hay horror alguno) llegado del espacio exterior en forma de aliens. Esos aliens son una mofa a la inteligencia, sosos como el resto del trabajo. Un paquete de tomo y lomo. Todo sin excepción.
Ben Stiller dicen que es un todo terreno de la interpretación. Sin embargo, es más alguien que quiere hacer muchas cosas y no termina de hacer ninguna bien. Es un actor mediocre. Vince Vaughn intenta defender su papel, pero eso es casi imposible. Su personaje se pasa la película entera diciendo idioteces sin gracia alguna. Jonah Hill hace lo que puede con un personaje que es medio tonto y llevado al extremo para conseguir arrancar una risa que no llega. Lo de Richard Ayoade es el colmo de la sosería. Un auténtico marmolillo. Aparece en pantalla Rosemarie DeWitt en algunas escenas y nadie se explica para qué.
Pero si lo de los actores y sus personajes es un desastre, lo del guión es vergonzoso. No se puede acumular mayor número de memeces en tan poco tiempo y en el mismo libreto sin convertir el resultado en un monumento a lo que no debe ser.
La dirección de Akiva Schaffer es muy floja. Dedica sus esfuerzos a que todo fluya sin tener en cuenta que no hay nada que pueda hacerlo. Porque nada tiene sentido, porque todo se vacía por los cuatro costados al minuto y medio de proyección.
La película contó con un presupuesto altísimo que no se recuperó. Normal, no se puede usar el dinero para algo tan tonto como esto y quererlo vender como si se tratara de la película del año.
Los espectadores no son tan tontos como los personajes de Los amos del barrio. E intentar colocar una película sin esa premisa por delante no puede traer nada bueno. Tal vez sea la película en la que más dinero se han gastado por chiste malo de la historia del cine.
© Del Texto: Nirek Sabal


mar 17 2013

La senda: Fotocopias borrosas

Intentar dar gato por liebre suele terminar en conflicto. Si el timado se percata de estar siendo engañado, el timador puede salir huyendo sin dudarlo porque el escándalo puede ser grande.
Si esto del gato y la liebre te toca vivirlo en el cine, el escándalo se convierte en tedio y en una promesa firme de no volver a caer en la trampa de un autor que espera éxitos clamorosos. Los autores que lo esperan deben contar con que el público no es una manada de tontitos que tragan con lo que se les eche.
La Senda en una película deudora (mucho) de la película de Stanley Kubrick El Resplandor. Deudora y alejada. No pueden compararse por tratarse (La Senda) de una fotocopia burda. Es previsible desde el principio, pretenciosa y vacía.
Los diálogos son un insulto a la inteligencia. La información es tramposa y es, en realidad, una ocultación estúpida que sirve para que su director, Miguel Ángel Toledo (guionista junto a Juan Carlos Fresnadillo), intente jugar a ser realizador. Se apoya, además, en un montaje igual de tramposo y que trata de ser original cuando es un calco de otros que ya están más vistos que el tebeo.
La dirección actoral es penosa. Gustavo Salmerón se pasa la película entera dentro de un mismo registro que es soso y aburrido. Irene Visedo muy justita. Ariel Castro más soso todavía. Parece que se aburrían en cada toma, no hay un solo momento con chispa. Es como si estuviéramos viendo esos totems que hay en los aeropuertos para que aprendas a facturar sin ayuda de otros.
La música es exagerada y añade engaño intentando matizar imágenes que, por sí mismas, deberían funcionar sin agobios externos. La fotografía se libra del desastre aunque no es nada del otro mundo.
El guión hace de la película una tortura insoportable.
Un fiasco de los gordos.
La cosa va de una familia que viaja al campo nevado para pasar unos días. Raúl (Gustavo Salmerón) está como una chota. Ana (Irene Visedo) es la esposa y pasa de Raúl ampliamente. Samuel (Ariel Castro) es un vecino que tiene pinta de palmarla según aparece en pantalla. Nico es el hijo (Ricardo Trénor) Van haciendo cosas que demuestran lo loco que está uno, lo poco que se fía otra, el miedo y la desconfianza que reina en la casa de campo, lo poco que le queda a otro., el trauma del niño. Todo contado con lentitud, como dando una clase de buen cine que ya nos sabemos. Sin ritmo.
Está muy bien tener referencias a la hora de crear y, sobre todo, cuando empiezas. Pero no puede faltar la honestidad. Nadie puede querer colar un producto ya visto, sabido, contado. La Senda es una película floja. No pierdan el tiempo con ella. Mejor ver a Kubrick o cualquier otro clásico.
© Del Texto: Nirek Sabal


mar 10 2013

Argo: El diamante convertido es granito

¿Se puede estropear una película cuando parece que es casi imposible de lograr? Sí. Rotundamente, sí. En el caso de que usted tenga entre manos un proyecto, un excelente proyecto, y quiera dejarlo hecho unos zorros, no lo dude, llame a Ben Affleck y a su guionista. Le harán un trabajo de primera.
Argo presenta un arranque muy prometedor. Con fuerza, con tesión que crece por momentos. A pesar de utilizar un millón de planos que nos hacen ir muy rápido, sin tiempo para saborear el relato, funciona muy bien. Muy bien.
Tras el arranque, aparece Ben Affleck actuando. Malo. Si se hubiera quedado detrás de la cámara todo hubiera ido mejor. Porque no hace un mal trabajo en la dirección.
La trama se va desarrollando con buen ritmo. Aparecen en escena John Goodman y Alan Arkin. Excelentes ambos. Además, son los que más humor le echan al asunto. A estas alturas el guión se va dividiendo en tres zonas. El secuestro de la embajada norteamericana en Irán y sus consecuencias; un drama que se enuncia y nunca termina de desarrollarse mínimamente (el agente de la CIA, su hijo, su vida triste, su desamparo) y la broma constante respecto a Hollywood. La primera zona llena de personajes planos (sobresale Bryan Cranston), la segunda con Affleck como protagonista (un marmolillo de actor y de personaje) y la tercera con Goodman y Arkin (sus personajes no son nada del otro mundo aunque se agradece que estén por allí).
Llega el desenlace. Diez millones de casualidades y, para acabar, un festival de luz y de color patriótico.
Ben Affleck se deja llevar por el amor que siente por sí mismo como actor. Y por un guionista que le debió decir que sin banderas, persecuciones al límite, cierto toque lacrimógeno y un final feliz que no dejara un cabo suelto (de felicidad plena y maravillosa), aquello no sería lo mismo. Affleck dijo amén y Chris Terrio destrozó un guión que podría haber sido de bandera (no de la norteamericana sino de bandera a secas).
La dirección artística es excelente. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con este aspecto de una película. La música elegida por Alexandre Desplat no desentona, la fotografía es muy correcta. Por eso los rasgos tan baratos del guión son una pena y un desperdicio más grave si cabe. Por cierto, el montaje es un desastre por simplón. Sobre todo en las escenas finales.
La película, a pesar de todo, se deja ver. Pero no es tan buena como algunos quieren hacer ver. Una película entretenida, bien dirigida y con cosas muy destacables. Sólo eso. Es lo malo de utilizar tópicos a manos llenas, es lo que tiene dejarse llevar por el ansia de la recaudación, es lo que tiene cambiar la tensión y la intriga por una cadena interminable e inverosímil de situaciones azarosas llevadas al límite.
Affleck tenía una mina entre las manos. Otra que se ha quedado sin excavar. Affleck es un actor mediocre. No es malo como realizador y, si se pone manos a la obra, terminará haciendo algo importante. Mucho más que Argo.
¿Hay que ver Argo? Pues sí. Lo que irrita es la pérdida de posibilidades ciertas a cambio de facturar algo más. Pero hay que verla. Entre otras cosas para saber lo que no hay que hacer nunca cuando el material es estupendo.
© Del Texto: Nirek Sabal