mar 31 2013

Los Croods (Una aventura pehistórica): El miedo al cambio desde el humor

Mientras seguimos a la espera de la secuela de Monstruos, S. A. o Lluvia de albóndigas, las pantallas de los cines se llenan con Los Croods. Una excelente película de animación.
Los Croods es el último trabajo de la factoría Dreamworks. La dirige Kirk de Micco. Y resulta ser una grata sorpresa se mire por donde se mire. Si bien es verdad que las moralejas del relato están algo manoseadas (la familia unida es fundamental; a pesar de todo, un padre es, siempre, un padre) la película es muy divertida, técnicamente impecable, colorista y original en el diseño de personajes y de un mundo que representa cualquier universo de cualquier tiempo pasado o por venir.
Es especialmente atractiva la idea que se desarrolla alrededor del miedo que el ser humano siempre sintió ante los cambios. Aferrarse a lo conocido aunque la supervivencia se haga imposible. En definitiva, el miedo del hombre a lo desconocido.
Pues bien, todo esto se presenta rodeado de un exquisito humor, de momentos locos que divierten a niños y a los adultos que los acompañan (los cines se llenan más de adultos que de niños para ver las películas de animación. Echen cuentas. Un niño por familia de media. Dos adultos acompañando).
Grug es el padre. Intenta mantener con vida a su familia valiéndose de la fuerza bruta, sin fuego, atemorizando a todos para que tengan que seguir las reglas establecidas que son, básicamente, salir a cazar y regresar a la caverna para no ser devorados. Un buen resumen de esto es cada cuento que Grug narra a su familia al encerrarse en la cueva. Por ejemplo, fulanito salió a pasear y muere, fulanita enseña una mano y muere, y así sucesivamente. Eep es la hija adolescente que se niega a que la vida consista en no morir. Piensa que, más bien, se trata de vivir. La relación entre padre e hija es la que articula la acción. Y, un buen día, aparece un muchacho (Guy) con una antorcha, buscando un mañana. A partir de este momento, todo se mueve, todo deja de ser lo que era.
La película tiene un ritmo narrativo extraordinario. No hay un solo minuto de relleno o, si quieren, de transición (en este tipo de películas se suele resolver con una canción insoportable o con un discurso de los personajes que no viene a cuento). La banda sonora se planta a la altura de la factura técnica de la cinta; es decir, es estupenda. El diseño de los personajes es espléndido y no hay una sola fisura en ellos ni en las relaciones que mantienen con los demás (la del padre con la suegra es, verdaderamente, hilarante). Estos personajes no son originales (esta es una película para niños y todo tiende al cliché que pueda ser bien entendido y asimilado), pero se desarrollan perfectamente. Los escenarios son espectaculares por su originalidad (esto sí lo es) y su colorido que llena de matices cada secuencia. Acción, humor y la dosis justa de romanticismo.
Bienvenida sea esta película.
© Del Texto: Nirek Sabal


mar 29 2013

Looper: Lío en el tiempo

Las películas que se soportan sobre viajes en el tiempo tienen unas complicaciones argumentales difíciles de resolver. El guionista que aborda una trama con el tiempo y su ruptura como base tiene la obligación de ser cuidadoso para cerrar el relato con cierta coherencia. Eso de los bucles en el tiempo tiene su complicación, su coherencia propia y rígida.
Pues bien, el realizador Rian Johnson es, también, el guionista de Looper. Y se hace un pequeño lío con algunas cosas.
Este tipo de películas pueden verse sin realizar preguntas. El espectador no termina de entender bien lo que le cuentan, pero pasa un rato agradable. Punto. Este tipo de películas pueden verse realizando preguntas. El espectador entiende todo con un esfuerzo mayor. Si el guión está bien armado (cosa muy poco probable) disfruta mucho más del espectáculo. Si no lo está, aquello comienza a ser una tortura y el enfado es notable. Los engaños siempre provocan este tipo de cosas.
Digo que Rian Johnson se hace un lío porque, de entrada, parte de una premisa que desmonta él mismo con el desarrollo de la acción. Se supone que en el futuro no se puede asesinar a nadie de forma impune. Y no es así. Una escena (no quiero desvelar contenidos) es clarísima en ese sentido. Alguien muere en ese futuro y no ocurre nada, lo que hace suponer que puede haber asesinatos. Entonces ¿por qué no acabar allí mismo con los Loopers y se termina el problema? Pues porque no habría película que contar. El realizador se pone esto por montera y nos intenta colocar una castaña disfrazada de no sé qué. Los loopers son los encargados de asesinar en el presente a los que no se puede asesinar en el futuro. Se plantean dos líneas temporales distintas y nada cuadra, todo se llena de lagunas inexplicables. En una de ella, Joe (el protagonista cuando es joven) hace cosas que impiden que Joe (el protagonista cuando es viejo) siga siendo lo que es y lo que fue. Y, en las dos, el bucle temporal queda sin resolver.
Aparte de estas cuestiones casi de lógica, Johnson comete errores de principiante como realizador. El narrador cuenta cosas que son materialmente imposible que conozca. En la escena final, el punto de vista es donde más aguas hace. Hay escenas en las que lo que ocurre y el ritmo narrativo se ven alterados de forma absurda. Joe (viejo) se lía a matar a malos por docenas, de pronto y sin que eso cuadre con el resto del trabajo. Se intenta profundizar en la psicología del personaje a través de unos planos que no aportan nada nuevo y dejan ese intento de aproximarse a la consciencia de Joe en pura anécdota. Y, lo peor de todo, es el momento en que Joe dice no querer hablar de esos bucles temporales porque ya está harto. Así, de este modo tan fácil, se escatima la información al espectador que busca explicaciones para algo que, sencillamente, es una chapuza de la que es mejor no hablar efectivamente. Más tosco no podía haber sido el señor Johnson.
Técnicamente la película está bien. Buena fotografía, buena puesta en escena, buenas interpretaciones de Bruce Willis y Joseph Gordon-Levitt, música adecuada. Pero cuando el guión falla la cosa se pone imposible. Aunque metas a niños peligrosos en escena o ranas que permiten llevarte a la cama a los héroes. Si ven la película ya entenderán lo que digo.
© Del Texto: Nirek Sabal


mar 28 2013

Hotel Rwanda: las consecuencias de amar y odiar

De 1990 a 2002, una guerra civil desoló Ruanda. Las imágenes de asesinatos, de violaciones, de destrucción sin límite, llegaban a través de la televisión ante la pasividad del mundo occidental. Allí no hay petróleo, ni intereses económicos relevantes para Europa o Estados Unidos. Fue una condena a muerte para cientos de miles de personas.
Eso es lo que cuenta Hotel Rwanda aunque la cinta se centra en lo que ocurrió durante 1994 (un asunto que puede llevar a confusiones puesto que la película dibuja buenos y malos y resultó que los buenos fueron, poco después, tan malos como los anteriores). El realizador Terry George trata de ir más allá de lo puramente histórico (sin mucho éxito). Hace un intento de proponer una película que indague en la dualidad amor-odio. El odio y sus consecuencias. Las heridas mal curadas que llevan hasta el odio. El ansia de poder y de dinero que lo mueven todo. El amor y sus consecuencias. La medicina que supone amar para cualquier herida por profunda que sea. El ansia de amor que lo mueve todo. La misma cosa tratada desde un extremo o desde otro. Amor y odio. Vida y muerte. Y una denuncia social. Occidente mirando hacia otro lado aunque el conflicto fuera de magnitud extraordinaria.
Hotel Rwanda es una buena película aunque con cierta estética de telefilm domingero de la televisión. Algo exagerada en su metraje (duración excesiva motivada, sin duda, por ser una historia real la que sirvió para escribir el guión; suele ocurrir que son muchas las cosas que contar y pocas las ganas de elegir entre ellas para eliminar algunas). Es una buena película, pero no es gran cine. Impresiona más el recuerdo de esa barbarie que la propia cinta. Terry George lo sabe y abusa algo de ese recuerdo. No está mal realizada aunque no enseña nada nuevo; nada conmociona como debería al ser cine.
Don Cheadle es el actor protagonista. Está muy bien. Este actor es una inversión segura porque, aunque austero, no suele fallar. Nada de grandes cosas, pero el trabajo suele ser correctísimo. Nick Nolte y Joaquín Phoenix defienden papeles muy secundarios. Correctos los dos. Sophie Okonendo algo histriónica. La puesta en escena está muy cuidada y es detallista al máximo aunque, al final, el esfuerzo sirve más para colocar personajes secundarios y figurantes que para otra cosa. La fotografía es digna y la música notable.
Pero falta algo. Como siempre, el guión es el problema. Que lo que se cuenta sea un hecho histórico no hace verosímil el trabajo. Esto no es un documental. Hay que buscar con lupa frases que contengan algo de sentido profundo (se trataba de denunciar y de hablar de asuntos muy serios como lo son el amor y el odio; para hacer eso es necesario una reflexión seria y convertirlo en un libreto de calidad). Todo se coloca en lugares que permiten que avance la acción aunque se olvida lo fundamental. El tema que se trata. Por eso decía que Terry George trataba de ir más allá sin mucho éxito. Trató de hacerlo aunque se quedó en la línea de salida o casi.
La película se deja ver y resulta entretenida. Los momentos más crueles, los que podrían estropear la tarde a los espectadores más sensibles, no se muestran de forma explícita salvo una docena de golpes. Lo más interesante, a la vez que doloroso, llega desde la insinuación. Cuando la cámara se centra en algo que se intuye y se vuelve hacia otro lugar es cuando la imaginación se dispara y viaja a zonas terribles. Esos momentos, a decir verdad, son escasos y es una pena.
No vean la película con niños. En pantalla encontrarán a niños como ellos pasando las de Caín y les afectará. Eso es seguro.
© Del Texto: Nirek Sabal


mar 27 2013

Zorba el griego: Celebrar la vida

A pesar de todo, la vida hay que vivirla. Lo mejor que sea posible. Pase lo que pase, sea donde sea. Porque el mundo tiene una característica que no podemos salvar como si no existiera: el mundo es dual, todo tiene su contrario, lo mejor da paso a lo peor y esto, antes o después, cede el puesto a lo mejor. Lo importante es estar vivo y sentirse así. Incluso la muerte ha de tomarse como una cosa más que integra la vida.
Esto podría servir como resumen de la propuesta de Michael Cacoyannis. Zorba el griego pretende hablar del mundo como lugar en el que se pueden presentar todo tipo de posibilidades. Y, sobre todo, un lugar que sigue su curso de forma independiente a lo que le puede suceder a un ser humano concreto. El mundo puede ser una ratonera asquerosa y, al mismo tiempo, un palacio impresionante para cualquiera.
Para narrar su historia y profundizar sobre todo esto, Cacoyannis contó con lo preciso. Un escenario árido en el que parece que nada puede sobrevivir salvo la pobreza y la falta de posibilidades. La única zona con vida (un bosque) pertenece a un monasterio; es decir, es propiedad de Dios (esto lo dice el protagonista en un momento de la película), propiedad de lo que el hombre no puede tocar ni controlar. Pero un escenario en el que hay vida. En el que hay vidas que contar.
Contó con varios personajes profundos en su psicología encarnados por un reparto de lujo. Zorba es Anthony Quinn. Un hombre capaz de afirmar que vivir es un problema, que sólo la muerte no lo es; un hombre que ve en los desastres esplendor. El joven escritor Basil es Alan Bates. Un hombre apocado, encorsetado por los prejucios sociales de un mundo envuelto en sí mismo. La viuda solitaria y deseada por todos los hombres del pueblo es Irene Papas (más guapa no puede ser una mujer). Una mujer que desea vivir lo que es un gran amor y que está condenada desde antes de nacer a no poder experimentar lo que es eso. La dueña del hotel Ritz del pueblo (una casa destartalada y mugrienta) es una extraordinaria Lila Kedrova. La madame del pueblo. Vieja, sola, casi ridícula. Zorba representa el ímpetu, la vida vista desde las ganas de experimentar, la mirada inquieta y rebelde, la valentía. Basil es la estúpida mirada del recato, del temor. La tragedia se encarna en la viuda solitaria; una tragedia inevitable, una tragedia que llega desde las diferencias entre hombres y mujeres. El pasado, lo imposible de un futuro soportado en el recuerdo y en la vejez es lo que representa la dueña del hotel.
Cacoyannis contó con un fotógrafo excepcional (Walter Lassally) y una dirección artística extraordinaria (la película recuerda el feísmo y naturalismo de Federico Fellini). La película se rodó, afortunadamente, en blanco y negro. El realizador estendió que eso que quería contar no se puede presentar de otro modo. Y contó con una banda sonora de Mikis Theodorakis maravillosa y que, pronto, se hizo famosísima.
Con todo eso rodó el director Zorba el griego. Una película sobresaliente. Llena de escenas que apestan a gran cine. La boda de madame Hortense es un ejemplo de ello.
Todas las líneas argumentales resultan tremendas y dolorosas. Hasta las más esperanzadoras arrastran miserias humanas, defectos del individuo, dolor, soledad. Aunque son las mujeres las que acumulan mayor peso trágico. Pone los pelos de punta pensar sobre los personajes femeninos de esta cinta. La viuda y su condena por no ser propiedad de un hombre. El botín en el que se convierte el hotel a manos de las mujeres del pueblo. La forma de mirar el mundo de su dueña, ese no querer morir y morir.
La película se soporta sobre un guión brillante (adaptación de la novela de Nikos Kazantzakis). Cada frase abre nuevas perspectivas al espectador y, aunque algunas de ellas suenan algo literarias, funcionan muy bien formando un conjunto coherente y lleno de sentido. La película está muy bien contada y finaliza con una escena memorable. Es posible que esa escena fuera la única posible. Es perfecta.
Cualquier amante del cine está obligado a ver esta magnífica cinta.
© Del Texto: Nirek Sabal


mar 26 2013

007 Al servicio secreto de su majestad: Las lágrimas de Bond

Esta entrega de la serie Bond (estrenada en 1969 siendo la película número seis) es, posiblemente, una de las más amadas por unos y de las más repudiadas por otros.
Por primera vez, se producía un cambio de cara en el actor principal. Sean Connery dejaba su puesto a George Lazenby (la edad no perdona y el aspecto de cuarentón del actor no casaba con el aspecto del agente británico). Lazenby no tenía experiencia delante de la cámara (era modelo) y esto es algo que se deja notar en algún episodio de la película. Eso sí, porte no le faltaba. Y estupendo. Es difícil no hacer el ridículo cuando te pones un traje escocés y estás frente a la cámara rodando con bellas señoritas. Ese porte, también, ayudó mucho a que las coreografías de las escenas violentas luciesen verosímiles. Aunque a decir verdad, este 007 era algo sosito, algo despistado.
En cualquier caso, Lazenby es más risueño que su antecesor y defiende un papel que se ajusta al personaje de Ian Fleming (la película es adaptación de la novela On her majesty’s secret service), lo que significa que aparece el personaje en plenitud. 007 siente tristeza, pena, se enamora, es irónico, valiente aunque temeroso cuando es necesario. Y, ni siquiera, utiliza gadgets. El resultado es, a pesar de las eternas discusiones, mucho más completo de lo que algunos dicen que es. Es verdad que la interpretación de George Lazenby estuvo por debajo de la de Diana Rigg, pero, lejos de ser un problema, aporta un toque desconocido a la saga. Rigg es la chica Bond más valiente, intrepida y fascinante. Tal vez sea porque encarna a la hija de un criminal. Tal vez por ser capaz de enamorar locamente a James Bond. Su personaje, Tracy, es muy completo. Igual que el trabajo de la actriz. La pareja Tracy-007 funciona a la perfección y, por suerte, la importancia de ambos queda a la par.
007 Al servicio secreto de su majestad, nos presenta a un Bond rechazado por M. Termina aliándose con un criminal ( Marc Ange Draco, padre de Tracy, interpretado por Gabriele Ferzetti) para que le facilite el paradero del villano más buscado. A cambio, Draco le pedirá que salga con su hija. El objetivo es acabar con las maldades de Ernst Stavro Blofeld, líder de Spectre. Telly Savalas encarnaba este personaje y lo hizo más que bien. Le acompaña como villana su inseparable Irma (Ilse Steppat). En esta película, los villanos corren riesgos al participar de forma activa en las persecuciones y atentados.
La trama de la película se desarrolla con buen ritmo. La fotografía es excelente y busca distintos planos para realzar las características de los personajes con acierto o generar sensaciones ajustadas al momento narrativo (sobre todo planos cenitales).
La partitura de John Barry es espléndida e incluye la última canción que grabó Louis Armstrong (We have all the time in the world).
Los efectos especiales y visuales son de gran nivel. Del mismo modo, los efectos de sonido convierten cada escena violenta en un momento de gran brutalidad.
Moneypenny vuelve a ser Lois Maxwell (la mejor de la historia); Q. fue Desmond Llewelyn; y M. Bernard Lee. Peter R. Hunt, a pesar de su falta de experiencia en ese momento, hizo un excelente trabajo. Quizás, el único borrón importante es la escena en la que Bond comparte mesa con un grupo de chicas en la clínica de Blofeld.
007 Al servicio secreto de su majestad es una de las mejors películas de la saga. Un buen 007, una chica Bond extraordinaria, un villano malo malísimo, Moneypenny llorando, una trama bien tratada, una música exquisita, un final nada convencional. Una película que ha envejecido mucho mejor que otras que no han sido tan criticadas siendo peores.
© Del Texto: Nirek Sabal


mar 25 2013

Tú y Yo (An affair to remember): El romance universal

Hay películas que gustan a cualquiera y en cualquier momento. Tú y yo (An affair to remember) es una de ellas. Una grandísima historia de amor, inocente (la infidelidad, por ejemplo, se trata desde la falta, casi absoluta, de dolor), bien contada, salpicada de momentos muy divertidos, llena de emociones universales; en la que se pueden escuchar frases llenas de chispa, llenas de inteligencia narrativa. Es una de esas películas clásicas que lo son porque son redondas.
Un vividor, Nicolo Ferrante, viaja a Nueva York para encontrarse con su futura esposa. Es el personaje interpretado por Cary Grant. Una cantante de club nocturno, Terry McKay, hace lo mismo para encontrarse con su prometido. Es el personaje encarnado por Deborah Kerr. Se conocen, se enamoran. Pero el destino parece no tener piedad y el encuentro definitivo parece imposible.
La película está dirigida por un exquisito Leo McCarey que, además, es coguionista y coautor del libreto original. Alarga el tiempo narrativo tanto como es necesario para que crezca la tensión de la trama y para que los personajes se desarrollen al límite. Dirige de forma notable el trabajo de los protagonistas buscando detalles en el lenguaje corporal que convierten los trabajos de Grant y Kerr en ejemplo de interpretación. Los gestos quedan por encima de las palabras.
La fotografía de Milton Krasner se centra en mucho en espacios abiertos y en el preciosismo o grandiosidad de los lugares. Es destacable el empeño por no mostrar a la protagonista sobre la silla de ruedas. Eso y no ocultar lo malos que son los cuadros que ha pintado el protagonista.
La partitura es otra cosa. Incluye un buen tema central, pero, además, unas cuantas canciones espantosas y aburridas. Lo del coro de niños es algo terrible. Esto produce una ruptura en el ritmo que podría haber arruinado la película entera.
La puesta en escena es sobria aunque eficaz. El montaje sencillo, como corresponde a la época, deja la historia dentro de una linealidad absoluta.
An affair to remember es un remake de la película que rodó este mismo director en 1939. En esa ocasión los protagonistas fueron Charles Boyer e Irene Dunne. Incluir el color, el scope y a Grant junto a Kerr eran las novedades. Sin desmerecer la primera de las películas, esta la supera.
Es un melodrama estupendo que, con sus fallos, siempre gustó y siempre gustará.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


mar 24 2013

Un hombre serio: Preguntas sin respuestas

La vida está llena de incógnitas. Y nadie las puede desvelar. De eso es de lo que habla Un hombre serio de los hermanos Coen. Pero, además, invita a no intentar encontrar soluciones, a no formular preguntas que nos dejen dentro de una espiral incómoda o inútil. Aquí, se trata de vivir, de vivir lo mejor que se pueda y, luego, ya veremos qué pasa. Porque, entre otras cosas, intentar salirse del camino, intentar tomar atajos, puede llevar a la ruina más absoluta.
Con esta propuesta, los hermanos Coen, presentan un trabajo que, a muchos, puede parecer extraño, que a otros les someterá a realizar un ejercicio de fe buscando el sentido o imaginando que está oculto en algún punto del metraje, que a muchos les provocará tener dudas sobre lo que les han contado.
La película es extraña porque no es más que una broma. Puede gustar o no. Pero eso es lo que es. Todo se mira desde el prisma de la sobreactuación, desde el de la exageración, desde la ironía. En definitiva, desde extremos diferentes que obligan a interpretar, a colocar cada pieza en el lugar correspondiente.
La película tiene un sentido muy claro. Casi nada tiene sentido; todas las cosas pueden ser modificadas en un instante y su sentido también. En la vida las preguntas deben ser las justas, las que no provoquen otras que se conviertan en una trampa.
El arranque de la película contiene un corto delicioso en el que, como en todos los buenos relatos, se fijan las reglas del juego. Todo, sea lo que sea, contiene una simbología. Y el símbolo es eso que sin ser visto hace que veamos lo que vemos. La cáscara de la realidad es lo de menos. Lo que está detrás es, o debe ser, el motivo de nuevas preguntas, pero sabiendo que las contestaciones no llegarán fácilmente.
Las dudas sobre Un hombre serio llegan desde el principio. Aunque es al final cuando, con un par de secuencias inquietantes, todo se cubre de una duda total sobre la percepción de la realidad, sobre la ficción, sobre la libertad del ser humano, sobre el poder de la religión y el silencio de Dios.
Un hombre serio es una película estupenda. La puesta en escena, el vestuario, el maquillaje y la peluquería, son una muestra del perfeccionismo más gratificante con el que se puede hacer cine. Las interpretaciones de Michael Stuhlbarg, Fred Melamed y Sari Lennick, sobre todo, son de alto nivel. Los hermanos Coen sacan el máximo partido a su reparto. La música está perfectamente elegida. Y la estructura narrativa; en la que conviven sueño, consciencia y cientos de posibilidades en el desarrollo; está construida con inteligencia y astucia. Los personajes se construyen con solvencia (los secundarios, los que participan en las subtramas, son caricaturas cercanas al surrealismo) y crecen sin que los guionistas parezcan tener una sola duda del camino que hay que seguir en cada caso. Crecen mucho y bien. Son personajes que creen poder vivir soportados por la palabra aunque descubren, antes o después, que las palabras están vacías. Es significativo que se eligen discursos de contenido religioso para hacer esta idea más verosímil.
Todo el universo dibujado por los hermanos Coen es mezcla de sueño y consciencia; todo se mezcla, se convierte en un problema irresoluble que perciben los personajes como nebulosas sin sentido, lejanas e innecesarias. Los únicos que pueden ser felices son los jóvenes y los niños. Quieren ver su canal de televisión preferido o ir a una fiesta. Eso y sólo eso. Nada de preguntas.
Casi al final de la película, un rabino dice a un muchacho lo siguiente: Cuando la verdad resulta ser mentira y la esperanza muere en tu interior, entonces ¿qué? Sé buen chico. Este podría ser el resumen de toda la propuesta. Y no parece que sea poca cosa.
© Del Texto: Nirek Sabal


mar 23 2013

Cube: Corriendo hacia nosotros mismos

El ser humano es, además de un cuerpo, la suma de todas las características que le perfilan. Esto, dicho así, puede parecer una perogrullada que sobra en cualquier discurso serio. Es verdad. Pero, en realidad, ¿cuándo nos preguntamos sobre esto? ¿Quién hace balance de lo que es? ¿Hay alguien que sea honesto al enumerar cada característica propia? Creo yo que, en realidad, no sabemos lo que somos y no queremos saberlo. A nadie le gusta asumir un carro de defectos. Nos quedamos en que somos maravillosos. Y ya. Igual la condición de perogrullada no lo es tanto y, tan sólo, es una afirmación que nadie quiere hacer avanzar.
Cuando el año 1.997 premiaron en el Festival de Toronto la película Cube pocos tendrían claro que se convertiría en un fenómeno de gran importancia encuadrado en el cine de terror. Su director, Vincenzo Natali, había conseguido filmar una película impactante, opresiva, inquietante. Una obra excelente que rebosa, todo hay que decirlo, literatura de la buena, de la que firmó Philip K. Dick. El que ha leído Laberinto de Muerte sabe que eso es cierto. Lo que no sé es si el director de Cube lo ha reconocido alguna vez. No lo sé y no importa gran cosa porque la película es una bomba de relojería que se instala en el cerebro del espectador por sí misma, sin la ayuda del libro. Además, el presupuesto que manejó Natali era más bien modesto y consiguió una de las mejores películas de terror de todos los tiempos. En taquilla se comportó bastante bien, no se vendieron millones de camisetas porque no se hicieron pero, aún hoy, las copias en formato doméstico se venden a buen ritmo. Todo un logro. No le faltaron premios. Aquí, en Sitges, se llevó los gordos.

La película puede verse de muchas formas. Ha de verse de muchas formas. Si el espectador lo que quiere es pasar hora y media frente a la pantalla sin hacer grandes análisis, se encontrará con un clima hostil (para mi gusto el peor de los escenarios posibles), momentos de horror extremo (horror que no terror), con una trama inteligente que desgrana con lentitud lo que pasa, con final inesperado. Pasará un rato espantoso e inolvidable. Pero esto, que no deja de ser una opción como otra cualquiera, impide que el que mira pueda paladear lo exquisito de Cube.

Otra forma de ver la película es intentando intervenir desde la butaca, tomando posiciones que (ya les advierto) no sirven de nada. He dicho un millón de veces que eso no le toca a nadie que no sea el director, el guionista o los actores (quizás, estos últimos con más limitaciones de lo que podemos pensar). Sobre todo, porque dejamos de ver lo que nos cuentan y nos creamos nuestra propia historia. El peor filtro en cine es el que nos imponemos comiendo palomitas. Es una fórmula infalible para conseguir no enterarse de nada.

Soy de los que trata de encontrar las claves sin ir más allá de la secuencia que veo. Sin inventar, ni especular. Un director elige mostrar eso que aparece en pantalla. Ni más ni menos. Hay que intentar comprender pegado a lo que se dice, a lo que se muestra, a los silencios o al foco de la acción. La película es un todo. En Cube, los personajes van apareciendo poco a poco. Cada uno presenta y representa una característica muy acusada. Salvo el primer personaje que vive su experiencia en solitario, todos lo hacen en compañía de otros.

Despiertan en un habitáculo con forma de cubo. En cada cara de ese cubo (en el centro geométrico) hay una puerta que comunica con otro cubo de dimensiones similares y distinto color. Aunque pasar de un cubo a otro puede resultar mortal. En algunos hay trampas terribles. En otros no. Se trata de descubrir el camino de salida (si es que lo hay) pasando de uno a otro.

La ignorancia de ese primer personaje que mencionaba, el que no ve a otros personajes, es lo que le lleva a la muerte. La ignorancia es la primera de las características que nos ponen delante. Un aviso claro. Veremos a un policía violento que trata de organizar el grupo para lograr la salvación, a un escapista conocido en el mundo entero para salir de cualquier lugar. Ingenioso e intuitivo. Una joven experta en cálculo que representará la técnica; podremos valorar la sensatez de una científica; la desidia y la mentira será otro de ellos; la bondad. Distintas características. La suma de ellas es la forma de lograr un objetivo. Pero ellos no lo ven. Un espectador distraído tampoco. La suma de todos ellos es igual a la perfección humana que contiene lo bueno y lo malo, que no puede prescindir de ninguna de sus características. Aunque la propuesta de Natali es tan luminosa como la secuencia final. Es la bondad lo que ordena todo, es la única salida.

Tendrán que pensar mientras la trama avance, tendrán que pensar en lo que son ustedes, sobre lo que suma y lo que resta, sobre eso que ocultan.

Excelente película, de las buenas de verdad. Reserven ochenta y seis minutos de tranquilidad. Tomen asiento, esperen unos minutos y estarán dentro del cubo que les ordenará algunas cositas. Buena suerte.

© Del Texto: Nirek Sabal


mar 19 2013

American History X: Las miserias salvajes

Hay asuntos a los que siempre regresamos porque parece que nunca desaparecerán. Hay asuntos que escandalizan, que tenemos siempre enfrente y que, por más que negemos, ahí siguen. Motivo de un relato continuo sobre las miserias humanas.
American History X es una película dura, arisca, que va directa a la línea de flotación de la mayoría de las personas. Es una película que habla, sobre todo, de las consecuencias de lo que ocurre, de cómo las espirales son eternas y de lo difícil que es abandonarlas, del daño que cae por los cuatro costados a todo el que se ve salpicado por una situación que, una vez puesta en marcha la máquina, no puede desaparecer. Tal vez de la imposibilidad del presente más amable cuando el pasado es oscuro. Racismo, violencia, diferencias sociales, sociedades depredadoras, la influencia de los padres sobre los hijos, el sistema que todo lo destruye.
El realizador Tony Kaye consigue una película que denuncia lo que sucede y no tiene solución mientras no se modifique la esencia social. Una película en la que todos sus personajes son víctimas y verdugos, en la que nadie puede ser feliz. Lo hace utilizando un montaje inteligente que utiliza el color para representar el presente y la esperanza (a pesar de todo podría ser que existiese) y el blanco y negro para el génesis. Mentes inocentes, débiles, llevadas hasta territorios equivocados. Mentes perversas que arrastran sin compasión.
Edward Norton defiende el papel protagonista (un neonazi llamado Derek Vinyard). Bien, un trabajo serio y solvente. Le acompaña Edward Furlong (hermano de Derek). Más discreto aunque cumplidor. El resto del reparto está a un nivel correcto. La dirección de Tony Kaye con los actores no es que sea extraordinaria aunque, en algunos casos, saca petróleo de donde no lo hay.
La película centra su potencial en lo visual. Los diálogos tienden más a situarse en la zona de cliché, pero cada imagen hace que el espectador olvide esa falta de originalidad con las palabras. Además, todo se acompaña de una música, a veces brutal, que potencia cada secuencia. Si no dijeran una sola palabra algunos de los personajes, el resultado sería parecido.
American History X es una película que denuncia un modelo de sociedad en el que todos podemos ser malos, en la que los buenos tienen un lugar que los malos no pueden pisar porque siempre llegan tarde. Denuncia que las ideas, por muy equivocadas que sean, tienen un hueco allá donde haya problemas. Denuncia lo efímero que es todo. Tanto lo bueno como lo malo. Y lo eterno de los problemas que eso provoca. Denuncia una violencia que parece innata al hombre y que se sustituye por una violencia mayor y más brutal.
Este tipo de películas no gustan a todo el mundo. No todos queremos tener que sentirnos incómodos u horrorizados. Pero es una buena película en la que todo está en su sitio. Sin grandes lujos, sin grandes alardes. Un conjunto muy notable que conviene conocer.
© Del Texto: Nirek Sabal


mar 18 2013

Los amos del barrio: Ni risas, ni sonrisas

Cuando alguien acude al cine para ver una película espera encontrarse con lo esperado. Es decir, anunciamos una comedia y el espectador cree que reirá, anunciamos un musical y espera disfrutar de una trama soportada sobre música, canciones y coreografías. Esto es lo básico, es verdad, pero no deja de ser la expectativa primera. El espectador elige  o no las películas, entre otras cosas, por su estado de ánimo, por sus apetencias en un momento concreto. De este modo, si quieres ver una comedia, echas un vistazo a la cartelera para señalar una de ellas. Vas a la sala y esperas reirte, sonreír, pasar un momento agradable. En fin, quieres ver una comedia.
Los amos del barrio se anuncia como una película divertida, simpática, llena de posibles carcajadas. Es, en realidad, un tostón que no hace sonreír a nadie, una película que intenta fundir esa carcajada con un toque de horror (tampoco hay horror alguno) llegado del espacio exterior en forma de aliens. Esos aliens son una mofa a la inteligencia, sosos como el resto del trabajo. Un paquete de tomo y lomo. Todo sin excepción.
Ben Stiller dicen que es un todo terreno de la interpretación. Sin embargo, es más alguien que quiere hacer muchas cosas y no termina de hacer ninguna bien. Es un actor mediocre. Vince Vaughn intenta defender su papel, pero eso es casi imposible. Su personaje se pasa la película entera diciendo idioteces sin gracia alguna. Jonah Hill hace lo que puede con un personaje que es medio tonto y llevado al extremo para conseguir arrancar una risa que no llega. Lo de Richard Ayoade es el colmo de la sosería. Un auténtico marmolillo. Aparece en pantalla Rosemarie DeWitt en algunas escenas y nadie se explica para qué.
Pero si lo de los actores y sus personajes es un desastre, lo del guión es vergonzoso. No se puede acumular mayor número de memeces en tan poco tiempo y en el mismo libreto sin convertir el resultado en un monumento a lo que no debe ser.
La dirección de Akiva Schaffer es muy floja. Dedica sus esfuerzos a que todo fluya sin tener en cuenta que no hay nada que pueda hacerlo. Porque nada tiene sentido, porque todo se vacía por los cuatro costados al minuto y medio de proyección.
La película contó con un presupuesto altísimo que no se recuperó. Normal, no se puede usar el dinero para algo tan tonto como esto y quererlo vender como si se tratara de la película del año.
Los espectadores no son tan tontos como los personajes de Los amos del barrio. E intentar colocar una película sin esa premisa por delante no puede traer nada bueno. Tal vez sea la película en la que más dinero se han gastado por chiste malo de la historia del cine.
© Del Texto: Nirek Sabal