feb 24 2013

Cosí fan Tutte: Suma de genios

Mozart fue un genio. Haneke también lo es. Mozart no fue del todo comprendido mientras vivía. Haneke tampoco lo está siendo. Como todos los genios, arrastran grandes amores y grandes odios. Creo yo que si se conocieran hoy, si quisieran representar Cosí fan Tutte, el resultado final sería la producción que se puede disfrutar desde hoy en el Teatro Real de Madrid (¡qué temporada tan buena va a terminar siendo!).
Es sencillamente extraordinaria. La música de Mozart, su gracia única al componer. La puesta en escena de un Haneke que nunca deja de plantear preguntas incómodas sobre zonas oscuras del universo (como hace en sus películas).
Esta producción resulta divertida y agobiante. Lo que parecía ser es, ahora, lo contrario. Elegante y sobria, hace atemporal el universo Mozart-Haneke (el vestuario y la iluminación son un claro reflejo de esa búsqueda de lo universal). Un elenco muy joven y poco conocido que deja un aroma en el teatro lleno de frescura, futuro y pasado.
La puesta en escena es perfecta. Todos saben lo que hay que hacer, no hay peregrinajes inútiles y vacíos de los personajes por el escenario, todo está colocado en el lugar exacto. Lo simbólico de las cosas se enfrenta con lo evidente de las personas (por ejemplo, el mueble bar que vemos en el escenario como refugio de los personajes que se atormentan con sus problemas mientras el público se ríe de ellos y de sus cosas). El decorado dividido entre lo más público y lo más privado, entre la soledad y la multitud, entre lo evidente o patente y lo desconocido. El universo dividido por una cristalera enorme. Cierto atrevimiento en el escenario de lo clásico frente a la candidez y el descaro de la juventud. Risas entre el público aplacadas por una angustia insoportable que llega desde las preguntas que nadie quiere contestar. Una producción extraordinaria que maquilla un mundo duro con elegancia y carcajadas.
Las voces muy bien. Y si algún pero se les puede poner (alguno hay aunque no demasiado importante) se compensa con las interpretaciones de todo el reparto sin excepción alguna.
Pero, además, esto es una ópera firmada por Wolfgang Amadeus Mozart. Y, con eso, está todo dicho. El talento de este compositor es tan abrumador que, cuando suena la primera nota de la partitura, el que escucha comienza a sentir emociones que ningún otro músico puede llegar a hacer vivir. Los hay malos, los hay buenos, los hay extraordinarios. Y, luego, encontramos a Mozart.
Haneke-Mozart. Mozart-Haneke.
Cosí fan Tutte (Así hacen todas) es una ópera muy divertida. Enredo, amores, infidelidad, daños directos, daños colaterales, daños imprevistos. Todo un entramado del que es difícil escapar. Interesante, hilarante. Escribió el libreto de esta obra Lorenzo da Ponte siendo la tercera colaboración entre los autores. Parece ser que el estreno no fue del todo exitoso y no se entendió ni partitura ni libreto. Es una ópera simétrica dentro del canon establecido cuando se escribió.
La dirección musical de Sylvain Cambreling es cuidadosa aunque no carente de la energía suficiente como para dar entradas perfectas tras los recitatorios, como matizar el arco dramático de los personajes o marcar los momentos alocados con el ritmo adecuado.
Del reparto formado por Paola Gardina, Juan Francisco Gatell, Andreas Wolf, Kerstin Avemo, William Shimell y Anett Fritsch, destacan estos tres últimos en los papeles de Despina, Don Alfonso y Fiordiligi. Avemo (muy divertida, impecable en su actuación y muy bien de voz) junto a Shimell (ni un error) dan una profundidad dramática a la obra desconocida hasta ahora por los matices introducidos por el director de escena. Les convierte en torturadores, maltratadores, personajes entre las tinieblas. Anett Fritsch, estupenda en todos los sentidos. Una elección de Haneke muy sobresaliente. Si mejora técnicamente (no le falta calidad aunque le aguarda la madurez como cantante) estamos ante una artista que dará mucho juego.
Si son capaces de encontrar una entrada, no pierdan oportunidad de pasar por el Teatro Real. Ya saben que yo nunca les engaño.
© Del Texto Nirek Sabal


feb 17 2013

8 ½: La libertad de crear el universo

La libertad del artista es endeble cuando se propone crear. Sólo algunos hacen lo que creen que tienen que hacer, sin pensar en los que tienen alrededor, sin pensar en sí mismos (aspecto importantísimo por la dimensión que puede alcanzar). Y, da la casualidad, de que para crear es necesario ser libre. Completamente libre. O, al menos, creer serlo.
Este es el núcleo expositivo de 8 ½, película de Federico Fellini, al que no se le ha prestado toda la atención que hubiera sido necesaria. Es verdad que la película ataca el proceso creativo en su totalidad, pero es esa libertad al crear lo que arropa el conjunto.
8 ½ es una obra maestra. Desde luego, si el que escribe tuviera que elegir cinco títulos de entre todos los existentes, este no faltaría. Se ha tachado de inconexa, de incomprensible, de oscura, aunque me temo que el problema no se encuentra en la propia película sino en el espectador. Suele ocurrir que cuando lo onírico aparece y lo hace desde el uso del registro correcto, son muchos los que tuercen el gesto. Si a eso le añadimos la aparición del recuerdo, el gesto lo tuercen muchos más. Fellini sabía que sueño y recuerdo ocupan lugares muy próximos e incluso iguales. Al fin y al cabo es una ordenación de la realidad, más o menos consciente, que la desliza hasta lo deseado, lo odiado, lo que marca definitivamente el curso de una existencia. 8 ½ es una obra maestra narrada desde el sueño, el recuerdo y la realidad. Una película exigente.
Comienza la película con un sueño. Toda una declaración de intenciones. Del mismo modo que los grandes literatos dejan claro con un primer párrafo lo que viene a continuación, Fellini pone las cartas sobre la mesa desde el primer momento. Vemos a Guido Anselmi (interpretado por un inmenso Marcello Mastroianni) atrapado en su vehículo y, a la vez, en un enorme atasco. Todos le observan. Quiere escapar y lo hace volando por encima de todo y de todos. Pero llegado a la playa se ve amarrado por una cuerda y alguien tira de él hasta que cae. Despierta. Por tanto, nuestro protagonista se ve acosado y sin libertad para hacer o deshacer a su antojo. Siempre hay algo que le hace regresar a ese lugar en el que depende de algo externo. Porque es necesario, vital, escapar para poder crear. De ahí viene esa sequía creativa de la que tanto se ha hablado. Guido bien podría ser el propio Fellini. Él lo negó a veces, otras lo dejó sin aclarar. Es lo mismo. Podría ser cualquier artista y Fellini lo era. Me parece estéril dar vueltas a este asunto.
A partir de esta primera escena, se irán encadenando imágenes que presentan los recuerdos de niñez, la realidad, más sueños y todo eso que no se podría contar de las ningunas de las maneras porque sería motivo de ruptura con el entorno. La sexualidad que encuentra el niño, cómo su educación (los que le educan) impide que lo encuentre sin tener problemas y crear prejuicios; los amores pasados que forman un todo (todas las mujeres componen un conjunto en el que cada una ocupa su puesto. El amor o lo que lo fue es uno solo); el mundo, visto por el artista, en el que todos somos personajes (incluido él mismo), en el que todos tenemos el aspecto impuesto por la mirada ajena; la presión a la que se somete al creador que es incapaz de hacer nada que tenga que ver con la motivación propia para que sea algo importante; el movimiento del mundo al son de una música que lo hace distinto y que nadie podría entender. Y todo esto se presenta de forma fragmentada; no existe lo lineal. La vida tampoco lo es si tenemos en cuenta el deseo, la fantasía o lo onírico. Eso distorsiona lo cotidiano y lo va decorando de un modo u otro, lo va descolocando todo.
Pues bien, nada de esto lo puede contar un artista sabiendo que forma parte de su realidad. ¿A quién puede interesar la vida privada de otro? A eso se le llama cotilleo, pero una obra artística está muy alejada de semejante cosa. Un artista transforma esa realidad consiguiendo convertir una verdad en una gran mentira que se recibe (por parte del espectador) como una realidad compartida desde la ficción. Dicho de otro modo, el artista crea desde su propia experiencia sin que esta aparezca de forma explícita. No hay otro camino. Y es aquí donde aparece la libertad. Fellini lo sabía perfectamente. Otra cosa es que, inevitablemente, muchos se vean reflejados en la obra. Pero eso es otro problema que atañe al que mira y no al que crea.
8 ½ está plagada de escenas inolvidables. Mi preferida es la que nos enseña a todas las mujeres que el protagonista ha conocido y que han tenido alguna importancia para él. Desde Saraghina que encarna su experiencia más lejana con la sexualidad, hasta Claudia que representa su amor más puro y verdadero por percibirlo como perfecto, pasando por Luisa (su esposa atormentada por la infidelidad, pero que en esta secuencia aparece como sumisa y encantada con lo que le toca vivir) o por su propia madre (a la que besa en un sueño anterior manifestándose un claro complejo de Edipo). Durante toda la película, vamos comprobando que Guido es incapaz de amar, no sabe cómo hacerlo. Ahora sabemos que lo único que quiere es que le entiendan, que comprendan que ellas, que todos, forman parte de un relato que acabará cuando él muera. Presten, también, atención a la escena del baile en el balneario. Se asemeja mucho al de Pulp Fiction (Travolta y Thurman).
Por cierto, no recuerdo una película que uniese y mostrase tanta belleza femenina. Anouk Aimée, Sandra Milo, Claudia Cardinale, o Rossella Falk son un ejemplo.
La película está filmada en blanco y negro. El resultado es grandioso. La gama de matices entre ambos colores es extraordinaria. La música de Nino Rota magistral (se puede escuchar a Wagner o la partitura del propio Rota arropando cada momento de carga expresiva como si fuera un guante). El montaje es de una inteligencia maravillosa. Y el guión hace que los personajes crezcan cada vez que abren la boca, que entendamos lo que supone el proceso creativo, de ese caos que se ordena milagrosamente para mostrar un cosmos completo.
Los artistas tienen una ventaja sobre el resto de las personas. Son capaces de crear un mundo en el que se pueden modificar todas aquellas cosas que no terminan de encajar. Miran y ven lo que otros son incapaces. Esa es la libertad. Crear un mundo a medida. Y si no está presente no hay nada que hacer.
Grandiosa película.
© Del texto: Nirek Sabal


feb 11 2013

La sombra de la noche: Cuando el desenlace es eterno

Cuando una película es prescindible tenemos un problema. Si esa película trata de ser una narración que se mueve sobre el suspense, el problema es muy serio. Si, además, el desenlace (que intuimos a los diez minutos) se alarga y ocupa tres cuartos del metraje, sin justificación alguna, el cabreo del espectador puede llegar a ser morrocotudo. ¿Puede ser la cosa peor? Pues sí. Porque puede ser que la película sea una remake, casi exacto, de otra. Esto es La sombra de la noche.
El reparto de la película no está nada mal. Todos jovencitos que han terminado siendo famosos (Nick Nolte ya lo era y no tan jovencito). Ewan McGregor, Patricia Arquette, Josh Brolin, John C. Reilly y el mencionado Nolte. Estos son los principales actores. Correctos excepto Arquette que está horrible. Le ponen ganas y entusiasmo (Nolte algo más soso que los demás), pero con tan poca cosa entre manos que es difícil que la cosa funcione.
Ewan McGregor. Como ya pasaba en El vigilante nocturno, está dibujado desde el exceso. Puede ser una cosa u otra a la vez. Eso es algo que debería estar justificado absolutamente si queremos que sea creíble y, por supuesto, de justificación nada, ni rastro. Su amigo (el personaje de Brolin) es otro que puede ser sospechoso desde el principio, que puede ser un idiota o un héroe. Explicación para que esto sea posible: ninguna. El personaje de Nolte es un desastre absoluto. Se quiere disfrazar de incongruencia con un pasado que resulta más incongruente todavía. En fin, un desastre. El ritmo narrativo va de más a menos. Y las lagunas son inmensas. Además de una dilatación excesiva en el desenlace que aburre a las ovejas, hay cosas difíciles de explicar. Para ser más exactos, imposibles de explicar. Hay un momento en que Martin ve una serie de rastros de sangre, Los sigue y al final de esos rastros hay un cadáver. Avisa y, al poco tiempo (muy, muy poco) el cadáver está en su sitio (encima de una camilla que está lejos), todo está limpio como la patena y el que ha realizado todos los movimientos con el cadáver y la limpieza (luego lo sabemos) ha hecho todo esto quedando en perfecto estado de revista, como si saliera de la Pasarela Cibeles. Por otra perte, cuando el asesino (ya sabemos quién es) es descubierto en un piso durante una de sus faenas (matando meretrices y sacándoles los ojitos) deja que se escape el testigo y, como es normal en estos casos, se queda tranquilamente terminando el trabajito. De estas hay varias.
Prescindible. Mediocre. Pueden ahorrarse el esfuerzo. No perderán nada.
© Del Texto: Nirek Sabal


feb 3 2013

Blancanieves: Atrevimiento cañí

Las críticas excelentes, las nominaciones a premios o el atrevimiento de un director, no hacen que una película sea mejor o peor. Entiendo que la industria cinematográfica española esté falta de un título de relumbrón, entiendo que busquemos soluciones a un panorama algo desalentador, pero no entiendo tanto alboroto cuando esta Blancanieves no aporta casi nada al cine.
La película no tiene un ritmo que la haga, ni siquiera, entretenida. Salta de un lado a otro en la trama sin que exista continuidad entre lo visto y lo que se ha de ver. El director juega a que esta historia se la sabe cualquiera y abusa de ello. Por si era poco los intertítulos están elegidos francamente mal. Donde la expresión del personaje lo dice todo aparece un cartelito. Donde no está clara la cosa no aparece. No se remata bien el guión y el paralelismo con el cuento es, a veces, difícil de encontrar o explicar. Los personajes, dado que no se profundiza en ellos, tienden a quedar planos. Por ejemplo, los enanos toreros son eso, enanos; eso es lo que marca a los personajes. El único que parece destacar por uno de sus rasgos (el que odia a Blancanieves) modifica su actitud sin venir a cuento por lo que ese rasgo se viene abajo y queda al descubierto que no es más que un truco narrativo para intentar dar una continuidad imposible a la trama. La música, a ratos, se hace insoportable. Las zonas en las que las palmas y el flamenco quieren asomar son una tortura para cualquiera. Repetitivas, blandas. La película está rodada en blanco y negro. Muy bien. Pero ¿podría contarse esto mismo en color? Desde luego que sí. La elección del blanco y negro no tiene nada de artístico. Pero, ya que tenía que ser muda, pegaba lo de la falta de color.
La película plantea un drama que se convierte en comedia cuando uno de los personajes crece. El peso dramático cede ante una ironía bastante dudosa, ante un humor casposo (la madrastra posando ante el pintor con su mascota, por ejemplo). Pero es igual puesto que no termina de interesar ni lo dramático ni lo cómico. Si aparecen algunas cosas que resultan graciosas aunque en el guión no están para serlo. Eso de aprender a torear con una sábana y porque el personaje lo lleva en la sangre resulta hasta doloroso.
Si no fuera por el papel de Maribél Verdú, el desastre sería absoluto. Es una madrastra imponente. Macarena García (es la protagonista de la única escena sobresaliente por estética y sentido; la última de la película) está bien aunque no parece que sea la mejor de las elecciones para interpretar el papel. Mi admirada Ángela Molina enseña su parte más descontrolada. Es verdad que en el cine mudo manda la expresión corporal del actor o de la actriz y el matiz musical. Eso es verdad. Pero a la señora Molina se le va la mano y el director, Pablo Bergér, no pone remedio. El resto del elenco no está mal. A secas.
La fotografía es otra cosa. Expresionista y muy cuidada. Francamente bien. Ahora, no es ningún descubrimiento. Esto es algo que parece no tener en cuenta nadie al ver el trabajo de Pablo Bergér. No hay nada nuevo después de Blancanieves. El vestuario notable. El maquillaje, especialmente el de Maribél Verdú, excelente.
Del mismo modo que ocurriera en The Artist, un animal (esta vez un gallo) tiene cierto protagonismo. Ni mucho menos que el del perro de la película de Michel Hazanavicius. En Blancanieves todo es cañí, todo se llena de tópicos que, si bien sirven para intentar una crítica social, se hacen cansinos.
¿Es, en realidad, una película atrevida? Desde luego, se renueva el cuento tradicional, pero no se inventa nada. La única cosa que se hace es trasladar de lugar la acción y ambientarla en un tiempo distinto (otra de las cosas buenas de la película es esa ambientación que logran entre el director y el fotógrafo Kiko de la Rica). Del resto de los elementos técnicos se puede decir lo mismo. Ese atrevimiento del que tanto se habla no aparece por ningún sitio.
Como ven, no se trata de una mala película y como experimento es aceptable. Pero esto significa que el metraje es excesivo porque los experimentos son lo que son. Y por mucho que se envuelva el trabajo en papel de seda será lo que es. Una película más.
© Del Texto: Nirek Sabal