dic 30 2012

El irlandés: Una bocanada de aire fresco

Que en una película aparezcan los narcotraficantes haciendo referencias a Berttrand Russell o Dylan Thomas ya es raro y atrevido. Que el sargento de policía que va tras ellos sea un tipo cultivado aunque lo oculte, también lo es. Que aparezca un agente del FBI norteamericano para atrapar a los malos y tenga que enfrentarse con un enemigo inesperado que se llama cultura diferente no deja de ser sorprendente. Si todo eso se maquilla con una estética pop mezclada con la de un spaghetti western y rellenamos el resultado con diálogos mordaces, irónicos e inteligentes, tenemos un producto algo surrealista, muy divertido, distinto y capaz de entusiasmar.
Esto es lo que ha hecho John Michael McDonagh. Primera película. El irlandés (The guard).
Gerry Boyle es el nombre del sargento de policía. Defiende el papel un estupendo Brendan Gleeson que sobresale sobre los demás al interpretar un papel que parece escrito para que sólo él pueda hacerlo . El agente del FBI lo encarna Don Cheadle; siempre correcto. Uno de los narcotraficantes (hay varios, pero este es el más malo de los malos) es Mark Strong que convence y hace que el villano sea tan malo como corresponde.
El guión es excelente. Irreverente, mordaz, irónico, lleno de guiños. Las conversaciones entre el británico y el norteamericano son dinámicas siempre y van destapando las diferencias que hacen crecer a los dos personajes. Son el nucleo que soporta el entramado narrativo. Porque, aunque la trama principal es policial, todo queda en segundo plano para que conozcamos al personaje, su relación con el mundo y, por tanto, la confrontación entre culturas. El director maneja una subtrama en la que el policía y su madre son los protagonistas que no termina de funcionar bien (todo hay que decirlo). Posiblemente, pensó en buscar una arista al personaje que no termina de encontrar. Tal vez no existe.
Que la trama sea previsible en su desarrollo o que se pliegue al conocido y manido los polis se llevan mal y tendrán que resolver sus diferencias si quieren atrapar a los malhechores pasa a ser anecdótico por la potencia de los diálogos y algunos elementos técnicos más que notables.
Lo importante de esta película es el respiro que da a un panorama cinematográfico algo desolador. Y no sólo por la irreverencia o la socarronería de su propuesta. Los encuadres, el uso de la cámara, lo atrevido de este nuevo director al mezclar conceptos diversos y entrar en el análisis de los tabúes contemporáneos, hace percibir buen cine a la vista. Habrá que seguir muy de cerca a este tipo.
La banda sonora de la película es estupenda y casa bien con el desarrollo de la acción. No excede en protagonismo aunque es imprescindible para que todo funcione sin problemas.
El irlandés es una película que nos enseña un mundo oscuro, helado, cruel, en el que no cabe nada que tenga que ver con lo bonito de la vida si es que existe algo así. Pero lo hace desde la zona en la que nos sentimos cómodos porque todo allí se alivia; desde la fina ironía del que cree que existe la esperanza. Aunque sea en un mundo de ficción.
© Del Texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube


dic 30 2012

El dictador: Esteso y Pajares, pero más internacionales

Para algunas cosas hay que estar entrenado. Sin una preparación adecuada, una mala película de cine por muy cargada de gamberrismo, humor negro o ironía (burda o fina) siempre parecerá una mala película de cine.
La transgresión está muy bien si no se convierte en una acumulación de frases soeces; la crítica social está muy bien si no se convierte en repetición de lo que otros dicen sin remover la mierda para que aquello huela de pena (se diga lo que se diga la miseria lo es). Y reírse de uno mismo, del mundo que toca habitar, de los males que tenemos alrededor es un ejercicio saludable. Pero para que eso ocurra hay que ser muy fino con el humor y muy inteligente. De cualquier otro modo, la cosa queda pueril, casi ridícula.
La pareja compuesta por Larry Charles (director) y Sacha Baron Cohen (actor principal) ya lo han intentado más de una vez. Lo de ser transgresores y reírse de sí mismos haciendo carcajearse al personal, digo. Ni lo han conseguido antes ni ahora. Sus películas tienen algunas cosas divertidas. Sólo eso. Son como Fernando Esteso y Andrés Pajares en la época del destape en España (aunque Charles no se ponga delante de la cámara). Algo así. Más modernos, más atrevidos al repartir cera, pero como la pareja española. El dictador, su última película, es, además, una especie de suma. Los sumandos son El gran dictador de Charles Chaplin, El príncipe de Zamunda y Zohan: licencia para peinar. Las debieron meter en la centrifugadora, las destrozaron y les salió esto que presentan.
Los cambios respecto a sus trabajos anteriores son las rebajas en el nivel bárbaro (por ejemplo, respecto a Bruno) y abandonan el tono documental. El dictador es una comedia  con aspecto de comedia y no de falso documental (lo que se conoce como mockumentary). La película juega a burlarse de todo. Y con la excusa de pasear a un dictador extravagante todo se convierte en un intento de crítica a los países más desarrollados del mundo, a los que presumen de democracia consolidada y de derrocar dictadores tercermundistas y espantosos.
La interpretación de Sacha Baron Cohen es un monumento al histrionismo. Alguien debería decir a este hombre que, incluso para interpretar estos papeles, hay que contenerse. Los cameos de Megan Fox, John C. Reilly (este es muy divertido) y Edward Norton no tienen la más mínima importancia. Ben Kingsley hace lo que puede para no dormirse en cada toma. Y el resto pasa desapercibido por completo. Todo pasa sin pena ni gloria. La película en su conjunto será olvidada dentro de quince minutos. La trama es una idiotez. Técnicamente no se puede resaltar nada.
Un tostón inaguantable. Eso se lo garantizo. Entrene antes de ver El dictador o está perdido.
© Del Texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube


dic 29 2012

JFK: Espiral de Ficciones

Contar una historia cualquiera requiere un esfuerzo creativo por parte del que narra y una actitud en el que escucha o ve lo narrado. Eso es algo ya sabido por todos. Lo que ya no es tan popular es cómo se consigue algo así.
Oliver Stone, en su película JFK, intenta el juego creativo y busca el estímulo necesario (en la misma zona narrativa) que vincule al espectador con el trabajo. Monta su película asumiendo riesgos importantes. Y lo hace para que una historia sabida por todos parezca una novedad. Por otro lado, juega con los encuadres, con las escalas y con los puntos de vista para llamar la atención del espectador. Incluso va del blanco y negro al color por el mismo motivo. Se suma a este esfuerzo que el relato (con su estructura y coherencia propia) contiene otro (con su estructura y coherencia propia); y se establecen como dos realidades paralelas. Al buscar la implicación del espectador como clave en el relato, comienza la película y son tres las realidades puesto que se añade a la receta la propia de los espectadores. Y todo esto para contar un hecho histórico.
JFK es una de las películas con mejor reparto que se recuerdan. Y todos, aun en papeles menores, están soberbios. Incluso Kevin Costner se libra, esta vez, de una mala crítica. Esto dicho así está muy bien. Pero utilizar tanto talento pare defender papelitos deja un sabor agridulce, una sensación de desperdicio más que importante. Jack Lemmon, Donald Sutherland, Gary Olman, Joe Pesci, Kevin Bacon o Tommy Lee Jones (que interpreta el papel de Clay Shaw; personaje homosexual y tratado en esta película sin ninguna delicadeza y de forma tendenciosa) son algunos de los que participan en la película.
JFK se recordará por su montaje. Para algunos un desastre en el que la repetición de imágenes es empalagosa e injustificada al igual que lo son las rupturas temporales. Para otros una exhibición de creatividad que soporta la estructura argumental con firmeza. Un juego colosal al que se somenten autor y público. En realidad es un montaje arriesgado en el que se logran cosas importantes y se cometen errores del mismo calibre. Además, hace que algunas cosas fundamentales de la película queden entre dos aguas. Muchos aspectos de la trama quedan oscurecidos por la falta de información. Se podría decir que no deja de ser una propuesta irregular con luces y sombras. La buena noticia es que o importante de esta película no es el montaje como muchos creen. Son los diálogos y las interpretaciones los que convierten en bueno el producto. Los problemas que puede tener el montaje se ven rebajados cuando los personajes crecen, cuando la trama aparece con claridad en cada frase.
La conspiración contra John Fitzgerald Kennedy es una enorme y espectacular excusa para afrontar e tema de la película: la mentira; una mentira de dimensiones extraordinarias; una mentira que afecta al mundo entero y en la que vivimos inmersos; eso que convierte la vida en ficción. La gracia del trabajo de Oliver Stone es que revisando un hecho histórico, nos planteamos hasta qué punto vivimos en una realidad creída o una ficción consentida. Lo mismo que les pasa a los personajes de la película. Y por eso el montaje abusa de la repetición de imágenes. La mentira repetida se convierte en gran verdad. Sea cual sea.  Lo mismo visto desde diferente lugar puede parecer distinto. Lo distinto se puede camuflar cambiando el punto de vista. Un juego al que es sometido el espectador y le puede parecer aburrido de solemnidad o un reto gratificante. Por eso el cambio de encuadres y escalas, por eso la modificación de los puntos de vista, por eso el juego de Stone.
La peícula se acerca al formato documental en muchos momentos. Y no sólo por utilizar imágenes reales. Se aproxima porque el sistema narrativo hace uso de la información pura y dura para poder mantener en píe la trama de la ficción (escasa muchas veces, la información).
Todo esto que digo nos lleva hasta un trabajo muy extenso. Son muchos minutos trabajando ante una pantalla. Ese es otro de los riesgos de la propuesta. No es habitual obligar a un trabajo intelectual tan extenso. Otra justificación más del dichoso montaje; que entusiasma o hace odiar JFK.
Una última cosa. Es algo incomprensible el uso de la banda sonora. Aparece y desaparece sin razón alguna. Ahora aquí sí. Ahora no. Este es un pero incontestable.
Si no lo hicieron en su momento, echen un vistazo a JFK. A ver qué pasa.
© Del Texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube


dic 27 2012

Food, Inc.: Comida basura, pero basura de verdad

Dar malas noticias, sin destrozar al de enfrente, es todo un arte. Dar malas noticias sin tener reparo alguno es más fácil y no requiere ningún entrenamiento. En cualquier caso el efecto es demoledor. Al fin y al cabo, recibir un mazazo deja fuera de combate a cualquiera.
Food, Inc. es un documental que firma Robert Kenner. Presenta y analiza la industria cárnica de Estados Unidos y algunos sistemas agrícolas vinculados con el cultivo de maíz. Además, una vez expuesta la situación, aborda los sistemas legales en los que se mueve todo el entramado que tiene que ver con estos mercados. Dicho así no parece gran cosa aunque lo cierto es que viendo este documental a uno se le revuelve el estómago. No sólo por el contenido casi terrorífico de la película sino por la falta de ironía y tacto al plantear el asunto. Siempre se agradece que algo de humor maquille la terrible realidad.
Maltrato animal, maltrato a personas que trabajan en las fábricas dedicadas al sistema alimentario de Estados Unidos, millones de bacterias en la carne que comemos y con las que no se puede acabar de ninguna manera, muerte de personas por comer carne, nuevas enfermedades a causa de cambios en la transmisión de los bichitos, sistemas legales inalcanzables para una persona normal que debe renunciar a todo, multinacionales despiadadas, miles de reses sacrificadas cada hora de forma cruel, miles de pollos engordando tres o cuatro veces lo que sería normal y sin poner ponerse en pie. Un verdadero horror. Todo esto sin un comentario esperanzador, sin poder sonreír porque estamos en peligro. No sería bueno frivolizar sobre estos asuntos, pero el cine debe entretener. Entre lo tremendo del mensaje, la falta de ironía, la gran cantidad de asuntos tratados sin profundizar en ninguno de ellos y la crudeza de algunas imágenes, el documental se hace algo tedioso, brusco en exceso, tan difícil de digerir como la carne que vemos convertida en un amasijo.
A pesar de esto, el documental ilustra aspectos que todo ser humano tiene derecho a conocer. Tanto del pasado como del presente o futuro próximo. Es curioso descubrir que los enfermos de diabetes se van a multiplicar gracias a la comida basura y los refrescos. Para una familia pobre es más fácil comer ese tipo de comida que verdura fresca por el alto precio de los alimentos. Los obesos son ya los más pobres. Algo impensable hasta hace bien poco. Es miedoso saber que existen enfermedades que se transmiten de forma diferente por la repercusión que tiene una industria inmensa como la cárnica. Pone los pelos de punta saber que cientos de productos que tomamos a diario contienen algún elemento transgénico (casi siempre llegado con el maíz o la soja). Pero lo que más impresiona es la inmunidad con la que trabajan algunos sectores. La ley está de su parte. No hay nada que hacer frente a un problema cualquiera.
El documental es algo soso a veces, algo tedioso otras, muy impactante casi siempre y muy descorazonador. Los testimonios están muy bien elegidos. La ausencia de algún testimonio más se anota para que el espectador no crea que la película es tendenciosa o tramposa. El montaje es eficaz. Algunos críticos recibieron este documental con gran alborozo. Este que escribe lo deja en alegría moderada. Entre otras cosas porque las posibilidades eran mucho mayores que las aprovechadas por el director.
© Del Texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube


dic 26 2012

El legado de Bourne: ¿A qué viene esto?

¿Ha visto usted la conocida trilogía de Bourne? Da igual la respuesta. Si la vio en su momento tendrá problemas para entender qué pinta Jason Bourne en todo esto. Si no tuvo ocasión de ver esas tres películas no entenderá que pinta Jason Bourne en todo esto. Porque Jason Bourne es una muy mala excusa para poner en funcionamiento a otro superagente -Aaron Cross, se llama- que está inmerso en un programa oscurísimo de la CIA. Se supone que esta nueva trama viene motivada por lo que le pasó a Bourne. Y se supone siendo generoso a más no poder. Usted, que es avispado, ya habrá imaginado que el guión es una auténtica calamidad. Deje de imaginar; lo es.
La cosa de va de carreras, tiros, misiles teledirigidos que lo destrozan todo, pastillas de colores que aportan poderes casi sobrenaturales al que las toma y de tarados que son reclutados por su condición de eso, de tarados.
¿Es entretenida la película? Pues sí. Tenga usted en cuenta que todo a su alrededor parecerá explotar, todo lo que haga podrá ser visto desde un satélite, los malos pasarán corriendo por su salón pegando tiros. Pero no piense. No, no lo haga. Si lo hace se enfadará usted más de lo necesario por perder el tiempo y recibir un insulto a su inteligencia sin rechistar.
Tony Gilroy, el director, debió terminar con agujetas por todo el cuerpo después de perseguir al elenco de un lado a otro. La película se convierte en una montaña rusa de locos. Y no debió sufrir daño alguno en la mente. Al menos no los sufrió pensando en mejorar un guión flojo, previsible y vacío. Rodó, entregó el trabajo al montador para que hiciera lo que fuera posible y poco más. Pero pensar, lo que se dice pensar, me temo que no.
Jeremy Renner parece más un marmolillo que otra cosa. Y no es nueva la cosa. Repite en casi todas sus películas. Continuidad no le falta al chico. Defience el papel protagonista. A puñetazos, tiros y saltos imposibles. Literal.
Rachel Weisz defiende el suyo lloriqueando y echándole un valor improbable que no se creería ni el propio personaje. En una de las escenas, mientras escapa junto con el otro protagonistas sobre una motocicleta, logra dar una lección de equilibrismo y coraje que ya quisiera Rambo. Queda la cosa tan extraordinaria como poco creíble.
Por su parte, Edward Norton aparece en la pantalla para interpretar un papel que todavía me pregunto de qué va. Más que nada porque crece y desaparece sin avisar. Como si tal cosa.
Los efectos visuales y especiales son decentes. Algo es algo. El resto de normalito a penosillo.
Una película más. Ni más ni menos que eso. O lo que es igual: una castaña pilonga que te tragas mientras pasa el tiempo.
Imagine un tipo que toma pastillas para ser más listo y más fuerte. Imagine que en los despachos se ven obligados a acabar con él y con otros que son como él. Ahora pongan a funcionar miles de ordenadores, satélites, aviones espías; espías sin avión, pero con moto; a la policía de medio mundo. Enfrenten al de las pastillas y a su acompañante a este despliegue. Eso es El legado de Bourne. Ni más ni menos. Una cataña. Pilonga, eso sí.
© Del Texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube


dic 25 2012

Skyfall: Las ventajas del pasado

Las personas no pueden dejar de ser lo que son y eso quiere decir que no pueden renunciar a su pasado. Las proyecciones del ser humano en forma de personaje arrastran esa misma característica. Además, tal y como está organizado el mundo en la actualidad, el pasado es un refugio excelente para poder sobrevivir. Todo parece aproximarse a los orígenes, todo tiende a camuflarse en lo nuevo, en el progreso, aunque todo necesita conservar lo esencial, lo fundamental de cualquiera de las cosas conocidas.
Sam Mendes es lo que cuenta en Skyfall; desde la confrontación entre lo esencial y lo cosmético, entre lo tradicional y la metamorfosis absoluta que provoca el avance tecnológico. Mendes nos presenta una trama especialmente negra en la que James Bond se aferra a sí mismo para poder continuar. 007 es Daniel Craig, un actor que se crece con el papel, que lo agarra con fuerza y lo vive intensamente en la propuesta que le ofrecen de regresar al pasado para jugar con ventaja frente a la realidad. El villano es un magnífico Javier Bardem que se divierte trabajando y que luce un rubio miedoso y sorprendente. M es Judi Dench que aparece en la pantalla con naturalidad y oficio cuando el papel se alarga y toma una importancia desconocida hasta ahora en la saga. Todos los personajes procuran ser ellos mismos, todos los personajes buscan en el armario con el fin de poder entender lo que son. Mientras, el mundo parece avanzar a velocidad de locos; mientras, el MI6 es una organización desconocida incluso para 007.
La trama es más que interesante cuando comienza a oler a precuela, cuando apesta a final de ciclo al mismo tiempo. Intensa, angustiosa, emotiva y -no pocas veces- profunda y repleta de sentido. Y con ese argumento los personajes crecen y van moviéndose haciendo relevante cada gesto.
Técnicamente, la película es impecable. A pesar del gran alboroto que se produce con las persecuciones y una acción trepidante en algunas fases, Mendes mueve la cámara con elegancia y delicadeza; la fotografía se cuida notablemente, el maquillaje y la peluquería dibujan una ficción creíble y aportan la coherencia necesaria que la imagen está obligada a prestar; y la banda sonora se ajusta pulcramente a lo que reclama la película en su conjunto.
De nuevo, Craig parece que es 007 y, esta vez, uno llega a pensar en Sean Connery. Por fin, 007 se renueva para ser lo que tiene que ser porque sabe que el pasado en un territorio en el que tiene ventaja. Y, por fin, alguien se atreve, sin complejos, a profundizar en lo que interesa dentro una narración que no es otra cosa que en el personaje que aporta sentido a lo que se ve. Eso sí, que nadie se asuste; no faltan inventos asombrosos, tiroteos, satélites, persecuciones y romances que protagoniza el agente secreto.
Excelente película que sorprende por todo ello.


Imagen de previsualización de YouTube


dic 17 2012

La semilla del diablo: El día que Cassavetes pareció un actor de verdad

La Semilla del Diablo es una maestra del cine de terror.
Ya está. Queda dicho.

Para que nadie me acuse de ser vago y excesivamente escueto voy a añadir unas cuantas cositas, pero si quieren se las ahorran. Porque
La Semilla del Diablo es una obra maestra del cine de terror y punto.

Roman Polanski, que es un genio en esto del cine, leyó la novela de Ira Levin y debió pensar “venga, voy a ver si logro rodar un puñado de secuencias de categoría, las montan como es debido y consigo una de las mejores películas de la historia”. Y lo hizo.

Mia Farrow: Espléndida.

Ruth Gordon: Excepcional.

John Cassavetes (uno de los peores actores de la historia): Perfecto.

Adaptación de la novela: Exquisita. (Es verdad que Polanski quiso ser fiel a la esencia del relato y alguna cosita le quedó excesivamente literaria. Pero apenas tiene importancia).

La primera vez que vi la película pasé miedo. La última vez que la he visto he vuelto a sentirlo. La primera vez que vi la película me pareció algo previsible y eso me gustó poco. Ahora la veo y comprendo que arrastra un problema propio del género y casi imposible de evitar. Cuando no lo son (previsibles en cierta medida) es que son tramposas, es que han escatimado información e, incluso, mentido para preparar un final de fuegos artificiales y esas cosas. Patrañas comerciales que suelen colar poco.

Los personajes son maravillosos. Y uno de ellos (el que no aparece, el verdadero protagonista) anda suelto en cada secuencia aterrando al más pintado. Cuando uno trabaja con el diablo tiene dos opciones. Disfrazar a un actor de segunda para que haga movimientos ridículos o dejar que sea el espectador el que lo dibuje en su cabecita. Eso siempre es mucho más efectivo, mucho más horrible. Polanski, que es el amo de esto, prefiere que trabajen los que miran. Así no se equivoca.

La trama es interesante, inquietante, honesta y está muy bien resuelta. Pasa lo que tiene que pasar. Nada de almíbar, ni de esperanzas rodeadas de bondad. Mueren los que tienen que morir y sobreviven los malos porque para eso llevan años currando a base de bien en nombre de satán.

La película no ha envejecido mal. Al contrario. Es lo que tienen las obras de arte. Lo de cumplir años y arrugarse queda para otro tipo de cine.

Un apunte más antes de terminar. Un director capaz de hacer de Mia Farrow una risión de mujer y de una risión de actor (como lo es Cassavetes) algo parecido a uno de verdad, no puede ser otra cosa que un genio.

Voy a verla otra vez. En serio.

© Del Texto: Nirek Sabal

Imagen de previsualización de YouTube

dic 9 2012

Macbeth: Burlar una ópera más

Macbeth, la extraordinaria obra de William Shakespeare, no es nada parecida a la realidad. Tal vez la realidad no se parezca a sí misma y, tan sólo, sea un escenario en el que se representan una y otra vez las grandes tragedias que el ser humano está condenado a interpretar. Un escenario en el que todo cabe y creemos sin hacernos demasiadas preguntas. Allí se entra para interpretar y se sale para morir. Allí todo puede suceder si es que el azar o la necesidad, que son la misma cosa, lo necesitan. El bien se confunde con el mal; el amor con el odio; el poder corrompe a cualquiera; la falta de libertad es la falta de vida. Tal vez sea el escenario el que llenándose y vaciándose tantas veces ha dejado de parecerse a sí mismo y lo que vivamos sea la realidad haciendo de actores.
La nueva producción del Teatro Real de Madrid, Macbeth, deja al espectador con un gusto agridulce. Aunque la dirección musical de Teodor Currentzis es excelente, aunque las voces de Dimitris Tiliakos y Violeta Urmana (excelentes del mismo modo) se acompañan de una interpretación teatral sobresaliente (sobre todo en el caso de Tiliakos); la sensación que deja la dirección escénica de Dmitri Tcherniakov es la que queda cuando algo se desaprovecha. Tcherniakov repite tras la producción, no hace mucho, de Eugenio Oneguin. Convierte la obra de William Shakespeare en una relectura que se contamina en exceso de la película de Lars von Trier, Dogville. Esa película que resultaba excesivamente teatral para ser cine se acomoda en el escenario que prepara Tcherniakov para que todo se parezca más a un film que a otra cosa. Ocultar al coro en diferentes fases hace que la sensación sea la de estar en una sala de proyección y termina chirriando cada vez que se repite. Ver cantar al protagonista su aria principal en calzoncillos, ver como dispara sin ton ni son (la peor de las soluciones posibles a esa escena) o ver cómo el escenario es destrozado del mismo modo que The Who acababa con sus instrumentos en un último festival de luz y de color; no es lo que un amante de la ópera espera en una ópera de Verdi. Las brujas no son brujas, las apariciones se diluyen. Nada es lo que debería ser.
Intentar que la lectura e interpretación de la obra esté por encima de la propia obra es algo que comienza por ser un error y termina siendo un desastre (más o menos enorme).
Verdi tuvo cuidado al componer su trabajo. La esencia de la tragedia firmada por Shakespeare quedó casi intacta. Macbeth es una de las grandes óperas de la historia. La versión que se escucha en esta producción es la que preparó como definitiva en 1874. Y Teodor Currentzis, impetuoso cuando es necesario, tranquilo siempre, especialmente cuidadoso con el resultado al fundir la música con las voces (algún problema de tempos con el coro, todo hay que decirlo); logra entender la partitura con solvencia, sin una sola duda. La Orquesta Sinfónica de Madrid suena magnífica. Cada día el listón queda más alto.
Todas las voces quedan a la altura que es necesaria. Sobresalen los protagonistas y la de Ulyanov.
Agridulce. Creo que es esa la palabra. La misma que muchos utilizan, también, para mostrar su opinión sobre la línea de trabajo que ha marcado el señor Gerard Mortier en el Teatro Real; o para definir el tipo de público que asiste a las representaciones de un tiempo a esta parte. Son muchas las preguntas y pocas las respuestas. El espectador actual del Real, ¿consume ópera o la ama? ¿Es obligado convertir cada producción en un alarde de falso talento del director de escena? La falta de talento ¿se traduce en esa transgresión que resulta ridícula casi siempre? ¿Es necesario todo esto para que el público asista a la ópera o es la música de Verdi lo que hace de reclamo seguro? Mientras encontramos respuestas a esto, debemos agarrarnos a la grandeza de las obras, esos espectáculos en los que se llega para interpretar y se sale para morir. Como la vida misma. Si Macbeth dispara a lo loco o canta en calzoncillos no es más que una anécdota. Lo otro -el teatro o la realidad, como prefieran- es lo importante.
© Del Texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube