nov 23 2012

Asesinos de élite: Clichés al ataque

Es casi imposible realizar una película tan estúpida como esta. Casi dos horas de metraje que rebosan violencia sin que esta sirva para nada que no sea dejar clavado al espectador intentando descubrir para qué demonios le cuentas algo así. No se profundiza en nada, los giros narrativos (pretenden ser inesperados y sorprendentes) se convierten en saltos mortales con tirabuzón faltos de interés. Si no fuera por la sensación de estafa sería cosa graciosa lo de sentarse a contemplar un espectáculo tan idiota.

El guión es penoso. La frase más inteligente que se escucha es dispara, dispara. La trama la podría entender cualquier ameba. Consiste en que unos son muy malos; otros lo son mucho más; y se matan entre ellos; eso sí, con cierta ética. Los personajes son, sin excepción, clichés. El mercenario al que le gustan las mujeres y la palma por esa causa, el que está loco como una cabra, el que se retira y regresa por una causa justa para repartir estopa con mucha moral en la recámara, la chica que no sabe bien lo que pasa y que cuando se entera de que su novio es lo peor sigue tan enamorada como el primer día. En fin, una castaña pilonga.
Lo de Robert De Niro es preocupante. Un actor enorme haciendo estas cosas resulta penoso y triste. Clive Owen defiende el papel que le dan sin pena ni gloria. Jason Statham tiene bastante con soltar el puño allí donde ve una cabeza o con conducir un vehículo a toda velocidad. Lógicamente, la dirección actoral es casi inexistente. ¿Para qué intentar algo con los actores cuando no hay personajes ni nada que contar? Técnicamente bastante limitada. Todo es espantoso. Francamente horroroso.

Ahora bien, si quiere perder el tiempo mientras mira una pantalla, esta es su película. Lo único que tiene usted que hacer es no pensar en lo que ve. Se lo traga y punto. Porque, de lo contrario, es posible que se líe a dar martillazos en la televisión. Y la cosa está muy mala como para romper cosas tan caras. Si se anima, no deje que los niños se acerquen. Es una película violenta, vacía, y no les aportará nada de nada.
© Del Texto: Nirek Sabal


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nov 21 2012

Verbo: La importancia de lo oscuro

Verbo es de esas películas que unos odian a muerte y otros aman hasta límites improbables. Los primeros pueden señalar un montaje erróneo, un guión lleno de palabrería vacía que quiere parecer profundo y lleno de sentido y sólo busca el apoyo del público adolescente, unas interpretaciones sosas, un casting fallido y una invasión del cine fantástico torpe y superficial. Nadie puede negar que hay algo de todo esto. Los amantes de la película pueden hablar del movimiento de la cámara que su director, Eduardo Chapero-Jackson, realiza con limpieza y cuidado; pueden tomar el mensaje de rebeldía y necesidad de cambio como una especie de nueva biblia contemporánea, pueden adorar la búsqueda de originalidad de un cineasta nuevo en la ciudad. También, algo de esto hay en Verbo. Como todo lo nuevo que busca un hueco, la película creó en su momento cierto revuelo. Un revuelo que hoy está desaparecido por completo.
Sin embargo hay un aspecto de la película que sobresale por encima del resto y no puede dejar indiferente a nadie. Si ponemos a un lado todos los peros podemos aprovechar un trabajo que sin ser bueno deja algo enunciado que tiene cierta importancia. Verbo intenta ser un canto a la libertad. Es algo evidente y casi explícito. Sin embargo, se convierte en otra cosa, en un manual de uso para los que quieren crear. Cine, literatura, cualquier manifestación artística tiene cabida. El director quiere arrimarse a esa zona rebelde del joven que le hace extraño en su propio mundo, a una estética determinada y a una música muy concreta. No se percata de que tiene entre manos algo grande y lo deja empequeñecer minuto a minuto. Y es una verdadera pena. La bajada a los infiernos de cualquier artista antes de ponerse manos a la obra, la ficción como un espacio en el que se plantea el mundo y se corrige todo aquello que no gusta, el final del camino en forma de obra artística; todo eso es más universal y mucho más importante de lo que Eduardo Chapero-Jackson quiere hacer entender al espectador. Parece que se da una vuelta por ese territorio y no sabe qué hacer con todo lo que se encuentra. Lo enuncia y lo abandona casi en su totalidad.
Alba García defiende su papel (Sara, la protagonista) provocando bostezos. Los suyos propios y los de muchos que se duermen al ritmo que marca su falta de expresividad. El resto de actores y actrices no parecen saber bien qué pintan en todo esto. La dirección actoral es muy flojita.
El guión es, en conjunto, original aunque se llena de frases estúpidas y todo se va desmoronando poco a poco. Si alguien hubiera decidido recortar el libreto eliminando lo prescindible y dejando cuatro cosas fundamentales, la película ganaría mucho. Porque la idea, insisto, es original y una especie de diamante en bruto que nadie sabe pulir.
La banda sonora no está mal. No es ostentosa y matiza bien lo que se va viendo en pantalla. No pasa lo mismo con una estética cargante que termina por irritar. Más que nada porque cualquier otra podría servir del mismo modo. La justificación artística no se adivina ni con buena fe por parte del observador.
Ahora bien, la esencia de lo que se cuenta es especialmente atractiva. Me pregunto qué sería de algo así en manos de alguien que no bebe tanto de lo que ya nos han contado otros (en la película está Matrix, está Alicia y su país maravilloso, está Tron, está Dark City, está casi todo lo que ya conocemos y está instalado en un territorio común), qué sería de algo así en manos de alguien que realice películas sin tanta carga de aspectos que buscan un sector del público determinado. El director pierde la perspectiva dejando lo esencial como adorno cuando era justo al contrario lo que había que hacer.
Son muchos los que han tachado el trabajo de bochornoso. A mí se me antoja excesivo. Otros hablan de un descubrimiento. Otro exceso. El que escribe prefiere calificar de propuesta fallida la película. Y no es poco decir. Al menos hay una propuesta. Y es muy posible que el director logré cosas importantes. Si eso fuera así sería una alegría. Falta nos hace.
© Del Texto: Nirek Sabal


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nov 11 2012

El precio de la verdad: Nada importante

Esta película no tiene, ni tendrá nunca, la menor importancia en la historia del cine. El director y guionista, Billy Ray, solventa la papeleta con cuatro cositas, sin hacer el mínimo intento para adentrarse en las consciencias de los personajes, en cómo su estado de ánimo se modifica, frente a un problema u otro, sin buscar otro objetivo que no sea contar una historia ya sabida sin aportar nada de nada. Todo queda en que si está triste fulano se pone a llorar, si está contento gasta bromas. Simple y prescindible.
El precio de la verdad cuenta la historia de Stephen Glass, un periodista que trabaja en la prestigiosa revista The New Republic, y que inventa material para escribir una serie de artículos que le hacen popular entre el público y entre sus compañeros de redacción. Todo se descubre y todo evoluciona hacia el desastre personal del periodista. Supongo que el asunto que Billy Ray quería abordar tiene que ver con la ética en el periodismo. Sin embargo, lo que logra es una historia sobre un tipo mentiroso y lo práctico que resulta. Bien podría haber elegido cualquier otra cosa que contar puesto que el resultado de algo tan superficial se logra facilmente. Eso, claro, no puede ser.
El guión podría dar juego con una dirección más animosa. Que sea todo previsible no es el gran problema aunque sí lo es que la tensión narrativa no aparezca por ningún lado. El metraje es excesivo y puede sobrar (porque todo está dicho) del minuto treinta en adelante.
Hayden Christensen está horrible. Rosario Dawson y Steve Zahn pasan desapercibidos y Peter Sarsgaard (buen actor) aparece soso, como si estuviera deseando echarse a dormir entre toma y toma.
Tan sólo hay un detalle en el que se trabaja algo mejor; esto es, la manipulación del mentiroso, hasta dónde puede llegar alguien desesperado, el patetismo de la caída, el salvavidas que supone la ficción del que vive en ella constantemente.
Técnicamente, la película es simplona. No se puede destacar nada en absoluto.
Otra pérdida de tiempo, de dinero y de talento (si es que hay alguna de las tres cosas). Tal vez una tarde de domingo, cuando no hay nada que hacer, sea un buen momento para pasar el rato con esta obra. Pero sólo tal vez.
© Del Texto: Nirek Sabal


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nov 5 2012

Hunger: Ni buenos, ni malos

La verdad es algo que todos buscamos. Nos pasamos la vida intentando dar con ella, violándola; esquivándola, muchas veces, cuando está en nuestra contra. La verdad es querida aunque sea para repudiarla una vez cerca de ella. La verdad ha matado mucha más gente que la peste bubónica o cualquier guerra. Por la verdad (la individual o colectiva si es que se puede hacer semejante diferencia) hemos traspasado fronteras prohibidas.
Steve McQueen intenta la aproximación a una verdad en Hunger (su primera película) contando la historia de los presos del I.R.A antes y durante la huelga de hambre que se declaró en la Maze Prision y que encabezó Bobby Sands.
Para ello intenta narrar desde diferentes puntos de vista. Divide la trama en tres zonas de exposición. Por un lado, la vida de los carceleros toma importancia en un primer momento. Asaltan las preguntas sobre si esos hombres quieren hacer ese trabajo, si la violencia les satisface, si son personas normales y corrientes que tienen que ganarse la vida como buenamente pueden. Por otro, muestra la vida de los presos que se obligaban a vivir entre porquería, excrementos, ropa de cama repugnante y desnudos. Se añade otra pregunta a las anteriores. ¿Hasta dónde puede llegar el aguante de un ser humano? Una tercera zona expositiva se centra en Bobby Sands. Aquí la película salta de lo repugnante al sufrimiento sin cosmética de ningún tipo, de la piedad humana a la carencia absoluta de ella y, sobre todo, hasta la comprensión de un conflicto personal, íntimo. El de Bobby Sands.
Hunger es una película cruda, descarnada, valiente. Las distribuidoras españolas no quisieron comprarla. Supongo que parte de esa valentía de McQueen no les vendría mal.
Hunger es una película en la que no hay buenos o malos. En esta cinta todos son buenos y malos al mismo tiempo.
La tensión narrativa se mantiene desde el principio hasta el final. McQueen (guionista junto a Enda Walsh) va incorporando personajes episódicos que reciben sentido de los demás. Desarrolla con ellos la zona dramática aunque en las dos primeras (carceleros y presos) están protagonizadas por cualquiera de ellos sin entrar en detalles. La imagen es la gran protagonista. El diálogo es escaso. Lo de menos son los nombres de los personajes; lo de más es lo que sucedió en la Maze Prision.
Es con la entrada en escena de Bobby Sands (encarnado por un impresionante Michael Fassbender) cuando el conflicto interior del personaje aparece. Durante la conversación con un sacerdote, el personaje crece como la espuma. Llega el diálogo y aparece la consciencia, las razones, los errores y lo que inevitablemente pasará. Porque en esta película casi todo es previsible y, de hecho, la propuesta del director arranca desde ese punto en el que parece decir nadie tiene razón, todos pueden tenerla; pasen y vean; luego tomen una decisión sobre lo que ya sabían.
Michael Fassbender se deja media vida interpretando el papel de Sands. Es impresionante el cambio físico del actor a medida que avanza la trama. Cualquiera cree lo que ve después de un alarde como este. Entre la enorme interpretación de Fassbender y la fotografía de Sean Bobbitt, mirar la pantalla se convierte en un reto para el espectador ya que a nadie le gusta bucear entre lo más sucio del hombre.
McQueen se apoya en planos fijos que parecen eternos. Y no se anda con miramientos si lo que quiere mostrar es doloroso, inquietante, vomitivo o cruel. Tal vez sea esa, y no otra, la forma de abordar asuntos tan importantes como la dignidad del individuo, la lucha por los valores o la integridad de las ideas personales. Sin entrar a juzgar, sin tomar partido, pero sin hacer ascos.
Plasmar la verdad en una pantalla es tan difícil como hacerlo en cualquier otro lugar. Porque llegar a ella es misión imposible y asumirla, muchas veces, es peor. McQueen lo intenta. McQueen nos deja su cine para que, al menos, nos la planteemos.
Esta película no es apta para los pequeños de la casa. Ni para los que no estén dispuestos a adoptar posturas distintas a las que ahora tienen. El resto no debería dejar pasar la oportunidad de ver Hunger. No se arrepentirán.
© Del Texto: Nirek Sabal


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nov 1 2012

Il Prigioniero y Suor Angelica: Muñecas rusas

El ser humano vive dentro de una enorme jaula que, a modo de muñeca rusa, contiene otras que son, cada una, más pequeñas que la anterior. La última de esas jaulas, la más insignificante, la más frágil, por la que peleamos hasta la extenuación, es el propio yo. Si todo limita la libertad, es esa última jaula, la propia del individuo, una más. Una celda que llamamos cuerpo y que encierra un universo completo e íntimo, pero que encierra, al fin y al cabo, a cada uno de nosotros.
Este es el asunto que abordan Luigi Dallapiccola (1904-1975) y Giacomo Puccini (1858-1924) en las óperas que se representarán en el Teatro Real de Madrid a partir del próximo 2 de noviembre. En primer lugar Il Prigioniero. A continuación Suor Angelica. Compartiendo una escenografía que funciona, mucho mejor, en la obra de Dallapiccola, entre otras cosas, porque el número de personajes en esta ópera es muy inferior a la que pone en circulación la de Puccini. Esto obliga a que se produzca cierta aglomeración alrededor y dentro de la estructura metálica que luce desde el centro del escenario. Pero, también, porque, a pesar de que conceptualmente las obras están próximas, los vehículos que utilizan los autores para mostrarlo, son muy distintos. La cárcel de Zaragoza de Il prigionero no es el monasterio de Suor Angelica; la guerra no es la paz del espíritu y, aunque este sea falso, cada cada cosa está colocada a millones de años luz; el odio no es el amor. Esa misma estructura obliga al espectador a acercar las obras más de lo deseado. Porque no hablan exactamente de lo mismo, porque los caminos elegidos por cada autor son diferentes queriendo matizar asuntos que están en una de ellas y en la otra no. Y esos caminos son los que convierten una ópera o cualquier manifestación artística en única y exclusiva. No obstante, a pesar de estas pegas que señalo, la cosa funciona más que bien y el resultado es razonablemente bueno (excelente en Il Prigioniero; notable en Suor Angelica).
La dirección musical que Ingo Metzmacher realiza no deja fisuras en el enfoque, ni aristas que puedan afear nada. Impetuoso cuando es necesario, especialmente cuidadoso si ha de serlo. Hace más importante a la Orquesta Sinfónica de Madrid que ya está a la altura de las mejores. Y los coros vuelven a estar sobresalientes. Muy bien, tanto el Coro Intermezzo como los Pequeños Cantores de la JORCAM.
Deborah Polaski (que repite en Sour Angelica), Vito Priante, Donald Kaasch, Gerardo López y David Rubiera, componen el reparto de Il Prigioniero. Todos están muy bien en sus papeles desde el punto de vista dramático. El trabajo de Lluís Pasqual es excelente. Tan solo algún detalle excesivo al comienzo de la obra puede resultar chocante e innecesario. En el aspecto técnico hay ciertas diferencias en el resultado. Sobre todo porque, del mismo modo que Vito Priante hace alarde de una voz que busca y encuentra tonalidades extraordinarias aun enfrentándose a una partitura muy exigente, Donald Kaasch se encuentra con algunas dificultades en los cambios de registro a los que se somete. No son de importancia aunque pueden incomodar algo al espectador. La señora Polaski hace lo que tiene que hacer y lo hace bien. López y Rubiera cumplen con un papel menor.
El conjunto resulta emotivo. Con un desenlace muy bien narrado (algo de imaginación para hacer aparecer una hoguera no hubiera estado mal) se cierra un círculo narrativo que se sostiene sobre el movimiento constante de los personajes; movimiento que se produce sobre un lugar de apoyo muy reducido y convierte el escenario en eterno. Los personajes no dejan de caminar frente al espectador mientras están sobre cintas en movimiento; sin ser capaces de separarse de su cárcel, de la impuesta, de la gran muñeca rusa, pero dentro de la minúscula que supone su ser.
Suor Angelica fue escrita por Puccini, pero, además, esta ópera es él. Esto significa que un amante de la ópera asiste al espectáculo sabiendo que, sea lo que sea que vaya a ver, sean las veces que sean las que haya escuchado o visto representar esa obra, quedará emocionado, enamorado de la música, de un libreto que, en cualquier otro ámbito, parecería una memez. Si el escenario es el del Teatro Real de Madrid y el personaje de Suor Angelica lo defiende Veronika Dzhioeva, la garantía con la que cuenta el aficionado a la ópera es casi total.
Efectivamente, la señora Dzhioeva defiende su papel de forma sobresaliente. Y es de agradecer que haga un esfuerzo interpretativo enorme para dar credibilidad al personaje; un personaje con grandes matices y que pasa del miedo al abatimiento, de la alegría a la desesperación, con gran rapidez. Todo el reparto está muy bien aunque sobresale Marina Rodríguez-Cusí.
La Madonna descendiendo al concluir la obra es el detalle escénico más espectacular de todos y sirve de colofón a un excelente trabajo.
A pesar de los recortes con los que se enfrenta el Teatro Real, la producción (compartida con el Gran Teatre del Liceu de Barcelona) merece la pena ser vista. Esta es una oportunidad de oro para invitar a los jóvenes que todavía no conocen lo que es la ópera. No fallarán si lo hacen.
© Del Texto: Nirek Sabal