sep 29 2012

Boris Godunov: Un símbolo de la grandeza reducido a objetos vacíos

Que Boris Godunov es una obra maestra de la ópera no es ningún descubrimiento. Los que han tenido la oportunidad de asistir a cualquiera de las representaciones de la obra de Mussorgski ya lo saben. Y los que lo hagan a partir de ahora tendrán la sensación se asistir a un espectáculo deslumbrante.
Mussorgki busca entre la grandeza, entre la estructura del poder, entre la separación del estado y las cosas de Dios, entre los amores que esconden grandes tragedias y grandes estrategias, entre lo que representa un pueblo para sí mismo. Y consigue plantear todo ello desde una exquisita música, un libreto muy completo y la explicación de un momento de la historia de Rusia que coloca los elementos necesarios para que todo sea universal. Pero esto ya está dicho otras veces si no de esta forma de cualquier otra distinta. Una ópera excelente lo es y no son necesarias más explicaciones.
Se ha estrenado en el Teatro Real de Madrid la versión de 1872 que incluye la escena de la catedral de San Basilio 1869. Y, francamente, es difícil de entender esta nueva producción. Johan Simons presenta una propuesta que intenta llenar de simbolismo cada objeto, cada elemento teatral, pero que convierte en un galimatias lo que el espectador está viendo. Ni es acertado llevar la escena a la Rusia soviética, ni es acertado intentar que lo que cuenta Mussorgki sea perenne en la historia de un pueblo tenga un coste estratosférico o no. Todo lo universal y grandioso se queda en un limbo que nadie puede alcanzar viendo algo así. Es posible que este efecto buscado por Simons se pueda conseguir aunque el camino es otro bien distinto.
Viendo la representacón, podríamos pensar que allí no está pasando nada. Excesiva la quietud de personajes, del decorado, del concepto general de lo que nos proponen. Eso sí, de vez en cuando, los coros (de una importancia altísima en esta ópera) comienzan a invadir el escenario de forma caótica o a dejarlos de forma más desastrosa si cabe. Algo molesto para la vista y para el oído que intenta separar la fabulosa música de tanto alboroto. Aunque lo peor es que todo ello es inservible puesto que no aporta nada a la representación. Por supuesto, la gran pena es que lo que nos cuenta Mussorgki se va diluyendo entre un tedio que llega terco. El resultado de la representación es irregular como lo es la carrera de Simons.
Al menos, la Sinfónica de Madrid estuvo estupenda en manos de Hartmut Haenchen que se mostró sólido. Y los coros (cada día más maduros y mejor dirigidos) a pesar de tener que correr una maratón estuvieron a un nivel más que notable.
Salvo el bajo Dmitry Ulyanov, el resto del reparto andan justos de voz. Concretamente, Michael König debería plantearse con seriedad su trabajo (sus problemas de afinación y un gallo clamoroso en el ensayo general ya lo dijeron todo). También irregular el asunto de las voces.
Eso sí, hablamos de Boris Godunov. Una de las mejores óperas de todos los tiempos. Y eso es siempre un atractivo añadido.
© Del Texto: Nirek Sabal



sep 27 2012

Mátalos suavemente: La belleza de un balazo en la cabeza

El mundo es un sitio en el que todo lo que hay, todo sin excepción, convive con el resto. Lo bueno y lo malo, lo feo y lo bonito, el bien y el mal, la policía y los ladrones, los hijos y los padres. Es más, no sólo conviven sino que necesitan unos de otros para que así sea. Además, todo es igual de bello o de ridículo. La estética de cada una de las cosas es la que es. ¿Por qué un asesinato no va a tener una coherencia interna que lo convierta en una obra de arte? ¿Por qué?
Esta es la propuesta que hace el realizador Andrew Dominik arrancando desde la novela de George V. Higgins. Y lo hace con sumo cuidado, trabajando desde lo excesivo del lenguaje (algunos de los diálogos son una acumulación de palabras groseras que deja atónito a cualquiera; algunos diálogos dejan cada cosa en su sitio de forma rotunda), desde la excesivo de lo visual (las tomas grabadas a cámara lenta son extraordinarias por encuadre, por detalle, por explorar lo bello que tiene el horror), desde lo excesivo del mito constante en el que nos movemos (el discurso político está presente de principio a fin). Este entramado hace que los personajes estallen desde su pequeñez para convertirse en gigantes colocados en el mundo en un momento de crisis económica y, sobre todo ideológica.
La trama de la película pasa a segundo plano. Mandan los personajes. Además, no es una cosa del otro mundo; es bastante normalita y se la sabe cualquiera antes de entrar en la sala. Mandan los personajes, una fotografía muy poderosa y el movimiento cuidadoso de la cámara acompañando la acción sin que nadie recuerde que está detrás de lo que se ve. Si mandan los personajes es que manda el diálogo. Cosa más que importante. Y aquí nos encontramos con un pequeño problema. Son varias las almas que se mueven en la pantalla y, lógicamente, varias las formas de ver las cosas. Eso nos lleva a una acumulación que desordena algo la propuesta. Sin embargo, sin la aparición del personaje interpretado por un apagado James Gandolfini y de su punto de vista el proyecto no tendría sentido. Él llega para que veamos la decadencia de un ser humano que mata a otros, pero que no se libra de crisis personales, económicas o espirituales. Llega para explicar el resto del mismo modo que el resto le explica a él.
La dirección actoral es muy buena. Scoot McNairy, Ben Mendelsohn, Vincent Curatola y Ray Liotta están muy bien; defienden lo que tienen entre manos con entusiasmo. Lo de Brad Pitt es otra historia. Cuando aparece en pantalla parece que todo se estremece. Creíble, potente en el lenguaje corporal, contundente.
De esta película hay que destacar la banda sonora. Magnífica en su totalidad. Acompaña a la perfección la acción, matiza lo que sucede. Y muy agradable al oído Uno de los temas lo pueden escuchar en el reproductor que encontrarán debajo del texto).
Mátalos suavemente es una buena película. No sabría decir si es un drama o una comedia. Porque entre balazo y balazo, el director nos arranca sonrisas desde los disparates o las situaciones ridículas y desternillantes. En este sentido, el cine de Tarantino se deja notar. Porque desde un lugar sucio y apestoso nos llega una imagen bellísima de algo que no quisiéramos tener cerca nunca en la vida. Es verdad que si alguien tachara la película de pretenciosa se abriría un debate feroz. Argumentos hay para decir eso aunque son más poderosos los contrarios. Tal vez sea la gracia de este trabajo.
Una buena opción para este comienzo de otoño. Por supuesto, los niños se quedan en casa o entran en la sala de al lado. Es muy violenta.
© Del Texto Nirek Sabal


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sep 25 2012

Fantasma de Buenos Aires: Camino del buen cine

Las primeras películas de un director, como las primeras novelas de un escritor, contienen todo lo que vendrá después. De una forma más torpe, esbozada o descolocada, pero todo está desde el principio. Y eso provoca que, cuando aparece un autor que aporta aire fresco, la emoción sea grande. Entre otras cosas porque son muy pocas veces las que ocurre algo así.
Guillermo Grillo se estrenó con este Fantasma de Buenos Aíres. Con buen tono, con buena proyección, marcando un camino que tiene pinta de llegar lejos. Una película que contó, casi seguro, con un presupuesto muy ajustado y terminó siendo una especie de pozo lleno de petróleo. No es que los aspectos técnicos sean sobresalientes, no es que la trama sea lo más de lo más, o que las interpretaciones dejen con la boca abierta al espectador. Nada de eso. Lo que provoca cierto júbilo es que trabajos así dejan la puerta abierta al buen cine. No todo son superproducciones estúpidas y despilfarradoras.
Fantasma de Buenos Aíres cuenta la historia de Tomás. Un muchacho apocado que se encuentra frente al espíritu de un tipo malo, pero malo de verdad, que murió en 1920. No quiero desvelar nada sobre la trama y lo dejo aquí. Lo que sí diré es que los tintes de comedia van apareciendo poco a poco y que funcionan bien. Es verdad que las subtramas son algo flojas y que alguna aparece sin razón alguna. Sobra esa tendencia última a lo sentimental. No cabía y huele a injerencia autoral.

La película, si se mira despacio y con rigor, adolece de algunas cosas importantes. A causa del presupuesto sin duda. Pero enseña una forma de hacer cine fresca y sin complejos. Los encuadres son correctos, el movimiento de la cámara tiende a la calma, la dirección actoral es más que correcta (Paula Brasca (Cecilia), Iván Espeche (Canaveri) y Estanislao Silveyra (Tomás) mantienen el tipo con suficiencia). No son actores de primera fila aunque apuntan maneras.
Lo peor es el desarrollo de la trama. Demasiadas interferencias desde asuntos sin importancia, demasiados guiños en una sola película a películas viejas. Algunas dudas que se convierten en pasos dubitativos. En fin, la película no es gran cosa en ciertos aspectos, pero es una luz que ahí queda.
Insisto; las bocanadas de aire fresco hay que recibirlas como lo que son, sin ponerse exquisito con las cosas técnicas. Al fin y al cabo el cine es divertimento, espectáculo y un rato especial en el que el ser humano mira el mundo desde una distancia maravillosa. Habrá que seguir a este director. A ver si es verdad y no se estropea cuando tenga presupuesto de sobra para contarnos las cosas.
© Del Texto Nirek Sabal


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sep 23 2012

La zona gris: El precio de las personas

El ser humano no conoce sus límites. Los puede imaginar aunque siempre desde el peligro que supone la equivocación absoluta.
La zona gris es una película que explora esa zona tan desconocida para el ser humano. Puede parecer un disparate, pero si algo está fuera de control son los límites que podemos llegar a cruzar.
El realizador Tim Blake Nelson consigue entregar un producto bien estructurado que no quiere dejar cabos sueltos. La zona más oscura del ser humano existe y puede aparecer en cualquier momento o lugar; hay que mirar a la cara del mal para saber con qué nos enfrentamos; nadie está al margen de la maldad porque todos tenemos un precio. La novela del Dr. Miklos Nyiszli sirve de arranque para que Tim Blake Nelson escriba el guión de una de las películas más difíciles de ver que se recuerdan. Porque eso que cuenta ocurrió, porque eso que cuenta no se evitó por muchas personas que conocían la verdad de lo que sucedía en los campos de concentración alemanes, porque las respuestas a las preguntas que se formulan asustan.
Los sonderkommanders eran los judíos encargados (en el campo de exterminio alemán de Auschwitz-Birkenau) de hacer entrar a miles de personas en la cámara de gas, arrancarles los dientes de oro, despojarles de todo lo valioso, cortarles el pelo después de muertos, introducirles en un horno y tirar sus cenizas a un río. A cambio, esos judíos recibían comida, cierto trato de privilegio y una muerte un poco más allá de la fecha prevista. El penúltimo de esos sonderkommanders es en el que se centra la trama. Porque cuando sus integrantes saben que su propia muerte está próxima deciden rebelarse.
El color azul y gris predomina en todo el metraje. Tan sólo aparece un color vivo cuando la esperanza es cierta. Es decir, cuando llega la muerte. Un enfoque duro y catastrofista que permite tener al espectador un pequeño margen de maniobra ante lo que ve. Muy pequeño. La música multiplica este efecto de forma colosal. La escena en la que los judíos llegados en tren deben entrar en la cámara de gas mientras una orquesta formada por otros judíos (lo que queda de ellos) ameniza la acción es espeluznante. Y si falta la música se escucha el sonido de los hornos funcionando sin descanso, el del gas aniquilando personas. Es un sonido que se lleva puesto cualquiera que ve la película y que difícilmente olvidará. Vestuario, maquillaje y peluquería acompañan con corrección toda la trama.
La dirección actoral es notable. David Arquette, Steve Buscemi, Harvey Keitel, Natasha Lyonne, Mira Sorvino, Daniel Benzali, David Chandler y Allan Corduner se mueven por la pantalla dando vida a personajes sin alma, sin esperanza alguna. Ninguno de ellos las tienen. Sobresale David Arquette. Buscemi y Keitel tienen papeles más secundarios aunque defienden bien el trabajo.
El ritmo es el adecuado y tira del espectador desde el primer momento. Y el director cierra la narración con las pocas opciones que tiene. En ese sentido no se pueden poner pegas. Sin embargo, justo cuando acaba la película, se produce un cambio en el punto de vista que no termina de encajar bien. Con él aparece la poesía (?), una luz de esperanza. Innecesario, traído por los pelos. Estas cosas no suelen funcionar bien.
La zona gris es una buena película. Difícil de encajar, pero que todo el mundo debería ver. Las preguntas que asaltan son terribles y las respuestas que se pueden dar insuficientes. Porque nadie sabe poner precio a su propia vida ni a la de los demás; nadie sabe lo que sería capaz de hacer si.
© Del Texto: Nirek Sabal


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sep 17 2012

Total Recall: Refrito desquiciante

Esta película no es un remake. Es un refrito.
Blade Runner, pero en cutre. Yo, robot, versión desastre. El quinto elemento sin gracia. Si me apuran una gotita de Star Wars. Y un recuerdo al Total Recall original. Todo ello debidamente agitado por unas manos torpes y destrozonas.
Desde el principio de la película todo parece excesivo. Todo parece una mala copia que trata de ganar puntos a base de enloquecidas persecuciones, efectos visuales y especiales desmesurados (están muy bien aunque son como una apisonadora para lo poco que ofrece la película), diálogos estúpidos que nos los podría escribir ni Lucía Etxebarria en estado de plenitud, una trama que destroza todo a su paso, unas interpretaciones sosas y una música propia de banda de pueblo. Hacía mucho tiempo que no me arrepentía tanto de ir al cine.
La película se llena de pantallitas como las de Minority Report que inundan un mundo demasiado deudor de Blade Runner. El director, Len Wiseman, entiende que llenando de chinos, japoneses o coreanos el escenario ya está todo bien. Pero se equivoca porque no viene a cuento. Por cierto, el diseño arquitectónico es de lo poco que se libra. Y con eso comienza a contar una historia completamente absurda. El director también equivoca el concepto de ciencia ficción. Cree que cualquier chorrada cuela. Como la cosa es futurista todo vale. La vulgaridad con la que se enfrenta cada asunto de la trama es alarmante, aburrida e irritante. La pregunta es ¿para qué hacer una cosa así?
Lo poco bueno que tiene la película se queda en nada. Bien porque una chapuza lo oculta, bien porque prevalece en exceso sobre lo que debería ser fundamental. Un espectador normal y corriente, nada de exigentes, se pregunta qué le están contando sin tener una respuesta cerca a la que agarrarse. Y eso poco bueno no es el trabajo de Colin Farrell, Kate Beckinsale, Bryan Cranston, Bill Nighy o Jessica Biel, que parecen más aburridos o de vacaciones que defendiendo un papel. Lo poco bueno es visual. Bonito y vacío.
Total Recall es una película prescindible. Si pueden evitar perder un par de horas (además de prescindible es excesiva en el metraje, una especie de tortura sin fin) elijan otra cosa en la cartelera.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


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sep 16 2012

La fuente de las mujeres: Entre dos aguas

La igualdad entre hombres y mujeres es eso que todo el mundo parece desear y que nunca llega. Algo que vende mucho entre los hombres respecto a las mujeres y poco más. Es verdad que, poco a poco, se han ido consiguiendo rebajar diferencias; tan verdad como que el problema parece eterno.
Este es el asunto que aborda el realizador Radu Mihaileanu en su película La fuente de las mujeres. Un trabajo que, si bien es agradable y muestra aspectos técnicos notables, se queda a mitad de camino en su propuesta. El problema fundamental es que son tantos los anclajes que busca que todo se queda en la superficie.
Radu Mihaileanu busca un montaje entre lo visual y lo narrativo que ya le ha funcionado bien en otras películas (en esta también), un guión entre la comedia y el drama que evita los puntos conflictivos y, así, los ataques frontales de un sector contrario a la idea que defiende (ese cuidado con el que anda el realizador es irritante), un contraste perpetuo entre los buenos y los malos excesivo. Con todo ello, la cosa queda en un sí, pero no. Y es una pena porque la película arranca con fuerza y claridad para que todo se difumine entre bondades y medias tintas.
Ahora bien, lo que se quiere contar se cuenta con claridad y fuerza.
Todo ocurre en un poblado, que podría ser cualquiera del norte de África, en el que no hay agua, en el que las tradiciones se muestran tercas, en el que la sequía agota la supervivencia de todos, en el que la religión ordena todo desde una interpretación errónea. Una de las mujeres promueve una pequeña revolución para conseguir que los hombres modifiquen sus actitudes con respecto a las mujeres (Aristófanes ya hizo esto en sus comedias. El mito de Lisístrata es de donde sale la idea para esta película). Y, a partir de aquí, todo se desarrolla en clave de enfrentamiento de sexos.
Se acompaña la acción de una banda sonora magnífica soportada sobre música tradicional árabe. Sería imposible entender el relato sin esas canciones, sin saber lo que dicen unos y otros al cantar. Casi siempre son las mujeres las protagonistas y si son los hombres los que interpretan alguna canción es para terminar haciendo el ridículo. El realizador utiliza esto para explicar la falta de sensibilidad ante la belleza del género masculino. Pocas veces la música matiza tan bien y hace avanzar la acción con tanta fuerza como en este trabajo.
Las interpretaciones son estupendas. La dirección actoral no presenta fisuras y todos los que aparecen en la pantalla parecen integrados en el proyecto. La actriz principal, Leila Bekhti, sobresale de forma especial. Por su trabajo y por su belleza. Su personaje es el eje de la narración y ella lo sabe. Pone toda la carne en el asador desde el principio y los problemas de la película quedan en segundo plano. Hafsia Herzi defiende su papel más que bien y Biyouna (viejo rifle en la película) hace una labor espléndida.
La fotografía bien, el sonido muy bien, el montaje excelente. Vestuario y maquillaje notables. Todo bien salvo ese afán por contar todo y dejar lo fundamental algo olvidado. Parece más una excusa para hacer el resto del trabajo que lo esencial del relato.
Ahora bien, si La fuente de las mujeres sirve para que, efectivamente, las cosas cambien, ese quedarse entre dos aguas será bienvenido. De hecho, recomiendo que todo el mundo la vea. Se pasa un rato muy agradable. Hay emoción, uno sabe lo que le están diciendo y la película deja un poso en la conciencia de cualquiera.
Si ver cine en versión original es siempre recomendable, en este caso, es casi imprescindible. Es un esfuerzo que merece mucho la pena.
©Del texto: Nirek Sabal


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sep 8 2012

Grupo 7: Un actor y lo demás

Son muchos los que dicen que el cine español es una castaña. Son muchos los que critican que tanta subvención hizo mucho mal a un territorio cultural movido más a golpe de talonario que otra cosa. Lo primero es falso si hablamos de cine (si hablamos de chapuzas la cosa cambia, pero en cualquier lugar del mundo lo son). Lo de las subvenciones es más cierto que falso. En cualquier caso, el cine español no es tan malo como muchos quieren que parezca.
Grupo 7 es un ejemplo de buen cine. Una dirección actoral notable (excepto Mario Casas que parece un marmolillo aunque le pongan a correr como un loco, todos los que intervienen defienden sus papeles más que bien); una iluminación de lujo; la ambientación excelente; un guión poderoso con el que los personajes van creciendo sin descanso de principio a fin; vestuario, peluquería y maquillaje sobresalientes. Alguien podría tachar de exagerado esto que digo. Sin embargo hay un factor fundamental para que no lo sea. Se llama Antonio de la Torre. Si el guión de la película contiene algunos diálogos que no llevan a ninguna parte (cosa que es verdad) el problema es menor porque pasa desapercibido estando este actor en pantalla. Si el sonido no es el mejor (cosa que es verdad) el espectador lo perdona porque Antonio de la Torre interpreta un papel que se hubiera quedado en casi nada encarnado por cualquier otro. Si las elipsis se construyen bien al principio de la película (sobre lo sabido y lo que ya ha dejado que intuyamos el director) y terminan flojeando al final (todo es más previsible) la cosa queda en una anécdota porque Antonio de la Torre actúa sin dejar que el histrionismo se apodere de él (su personaje es muy peligroso en ese sentido). Y todo esto teniendo un papel bastante limitado y tocándole bailar con la más fea en la trama porque soporta una zona expositiva falta de interés (la relación con una muchacha es frágil desde el punto de vista narrativo).
El arranque de la película es espléndido. Hasta llegar a la primera hora el ritmo es el justo. Las películas que se sostienen sobre una trama policiaca sobreviven siempre gracias a esto. Llegado ese momento, es verdad, el tono se modifica ligeramente para entrar en zonas algo gastadas que podrían haberse evitado. Y termina con una escena que me parece particularmente interesante al llenarse la pantalla de gestos que deberían haber estado durante toda la película presentes. Pero, de principio a fin, la propuesta es clara y eso es de agradecer. Gracias a un montaje muy bien concebido sabemos lo que nos dicen y para qué lo hacen.
La doble moral de los que mandan y de los que ejecutan las órdenes se enfrenta con la falta de moral de otros, de los que no quieren o no pueden tenerla. ¿Es mejor una cosa que otra? ¿Es malo delinquir para que el grueso de delincuentes vayan desapareciendo? ¿Por qué nos ponemos nerviosos sabiendo que humillan a un policía que dedica su trabajo a humillar delincuentes? ¿Quién es el bueno en todo este lío? La película, en este aspecto, se mueve en el campo de la neutralidad. Nos muestra con claridad cada lado para que podamos mirar y pensar sobre ello. No se recurren a trampas o a escatimar información que nos pueda jugar una mala pasada a los espectadores.
Una muy buena película. Un actor con una proyección incalculable. Un conjunto que deja satisfecho. Buen cine. Español para más señas. Y sin subveciones por doquier.
© Del Texto: Nirek Sabal


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sep 8 2012

Take Shelter: El miedo a sí mismo

El mundo es eso que está más allá del miedo. Eso que no podemos entender si estamos atenazados por esa sensación de pérdida o muerte. Porque, al fin y al cabo, eso es el miedo.
De esto es lo que habla la película Take Shelter. Cine independiente con muy buenos momentos y con algunos que no lo son tanto. El director y guionista Jeff Nichols indaga, a través de su personaje principal, sobre las razones que nos hacen tener miedo y sobre sus consecuencias. El pasado que puede repetirse sin remedio aun siendo un desastre absoluto. El presente incomprensible que se revuelve contra uno mismo sin dejarle opción alguna. Un futuro incierto al que nos arrastra la intuición, la mentira, la paranoia o que, sencillamente, es inevitable y terrible. El miedo como conductor de toda una vida, de todo un cosmos que tiende a la desaparición.
Visualmente, la película tiene momentos magníficos. Secuencias muy acertadas que rompen un poco el ritmo narrativo. Esto, en esta película, es especialmente importante puesto que ese ritmo es excesivamente lento. El director, de forma incomprensible, se recrea en asuntos que ya conocemos alargando el metraje más de la cuenta. Este es el gran problema de la película. Los diálogos son escuetos e intentan escapar de lo explícito. Eso está muy bien aunque la sensación es la de ocultamiento de una información necesaria. Llegado el final sabemos que hubiera sido lo mismo saber o no, pero incomoda algo ese sentir que algo te escatiman.
Michael Shannon es el actor que soporta todo el peso de la trama (infravalorado por muchos cuando es un actor excelente). El trabajo es impecable. Ayuda mucho su aspecto para que acompañe el papel. Un hombre obsesionado por su pasado, incapaz de entender nada de lo que sucede, asustado porque cree conocer su futuro que se mezcla con pesadillas inaguantables. La metáfora de una sociedad que se desmorona. Por su parte, Jessica Chastain nos muestra una de sus mejores caras interpretativas. La naturalidad con la que se mueve por la pantalla es improbable. La metáfora de esa corriente social que trata de poner un punto de cordura en la realidad sin que sea posible. Shea Whigham, compañero de Shannon en la magnífica serie de televisión Boardwalk Empire, defiende muy bien su papel. Este representaría al hombre que mantiene una actitud pasiva ante lo que sucede. Tan pasiva como la hija del protagonista que, siendo sorda, no puede interpretar nada de forma completa. Como ven, el cuadro que se dibuja es el mundo actual.
El director resuelve la trama sin comprometerse. Deja dos finales alternativos. Disfraza la cosa para que sea el espectador el que saque conclusiones. Pero eso no termina de funcionar bien. Es como si todo quedase en el aire, como si las casi dos horas de proyección no hubieran servido de nada. Este es otro de los grandes problemas de la película.
En conjunto, a pesar de la lentitud con la que se presenta el trabajo, Take Shelter es una buena película. Una mezcla de géneros inquietante. Una película que nos coloca ante nuestro propio mundo y ante algo que ya hemos vivido con más o menos intensidad. Desde ese territorio llega la emoción y la reflexión.
El cine independiente americano tiene futuro. Si se piensa en él da miedo. Pero eso pasa con cualquier cosa hoy en día.
© Del texto: Nirek Sabal


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sep 3 2012

¿Y si vivimos todos juntos?: Un drama simpático

¿Qué es una comedia? Empiezo a tener grandes dudas sobre lo que la crítica de cine cataloga como comedia. Puede que apareciendo un diálogo gracioso o una situación relativamente divertida ya podamos encuadrar en el género cómico cualquier cosa que nos pongan por delante. Esa es la única explicación que encuentro para que la crítica haya considerado que ¿Y si vivimos todos juntos? pueda considerarse una comedia.
Esta producción franco-alemana, dirigida por Stéphne Robelin y protagonizada por un buen número de actores septuagenarios más que conocidos (Jane Fonda, Claude Rich, Geraldine Chaplin, Guy Bedos y Pierre Richard), pone sobre el tapete la realidad de la situación de necesidad y dependencia que se genera a medida que uno va alcanzando la edad madura, y la poca disposición (por imposibilidad, por propia voluntad) de las propias familias de ocuparse de sus mayores, colocándolos en instituciones que; puede que con una inmensa profesionalidad, pero carentes de afectividad; acaben por extinguirse y desaparecer sin hacer demasiado ruido.
La trama de la película, que bascula de lo dramático a lo ligeramente cómico, estriba precisamente en la decisión de un grupo de ancianos, amigos desde su juventud, de convivir para así, entre unos y otros, suplir las múltiples carencias y dificultades que los años les ha entregado. La convivencia entre los cinco ancianos, supervisada por un joven estudiante que prepara su tesis sobre la vejez, Dirk (Daniel Brühl), no va a ser sencilla. Una enfermedad terminal y la negativa a seguir más tratamiento para poder vivir en conciencia hasta el final, la que sufre Jeanne (Jane Fonda); Albert (Pierre Richard), el alzhéimer galopante que aísla de la realidad y angustia; Annie (Geraldine Chaplin), el alejamiento de los hijos y los nietos que se sufre desde la distancia y la incomprensión, Jean (Guy Bedos), el activismo político y social que se desmorona y con él una manera de entender, Claude (Claude Rich) la sexualidad que se apaga pese al ingenio, a las ganas y la búsqueda de alternativas porque uno sigue vivo; todas estas situaciones, que se suceden cuando todos sus protagonistas se acercan al final de su vida, son las que se ponen sobre la mesa y la forma de seguir haciendo frente a cada una de ellas.
Debo reconocer que el título escogido no es nada atractivo, por no decir que dan ganas de salir corriendo. No le hace ningún mérito a la película que, de una manera pausada, tranquila, cotidiana, aunque sin gran sorpresa, nos traslada al desconocido mundo de los ancianos. Ese mundo que el resto, los que lo ven desde fuera, pretende limitar, como si el alcance de determinada edad fuera la antesala de la pérdida de toda identidad, de la capacidad de decidir cómo uno quiere seguir viviendo.
No estamos ante una maravilla del séptimo arte, ni siquiera ante nada original, aunque las interpretaciones de todos los actores sea estupenda, pero es lo que hay. Como llevo diciendo desde hace algún tiempo, el cine, últimamente, deja mucho que desear, por muchas estrellas de relumbrón con las que se intenten salvar las producciones.
Ahí se la dejo, una propuesta que no les modificará la vida ni un ápice.
© Del Texto: Anita Noire


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sep 2 2012

Las aventuras de Tadeo Jones: Una factura impecable para un guión flojito

El cine de animación español está de enhorabuena. Enrique Gato sabe lo que hace y lo hace muy bien. Las aventuras de Tadeo Jones presenta una factura excelente. No creo que nadie pueda decir una sola palabra en contra del uso de los medios técnicos que despliega el equipo del director. El trabajo es visualmente deslumbrante y técnicamente magnífico.
Ahora bien, la deuda con otras películas es muy elevado. Indiana Jones, aunque el intento por velar su presencia es enorme aunque fallido, está por todas partes. Eso y retales de otras películas o personajes que terminan molestando a cualquiera. Más que nada porque el guión es flojo, se llena de frases que no llevan a ninguna parte buscando sonrisas y complicidades que no aparecen. Ni en niños ni en adultos. Si a esto le sumamos la publicidad de una compañía aérea que no encaja ni a la de tres, toda la propuesta se comienza a derrumbar.
El comienzo es esperanzador. Mucho. Pronto, todo se mezcla para que el espectador tenga la sensación de ver una réplica de un refrito difícil de digerir. Tadeo es albañil y siempre quiso ser arqueólogo y aventurero dedicado a descubrir tesoros. Junto con su perro Jeff, después de un desastre más al que él está muy acostumbrado, termina viajando a Perú. Allí Sara con su loro Belzoni y el guía Freddy se unirán para conseguir llegar a Paititi en busca del mayor tesoro jamás visto. Pues eso. Imaginen una de Indiana Jones y ya se saben el resto. Eso sí, los villanos no terminan de ser lo suficientemente malos y la tensión narrativa se arregla a base de carreras, persecuciones y bajas entre los malos. Todo se hace algo aburrido entre chistes facilones y frases más vistas que el tebeo. Aunque insisto en que la película, como se decía antes, está muy bien hecha.
Una pena porque las posibilidades para este cine español son enormes. Creo yo que no hace falta mirar tanto a lo que triunfó. Enrique Gato puede rodearse de gente que tengan cosas nuevas que contar. Si lo hace triunfará sin problema alguno. De momento, lo que podemos hacer es ir al cine a ver esta película buscando otra oportunidad para el realizador. Porque la cosa se está poniendo fea para el mundo de la cultura y el cine lo es. Se pongan como se pongan algunos, lo es.
© Del Texto: Nirek Sabal


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