abr 27 2012

La Paura (Ya no creo en el amor): El engañador engañado

Algunos tándems tienen una fuerza brutal y esa misma intensidad en la que viven, en el caso del cine, se transmite sin fisura alguna a la gran pantalla. Esta circunstancia, la de la intensidad, es el común denominador de la práctica totalidad de películas en las que interviene Ingrid Bergman, actuando bajo las ordenes de quien fue su esposo, Roberto Rosellini.
Una muestra de lo que ahora digo la pueden ver en la película La paura .
Irene Wagner (Ingrid Bergman) está casada con Albert Wagner (Mathias Wieman). Este matrimonio, poco consciente o apreciado por Irene, se sostiene sobre la base del engaño de la esposa que mantiene un romance con Eric Baummann (Kurt Kreuger). Infidelidad que pretende mantener oculta, para salvaguardar las apariencias no sólo frente a la sociedad bien pensante en la que viven, sino incluso frente a su esposo, sosteniendo ese matrimonio ideal, sobre los mimbres de la infidelidad más contumaz y reiterada. Pero el desasosiego de Irene comenzará en el momento en que Johann Schultze (Renate Manhardt), una antigua novia de su amante aparece para chantajearla con hacer público el adulterio, hacérselo saber a su esposo. Para ello la extorsionará hasta desesperarla y transformarla en un ser atormentado vencido por el miedo y la rabia. Pero la maldad del ser humano no tiene límites y la capacidad de soportar algunas cuestiones pueden ser determinantes a la hora de pensar en poner fin a una vida que se ha convertido en un auténtico infierno. Descubrir que tras esa espantosa realidad que empezó con un frívolo capricho, se esconde otra aún más oscura, será definitivo para Irene. Es la historia del engañador engañado.
Con esta película, Rosellini, narrada por una Irene ya fallecida, nos coloca frente a una manera distinta de hacer cine completamente distina a la que se venía realizando a mediados de los años 50. Un drama existencialista absolutamente rotundo al que pocas objeciones se pueden hacer desde un punto de vista narrativo, si bien puede que el final de la película nos parezca un tanto abrupto, tal vez precipitado, en conjunto podemos afirmar que nos encontramos ante una película perfectamente tramada y conducida y, lo que es más evidente, espectacularmente interpretada por la sueca Ingrid Bergman.
Esta película fue la última en la que trabajaron conjuntamente Bergman y Rosellini quien, pese a lo que se diga, a lo mal que pudieran o no terminar sus relaciones, fue con diferencia el director que mejor supo sacar, a la actriz, el animal interpretativo que era.
De vez en cuando conviene rescatar el cine clásico porque, pese al paso del tiempo, sigue siendo terriblemente emocionante.
© Del Texto: Anita Noire


abr 26 2012

El abuelo tiene un plan

Para quien no lo sepa, los que nacimos con el baby-boom pasamos la mitad de nuestra infancia ante televisores que, primero en blanco y negro, después en color, llenaban nuestras tardes de sábado y domingo. Puede que, precisamente por eso, casi todos los de mi generación conocemos al dedillo las películas de Paco Martínez Soria y, como en mi caso, seamos fans incondicionales de estos actores de los que, hoy, apenas queda rastro más que sus películas.
Y no me avergüenza decir, sino todo lo contrario, que soy muy fan de Paco Martínez Soria y que una de mis películas favoritas es El abuelo tiene un plan, de la que, pese que a algunos les cueste creerlo, dispongo de un bonito DVD que, de vez en cuando, aún veo para solaz de mis recuerdos.
En el año 1973, Pedro Lazaga, dirigía la película El abuelo tiene un plan, protagonizada por Paco Martínez Soria en su papel de Leandro Cano, Isabel Garcés como Elena y José Sacristán en el papel de Julio, que contó con el cameo del propio escritor de la obra de teatro, que da origen esta película, Alfonso Paso.
Esta comedia blanca, blanquísima, narra las peripecias de Don Leandro Cano, hombre entrado en años, con una recula de nietos que a través del Dr. Bolt (Alfonso Paso) conoce a una mujer llamada Elena (Isabel Garcés), juntos iniciarán una relación que llevará de cabeza a los familiares de ambos, al hijo de él (José Sacristan) y a la hermanda de ella (Maruja Bustos). Los amores otoñales no son sólo cosa de estos tiempos que corren, sino que allá por los años 70, cuando la censura, pese a que empezaba a relajarse, continuaba actuando con tijera férrea, también se daban.
No busquen más allá, la película no da más de sí que de las graciosas y cómicas situaciones en las que los otoñales enamorados se van encontrando, carreras, hoteles, borracheras de champagne, etc. Es posible que en estos momentos, casi cuarenta años más tarde, los posicionamientos de unos y otros ante ese amor inmoral parezca ridículo, y lo es. Sin embargo, a mí, que he crecido con ello, me parece sumamente enternecedor a la par que divertido.
Y es que, qué quieren que les diga, a mí que el abuelo, éste o el que sea, tenga un plan, me parece algo estupendo, delicioso. Y si además, como en este caso, la cosa se pone graciosa, aunque parezca que pertenece al pleistoceno, pues como que es mucho de agradecer.
© Del Texto: Anita Noire


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abr 25 2012

La noche americana: Homenaje y autohomenaje

Si una película representa el amor total por el cine, esa es La noche americana de François Truffaut.
El cine dentro del cine, la película total, el carácter permanente de la ficción rodada ante lo efímero de la vida, la mezcla de realidad y ficción que no es otra cosa que la propia realidad, la técnica enroscada en el imprescindible valor humano. Y las obsesiones de un autor que nos enseña su mundo desde el territorio del sueño, de la literatura y, por supuesto, desde el propio cine.
La noche americana es el nombre de la película y hace referencia a ese artificio que permite rodar a la luz del día escenas que parecerán rodadas en plena noche. Daybynight es como se llama el recurso técnico. Ya dice mucho ese título; es casi una declaración de intenciones. A través del rodaje de una película (este sería el filtro para apagar la luz) veremos la película. Es un extraordinario trabajo en el que se nos arrastra hasta la cocina del cine, hasta la cocina de la consciencia del propio director y, esto es estupendo, hasta la cocina de la propia película.
Lo que cuenta La noche americana es el rodaje en Niza de Je Vous Présent Pamela. Los inconvenientes del rodaje, los caprichos de los actores y actrices, el ejetreo del día a día, artefactos y artificios utilizados en el rodaje. Pero, también, nos cuenta el amor (bastante singular la visión; un amor muy a la francesa), el cómo lo artificial del cine se sustenta sobre las personas, la forma de construir un grupo humano que se deshace al terminar el trabajo. De paso, Truffaut, deja un sueño en el que siendo niño roba en un cine los fotogramas de la película Ciudadano Kane. Parece que es el robo del siglo, lo que dice mucho del amor que sentía este hombre por el cine. También, su forma de ver a las mujeres, las relaciones múltiples entre adultos y la infidelidad (es decir, sus obsesiones).
Y todo este estruturado en un guión muy bien armado del que el autor es el propio Truffaut junto con Jean-Louis Richard y Suzanne Schiffman. La acción se desarrolla, gracias a una escritura magnífica, con un ritmo pausado y detallista, sin trompicones a pesar de todo lo que se quiere contar. Es, por esta razón, por lo que el metraje es algo más largo de lo habitual. Eran los años 70.
En definitiva, La noche americana, es un homenaje enorme al cine. Si quieren al cine y a los que lo vemos. Un homenaje realizado con gusto y acierto, con una dirección actual sobresaliente (Jacqueline Bisset está estupenda y bellísima; Valentina Cortese creíble, lo que supone una gran y extraña noticia; y el mísmísimo Truffaut se desenvuelve bien; en general, todo el reparto está a la altura de una gran película).
La noche americana fue premiada con un óscar el año 1973. A la mejor película extranjera. Merecido. Tanto como este homenaje que se da y nos entrega Truffaut.
© Del Texto: Nirek Sabal


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abr 24 2012

El hijo: La esperanza de volver a empezar

El gran conflicto del ser humano es no saber qué hace, para qué está en un lugar o en otro, si ama a otro o lo detesta, si es él mismo o se perdió en algún meandro. Perder la referencia clara que marca el camino significa desaparecer para siempre. El ser humano dedica buena parte de su vida a buscar escapatorias, soluciones.
El hijo es una película dirigida por Jean-Pierre y Luc Dardenne. Claustrofóbica, oscura, áspera, alejada de cualquier alarde que busque el aplauso fácil. Una película tremenda que indaga en esos caminos buscados y no siempre encontrados.
Rodada en lugares muy cerrados, siempre cercanos a los close ups , presenta una imagen que llega a ser algo sucia. Se suma un movimiento de la cámara demoledor con el espectador. Va de los planos secuenciales a la cámara al hombro que termina reposando en el mismo personaje. Fatiga ese tipo de cine aunque el efecto es contundente.
Olivier (el actor protagonista es Olivier Gourmet y hace un trabajo formidable), enseña el oficio de carpintería en un taller para jóvenes con problemas de comportamiento. Un buen día llega un nuevo aprendiz y su vida convulsiona. Olivier deja de saber, de entender el sentido de las cosas o de sí mismo.
Nunca había visto una película así, filmada utilizando estas herramientas de forma tan exagerada. Fui al cine sin saber qué iba a ver; no conocía nada de la trama. En pocos minutos, me transmitió toda la angustia y nerviosismo que viven los personajes por su drama. La película transcurre prácticamente desde el cogote de los actores, detrás de ellos. Es tal el efecto, que mi acompañante confesó que, en un momento dado, tuvo que cerrar los ojos pues se estaba mareando. A mí en ningún momento me abandonó la tensión siguiendo, de un lado a otro, a los personajes. Sólo al final, cuando el conflicto se va a resolver, el encuadre se abre y permite ver a los personajes involucrados, la cámara se pone a disposición de la acción. Y el espectador respira algo mejor.
Un hecho duro marca la vida de los personajes y lo exponen de una manera dinámica, con movimientos, con imágenes del quehacer cotidiano. Los diálogos son escasos, parece cine mudo, no hay música, sólo el sonido del día a día. Pero, a pesar de la dureza, no es lacrimógena. Ni idealista, ni moralista, simplemente mostrando el quehacer diario; presenta las situaciones, las reacciones y las tristezas sin intentar una emotividad facilona en el espectador.
El hijo aborda sobre todo, el perdón, la soledad y la fuerza del ser humano por continuar y por empezar. Eso sí, cada uno con sus armas: recomenzar dando un nuevo sentido a la vida, con una pareja, con un oficio, cada uno a su manera. Me gustó cómo, para desgranar el sentir interno, te hace partícipe de lo fundamental en la vida del personaje central: su oficio, te lo enseña, trabajas con él.
Es extraordinario cómo los directores consiguen no dejarte conectar sentimentalmente con los personajes. No te dejan tomar partido por uno o por otro, sólo te expone con toda su crudeza la situación, estás con ellos pero no sabes cómo funcionan, nos sabes qué piensan, qué sienten, cómo van a reaccionar; te deja crearlos. No es esta una película previsible y eso permite que el interés sea continuo durante toda la proyección. Cada uno que saque la esperanza de donde esté si quiere, o no. El film acaba como empezó. Mostrando. Y no cierra la historia; la deja abierta.
A nivel emocional no es una película que marque con fuerza; simplemente, golpea, abofetea, dice mira lo que hay. Es por aquí por donde se vacía con rapidez.
Una experiencia diferente que hace odiar o amar este tipo de cine. Probar no es una mala opción para el fin de semana.
© Del Texto: Motty


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abr 22 2012

Man on the moon: El mundo como una ilusión

Un personaje es lo que piensa, la forma de interpretar lo que le rodea y a sí mismo. Nunca un personaje es lo que hace al margen de su psicología. Centrar los esfuerzos narrativos en que, por ejemplo, se pega un tiro no lleva a ninguna parte. Salvo que sepamos la razón por la que ese personaje se acerca hasta un cajón, lo abre, saca una pistola y se salta la tapa de los sesos. Quedarse pegado a la acción, sólo, es pegarse a la superficie. Y eso supone que la esencia queda oculta en algún lugar desconocido para el observador.
Eso es lo que le ocurre a Milos Forman en Man on the moon. Nos arrastra por un mundo más que interesante dejando que veamos lo que su personaje, Andy Kaufman, hace un día u otro, pero nos niega la posibilidad de saber cómo funciona una mente más que interesante.
Jim Carrey, un actor que siempre arrastrará el estigma de histriónico, interpreta el papel de Kaufman a la perfección. Aunque sería más correcto decir que repite lo que hizo Kaufman durante el tiempo en que se centra la acción. Lo hace muy, muy bien. Al acabar la película es casi imposible no ver el rostro de Carrey al pensar en el otro. Y al contrario. Pero eso no es suficiente. Eso es reproducir la vida de otro después de haber visto vídeos. Es una imitación. Si bien la culpa no es del actor sino del director, el personaje se queda en tierra de nadie. Hay un momento en la película en la que el personaje afirma que el mundo para él es una ilusión. Se enuncia el sentido, pero no se desarrolla. Una pena.
Todo esto forma parte de las malas noticias. Superficialidad. Pero las hay muy buenas. Noticias, digo. Evidentemente, aunque el objetivo es erróneo, la dirección actoral es magnífica. Y la interpretación lo mismo. Cada espectador debe saber lo que busca cuando se coloca frente a una pantalla de cine y debe valorar lo que ve desde su propia perspectiva. Habrá algunos para lo que esto de ver una película entretenida sea suficiente. Otros querrán profundizar y preferirán que la acción se centre en lo esencial aunque para ello se sacrifique el entretenimiento. No es mejor ni peor. Tan sólo es una forma de ver cine u otra.
Man on the moon es una película que cuenta la historia de un artista de variedades (así le gustaba definirse a Kaufman) que siempre construyó su carrera artística a contracorriente. No miraba al público para saber si le gustaba o no lo que él hacía; no se amoldaba a los patrones que se imponían desde las productoras; intentaba ser él mismo y no el producto comercial en el que se convierten muchos con tal de triunfar. La película cuenta los baches, los altibajos, el sufrimiento del artista. Pero sin profundidad, sin querer llegar al centro del asunto. Vemos hacer cosas al personaje que son muy divertidas, pero sólo eso. Es posible que querer contar todo le gastara una mala pasada a Milos Forman. Es posible.
Jim Carrey está muy bien como ya he dicho. Pero se le escapa vivo el personaje. Una pena porque este actor tiene mucho más talento que el que estamos dispuestos a reconocerle. Muchos han dicho que este papel es lo mejor de Carrey. Supongo que intentando hacer un favor al artista. Y lo que consiguen es que su estigma siga con él. Bien arrimadito. Danny DeVito (compartió con Kaufman protagonismo en la serie Taxi) defiende bien su papel y sirve de nexo entre protagonista y acción. Hace de hilo conductor necesario en una trama que sin él (y sin personaje) hubiera sido un auténtico desastre.
La banda sonora es especialmente buena. Incluye, por supuesto, el tema de R.E.M. que da nombre a la película y que se compuso como homenaje a Andy Kaufman.
Iluminación, sonido, vestuario y maquillaje, notables.
El montaje, aunque agradable, encierra ciertos errores. Muchas prisas por contar en poco espacio. Eso representa elipsis exageradas que no hay forma de rellenar por parte del espectador y cierta histeria narrativa.
Ahora bien; si alguien quiere saber si la película puede verse, si es agradable, si merece la pena; el producto cuela. Buena música, Carrey muy bien, un disparate tras otro, momentos emotivos, otros graciosos. Entretenimiento y un punto de ternura. Si tienen suficiente con eso (cosa que, por otra parte, está muy bien) esta es su película.


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abr 19 2012

El exótico Hotel Marigold: Reflexiones viejas

Los seres humanos necesitamos comenzar nuevas vidas. Si lo prefieren, cada etapa gastada por una persona, necesita un recambio inmediato. Cualquiera de ellas; niñez, juventud, madurez o vejez; hace que el interesado se apure, sienta prisa. Unas veces por querer conocer, otras por conocer más de la cuenta. Unas veces por tener todo el tiempo del mundo por delante, otras porque el tiempo se acaba. Sea una etapa de la vida, sea de un año, necesita un recambio inmediato cuando acaba.
El exótico Hotel Marigold nos cuenta la historia de un grupo de abuelos británicos que viajan a Jaipur (India) para disfrutar de los años que aún les quedan de vida.
Es una película mona que no bonita ni preciosa, muy previsible; ideal para pasar un rato entretenido que no extasiado.
Transcurre en la India, te mezclas con sus colores, con su ruido, con su pobreza, con su caos y con sus clases sociales, pero sin profundizar en nada, sin quedar impregnado.
Los personajes son muy británicos (los que llenan el hotel), muy típicos, muy mayores; aunque no falta el toque juvenil y fresco que llega con el director del hotel (desastroso) y su novia (guapísima). John Madden, el director (este es el de la película, claro), muestra como se interrelacionan los personajes entre ellos y con el entorno, pero sin ahondar en ninguna situación ni carácter; perfila según el personaje su soledad, amargura, inseguridades, xenofobia, pulsiones y deseos todo ello en clave de comedia sin querer traspasar la línea que convertiría todo en un mundo agridulce. En todos los personajes hay ganas de recomenzar y es esta la baza que juega Madden. Pero todo se desarrolla sin sorprender. Es una película muy como debe incluida su reflexión sobre la amistad, el amor y el perdón. Es como un cuadro, una impresión.
Las actuaciones son impecables. La madurez de buena parte del reparto es garantía de buen oficio y la dirección actoral hace que los jóvenes no desentonen. La fotografía, colorista y encuadrada con acierto para destacar a los personajes en un entorno magnífico, sobresale sobre el resto de elementos técnicos.
Una comedia ligera, divertida y muy agradable de ver.
© Del Texto: Motty


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abr 16 2012

Recuerda: Los sueños de diseño

Varias veces, desde los 19 hasta los treinta y tantos, me sometí a sesiones de psicoanálisis más por curiosidad y morbo que por pura necesidad, resultándome siempre una experiencia decepcionante que me dejaba en la más absoluta ruina económica y espiritual. En esas investigaciones mías psicoanalíticas, me interesaban más las respuestas del especialista que mis propias cuestiones. Trataba de poner a prueba a un impasible doctor A. sentado en un despacho verde reluciente relatándole una amplia variedad de sueños, deseos y preocupaciones. Hubo un tiempo, recuerdo, en que sufrí una serie de misteriosos sueños con animales  salvajes. Esos sueños me intrigaban muchísimo por la profundidad y la dificultad de interpretación, la impresión tan agradable que me producían al despertar y el fortísimo recuerdo que me dejaban de calma y quietud, que años más tarde todavía conservo. Cuando le relaté al doctor A. mis madrugadas buceando en lagos del norte con osos negros del Canadá, nadando con delfines celestes en el mediterráneo o persiguiendo a un zorro domesticado de una vecina millonaria en una urbanización marbellí, el doctor A., inexpresivo siempre, lo achacó, simplemente, a mi extrema simpatía y apego por los animales, y me felicitó por esas noches tan exóticas y sublimes de fauna silvestre y marina. Aquella fue mi última visita al doctor A., dejándole la consulta pendiente de abonar y un mogollón de cuestiones sin resolver.
Mucho más efectivas me parecieron las sesiones de la doctora Piterson con John Palantine, amnésico y supuesto asesino. El milagro de descubrir un asesinato y un pasado olvidado, era más o menos lo que yo esperaba del psicoanálisis. Una mezcla de Hitchcock y Dalí llena de pistas oníricas y alucinantes dónde el diccionario de sueños resulta una ciencia exacta. Dónde los médicos son realmente los detectives del subconsciente, los investigadores más fiables y matemáticos.
Los síntomas de desmayo ante la visión de una bata de rayas blancas o una colcha de rayas negras, el sueño de unas cortinas con ojos recortadas con unas enormes tijeras, el jugador barbudo de cartas blancas, el siete de copas, la rueda que cae desde el tejado y la persecución por las enormes alas de un ángel resultan las pistas para delatar al verdadero asesino. Por otro lado, la amnesia es remediada en cuanto el enfermo la asocia con el recuerdo que la provocó, en este caso, un fuerte sentimiento de culpabilidad por la muerte del hermano. Toda esta trama la narra Hitchcock mediante sueños diseñados por Dalí y desde sus ideales planos subjetivos dónde la cámara está dentro del vaso de leche blanca, y los zooms alcanzan hasta la línea más delgada de un batín.
A lo mejor la doctora Piterson me hubiese revelado alguna teoría algo más interesante y morbosa de mis sueños. El porqué tenían que ser osos negros de Canadá y no osos pardos ibéricos. A lo mejor, todas las respuestas estaban escondidas en un pequeño microfilm, secreto y misterioso, oculto bajo las aguas del Yukón, entre montañas costeras y  bahías de glaciares.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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abr 15 2012

Luna de Avellaneda: Raíces perpetuas

Somos lo que somos de principio a fin. Podemos modificar nuestra zona más superficial, podemos fingir ser algo distinto a lo real, incluso podemos negarnos una y otra vez. Pero somos lo que somos de principio a fin. Si las raíces desaparecen nos secamos, estamos muertos.
De esto habla la película de Juan José Campanella, Luna de Avellaneda. Una buena película que aborda el asunto central desde la depresión social, el fracaso matrimonial, una amistad infinita, el amor arrasador o el pragmatismo más radical. Una mezcla más que interesante (aunque necesita más tiempo de lo deseado por el espectador en el desarrollo de algunos aspectos siendo esto un pero de la película).
Ricardo Darín, en el papel protagonista, está a una muy buena altura artística. Aun sin ser su mejor trabajo no tiene el más mínimo problema para defender el papel con facilidad. Eduardo Blanco interpreta su papel sin esa carga de histrionismo que otras veces gasta y logra estar creíble y muy divertido. Mercedes Morán, Valeria Bertuccelli, Silvia Kutica y José Luis Lópe Vázquez, dan la talla necesaria para estar a un nivel sobresaliente. Dicho esto, sobra decir que la dirección actoral es impecable.
Se suma a todo esto que Campanella mueve la cámara con mucho respeto hacia el trabajo de su reparto. Eso o busca el encuadre fijo para que los actores se muevan y hagan crecer a sus personajes moviéndolos en el entorno propio de cada uno, dejando que se vayan descubriendo mientras toman una cerveza o se emocionan mirando un vertedero. Ayuda una iluminación muy trabajada que hace brillar lo justo en cada escena y a cada personaje. Especialmente, en exteriores.
El segundo pero de la película es el montaje. Siendo el metraje algo excesivo, el montaje salpica de elipsis la película que no parecen ser la mejor opción. Parece que están para aliviar de minutos el trabajo cuando deberían utilizarse para que esos espacios de tiempo se completasen desde la relevancia de la zona expresiva de la trama. Fundidos a negro que sacan al espectador de la comodidad de un ritmo narrativo que se tiene que recuperar después. Algo incómodo e inexplicable. Tal vez, hubiera sido mejor no querer contar tantas cosas. No es que este sea un problema mayor, pero está. En cualquier caso, la película es divertida y deja momentos muy emotivos. La escena que se desarrolla en una barca de remos (Blanco y Valeria Bertuccelli) es un buen ejemplo de ello.
Arranca la película con un gran despliegue musical y de iluminación. La puesta en escena es espléndida. Servirá como contraste de lo que nos quieren contar a continuación. Todo será más triste, más gris. El pasado pasa a ser un recuerdo de todo lo que fue mejor. Y el director nos hace transitar por un mundo decadente que, a pesar de los toques humorísticos e irónicos, no convierte en chiste de mal gusto o en cosa sin importancia. Es este uno de los grandes aciertos que llega pegado a un guión muy bien construido. Un cementerio de cemento es el escenario para que la amistad se haga protagonista, el amor lo envuelva todo, las bondades convivan con las maldades con naturalidad y, sobre todo, las raíces anclen a los personajes a un lugar en el que siempre estuvieron sin faltar un sólo minuto.
El cine argentino es buen cine. El cine de Campanella es excelente. No se pierdan esta película.
© Del texto: Nirek Sabal


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abr 10 2012

Madame Bovary

Si yo fuese una abuelita octogenaria y algún entrevistador entrometido me pidiese definir mi vida en breves líneas, yo le contestaría que me pasé la mitad de ella leyendo libros y la otra mitad viendo las películas basadas en esos libros, y que las dos mitades las disfruté sentimentalmente y sin freno. De testigos quedarían bibliotecarias y propietarios de viejos video-clubs, libreros de segunda mano y algún centro comercial en el que me fue fácil el robo de lujosos ejemplares.
Cómo una vez intenté adaptar Las afinidades electivas a cine y me resultó un fiasco, lógicamente, ahora intento ir con cuidado a la hora de prejuzgar las versiones que de literatura veo en cine, aunque me es imposible, y me ocurra una cosa muy curiosa, y, es que, suelo olvidar más fácilmente las películas que los libros. Quizá sea mi edad o mi memoria a largo plazo.
Madame Bovary por ejemplo, es un libro que leí hace unos 15 años y que recuerdo fielmente de principio a fin. Madame Bovary de Chabrol es una película que vi hace apenas un par de meses y que recuerdo vagamente, si no fuese por las referencias que ya tengo del libro. Aún así, accedí a ver la película tratándose de Chabrol y no de cualquier otro de cualquier otra nacionalidad.
Me gustó ver a la señora Bovary proyectada en cine en la misma pared dónde un rato antes colgaba el cuadro del Equipo 57. La misma señora Bovary que utilizó a un pobre doctor Bovary como escape a una vida que tenía claramente elegida de ascensiones y libertades.
Emma Bovary me pareció en la novela (quizá por mi corta edad entonces) una mujer de 1.856. Emma Bovary me ha parecido en la película (quizá por mis años ahora) una mujer de 1.856 como de 2.012. Analizando a Emma y analizando al sexo femenino que me rodea incluyéndome a mí misma, no puedo pensar otra cosa que la de que Madame Bovary, con todos sus adjetivos, somos todas las mujeres de todas las épocas y lugares. La firmeza y la tenacidad de sus deseos, la persuasión, el miedo y los obstáculos para lograrlos pueden depender en cada caso, pero las tácticas son las mismas, ensayadas desde hace siglos. El mundo está lleno de médicos rurales dispuestos a jugársela sabiendo que tienen el tiempo contado. Están en la oficina, en el supermercado, en el teatro, en los ayuntamientos. Hay un amante joven y resuelto decidido a invitarte en el autobús, en el apartamento de arriba y hasta en clase de tricota.
La desesperación rindió a una señora Bovary sin salida, quizá porque vivió en 1.856 cuando todavía se tenía acceso al cianuro. A mí, personalmente, me pareció maravillosa la muerte que le facilitó Flaubert a Emma, y que, siglos más tarde, Chabrol me regaló en la pared de mi salón, dónde nunca más se volvió a colgar aquél cartel tan tan colorista del Equipo 57.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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abr 9 2012

Los infieles: Lo cierto desde el humor

Sobre las infidelidades no es que esté todo escrito, es que está fotografiado, pintado, filmado e interpretado, porque la infidelidad existe desde que el hombre es hombre y la mujer es mujer. Desde que el homo sapiens ocupaba la caverna y hasta estos momentos en los que el personal se las apaña para coronar, como puede, con unos cuernos estupendos a través de pantallas de teléfonos, Macs, PCs, Ipads, Iphones y demás martingalas que permitan galantear y darse una buena dosis de autocomplacencia y, si puede ser, de sexo sin compromiso.
Y como las cosas son así y no siempre podemos estar tirándonos de los pelos por la existencia de algo que existe y es consustancial al ser humano, digan lo que digan y se pongan como se pongan los que niegan la mayor, lo mejor es tratarlo con grandes dosis de buen humor, dejarnos arrastrar por tópicos típicos y morirnos de risa ante las situaciones, en ocasiones ridículas, en las que las personas humanas (es un chiste), nos colocamos; todo ello sin perder de vista que, eso que hace que nos desternillemos, en ocasiones pone, a unos y a otros, en dramáticas posiciones.
Una de las mejores muestras de lo que ahora digo es sin duda la película Los infieles, una secuencia de seis cortos, en los que se nos pone delante seis maneras distintas de infidelidad masculina, todas ellas enlazadas a través de pequeños gags humorísticos que tienen como tema central el cómo se la juegan los hombres a las mujeres.
El proyecto nació en la cabeza del Jean Dujardin quien, sin dudarlo, lo planteó a su colega y amigo, Giles Lellouche, y ambos decidieron llevarlo a la gran pantalla, convirtiéndose ellos mismos no sólo en los protagonistas de las historias que contiene película, sino, incluso, dirigiendo uno de los cortos. Para el resto de historias, contaron con la colaboración de cinco directores más: Emmanuella Bercot, Fred Cavayé, Alexcander Courtès, Michel Hazanavicius y Eric Larigua.
Las seis historias, como he dicho, están protagonizadas por Jean Dujardin (Les petits mouchoirs, The Artist) y por Gilles Lellouche (Ma part du Gâteau, Paris, Ma vie ne past une comedie romantique, Les petits mouchoirs) y pasan de los momentos más hilarantes, en los que uno cree que va a explotar de la risa, hasta los momentos en los la tensión en la que les colocan los personajes es tal que creemos que el drama va a explotar entre sus manos.
Las historias están vistas todas desde el punto de vista del varón, y coloca a la mujer en esa tópica postura de hembra sufridora que sobrelleva como puede los cuernos de su marido infiel. Y si bien todas y cada una de las historias son independientes -menos la primera y la última que cerraran el círculo en el que nos van envolviendo a lo largo de toda la película- cada una tiene un punto en común que reside, no sólo en que los actores que las protagonizan son los más que guapos y estupendos Dujardín y Lellouche, sino en la confluencia de todos los infieles personajes en una terapia contra la infidelidad, capitaneada por una psicóloga con bastantes pocas capacidades persuasivas. Las historias van desde el típico congreso profesional en el que el plasta de siempre intenta ligar al precio que sea; la del guapo cuarentón en pleno éxito profesional que liga con una veinteañera por la que pierde la cabeza mientras ella pierde la bragas por el primero que le pasa por delante; los dos amigos (guapos y triunfantes) que desde siempre se cubren las infidelidades para que las esposa no las descubran; la pareja que jugando a decirse la verdad, como si ello no les afectara, acaba viviendo un maremoto en su vida al descubrir que ni uno ni otro era tan fiel como parecía; los amigos que deciden marchar a Las Vegas para dar rienda suelta a sus fantasías sexuales.
Sin duda, es una buenísima opción para perder el tiempo, para sonreírse con los tópicos habituales de que los hombres son infieles por naturaleza y por puro sexo y las mujeres por enamoramientos fatales.
Algunas cosas hay que tratarlas, hay que hablarlas;  y, si puede ser, sacándole la acidez pues mejor que mejor. Una película muy divertida, con algún pasaje que podríamos decir que es un tanto pasado de vueltas pero tan adecuado, amargo y a la vez divertido que no sobra nada en absoluto.
© Del Texto: Anita Noire


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