mar 30 2012

La noche de los girasoles: Una buena película española

Dicen que el cine español suele ser una castaña. Y lo que creo yo que debería decirse es que el cine español que es una castaña es, eso, una castaña pilonga. Porque no todo el cine producido en España es malo ni es mediocre. Es verdad que se subvencionan proyectos más que discutibles que acomodan a los autores mediocres en un territorio penoso, pero, del mismo modo, algunas películas son estupendas, trabajos que no tienen nada que envidiar a lo que se hace en Francia, Estados Unidos o Argentina.
La noche de los girasoles es una de esas películas que manejando un presupuesto modesto termina siendo una excelente muestra de lo que debe ser el cine. Y es un producto español. Dirigida por Jorge Sánchez-Cabezudo (nominado en los Goya del año 2006 como director novel y como guionista), la película logra narrar una historia inquietante, con una tensión narrativa notable, muy bien estructurada desde el punto de vista narrativo. Es verdad que los personajes no quedan bien perfilados en todos los casos porque hay demasiados que van tomando relevancia según avanza la acción, pero podemos perdonar este problema ya que queda, más o menos, camuflado por los aciertos. Por ejemplo, la dirección de actores es estupenda para tratarse de un primer trabajo de gran metraje.
Carmelo Gómez defiende el papel con facilidad. El suyo es un personaje sencillo y requiere una interpretación que se hace fácil para alguien de su experiencia. Celso Bugallo igual. Este es el que sobresale sobre el resto. Manuel Morón, soso como siempre, interpreta un papel que parece pensado a la medida y, claro, está estupendo. Vicente Romero muy bien. Incluso Mariano Almeda (le enseñan poco, todo hay que decirlo) parece que tiene tablas. No puedo decir lo mismo de Judith Diakhate. Sosa y falta de expresividad absoluta. He dejado para el final a una pareja que protagoniza una historia dentro de la película que resulta hilarante, amarga al mismo tiempo y muestra la España profunda: Walter Vidarte y Cesáreo Estébanez. Soberbios los dos.
La noche de los girasoles es un thriller emocionante e inquietante. Gracias a un montaje de la película en la que se juega con el tiempo histórico (recuerda a la técnica utilizada con tanta precisión por Tarantino) que trae y lleva la acción de un sitio a otro utilizando repeticiones de parte de la trama, la película invita al espectador a integrarse en el proceso narrativo. La única pega que se le puede poner es que es algo previsible en alguna de sus partes y una pizca tramposa puesto que trata de escatimar alguna información para que la intriga sea de más potencia.
En cualquier caso, esta es una película notable, de un director que tiene cosas que decir, sin duda. Y es española. Ya va siendo hora que dejemos el victimismo provinciano para valorar nuestras cosas. Lo que es bueno lo es. Lo malo lo es. Da igual del lugar del que proceda.
© Del Texto: Nirek Sabal


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mar 30 2012

El jardín colgalte: De cómo regresar para visitar a tus fantasmas

¿Cómo vive un adolescente gay el descubrimiento de su propia sexualidad? ¿Cómo vive una familia ese descubrimiento? ¿Puede mantenerse el mundo en el mismo lugar cuando algo así ocurre? Estas preguntas se plantean en la película del director Thom Fitzgerald, con respuestas que llegan desde un realismo muy sucio y un surrealismo delirante a veces, desconcertante otras.
La propuesta de Fitzgerald es atrevida. Apuesta todo lo que tiene a mano para explorar un asunto que genera grandes angustias a casi todo el mundo aunque la cosa se disfrace de normalidad. Y, tras la apuesta, las ganancias son suculentas. El trabajo tiene mucho de bueno y poco de figuras estereotipadas, de puntos de vistas conocidos o de técnicas narrativas ya usadas.
La película va de lo cómico a lo trágico sin ningún tipo de compromiso moral con los personajes o el espectador. Nada de moralina, nada de clases sobre lo que es el mundo. La película va del presente al pasado sin concesiones a la galería, sin explicaciones. El que quiera o pueda entender lo que ocurre, que lo haga. La película va de lo bello a lo que puede repugnar sin plantear nexos entre ambas cosas porque no los hay. El mundo está formado por micromundos, los sujetos lo viven con lo que pueden, como pueden, como les permiten las circunstancias.

Fitzgerald salpica de situaciones e imágenes surrealistas su película; nos lleva de un momento a otro en el tiempo, nos muestra orígenes y puntos de llegada.
Aún sin ser un gran alarde técnico, el trabajo pasa con nota alta la valoración del montaje, iluminación, dirección actoral, peluquería o vestuario. El guión es notable (a veces se le va la mano al que escribió -no es otro que el propio Fitzgerald- con situaciones extrañas que sacan al espectador de la película de forma violenta y eso es algo que hace perder algo de ritmo narrativo) y profundiza bien en los aspectos más importantes del asunto que trata: el descubrimiento de la sexualidad por parte de un sujeto que es gay.
Los actores que interpretan los papeles protagonistas están muy bien. Destacan Chris Leavins y Troy Veinotte (ambos en el papel de Dulce William, adulto y adolescente respectivemente). Kerry Fox está divertida y muy creíble en el papel de Rosemary; un papel peligroso puesto que tiende a la exageración.
Una realidad distorsionada en la que deambulan fantasmas sin que nadie parezca sorprenderse (todos los miembros de la familia ven las mismas cosas que son invisibles para los demás), una familia desestructurada que sobrevive a todo mientras niega la realidad y que se viene abajo cuando esa misma realidad se pone terca para hacerse presente, un mundo extravagante que termina siendo opresivo e inaguantable.
La película está muy bien. Se adentra bien en los problemas que plantea. Se deja ver y es una opción estupenda para pasar la tarde frente a la pantalla.
© Del Texto: Nirek Sabal


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mar 29 2012

Mimo. Premio Gustavitos 2012

La autora de este corto es Esmeralda Cuevas. Siendo muy, muy joven hace cosas como esta. Sigue estudiando y ya es capaz de dar una sorpresa.

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mar 28 2012

Adiós a las armas: La guerra sin medios

En 1932, Frank Borzage, rodó Adiós a las armas, basada en la novela homónima y autobiográfica de Ernest Hemingway. Una película protagonizada por Gary Cooper en el papel de Frederick Henry y Helen Hayes en el papel de la enfermera Catherine Barkley.
Durante la primera guerra mundial el periodista Fred Henry (Gary Cooper) se alista al ejército como conductor de ambulancias a fin de poder seguir de cerca los acontecimientos. Durante su estancia en el frente, al que se le destina después de filtrear  con una enfermera (Catherine) en la que está interesado el Mayor Rinaldi (Adolphe Menjou), Fred es herido e ingresado en el hospital militar en el que está destinada Catherine quien durante el conflicto bélico perdió a su prometido. Mientras la enfermera cuida del periodista surgirá el amor, la pasión. La guerra le separara y las cartas que uno y otro se cruzarán durante ese tiempo nunca llegaran al destino y Fred decide abandonar el frente para acudir en busca de Carherine.
La película nos muestra como, en el marco de la contienda bélica, una de las mayores ruinas del mundo habida hasta entonces, un hombre y una mujer, tocados por el horror de la guerra intentan sobrellevar una relación basada en el impulso, en la unión generada por atracción inexplicable de los que nada tienen en común y, al amparo del desastre, se aproximan en búsqueda de una normalidad que ha desaparecido por completo.
Un clásico del cine bélico, de aquel se hacía sin medios, donde la carga y el peso de la película radica en la extraordinaria interpretación de los actores principales quienes, a lo largo de toda la filmación consiguen transmitir los sentimientos y emociones por los que transitan en medio del hostil ambiente que les rodea. No intente ver esta película bajo el prisma de las realizaciones modernas porque nada tiene que ver. Deben verlo con los ojos de quienes en las primeras décadas del siglo XX se acercaban a un cine en blanco y negro, apenas sonoro, con escasos recursos, y que empezaba a gatear, con una fotografía que hoy nos resultaría excesivamente oscura y tosca pero que no fue considerada así en su momento.
Sin embargo, no podemos olvidar que nos encontramos frente a una de las maravillas del cine clásico que hace un verdadero alegato contra la guerra.
© Del Texto: Anita Noire


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mar 27 2012

Everythings is illuminated: Estar gracias al pasado

El pasado no se hace presente gracias a nuestra intervención. Somos nosotros los que estamos donde toca porque existe un tiempo anterior que lo determina todo. Este es el mensaje de mayor potencia que nos deja Everythings is illuminated, película dirigida por Liev Schreiber. Primer y excelente trabajo de este autor.
Sin duda, lo mejor de la película es la construcción de los personajes. Todos ellos presentan cambios en sus percepciones que les van colocando en el lugar justo. Jonathan, el protagonista -interpretado por Elijah Wood, algo perdido tras unas gafas enormes y un exceso de contención de la expresividad corporal- vive gracias a los objetos que colecciona. Pero, llegado el momento, siente la necesidad de recurrir a las personas, al recuerdo vivo. Alex (un divertidísimo Eugene Hütz) sobrevive con el recuerdo ignorante que le traslada a un futuro también inventado. Alexander (papel defendido, más que bien, por Boris Leskin) se acerca al final de la vida gracias a poder renunciar a todo lo que fue. Tres formas de vivir influenciadas por el pasado y complementarias entre sí. La trama es la que nos enseña todo esto: la suma de los tres es lo que funciona. La búsqueda férrea que se plantean buscando Trachimbrod (población arrasada por los nazis cuando invadieron Ucrania) es lo que servirá de nexo entre los tres.
La acción se desarrolla transitando el puro drama o la más feliz de las comedias. Lo soso del protagonista se eclipsa con la chispa y el delirio de Alex y Alexander. La realidad se presenta poliédrica.
Técnicamente, la película es notable. La dirección de actores es buena; el vestuario y peluquería, también; el montaje es inteligente. Pero lo que sobresale sin duda, es la fotografía de Matthew Libatique. Tonos expresionistas, uso del color que resulta deslumbrante sin interferir en el desarrollo normal de la estructura narrativa. Un trabajo, francamente, bueno. Otro sobresaliente es para la banda sonora. Compuesta (buena parte de ella) por Paul Cantelon nos lleva por escenarios agarrados a la música del lugar (piezas rusas y ucranianas). Además, suma la participación en esta banda sonora de Gogol Bordello, grupo que apuesta por el mestizaje musical y que lidera Eugene Hütz.
La película es el producto de la adaptación de la novela homónima de J. Safran Foer. Y el guión que resultó de esta adaptación es chispeante a veces, profundo otras.
Un trabajo muy agradable para el espectador que vivirá momentos cómicos y trágicos para disfrutar de él.
© Del Texto: Nirek Sabal


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mar 26 2012

¿Y ahora, adónde vamos?

Dos son las películas que hasta ahora ha escrito, dirigido y coprotagonizado la libanesa Nadine Labaki, la primera Caramel en el año 2007 y  la última, en el año 2011 ¿Y ahora, adónde vamos?
Una enfoque original sobre los conflictos entre musulmanes y cristianos y la distinta manera en que son apreciados, vividos, por los hombres y las mujeres de estas comunidades en las que la convivencia siempre pende de un trágico equilibrio que no siempre puede evitar la destrucción.  En algún momento llega a decir una de las protagonistas de la película, una de las muchas mujeres que aparecen durante ella, ellos tienen las armas, nosotras los sufrimos. Y es que la película, no es una película de guerra, ni de enfrentamientos sino precisamente  sobre la voluntad de alejar el conflicto que nada ha aportado más que sufrimiento.
La originalidad radica en el modo en que la directora, como si de un cuento se tratara, nos cuenta la historia de un pueblo  entre montañas, en un lugar indeterminado y no señalado en ningún mapa, que tiene como único acceso un puente maltrecho y un monte rodeado de minas, conviven cristianos  y musulmanes. Un pueblo en el que las mujeres se las ingenian de todos los modos posibles para que sus hombres; esos a los que no quieren seguir enterrando en un cementerio dividido, no por un polvoriento camino, sino por las religiones de su moradores; no terminen matándose por la influencia de los conflictos externos. Porque pese a la aparente calma de un pueblo donde todos son vecinos desde siempre, donde pese a que musulmanes y cristianos se enamoran, trabajan juntos y  se conocen de toda la vida, entre ellos subyace el enfrentamiento religioso. Las mujeres, que sufren la pérdida de sus hijos, de sus maridos, de sus hermanos, evitarán, inicialmente que las noticias del exterior lleguen hasta el pueblo y posteriormente, cuando ya no pueden evitarlo intentarán distraer a sus hombres mediante mil estrategias,  destruir las armas que sólo les lleva el dolor y la desesperación, hasta que finalmente, cuando la desgracia, venida de fuera, se instale entre ellos, tendrán que optar por una solución mucho más drástica, convertirse en la fe contraria a la que cada una de ellas profesa porque, en definitiva, son mujeres que quieren preservar  sus vidas, la de sus hombres.
El modo en que la película mezcla momentos de verdadero sentido del humor (números musicales incluidos), con puntos extremos de tensión dramática, hacen que el espectador quede clavado a la silla durante toda su duración.
No es una película perfecta, adolece de algunos fallos pues ensalza algunos puntos para, sin motivo aparente, dejarlos decaer sin darles una solución, por poner un ejemplo  la historia de la cristiana Amal –la propia Nadine Labaki, enamorándose del pintor musulmán, a la que la directora parece dar mucho énfasis y relevancia al inicio de la película para soltarla a medio camino sin motivo aparente y sin que volvamos a saber de ella. Pero esta película que puede parecer inocente, pese a su dramatismo, es una auténtica maravilla en otros aspectos como es la fotografía  de Christophe Offensteinque (Pequeñas mentiras sin importancia; No se lo digas a nadie, entre otras) que nos ofrece unas panorámicas del desierto libanés espectaculares dignas de los mejores documentales (las vistas sobre el cementerio, las panorámicas sobre un pueblo sitiado por las minas), con planos interiores que se visten de colorido que acompaña a los momentos más cómicos de la historia que podrían pertenecer al cine de Bollywood (los momentos en que las mujeres cocinan los dulces rellenándolos de hashish para ofrecer a los hombres en la reunión comunal; el espectaculo de danza del vientre de las bailarinas ucranianas que se solidarizan con el sentimiento de estas mujeres que buscan salida sin desesperarse; la inicial visita al cementerio para rezar a sus muertos, etc.)
La música compuesta por Khaled Mouzanar (marido de la directora) es absolutamente deliciosa y acompaña a la historia imprimiendo de un modo perfecto  la fuerza de lo dramático o de lo cómico según el momento lo requiera.
Esta película ha recibido distintos premios, casi todo ellos, premios del público que, como sabemos, en muchas ocasiones no coincide con el gusto de los críticos. Pero pese a eso ha recibido el Premio del público a la mejor película en el Festival de Toronto del año 2011, participó en el Festival de Cannes sin recibir premio alguno si bien se llevó el favor del público y el fue nominada como Mejor película extranjera por Critics Choice Awards. Puede que en ocasiones lo no perfecto sea lo que quiera el público, puede que de vez en cuando necesite desembozarse de algunas cosas mediante estas fábulas que, alejadas de la realidad, nos permiten seguir pensando que no está todo perdido.
Una película deliciosa de las de verdad.
© Del Texto: Anita Noire


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mar 25 2012

Decameron: ¿Por qué realizar una obra cuando es mucho más bello soñarla?

Esa misma frase (la que da título a este texto) anoté con urgencia en mi libreta después de ver Decameron frente a la chimenea de una casa de piedra de esas de las que últimamente me hice adicta, y en la que me he ayudado del neorrealismo italiano para dormir poco y soñar mucho, no ejecutar más obras que en mi cabeza y sin el más mínimo deseo de expresarlas por ningún medio que puedan algún día ser descubiertas.
Creo que libros como Decameron, o Las mil y una noches, o Los cuentos de Canterbury no han sido más que el pretexto, la máscara con la que, de algún modo, Pasolini ha camuflado esas películas suyas, íntimas, personales y complejísimas de narrar, que de ninguna otra forma podrían haber sido desveladas.
Todo ese montón de miserias, obsesiones y psicosis no puede uno contarlas más que medio en serio medio en broma, medio somnoliento medio desvelado, para darles toda la importancia simulando quitársela. Tiene uno que reírse de sus deseos y arrebatos una vez que los desvela no sea que resulte al resto del mundo un ataque de misantropía caprichosa, infantil, indecente y muy antipática. Por eso me resulta muy agradable ver las películas tan desagradables de Pasolini. Porque el bestialismo de que se sirve me suena de mucho y porque no es gratuito ni improcedente, sino vital en sus películas.
Anoche, por ejemplo, yo envidiaba a Lisabetta da Messina que pudo conservar su amor para siempre enterrando la cabeza de su amante en el fondo de una bonita maceta. O las siestas clandestinas al sol de Caterina con Ricardo en el techo de la casa, o la reflexión final del discípulo de Giotto, cuando finaliza el fresco de la iglesia y declara que soñar una obra es más dulce que realizarla…
Otra vez escribo sentimentalmente y sin freno. Acabo de saber que el mundo cambió de hora la noche pasada, que regreso a casa antes de lo previsto… De repente mi familia de yorkshires acorrala a otra de mastines entre millones de castaños y yo me acuerdo de la frase de Walter Marchetti que anda escondida tras la librería y pintada con tiza blanca en mi pared azul: Piense en una obra pero no la escriba ni la ejecute jamás. Ahora que cobró todo el sentido, creo que la dejaré así, cubierta de libros y revistas para siempre, secreta e inalcanzable.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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mar 22 2012

Trainspotting: Marcas para la eternidad

Hay películas que no dejan la más mínima marca en el que mira. Otras te divierten durante un par de horas y luego las olvidas. Nada de marcas. Las hay que, durante algunos días, consiguen que te plantees aspectos que, definitivamente, no quieres o no puedes modificar. Tampoco dejan nada más allá de pequeños rasguños. Pero también las hay que funcionan como bombas de relojería que explotan cuando te sientas a observar, que vuelven a estallar en cuanto te descuidas, que se quedan instaladas en cualquier lugar innacesible de la consciencia para quedarse por siempre jamás.
Hubo un tiempo en que creí que lo terrible de la vida estaba aislado de la zona más divertida; que la decencia se encontraba a un millón de kilómetros del territorio más sucio de la vida. Todo ocupaba un lugar aislado y exclusivo. Hubo un tiempo (soy hijo de la última etapa franquista y de la transición posterior) en que nos enseñaban un mundo pulcro y azucarado que nos creíamos de cabo a rabo. Pero hubo un tiempo en el que millones de muros se derribaron casi al mismo tiempo. Muros que no dejaban ver el mundo.
Y pasaron los años. Y llegó Trainspotting.
Aunque ya era una evidencia que el mundo era otra cosa; aunque las cosas se habían colocado en su sitio; fue el día que apareció una realidad pensada por muchos, pero que nadie había convertido en real con esa fuerza y con ese descaro. Si no me equivoco fue en 1996 (es igual) cuando Danny Boyle se plantó con su película dejándose de idioteces y pintando las cosas del color justo.
Ya sé que se habían estrenado cientos de películas durante los veinte años anteriores que intentaban hacer lo mismo, que Kubrick había rodado La Naranja Mecánica para desmontar este garito que llamamos mundo y que, cómo él, lo habían intentado muchos. Pero Trainspotting fue otra cosa. Todo era la misma cosa. Incluso las cosas eran lo contrario a lo que uno tenía grabado a fuego en el pensamiento.
Mark Renton (Ewan McGregor) corre camino de su destrucción. Sus amigos le acompañan. Se drogan, roban, no dan un palo al agua, desean que el mundo no pueda con ellos. Se divierten con cada paso que dan hacia el abismo.Vemos casas asquerosas, gente asquerosa, mucha droga (las escenas que enseñan el momento de meterse heroína son escalofriantes), mucha mierda y, de paso, mucho gilipollas. Usted y yo somos los gilipollas. Todo lo que representa la decencia, el trabajo duro, la familia unida y besucona, todo eso, es la parte gilipollas del mundo. Lo divertido es ser como Renton y sus colegas. El mundo es una mierda, así que yo lo pisoteo.

Renton logra desengancharse de la heroína, acceder a un puesto de trabajo y ganar un sueldo. Los amigos le buscan para que él sea su soporte financiero en el trapicheo con caballo. Y Renton, ya disfrazado de persona normal y decente, se la juega a todos. Es decir, logró ser fiel a sí mismo mientras era lo que llamamos un tirado.
Es curioso que ahora esa parte del mundo que el director pintaba como la parte gilipollas esté llena de droga, de capullos, de mala gente y de egoístas traidores. Al final, eran la misma cosa. Qué razón tenía.
La película es sensacional. La trama es trepidante, los actores están muy bien en sus papeles (sin excepción), el ingenio y la ironía (también el sarcasmo) inundan cada secuencia, McGregor destaca en su interpretación (mucho mejor que haciendo de Jedi), la estética es exáctamente la necesaria. En fin, es una maravilla. Se sufre de lo lindo con ella, pero, al mismo tiempo, las risas están garantizadas. Y es que, al final, todo es la misma cosa. Depende de lo que queramos hacer o ver, cambia. Reír, llorar, sufrir. Eso depende de cada cual ante lo mismo. Qué peliculón.
© Del Texto: Nirek Sabal

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mar 20 2012

Todos dicen I love You

Las comedias musicales tienen un par de características propias que las definen y diferencias perfectamente. Una de ellas es que cuentan historias que no serían creíbles en un formato sin ese toque de cuento de hadas que imprime una música agradable y un baile divertido. La evolución de la acción va ligada y matizada a y con la banda sonora. Dicho de otra forma, es la música lo que hace coherente el producto. En el 90 % de las películas suena la música, pero solo matiza la imagen. En el 90 % de las películas suena la música, pero la credibilidad llega desde los materiales narrativos que no incluyen la música.
Todos dicen I love you es una comedia musical. La firma Woody Allen. Y es agradable, divertida, a veces disparatada, y no busca nada que no sea divertir al espectador. El reparto tira de espaldas a cualquiera: Alan Alda, Woody Allen, Goldie Hawn, Edward Norton, Julia Roberts y Natalie Portman (jovencísisma) entre otros. La fotografía es espectacular. En concreto, la forma de presentar París es maravillosa. La música estupenda. Vestuario y peluquería exactos. La dirección de actores impecable. En fin, todo muy bien. Pero es una comedia musical. Y los géneros gustan o se detestan. Lo digo para advertir a los que prefieren otro tipo de cine.
El guión de Allen es chispeante de principio a fin. Algunas escenas son divertidísimas. Por ejemplo, la situación que se produce entre un tipo recién salido de la cárcel y una de las protagonistas hace reír a cualquiera. Por supuesto, está lo que siempre está en el cine de este autor: religión, matrimonio, relaciones de pareja, etc. Los números musicales no desentonan, no parecen que estén metidos con calzador o capricho del director. Esto es una comedia de las de verdad. Destacan la del hospital (alguien se ha comido el anillo de compromiso y acude a urgencias) y la del baile del propio Allen con Goldie Hawn (técnicamente impecable y aglutinadora del espíritu de la película y de todo un género según Allen).
Lo que cuenta Allen es que el amor es el que estructura la vida de todo ser humano. No es que sea lo que mueve el mundo, pero si se articula todo a su alrededor. Y cuenta que el amor es algo que siempre está, que siempre queda, que siempre regresa. Indaga en el amor entre adultos, entre jóvenes, entre niños, entre exmarido y exmujer, entre desconocidos, entre padre e hija. Explora amores posibles, imposibles, fingidos. Y lo hace desde un sentido del mundo irónico, a veces sarcástico. Todo es agradable y placentero. Como los musicales de toda la vida.
El que lea de forma habitual este blog sabe que siento una especial predilección por Allen. No lo oculto y, si puedo, prefiero no hablar de sus malas películas (también las tiene). Esta la recomiendo de forma especial puesto que hace pasar un rato delicioso al espectador. Además, se puede ver en familia porque suele gustar a casi todos. Y es un ejemplo narrativo de género. Alguien que quiere entender algo sobre cine debe atender a cualquier forma de hacerlo. No se puede decir no por sistema, no se puede negar algo sin intentar disfrutarlo. Allen es un maestro. Y sus películas son la obra de un tipo de sabe lo que hace y lo hace bien.
No se pierdan el vídeo que acompaña este texto. Es la escena que interpretan Allen y Hawn. Merece la pena.
© Del Texto: Nirek Sabal


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mar 19 2012

La Reina de África: Barcaza Movie

Un buen director de cine, al igual que un buen escritor, debe necesariamente saber contar buenas historias, y aunque las herramientas puedan ser distintas, al final, el resultado debe ser el mismo; una historia creíble, verosímil, que enganche y que una vez terminada la última línea, la última imagen, nos dejen el buen sabor de lo contado y que, eso visto o leído nos modifique en algo.
La diferencia entre los buenos y los malos, escritores o directores de cine, creo, estriba en buena parte, en eso. Por eso podemos decir que John Huston era un excelente director de cine.
La reina de África es una de esas películas que no dejan indiferente a nadie.  Protagonizada por Humphrey Bogard y por Katherine Hepburn. Este tándem se comía la pantalla con su sola presencia, con la interpretación de dos personas absoluta y radicalmente distintas, el capitán de un barco, un tanto pendenciero y borrachuzo, Allunt, y Rose, una misionera, malencarada y amargada que, obligados por las circunstancias, van a tener que convivir, en el escaso espacio de una barcaza, La reina de África, para escapar de los alemanes durante la primera guerra mundial. Juntos huirán por el río. A lo largo de camino, mientras viven las más asombrosas aventuras, las relaciones personales de dos sujetos absolutamente antagónicos evolucionarán hasta aproximarse tanto que, uno y otro quedarán rendidos por el amor.
Una de las excelencias de la película es, precisamente, la configuración de estos dos personajes, porque Huston nos muestra a dos seres que ya no son jóvenes, que se encuentran rodeados de mil calamidades, sucios, ásperos y, sin embargo, nos los transforma en entrañables cada minuto que va avanzando la película gracias a los estupendos diálogos que se suceden entre sus protagonistas. La química entre los actores es increíble y eso traspasa la pantalla  gracias también, a la maravillosa fotografía de Jack Cardiff.
Con  los años,  esta película no ha perdido un ápice del atractivo que pudo tener en su momento aún cuando, como es lógico, la película tenga que ser vista partiendo de la base de que fue rodada hace más de sesenta años.
Por esta película Humphrey Bogart recibió el Oscar al mejor actor y Hepburn fue nominada como mejor actriz, sin que llegara a recoger la estatuilla. Algunos puristas consideran que estas dos actuaciones no fueron las mejores de estos actores, pero el caso es que, uno junto al otro, crecieron enteros enormes.
Hay multitud de anécdotas alrededor de la filmación de esta película y Katherine Hepburn (una de mis actrices favoritas, la que mejor supo lucir los pantalones de talle alto, las más elegante, divertida y estupenda de las actrices), cuenta en sus memorias infinidad de anécdotas del rodaje (les recomiendo que lean las memorias de la Hepburn, son estupendas). Una de ellas cuenta cómo todo el equipo de rodaje enfermó de disentería menos Bogart y Huston porque no bebieron agua en  ningún momento, cuenta con increíble sentido del humor como Huston no tenía interés en rodar en África y como aceptó la dirección de la película porque quería ir de safari, ni más ni menos.  Pero el caso es que fuera por lo que fuera, tuvimos la enorme suerte de que el gran director dirigiera una de las auténticas joyas del cine de todos los tiempos.
De vez en cuando no está mal retomar este tipo de películas de aventuras. En este caso una road movie sobre una barcaza, que nos traslada al continente africano. Películas en las que los  monstruos del cine lo eran de verdad. Puede que por eso, porque eran verdaderos dioses del cine, el paso del tiempo los mantiene igual de magníficos, no envejecen nunca.
Si no han visto La reina de África, no saben lo que se pierden.
© Del Texto: Anita Noire


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