feb 28 2012

Les enfants de l’amour

Llevar al cine algunas cosas es un ejercicio más que complicado. Que una persona fracase sentimentalmente no es una gran noticia y, pese a lo que pudiera pensarse, el derrumbe puede arrasar con el que lo sufre y suele importar bastante poco a los que les rodean. Sin embargo, cuando ese fracaso, en el proyecto de vida de dos personas, tiene por satélite a los hijos, el dolor y la rabia, hay que gestionarla de otra manera, porque las consecuencias de los sentimientos negativos que albergamos terminan por rebotar contra unos niños que, casi siempre, se convierten en el pim-pam-pum de unos adultos que se transforman en seres completamente irracionales.
En el año 2002, Geoffrey Enthoven dirigió, escribió y montó la película Les enfants de l’amour (Los niños del amor), una producción belga que, sin entrar a valorar el drama de los divorcios en los adultos, muestra con una claridad brutal, los posicionamientos de unos padres que anteponen sus intereses, decepciones y frustraciones a lo que sus hijos puedan sentir, necesitar o padecer.
El formato casi documental, nos muestra la vida de tres hermanos, hijos de una madre común (Nathalie Stas) y dos padres distintos (Olivier Ythier y Jean Luis Leclercq). Michael (Michael Philpott), Winnie (Winnifred Vigilante) y Aurelie. La trama se sitúa en el viernes, día en que los niños marcharán a pasar el fin de semana con sus respectivos padres, mientras la madre organiza su fin de semana sin hijos. Frente a ello, los padres, alejados de la de la cotidianeidad de sus hijos (sólo los ven los fines de semana cada quince días), intentan, como pueden, centrar toda su atención en unos niños que se les escapan y en ocasiones no comprenden.
La bondad de la película está en que se centra en los tres modos distintos con los que cada uno de los niños encara la ruptura familiar, como sobrellevan las posteriores relaciones de sus progenitores. Tangencialmente, la filmación nos muestra a la familia extensa, el modo en que la ruptura familiar afecta en la propia relación de los abuelos con sus nietos.
Los conflictos de lealtades, la tristeza de los más débiles, de los que sufren, sin quererlo. De lo mal que lo hacemos los adultos puestos en escena a través de unos niños que trabajan de una manera fabulosa y transmiten, sobre todo en el caso de Winnie, el enorme padecimiento y descoloque que le supone la relación de sus progenitores y con sus padres.
Esta película que ha pasado desaparecibida para el gran público, recibió, en su momento, el premio del público en el Festival Internacional de Cine de Flandes, el Premio especial del Jurado en el Festival de cine de Mannheim-Heidelberg y el premio a la mejor película en el Festival de Cine de Milán. Son, sin duda, premios merecidísimos a una película valiente y real como la vida misma.
Una película imprescindible para saber qué es lo que no hay que hacer cuando un rompe con su pareja y por medio se encuentran unos hijos. Y es que para ellos, para mejor o para peor, su padre y su madre continuarán siendo siempre su padre y su madre.
© Del Texto: Anita Noire


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feb 25 2012

Rumores y mentiras: Batiburrillo para jovencitos

Rumores y mentiras aporta al cine poco. Más bien nada.
Trata de ser un homenaje al cine juvenil que se hizo en Estados Unidos durante los años ochenta y se queda en un chiste que, si bien es amable y no produce naúseas, forma parte de lo sabido y, por ello, aburrido y prescindible. Nada que ver con el baile de Matthew Broderick en Todo en un día, el puño en alto de Judd Nelson en El club de los cinco o la cortadora de césped de Patrick Dempsey en No puedes comprar mi amor. Aquello era novedoso y marcó un punto de inflexión en el modo de hacer cine para jóvenes. Lo de Rumores y mentiras es un intento de mezclar y servir al espectador que se queda en un batiburrillo algo estúpido.
Lo que cuenta es que una chica siente que no es popular en su instituto. Buena estudiante, recatada al vestir, con una vida sexual inexistente y cosas por el estilo. Sus padres son lo mejor de lo mejor (casi llegan al absurdo porque hasta los padres más extraordinarios muestran algo de sensatez), la chica tiene una amiga que se pone enfrente al ser superada por la protagonista, un grupo de muchachos ultrarreligiosos y horteras hacen la vida imposible a Olive (así se llama la criatura) y bla, bla, bla. Y decide contar a su amiga (la que luego se la lía) que ha tenido un fin de semana de muerte con un chico que ni siquiera existe. Todo se desboca, pero (aquí llega la explosión de luz y de color) nuestra querida protagonista termina con el que siempre fue el hombre de su vida.
Hay algunos momentos de la película que son divertidos. Pocos y poco. Uno sabe lo que va a pasar treinta segundos después. Y del resto se puede decir poco. Emma Stone se mueve con gracia delante de la cámara. Es una chica muy guapa. No se me ocurre nada más.
© Del Texto: Nirek Sabal


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feb 18 2012

El invitado: La mala puntería de los malos

Denzel Washington suele hacer de él mismo en todas sus películas. Y las películas en las que aparece suelen ser, por lo general, de esas que engrosan el montón. El invitado es una de ellas. Cantidades improbables de disparos que se esquivan, persecuciones imposibles, diálogos con los que no se dicen nada; todo envuelto por un guión ya conocido desde hace un millón de años. Los malos pierden, los buenos ganan y lo son hasta las últimas consecuencias, el comienzo de la película que oculta quién es el villano (lo de ocultar es un decir porque cualquiera lo sabe a la primera aunque se haga el loco para no sentir un pinchazo en el estómago tras pagar una pasta por la entrada); es decir, la misma película a la que nos tienen acostumbrados y de las que parece que no nos cansamos si miramos la lista de películas más taquilleras.
Ryan Reynolds también participa en El invitado. Y si Denzel Washington aporta poco, este chico aparece y desaparece de la pantalla como si nada, sin dejar idea en el espectador de que es importante en la historia. Cosa normal por otra parte porque en esta película no importa nada. Ya les avanzo que no pasará a la historia del cine por ninguna razón.
Un agente secreto que se dedica a vender información al mejor postor es perseguido en ciudad del cabo por los malos (los malos que declaran serlo desde el principio porque hay malos ocultos en cada esquina). Pero, claro, es imposible que sepan todo lo que saben si no les pasan información desde la guarida de los buenos. Alguien les dice lo que necesitan. Todos salen corriendo en la misma dirección y la van palmando, poco a poco. Al final tenemos a los dos más buenos y a los dos más malos aislados en un lugar donde pueden liarse a tiros entre ellos. Y los malos ganan porque siempre lo hacen. Ya está. Eso es lo que cuenta el guionista. David Guggenheim es el nombre de este ser. Y todo esto ocurre a las órdenes de Daniel Espinosa que dedica todos sus esfuerzos a que este disparate parezca otra cosa distinta de lo que lo que es: un desastre y un paquete de primera categoría.
Si tuviera que señalar una idea que se trate en la película como justificación de tanto disparo y tanta carrera alocada, no sabría qué decir. Por más que intento ser generoso no encuentro una sola cosa que pudiera considerarse interesante o inteligente. Ni una sola cosa. Pensándolo bien, es todo un logro que alguien sea capaz de hacer una película completamente vacía.
Aburrida, repetida, desastrosa.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


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feb 16 2012

War Horse: Modern Rin Tin Tin

Steven Allan Spielberg es un hombre dedicado a dirigir películas de cine. De las malas. Es muchimillonario a costa de endilgar bodrios largamente aplaudidos y elevados a los altares de la historia cinematográfica por críticos que deben saber de cine bastante poco. Suele abusar de la lágrima fácil, de los guiones aburridos y simplones, de actores desconocidos y fatales, de grandes medios técnicos desaprovechados y de una desesperante forma de contar las cosas. En War Horse bate cualquier registro anterior y se pierde dando vueltas a la misma cosa de principio a fin. En realidad, es necesario puesto que, si se limitara a mostrar lo justo, la película, en lugar de aburrir durante casi tres horas interminables, duraría unos quince segundos. Quizás algo menos.
La cosa va de un caballo muy listo criado por un chaval todo corazón. La vida, que es muy mala cosa, les separa. Pero, después de grandes padecimientos, aventuras, muertes y bla, bla, bla; el destino une a caballo y jovencito bondadoso. Como colofón, caballo, joven, padre y madre, se reúnen en casita a la luz del atardecer (escena muy de Lo que el viento se llevó; esa en la que la protagonista jura que no volverá a ser pobre o algo parecido). La emoción llega en esta escena acompañada de una música pretenciosa. Es decir, de emoción nada. Nada de nada, como el montón de minutos desperdiciados por el espectador que no sabe como colocarse en la butaca para aliviar sueño, cansancio mental y diversos daños irreparables en su inteligencia.
Es verdad que Steven Allan Spielberg nos ahorra esas dosis de horror y vísceras con las que nos enseña la guerra habitualmente. Aquí se limita a cambiar un perro por un caballo, al cabo Rusty por otro joven blandito que tendrá que emplear lo que ha ganado visitando una buena escuela de interpretación; y se queda tan fresco.
Técnicamente, la película no está mal. Pero siendo tan aburrida, ni siquiera eso la salva mínimamente. El vestuario está muy bien trabajado y las ubicaciones exteriores también. El resto es un auténtico desperdicio de dinero. Debería estar prohibido ser tan derrochón con la pasta tal y como está el patio.
Rin Tin Tin era mucho más divertido. Y el perro era de carne y hueso. Y la escena de Lo que el viento se llevó más conmovedora. Y todo es más que este paquete.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


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feb 15 2012

J. Edgar: La mitad de la nada

J. Edgar es una película que quiere contar una larga e imposible historia de amor. Y lo hace apoyándose en una maraña de movimientos políticos intrigantes, de complejos de Edipo, de misterios sin resolver. La mezcla se convierte en un tostón que ni cuenta amores ni indaga en las zonas más oscuras del personaje que interpreta Leonardo DiCaprio (J. Edgar Hoover). El resultado más descorazonador es que no vemos ni esa historia ni, por supuesto, al personaje. Todo queda reducido a un cúmulo de minutos carentes de la más mínima emoción. Sin personaje no hay nada que hacer. Parece mentira que un director de la talla de Clint Eastwood no sepa algo así.
No voy a poner en duda que la vida de este sujeto fuera fascinante, pero en la película no está nada de eso. Más que nada porque es imposible entender lo que le pasa. Falta información, posibles motivaciones para que veamos con claridad cada cosa y poderla colocar en el sitio justo. La película se vacía de sentido por los cuatro costados cuando lo único que le queda al espectador es esperar que una luz (que nunca llega) ilumine las más de dos horas de duración. Una madre omnipresente y omnipotente, un hombre al que ama el protagonista, una secretaria leal hasta el delirio y poco más. Más ensamblado todo. Insisto que lo más emocionante para el espectador puede llegar a ser saber que la película finaliza y puede salir de la sala deprisa y corriendo.
La interpretación de DiCaprio es bastante normalita. Él, que no es precisamente el mejor actor del mundo, defiende como puede un papel sin alma, sin rasgos que sean relevantes (aunque en la vida real del sujeto en cuestión los fueran. Esto es cine y las reglas son otras). Naomi Watts discreta. Armie Hammer más que discreto (parece una figura de cera cuando está sin maquillar. Maquillado lo es). La dirección actoral del señor Eastwood muy floja. Tanto como el movimiento de la cámara y alguno de los encuadres que, aunque correctos en general, se vuelven insoportables en escenas concretas. Donde se acumula la acción más trepidante no se ve con claridad nada; el operador de cámara se debió poner histérico.
La música pasa desapercibida. Esta es otra de las cosas que deja atónito a cualquier persona que siga de cerca la carrera como director de este hombre (la de Eastwood, no la del jefe del FBI). ¿Dónde ha dejado su exquisito gusto musical este señor?
Lo del maquillaje es algo inexplicable. Todo parece ser de gomaespuma. Rostros, labios, arrugas.
Todo se queda a medias. Y todo se convierte en nada. Además, la figura del personaje protagonista, francamente, no parece despertar mucho interés entre el gran público. Sin negar una vida interesante al máximo es como si quedase un poco lejos.
Muy decepcionante.
© Del Texto: Nirek Sabal


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feb 13 2012

Bajo amenaza: Bajo mínimos

Hay cosas que conviene decir con rapidez. Bajo amenaza es una mala película. La han contado cientos de veces. Cuando empieza ya sabes cómo acaba. Las interpretaciones son lamentables. Los diálogos nefastos. Está llena de trampas narrativas y la emoción que busca el director con baratijas en la tensión de la trama es, sencillamente, inexistente.
Es mejor que no gasten ni tiempo ni dinero en ir al cine para verla.
Nicolas Cage está fatal. Nicole Kidman horrenda. La fotografía de la película parece una broma de mal gusto. El maquillaje parece más el producto de un juego de niña. La música no suena o eso es lo que parece. Joel Schumacher es el director y debería pensárselo detenidamente porque el producto que presenta es una estafa.
Cualquier cosa que dijera a partir de aquí sería un intento de añadir palabras a una crítica que no merece esta película.
Así que pasamos página. No se dejen engañar por el trailer y escuchen el tema de los Red Hot Chili Peppers. Es mucho mejor que este bodrio de Schumacher.
© Del Texto: Nirek Sabal


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feb 12 2012

Desmontando a Harry: La construcción de un escritor

El mejor cine de Woody Allen aglutina asuntos diversos. La relación entre hombre y mujer siendo pareja; el sexo, Dios y la religión; el psicoanálisis; la crítica mordaz a los intelectuales que hacen gala de serlo al usar frases redondas y el proceso creativo del narrador. Asuntos recurrentes, repetidos, vistos desde aquí o desde allí. Pueden llamarlo como quieran. Pero lo cierto es que el cine de Allen no sería lo mismo sin todo esto.
Desmontando a Harry es una comedia deliciosa y una de esas películas que gustan a cualquiera. Con Allen de protagonista, la trama se va llenando de personajes episódicos que representan la realidad en la obra de Harry (escritor que triunfa con un best seller y cuenta la historia íntima de todo su entorno). Y esa trama lleva a desmontar la estructura de la ficción para ordenar la de la propia realidad. Es decir, se desmonta una novela y aparece el autor; se desmonta lo ficticio y aparece lo real. Porque, al fin y al cabo, todo es la misma cosa. Eso es lo que trata de explicar Allen en su película.
El guión es extraordinario, está lleno de frases con chispa que indagan en territorios difíciles que se hacen más transitables desde la ironía y el sarcasmo. Buscando en él, desmenuzando con cuidado el conjunto, apenas hay nada que pueda modificarse sin que el sentido cambie. Y cuando algo no puede cambiarse, cuando algo no permite variaciones si no es a costa de convertirse en otra cosa, es que es bueno. Y para dar lustre al libreto, Allen elige lo mejor entre lo mejor. Por la pantalla circulan Billy Cristal, Mariel Hemingway, Robin Williams, Demi Moore, Richard Benjamin o Kirstie Alley (entre otros). Logra un reparto compensado y generoso en sus pequeñas participaciones. Todos saben que están allí para que otro personaje vaya apareciendo en plenitud, a la luz de todos.
La puesta en escena, aún sin ser lo mejor de la película, es notable. La música adecuada. El vestuario, la peluquería y el maquillaje más que correcto. Pero la dirección de actores magnífica, el montaje extraordinario y el guión (ya está dicho) excelente. Eso es lo que hace grande la película.
En Desmontando a Harry lo importante no es lo que se cuenta sino cómo se cuenta. Allen, con gran habilidad, va mostrando escenas que pertenecen a un libro mezcladas con lo que el personaje entiende que es la realidad. Pero, claro, el espectador sabe, al mismo tiempo, que esa realidad del personaje es nuestro mundo de ficción. Todo se mezcla para ser lo mismo. El escritor que interpreta Allen va asumiendo eso y termina yendo y viniendo de un lugar a otro de su universo con tranquilidad, sin grandes conmociones. El espectador, también. Y lo importante de esta película no es lo que se cuenta sino de lo que trata. Por ejemplo, la libertad del artista se analiza con cierta profundidad aunque sea desde la ironía o el chiste. Una libertad que de no existir impide la aparición de lo importante de la creación de cualquier artista: su forma de entender lo que le pasa, lo que sucede a su alrededor.
La película es muy divertida e invita a la reflexión. Por momentos es delirante. En ocasiones se vuelve tierna (entendemos a un personaje mezquino al principio que termina revelándose como lo que es, una persona normal y corriente que escribe). Y es una opción más que agradable para pasar la tarde de un frío domingo o una calurosa noche de verano. Porque el cine de Allen no falla casi nunca. Es lo que nos dan los grandes directores.
© Del Texto: Nirek Sabal


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feb 7 2012

Con amor, Liza (Love, Liza)

Antes de empezar a escribir nada sobre Con amor, Liza (Love, Liza), he mirado la pantalla durante bastante más tiempo del habitual. He buscado, entre la música de la que dispongo, algo de  Jim O’Rourke. La elección no es casual, la estupendísima banda sonora de esta película dirigida por Todd Louiso, con guión de Gordy Hoffman, es precisamente de este músico.
La sinopsis de la película es sencilla. Wilson Joel (Philip Seymour Hoffman), vive en una ciudad del centro de los Estados Unidos. Su vida de mediano éxito profesional y aparente vida plácida, se viene abajo con el suicido de su esposa Liza (Ann Morgan). Al impacto de un acto incomprensible, desolador para los que quedan tras la desaparición de Liza se une la necesidad de escapar de su realidad. Nada explica la decisión de Liza, una mujer apenas apuntada en su presencia por algo tan exiguo como un nombre y la ensoñación de su presencia a través de la inhalación de los vapores de gasolina. Una manera de evadir una realidad que necesita una explicación, un motivo, una razón para poder comprender y poder seguir caminando. Y esa explicación puede aparecen en la última nota que Liza escribió a Wilson antes de morir. Pero enfrentarse a la realidad no es sencillo, a los fracasos de uno mismo, al fracaso de los que se ama; por eso Wilson demora la apertura de una carta que le acompaña en cada uno de los segundos en una vida que ya no es la suya. Y junto a él, Mary Ann Bankhead (Kathy Bates), la madre de una mujer que se quitó la vida aparentemente sin motivo. Sosteniendo lo insostenible, pese al dolor, a la amargura del que no comprende nada, a pesar de la pesada losa de una culpa absurda. Y mientras, la necesidad de alienarse, en este caso, a base de inhalaciones de los gases que emanan de un bidón de gasolina. Empezar a perderlo todo, hasta perderse uno mismo. No es suficiente recordar, no es suficiente no pensar, ni buscar ocupaciones tan absurdas como hacer volar aviones teledirigidos; el dolor tiene las piernas más largas y las manos más grandes. Frente a esta muerte en vida sólo cabe la posibilidad de volver de ese lugar al que la incertidumbre vital le ha colocado, enfrentarse a una carta que le permita, si es posible, no volver a comenzar, pero sí a seguir caminando.
La desesperación puede ser filmada y una buena prueba de ello es esta película. Grandiosa la interpretación de Philip Seymour Hoffman quien consigue que nos quedemos pegados a él con una mezcla de sentimientos encontrados. Grandiosa, como siempre, Kathy Bates. Porque la desesperación, en ocasiones, es terriblemente cómica, es terriblemente devastadora. Bajar a los infiernos es sencillo y aquí podemos palparlo. Perderlo todo, absolutamente todo y saber que sólo cabe una mínima recuperación cuando alguien te habla con amor, desde allí. Porque ese es el mensaje. Un mensaje que llega desde la nada.

Esta película clasificada dentro del cine independiente; llamado indie; es un claro ejemplo, uno más, de que las pequeñas producciones son capaces de hacer un cine brutal, especial y distinto. Es una película que consiguió que la pena me atrapara y que creyera en la virtualidad de una cerilla para devolverle la vida  a alguien que estando vivo se muere de desesperación.
Una película que deben tener en cuenta si quieren explorarse un poco, si quieren arrimarse al lado oscuro de la vida aunque sea a través de la ficción. Un premio en Sundance en el año 2002 que, desde luego, no fue porque sí.
© Del Texto: Anita Noire


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feb 5 2012

Acordes y desacuerdos: Cine y Jazz

Un artista es esa persona que vive convencida de su importancia porque sólo él puede crear lo que tiene en la cabeza; porque nadie más podría llegar a escribir, pintar o hacer música del modo que él lo hace. Pero un artista es ese tipo que hizo esto o aquello (una genialidad, una maravilla) y del que muy pocos se acuerdan. Porque un artista es lo que termina dejando atrás, su obra. Él es una anécdota.
Esto es de lo que habla la película de Woody Allen. Acuerdos y desacuerdos. Un homenaje al jazz centrado en la figura de Emmet Ray que presume de ser el mejor guitarrista del mundo después de un gitano que se llama Django Reinhardt. Emmet Ray nunca existió. Django Reinhardt sí. Por ello, Allen se acerca al cine documental introduciendo testimonios de personas enteradas que van aportando datos del guitarrista. Es una forma como otra cualquiera de buscar la credibilidad en la narración. Expertos en jazz y él mismo matizan o presentan parte de la acción entre las dudas lógicas de lo que siempre se contó sobre los genios artísticos.
La película reposa sobre el personaje. Todo lo demás tiene carácter de correlato aunque no por ello pierde importancia. Desde la primera escena se van sumando ingredientes que hacen que el personaje vaya teniendo una evolución necesaria para entender lo que Allen quiere contar. Y, a decir verdad, esa evolución es algo lenta. Por ello, el trabajo de Sean Penn va de menos a más. Hasta que no comprendemos la pasión de Ray por la música y su desprecio por las personas, no comprendemos un abuso del lenguaje corporal por parte del actor que se ve obligado a coquetear con lo histriónico para salir del paso. No les pasa lo mismo a Samantha Morton o Uma Thurman que arrancan bien (sobre todo Morton) sabiendo que su personaje representa una cosa muy concreta que no necesita de grandes recursos interpretativos.
La importancia de la película no llega desde lo que se cuenta sino desde lo que se sugiere sin enseñar. Esa evolución del personaje se produce con lo que quiere ocultar, con lo que se niega a decir de principio a fin. El personaje de Hattie (Morton) funciona con una correlación perfecta respecto a Ray. Ella es muda; no dice una sola palabra durante la película y es el que sirve de nexo entre el deseo y la realidad del protagonista.
No hace falta decir que la partitura de Dick Hyman es fantástica. Muy ajustada a lo que, durante los años 30, fue el jazz. Y no hace falta decir que la puesta en escena es elegante y perfeccionista. El cine de Allen no falla en eso.
Acuerdos y desacuerdos no es la mejor película de este director. Sin embargo, es una opción si se quiere disfrutar de un guión bien diseñado (sin la chispa habitual de Allen puesto que la comedia se enturbia llegando al amargor) y una forma de narrar curiosa en la que los recursos son muy evidentes a la vez que efectivos. Cine de Allen. Buen cine.
© Del Texto: Nirek Sabal


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feb 4 2012

Revolutionary Road: Del amor y la libertad

Me cuesta ser objetiva con casi todas las películas que exploran la psicología humana, especialmente en las relaciones de pareja, y más todavía si le añaden (o así lo he visto yo) la cuestión del género; pero aún desde la posición menos subjetiva es imposible no apreciar alguna de las líneas que Sam Mendes, ganador de un Oscar por American Beauty, dibuja en esta película cargada de tensión emocional.
Kate Winslet y Leonardo Di Caprio se juntan de nuevo para ofrecernos un drama digno de lo que cabe esperar de esta pareja, pero esta vez sin exceso de corazones flotando en el ambiente; más bien una bomba de relojería que desde el principio se intuye, pero no se ve, y que al final termina por explotar sin dejar de intuirse. En Revolutionary Road, April y Frank son una joven pareja que, acomodados en un barrio de clase media, lo hacen resignados por las limitaciones que imponen dos hijos, un trabajo como otro cualquiera en una oficina de cubículos y encargarse de una casa ideal para una familia tan especial como ellos, a la libertad y aires bohemios a los que una vez aspiraron.
Para quien se siente delante del televisor sin pretensiones, sin expectativas, sin saber nada de este largo, puede sentir aburrimiento durante la primera media hora (larga). No se sabe hacia dónde se dirige Mendes con la historia de tan modélica pareja. Poco a poco, el argumento comienza a enredarse a modo de culebrón un nivel por debajo de la típica superficialidad. Precisamente April y Frank buscan salir de ese aburrimiento para lograr cumplir ese sueño que todo ser humano reprimido por las convenciones sociales desea. Sin embargo, estas pretensiones no son las mismas para él que para ella y la forma de ambos de ver y vivir la vida irá divergiendo hasta formar un ángulo de 180 grados que se pierde en el infinito. Mientras ese ángulo se va abriendo, el espectador contemplará un apurado análisis de la psique masculina y femenina, y la que resulta de la fusión de ambas, gracias a la interpretación de un Di Caprio que ya no es el de los pósters de las revistas de adolescentes, maduro, con rodaje, en el papel de un Frank soñador pero orgulloso y sobre todo padre de familia, y una soberbia Winslet en el papel de April, rebelde e igualmente soñadora, anhelante de ser especial por otros motivos muy diferentes de los que sus vecinos piensan. Y para quien quiera hacer una lectura más profunda, Mendes trata, especialmente desde April, la cuestión del género con todo fundamento, y a través de la mejor herramienta: el amor. Desde los roles del hombre y la mujer hasta la dependencia mutua, pasando por lo que representa en esta materia las trifulcas propias de cualquier pareja en busca de ¿la felicidad? y hasta dónde se está dispuesto a llegar por demostrar que, aunque ni contigo ni sin ti, la libertad de pensamiento y acción es inherente al ser humano, ya sea hombre o mujer.
Desde luego, una auténtica bomba de relojería (algo predecible hacia el final y a la que quizás le sobre un cuarto de hora), para disfrutar y hacer más de una lectura.
© Del Texto: Coletas

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