ene 31 2012

Los descendientes: Sí, pero no

Saltar del sarcasmo al chiste fácil y de ahí a la normalidad. Otra vez. Y otra. Más y más. Ese es el juego que propone Alexander Payne en su última película. Los Descendientes. Naturalmente, lo que sobra es el chiste facilón. Aunque no abusa del recurso. Por eso y porque el trabajo de George Clooney es estupendo, la cinta termina salvándose.
No hace falta decir que ante una tragedia (esta película trata de serlo) caben pocas situaciones para que el humor funcione. Uno de esos espacios es el patetismo, el ridículo. En Los descendientes aparece secuencia sí, secuencia no. Otra de esas zonas es el surrealismo. La cinta se nutre de él sin miramientos. Y todo esto provoca que suenen en las salas de proyección algunas carcajadas y que los más sonrían de principio a fin. Ir al cine para ver esta película es algo así como ir al tanatorio sabiendo que te va a dar la risa. Y eso está muy bien. Pero la cinta tiene muchos problemas aunque algunos se empeñen en decir de ella que es la película del año. No hay que exagerar y, sobre todo, no hay que dejarse llevar por situaciones delirantes, por frases redondas que se vacían con rapidez, una interpretación notable o una partitura agradable (más local que otra cosa y demasiado dispersa al querer llevar un son que le marca lo que no es fundamental de la historia).
No es que sea una mala película. No, al contrario. Pero de obra de arte nada. No es que sea un mal guión, pero las trampas y los guiños a la lágrima fácil y al humor barato ahí están. Clooney está muy bien, de verdad. Pero tampoco es para tanto, no es como para decir que estamos ante la mejor defensa de un papel de los últimos años (tal vez personalmente sí). La fotografía es llamativa y muy eficaz aunque eso lo vemos cada día (no hacer las cosas bien con esos presupuestos es casi imposible). En fin, que es una buena película. Sin más.
Los problemas llegan desde esas repeticiones de las situaciones absurdas que terminan haciendo retroceder a los personajes en su evolución. Desde un narrador que podría ser cualquier otro y no hubiera pasado nada (si un narrador puede ser cualquiera es que la cosa no funciona del todo bien). Desde unos diálogos que terminan siendo difíciles de digerir porque lo que arrastran al principio se lo dejan atrás al llevarnos a zonas similares, una y otra vez. Todo esto rebaja la película desde la excelencia. No pasará mucho tiempo hasta que quede en el olvido. Se puede ver, se puede disfrutar (quiero ser justo a la vez que sensato calificando el trabajo). Pero no se puede elevar algo que tiene limitaciones importantes.
Si George Clooney no estuviera, desde luego, la cosa sería mucho peor. Es la locomotora de la trama, del resto de personajes. Porque el resto del reparto está bien. A secas. El trabajo de expresión corporal de Clooney se lleva por delante el resto. Afortunadamente.
Me pregunto qué es lo que quieren contar los guionistas (el director es uno de ellos). Qué es exactamente. Me temo que todo se reduce a una escena final en la que padre e hijas ven la televisión mientras comen un helado. Demasiado fácil, demasiado poco. Pero se puede ver. Ya que el panorama está como está, se agradece que alguien lo intente con ganas aunque se quede a medio camino. Debe ser por eso por lo que muchos se han lanzado a calificar esta película como lo que no es.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ene 29 2012

La môme: una interpretación enorme y poco más

Existen muy pocos misterios alrededor de la vida de Edith Piaf. Se ha escrito hasta la saciedad sobre este mito y leyenda de la canción francesa y nada de lo que pueda aparecer será novedad. Es por eso que la película La môme, verdadero título del biopic dirigido por Olivar Dahan, no nos va a aportar absolutamente nada que no sepamos sobre esta leyenda de la música.

Sin embargo, pese a no ser una película que pase a los anales de la historia del cine, son varias cuestiones las que se pueden destacar de esta producción. En primer lugar, la extraordinaria fotografía de Tetsuo Nagata (con direcciones fotográficas en producciones francesas: Paris, Je t’aime, El pabellón de los oficiales, etc.) que no sólo retrata y recrea la atmósfera rotunda y asfixiante del París de la época, sino que consigue que entremos en todos y cada uno de los rincones recorridos por la Piaf; y la espectacular interpretación de Marion Cotillard en el papel proyagonista que, como si de un camaleón se tratara, se transforma hasta el punto que uno tiene la sensación de estar frente a la mismísima Piaf; fajándose con la mujer joven y con la mujer adulta, que no anciana, que finalmente falleció (Edith Piaf pese a la aparente vejez sólo tenía 45 años cuando murió).

Uno de los hándicaps de la película es que su director, Oliver Dahan, da por sentado que todos conocemos la vida de la artista y juega con el desorden de la trama, con flashbacks que, en ocasiones,  parecen colocados con calzador y hacen que el espectador pueda perderse en multitud de detalles y momentos de la vida de la artista que no son menudos. Posiblemente, hubiera sido más adecuado seguir el orden cronológico de la vida de Piaf y la película no hubiera perdido nada en absoluto sino todo lo contrario.

Una película para ver la impresionante construcción del personaje que hace Marion Cotillard, su evolución continua y, sobre todo escuchar, no los diálogos que sostienen los distintos personajes que por ella se suceden, sino para escuchar, de viva voz de Edith Piaf, sus maravillosas canciones. Sin embargo, y pese a ello, pese a la dramática ambientación, pese a la durísima vida de la artista, esta película no va a conseguir arrancarles ni una sóla lágrima, ni tan siquiera va a conseguir emocionarles mínimamente. No sé dónde está el error, o puede que no lo sea, y el director y los guionistas quisieran entregarnos una producción absolutamente aséptica. No lo sé.

Sin embargo, ignoro también el motivo, por el que este paseo por la vida de la diva de la canción francesa, con una vida miserable y desagraciada hasta el final, consiguió tenerme clavada frente a la pantalla durante las más de dos horas de su metraje. ¿Incongruente? Puede que lo sea. ¿Para recomendársela? Pues sí, pero no esperen nada más allá de lo que ahora les digo. Una película para gozar de una interpretación grandiosa y acaramelar nuestros oídos. Poco más.

© Del Texto: Anita Noire


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ene 23 2012

Amanecer de un sueño: el olvido del futuro

El olvido de los mayores se convierte en la memoria de los jóvenes si participan de la experiencia de la vejez, del alzheimer. La historia de una persona, que ya no sabe ni cómo se llama, se mezcla con la realidad futura. Porque el pasado ajeno del viejo quiebra el presente de uno mismo, dibuja el futuro con trazos menos hermosos. El joven está condenado a olvidar parte de sí mismo. Son las reglas del juego.
Amanecer de un sueño es una película de Freddy Mas Franqueza. Es una película que indaga en el mundo del mayor, de la enfermedad del olvido; pero, también, del abandono, de los callejones sin salida que nos presenta la vida, de lo imposible o de lo posible que se convierte en una tortura cuando se aleja. Emotiva, muy bien contada y resuelta con valentía, sin hacer concesiones innecesarias al público. Cuando la cosa es fea nadie debe empeñarse en que se convierta en bonita. Eso no lleva a ningún sitio.
El director presenta una familia destrozada. Cada uno de los que la integran tienen razones para pisar el freno aunque ninguno lo hace. Todos tratan de avanzar por la senda que tienen a mano. Y sólo la enfermedad y muerte de uno de ellos marca un punto de inflexión que lleva, otra vez, a ninguna parte que los personajes desean. Triste, dura, profunda.
Hector Alterio (uno de los protagonistas, el que defiende el papel de Pascual; abuelo, padre y viudo) está estupendo (sólo se le ve algo descompensado en un par de escenas que invitan al histrionismo y que cualquier otro hubiera convertido en un desastre interpretativo). El resto (Alberto Ferreiro, Sergio Padilla o Mónica López) defienden lo suyo y pasan la prueba. Pero Alterio llena la pantalla y salva los muebles en ese aspecto. Y el movimiento de la cámara es preciso, la iluminación notable, la peluquería estupenda, los encuadres muy acertados y el guión sobresaliente. El resultado es una muy buena película que conmociona si se mira con calma y atención.
¿Qué es el olvido? ¿Se trata de no recordar, de no poder hacerlo, de hacerlo de forma desordenada? ¿No saber es una forma de olvido? ¿No reconocer la realidad teniendo las capacidades mentales intactas es otra forma de olvido? Son preguntas que el espectador se plantea a medida que la trama avanza en dirección a un desastre que salpica a todos los personajes de la película. Todo tipo de olvido lleva al sufrimiento si lo que se deja en el camino es parte de uno mismo. Ya sea por enfermedad, ya sea porque la vida obliga a tomar decisiones tremendas.
El cine debe ser espectáculo. Siempre. Es uno de sus ingredientes principales. Pero nadie dijo nunca que un espectáculo es luz, sonido y color; alegría y diversión. Un espectáculo es eso que alguien piensa y convierte en algo tangible (desde un prisma físico o intelectual) para que el que mira, el que lee o el que escucha entienda lo que pasa a su alrededor. Sea bonito o feo, sea doloroso o un oasis de placer. Amanecer de un sueño es cine y, por tanto, espectáculo. Doloroso, triste y descorazonador. Pero espectáculo al fin y al cabo. Y, además, Héctor Alterio llena la pantalla. Por eso merece la pena aunque se sufra durante cien minutos. O quizás durante toda una vida si el espectador dedica su tiempo a observar el entorno. Porque, a veces, el cine de ficción tiene más de documental de lo que creemos.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ene 22 2012

El lector: Ajenos a todo


George Benson – This Masquerade

¿Hasta dónde estaría usted dispuesto a llevar su comprensión o su perdón? ¿Puede algo o alguien hacer que entendamos una barbaridad? ¿Un asesino lo es menos si de niño le maltrataron? ¿Podemos llegar a entender una matanza provocada por alguien si nos explican la situación crítica en la que se encontraba el individuo que la produjo? ¿Manejamos una doble moral repugnante en la sociedad actual? ¿Son las leyes mecanismo seguro para que esa doble moral no pueda estar presente en los momentos importantes?
Bonitas preguntas, ¿verdad?
La película El Lector está basada en la novela de Bernhard Schlink titulada del mismo modo. En ambas se plantea el problema de esa doble moral, de la angustia de la soledad, de la incomunicación. La adaptación de la novela está muy bien lograda. Rebaja lo justo para seguir contando lo que debe. Ya iba siendo hora que alguien no destrozara una novela de calidad para hacer una mala película.
Una mujer conoce a un muchacho con el que mantiene un idilio (muy bien contando, con elegancia, ni zafio ni cursi). Él lee a la mujer durantes sus visitas. Ella no sabe leer aunque ese es un secreto que sólo ella conoce. Cuando la mujer se ve obligada a un cambio de puesto en su empresa y debe reconocer su analfabetismo, escapa dejando al muchacho y sin reconocer su problema. Se alista en las SS alemanas y termina siendo una de las guardianas implicadas en la muerte de un buen número de mujeres de raza judía. Unos años más tarde, cuando el muchacho estudia derecho, es juzgada. El chico (así le llama ella) entiende el problema y no sabe qué hacer. Podría informar al tribunal puesto que la única prueba que manejan es el testimonio de dos supervivientes y un informe escrito a mano que ella no pudo realizar y de la que está acusada. Se trata de aplicar la ley (si no pudo escribir ese informe la pena será mucho menor) o dejar que alguien pague su culpa ocultando un dato vital ¿Qué hacer se pregunta el muchacho? ¿Qué hacer se pregunta el espectador?

Ralph Fiennes interpreta al personaje en su edad adulta. Un hombre solitario y distante porque dejó que su verdadero amor se pudriera en la carcel. Kate Winslet (extraordinaria por su credibilidad, por su interpretación casi perfecta) es la protagonista que, desde una ignorancia abrumadora, intenta justificar lo que ocurre en el campo de trabajo porque hacía un trabajo como otro cualquiera. Solos, ajenos al mundo, durante toda la película nos enseñan cómo la literatura se puede convertir en el mejor de los anclajes entre las personas. La fabulación, la creación de mundos imaginarios en los que poder sobrevivir, es fundamental en esta película.
Y, mientras, el espectador se ve obligado a plantearse esas preguntas con las que iniciaba este comentario. Pero no en un mundo ficticio. En el real, en el de todos los días. En ese.
Cuando alguien sale del cine diciendo que le ha encantado la película, algo importante ha pasado. Es una expresión que reservamos para las ocasiones en las que algo nos emociona o nos conmociona. Algo provoca un cambio en nosotros. Lo mismo pasa con las novelas o los poemarios. Creemos que el mundo es otro, creemos ser mejores, más humanos. Casi siempre, creemos parecernos a ese personaje que tanto nos ha gustado. A mí esta película me encantó. De verdad que sí. Sin embargo, me inquietó durante algún tiempo sentir algo así. No me gustaba parecerme a los personajes, ni pensaba que el mundo era otro. Pensé sobre ello durante días. ¿Por qué me conmocionó? Como de costumbre hice lo que todo occidental hace en estos casos. Intenté encontrar la solución en la película. Eché un vistazo a la novela buscando lo que se me había escapado. Pero nada. Hasta que no busqué donde tocaba –en mí mismo- no hubo solución. La conmoción venía de elegir desde mi moral. Y un espectador o un buen lector nunca debe hacer eso. Son los personajes los que eligen . Como mucho, estaremos de acuerdo o no con lo que hacen. No entren en ese juego.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 17 2012

El hijo de la novia: ¿Qué mierda hacemos con nuestra vida?

No tenemos tiempo para nada ni, casi, para nadie. Consumimos nuestras existencias viendo rápido, sin adoptar grandes compromisos, todo es desechable, fecha de caducidad sellada de antemano. Mientras malvivimos de este modo, esperando que llegue el momento en el que podamos disfrutar de las cosas, las personas, las sensaciones, que nos gustan, olvidamos que puede que ese tiempo nunca llegue o que cuando llegue ya no recordemos nada, o que no sepamos ni quienes somos, que no tengamos nada que nos sostenga en nuestro propio yo.

La vida pasa rápida como una estrella fugaz (permítanme la cursilada) y embutidos en la dinámica del día a día, lo olvidamos y sólo cuando ocurren hechos extraordinarios (no necesariamente buenos, pero tampoco necesariamente malos), pensamos en ello. Es entonces cuando por pura necesidad de supervivencia, nos damos tregua durante unos días para volver a la loca vida con rapidez.

Sobrevivir a la vorágine de la vida diaria, al desgaste humano que provoca, sólo es posible a través del disfrute de cosas sencillas, esas que no se venden en ningún sitio, esas que valen porque las entregamos de verdad, sintiéndolas. Cosas sencillas, baratas, que todos tenemos a mano y que son buenas per se, como es un abrazo, una atención, un beso, una sonrisa, un interesarte por el otro, una llamada, etc. Esas cosas tan simples son las que a la hora de la verdad puntúan y las que nos hacen la vida más sencilla, más agradable, más digna de ser vivida.

Ya lo he dicho en otras ocasiones, siento debilidad por el cine de Campanella, por Ricardo Darín, por Argentina, por los besos que saben dulce, por los abrazos verdaderos, por las violetas, por los helados de vainilla, por los gintonics a la luz de la luna, por los libros que me dejan boquiabierta, por las películas que me emocionan sin caer en la noñería y por muchas otras cosas que, por no llenar siete páginas, no voy a seguir relatando.

Así que hoy, que ando con el sistema nervioso algo alterando, hago una mezcla de algunas de esas debilidades, intentando no dejarme ninguna y coloco en el reproductor el disco El hijo de la novia. Cierro la luz y me dispongo a disfrutar, una vez más, de una buena historia.

Rafael (Ricardo Darín), divorciado, con una hija y una novia florero (Natalia Verbeke), pasa todo el día al frente de su restaurante, no tiene tiempo para nadie ni para nada, con miedo al compromiso y una familia de la que se mantiene alejado. Un padre jubilado y enamorado, una madre, enferma de alzheimer a la que apenas visita y un saco de sentimientos de culpabilidad. Sin embargo, acontecimientos inesperados le harán replantearse la vida, su forma de vivir y la necesidad de parar. Como hecho desencadenante de esta nueva manera de afrontar la vida, la decisión de su padre (Héctor Alterio) de contraer matrimonio por la iglesia con su madre (Norma Aleandro), con la que lleva más de cuarenta años casado por lo civil, sólo para cumplir el deseo que siempre tuvo su mujer y que, aún cuando ya no recuerda apenas nada, él está dispuesto a llevarlo a cabo por ella.

La película de Campanella, una historia de la esclavitud actual, la falta de compromiso con los que tenemos cerca, la búsqueda de sueños aparcados en algún lugar de nuestra mente, todo ello contado con las necesarias dosis de humor y drama que en la realidad también se da. Es por eso que el film de Campanella nos parece tan cercano, tan nuestro, porque no nos cuenta nada que no conozcamos de antemano y con los sentimientos encontrados que todos sentimos en momentos determinados de nuestra vida.

Contar lo que nos cuenta Campanella, que nos conmueva y que no nos parezca una inmensa ñoñería, no es sencillo. No hay trucos, nada es artificial, nada está de más y nada le sobra. Me gusta esta película. Me gusta su historia, me gusta su música, me gustan sus diálogos, me gusta su mensaje, me gusta toda ella.

Y me gusta esta película porque no creo que después de verla no quede nadie que, pasados los 40, no diga lo mismo que Rafael ¿Qué mierda estoy haciendo con mi vida?

Ah! Una última cosa, no se pierdan los títulos de crédito, encontrarán una sorpresa, pero para ello, deberán ver la película por completo. No se arrepentirán.

© Del Texto: Anita Noire


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ene 14 2012

La cojera del recuerdo. El secreto de sus ojos.


Antes, cuando el cine era cosa de actores, directores, montadores, guionistas y del público, las películas (casi todas) terminaban bien. Los finales felices eran mucho más valorados, mucho mejor recibidos. Desde que el cine tiene mucho que ver con la informática, la cosa es otra. Encontrar una película con final feliz es extraño; guionistas, directores, montadores, actores y público tienden a encontrarse a gusto entre desgracias, muertes horribles, monstruos terroríficos y naves espaciales a punto de invadir la Tierra con gran facilidad. Supongo que, entre otras cosas, se trata de aprovechar una oportunidad (imposible hace unos años) que dona la técnica en bandeja de plata.
Antes, el cine entregaba un mundo de ficción que poco o nada tenía que ver con la realidad. Ahora, el cine recrea una realidad dura y hostil, fragmentada igual que las consciencias de los personajes.
Todo ha evolucionado a gran velocidad. Pero siempre quedan esperanzas si hablamos de esto o aquello. Siempre aparece algo o alguien que te hace pensar que lo fundamental queda intacto.
El secreto de sus ojos es una de esas películas que te arriman al cine de nuevo o para siempre si el que mira es un jovencito que intenta descubrir el mundo.
Espléndido el guión, espléndida la dirección, espléndidos los actores, un maquillaje y un vestuario más que aceptables. Una película de cine, de las de verdad. Espléndido todo.
Un buen número de elementos se unen para contar una historia apasionante. Amor, venganza, suspense, amistad y, sobre todo, el afán por contar. El secreto de sus ojos utiliza todo eso para explicar la importancia de la narración en la vida de cualquier persona. Y no me refiero a la literatura o al propio cine de forma exclusiva. Narrar, narrarse la vida puede, no solo explicarla, sino cambiar, por completo, su fisonomía. Una charla en una cafetería podría servir.
El protagonista se cuenta las cosas tal y como fueron, tal y como quisiera que hubieran sucedido. Hace participar de su relato a otros e, incluso, a sus propios fantasmas. Sabe que un instante modifica la vida de cualquiera. Lo cuenta. Y el mundo estalla ordenando ficción y realidad a su gusto.


Me viene a la cabeza un poema de Luis Rosales que tituló “¿De qué pie cojea el recuerdo? Y dice:
El recuerdo se teje
con doble hilo,
y, de cuando en cuando, se recuerdan cosas
que no han sucedido.
Parece escrito para explicar esta película. Lo bueno de la literatura siempre está al lado de lo bueno del cine.
Y todo esto se cuenta desde las cosas pequeñas, desde lo imposible que es a veces cualquier minucia, desde las personas. En definitiva, desde lo cotidiano. Cine del bueno. Además, sin ordenadores y con final feliz. Amargo aunque feliz. Una mezcla muy difícil de encontrar.
El que se acerque por primera vez a la película que no pierda detalle sobre el personaje que encarna Guillermo Francella. Es, sencillamente, emocionante comprobar que un actor es lo que es y no un papanatas moviendo mucho las manos.
Háganse un favor. Vean la película. Y si ya la han visto háganselo otra vez.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ene 10 2012

Dersu Uzala: Entender el sentido de un rayo de sol

Un par de veces en mi vida me he quedado frente a una obra de arte durante minutos sin saber qué decir. Aturdido ante lo que veía. Perplejo. Mantener el silencio es lo mejor cuando lo que tienes delante abruma por su belleza. Yo voy a intentar decir algunas cosas sobre Dersu Uzala (Дерсу Узала) aunque ya advierto que todo lo que diga se quedará chico.
Pocas veces me he emocionado tanto con una toma o con un gesto hecho por un personaje. Pocas veces he estado tan de acuerdo con la tesis que presenta un director. Y pocas veces me ha conmovido tanto mirar el mundo obligado por la necesidad de entender el logos de algo tan insignificante como es un ser humanos.
Durante el año mil novecientos setenta y cuatro, Akira Kurosawa rodó la película Dersu Uzala en los escenarios naturales por los que habían transitado Vladimir Arsèniev y el cazador que da título a la película.

La taiga es un mundo hostil. Pero nadie puede imponerse a él. Gracias al ingenio o la maestría se le puede empatar, pero nunca nadie se puede colocar por encia de él por la fuerza. Dersu Uzala (claramente animista) entabla un diálogo con el entorno. Se adapta, procura comprender los signos que le llegan desde los minerales, las plantas o los animales. Y es que buena parte del mensaje de la película llega desde ese territorio. Todo antes fue mineral, vegetal y, por último, animal. Por eso, cualquier cosa que destruimos significa nuestra propia degradación.

La taiga es una zona hostil en el que sólo sobreviven los que llegan a un acuerdo con ella. Hay que estar en contacto con la naturaleza para vivir.
Tres son los personajes principales de la película de Kurosawa. Arsèniev, Dersu Uzala y el mundo, porque Kurosawa sabía que todo en la Tierra es símbolo y sin interpretarlo nos quedamos a medio camino del conocimiento. Cada toma se debe mirar desde ahí para captar su autenticidad absoluta. Dersu Uzala apaga un leño porque gime cuando arde, habla con un tigre que le sigue, con todo porque todo comprende y ha de ser comprendido. Enfrente el destacamento militar tarda en comprender que sólo así se puede llegar a un acuerdo con la naturaleza.
El espectador está obligado a entender el sentido de un rayo de sol, a observar los distintos colores del otoño, a vislumbrar lo que dice en su rugir el aire de la taiga. Y, entonces, el mundo se hace enorme al mismo tiempo que acogedor y misterioso.
Pero al mismo tiempo nos narran una deliciosa historia de amistad, conmovedora por su hondura, por su verdad. Una amistad que troncha como a una rama la propia amistad. Queriendo hacer feliz a su amigo, Arsèniev lleva hasta la ciudad a su amigo el cazador. Dos mundos contrapuestos, imposibles de reconciliar y que pelearán hasta arrasar con todo.
Aún me emociono recordando la escena en la que los dos amigos sobreviven a la tormenta de viento en medio de ninguna parte, su reencuentro en medio de un bosque, el rescate del cazador cuando corre peligro de muerte sobre una balsa en un río difícil. Me emociona el mundo de Kurosawa.
Nadie debería dejar de ver algo así.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 7 2012

Truman Capote: El trabajo de un escritor

Las vidas de los escritores suelen ser anodinas. Incluso la de los grandes autores. Sólo algunos pueden presumir de haber pasado por el mundo teniendo una vida especialmente intensa fuera de la literatura. Son personas normales y corrientes: padres de familia, maridos infieles, drogadictos, alcohólicos, enfermos de asma o compradores compulsivos. Tal vez algún exceso al tomar alcohol, mayor desorden en los hábitos o el adorno de la bohemia, les diferencia del resto de los mortales. Pero, sólo, tal vez. Nada de esto es importante. Ni siquiera es relevante si la sensibilidad de este o aquel escritor está por encima o por debajo de la media, si es inexistente. Lo notable, lo verdaderamente interesante de esas vidas, es haber conseguido o no, contar cosas de otras vidas. De los personajes inventados. Que Truman Capote fuera excéntrico, gay o un imbécil, le da igual a todo el mundo. Que Capote elaborase literatura desde aquí o allá, que descubra al lector una zona oscura o inaccesible para que pueda hacerla suya, es algo que transforma en grande el conjunto en su totalidad. Creo yo que este es el gran acierto de la película Truman Capote.  Porque Bennett Miller intenta mostrar un proceso creativo. Aprovecha para presentarnos a un personaje singular que da lustre a la película (eso no se puede negar), pero el objetivo no es hablar de ese personaje, de Truman Capote, sino de su forma de trabajar, de la forma de trabajar de un escritor. De cómo su labor puede modificar el mundo desde la ficción. Durante 1959, en un pequeño pueblo de Arkansas, se comete un asesinato terrible. Dos sujetos liquidan a una familia entera de forma brutal. El escritor se interesa en el asunto y junto a Harper Lee (autora de la novela Matar a un ruiseñor) se acerca a lugar del crimen. Termina conociendo a los asesinos una vez detenidos con los que mantiene una relación muy estrecha. Y de este proceso nace la novela A sangre fría. Cómo Capote ve a uno de los asesinos, cómo le fuerza para lograr información y poder acabar el libro, cómo la vida de Capote comienza a girar alrededor del libro, cómo se enamora (algo así) del asesino y a la vez le utiliza para su propio beneficio, cómo es el proceso creativo. Eso es lo que cuenta la película. Y lo hace desde la zona menos mítica de la escritura. Desde el dolor, desde el riesgo del escritor que pone a los pies de los caballos su vida entera. La película podría haber sido una más. Sin embargo, es sobresaliente por algunas razones. Una ya está dicha. No cuenta la vida de un escritor que ya es sabida y que no tiene demasiado de importante si restamos ese punto de cotilleo que arrastró siempre Capote. Cuenta un proceso creativo. Otra, la más importante, es la inmensa interpretación de Philip Seymour Hoffman. Contenida cuando podría haber sido desbocada no prestando el cuidado preciso, exacta. La dirección de Miller es muy meritoria en este aspecto. Ayuda, y mucho, el maquillaje, la peluquería y el vestuario. Muy cuidado todo. Pero lo que arrastra el conjunto es la comunión de actor y personaje. Philip Seymour Hoffman se lo cree y todos vamos detrás sin rechistar. El trabajo de Catherine Keener (encarna a la escritora Harper Lee), por si era poco, funciona como contrapunto a una personalidad que inunda la pantalla desde el principio y va recortando el mito para convertir en verosímil la figura de Capote. Desde un punto de vista interpretativo la película es fantástica. Dicho esto, confieso que el actor principal no es santo de mi devoción aunque, esta vez, me ha cautivado por completo. Del resto poco se puede decir. Es como si todo quedara eclipsado por personaje y actor. Una fotografía correcta, una música pasable, un montaje acertado. El guión podría ser mucho más profundo. A veces se pierde intentando encontrar justificaciones que corresponden a otros ámbitos. Estupenda película. Una forma de acercarse al trabajo de un escritor. Y no a una vida cualquiera por coqueta, extravagante y accidentada que sea. © Del Texto: Nirek Sabal. Imagen de previsualización de YouTube


ene 6 2012

Jackie Brown: El guión inteligente

El cine de Quentin Tarantino es tan apreciado como denostado. Porque no todo el mundo está preparado o tiene ganas de bucear en el lado más oscuro de la realidad. Porque cualquier cosa que cuenta este director en sus películas se convierte en una radiografía ácida y dolorosa. Porque algunos no digieren con facilidad las nuevas formas narrativas y las niegan desde el principio y pase lo que pase. Todo en el cine de Tarantino es un enorme chiste que hace reír a los que pueden asumir que la vida es un tránsito hacia no sabemos donde que no hay que tomar en serio si queremos sobrevivir.
Jackie Brown es una de las películas dirigidas por Quentin Tarantino. Divertida y tremenda. Sesentera en su concepción estética. Muy bien contada. Una película muy pegada a lo que el director entiende que debe ser el cine (aunque la factura final se retira de los trabajos anteriores del director, la esencia queda intacta; algo más reflexivo y maduro el desarrollo narrativo): una mofa de todo lo que se pone por delante en el universo de unos personajes magníficos. El mundo mirado desde los bajos fondos porque el mundo es eso y no otra cosa; una enorme cloaca en la que todo lo que ocurre se articula alrededor de las motivaciones que mueven al ser humano (vanidad, codicia, venganza y un amor que sirve para maquillar todas las miserias). El cosmos es sólo eso y así nos lo presenta Tarantino.
Jackie Brown es una película con un ritmo narrativo esplédido. A través de rupturas temporales y cambios en la focalización de la acción, el espectador va recibiendo toda la información necesaria sobre los personajes que explotan sin contemplaciones desde muy pronto. Al fin y al cabo, los personajes (las personas) son lo que ven otros de ellos. Sin esa mirada no pueden existir. Y en el cine de Tarantino eso está garantizado: personajes en todo su esplendor. Concretamente, en Jackie Brown, Tarantino juega a eso y nada más que a eso. Todo lo importante llega desde el mismo sitio y si algo termina siendo relevante llega desde el personaje. Utiliza con gran acierto los talentos de Samuel L. Jackson (fantástico y creíble, macarra e intimidatorio, grande), Robert De Niro (divertido y correcto en su interpretación aunque con algún pico artístico como, por ejemplo, el momento en que sale del centro comercial junto a la novia del villano), Pam Grier (resucitada, muy bien fotografiada y defendiendo su papel de forma notable); Robert Forster (tal vez el más discreto aunque en un papel que tampoco da para mucho más) o Bridget Fonda (mucho más contenida que en otros trabajos aunque flojita como siempre). En cualquier caso, la dirección actoral en muy buena. De cada uno de los que componen el reparto, Tarantino saca petróleo (lo poco o lo mucho que ahí). Petróleo que hace funcionar el motor de personajes que llevan en el mundo mucho tiempo sin hacer nada importante.
La película se desarrolla con una trama inteligentísima y muy bien desarrollada, con un final verosímil y acertado. Traición, avaricia, crimen, sospecha, violencia, un lenguaje soez y gracioso por su bajeza. Un enredo que pocos pueden resolver sin caer en el tópico y el territorio común y sobado. El guión es cuidadoso con lo fundamental. Y es honesto. Los diálogos son, en su gran mayoría, excelentes.
No hace falta decir que la banda sonora de la película es sensacional. Es de las que quitan el hipo a cualquiera.
Si tienen un rato echen un vistazo a Jackie Brown. No se arrepentirán.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ene 2 2012

Las tortugas también vuelan: Aterrador impacto en la línea de flotación

Es mucho más sencillo tener esperanza cuando nos engañan que si, por el contrario, nos enfrentamos con la realidad. Esta es terca y no tiene compasión. Al menos la mentira nos otorga alguna posibilidad (engañosa, pero cierta mientras seguimos con los ojos tapados) para poder seguir tirando en la vida.
Lo que digo podría ser un resumen, algo minimalista, de lo que cuenta Las tortugas también vuelan; película del iraní Bahman Ghobadi. El director nos presenta a un grupo de niños que viven en un poblado rodeado de un campo de refugiados kurdos. Y, a través de ellos, el horror de la guerra, de la pobreza, de la violencia de un régimen político (de uno y de todos). Es una película que, si bien no es un ejemplo técnico, nos arrastra a una zona tremenda de la existencia, de nosotros mismos que miramos impasibles cómo el mundo es injusto, cruel y un taller de muerte prefabricada por el ser humano. Los actores no son profesionales, los medios técnicos son claramente insuficientes, los diálogos algo escasos en momentos necesarios. Aunque, a cambio, la naturalidad de los niños que intervienen en la película es maravillosa, la escasez técnica se solventa con encuadres precisos y remedios que nos permiten perdonar  la falta de alharacas y una buena fotografía que lima los problemas del libreto. Sería muy injusto atacar por ese lado el producto. Algunos podrán decir que eso de utilizar a los niños para ahondar en el problema bélico es jugar con ventaja para que las emociones del espectador se disparen, que no deja de ser un truco de pocos quilates. Y es posible que tengan algo de razón. Pero lo cierto es que en los conflictos bélicos los que peor parados salen son los niños, las mujeres y los ancianos. O sea, la ventaja es relativa. Lo cierto es que la película es emocionante, conmovedora, un torpedo en la línea de flotación de todo aquel que tiene un mínimo de sensibilidad. Ayuda mucho la partitura de Housein Alizadeh que acompaña la acción sin grandes excesos musicales aunque con eficacia.
La película roza el documental aunque es ficción absoluta. Pero la cámara al hombro y algunas secuencias que tienen más de denuncia que otra cosa le acercan a ese territorio que muestra un mundo (muy próximo a la realidad) sin que la trama sea importante.
Impresionantes las miradas vacías de algunos protagonistas, la inquietud de personajes que no tienen nada aunque poseen un horizonte lleno de posibilidades que ellos mismos se fabrican. Un muchacho que ha perdido los dos brazos desactivando minas sigue con su trabajo. Con la boca. Un niño con una pierna completamente inutilizada corre y se mueve como cualquiera de los demás. Otro aprende inglés escuchando al líder de los niños que sólo dice alguna palabra en ese idioma. Todos hacen lo que pueden llegar a desear. Y las tortugas en un mundo así pueden volar. Ya lo creo que lo lograrían si se arrimasen a esos niños.
La película pone el estómago del revés. La película deja pegado al asiento. No es una obra maestra, pero merece la pena echar un vistazo a este cine tan corto de medios como gigante en su mensaje. Si se animan no la vean doblada. Pierde todo su encanto. En kurdo se saborea mucho mejor cada palabra de sus personajes.
© Del Texto: Nirek Sabal


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