oct 30 2011

Another year: Pasa la vida

Llevo un buen rato pensando en qué decir sobre Another year. Mido las palabras porque no quisiera caer en lo recargado para contar que es lo que puede tener de especial una película que, en apariencia, es absolutamente simple, que no tiene trama alguna. No es sencillo. Y es que en Another Year, Mike Leight, su director, prescinde de la trama  y convierte a sus personajes, su caracterización, en el centro de una historia que no existe.  Porque su historia es la suma de las seis personas que protagonizan la película. Es difícil de explicar. Una historia sin historia que nos cuenta mucho sobre la soledad, la incomprensión y la falsa empatía. Sin contarnos nada.
Y es que, si uno pretende que le cuenten una historia al uso -introducción, nudo y desenlace- se equivoca escogiendo esta película. La historia es precisamente la falta de ella. Unos personajes, perfectos en su concepción, son los que nos trasportarán a lo largo de las cuatro estaciones por la que Leight les hace transitar.  ¿Para qué? ¿Con qué finalidad? ¿Hacia dónde van? Pues hacia ningún sitio, se limitan a vivir una vida cotidiana, ordinaria, sin pretensiones. Eso es lo que nos muestra el director. No hay hechos  ni situaciones  transcendentes. Y ahí radica la gracia de esta película y en eso Leight que es un genio, ya lo ha demostrado en sus trabajos anteriores (Secretos y Mentiras; Abigail’s Party, entre otras), en  reflejar los ambientes urbanitas y corrientes de la vida en Gran Bretaña, a través de unos personajes completamente redondos. Esta vez nos llevará desde la armonía aparente de lo cuasi perfecto, a lo desquiciante de la insatisfacción, de la soledad. Contrapondrá la contención de lo adecuado y ordenado a lo desbordado, caótico y a la falta de complacencia personal.
La maestría es total. Leight, nos presenta a una pareja madura, un matrimonio modélico, con una vida ordenada. Tom (Jim Broadbent) y Gerri (Ruth Sheen), que viven una relación  plácida, absolutamente cómplice en todos los aspectos de la vida. Él geólogo, ella terapeuta. A su alrededor, Mary (Lesley Manville -posiblemente el mejor personaje de toda la película y la mejor interpretación, también-), la amiga desquiciada de Gerri, insatisfecha de una vida que se le escapa de las manos, absolutamente histriónica y sola, muy sola.  Ken (Peter Wight), amigo de Tom, abocado al alcohol y una inmensa soledad. Ronnie (David Bradley), el fracasado y asocial hermano de Tom que queda viudo sin que sepamos nada de su antes, de su después, ni de su esposa muerta. Junto a estos cinco personajes, para mí los fundamentales de la película, aparecerán los colaterales Joe (Oliver Maltman), el perfecto hijo de Tom y Gerri  y la odiosa, por estupenda, novia de Joe, Katie (Karina Fernández). Pero junto a estos, como una aparición fugaz  al inicio de la película,  Janet (Imelda Staunton), la ansiedad y el desconsuelo contenido en una interpretación que pocas veces, con tan pocas palabras, son capaces de expresar tanto; la infelicidad hecha mujer.
Lo he dicho al inicio, en esta película lo que importa no es lo que pasa, que es realmente poco, sino los personajes. Estoy segura de que no gustará a muchos, la considerarán lenta, falta de ritmo, carente de una acción necesaria. Sin embargo, me parece un estupendo trabajo de elaboración de personajes. Un trabajo espectacular pues, sin que ocurra nada, sólo las expresiones de sus caras, las conversaciones corrientes -como las que podemos tener cualquiera de nosotros-  los gestos, nos pondrán en evidencia la diferencia y el distanciamiento entre los que creemos cercanos.
Puede que sea una de las mejores películas que he visto en los últimos tiempos. ¿Puede mostrarse una tristeza infinita a través de una mirada? Se puede, Mike Leight lo hace. Y puedo asegurarles que si buscan una escena de la historia del cine que les muestre el dolor del aislamiento y la soledad, sólo tiene que sentarse y  ver Another year, esperar a los últimos segundos de la película y les aseguro que la habrán encontrado. Mary (Lesley Manville) se la entregará.
Una película alejada del relumbrón, pero que luce por sí misma. No apta para quien busque grandes acontecimientos, aquí sólo pasa la vida, sin más.
© Del Texto: Anita Noire


Imagen de previsualización de YouTube


oct 27 2011

Darkness: El poder del mal

Tengo serios problemas para seguir en la línea terrorífica del blog. Las dosis de lexatines y otros tranquilizantes no mitigan un ápice la angustia que siento cada vez tengo que visionar la película sobre que les voy a hablar porque, aunque no se lo crean, antes de escribir sobre una película en particular, la que suscribe la ve, o la vuelve a ver, según sea el caso.  La tensión, con esta semana del terror, me está matando. Soy incapaz de meterme en lugar cerrado, a oscuras y sin saber quién es el tipo que tengo sentado a mi izquierda o a mi derecha, para ver una película de miedo. Tengo la sensación de que en cualquier momento, lo que está sucediendo en la pantalla se acabará convirtiendo en un cuento de hadas en comparación con la matanza, de mi persona principalmente, que ocurrirá en la sala de cine.
Por eso, antes de sentarme en la butaca, esta vez de mi casa, la ingesta de una buena dosis de ansiolíticos ha sido apoteósica, creo que si no hubiera sido de esa manera no hubiera soportado el visionado completo de Darkness.
No soy una entusiasta del género, pero pese a la ansiedad a la que me ha arrastrado, he podido disfrutar de esta película que dirigió, hace ya varios años,  Jaume Balagueró (por el que siento un gran aprecio personal, alejado de focos y esas cosas). Puede que la película tire de los tópicos más tópicos del cine de terror: una casa encantada con la estética decadente del siglo XIX,  una madre aparentemente  odiosa (Lena Olin), una niña más lista que el hambre (Anna Paquin), un niño muerto de miedo (Stephan Enquist) y un padre traumatizado (Iain Glenn) en su infancia. Y pululando cerca de ellos, un padre más rarito que un perro verde, y el novio de la chica, muy bien dispuesto para acompañar a lo que sea (Fele Martínez). Eclipses esperados,  niños muertos, planes malvados y el mal que no se ve, pero que está. Pero esta la utilización de los tópicos en este caso resultan, lográn el efecto buscado que no es otro que el de mantenernos en tensión a lo largo de los cien minutos que mide la película. La atmósfera opresiva está presente durante toda la película, los sustos colocados donde deben y la música exquisitamente elaborada para la ocasión. Una película que va creciendo a lo largo de los minutos para llegar a un final que bien merece la pena.
He sentido un miedo irracional a la oscuridad, a caer engullida en la misma tenebrosa oscuridad con la que los protagonistas tropiezan y de la que sólo un acto de amor podría librarles. Y puede, sólo puede, no lo sé, que la bondad de esta película radique en eso precisamente, en que sea algo inmaterial que siempre llega (la oscuridad) lo que nos tenga sufriendo. Una oscuridad, una nada que, al final, ni la bondad, ni el amor la va a poder parar, porque esa oscuridad es precisamente el mal. Y el mal, que todo lo puede, es lo que transforma en terrorífica la realidad. Ese es el mensaje de la película. Por eso, todo lo demás, los personajes que por ahí  transitan con sus pacedimientos, se convierten en meros accidentes para mostrarnos que contra el mal nada se puede
Todo está perdido frente al mal, frente a la oscuridad y yo, aquí sigo, clavada en la butaca, muerta de miedo y cruzando los dedos para que esta noche de tormenta no se vaya la luz.
© Del Texto: Anita Noire


Imagen de previsualización de YouTube


oct 27 2011

Bambi: Terror en el cuerpo

Terror (Del lat. terror, -ōris), según el diccionario de la Real Academia Española significa, entre otras cosas, miedo muy intenso.
Si hablamos de Bambi, la película de Walt Disney, podemos afirmar que lo hacemos sobre uno de los grandes clásicos del cine de terror. Disney ha sido, casi con seguridad, uno de los seres humanos que más ha aterrorizado a los niños del planeta tierra con sus trabajos. Brujas horribles, incendios destructores, madres y padres muertos en circunstancias atroces. Todo lo que uno puede llegar a imaginar en esa zona oscura del ser humano. Es verdad que alternaba el puto horror con alguna cosita más agradable y que los finales eran felices, pero el rato que hacía pasar a los niños este psicópata son inolvidables para todo el que tiene un mínimo de memoria y de sensibilidad. Hagan memoria. ¿Cuándo lloró usted en el cine siendo niño? Hay que joderse; ir al cine siendo una criatura y que te destrocen la tarde o, a los más sensibles, la infancia.
Bambi es un clásico del cine de terror. Asistimos a la muerte de su mamá, al ataque de una jauría en pleno incendio del bosque en el que vive Bambi que casi se lleva por delante a todo bicho viviente (jauría e incendio), a la soledad de un cervatillo con voz de pito que se tiene que buscar una vida de futuro incierto. Viendo esto no se libran de un soponcio ni padres ni hijos. Además, la película se llena de detalles tremendos. ¿Recuerdan a Tambor? Hay millones de muñecos de peluche con la forma de Tambor en los hogares de este mundo. Una ricura de conejo ¿verdad? Tambor era un mamón. Cuando nace nuestro protagonista le recibe llamándole torpe y riéndose de él cuando se cae intentando aprender a desplazarse por sí mismo. Por si era poco, lleva al cervatillo hasta un lago helado (Tambor es un patinador de primera categoría) en el que se mete castañas por doquier (el cervatillo) y termina hecho un ocho. Pero no queda ahí la cosa. No, Disney era mucho más retorcido que todo eso. Tambor conoce a una coneja y se va sin decir adiós. Maravillosa enseñanza para los niños. Tus amigos son unos mierdas o pasa de tus amigos que es más importante tu propio destino. Por cierto, volvemos a ver a Tambor rodeado de varios conejitos. Sus conejitos.
Además del miedo atroz que provoca esta película, hay un aspecto indignante. El papel de cervatillas, mofetillas y conejillas. Observen su coquetería, su atrevimiento, casi la agresividad que muestran para llevarse al huerto a cervatillos, mofetillos (¿?) y conejillos. Y lo desahogadas que son todas ante un mundo horrible. ¿Han pensado que hay muchas más brujas o hermanastras que villanos? A este tío le pasaba algo con las mujeres. Se lo digo yo.
Una de las escenas más terroríficas de la historia del cine es la que nos muestra el bosque ardiendo (eso parece el fin del mundo) y los animales corriendo, intentando salvarse. Espeluznante. Pero, en general, la película es eso, el puto horror hecho realidad. Y la letra de las canciones es, no sé cómo decirlo, tengo dudas, no tengo palabras… ¿extravagantemente horteras? En fin, entre unas cosas y otras, mejor no pensar en esto antes de dormir.
Si su hijo ve Bambi y llora siéntase culpable. ¿A quién se le ocurre, joder?
© Del Texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube


oct 27 2011

Las mil y una noches: Millones de sueños

Los sueños pueden llevar a engaño. La verdad completa no está en un sueño, sino en muchos.
Este mar de moralejas exaltadoras del sexo libre de una belleza casi infantil sin escondite para homosexuales ni prejuicios, censuradoras de hipocresías burguesas y criterios sociales y la fascinación por la muerte que obsesionaban a Pasolini predomina en esta película que, más que erótica yo definiría como onírica y que, mediante la historia principal del joven que busca desesperadamente a su esclava, se entretejen otras, sentenciadoras siempre, dónde la máxima radica en un inevitable destino cayendo siempre sobre los personajes y unas lecciones rotundas y directas hacia el corazón humano.
Lo profundo de lo subterráneo, sea en la orilla del mar bajo el peñón de una isla, en la calma del oasis bajo el polvo del desierto, en palacios dorados bajo piedrecitas brillantes, tiendas y azoteas orientales bajo toldos chill-out o moradas pueblerinas bajo estrellas fugaces, sale a la luz sin posibilidad alguna de salvación ni indulto cumpliendo con su función de alianza con el destino sin más cómplice que el encanto, la belleza y el misterio que Pasolini hace de jóvenes asesinando a otros peor predestinados, ladrones del mismo plato de arroz crucificados en idénticas cruces, monjas violadoras soñando con secuestrar en cestas volantes a impúberes aprendices, desesperados y asqueados de su suerte cruzando a solas un desierto que se arrodillan delante de leones gigantes y les piden un fin, la muerte, el que sea. Leones gigantes selectos en almuerzo que sortean devorarse a unos y cumplir los deseos más vitales de otros.
Los cuentos viejos que escuché de mi padre, también viejo, en su cama gigante y vieja de casi dos metros, y que sigo escuchando ahora en mi cama de 1,35, los sueños viejos que padecí en mi infancia y que sigo padeciendo ahora, toda la fábula vieja que quedó archivada en mi memoria y que yo sigo alimentando como una herencia exquisita e imperdible, significa esta película para mí.
Las mil y una noches, cuando la verdad completa está en muchos sueños.
© Del Texto: Sonia Hirsch


Imagen de previsualización de YouTube


oct 25 2011

The ring: Lo terrorífico ya contado

A mí lo que me quita el sueño, en realidad, son las caras de los japoneses cuando pasan miedo. Sus películas (las de terror) me hacen pasar menos fatiga porque me suelen parecer obras que se apoyan en disparates absolutos y porque los actores sobreactúan más de la cuenta. Pero esas caras son terribles. Parece imposible torcer tanto el gesto.
The ring es una película que hizo mucho ruido en su momento. Pasó por Sitges en el año 1999 y, de allí, salió con los premios grandes pegados al cartel. Mejor director y mejor película. Casi nada. En Estepona también tuvo premio. Y en Bruselas. Francamente, me pareció mucho ruido para tan poca nuez. Hoy me sigue pareciendo lo mismo aunque hay que sumar un paso del tiempo muy lesivo con la película. Sé que esto que estoy diciendo es suficiente como para que los amantes del género de terror intenten liquidarme en breves momentos. Pero no puedo decir otra cosa.
El guión coquetea desde el primer momento con la leyenda urbana. ¿Cómo se alimenta esa leyenda? Del boca en boca. Cuantas más veces se cuenta la historieta más crece y más verdadera se hace para muchos. Eso ya estaba contado en, por ejemplo, Candyman. Así que de novedosa, en ese sentido, tenía poco The Ring.
El guión se agarra a una niña muerta (asesinada) que pide con bastante mala leche ser vengada desde la tumba. Es el vehículo que arrastra la trama hacia el desenlace. Esto ya estaba contado, por ejemplo, en Al final de la escalera. Novedades pocas.
El guionista introduce en el libreto aspectos que podrían sonar a novedosos. Una cinta de vídeo, la televisión y fotografías con rostros distorsionados. En La profecía ya vimos el asunto de las fotos, por ejemplo, desarrollado casi de la misma forma. Menos novedades todavía.
Y la película hizo mucho ruido, entre otras cosas, por la insólita imaginación que se desplegaba en ella. A mí lo que me daba miedo, pero miedo del grande, era ver al elenco poniendo caras. Y la falta de memoria de los críticos.
La factura de la película no está mal en conjunto. El clima que genera Hideo Nakata es meritorio. Mueve la cámara con cuidado y casi no se nota que hay alguien detrás. Va introduciendo despacio elementos que generan extrañeza en el espectador y cierta tensión. También incredulidad. Esa es la parte peor de la cosa porque no desaparece hasta que los créditos llenan la pantalla. Esos elementos se introducen en pantalla sin alardes ni grandes despliegues muy al estilo oriental. Técnicamente todo es normal y pasa desapercibido. Es una película más de trama que de otra cosa. Pero ya he dicho que esa trama estaba contaba y mejor que en The ring.
Acaba la película y uno no sabe qué pensar. Demasiadas lagunas. Se arreglan las cosas con un tal vez. El caso de la identidad del padre de la niña muerta se soluciona con un quizás, la procedencia de la cinta se arregla con otro mundo maligno (lo sueltan en una frase y se quedan tan anchos), el pasado se esboza con demasiados pocos puntos de referencia. No quiero desvelar nada importante del argumento. Ustedes lo comprobarán al ver la película. Y comprobarán lo feo que puede llegar a ser un oriental asustado.
¿Se pasa miedo con The ring? La carátula de la copia que tengo sobre la mesa dice que si no sientes escalofríos es que ya estás muerto. Debo estar en fase de descomposición avanzada porque en 1999 no me inquietó demasiado y hoy menos.
Como todo hay que decirlo, señalaré que The ring se aproxima al terror intentando una mezcla (esto sí que era novedoso) entre tradición y modernidad, lo que produjo un efecto patente en películas posteriores como The grudge. Y eso es un mérito que no se le puede hurtar a la película del director japonés. Y, también, me parece muy interesante como enfrenta la idea de maternidad. La protagonista parece incapaz de hacerse cargo de su hijo y eso sí genera una angustia importante en el espectador. Aún más cuando esa madre encuentra el cuerpo de la asesinada (que llora mocos verdes por las cuencas vacías de su cráneo) y despliega una actitud maternal muy poderosa. Curiosamente, es las escenas en las que se trabaja ese aspecto nadie pone caras.
Una película convertida en producto de culto que repite lo que otros contaron más que bien. Así son las cosas.
Ahora, les pido un favor. Plántense delante de un espejo. Intenten una mueca horrible. Si consiguen el efecto de un asiático sufriendo les invito a que acudan a todos los castings que conozcan. Tienen trabajo asegurado.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


Imagen de previsualización de YouTube


oct 24 2011

Tu madre se ha comido a mi perro

A mí las películas de terror como que me gustan más bien poco. No soy cinematográficamente valiente, no. Por eso cuando me dijeron que tenía que escribir sobre una película de terror me entró algo así como un acojone sin par.
Así que puestos a tener que pasarlo mal, decidí que iba a pasarlo mal, pero que muy mal. Busqué algo que no sólo me diera miedo sino que, encima, me diera asco. Sangre, higadillos, muertos y todo tipo de asquerosidades que me dieran la noche. La decisión estaba tomada: Tu madre se ha comido a mi perro. Esta cinta de cine gore, ronda por mi casa, en formato video VHS desde los 90 y la guardo por una cuestión sentimental, el día que la vi, era tanto el miedo que tenía que al que era mi pareja incipiente en aquel momento, no dejé de sobarle durante todo lo que duró el metraje.
Braindead, nombre original de la película, fue dirigida por Peter Jackson, el mismo de El señor de los anillos, un desmadre de sangre e higado que, pese al cangelo que me da, me ha tenido toda la noche partiéndome de risa, mucha risa. Y es que esta cinta gore es una auténtica comedia de lo más bizarra. Sale tanta sangre que no queda una gota para una transfusión de urgencias si del ataque de risa que te da te caes y terminas abriéndote la crisma
Esta película que se presentó al Festival de Cine fantástico de Sitges en el año 1992 y gano el premio a los mejores efectos especiales (no me extraña por otro lado), es una increible mixtura de locura, comedia y cine de terror.
El argumento es el, tan manido, un bicho encerrado, se escapa pega un bocado a su descubridor y a partir de ahí preparate para morir, de asco, claro. Puede que cuando los guionistas se sentaran a hacer un brainstorming tuvieran en mente a la madre de Psicosis, a Juanita Banana, a Moctezuma y a saber a quien más.
Lionel Cosgrove (Timothy Balme) un jovencito abducido por su madre, Vera Cosgrove (Elizabeth Moody), conoce a Paquita (Diana Peñalver). La madre decidida a entromenterse en la relación de su retoño y la voluptuosa Paquita, les sigue en una de sus salidas al zoo y allí es atacada por un bicho monstruoso que provienen de Nueva Zelanda, un cruce entre una rata y un mono. Con motivo del ataque ratonil, la madre contrae una enfermedad que la transforma en una zombie bastante mal encarada que no sólo se pela a las enfermeras del hospital en el que intentan curarla, sino que se come al perro de Paquita. Bocado que pega, zombie que aparece. Lionel, que intentará continuar con su vida normal, cuidando de su madre, durante un tiempo, va encerrando a los zombies en casa, para evitar que sean descubiertos. Less (Ian Watkin) tío de Lionel descubrirá a los zombies e intentará sacar tajada. Un auténtico despropósito durante un guateque en casa de Lionel, terminará haciendo más poderosos a los zombies. El protagonista con una maquina cortacesped intentará terminar con todos ellos. La madre de Lionel se transformará en un megazombie que sólo morirá al final de un cristo sin precedentes.
Debo decir que me he pasado la película mordiendo la manta con la que me cubrías, haciendo gala de un bonito abanico de onomatopeyas, medio llorando de asco y desternillándome de la risa. Que buen/mal rato he pasado.
© Del Texto: Anita Noire


Imagen de previsualización de YouTube


oct 23 2011

No habrá paz para los malvados: Otra vez lo mismo

A mí esto de vender las cosas como nuevas cuando son más viejas que Matusalén me saca de mis casillas. A mí esto de recibir las cosas como si llegase el maná deseado (porque lo dicen un par de críticos de cierta fama y que han demostrado no saber ni lo que dicen en muchas ocasiones) me parece una muestra de la falta de conocimiento grandioso por parte de muchos y muy peligroso para todos.
Una película de cine es el conjunto que se forma con todos sus elementos. Guión, fotografía, escenarios, actores y actrices, peluquería, producción, música y lo que quieran ustedes añadir hasta sumar todos los ingredientes. Para que el producto final sea una obra de arte, todos esos elementos deben estar en su sitio y deben ser exactos. Además, se necesita un punto de originalidad en el uso de todo eso, una forma única de encajar todo el material. De no ser así, ese producto final será más de lo mismo por muy buena factura que encontremos al ver la película.
Y un buen espectador es la persona que se sienta en una butaca y, sin dejarse llevar por lo que ya está dicho sobre el trabajo, es capaz de mirar sabiendo qué es cada cosa, si lo que le presentan pertenece a lo que ya está dicho mil veces o es, en realidad, algo más que la suma irregular de los elementos. El espectador está condenado a tener criterio.
No habrá paz para los malvados es una película dirigida por Enrique Urbizu. Se han dicho de ella cosas fabulosas. Las salas se han llenado de público para ver lo que nos anunciaban como la maravilla de las maravillas. Y es una película con unos problemas más que serios se pongan como se pongan algunos.
José Coronado es el actor principal. Interpreta el papel de Santos Trinidad. Un policía del que no sabemos apenas nada. Urbizu juega a eso de que el espectador imagine. Un juego peligroso, muy peligroso, porque el espectador no tiene que imaginar nada; lo que debe hacer el espectador es recibir la información suficiente y valorar el conjunto. Urbizu juega a que los gestos del resto de personajes, sus silencios, son los que dan la clave para que podamos imaginar ese pasado. Pero no, no es suficiente. Si no sabemos no podemos comprender. Y si no comprendemos todo se viene abajo. O lo que es peor, los personajes se quedan convertidos en estereotipos. En la película de Urbizu todos los personajes, todos sin excepción, lo son. Santos Trinidad es el gran estereotipo. José Coronado hace un trabajo de altura, eso es verdad, pero el actor en cine nunca puede estar por encima del propio personaje. Si la película fuera Santos Trinidad tendría un pase; pero que la película sea José Coronado es un desastre. Y eso es lo que pasa en No habrá paz para los malvados. Que el policía vaya por libre y que intente acabar con la violencia usando violencia ya lo han contado un millón de veces. Que los árabes son malos y traicioneros, más malos y traicioneros que nadie en este mundo, ya nos lo han contado en los informativos un millón de veces. Que una investigación sobre asuntos feos lleva a un callejón sin salida nos lo sabemos de otras veces. Que José Coronado haga un trabajo espléndido no hace de su personaje nada distinto. Porque sin personaje o, lo que es peor, con el personaje de siempre la cosa no funciona.
El guión no es nada del otro mundo. Y la intención de la película tampoco. Los malos son muy malos y los buenos pueden tener muchas caras. Incluida la de los malos. Todos formamos una amalgama de la que salir ileso es casi imposible. Pues qué bien, pero eso ya está dicho.
La estética de la película, eso es verdad, se arrima a lo necesario. El ajuste de tiempo y tempo narrativo es impreciso (esto también es verdad) al querer el director meter con calzador tramas secundarias que explican (es más exacto decir que lo intentan) la principal. Y como lo que cuentan ya lo sabemos, pierde interés todo. Principal y secundarias. Las interpretaciones (siendo la de Coronado excelente) son correctas y poco más. Y el desenlace es ese al que el cine español nos tiene tan acostumbrados. No hay esperanza para nadie.
Decepcionante. Algunos minutos insoportables. El conjunto suspenso. Digan lo que digan algunos que parece que no hayan leído una novela negra en su vida. Para hacer crítica hay que saber de lo que se habla. Y no hay que olvidar que en el cine hay una cosa que se llama guión y eso es una cosa que se escribe. Y si el que escribe cuenta lo de siempre vamos por mal camino.
© Del Texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube


oct 20 2011

Mis noches son más hermosas que tus días

Las palabras rezan por mí.
He llegado a contar tantas que me he vuelto un profesional del ritmo.
Al levantarme siempre tengo varias palabras cogidas con alfileritos a las cejas.
Trazan símbolos delante de mis ojos.
Algo normal.
La aritmética de las palabras ha sido una de mis pocas ocupaciones serias en los últimos cuarenta y siete años.
Contar y decir palabras. Repetir palabras, frases, números.
He llegado a ganarme la vida con ello, es mi profesión: contar el paso del tiempo a través de palabras, frases, números.
Un profesional de la gramática rítmica y los combinaciones new old style.
Esas palabras, hoy, forman una frase recurrente y reconozco que no paro de dar vueltas, no entiendo por qué ha pasado tanto tiempo sin que se me clavaran en las cejas.
No es normal.
Mira que puedo pasarme días mirando una sola página, una sola portada, una palabra…
Ni idea.
Llego de nuevo a la conclusión que el pensamiento es selectivo, y el mío –aparte- me debe querer mucho y procura no molestarme cuando no debe.
Me las quito con cuidado y las extiendo sobre la almohada.
Es el título de una película que me fascinó durante años.
Durante seis años.
El año uno me fui. El sexto, volví, y la película –y, sobre todo, su título- me acompañaron como nada o como nadie en ese tiempo.
La veía al menos una vez al mes o más, era como una oración que alguien se encargaba de rezar por mí y que me recordaba exactamente lo que soy.
Jamás la vi con nadie y a nadie le he escuchado jamás que conociera esta película. Tampoco tendría nadie porqué.
De vez en cuando mi pensamiento deja caer sola la frase, sin que yo me de cuenta.
La película no regresó del tiempo.
El título y yo, sí.
La dejé caer en un armario de una casa cercana a la Ópera, olvidada a posta, para que alguien la encontrara y me la devolviera.
Algún día.
Jamás la he vuelto a ver y siempre me he dicho que sólo lo haría si alguien viniera ese día con esa cinta, exactamente esa que me acompañó durante seis años y cuyo título me seguirá siempre.
Conservo el reproductor VHS sólo por si llega ese día.
Mes nuits sont plus belles que vos jours (Mis noches son más hermosas que tus días)
Andrezj Zulawski, 1989
© Del Texto: Ruben Barroso


Imagen de previsualización de YouTube


oct 19 2011

Candyman: La coherencia del miedo

¿Cabe en el género de terror cualquier cosa que pueda imaginar el guionista? ¿Es creíble lo que nos enseñan en las películas de terror por el hecho de estar incluidas en una forma de contar que se apoya en sucesos extraordinarios? ¿Hasta dónde pueden llegar las licencias? La respuesta es única para todas esas cuestiones. Si la coherencia interna del relato soporta lo narrado por extraño o fantástico que sea, si es así, lo verosímil llegará sin problemas a pesar de los posibles excesos visuales, sonoros, narrativos. El aliño será cosa anecdótica frente a la estructura coherente. Porque el relato es verosímil si su coherencia interna en poderosa y estable. Eso sólo se consigue si el narrador (es lo mismo que el punto de vista y en cine también lo hay) es capaz de organizar un cosmos con identidad propia en el que se muevan personajes con alma.
Cuando un espectador se sienta en una butaca y diez minutos después no soporta lo que ve es que algo va mal (dentro de la película casi siempre). Eso suele ser el resultado de un mal trabajo (hablamos de un espectador medio). Nunca tiene que ver que la película sea de un género u otro, que el tema elegido sea este o aquel. Eso es otro problema.
Candyman es una película dirigida por Benard Rose. El libreto es obra del retorcido Clive Barker. Se rodó entre 1991 y 1992. Y es una película encuadrada en el género de terror. Una película con un arranque magnífico. Virginia Madsen (con unos kilos de más) se maneja con una soltura que le permite tomar el control desde el principio. No hace de rubia tonta y gritona (como lo son la mayoría de mujeres rubias y gritonas que aparecen en las películas de terror). El director se toma su tiempo para ir presentando a los personajes, para fijar las reglas del juego dejando listo un clima perfecto para que avance la trama y todo encaje. Todo ello dentro de una lógica propia del género de terror. Todo es creíble. Porque, además, con mucha astucia, Rose, elige escenarios muy cercanos y personajes muy bien reconocibles para el espectador. Toda la pantalla va llenándose de colores vivos que destacan entre la miseria de un barrio deprimido. Parecen, esos colores, los faros que la maldad utiliza para saber dónde ir. Allí brillan y allí se cometen los crímenes de todo tipo. Para rematar este arranque, escuchamos una partitura excelente encargada a Philip Glass que acompaña los momentos de tensión y cada susto (también los hay) eficazmente. El escenario, el conjunto de todos los ingredientes, se convierte en el lugar perfecto para revisar el mito de Fausto (ese parece ser el objetivo). El infierno de la realidad, en el que no aparece ni la policía, es el lugar en el que el mal tiende a aparecer.
Tras esa primera media hora espléndida de película, la cosa deriva hacia territorios mucho más convencionales, más llenas de sangre, crímenes violentos y sustos por doquier. Esta es la parte que peor soporta el paso del tiempo por parecerse en exceso a otras películas de terror. Cuando Candyman aparece en pantalla todo se tiñe de rojo y el espectador es lo que ve. Y, desde ese momento, se aprecia una falta de ideas alarmante en el guionista que quiere solventar con un final que puede parecer imaginativo aunque no lo es tanto. Ese final es explicativo, informativo en exceso. Es el cierre de lo que ya está dicho. El discurso de Candyman contiene ese final claramente durante su desarrollo. Y parece que Barker se ve obligado a dar pistas sobre lo que ha tratado: la leyenda urbana. Termina resultando que lo del mito de Fausto es una excusa y que lo importante es lo otro. Es decir, indaga en cómo puede sobrevivir la leyenda urbana, en cómo el personaje es lo de menos mientras se mantenga viva (la leyenda) y en cómo el relato es lo verdaderamente importante. Pues bien, esto es explicado en un final más forzado de lo que espera un buen aficionado al cine de terror.
Acompaña a Virginia Madsen el actor Tony Todd. Si ella está estupenda, él no lo está tanto. Es verdad que el corte del actor es muy shakesperiano y eso ayuda a construir una imagen determinada, pero su papel no da para más. Los secundarios se mueven con cierta normalidad por la pantalla  y no tienen una importancia demasiado relevante. Les matan y esas cosas, pero poco más.
¿Quieren saber si se pasa miedo? Pues al principio todo es inquietante y angustioso. Finalmente, todo es bastante asqueroso. Sangre, fuego y gritos de terror. ¿Es una buena película? Vista hoy, algunas cosas han resistido mal el paso del tiempo aunque en su momento fueron novedosas y atractivas. En conjunto se deja ver a pesar de que el guión pierde mucha fuerza en su segunda mitad. ¿Hay que verla? Claro que sí. Sin niños cerca. Ni miedosos o alérgicos a la sangre.
Ya me contarán.
© Del Texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube


oct 18 2011

El exorcista: El miedo tras el adiós a la fe

Mi propensión a hablar en sueños, a las pesadillas y a los terrores nocturnos viene de mi infancia, cuando padecía de cierto sonambulismo que no afectaba en nada a mi vida normal, pero que me avergonzaba mucho cada vez que despertaba en mitad de la habitación de mis padres haciendo preguntas idiotas, encendiendo luces y demás desvaríos.
Ya de adulta la cosa empezó a preocuparme. Todas las personas que, alguna vez, durmieron conmigo en todos estos años coincidieron en que mis discursos nocturnos resultaban completamente incomprensibles, siempre en un idioma extranjero sin identificar y, a veces, acompañados de unos cánticos esotéricos y demoníacos.
Pero cuando me asusté de verdad fue hace poco al volver a ver El exorcista, cuando el padre Karras, psiquiatra y director espiritual de un seminario en Georgetown, explicaba a la desesperada madre de Reagan los síntomas de una verdadera posesión demoníaca, aquellos que exige la iglesia para la práctica de un exorcismo y los mismos que yo sufría. Claro que, el caso de Reagan resultaba bastante evidente por las manifestaciones físicas y vomitivas, que, en mi opinión, se podrían haber ahorrado. Como dijo el crítico de cine Roger Ebert, de puro espanto, cuando confesó haber perdido la fe en la humanidad: ¿Se ha vuelto la gente tan insensible que necesita películas de tal intensidad para poder llegar a sentir algo?
Yo creo que el horror que nos produce la falta de fe, en la humanidad, la religión, o lo que sea en lo que tengamos fe, nos asusta más que los extraterrestres de antenas verdes o los psicópatas provistos de katanas tras las cortinas. El miedo a perder el mundo seguro en el que vivimos está ahí, en nuestro más inmediato entorno, escondido durante mucho tiempo dónde menos lo esperamos.
El miedo del padre Merrin en las excavaciones arqueológicas de Irak, cuando encuentra las cabezas cortadas de unas estatuas siniestras, mientras una jauría de perros rabiosos se atacan como en una lucha entre el bien y el mal, el vaivén y la crisis de fe del padre Karras debido a la culpabilidad por la muerte de su madre, que lo mantienen paralizado hasta el momento en que vence al diablo, no a través de Reagan sino a través de sus demonios internos segundos antes de salir disparado por la ventana, o el terror de la madre de Reagan ante la arrogancia de los médicos y la irrupción de esa fuerza irresistible que pudo con todo lo inamovible.
Días más tarde de revisar la película indagué en internet sobre mis misteriosos discursos nocturnos con la ilusión de encontrar alguna respuesta excitante, secreta, algo totalmente paranormal y científicamente inexplicable. Sin embargo, mi chasco fue absoluto cuando leí que sólo era un simple trastorno del sueño llamado somniloquio, que ni siquiera es considerado una enfermedad, y que es provocado por cosas tan vulgares como las sustancias psicoactivas, la fiebre, la sobreexcitación o el estrés emocional, y que, encima, se trata de un trastorno infantil que solo se da en el 5% de los adultos. Me contenté pensando en que hace mucho tiempo que perdí la fe en Internet y luego empecé a escribir una serie de dibujos animados titulada Angelita y Angelito. Me reí mucho.
© Del Texto: Sonia Hirsch


Imagen de previsualización de YouTube