sep 28 2011

El guateque: Risas, pero nada más

¿Puede ser una película más divertida que esta? Creo que no. Las hay parecidas, al mismo nivel, pero más divertida es imposible. Porque está concebida para eso, para hacer reír. Ni más ni menos. Nada de guiones sesudos, ni frases de una inteligencia fuera de lo normal. El Guateque es una sucesión de situaciones completamente disparatadas que arrancan con facilidad una carcajada a cualquiera. El camarero borracho destrozando la fiesta y la paciencia de la anfitriona, es inolvidable. Y el personaje que interpreta Peter Sellers lo mismo.
Hrundi V. Bakshi (Peter Sellers) es un actor indio con muy mala suerte. Todo lo que toca lo destroza. Después de hacer explotar un decorado gracias a su torpeza, es invitado por error a una fiesta en la casa de Fred Cutterbuck (Fay McEnzie) que es el director de los estudios cinematográficos. Llega a la casa y con él el desbarajuste. Cada movimiento se convierte en una situación cómica que se resuelve con algo que provoca un caos mucho mayor. Conoce Bakshi a la chica más guapa de la fiesta (Claudine Longet) y terminan gustándose mientras la dueña de la casa (Kathe Green) se vuelve tarumba, Cutterbuck intenta matar al culpable y todo el personal termina borracho o involucrado en un desastre absoluto. Les aseguro que no hay más. Es así de sencillo. Y, de verdad, muy divertido.
El director fue Blake Edwards. Tal vez sea uno de los realizadores que con menos esfuerzo ha conseguido más apoyo de la crítica y del público. Rodó películas más que sobrevaloradas en una época en la que el espectador quería olvidarse de guerras frías y de los peligros monstruosos que le tocaban vivir. Edwards entregaba entretenimiento y todos lo agradecían. Para ser justo, diré que esta película tiene un poco de eso. Para hacer esta película tomó prestada alguna idea del cine de Jacques Tati con astucia y buscando el apoyo de Peter Sellers. Y los guiños al cine mudo son constantes. Desde un comienzo que es una parodia de una escena muy conocida, al uso de la confusión y el error o la cercanía al cine de Chaplin.
Peter Sellers no defiende su papel con la maestría que lo hace en otras películas. Funciona bien porque el conjunto es lo que es. No exige nada del otro mundo. Incluso, llegado el final, el personaje tiende a difuminarse entre el desastre general en lo que se convierte la trama. Pero no está mal. El resto del reparto si está algo más exagerado en sus papeles. Por la misma razón: el conjunto es lo que es y conviene marcar bien el objetivo aunque sea a base de exagerar algunos aspectos. Insisto en que la película no busca otra como que no sea la diversión del espectador.
La música de Henry Mancini, como de costumbre, bien.
Hay algunos detalles que dicen mucho de este tipo de cine. Por ejemplo, aparece un elefante por allí y nuestro protagonista dice que es el símbolo de la India. No lo es. Es el pavo real. Nadie debió pensar en ello o les daba igual. Otro ejemplo. Parece que una pareja es algo inevitable es estas películas. Pues nada, se mete con calzador acompañando la cosa de un final algo estúpido y estereotipado. En fin, que nadie piense que va a ver un peliculón. Eso sí, se partirá de risa.
© Del Texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube


sep 26 2011

Taxi driver: Los pormenores de todo el mundo

Subo a un taxi después de deambular, perdida, horas y horas y en ropa de baño, entre las avenidas de una ciudad en la costa. Es algo más tarde de medianoche. Mi casa está a unos 200 kilómetros de esa ciudad y el taxista accede a llevarme. Doy un portazo y rompo a llorar de una forma enloquecida, patológica. Alarmado, el taxista intenta calmarme y me invita a contarle lo sucedido durante los 200 kilómetros de trayecto. Avergonzada de mi catástrofe y trastornada por la sobredosis de sol y combinados de todo el día, le hago una breve síntesis del desastre con frases inconexas y expresiones incoherentes que lo alarma todavía más. Entonces insiste en parar a invitarme a un café. Pero yo no tomo café, así que me invita a una cerveza en una gasolinera a medio camino. Como necesito un cigarrillo, dejo al taxista en la barra del bar y me llevo mi cerveza al baño, dónde bebo y fumo tranquilamente sentada en el retrete. Cuando salgo, él ya está en el taxi, esperándome. El viaje prosigue mejor, más reposado a medida que voy reconociendo las señalizaciones de mi ciudad. Saco una libreta de mi bolso de playa y anoto a toda prisa y en letra incomprensible el episodio acontecido, más una larga lista de propósitos a cumplir desde el mismo momento de llegar a casa.
Cuando bajo del taxi y subo a casa a por los 170 euros que marca el taxímetro, me siento al borde de la cama y contemplo mi caja fuerte vacía, los bolsillos de toda mi colección de faldas y bolsos vacíos. Vacía la nevera, las ranuras entre los libros, el bajo del colchón y las baldosas del baño.
Bajo a la calle y, con las manos vacías, le pido al taxista que me lleve a un cajero. Lo intento con la tarjeta de crédito. Vamos a otro cajero, y a otro, y a otro. El taxímetro sube, y ya no son 170 euros. De nuevo, vamos en el taxi hasta mi casa. Le ofrezco mi dni, le prometo ir a su ciudad el próximo domingo, abonarle su factura. Entonces, la amabilidad original del desconocido, desgraciado, según creo, se dispersa y desvanece, y la privacidad más íntima surge, con todos sus detalles, en un ataque de cólera salvaje. Mientras él grita con todas sus fuerzas, yo lloro de miedo pensando que unos metros más arriba me espera la calma del bibelot de dónde nunca debí salir. Mientras lloro, pienso que, tal vez, la catástrofe la puedo usar para algo dentro de un tiempo. Quizá para una historia de personajes insociables y retraídos. Miro al taxímetro con sus casi 200 euros en rojo y me pregunto quién lo es más, si el taxista o yo. Seguramente sea yo, aunque creo que todos los taxistas tienen algo de eso. Como lo tendrá el conductor del trailer, o el médico de guardia de un ambulatorio remoto, o cualquiera que, como yo, coexistiendo con cientos y cientos de personas en una ciudad, de día y de noche, llora a solas en un taxi por un dinero miserable con una infinita agenda telefónica de familiares, amigos, compañeros, separados, misteriosamente, por un eterno combate en Vietnam.
Esta noche, este taxista, como el ex combatiente Travis, me mete en el saco de la escoria nocturna más despreciable y sueña, como Travis, en raparse la cabeza, colorearse una cresta bien alta y apuntarme con una magnum 44.
Cuando subí a casa, yo ya sabía todos los pormenores de su vida, que eran los mismos que los de todo el mundo. El taxi se alejaba y aún se escuchaban truenos y detonaciones.
Hace unos meses, haciendo limpieza de escritorio, encontré la libreta con todos mis apuntes del viaje. Imposible traducirlos. Estaban firmados con fecha julio 2.009.   Aunque de los propósitos a cumplir al llegar a casa, pude entender cerrar con doble llave, usar la catástrofe con alguna excusa y no salir hasta después de navidad. Y eso fue lo que hice.
© Del Texto: Sonia Hirsch


Imagen de previsualización de YouTube


sep 25 2011

Sin límites: Sin nada

The Dark Fields es una novela de Alan Glynn. Sin Límites es una película realizada por Neil Burger. El guión de la película es el resultado de la adaptación de esa novela por parte de Leslie Dixon. La película es una castaña pilonga. Inverosímil. Busca el director más las formas que el fondo (eso no podía ser de otra forma puesto que no hay fondo alguno) y todo es un enorme desastre narrativo que trata de salir a flote a base de mucha acción, mucho tópico, personajes misteriosos (es más exacto decir personajes que nadie sabe qué pintan en este asunto y se justifican a la ligera) y mucha escena visualmente correcta aunque vacía. Si esto es lo que le espera al cine en el futuro estamos arreglados. Una estafa, un despropósito. Indignante por ser un insulto a la inteligencia.
El personaje principal es Eddie Morra (un aburrido Bradley Cooper). Se trata de un escritor incapaz de comenzar su novela, con una vida sentimental destrozada y sin un dólar en el bolsillo. Casualmente, se encuentra con el que fue su cuñado. Este le proporciona una pastilla de NZT (droga nueva y carísima) que le permite utilizar la capacidad cerebral al máximo. A partir de ese momento, la vida de Morra se llena de dinero, fama, talento, asesinatos, intriga y todo lo que usted puede imaginar. La trama se desarrolla entre giros imposibles, ideas baratas que se usan para resolver los problemas narrativos y sorpresas que no son otra cosa que trampas (eso sí, no se las traga ni un niño de dos años) que tratan de dar lustre a la idea principal: si la mente humana pudiera aprovecharse al máximo el mundo sería otro. Menuda cosa. Aparece por allí Robert De Niro para hacer uno de los papeles más flojos de su carrera (entre otras cosas porque el personaje que interpreta es un topicazo que no aporta nada ni a la película ni a lo que se ponga por delante). Y poco más que contar.
Mucho juego de imágenes tratadas digitalmente y poco cine. La música no puede ser más ramplona. La fotografía es más producto del nivel técnico actual que del trabajo de Jo Willems. Los maquilladores debían estar en huelga y se limitan a manchar de rojo las heridas y poco más. Nada tiene sentido, nada invita al espectador a pensar en que está frente a un producto de ficción y las reglas del juego son otras. Nada es cine en esta película.
Que el cine sea, entre otras cosas, un espectáculo que busque el entretenimiento del espectador, no significa que tenga que convertirse en una especie de sustancia evasiva sin ningún objetivo y sin el más mínimo fondo. El cine no puede convertirse en una idiotez que consumen los más tontos del planeta. Y esta película es reflejo de lo que pasa más habitualmente de lo que queremos creer. Si pueden no vea este bodrio.
© Del Texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube


sep 24 2011

La conversación: Cuando la película es un personaje

La Conversación es un peliculón. No me extraña que recibiese la Palma de Oro el año 1974 en el Festival de Cannes. Acumula todo lo que una buena película debe sumar. Unas interpretaciones extraordinarias (la de Gene Hackman defendiendo el papel del espía Harry Caul es impresionante); una banda sonora envidiable (David Shire); un guión profundo, tenso, alejado de la ramplonería; una fotografía más que correcta; una planificación exacta. Y un personaje, sencillamente, descomunal. Porque La conversación es una película que se presenta como una propuesta de su director (un Francis Ford Coppola tocado por las musas. Esta película está rodada en la misma época que El Padrino o Apocalipse Now) que se apoya en el personaje. La película es un personaje.
Harry Caul es uno de los personajes mejor diseñados y más interesante de la historia del cine. El conflicto interno y su relación con el mundo aparecen desde el primer momento, van convirtiendo la película en una especie de jaula en la que se mueve un hombre que hace de motor para que todo se conmocione. Como una rata de laboratorio que corre sin cesar dentro de una rueda. Se perfila desde el diálogo, pero, sobre todo desde sus silencios; desde la relación con el resto del mundo; desde una religión casi enfermiza en la que Dios se ve como algo miedoso y al que hay que rendir cuentas cada dos por tres. Harry Caul es discreto, distante, solitario, frío, desconfiado, obsesivo, escurridizo. Todo lo observa desde una distancia suficiente que impide llegar a tener relaciones intentas con las personas o las cosas. Nada de intimidades. Es músico de jazz en sus ratos libres. Pero interpreta la música en solitario. Siente que está escapando siempre. Nadie le comprende porque no cuenta con nadie (excepto con Dios) para ser entendido. Pero Harry Caul tiene un pasado, no está solo en el mundo, siente la culpa agarrada a las sienes. Todo esto, encarnado en Gene Hackman se convierte en un personaje de una potencia arrasadora porque asistimos a la construcción de un alma que evoluciona, que soporta una trama sin problemas, que no dice una frase de más, que escucha y guarda silencios que el espectador puede interpretar conociendo al personaje. Magnífico.
La Conversación es una película que trata el tema de la culpa. Para ello se apoya en una trama que se va aclarando a medida que escuchamos una conversación entre dos jóvenes, en el pasado de Caul, en los peligros del éxito, en la confusión que puede generar el lenguaje si nos dejamos llevar por él y no por todo el entorno. La culpa y la soledad que se genera con ella.
Aparecen en pantalla un jovencísimo Harrison Ford, un correcto Cazale, Cindy Wiliams o Frederic Forrest. Todos muy bien dirigidos en sus papeles, pero con intervenciones cortas y que sólo sirven para iluminar al personaje principal. El despliegue de Hackman eclipsa todo lo demás.
Francis Ford Coppola dirige la película con maestría. Fue guionista y productor, también. El movimiento de la cámara es magnífico. Y algunos planos inolvidables. Comienza la película con un plano picado (es el que pueden ver en el vídeo que encontrarán al final del texto) que nos lleva directos al corazón del relato. Como en las buenas novelas en las que encontramos una primera página que agarra al lector para no soltarle ya; ese primer plano sumerge al espectador en un embrollo difícil de entender, pero que nos invita a continuar hasta el final. Así está planificada la película. Cada plano es el necesario, el justo. Por otra parte, logra sacar el máximo rendimiento de Gene Hackman. Ni un gesto nos hace dudar de la verosimilitud del personaje. Ni uno solo.
Por si era poco, la banda sonora es fabulosa. Y los efectos de sonido estupendos.
O sea, que lo tiene todo. Si no la han visto ya no dejen de hacerlo.
© Del Texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube


sep 22 2011

Baarìa: Desastre a la italiana

La ventaja del formato televisivo para el que hace películas es que una serie puede dilatarse en el tiempo formando las famosas temporadas. Es una ventaja porque los personajes pueden evolucionar con solvencia ya que la medida del metraje es mucho más amplia que la de una película de cine convencional. En formatos distintos al cine las reglas del juego son otras y otras son las técnicas narrativas y cinematográficas. Con esto quiero decir que si un director desea contar en dos horas una historia monumental, o es un genio de la economía narrativa, o el fracaso ronda el trabajo desde el principio. Y la introducción de elementos fantásticos o mágicos en una trama que no es de género no soluciona el asunto. No vale decir que las cosas son como no son.
Baarìa es una película de altísimo presupuesto y de muy bajo rendimiento. Mucho ruido y pocas nueces. Y lamento decir esto porque Giuseppe Tornatore me parece un buen director. Se salva la banda sonora de Ennio Morricone porque es estupenda. El resto es un intento de contar lo imposible; un gran error que trata de salvar las carencias del guión con unas elipsis delirantes e incomprensibles; una muestra más de que los muebles se salvan sólo si es posible y que la emoción facilona para maquillar no es capaz, por sí sola, de rescatar nada. Un desastre monumental muy a la italiana, es decir, entre el caos más absoluto. Decepcionante de principio a fin.
Tornatore quiere repasar la historia reciente de Italia (de 1930 a 1980) manejando tres generaciones de una familia de Palermo. Ese no es el problema. Muchos ya lo han hecho con buenos resultados. Es que además inserta subtramas que inundan la acción y que, encima, no termina de rematar. Ni deja resuelta la principal ni las secundarias. Anunciaron la película como inteligente y divertida. En realidad, es simplona y un tostón.
Actores y actrices se esfuerzan en estar a la altura que corresponde. Sólo Ángela Molina lo logra. El resto queda, efectivamente, a la misma altura de la película. En tierra de nadie, en el limbo de la mediocridad. Sobreactúan, gesticulan inútilmente y vivien dentro del tópico italiano. El cine italiano está muy lejos del tópico italiano.
Sí está logrado el vestuario y los escenarios son muy vistosos. Por supuesto, no es suficiente. El continente soporta al contenido, eso es verdad, pero si no hay nada que soportar, el problema se hace irresoluble.
Lo de los diálogos en esta película es para escribir un manual sobre lo que no debe hacerse nunca. Tal vez sea cosa del doblaje aunque me extraña. Se construyen buscando una sonrisa que no llega porque lo repetido y sabido de sobra suele funcionar mal. Es casi histérico el discurso de los personajes y no acompaña bien la evolución que se muestra en pantalla. Digo evolución por ser generoso. Frases ramplonas, muchas veces fuera de tono, simples y vacías.
Desde luego, la película no pasará a la historia del cine como algo maravilloso. Entre otras cosas porque jugar a la magia para excusar la falta de verisimilitud destroza cualquier propuesta. Ni siquiera la música de Morricone alivia este desastre a la italiana. Ni siquiera la campaña de marketing (inmensa, por cierto) puede hacer rentable lo que no es bueno. Y, por supuesto, la firma de un buen director, sin nada detrás, ya no engaña a nadie.
© Del Texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube


sep 20 2011

Mil años de oración: No comprender otros universos

Es la relación entre padres e hijos lo que quiere ventilar el realizador Wayne Wang en Mil años de oración. Lo hace presentando una película intimista en la que se enfrentan oriente y occidente, idiomas, padres e hijos, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos. Es una película de constante confrontación aunque carente de cualquier tipo de violencia.
Narra como el Sr. Shi (un espléndido Henry O) viaja desde China para visitar a su hija Yilan (Faye Yu) que acaba de separarse. Vamos descubriendo que padre e hija son muy distintos, que lo que para uno es fantástico para el otro es una carga pesadísima. Pero, además del conflicto, vamos adivinando lo que cada personaje encierra. Nada es lo que parece para ellos y el espectador asiste a ese descubrimiento de la mano del Sr. Shi y su hija Yilan. No entienden porque no comprenden el mundo del otro, cómo se estructura y cómo se define su forma de pensar.
Wang mueve la cámara con cuidado. La deja inmóvil mostrando planos fijos de larga duración. Y se centra en el punto de vista del anciano que sostiene gran parte de la carga expresiva del relato. Las cosas pequeñas se tornan relevantes, cada detalle queda flotando hasta el final de la proyección y su suma crea un clima tranquilo, reflexivo.
La partitura firmada por Lesley Barber se ajusta como un guante a la acción. Si la imagen o el diálogo busca remarcar lo íntimo, el sufrimiento personal desde la soledad o las raíces culturales que anclan a los personajes; la música, nota a nota, entiende el objetivo y acompaña, sin grandes intromisiones, coloreando la escena y poco más. Es una banda sonora exquisita.
Henry O defiende su papel de maravilla. Todo el elenco está a una altura notable, pero este actor se mueve con una facilidad y una credibilidad pasmosa.
Si hubiera que elegir una escena que resumiera el trabajo de Wang, sin duda, habría que quedarse con la que muestra al anciano sentado en la cama de su habitación explicándose a sí mismo la verdad de lo ocurrido, mientras la hija escucha desde el salón descubriendo una verdad terca aunque desconocida. Cercano al efecto de la polivisión, esta escena nos enseña dos ambientes distintos en el mismo espacio, dos reacciones distintas e independientes porque no se tocan, una gran equivocación. Resume esa relación entre padre e hija sobre la que planea la propuesta de Wang.
El guión es sencillo aunque está lleno de ironía, de diálogos hondos que indagan en la personalidad de cada personaje para que aparezcan en su plenitud. La conversación del anciano con el vendedor de objetos antiguos es una muestra de esa ironía. La que mantiene el anciano con su hija mientras cenan y le explica el porqué de su nombre una lección de construcción del personaje desde la palabra. Es un guión que deja claro lo que Wang ve en los cosmos de padres e hijos, de las distancias entre ellos, de lo necesario de la comunicación para poder entrar en ellos.
Excelente película. Tanto como el relato de Yiyun Li del que nace. El libro de cuentos de esa autora (en el que se incluye este) es fantástico. Merecen la pena ambas cosas.
© Del Texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube


sep 18 2011

Women Without Men: La belleza del símbolo

Algunas películas resultan aburridas para el gran público porque no se entienden bien. Son propuestas muy exigentes que tienen un hueco concreto y fuera de él no funcionan. Son películas que no manejan lo evidente para contar sino que recurren al símbolo provocando en unos (los que son capaces de ir más allá de lo superficial) una fascinación desbordante y en otros un aburrimiento insoportable. Esto no hace que un espectador sea bueno y otro malo. No. Lo que demuestra es que existen diferentes tipos de espectadores para diferentes tipos de cine. Unos buscan la exquisitez, otros pasar un rato agradable frente a la pantalla. Por eso, encuentro injusto tachar de intelectualoides a unos y patanes a los otros. Es querer convertir el cine en una mofa de sí mismo o en coto privado para los menos.
Alguien que se atreve con el símbolo como herramienta narrativa debe saber a lo que se expone, el riesgo que corre. Porque el ser humano hace mucho tiempo que renunció a buena parte de sí mismo dando la espalda a lo simbólico y apostando por lo material, por lo superficial. Es lo que hay.
Women without men es una película excelente. Pero no a todo el mundo le gustará. La propuesta de Shirin Neshat está construida desde lo que representa cada cosa y no sobre lo que se ve de ellas, desde un tiempo histórico y narrativo difuso, desde un punto de vista muy complejo que nos arrastra hasta lo onírico sin dejar claro qué es real y que forma parte de la imaginación del narrador, desde una acción pasada que busca despertar sensaciones profundas en el espectador; desde una mezcla de religión, violencia, injusticia, incomprensión y espacios físicos cargados de un significado difícil de captar y comprender. Su película habla de las mujeres, de su papel durante un momento muy concreto de la historia iraní, de cómo el mundo puede ser dibujado con trazo diverso por cada una de ellas para que todo termine siendo la misma cosa. Envuelta en injusticia, en un poder atroz de los hombres que reducen a, casi, la nada. Es una película que exige del espectador (occidental) una atención y una comprensión nada habitual. No ya sólo por el contenido del metraje (en sí mismo es complejo, bello, profundo, enigmático) sino por la distancia cultural que hay entre oriente y occidente. Por ejemplo, buena parte de la acción se desarrolla en una casa de campo rodeada por un inmenso jardín. Una de las protagonistas, Zarin (papel que interpreta una escuálida Orsi Toth), ha llegado hasta allí huyendo de su destino. Parece recuperarse y, al mismo tiempo, el jardín florece apareciendo como un lugar bello y agradable. Más adelante, esa casa se llenará de gente. Intelectuales que repiten frases de otros para explicar las cosas, militares que recitan poemas para engatusar a las damas, miembros de la aristocracia iraní que se muestran vacíos e interesados por un poder protector con ellos. Zarin enferma antes de que lleguen, Zarin empeora mucho cuando ya están allí. Todo esto se explica teniendo presente lo que representa el jardín en el mundo islámico. Es un lugar de ostentación de prestigio en el que se puede tener paz, contacto con lo espiritual, Es un lugar en el que corre el agua purificadora y causante de la vida; agua en la que se refleja la luz que es, también, belleza y vida. El jardín representa un orden cósmico. Es el mundo que debería ser. Y conocer esto no es cosa habitual. El que no alcanza a saberlo puede perderse lo mejor e, incluso, aburrirse.
La fotografía de la película (Martin Shahrnush) está cuidadísima y es de una belleza que quita la respiración. Hacía mucho tiempo que el que escribe no disfrutaba tanto frente a una pantalla de cine. Fotografía que se acompaña de una música exquisita. La partitura de la película la firma Ryuichi Sakamoto. Y de un guión consistente, profundo y lleno de significado. Las interpretaciones son todas estupendas. Pegah Ferydoni, Arita Shahrzad, Shabnam Tolouei y Orsi Toth, no son famosas, pero da gusto ver cómo hacen su trabajo. Los diálogos, aunque sobrios, son suficientes para sugerir en el espectador esa forma de entender de la directora. A través de la palabra nos vemos inmersos en una imagen poderosa, de belleza descomunal.
La película habla no sólo de las mujeres sino desde las mujeres. También se habla de los hombres aunque estos forman parte del escenario sin apenas intervenir salvo que la violencia o la injusticia sean protagonistas. La película habla de la importancia de una mujer que está siempre expuesta a ser reducida en soledad. Muestra el lado femenino del cosmos, lo contrapone al masculino y nos ofrece como resultado el mundo en su dimensión más conocida.
Women without men comienza con una mujer, Munis, lanzándose al vacío desde la azotea de su casa. Durante la caída tendremos tiempo de saber por qué hace eso, qué hubiera hecho ella si hubiera podido vivir en libertad, qué piensa de la muerte propia y de la ajena, cómo estructura todo un cosmos. Un suicidio que funciona a modo de metáfora: cualquier camino para las mujeres lleva al mismo lugar salvo retiradas de un machismo estúpido, salvo retiradas en la belleza que salva cualquier vida humana. Antes y después de la muerte, del eterno silencio.
© Del Texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube


sep 16 2011

Mentiras y gordas: Una de las peores películas de la historia

Lamentable espectáculo. Y creo que soy generoso diciendo algo así.
Un grupo de muchachos y muchachas se pasean por la pantalla. Vestidos, desnudos, drogados, sin drogar, descubriendo que son gays, bailando, follando. En realidad es lo de menos cómo aparecen o desaparecen. Son un grupo de chicos y chicas estupendos que no interpretan ni en sueños moviéndose al son de un guión completamente vacío. Creo que no hay una sola frase en toda la película que tenga un mínimo de profundidad. Todo es un desastre.
Intenta el director dar un toque moral al final de la película y reparte moralina barata. No sale, ni una sola vez, del territorio de tópico. Es increíble, pero no lo hace ni una sola vez. Los personajes son planos. Eso es muy difícil de conseguir. Ni queriendo le hubiera salido así de mal. Tratándose de una película en la que se muestran varios millones de fiestas alguien podría pensar que la música destacaría. No. Es otro tostón.
De verdad, no exagero. Es de las peores películas que he visto en mi vida. Y lo más indignante es que este producto va dirigido a los jovencitos. Si puedo, intentaré hacer desaparecer la copia para que mis hijos ni se acerquen a semejante bazofia.
Lo dejo aquí. No creo que merezca la pena malgastar ni un minuto más de mi tiempo.
© Del texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube


sep 15 2011

¿Teléfono rojo?, Volamos hacia Moscú: A caballo del fin del mundo

Es fascinante enfrentarse a la estupidez humana; es un acto al que deberíamos acostumbrarnos inmediatamente. Pero sin tanto alarido de terror ni tanto susto como al que nos someten los medios de comunicación.
¿Somos estúpidos? Claro que sí. ¿Estamos acabando con el planeta? No les quepa duda. ¿Dependemos en exceso de las máquinas? Mejor no pensar en ello. ¿Una pequeña cosa es suficiente para que se produzca un cataclismo? Desde luego. Y como esto es así nos queda poco margen de maniobra. Un par de opciones. O nos reímos de semejante panorama o nos lamemos las heridas en una esquina con la esperanza de que lo malo se acabe lo antes posible.
Stanley Kubrick optó por filmar una película sobre todas estas preguntas manejando la opción primera. Y digo bien, preguntas. Porque en ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú se plantean muchas aunque no se dan soluciones. Se limita a terminar la película de forma poco alentadora, es decir, nos muestra una sociedad devorada por sí misma y pagada de sí misma y todo de sí misma.
La película es impecable en muchos aspectos. En casi todos. El guión, adaptación de una novela, es divertidísimo, ingenioso, sarcástico, inteligente y convierte la trama en una narración de ritmo perfecto. Por otra parte, el montaje es especialmente acertado y ayuda a que el espectador no se pierda entre los tres escenarios principales ni en esfuerzos estériles. La fotografía es inmejorable. El movimiento de la cámara parece medido al milímetro, es exacto, haciendo de cada plano algo mágico e insustituible. Incluso los efectos visuales y sonoros pasan con muy buena nota a pesar de que la película tiene ya unos años.
Pero el gran valor de la película es la dirección de actores que llevó a cabo Stanley Kubrick. Tampoco lo debió tener difícil con el reparto que manejó aunque, incluso a los mejores, hay que indicar el camino justo, la intención exacta.
Por un lado, encontramos a Sterling Hayden interpretando el papel del General Jack Ripper, un tarado que está convencido de tener que iniciar una guerra atómica contra la Unión Soviética. Cree que están siendo envenenados a través del agua, de cualquier tipo de fluido. Hayden defiende el papel con elegancia, con un control absoluto en cada movimiento. Y el papel era difícil de verdad.
Slim Pickens es el comandante de un bombardero cargado de armas atómicas. Es un paleto y está rodeado de ignorantes que obedecen se preguntarse si lo que hacen es bueno o malo (como él mismo). En sus manos está el futuro del mundo. Nadie puede comunicarse con el avión y dependerá de la tripulación que el final sea más o menos feliz. Pickens es ese actor que todo el mundo recuerda subido a una bomba nuclear como si el artefacto fuera un caballo salvaje. Una de las escenas más famosas de la historia del cine. El trabajo del actor es impecable.
George C. Scott es el general Turgidson. De todos los personajes de la película es el más histriónico, el más cómico. No el actor. No. Me refiero al personaje. George C. Scott consigue una interpretación muy divertida.
Pero lo deslumbrante llega con Peter Sellers. Interpreta tres personajes. Un militar, un científico y al presidente de los Estados Unidos de América. Esto es, al Capitán Mandrake, al Dr. Strangelove y a Merkin Muffey. Perfecto en todos ellos. Logra que los buenos modales del militar terminen siendo una ridiculez, el pasado del doctor (nazi alemán) otra ridiculez, y la diplomacia del presidente otra. La película es una sátira y si algo había en los personajes que se pudiera confundir con otra cosa, Sellers lo pone en su sitio.
Apunta Kubrick algún tema que desarrollaría después en sus películas. Por ejemplo, la relación del hombre con las máquinas. Y lo hace presentando situaciones completamente absurdas de las que depende el futuro de la raza humana. La escena en la que el Capitán Mandrake pide a la operadora que le ponga con el presidente del país desde una cabina es inolvidable. El mundo a punto de quedar arrasado y un hombre tiene que reventar una máquina de bebidas porque no tiene cambio. O el doctor Strangelove que se mueve sin control (parece un androide) pegado a su silla de ruedas y a sus aparatos hace pensar en todo lo que hacemos de forma automática como si fuéramos, eso, máquinas.
Kubrick ridiculiza a la clase política, a los militares, las relaciones personales que convierten cualquier cosa en nada. ¿Teléfono rojo?, Volamos hacia Moscú es una sátira convertida en una trituradora voraz que no deja títere con cabeza, una película que habla de nuestra estupidez y del fin del mundo. Algo tremendo que todos tememos y, desde esta perspectiva, nos causa risa tonta.
Los jóvenes pueden echar un vistazo a esta cinta para entender mejor lo que fue la guerra fría, lo ridículo que suena eso de destrozar el mundo por nada (ahora que ya parece haberse enfriado de verdad la cosa es más llevadero). Si pueden, si tienen una hora y media libre, no lo duden; vean la película. Disfrutarán haciéndolo.
© Del Texto: Nirek Sabal


Imagen de previsualización de YouTube


sep 14 2011

Acción Mutante: Palitos de cangrejo en el espacio


Acción mutante, ópera prima de Alex de la Iglesia, fue muy, muy aplaudida. El director estuvo nominado en los premios Goya. La película, además, fue nominada en cinco categorías más y consiguió premio en tres de ellas. La crítica recibió, en general, la obra de De la Iglesia con grandes aplausos y entre mimos. En taquilla funcionó divinamente. Todo fue la mar de bien.
Pero qué quieren que les diga. La película no es para tanto. Y, desde luego, vista hoy da para muy poco. Los años no han pasado sin dejar hecho un solar el espacio que se quedó ocupando esta película que satirizaba sobre una sociedad que ha ido a peor. Como ella misma. Tiene sus cosas buenas. El maquillaje está logrado. Algunas escenas resultan graciosas y está llena de topicazos que se intentan desarmar con un ingenio más cercano al chistecillo que a la fina ironía (la escena del pescador vasco espacial y su cargamento de palitos de cangrejo es buena de verdad). No hace falta decir que el guión, con la excusa de entrar en la ciencia ficción hispana y cutre, derrocha licencias por todos lados. El reparto defiende sus trabajos mejor que peor. Pero claro, defienden trabajos que se quedan lejos de lo que es un personaje con un mínimo de profundidad. Salvo el que interpreta Antonio Resines (nada del otro mundo) el resto de personajes son el límite de lo que son, es decir, una exageración sin más pretensión que llenar un hueco entre disparates.
La violencia de la película (muy al estilo del director) es extraordinaria. Y, ni hace torcer el gesto al espectador cuando debería, ni provoca la carcajada esperada. La trama es delirante. Claro, como los personajes son delirantes, los escenarios son delirantes y el espectador debería delirar desde el minuto uno, la trama tiene que serlo también. Y eso no funciona así. Eso es hacer trampas.
Vale, la película la ves y sonríes en algunos tramos. Pero en conjunto es un pequeño desastre que está en el lugar que le corresponde. Dentro del saco en el que se puede leer: olvidados.

El cine de Alex de la Iglesia ha evolucionado mucho. Ahora, es infinitamente mejor. En Acción mutante ya se dejan ver las constantes que este director ha ido utilizando sin descanso en todas sus películas. En ese sentido, la película presenta cierto interés. Pero no se hagan ilusiones. Si ya resultaba algo extraña y no gustaba a todo el mundo, me temo que hoy resulta muy ridícula y no gustará a casi nadie. Tengo dudas con los jovencitos. Igual este rollo cyberpunk sí les hace pasar un buen rato. Aunque no apostaría más de un céntimo de euro por la película. Puestos a que nos cuenten las cosas con esa estética, mejor ver Blade Runner. Vamos, digo yo.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


Imagen de previsualización de YouTube