jul 28 2011

El diablo sobre ruedas

De la existencia de Dios y de la necesidad de la guerra ya ha hablado mucho Spielberg a lo largo de su cargante filmografía explayándose en una larga lista de títulos que me niego a mencionar por un motivo importante: el único fin de mi colaboración en este blog es la difusión del cine. Entendiendo por cine todo aquél que ya no existe, y que,  desde mi punto de vista, cumple con sus deberes. Esto es: investigación, experimentación, pensamiento y espectáculo. Como mi lista de películas catalogadas dentro de la casilla cine es tan infinitamente extensa, como cada una de ellas requiere un tiempo precioso de revisión, documentación y reflexión, y, como ante todo, esta es una actividad sumamente placentera para mí, yo me niego a perder un sólo segundo en publicitar, todavía más, esa cosa de masas y palomitas, porque si, como dicen, solo es cuestión de pasar un buen rato, tengo yo una graciosa colección de TBOS de Angelito, Hug el troglodita y La terrible Fifí que, con un cocktail saladito y un tanque de cerveza no me muevo  de la cama en semanas.
A pesar de mi aversión por Steven Spielberg, incluyo en esta lista cinematográfica mía, personal, El diablo sobre ruedas porque sí he encontrado en esta película el punto cinematográfico al que me refiero unas líneas arriba. Y no sólo lo he encontrado, sino que la he disfrutado repetidas veces y durante muchos años. Años en los que yo era una aficionada al terror y esta película una de mis pesadillas preferidas.
Esta vez, Spielberg, después de intentar convencernos, en vano, de que Dios existe y la guerra es necesaria, nos cuenta la historia de un tipo amargado de la vida que sale en su coche de viaje de negocios dejando atrás una vida convencional que nos pinta perfecta, pero que, parece, no convence al protagonista. El matrimonio, la paternidad, el adosado con jardín y un tedioso trabajo de viajante parece ser el ideal americano que Spielberg insiste en vendernos, porque mientras más se aleja David de todo eso, más se le castiga. Esta vez, el castigo tiene la forma de un inmenso camión cisterna que no deja de acosar a David en un viaje sin fin. El conductor de este camión cisterna no muestra su rostro en ningún momento, por lo que el propio camión se convierte en el verdadero antagonista. Brillante idea de Spielberg.
David es ridiculizado y menospreciado durante toda la película, resultando un calzonazos simplón reducido por una máquina y sin recurso alguno para pasar un día fuera del adosado con jardín.
Esto, el empequeñecimiento de un hombre por una simple máquina que, sin razón aparente, le hace el viaje imposible, y a la que es inútil suplicar que se detenga, me pareció el truco infalible de Spielberg en esta película. Lo que me encandiló a los 12 y a los 20 y lo que me sigue encandilando a los 37.
Desde luego, la imposibilidad de llegar a alguna parte cuando uno se desvía del camino establecido, la claustrofobia de las carreteras rectilíneas, la inseguridad de los moteles desolados y la atmósfera polvorienta del desierto le quitan a uno las ganas de salir corriendo. Mucho mejor un estilo de vida conservador y puritano dónde vivamos seguros con un Dios que nos protege siempre y una guerra que nos salva, que acabar al atardecer al borde de cualquier carretera lanzando piedrecitas al vacío. Bonito plano final éste. Insoportable Spielberg.
(Por cierto, no sé si Spielberg se escribirá así. Ustedes me disculpan, en cualquier caso).
© Del texto: Sonia Hirsch


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jul 27 2011

Muerte en Venecia: el movimiento del alma

En el vocabulario platónico, belleza es el nombre concreto de lo que solemos llamar perfección. Ateniéndome rigurosamente al pensamiento de Platón, y, por otro lado, contando con la premisa de Visconti, yo definiría Muerte en Venecia con esta reflexión platónica: en todo amor existe un afán de unirse el que ama a otro ser que aparece dotado de alguna perfección. Es pues, un movimiento de nuestra alma hacia algo en algún sentido excelente, mejor, superior. Que esta excelencia sea real o imaginaria no hace variar en lo más mínimo el hecho de que el sentimiento erótico –más exactamente dicho, el amor sexual- no se produzca en nosotros sino en vista de algo que juzguemos perfecto.
Resulta inevitable enamorarse fatalmente de una película que comienza con la Quinta Sinfonía de Mahler acompañando a Von Aschenbach en su viaje en vapor a Venecia. Una Venecia sensual y decadente que hace de escenario perfecto en la historia de un compositor frustrado en busca de la belleza verdadera y absoluta proyectada sobre un pálido Tazdio. Todo ello con las mínimas palabras y en una extraña paz en la que sólo se atisban restos de realidad mediante una epidemia de peste que lo envuelve todo, pero que nos mantiene aislados al protagonista y a todos los estetas platónicos del mundo.
Un verano sofocante y perfecto de perfectas playas y casetas blancas de rayas perfectamente delineadas dónde una familia de mujeres de sombreros idénticos y perfectos desfilan bajo sombrillas de sol junto a un Tazdio con vestimenta  marinera, peinado y bañador increíblemente perfectos.
Para rematar tanto exceso de perfección, el final más perfecto que jamás contemplé desde mi butaca de muelles desafinados: la belleza que Von Aschenbach intenta recuperar en un último amago de juventud, ridiculizado con toneladas de maquillaje y tinte capilar, se desliza en sus mejillas mientras su cadáver contempla desde la hamaca como Tazdio se adentra en el mar haciéndole señas desde la orilla. El sol sobre el agua indica que está atardeciendo y la Quinta Sinfonía de Mahler ultima esta historia perfecta. Perfecta.
Ateniéndome, otra vez, a la teoría platónica, sin el anquilosamiento general del individuo y la reducción de una existencia y un mundo real ¿sería acaso posible enamorarse? ¿acaso afectaría algo al enamoramiento de Von Aschenbach si supiese que ese ideal perfecto llamado Tazdio tuviese realmente miles de taras y desperfectos? ¿Cuál es la tara y el desperfecto para mí, para mi vecina C, para mi peluquero A y cuales para Aschenbach?
Aquí dejo mi texto imperfecto sobre una película perfecta. Yo sigo con Platón.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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jul 26 2011

Lawrence de Arabia: El personaje que manda

Lawrence de Arabia fue la triunfadora del cine mundial el año 1962. Hoy, posiblemente, no lo sería tanto. No por ser una mala película o por haber envejecido mal, no, no es por eso. El problema es que hoy el cine se ha convertido en otra cosa. Hoy, las grandes superproducciones son grandes negocios construidos desde el alarde técnico y la espectacularidad de los efectos especiales y visuales. Hoy, los grandes repartos no tienen porque ser los compuestos por grandes actores. Basta con que sean los más famosos y bellos. Hoy, los guiones huyen de la profundidad para ser accesibles a cualquiera, lo que resulta aburrido y, casi, patético. Por supuesto, aún se encuentran excepciones que reconcilian con el cine aunque sea un rato. Pero es apabullante el número de películas que nacen de subvenciones y negocios fuera del cine que se enfrentan al propio cine.
Lawrence de Arabia narra dos historias fundamentales. La de la independencia del pueblo árabe y la de la independencia de un hombre. La primera llena de batallas en las que los árabes intentan acabar con el poder turco. La segunda llena de batallas de Lawrence contra sí mismo. Es esta zona expositiva, sin duda alguna, la más importante de la narración. Porque la película es el personaje. Desde luego, el escenario (un desierto abarca todo lo que existe en el mundo que presenta David Lean) es fundamental, un pueblo árabe que busca su propia identidad recuperando su tierra es necesario para entender el conjunto, pero no dejan de ser complementos, elementos en los que se apoya el guionista para explicar el carácter de Lawrence, su forma de vida.
Lawrence de Arabia es un peliculón en todos los sentidos. La duración alcanza los 217 minutos (en su versión íntegra), la ambición de su estructura es grandiosa, la historia que cuenta roza lo mitológico en su afán por buscar llegar a la conmoción interna del espectador cuando se encuentra frente a problemas que le tocan de cerca. También, la cantidad de extras es apabullante, la cantidad de escenarios y su envergadura insólitos, el despliegue de medios técnicos (en esa época) deslumbrante. Un reparto que tira de espaldas completa el proyecto: Peter O’Toole, Alec Guinness, Anthony Quinn, Jack Hawkins y José Ferrer entre otros. Es una película deslumbrante en la que el espectador va asimilando ese desierto infinito y lo que va pasando en él. Aunque esta película es el personaje rodeado de lo demás.
Lawrence es ambiguo. Busca la excelencia sabiéndose limitado. Hace algunas cosas para ser adorado y, al mismo tiempo, busca la libertad y el progreso de un pueblo entero; es entrañable y cruel; ama y desprecia la misma cosa; llora la muerte de una persona cuando, minutos después, provoca la de cientos. Sueña ser lo imposible por lo que sufre de principio a fin. Lawrence quiere inventar un mundo que ya existe desde el principio. Es anárquico y asume su rango en el ejército. Busca la utopía y se topa consigo mismo a cada paso que da. Pero el gran problema de este personaje es que lo encarna un actor que, por aquel entonces, carecía de experiencia, Peter O’Toole. Algo histriónico, muy forzado en las secuencias de carga narrativa extrema y, siempre, a punto de perder la credibilidad. Seguramente, esa falta de experiencia pudo más que la dirección de actores porque viendo al resto del elenco no cuadra la interpretación de O’Toole. Afortunadamente, este pero queda a la sombra de la grandeza del conjunto.
Una de las cosas más agradables de la película es la puesta en escena. Actualmente, casi nadie se refiere a algo tan importante como esto. Cada encuadre, todo el diseño de la película, con los escenarios al servicio del relato y de la evolución de los personajes, se convierte en una demostración extraordinaria de buena narración y, sobre todo, de como hacerlo. Fantástico, de verdad.
Por supuesto la banda sonora (Maurice Jarre), famosísima, es estupenda. Acompaña, en sus diferentes variantes, desde el principio hasta el final, matizando con pulcritud cada imagen, haciendo grande lo que podría pasar desapercibido.
Fascinante es la muestra que nos llega con la película de lo que supone el choque de culturas. Lo que parece salvaje contrapuesto a una educación exquisita que resulta ser atroz. El desprecio del occidental que va cavando su propia tumba frente a lo hostil del entorno y del que lo ocupa. Lo que supone un disfraz que termina cayendo por su propio peso.
Y algo de lo que avisa uno de los personajes al comenzar la película: ¿Era para tanto esto de Lawrence? Usted debe sacar sus propias conclusiones. Pero para ello debe sentarse frente a la pantalla con tiempo y con ganas de dejarse cubrir por la arena del desierto.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jul 24 2011

Territorio prohibido: Una castaña rodeada de falso ingenio

Crossing Over (Territorio prohibido) es una película que intenta contar muchas cosas. Como excusa para hacerlo utiliza un tema central de fondo: la inmigración en los Estados Unidos. Y, por supuesto, el resultado es un desastre. Porque da la casualidad de que es al contrario, justo al revés. El tema nunca puede ser una excusa o un vehículo.
Crossing Over es una película coral en la que el guionista y director, Wayne Kramer, intenta trenzar un importante número de tramas y sólo logra quedarse al nivel de lo anecdótico de todas ellas. Une las cosas de forma forzada y artificial, deja enunciados los problemas y, cuando presenta alguna solución a modo de desenlace, lo hace deprisa y corriendo. El resultado, insisto, es un desastre.
Crossing Over está muy cerca del estilo narrativo de Crash, algo más alejada de Babel, y salpicada de las mismas trampas, de las mismas carencias y de las mismas ventajas. Si Crash, a pesar de lo mucho y bueno que se dijo de esa película, era ventajista, esta lo es mucho más y lo es de forma más tosca. Si el espectador rasca un poco, procurando entender, se encuentra con poco o nada. Pensar sobre lo que nos cuentan significa que la estructura narrativa se viene abajo con una facilidad pasmosa. Es algo parecido a encontrarse con una bonita casa sin cimientos ni muros de carga. Un tabique aquí, un jarrón allá y un soplido que lo derrumba todo. Los tabiques serían el fanatismo ideológico, las costumbres incomprensibles e inadmisibles para pueblos extraños, el intento del ser humano que le hace progresar, los abusos de los que tienen un sello en la mano y pueden firmar un expediente, el precio de las personas, las carencias ideológicas que sufren los jóvenes entre la incomprensión social, los movimientos solidarios entre gentes de la misma raza. Mucho jarrón y poco cimiento. Porque esos cimientos deberían ser los conflictos de los personajes, su evolución, la profundidad de las ideas a través de los diálogos. Y esos no están. Ni rastro de ellos. Y, por ello, la película se convierte en una especie de telediario en el que aparecen famosos. En realidad, lo que nos presentan es ese largo listado de cuestiones a modo de inventario.
Cada personaje se mueve en un escenario distinto en el que se desarrolla una trama que parece, en principio, independiente. ¿Cómo termina siendo una sola cosa tanta historieta suelta? Pues porque dos de esos personajes que andaban a lo suyo se encuentran en un mismo lugar. Por ejemplo, en una tienda en la que se va a cometer un robo. Voilà. Ni más ni menos. Para el que no quiere pensar sobre lo que ve, esto puede parecer una cosa muy curiosa o una muestra de ingenio asombroso. Pero no, esto es una chapuza. Incluso un recurso como el azar debe estar perfectamente justificado dentro de una estructura narrativa.
Los personajes se quedan sin profundidad, apenas conocemos nada de ellos, sólo lo que les sucede en un momento concreto. Por eso no entendemos las razones por las que hacen esto o aquello. No sabemos y, lo peor, no nos importa en absoluto.
Territorio Prohibido es una película realizada pensando en el espectador. Tan sólo en el espectador. Y eso tampoco puede ser. Hay que saber que está, pero no se puede hacer cine de cara a la galería. De ese afán por gustar a todos llegan guiones insultantes, actuaciones forzadas y aburridas, o un montaje tramposo que sorprenderá por su magia (¿?) al unir piezas de un puzzle en el que no hay una sola que encaje salvo a martillazos.
Harrison Ford (hace de policía lleno de humanidad) se aburre y aburre a los demás. Ray Liotta parece que pasaba por allí y se quedó porque no tenía cosas mejores que hacer. El resto rozan la mediocridad y la falta de credibilidad, quizás más por la falta de personaje que por su propio trabajo.
Ya hay que decirlo con claridad: esta película es una castaña pilonga que juega a ser profunda y emotiva, a ser el gran cofre filosófico del siglo XXI, a ser una muestra de fotografía perfecta y a ser la inteligencia hecha realidad. Pero es superficial, las ideas que plantea son propias de enseñanza primaria, técnicamente es muy normalita y su desarrollo es previsible, previsible hasta la extenuación (la del espectador, claro).
Ahora, si quieren, pueden verla. Yo les he avisado.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jul 22 2011

Cuento de invierno: Las ganas de encontrar

En el 99 me casé y adopté a un perro. Era un lunes de noviembre alrededor de la una de la tarde, sin anillos, invitados ni fotógrafos. Inmediatamente después, todavía vestidos de boda, hacíamos la compra en el supermercado más cochambroso de la zona. Cinco años más tarde, tras un traumático interrogatorio con la guardia civil, yo celebraba mi divorcio en los juzgados de viapol emborrachándome con mi, ya, ex marido y nuestro abogado en un cervecería cercana. Yo quería otra cosa.
En esa época yo leía a Herman Hesse y coleccionaba todas sus frases. Había una entre todas ellas, en la que creí firmemente toda mi vida, que decía que las cosas sólo ocurren si se desean con todas las fuerzas.
Muchas veces intento recordar en qué justo momento me percaté de que me había equivocado de dirección. En que momento decidí qué cosa quería y a desearla con todas mis fuerzas. Cuando intento regresar a ese tiempo y a ese lugar, me encuentro siempre con el mismo banco de niebla dónde pierdo la vista, y, hasta la memoria, intentando atisbar aquella circunvalación secreta que me dejó, años más tarde, en mi preciado destino. Imposible distinguirla.
Pero aquella circunvalación tenía una serie de encrucijadas, todas ellas muy parecidas entre sí, y yo, que sólo sabía que quería otra cosa, mi cosa, y que no contaba con brújula ni veleta, volaba a capricho del viento de un extremo a otro, sin arneses ni paracaídas.
Pasaron siglos hasta que conseguí pisar tierra firme. Pero ni el tiempo ni las brújulas me dieron jamás pista alguna del qué, cómo y dónde de mi otra cosa. Porque de esas cosas ni siquiera podemos contar con su existencia.
Todo sucedió una noche de enero, bajo una terrible tempestad, cuando me quedé encerrada dentro de una cabina telefónica rodeada de naranjos, y, cuando al borde de la desesperación, sufrí un cruce de líneas al intentar felicitar a mi madre en su 76 cumpleaños.
Se presentó con forma de espía en helicóptero, gabardina beige y vino francés en el bolsillo. Sobrevolé , dentro de la cabina, varios edificios en demolición hasta aterrizar en mi azotea. Pasé toda la madrugada y las 5.000 siguientes hablando en ese cruce de líneas delicioso que llevaba toda la vida esperando y dejé a mi madre al teléfono con un especialista en animales exóticos que ella tanto había buscado para su colección de periquitos.
Estuve a punto, ahora, de escribir al final valió la pena, sin embargo no es así. No es cuestión de que valga la pena, o no, ser persistente. No es eso. Es inevitable, creo yo, intrínseca en la naturaleza humana, esa automática tenacidad mía como la de todos. Cómo tampoco se podría denominar suerte a este tipo de sucesos, porque no lo es.
Creo que Eric Rohmer quiso decir lo mismo que Herman Hesse en su Cuento de invierno y lo mismo que yo he pensado toda mi vida. Creo que el constante estado de espera de Felici por encontrar una cosa llamada Charles corresponde, más que a la suerte, a las ganas de encontrarlo. Las ganas hacen la necesidad y la necesidad la certeza del encuentro. Charles aparece en el autobús como podría haber aparecido en mi cabina de teléfono, en un milagroso cruce de línea.
Y, aunque al final de la película nos preguntemos por el después, ni Rohmer ni Hesse le dieron más importancia, porque ni los cuentos tienen después, ni a los que nos hemos pasado la vida esperando ese fin, nos cabe después alguno. Estos cuentos de finales felices tienen eso, unos créditos rotundos y absolutos dónde, por un momento uno se hace muchas preguntas que acaban olvidadas segundos más tarde. Sólo unos segundos más tarde.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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jul 21 2011

La maldición del escorpión de jade

Woody Allen puede hacer cine de mucho calado o de entretenimiento. Con la misma facilidad. Sus películas pueden gustar más o menos, pero son, sin duda, buenas muestras de lo que es el cine. Generalmente, de buen cine.
Es verdad que los guiones incluyen temas muy recurrentes del director que salpican todo lo que hace. Y es verdad que esto puede resultar algo reiterativo y causar fatiga en el espectador que sigue la obra de Allen con cierta regularidad. Pero también es cierto que, concretamente las comedias firmadas por este director, poseen una carga irónica fuera de lo corriente, un ritmo muy amable en sus desarrollos y una dosis de creatividad que las aleja de lo puramente convencional. De hecho las arrima al cine de mediados del siglo XX, un momento en que ese tipo de cine divertido y bien realizado tuvo su momento de esplendor más acusado.
La maldición del escorpión de jade incluye en su desarrollo todos los ingredientes necesarios para convertir la película en un vehículo de divertimento sin caer en una ligereza excesiva o en lo facilón del chascarrillo. Ingenio desde el principio arrastrado desde un guión muy bien trenzado (algo previsible en su desenlace, todo hay que decirlo); un ritmo que, sin dar respiro, deja que los acontecimientos fluyan en el momento más adecuado; un clima muy propicio que recrea un momento desde la óptica más agradable posible (la película está ambientada en la norteamérica de los años 40); mezcla de parcelas contrapuestas que garantizan conflictos que rozan el ridículo (sexos opuestos en constante lucha dialéctica y emocional, lo moderno y lo clásico o elegancias arrolladoras frente a sencillez arrolladora también); un enredo desbordante en situaciones que pasan de lo normal al disparate. Y magia. No ya la que el cine contiene en sí mismo sino la de verdad, la que hacen los magos con sus ayudantes.
El protagonista, C. W. Briggs (interpretado por Woody Allen), es un investigador que trabaja para una compañía de seguros muy tradicional. La protagonista, Betty Ann Fitzgerald (la encarna Helen Hunt) acaba de llegar a esa empresa para modernizar todos los procesos. Se odian. La dama resulta ser la amante del director de la aseguradora, Chris Magruder (este papel lo defiende Dan Aykroyd). Durante una celebración en la que se encuentra presente buena parte de los empleados de la empresa, un mago hipnotiza a C.W. y a Fitzgerald. Resulta ser un mago malhechor y utiliza ese estado hipnótico (del que salen y entran escuchando una palabra) para robar en las casas aseguradas. Todo se va complicando entre policías, investigadores privados, damas adineradas y de una sofisticación casi absurda (Charlize Theron interpreta el papel de Laura Kensington, rubia, guapa, millonaria y, eso, sofisticada hasta la ridiculez). Cada secuencia es más ingeniosa que la anterior y se llena de un combate dialéctico imparable entre los protagonistas que hace reír al más reacio de los espectadores.
No debe buscarse por debajo de lo superficial en la película. No hay nada más que lo que se puede ver. ¿Es esto un acierto? Posiblemente, sí. El cine ha perdido mucho de ese carácter que tuvo y que pretendía hacer pasar un buen rato al que miraba. A nadie le puede hacer daño pasar hora y media riendo y olvidando los problemas.
El vestuario está muy bien cuidado. Exagerado cuando es necesario matizar algún aspecto concreto de la personalidad del personaje, sencillo cuando el personaje ejerce más de actante que de otra cosa. Y esto, que no suele ser contemplado por muchos como importante, en esta película es fundamental. Woddy Allen no era el actor más adecuado para interpretar su papel. Por su edad, por su falta de corpulencia, por la cara de pasmado que tiene el hombre. A través del vestuario se logra que todo encaje mejor. Tengan en cuenta que, para mayor dificultad, se ve envuelto en un lío enorme junto a Helen Hunt y a Charlize Theron. Por supuesto, la música, como ya es tradicional en las películas de Allen, acompaña como un guante la acción. Una partitura sin grandes pretensiones como la película en su conjunto.
Los actores y actrices están estupendos. Muy en su papel y muy bien dirigidos. Da la sensación, en todo momento, que disfrutan con su trabajo.
Una película que pueden ver todos los miembros de la familia. Una película sin exigencias intelectuales. Una película muy divertida. Yo no me lo pensaría y programaría una sesión de cine club en casa. Con palomitas y esas cosas.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jul 19 2011

Un cuento chino: La importancia de las cosas pequeñas

Me gusta mucho esta película. Sé que cuando se hace crítica decir algo así es como no decir nada. Debería estar hablando de movimientos de cámara, de encuadres; del montaje, más o menos acertado, o de la capacidad para hacer que los actores hagan su trabajo que desarrolla el director. Pero lo dejo para el final. Esta vez como adorno a lo que realmente me ha interesado de la película. Para el final junto a un par de peros apenas importantes.
Me gusto mucho esta película porque el título me recuerda mucho (también) a lo que es el cine actual. Hoy prima lo espectacular, lo grandioso, frente a lo esencial. Parece que sin grandes explosiones, sin un 3D maravilloso, sin un giro descomunal en la trama (aunque sea chapucero e inverosímil); parece que sin eso, cualquier película está condenada a pasar desapercibida, a fracasar en taquilla y ser denostada por un tipo de crítica que convierte esto de analizar el cine en eso, en un cuento chino.
Me gusta mucho esta película porque se sostiene sobre cosas pequeñas, sobre todo aquello en lo que reposa la realidad (y la ficción, pese a quien pese), sobre lo absurdo, sobre lo que nos ocurre cada día en el puesto de trabajo, sobre nuestra pequeñez, sobre nuestro modo de entender lo inexplicable que no es otra cosa que la razón por la que estamos en este lío de la vida. ¿Acaso hay mejor forma de buscar un sentido último a nuestra existencia que intentando descubrir lo que significa el día a día? ¿No se desmorona nuestra civilización cuando hemos intentado sujetarla a la grandeza y a lo global? De esto habla Un cuento chino. Del sentido último de nuestra existencia como individuos. Efímera y pequeña.
Me gusta esta película porque plantea cualquier cosa desde la dualidad. El mundo no está ordenado desde el sí o el no. Debe ser que este cuento chino se llama así porque arrastra eso tan conocido del yin y el yang y que pocos tratan de entender. Todo es dual. Todo es sí y no. Ordenando el guión desde esta premisa la cosa tiene más posibilidades de ser coherente y no convertirse en un desastre ideológico absoluto. Algo a lo que nos hemos acostumbrado peligrosamente.
Me gusta Un cuento chino porque narra algo universal. Todos, al fin y al cabo, buscamos la misma cosa, todos queremos descubrir de qué va todo esto. Buscamos grandes soluciones porque creemos que nuestros problemas son grandes, inmensos. Y nuestra vida es una miniatura si la contemplamos incrustada en el todo que representa el cosmos. En la película todo es pequeño. Y con ello se consigue ver (muy de lejos) lo enorme. Pero sólo muy de lejos.
Y también me gusta porque allá donde aparece Ricardo Darín se prende la luz. Este actor no falla ni queriendo.
El guión va de lo divertido a lo solemne. Sin grandes obligaciones para el espectador. Bien estructurado, fluido y ajustado a lo que pide la acción. Tal vez sobra la explicación a la actitud del personaje principal. Es innecesaria y, con ella, procura explicar lo que quedaba implícito desde el principio. Cualquier explicación parecida hubiera colado. Por tanto, sobra.
Huang Sheng Huang acompaña a Darín como protagonista. Parece lo que tiene que parecer. Un hombre desamparado. Aquí se ve con claridad un trabajo notable del director Sebastián Borensztein al encauzar el trabajo del actor con acierto. Muriel Santa Ana acompaña, también a Darín, como secundaria. Da la sensación de que no existe química alguna entre ambos, pero es que es de lo que se trata. Por tanto, otro acierto en la dirección de actores.
El montaje es, francamente, bueno. Permite saber lo necesario aunque deja fuera cosas. Si hubiera eliminado esa zona expositiva tan explicativa hubiera sido perfecto.
La música, afrancesada, pasa desapercibida y no molesta.
Y el ritmo narrativo es sólido. Sólo se pierde al final con tanta explicación. El director, arriesgando tal y como están las cosas, deja el final en el mismo estrato. Nada de cosas espectaculares.
Agradable, sencilla, muy amable con cualquier tipo de público. Y Darín. No dejen de verla.
©Del Texto: Nirek Sabal


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jul 17 2011

Starship Troopers: Fascismo de pacotilla

Imaginen un mundo amenazado por la raza extraterrestre más violenta y destructiva que jamás ha conocido el ser humano. Qué susto ¿verdad? Lo que esperaría cualquiera es que el hombre luchara sin descanso para no desaparecer. Algo así.
Esto ya ha pasado. Hitler inventó esa raza violenta y destructiva. El mundo en peligro, puesto que el pueblo judío era más poderoso cada día. Puso su maquinaria de propaganda a funcionar para que esa idea calara en todo estrato social. Antes, Nietzsche llamó gusanos a unos y aristócratas a otros. Hitler recogió la idea, la hizo suya y estructuró un partido fascista que salvaría a la raza de esos gusanos que eran los judíos. Pero, de paso, arrasó con todo lo que no simpatizaba claramente con sus ideas. Y, por fin, hizo que estallase una guerra mundial para extender sus ideas y su poder.
Pues de algo parecido a esto habla Starship Troopers, película firmada por Paul Verhoeven que construye un escenario futurista inundado de estética fascista, de ideas fascistas. Uniformes de corte nazi, publicidad manipuladora y exagerada (todo se vende como maravilloso incluida la guerra y, por tanto, la muerte), unos bichos terribles que amenazan y con los que hay que acabar inmediatamente; la violencia justificada por una cosa u otra, pero justificada siempre; fanatismo, ignorancia que aprovecha el poder. Un mundo mentiroso sostenido por una inmensa mentira. Todo esto lo presenta Verhoeven envuelto en historias de amor convencionales, lenguaje militar convencional y relaciones entre padres e hijos convencionales. Es un gran topicazo.
El guión de la película es espantoso, los diálogos rozan siepre el ridículo y desesperan a cualquier espectador mínimamente inteligente. Por supuesto, son tópicos y están vacíos de sentido.
Las interpretaciones de Casper Van Dien, Dina Meyer o Denise Richards (entre otros) son la muestra clara de lo que no hay que hacer frente a una cámara. Histriónicos, alocados y aburridos.
Lo que se salva son los efectos especiales y visuales que, para el momento en que se rodó la película, no están nada mal.
Ordenar un mundo alrededor de la violencia y de una educación parcial y fanática se puede (se debe) hacer desde la inteligencia y no desde lo sabido. Un verdadero desastre.
Ahora bien, si quieren batallitas en el espacio, seres terribles, héroes, villanos y heroínas, parejas de jóvenes enamorados, naves espaciales, cuerpos mutilados y cosas así, no se pierdan esta película. Incluso podrán ver cómo un chico que mete la pata se lleva puestos una docenita de latigazos. Lo clásico nunca muere.
Si por el contrario prefieren entender el fascismo, cómo manipular a un pueblo entero desde la propaganda, cómo demonizar a un pueblo entero o cómo el hombre puede justificar la violencia más atroz; lean a Nietzsche, encuchen a Wagner, lean a Leví y luego echen un vistazo a cualquier película que trate el asunto con más solvencia.
Esta es aburridísima. No merece el más mínimo esfuerzo.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jul 14 2011

Saló o los 120 días de Sodoma: Un sueño salvaje

Esta película no es más que la transposición cinematográfica de la novela de Sade Los 120 días de Sodoma. Con ello quiero decir que he sido absolutamente fiel a la psicología de los personajes y sus acciones, y que no he añadido nada de mí. Incluso la arquitectura de la narración es la misma: obviamente muy sintetizada. Para realizar esta síntesis recurrí a una idea que Sade tenía en mente: el modelo de Dante. Tuve la oportunidad de reducir, de modo dantesco, en algunas partes, el amplio abanico de días que Sade compuso. Hay una especie de anti-infierno (vestíbulo del infierno), seguido de tres círculos infernales: El círculo de las pasiones, el círculo de la mierda y el círculo de la sangre. En consecuencia, los historiadores que, en la novela de Sade, son cuatro, son tres en la película. El cuarto se convirtió en un virtuoso que acompaña al piano el relato de los otros tres.
En mi fidelidad absoluta al texto de
Sade, sin embargo, añadí una novedad absoluta: La acción en lugar de suceder en Francia durante el siglo XVIII, transcurre precisamente en Saló, alrededor del año 1.944.
Esto significa que toda la película, con sus atrocidades increíbles, casi irrepetibles, demuestran una metáfora de gran sadismo sobre lo que fue la separación nazi-fascista y sus crímenes contra la humanidad.
Blangis, Curval, Durcet y el Obispo, es decir, los personajes de Sade, se comportan exactamente con sus víctimas, como los nazi-fascistas con las suyas: considerándolas como objetos en sus manos, destruyendo a priori cualquier posibilidad de relación humana con ellas.
Esto no quiere decir que muestre todo ello explícitamente en la película. No, repito, no he añadido ninguna palabra a los personajes originales de Sade o cualquier detalle extraño a las acciones cometidas. La única referencia a la actualidad es la forma de vestir, comportarse, su entorno: en resumen, el mundo material de 1.944.
Naturalmente hay una desproporción entre los cuatro protagonistas de Sade con los nazi-fascistas del filme: Diferencias en la psicología y la ideología. Diferencias y también algunas incoherencias. Sin embargo, la función es la de acentuar el clima visionario de pesadilla surrealista de la película. Esta obra es un sueño salvaje, inexplicable, sobre lo que sucedió en el mundo durante los años 40.
Hasta el sueño más lógico en su totalidad es el más incoherente en sus detalles (
Pier Paolo Pasolini, 1.974).
Dicen los expertos que una práctica erótica se convierte en parafilia cuando deja de ser saludable y controlable por el individuo. La teoría del psicoanálisis considera que cualquier trauma infantil puede producir un impacto en el inconsciente que, posteriormente, se traduciría en una práctica neurótica o perversa. El sadismo sexual solo será inofensivo cuando todos los involucrados que participen lo consientan y lo practiquen con todas las medidas de seguridad. Con este reglamento se entendería que la atracción por estrangular a la pareja durante la relación sexual sin llegar a matarla estaría permitida siempre que fuese consentida. Que la excitación producida por el uso de agujas, choques eléctricos, hormigas y gusanos sobre el sexo, cadáveres, ropa sucia, menores de edad, orina, excrementos, etcétera, serían aprobados como saludables igualmente, con el consentimiento de todos los involucrados.
El marqués de Sade aprovechó 37 noches de encierro en la prisión de Bastilla para redactar con detalle, con letra microscópica y en un rollo de papel de más de dos metros de largo, las prácticas sexuales más sádicas de cuatro poderosos libertinos con la ayuda de unas cuantas fosilizadas prostitutas durante 120 jornadas en el castillo de Silling.
Casi doscientos años más tarde, Pasolini aprovecha esta terrorífica novela para desarrollar, de modo cinematográfico, su brutal discurso sobre la corrupción a la que lleva el abuso de poder, haciendo un riguroso paralelismo entre las prácticas sexuales y las nazi-fascistas, ambas aniquiladoras de individuos y con una única misión: lograr la unidad y la subordinación, voluntaria o no, de la población.
Este discurso cinematográfico de Pasolini, que muchos vimos desde el sofá con la esperanza de ponernos atómicos y que nos dejó en la cama aterrorizados, no sólo es brutal por la crueldad de sus imágenes, sino por el tono inhumano de tratar nuestra sensibilidad, por todas esas imágenes que no se ven, las impensables de Sade y las impensables que intuimos de 1.944. No era lo mismo, por ejemplo, aquella película, La vida es bella, de Roberto Benigni, dónde la misma premisa anti-fascista se desarrollaba con el tono de comedia o cuento infantil. Muy meritorio Benigni, pero ni es mi humor el suyo, ni sus fábulas las mías.
El sueño salvaje y surrealista, el anti-erotismo, por desgracia, la libertad ilimitada y el valor de adaptar a cine una denuncia tan rotunda y tan lamentable, la discutible reflexión sobre dónde están los limites en el cine, en la literatura, en el sexo, en la historia de la humanidad, en el cosmos infinito, y la patada en el estómago que todavía padecemos. Apta para todas las sensibilidades.
Mis películas no son eróticas, por desgracia (Pier Paolo Pasolini).
© Del Texto: Sonia Hirsch


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jul 11 2011

El tren de las 3:10: Un western como los de toda la vida

Un villano. Malo, malísimo.
Un héroe que es un antihéroe. Bueno, buenísimo.
La banda de atracadores más terrible que uno puede imaginar a las órdenes del villano.
Atracos, romances efímeros, disparos, caminos imposibles, violencia, admiración, indios y, como siempre, valores que huelen a otros tiempos. El western de toda la vida.
James Mangold se lo sabe de memoria. Y con un guión muy entretenido que nace de un relato corto de Elmore Leonard (aunque algo disparatado teniendo en cuenta que los protagonistas son apuntados por docenas de pistolas y no hay forma de alcanzarlos) monta una película muy entretenida, un remake de la que rodó Delmer Daves y protagonizó Glenn Ford. . No aporta nada nuevo, pero cumple con solvencia lo que se propone. Divertir e intentar transmitir la idea de decencia sin hacer ascos cuando llega de la zona oscura. Al fin y al cabo, decencia es decencia. Pone por delante el director a Russell Crowe y a Christian Bale que se esfuerzan al defender sus papeles y la propuesta en su conjunto. Bale me sigue pareciendo un marmolillo, un actor más bien sosito aunque controla bien su trabajo logrando credibilidad. Crowe se adapta perfectamente al villano que encarna y parece divertirse desde el principio hasta el final de la película.
La fotografía de Phedon Papamichael es notable. La música pasa desapercibida. El vestuario no aporta nada del otro mundo. El maquillaje no está nada mal. Y el montaje es inteligente y muy eficaz.
Lo que nos cuenta El tren de las 3:10 es la historia de un ganador y la historia de un perdedor; la historia de un hombre podrido y la historia de un hombre que arrastra sus valores hasta las últimas consecuencias. La historia de dos hombres que se encuentran para perfilar sus vidas definitivamente, para ocultar sus miserias consiguiendo intercambiar sus roles durante unos instantes. Ben Wade es el malo de la película. Dan Evans es el bueno. Y ambos consiguen que la balanza se equilibre de forma mentirosa y a la vez eficaz. Uno se esfuerza por demostrar que es capaz de hacer algo grande. Otro se esfuerza por conseguir que así sea. Sólo tienen que mostrar sus lados ocultos. El bueno y el malo.
El tren de las 3:10 es una película que se puede ver en familia. Divertirá a grandes y chicos.
El tren de las 3:10 no es una película que haga pensar al espectador y tiene un punto emocionante que ataca la zona más blandita de forma efectiva.
El tren de las 3:10 cumple con un objetivo del cine olvidado por muchos. Entretener. Los que se ponen más estupendos con esto de las películas pondrán el grito en el cielo por el tiempo perdido. Pero eso da igual. Casi siempre les pasa. Los que, todavía, saben discernir entre unas cosas y otras se lo pasarán en grande escuchando disparos, viendo como los caballos galopan, observando cómo los extras caen al suelo desde lugares improbables. Pensando en el parecido propio con el héroe y el villano.
© Del Texto: Nirek Sabal


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