jun 30 2011

Dos en la carretera: Nueve con veinte

Nos gustaba el Dry Martini y el sexo anal. Solíamos viajar con las ventanillas bajadas, la ropa interior en la guantera y la canción cinco de Tiny Yong con Henri Salvador. Nos gustaba visitar las casas de escritores célebres y dejar nuestras huellas en la pared. Alguna vez posamos para un reconocidísimo artista que terminó haciendo postales con nuestras fotos. Estas postales acabaron recorriendo todo el mundo, hasta los macizos de Altai. Hicimos todo el viaje con nueve con veinte céntimos debido a un error informático en nuestra oficina bancaria. Viajábamos a lugares remotos que no distaban más de 150 kilómetros. Una vez, un grupo de golfistas posaron para nosotros vestidos de azul y rojo en un flamante car robado de algún hotel de lujo de la zona. Hicimos con ellos un bonito travelling hasta verlos desaparecer en el césped verde y continuamos por un desolado camino hacia una playa sembrada de pinos.
Hacíamos sexo en Nueva York, de madrugada y sin ventanas. Nos alimentábamos de los carbohidratos que nos vendía un viejo italiano afincado en la ciudad. Quesos y mortadelas, tagliatelle con alcaparras, uvas típicas de Toscana…
Yo silbaba todo el viaje, todo tipo de canciones. Infantiles, antiguas, Mancini, horteras, Vangelis, tontas…
Incumplimos todas las promesas. Nunca hicimos dieta, ni ejercicio, ni dejamos de fumar. No conseguimos ahorrar nunca, ni siquiera guardar las alfombras en el trastero. Vivíamos como ajenos a un mundo que nos era indiferente, flemático. No es que nos molestase, sino que no colaboraba con la gran cosa que teníamos en el nuestro.
Las arrugas se multiplicaban con las risas. Ni las carcajadas ni los gritos bajaron nunca de volumen, por muchos kilómetros que recorriésemos. Pero, a la vez, nos íbamos haciendo más y más pequeños, casi imperceptibles.
Yo escribía con un camisón muy largo, casi victoriano. Hablaba en sueños idiomas de otras épocas y otros lugares. Quizá un idioma inexistente como emisora de mensajes secretos que calmaba mi hermetismo particular. Él era tan sensible al sueño que apenas se le podía rozar. Él era un hombre precioso.
Una vez tuvimos la tentativa de concluir el viaje, pero rompimos una docena de ventanas e hicimos un inventario con todos nuestros recuerdos, los suyos y los míos. Aprovechamos los suyos y los míos en una fogata en Palermo e hicimos con los nuestros un gran collage. Así que proseguimos, como si nada, la excursión.
Una vez, guardé un mensaje suyo que decía: “Funciona!”. Esa palabra la guardé en una carpeta especial dónde guardo todas las palabras importantes. Luego, se nos hizo de noche, y ya nos fue imposible encontrar el camino de vuelta. Imposible.
La imbecilidad transitoria, que según Ortega y Gasset nos caducaría a los cuatro meses, ya va por cuatro siglos. El frenesí original se dilató en el tiempo condenándonos a un estado imbécil perpetuo sin más citalopram que el deseo mayúsculo de seguir agotando estos nueve con veinte céntimos hasta el fin, porque no contamos con más.
Esta es la crónica matrimonial más íntima que se me ocurrió para opinar sobre Dos en la carretera.Esta es, más o menos, la idea que yo tengo sobre el matrimonio. Todo lo demás, incluida la maravillosa banda sonora de Henri Mancini, prefiero omitirlo porque ya resulta demasiado evidente.
Cada cual, en su matrimonio, tiene un tope y un sistema para gastar. Todo depende de lo que cada cual haga con sus nueve con veinte: si comprar un caserón en Saint Tropez y dos Bugattis del 23 con garantía o invertir en un viaje incierto sin final feliz garantizado. Y sin parar de silbar todo el viaje.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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jun 29 2011

The Fighther: Las raíces más profundas

Excelente película. Sostenida de principio a fin por un actor del que siempre he pensado que era un marmolillo. Christian Bale. Reconozco que en The Fighter interpreta su papel de forma primorosa. Se integra con su personaje al máximo, se transforma físicamente, vocaliza como lo haría el verdadero Dicky Eklund. Fantástico, de verdad. Aunque en el resto de sus películas al que escribe no le diga nada. Otra interpretación de peso es la de Melissa Leo. Contenida, elegante dentro de un personaje cutre y casi ridículo que se rodea de una especie de tribu arcaica (sus hijas).
Excelente película que parece hablar de boxeo cuando, en realidad, lo que trata de explorar es esa relación tan íntima que se crea en las familias y que permite al individuo agarrarse a sus raíces llegado un momento difícil, esa ruptura que llega para dejar sellado por siempre jamás un pacto entre hermanos, padres e hijos que nunca se traiciona, pase lo que pase. El boxeo es un vehículo magnífico que se presenta lejos de los tópicos de siempre, con realismo y la profundidad necesaria, pero sin que arañe un gramo de importancia a lo fundamental.
Excelente película que firma David O. Russell. Este director puede gustar más o menos aunque tiene un indiscutible talento al contar historias y al dirigir actores. Tiene muy claro lo que quiere decir y, sobre todo, cómo ha de hacerlo. En The Fighther demuestra que merece la pena conocer su trabajo. Por cierto, el montaje es de lo más acertado. No hay un minuto que sobre y nada se echa de menos gracias a la focalización perfecta de la acción y la utilización de recursos adecuada.
Excelente película que narra cómo Micky Ward “El Irlandés” (Mark Wahlberg defiende el papel con solvencia) logra luchar por el campeonato de mundo de boxeo. Pegado a su hermano Dicky, viejo boxeador y viejo drogadicto, pegado a su madre, a una familia incómoda. Y a su novia Charlene (Amy Adams; esta defiende su papel a secas). Narra los conflictos que se generan en la familia con las nuevas incorporaciones, como la sabiduría de la experiencia puede subir a un ring con clara ventaja sobre la ilusión o el miedo. Narra como una familia entera claudica ante sí misma si es necesario.
Excelente película por su emotividad, por su música arrolladora, por su autenticidad. Excelente película.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jun 28 2011

Repentinamente: Cine negro, pero negro de verdad


Suddenly es un pequeño pueblo de Estados Unidos. El presidente de ese país parará de forma inesperada para sus habitantes en la estación de ferrocarril con el fin de visitar la finca de un conocido. Pero un maleante a punto de morir ha dado la alarma. Alguien intentará asesinar al presidente en Suddenly. En el pueblo no ha pasado nada especial desde cuarenta años atrás. En un solo día ocurrirá todo.
Asesinos a sueldo, policias duros, el FBI, una mujer bella e inocente, un niño, su abuelo, héroes y armas. Ingredientes exactos para construir una película del género negro. Una forma de narrar que extrae desde lo cotidiano todo eso que tiene que ver con el pesimismo y con un ser humano descreído. Da igual si el final es feliz o no. Porque durante todo el relato lo que emana de los diálogos y de la sicología de los personajes es oscuro. Repentinamente es una película que guarda dentro ese espíritu. Lewis Allen se encarga desde el principio de ir marcando fronteras que acotan con exactitud los territorios.
Un sicario que fue héroe de guerra. Pero que lo fue porque era capaz de matar sin compasión, porque disfrutaba con cada disparo. Una mujer frágil (por ser mujer) que acabará entre los brazos del héroe del relato. Maldad a raudales por parte de los malos. Y algo de maldad para compensar esa por parte de los buenos. Un niño sin sitio en la sociedad pensada por los adultos. Y un asesinato gratuito que sólo beneficiará al que lo comete haciéndole millonario.
Frank Sinatra es el asesino. Sin que le acompañe el físico (excesivamente delgado y pequeño como para aparentar tanta locura) logra una interpretación creíble. Sterling Hayden es el policía de Suddenly. Un papel de tipo duro que rebosa machismo por los cuatro costados que defiende Hayden con acierto. Nancy Gates es la chica. Más machista que todos los demás juntos. La dirección de actores normalita. Se percibe un clara influencia de la escuela teatral en las interpretaciones de todo el elenco como en todo el cine que se hizo en esa época..
Los diálogos tienen más zonas claras que oscuras. Van perfilando a los personajes con fuerza según avanzan. Y es esto lo más importante de la película puesto que técnicamente no se puede destacar gran cosa.
La película ha envejecido más que bien y puede verse en la actualidad como si se hubiera filmado hace unos meses.
Muy entretenida y algo inocente. Pueden verla entera (en versión original) en el vídeo que tienen más abajo. Disfruten de hora y media de puro cine negro.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jun 27 2011

Cuento de verano: Elecciones ciegas

Una vez leí, en la página de contactos de un periódico antiguo, un misterioso anuncio que decía así: Sólo existen tres cosas que no volverán: una palabra hablada, una bala disparada y una oportunidad perdida.
La rotundidad de la frase, que me persiguió desde entonces, me hizo dudar por un momento si marcar el número de teléfono del misterioso anunciante o pasar página y seguir buscando a otro desconocido que me vendiese un humidificador que humedeciese el aire de mi habitación y aliviase mi fastidiosa sinusitis. Segundos más tarde, yo pasaba página y encontraba un humidificador a precio de ganga que compré enseguida y sin pensarlo.
Me acordaba de este viejo suceso cuando veía el bonito Cuento de verano de Éric Rohmer, que, aunque prescinda de disparos y balas, sí explota las palabras y las oportunidades de cuatro seres pensantes que hablan por los codos, aparentemente extraídos de la realidad, pero que bien podrían corresponderse con prototipos filosóficos kantianos o platónicos.
Gaspard, un tímido matemático y compositor de canciones marineras es tentado por tres chicas durante un verano en Bretaña: Lena, un insípido amor platónico al que espera hasta el fin de la película y con la que planea un romántico viaje a Ouessant. Solene, un segundo plato imperfecto que sustituye a Lena en su ausencia, excesiva en principios, sobre todo sexuales, y con la que Gaspard pretende viajar a Ouessant si le falla Lena, y Margot, la etnóloga-camarera que le sirve de postre e insiste todo el verano en conquistar a Gaspard y acompañarle a Ouessant, si además de fallarle Lena, le falla Solene.
Ouessant se convierte entonces en el destino imposible de Gaspard, condenado a vagar eternamente sin rumbo definido y con el peso de un conflicto sentimental paralizante y desgraciado: el miedo a equivocarse en una elección.
Al no saber qué hacer con sus dependencias e indecisiones, Gaspard se dedica a coleccionar una tonelada de por si acasos en la recámara mientras acaba citado por Lena y Solene a la misma hora para emprender el viaje que también le había prometido a Margot.
La propuesta telefónica urgente con la oferta de un misterioso magnetófono sirve de excusa para huir del lugar en riguroso secreto, resolviéndose así la incómoda situación. Pero antes de partir, se despide de Margot a la que le propone, ya rendido, el renombrado viaje a Ouessant. Pero ya ha pasado tanto tiempo, que a Margot dejó de entusiasmarle la idea y, además, espera a su novio que vuelve de París.
Y así termina un verano de indecisiones y torpezas, con una larga lista de palabras y oportunidades perdidas que me inspiraron la siguiente reflexión:
¿Cómo reconocer una oportunidad? ¿Cómo elegir la opción correcta entre todas las opciones? ¿Acaso no es arriesgada cualquiera de ellas? ¿Que hubiese sido de mi sequedad nasal si en vez de al vendedor de humidificadores hubiese telefoneado al misterioso anunciante de las palabras perdidas? Quizá tuve que pasar la página y consultarlo con un psicoanalista, ya que mi sinusitis resultó ser psicosomática, y mi destino cambió en el momento en el que le salvé la vida al vendedor de periódicos cuando éste estuvo a punto de morir atragantado por un caracol. Nos casamos en junio, compramos un balneario blanco de ventanas amarillas y un West Highland terrier llamado Ortega. No supe exactamente si esa era mi oportunidad, o ya había pasado, o quizá estuviese por llegar. No lograba reconocerla. Me parecía imposible. Eran tantas las elecciones erróneas cometidas que una ya no estaba muy segura dónde estaba el acierto, si acaso existía. Y aunque vivía muy feliz en la humedad natural de mi balneario e incluso vendí todos los ejemplares de mis cuentos de verano, no tuve más remedio que darle la razón a Walter Benjamin cuando afirmaba: Considerada desde la fatalidad, toda elección es ciega y conduce a la desgracia.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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jun 26 2011

El Castillo: El texto por encima de cualquier otra cosa

Michael Haneke es un director de cine que tiene mucho que decir. Frank Kafka es uno de los escritores más grandes de todos los tiempos. El castillo es una novela que les ha unido para siempre. Es posible que esto suene algo pomposo, pero no se trata de ninguna exageración.
La adaptación que hace Haneke de la novela de Kafka se ajusta al texto de forma casi exacta. Para ello, el director elimina algunas imágenes descritas en el texto original con detalle. Escapa de la contaminación visual que provocaría algo así en una lectura posterior del texto. Por ejemplo, el castillo que el escritor dibuja en la novela con detalle no aparece en la película. La subjetividad de la cámara se elimina, también. Haneke quiere limitarse a mostrar lo que Kafka dijo. Ni más ni menos. Con ello alcanza un notable parecido al espíritu de la obra; logra un escenario opresivo, imposible de entender; unos personajes muy pegados a los que Kafka quiso crear.
El Castillo es una adaptación para la televisión. Esto explica el ánimo del director al enfrentar el proyecto. Para Haneke, la televisión imposibilita totalmente la creación artística; es imposible hacer cine en ese medio. Esta afirmación es del todo dudosa (actualmente, una vez que los complejos han desaparecido, se ha demostrado todo lo contrario), pero marca de principio a fin el trabajo.
Sin música (esto es habitual en el cine que realiza este autor), sin ningún intento artístico, El Castillo presenta la llegada de un forastero a una aldea que pertenece a un castillo próximo. Todo está prohibido y se acepta al mismo tiempo por los silencios o los errores de un aparato administrativo descomunal. El amor aparece de forma absurda (¿no es el amor eso que aparece o desaparece de forma inesperada y ridícula?) y desaparece o es escondido a causa de razones diversas. Las relaciones personales son confusas y rozan el patetismo. A cualquier avance del personaje principal, K., hacia ese castillo se enfrenta una imposibilidad manifiesta por llegar hasta él, un alejamiento inesperado y desesperante. La integración en el sistema convierte al recién llegado en preso para siempre de la mecánica. Del mismo modo que la novela quedó inconclusa la película acaba de modo que el futuro es incierto. Se suma a esto un gran número de fundidos que sirven como elipsis que eliminan todo lo superficial, tal vez lo que nos resultaría más familiar a los espectadores.
La dirección de actores es estupenda. Todo podría convertirse en un disparate sin sentido, pero Haneke logra controlar cada gesto para que eso no ocurra.  Ulrich Mühe defiende su papel con maestría. Pero también están a la altura Susanne Lothar (el papel de esta actriz es especialmente difícil y, fácilmente, el histrionismo tendría cabida) o Paulus Manker. El resto es discreto y reflejo de la actitud del director.
Es posible que, de las adaptaciones de novelas al cine, esta sea una de las mejores muestras de fidelidad al texto original. Es posible que la unión entre Kafka y un director de cine no se vuelva a repetir con tanta claridad y con un resultado tan grande.
Echen un vistazo a la película si quieren descubrir a un director de primera línea. O si quieren ir conociendo a Kafka. Los que conozcan a los dos, prepárense para disfrutar de dos horas intensas y perturbadoras.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jun 22 2011

12 Monos: La doble lectura obligada

Siempre que veo 12 Monos, recuerdo un cuento de W. W. Jacobs titulado La pata de mono (curioso que ambas obras introduzcan el mismo animal en el título). Ese relato deja la posibilidad de hacer distintas lecturas (todas las buenas narraciones lo permiten). Una de ellas consiste en que el lector crea al leer lo que le presentan. Sin rechistar. Otra, sin embargo, consiste en intentar (el lector) poner un punto de cordura en lo que parece que está sucediendo, o lo que es igual, no dejarse embaucar por Jacobs haciendo una lectura reposada y pegada a una realidad que se comparte por todos. Si Jacobs hubiera querido dejar clara cuál era su postura, lo hubiera hecho desde el principio. Planteando la narración de esa forma, la posibilidad de otra lectura aporta al relato una fuerza extraordinaria.
Pues bien, al ver 12 Monos pienso en el texto de W. W. Jacobs puesto que ocurre lo mismo en ambas obras. La lectura más cómoda de la película, por sencilla, es la que podemos hacer arrimándonos a lo que vemos, dando por bueno que es eso y no otra cosa lo que sucede en la realidad creada por su director Terry Gilliam. Sería algo parecido a esto: En un futuro no muy lejano, lo que queda de raza humana, se encuentra en el subsuelo intentando sobrevivir a un virus que acabó con la vida del 99% de la especie. Sólo los animales son capaces de vivir en la superficie terrestre al ser inmunes. James Cole se presenta voluntario (forzoso) para conseguir información en el pasado sobre lo que ocurrió y, así, poder ordenar el presente que le toca vivir. Viajará a través del tiempo. Hasta 1990; hasta 1996; hasta la primera guerra mundial. En su primer viaje llega por equivocación a 1990. Conoce a Jeffrey Gaines en un manicomio. También a la siquiatra Kathryn Railly. Logra escapar del centro médico gracias a que, desde su presente, los científicos le rescatan con su máquina del tiempo. En fin, no sigo por si alguien todavía no ha visto la película. Estaríamos, por tanto, frente a una película encuadrada en el género de la ciencia ficción. Máquinas del tiempo, la humanidad prácticamente aniquilada; bucles temporales que anulan el presente, futuro, y pasado, convirtiéndolos en la misma cosa; una estética extraña en un mundo extraño, el futuro frente a nosotros.
Muchas personas (casi todas, a decir verdad) ven 12 Monos de este modo. Lo que significa que creen en la posibilidad de que un crío pueda contemplar su propia muerte siendo adulto. Uno se sienta frente a la pantalla dando por bueno todo lo que ve y listo. En realidad, es así como hay que ver películas de ciencia ficción. Además, es posible que Terry Gilliam quisiera contar eso y no otra cosa cuando filmó la película. Pero ¿es 12 Monos eso o la cosa es distinta? Como siempre ocurre, cualquier manifestación artística puede interpretarse de distintas formas. Y el autor no puede hacer nada para que eso no ocurra. ¿O tal vez la lectura correcta es la que casi nadie hace? A veces, incluso los autores se apuntan a lecturas alejadas de lo que quisieron viendo que la obra toma una dimensión más amplia. Por ejemplo, cuentan que el escritor Julio Cortazar escribió su relato Casa tomada intentando narrar un sueño que tuvo. Algún crítico dijo que era una formidable manera de describir el peronismo argentino y Cortazar terminó por aceptar esa lectura como buena viendo que la cosa funcionaba cuando no tenía nada que ver con su intención al escribir.
Supongamos que Gilliam quiso hacer una película sobre la decadencia de las sociedades actuales centrando su atención (de forma fundamental) en una mente sometida a una autodestrucción feroz, una mente capaz de inventar un mundo entero y condicionada por el síndrome de Casandra. En definitiva, una película sobre la locura en la que el personaje principal está como unas maracas. Si fuera así la cosa cambia porque habría que ver todo como un delirio descomunal que, a base de ser recurrente en la mente del protagonista, llega a una perfección narrativa también descomunal.
A decir verdad, esta lectura es sencilla. Fijando la atención en algunas cosas, es casi obligada. Por ejemplo, los científicos del presente del protagonista son completamente ridículos. Por ejemplo, si atendemos al guión, el disparate (leído en clave de verdad verdadera) roza lo ridículo. Todo es ridículo. Lo que ocurre es que Gilliam es un director que sabe contar historias y sabe lo que es necesario para que esas historias no se vacíen en cualquier momento. Un par de detalles pueden servir como ejemplos. El punto de vista está centrado en Cole mientras el personaje se va perfilando. Pero cuando el personaje ya está presente en todo su esplendor, el punto de vista se coloca en el hombro de la siquiatra. Esto permite dar credibilidad a la acción (si lo cuenta el loco aquello no funciona ni a la de tres) y, a la vez, se consiguen introducir aspectos ocultos hasta el momento que ayudan a explicar y cerrar la trama. Esto se llama chapuza narrativa. Pero funciona más que bien. Otro ejemplo. Si, además de un siquiatra al que tenemos que creer porque para eso es lo que es, introducimos una fotografía (algo material sea lo que sea) que demuestre que nuestro protagonista ha estado en un lugar y en un tiempo imposibles, nadie puede dudar de lo que ve. Pero a Gilliam se le olvida un detalle: alguien puede hacer la lectura correcta y decir que un loco se puede inventar todo, incluso esa fotografía. Esto no es una chapuza, pero si un elemento algo tramposo. Sea como sea, 12 Monos se puede convertir en un ensayo sobre la locura. Y es un excelente ensayo sobre la locura. La dimensión de la película es otra y su grandeza se eleva mucho.
El guión de la película se redondea bien (quizás en exceso al explicar tanto y de forma atropellada al final). Vestuario y maquillaje son notables. La música es una maravilla. La estética (muy cercana a Brazil) acompaña la acción más que bien. La dirección de actores es un gran logro. Y las interpretaciones son magníficas. Bruce Willis pierde ese único gesto que utiliza para todo y llega a mezclar la dureza con la fragilidad consiguiendo un personaje creíble y sólido. Brad Pitt se muestra algo histriónico, pero defiende su papel con gracia y sin altibajos. David Morse hace poco (su papel es muy limitado) y lo hace bien. Por su parte, Madelaine Stowe interpreta con corrección exquisita. Todo esto quiere decir que la película funciona. Funciona muy bien.
A estas alturas, habrá quien piense que todo esto que digo no tiene demasiado sentido. Pues bien, los que estén en esa situación, piensen en esa voz que llama Bob al personaje que interpreta Willis. El que luego aparece en forma de indigente. Piensen en la viabilidad del mundo subterráneo. Y luego intenten cambiar la clave de interpretación. Tal vez comprueben que las partes encajan con perfección.
Como es una excelente película, merece la pena echar un vistazo. Los que se acerquen por primera vez deben tener paciencia. El comienzo es algo confuso para el espectador. Disfruten, queridos.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jun 20 2011

El talento de Mr. Ripley: La fortuna de Highsmith

Patricia Highsmith no tuvo la desgracia de Stephen King de ver destrozados todos sus libros en una sala de cine. En el caso de Patricia Highsmith, adaptaciones cinematográficas como Extraños en un tren o El talento de Mr. Ripley se encuentran a la altura de sus novelas beneficiándose con todas las ventajas del lenguaje cinematográfico sin dejar de respetar las intenciones del autor.
Esta novela, según mi opinión, es tratada, incluso multiplicada, de forma exquisita por los recursos fílmicos, mostrándonos a un Ripley enamorado, únicamente, de un estilo de vida que no es el suyo, cegado por un jazz y un país y unos apellidos y una cuenta millonaria en el banco que nunca ha tenido la suerte de disfrutar.
El talento que cada uno de nosotros tiene guardado y que sale a la luz cuando se trata a toda costa de sobrevivir, se trata en este caso de una serie de inteligentes peripecias que empieza con una americana prestada, varios asesinatos y el robo de un nombre y de toda una identidad, y termina en un barco, dónde el asesino usurpador huye de ese nombre, ese país, ese jazz y ese mundo-trampa fascinante como en un viaje desesperado hacia él mismo y hacia una identidad ya perdida.
Una serie de golpes de suerte junto con la astucia de un hombre obcecado por una personalidad, logran salvarlo de la cárcel condenándolo a una cadena perpetua inevitable: la inútil necesidad de borrarlo todo y empezar desde el principio.
Con esta terrible carga acaba Ripley en un barco de camino a su vida, una vida ya inexistente por su tendencia al coleccionismo de pasaportes, y por un incurable complejo de don nadie que no desaparece jamás, por muchas sesiones de jazz que uno esté dispuesto a escuchar.
Por otra parte, el cinismo y la frivolidad de ese, según Ripley, envidiable personaje llamado Dickie, que, salvo algún amago de sensibilidad en alguna secuencia, no muestra más que un universo infantil, caprichoso y dependiente de unas condiciones económicas millonarias e ilimitadas, no podría llevarle a Ripley a ningún fin afortunado. Y es que el ejemplo a imitar no podía ser más nefasto.
Todo el entorno de Dickie está infectado por el dinero, la pereza mental y sentimental y la diversión como únicos objetivos de la vida, siendo Margue el único personaje que muestra algo de sensatez y coherencia dentro del grupo.
My funny Valentine, el mar mediterráneo, los paseos en vespa o en velero, las cubanas blancas y los sombreros panamá me parecen encantadores como complementos a una vida mucho más rica en otros aspectos, pero a secas me parece de un tedio infinito y de una irrealidad caótica demasiado chocante para mi sistema nervioso. Por otro lado, el poco o mucho talento con el que cuento procuro diversificarlo en las máximas cosas posibles, sin concentraciones. De esa manera evito las urgentes fugas en barco hacia ninguna parte y navego millonaria de tranquilidad y sin necesidad de borrar ni un solo segundo de mi existencia. Y todo ello sin un céntimo en mi bolsillo.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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jun 19 2011

Kung Fu Panda 2: La exactitud de lo hecho

Cuando entro en una sala de cine espero encontrarme con algo nuevo. Incluso si lo que voy a ver es una secuela de algo visto.Ya puede ser cine de adultos o de niños.
Tengo cuatro hijos. Dos de ellos son muy pequeños todavía. Así que aprovecho para ver películas infantiles (que no tendría en la agenda nunca jamás) cuando me piden ir al cine. Como ya son diecisiete años los que llevo entrando en las salas de proyección agarrando la mano de un niño (los sábados o domingos por la tarde) soy de los que puedo decir que he visto todo lo que se puede llegar a ver en el ámbito del cine para los pequeños.
Los compromisos de mi esposa nos obligaron a adelantar algo la hora. Sesión de las 15.30. Además de nosotros tres, un matrimonio con su niña. Las dos niñas, la mía y la de ellos, terminaron dormidas. Pero no creo que fuera cosa provocada por la película sino por la edad. Muy pequeñas. Por tanto, en la sala 15, cuatro espectadores activos. No es de extrañar, cuando entrar en el cine me costó 23,50 €. Si hubiera sido la proyección en 3D la cosa hubiera sido mucho peor. 31,50 €. Definitivamente, comprar la copia en formato casero es mucho más rentable. Tardas algo más en ver las cosas, pero si haces números la cosa no tiene color. Alguien debería plantearse esto seriamente. De las palomitas y el agua no hablaré porque me pongo enfermo al pensarlo. Por cierto, el tipo que nos vendió las palomitas tuvo que venir corriendo desde otra barra (la cafetería) y, de paso, nos cortó las entradas y nos indicó la sala. Francamente, tremendo. Hoy en día, lo bueno es lo rentable. Sólo lo rentable. ¿Deberíamos dedicarnos a traficar con armas o con drogas? Eso es muy rentable. ¿Volverá ese tiempo en que lo bueno era bueno sin convertirse en un porcentaje de dinero que se queda en caja?
Kung Fu Panda 2. Entretenida. Repetición, casi un calco, de la primera parte. Cambian un tigre por un pavo real, añaden un ejército de lobos tenebrosos y ya está. La película no aporta nada nuevo a lo que ya teníamos. Pero para un niño es entretenida. Además, ya saben, zonas lacrimógenas aquí y allí. Para un adulto, sin duda, decepcionante. Otra vez lo mismo. Rentabilidad aprovechando una primera parte muy divertida.
Terminamos sabiendo de dónde procede el oso panda gordinflón. Esa es la única novedad. La película es repetición y, por tanto, previsible a más no poder. Que en las películas infantiles el final feliz esté garantizado no es excusa para dejar la imaginación a un lado y hacer siempre lo mismo. Se puede llegar a a la felicidad de muchas formas distintas.
Técnicamente, no encontramos nada que puede reseñarse como mínimamente importante.
Un número excesivo de peleas entre los personajes intenta ganar un terreno al ritmo narrativo que no encuentra en ningún momento. Y termina siendo algo aburrido el asunto cuando uno sabe que la cosa va a terminar de un modo concreto.
En fin, una secuela que desmerece por completo el trabajo inicial y de la que podríamos prescindir por completo. Pero, seguramente, es muy rentable. Y eso es lo importante. Al menos para algunos.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jun 15 2011

La Misión: Mucha cáscara para tan poco huevo

Es muy común (mucho más de lo que parece) que los profesionales del cine y la literatura cuenten poca cosa, pero que adornen el asunto de modo que el producto final quede más bonito que un San Luis. Es decir, un continente espléndido y un contenido cutre. En cualquier caso, el milagro se produce. Con una idea o dos como mucho se monta un espectáculo llamativo que logra premios y un gran éxito en la taquilla o en las librerías.
Es el caso de la sobrevalorada película de Roland Joffé, La Misión, que llena de diálogos pomposos, personajes desdibujados y propuestas que se quedan en la superficie termina dejándose ver gracias a la puesta en escena (eso no está nada mal), un vestuario muy cuidado, la fotografía de Chris Menges (excelente y apabullante) y la impresionante banda sonora de Ennio Morricone. La defensa que hacen de sus papeles Robert de Niro y Jeremy Irons es más que notable, pero aquí nos topamos con un problema grueso. Por más que ponen de su parte no logran sacar adelante a los personajes puesto que están más vacíos que otra cosa. Todo lo que hacen o lo que piensan (poco) se encuentra en esa frontera tan peligrosa que marca la falta de justificación y la imposibilidad de comprensión por parte de los espectadores que se ven obligados a imaginar lo que nadie dice ni sugiere. A esto hay que sumar un pequeño desastre narrativo que se encuentra desde las primeras escenas y se agrava a medida que avanza la acción. Joffé elige un punto de vista que no le sirve para narrar lo que quiere. El director, ni corto ni perezoso modifica esa voz narrativa cuando le parece y de una forma casi grosera. Es casi un insulto al espectador tratar de ocultar este tipo de cosas detrás de una fotografía espectacular o cualquier elemento técnico que puede ser fascinante y engañoso al mismo tiempo.
La propuesta de La Misión consiste en presentar al ser humano como destructor del medio ambiente, de culturas, de sí mismo, allá donde esté. Consiste en contrastar la fe y la espada, la bondad y la maldad que llegan de la misma mano disfrazada con hábitos o armaduras. Pero la propuesta se queda en eso, en lo que acabo de decir, sin profundizar lo más mínimo. Y, por supuesto, eso es una cosa enana y ligera. Ahora bien, la selva se ve en todo su esplendor. Ahora bien, mueren niños y mujeres para que la cosa se ponga tensa. Ahora bien, la película se deja ver aunque no pensar. No hay nada que pensar. El hombre es muy, pero que muy malo. Nada nuevo ni sorprendente. Ni siquiera aprovecha este director la oportunidad para profundizar un poco en lo que fueron esas culturas exterminadas.
Un jesuita bueno intenta salvar a los indígenas de la esclavitud. Un hombre malo que dedica todos sus esfuerzos a conseguir esclavos para los señores españoles y portugueses se convierte en jesuita y, por tanto, en un ser muy bueno. Cuando las misiones de estos frailes se ven amenazadas, el malo que ahora es bueno, agarra la espada y decide defender la obra como sea (es que mató a su hermano y es capaz de todo con ese expediente). El jesuita que siempre lo fue sigue a lo suyo. Bondad y eucaristía. Y, claro, cuando llegan los soldaditos, allí no queda ni el apuntador. Ya sé que este resumen podría haberlo hecho Holden Caulfield, con la misma mala leche. Pero no he podido evitarlo. Más que nada porque no hay más.
Es esta una película que, sin tanto alarde técnico y una interpretaciones sobresalientes, estaría condenada a no ser nada. Pero, sin embargo, nadie puede olvidar la música de Morricone, nadie puede olvidar esas escenas de una selva imponente, nadie puede olvidar a De Niro arrastrando su penitencia que terminará siendo la causa de su propia muerte.
Una enorme cáscara de huevo de avestruz. La clara y la yema de un pollo minúsculo.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jun 14 2011

El nido vacío: Cuando los padres descubren lo que son

Padres y madres son aquellas personas que apuran su tiempo cada día para que sus hijos terminen en la cama recién bañados, para que durante el día tengan todo lo que necesitan. Padres y madres son aquellas personas que se hacen mayores sin darse cuenta porque sólo se fijan en cómo crecen sus hijos. Padres y madres son aquellas personas que un buen día tienen todo el tiempo del mundo, toda una casa para ellos, dinero para sobrevivir sin grandes aprietos, algún capricho que otro. Después de una vida deseando que eso ocurra, padres y madres, se encuentran desplazados por una soledad querida que ahora repudian. Y, de pronto, todo se agrieta, todo aparece con la falta de ruido y ocupaciones.
Daniel Burman filmó el año 2008 la película El nido vacío. Protagonizada por un estupendo Óscar Martínez y una serena Cecilia Roth, nos cuenta ese momento en el que la casa se vacía con la marcha de los hijos, ese momento en que la edad te juega malas pasadas en todos los territorios, esos cambios personales que se producen entre el miedo y la esperanza que proporciona la necesidad de gestionar el tiempo de forma distinta. Lo hace desde la figura del escritor que, desde la ficción, casi desde una postura surrealista, imagina y vive, vive e imagina, confundiendo, a veces, una cosa con la otra. Tal vez sea este el ingrediente más sorprendente de la película. La paternidad es un territorio menos explorado de lo que se cree, una forma de vida rodeada de tópicos y de imágenes que rozan la falsedad. Desde la figura del escritor y desde la vida soñada e imposible por ser descartada. El deber de un padre está por encima de casi todo y sólo la fantasía tiene un hueco para sus alegrías. Aunque, uno de los mensajes de Daniel Burman es muy claro: todas las historias de familia son siempre ciertas. Más que interesante esta exploración por el campo de la ficción.
La partitura de la película es sensacional. Santiago Río es el que la firma (Ravel, reminiscencias del jazz de Evans). Acompaña Jorge Drexler. Y el conjunto es un guante para la imagen. Igual que la fotografía. Especialmente la parte filmada en Israel que corresponde al final de la película.
A pesar del ritmo lento con el que se desarrolla, el espectador no puede aburrirse en ningún momento. Cada escena reserva una pequeña sorpresa, un gesto que nos sugiere eso que está aunque no se deje ver. Es una película que está llena de cosas pequeñitas, de detalles que a los ojos de cualquiera se convierten en imágenes gigantescas. Y no sólo la imagen nos desplaza a esas zonas. Los diálogos están muy bien construidos, escapan de lo fácil y se meten de lleno en la construcción de los personajes que terminan apareciendo en todo su esplendor.
Un viaje que todos los padres tienen que hacer y que todos los hijos deben conocer para llegar mejor preparados a él. No dejen de verla porque merece la pena. Y mucho.
© Del Texto: Nirek Sabal


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