abr 28 2011

Banderas de nuestros padres

La guerra es algo terrible, un episodio que se repite cada cierto tiempo y destroza la vida de las personas, de pueblos enteros. En la guerra mueren personas, se destrozan objetos, cosechas enteras. En la guerra sobreviven personas, objetos y los campos (pasado un tiempo) vuelven a dar sus frutos. En la guerra hay vencedores y vencidos. Pero ¿es posible saber quién gana o pierde? ¿Es posible tener una vida normal después de combatir en una batalla viendo cómo mueren miles de hombres alrededor? ¿Es el fruto del campo lo mismo que fue cuando, ahora, se abona con miles de muertos?
Sobre esto reflexiona Clint Eastwood en su película Banderas de nuestros padres; sobre el desastre que siempre representa una guerra; sobre el precio que paga un país que batalla; sobre lo estéril que resulta algo tan grotesco como matar a seres humanos. Intenta Eastwood enseñar la cara más sucia de todo esto. Intenta explicar que la historia cambia, no por el valor de los guerreros, sino por el dinero que son capaces de generar para que la maquinaria no deje de funcionar. Porque el valor no lo es casi nunca. Es más el miedo lo que hace que se muevan los ejércitos que cualquier otra cosa.
El escenario elegido es Iwo Jima. El eje central de la narración la famosa fotografía en la que aparece un grupo de soldados elevando el mástil de la bandera norteamericana. Los personajes son los supervivientes de esa batalla, los grandes perdedores del conflicto, los que tuvieron que regresar para dedicarse a cualquier cosa porque la guerra les había arrancado lo que tenían. Héroes efímeros y olvidados con rapidez.
La crudeza con la que narra Eastwood la batalla se contrapone a la crudeza con la que narra la forma de vivir la guerra por parte del pueblo norteamericano. Todo se confunde; malos y buenos, héroes y villanos. La guerra parece un juego. Eso dimensiona el horror de forma espectacular en cada escena en las que no se escatima con el espectáculo, ni con los medios, ni con los esfuerzos técnicos. Y todo ello para dejar claro que las mutilaciones, el miedo, la cobardía, la confusión o la crueldad son los verdaderos generales en las batallas.
La película avanza y retrocede en el tiempo histórico modificando el punto de vista y, así, lograr que conozcamos la guerra individual de cada protagonista. Esto genera varias piezas de un puzzle que terminan encajando con exactitud. De este modo, además, los personajes se van desarrollando con firmeza para que la trama avance sin sobresaltos inexplicables.
Espectaculares las escenas bélicas. Sobre todo las que corresponden al desembarco del ejército norteamericano. El elenco defiende con dignidad sus papeles aunque, a decir verdad, ninguno de ellos entraña una dificultad excesiva.
El conjunto aparece como una película llena de reflexión (a veces con excesiva moralina alrededor) intentando desmitificar capítulos de la historia que fueron un verdadero horror. Tal vez excesiva en su medida ya que el director intenta explicar todo. Una pena, puesto que mucho de lo que aparece en pantalla se explica por sí solo y la intensidad expresiva se resiente con tanto dar vueltas al mismo asunto para que quede claro. Esto desarrolla cierta lentitud en el desarrollo argumental y una repetición de ideas que no aporta nada al conjunto.
En cualquier caso, se trata de una buena película, de la que se pueden extraer ideas interesante.
No conviene verla con niños cerca. Algunas de las escenas son extraordinariamente violentas.
© Del Texto: Nirek Sabal


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abr 27 2011

Bird: Penetrar en el interior de la melodía

Lenta. Muy lenta. Buena, muy buena. Este sería un resumen excesivamente corto aunque creo que justo de la película dirigida por Clint Eastwood, Bird, a finales de los 80′.
Bird cuenta buena parte de la vida de Charlie Parker. Este músico aportó al jazz nuevos ritmos, nuevas formas de interpretación, la ruptura rebelde del músico negro (no de Parker sino de todos los hombres y mujeres de color) con las formas establecidas por los blancos e, incluso, por los propios negros que encontraban en el jazz una forma de vivir que no de vida. Este músico, drogadicto y desastroso en su vida privada, pasó por el mundo rápidamente, sin dar un respiro a nadie, ni a su música, ni a sí mismo. Este músico fue un genio absoluto aunque pagó un precio altísimo por serlo. Tanto en su vida privada como en la pública.
Eastwood recorre la zona más importante de la leyenda con minuciosidad, dejando ver lo mejor y lo peor, sin mordazas de ninguna clase. Se apoya, cómo no, en la música de Parker y en el testimonio de su esposa, logrando una película entrañable y profunda, desde dentro de una melodía que siempre fue explorada por el artista. Cualquier melodía posible para saber si el mundo encajaba en ella.
Pero la película puede ser algo problemática. Si le gusta la acción, olvide todo esto. Si le gusta el jazz puede tener alguna posibilidad. Eso sí, el bebop es la base en la que se sostiene la banda sonora. Y no a todo el mundo (aficionados al jazz) le gusta este tipo de música. Hay que ordenar el oído para que agrade, tal y como sucedió en su momento, cuando Parker deslumbró a unos y horrorizó a otros con sus nuevos ritmos. Sin estos requisitos es mejor no intentarlo. Aunque es una pena porque la película logra crear un clima perfecto para poder entender la vida de este hombre y las razones que le llevaron a destrozar lo establecido. Es una de las mejores películas sobre el jazz jamás rodadas. Eso es seguro. Con un sonido que obtuvo el Óscar de forma merecida e incontestable.
Chalie Bird Parker es Forest Whitaker. Chan Parker (su esposa) es Diane Venora. Tanto él como ella defienden sus papeles sin fisuras, con enorme profesionalidad. Mejor ella que él porque Whitaker resulta algo histriónico (mínimmamente) en alguna escena y ella no. La dirección de Clint Eastwood es notable aunque gran parte del trabajo lo deja en manos de los escenarios, el vestuario y la banda sonora. Quiero decir con ello que crea un mundo que parece funcionar por sí mismo, sin su ayuda. Dicho de otra forma, sus ayudantes le hacen el trabajo mucho, muchísimo, más simple. Todos ellos son impecables en su labor. Eastwood recoge cada cosa y las mete en la coctelera con acierto. Ya sé que es esto exactamente lo que hace un director de cine. Lo sé. Pero cuando tienen un equipo como ese, el mérito es más compartido que nunca.
Ciento cincuenta y cuatro minutos de metraje. de buena música. De buen cine. De excesos. De vidas destruidas. De modos de morir y de vivir. De todo lo que puede pedirse al cine. Muy recomendable e imprescindible para el que ama el jazz y el cine.
© Del Texto: Nirek Sabal


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abr 26 2011

Equilibrium: La nulidad del pensamiento

Inicios del siglo XXI, acontece la Tercera Guerra Mundial, dejando al ser humano en la más absoluta miseria. Como solución para una paz duradera, se establece un sistema de gobierno con el objetivo de suprimir todo tipo de sentimientos, esto es: celos, ira, amor, odio, alegría, tristeza, pasión, y un largo etc. Todos aquellos defectos humanos que lleven a una guerra. Como consecuencia de ello, es también denegado todo acceso a la cultura anterior a la última gran guerra, arte, literatura o música son prohibidos a favor de la construcción de un Estado fuerte y soberano, donde todos los ciudadanos son iguales, solo existe una mentalidad y una ley: no sentir. Para ello el Gobierno establece la normativa de un medicamento que se tiene que ingerir cada X horas, llamado Prozium, para anular todo comportamiento emocional. Todo bajo la figura de un líder (llamado Padre) que constantemente aparece en pantallas y hologramas, con discursos sobre el porqué es mejor no-sentir. Obviamente, fuera de los muros de la gran ciudad (Libria), existen grupos de resistencia a este nuevo orden autoritario con el fin de conservar todo tipo de obra artística, y son perseguidos sin remisión, comandados por la élite de Libria, una serie de pseudo-monjes armados hasta los dientes con una extraordinaria capacidad para las artes marciales: Los clérigos de Gammatron. Y he aquí que surge nuestro héroe, Preston. Un clérigo más, que aparentemente no tiene sentimientos, viudo y con dos hijos, que a partir de la muerte de su socio (supuesto traidor a la patria por guardar en secreto obras artísticas) empezará un viaje donde irremediablemente se encontrará consigo mismo, y con todo aquello que el ser humano ha perdido por construir una utopía minimalista y autoritaria, aquello que pocas veces apreciamos y puede que el día de mañana no vuelva a existir: escuchar a Beethoven en un tocadiscos, apreciar el tacto suave y la simpatía de un perro, el amor por una mujer, ver caer la lluvia a través de la ventana de tu cuarto y sentirla, el olor de un perfume, y un largo etcétera de sensaciones y percepciones.

Es destacable cómo se critica de una forma simbólica a todo tipo de religión y autoritarismo, pues ambas cosas son una anulación de la personalidad a favor de un ideal abstracto o intangible, e incluso hipócrita. Y Kurt Wimmer (el director) lo hace presentando a los Clérigos de Gammatron como unos super-inquisidores que prohíben y destruyen todo a su paso, todo lo que no sea agradable ni conveniente al líder. Unos iconoclastas en potencia (impresionante el principio, quemando la Mona Lisa sin compasión alguna…), el nihilismo llevado al extremo. Preston (un fabuloso Christian Bale, me encanta este actor, lo borda en todas sus películas) utilizará todos sus conocimientos adquiridos como clérigo para ir contra el sistema y destruirlo, como ya haría nuestro querido Winston en la homónima obra 1984 del escritor George Orwell, con la cual comparte estética y mensaje casi al cien por cien. Y de referencias vamos a hablar, porque el detonante de todo se inicia con un libro de poemas del escritor William Butler Yeats, pues este hombre fue importante para la poesía irlandesa al librarse de los arquetipos establecidos por los británicos, utilizando el simbolismo constantemente, rozando el surrealismo y lo onírico. Porque esto último es la base para todo el film, el ser humano es un ser imaginativo, irracional (y toca recordar la definición aristotélica de que el hombre es un animal racional, es una dicotomización un tanto errónea), pasional, libre, rebelde por naturaleza, un ser que es incapaz de no-sentir.

También se critica la hipocresía inherente a toda forma de gobierno, a la promulgación de unos ideales que ni siquiera los mismos líderes se creen, y esto es tan aplicable a estados absolutistas como a las supuestas democracias que conocemos y en las que vivimos. Y cómo la gente se deja llevar por lo que dice un tío a través de una pantalla cuadrada, de cómo se dejan influir por los medios de comunicación, generando una legión de autómatas sin pensamiento ni juicio crítico (¿de qué me suena esto? ¿Estaré hablando de nuestra realidad nacional sin pretenderlo?), es decir, la ceguera y el conformismo de la gente, y de cómo incluso pueden engañarse a sí mismos. La nulidad del pensamiento como forma de vida. Destacable su propuesta existencialista, su ambición estética, heredada del álbum The wall de los grandes Pink Floyd, su cuidada factura, sus escenas de acción emulando a Matrix, pero a la enésima potencia y con más estilo, así como un guión que no decae, y una dirección más que notable, hacen de esta película una pequeña obra de culto entre cinéfilos, que nunca llegó a nuestros lares por problemas con las distribuidoras (allá por 2002).
Una lástima.
© Del Texto: Gwynplaine Thor


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abr 25 2011

Skyline: Abducciones masivas

Hoy me he despertado de mala gana, es martes, Semana Santa (y todo lo que ello implica), está nublado o a punto de llover, tengo que lavar, planchar, cocinar y menos mal que no tengo un gato al que darle de comer (aunque a veces me gustaría, ya saben, por eso de la soledad del solterito de oro). Lo que no es de recibo es que me encuentre una película igual de mala que la anterior que he comentado (Invasión a la Tierra), esta Skyline, que muchos confundirán con una famosa marca de coches. El argumento es prácticamente el mismo, ciudad de Los Angeles (¿qué tendrá de especial esta ciudad? ¿me lo explican?), unas luces azules caen del cielo y empiezan a abducir de forma masiva a los seres humanos, eso pasa la primera noche. Horas después, ya es una invasión en toda regla. Pero esta vez, los bichejos en cuestión absorben y utilizan nuestros cerebros, como si fuéramos pilas alcalinas. La idea en sí podría haber dado mucho más, pero desde el minuto dos ya sabemos qué va a pasar y cómo se va a desarrollar la trama, lo peor de todo es la ausencia de conflicto, de enganchar al espectador con unos buenos personajes, y una excelente historia. Pero es que no la hay, y si la hay, parece más el capítulo piloto de una serie de sci-fi de segunda regional que una pelicula en sí.

Diálogos horrorosos (atención al momento anti-tabaco, lo más de lo más), desarrollo irregular que solo atrae en los momentos donde los extraterrestres arrasan y matan sin compasión (sí, en una pelicula de aliens ya enfatizo más con los del especio exterior que con los humanos, así es la vida), personajes con encefalograma plano (cosa que un servidor no entiende con tanto ET chupador de cerebros, me gustaría saber qué pasaría si se lo extrajeran a Belén Esteban), técnicamente floja, incluso los efectos especiales cantan, y el diseño de los monstruos no es nada nuevo si uno ha visto muchas películas del género o ha jugado a videojuegos. Lo asombroso es el Deus Ex Machina que se marcan al final de la cinta, para mear y no echar gota, una chorrada sacada de la manga para que el espectador no se vaya con mal cuerpo al ver que los aliens vencen y el terrícola está condenado. Si creían los hermanos Strause (los directores) que su película iba a tener éxito como para hacer una secuela y explicar ese final, lo llevan clarísimo (nótese mi ironía).
En definitiva, una hecatombe interestelar de proporciones cósmicas.
En fin, seguiré planchando, esperando vida inteligente…

© Del Texto: Gwynplaine Thor

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abr 24 2011

Apolo 13: Viaje a ninguna parte

Apolo 13 trata de ser una película sobre la épica del héroe y se queda en una aventura en la que todo se resuelve con tubos de goma y papel higiénico. Apolo 13 quiere demostrar al mundo entero lo que un norteamericano es capaz de lograr y consigue que nos hagamos preguntas sobre su estupidez, sobre cómo se pueden gastar millones de dólares cuando la cosa va de utilizar basura para que los astronautas regresen a casa, sobre lo superficial que puede llegar a ser la gente de ese país. Apolo 13 intenta ser una película espectacular es cada escena y se queda en un conjunto de secuencias llenas de efectos especiales que ni fu ni fa.
A esta película le pasa lo mismo que a la nave espacial que intentaron llevar hasta la luna. Lograrlo debería ser coser y cantar (lograr una buena película con ese presupuesto, llegar a la luna con ese presupuesto) y el camino se convierte en un enorme problema. En la nave no funciona casi nada. En la película ocurre lo mismo. En la nave van encontrando soluciones chapuceras para regresar. En la película se abusa de una dramatización excesiva buscando en el espectador emociones inexistentes, dejando la narración a un nivel y esos excesos en uno muy distinto; es decir, hacen una verdadera chapuza.
Tom Hanks, Kevin Bacon, Bill Paxton, Gary Sinise y Ed Harris forman el elenco (lo principal de él). Ron Howard fue quien intentó dar forma a todo esto y consiguió contar una catástrofe dentro de otra. Intentó enseñar un drama humano y se quedó en poner a llorar a los personajes para conseguir empatía en el espectador; intentó una cosa grande y le salió un churro enorme. El guión es sensiblero, facilón y superficial. No crean que miento si les digo que no sé si incluyeron una banda sonora en la película. Qué trabajo de Mr. Howars. Qué forma de tirar el dinero.
En definitiva, un desastre absoluto. Puede entretener a los chicos una tarde de domingo. Poco más.
© Del Texto: Nirek Sabal


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abr 24 2011

Carles Santos: El cine experimental hace sus deberes

Sobre los deberes del cine ya lo dijo todo Godard cuando los resumió en tres puntos cardinales: el trabajo de investigación, el de pensamiento y, por último, el de espectáculo.
La filmografía de Carles Santos la definiría como la investigación entre las distintas formas cinematográficas más radicales y conceptuales de estimular un pensamiento en el espectador con el procedimiento más espectacular que existe: la simplicidad.
De Carles Santos he tenido el privilegio de ver cuatro cortometrajes: El espectador, Habitación con reloj, La luz y Conversación.
El espectador trata de la silueta de un hombre reflejada en una pantalla blanca. Esta sombra es la única audiencia de un espectáculo, no sabemos cual, en el que durante 35 segundos tenemos la libertad de imaginar a nuestro antojo, de situarnos en el mismo ángulo y contemplarlo todo desde los mismos ojos de esa sombra que somos todos, con los distintos puntos de vista de cada uno. Inventar nuestro propio final o contemplar el bonito paisaje que, misteriosamente, hemos sido capaces de pintar en una pantalla.
Habitación con reloj es la panorámica de una habitación mientras se escucha la voz en off de un hombre repitiendo: tic tac. Esta película, como las otras, nos deja vía libre para imaginar el desenlace y final de una cuenta atrás computada por una voz en off que hace de reloj.
La luz es una imagen fugaz dónde una habitación oscura se ilumina y, seguidamente, un interruptor es encuadrado en primer plano. Los inquietantes sucesos que en esa habitación acontecen corren, solamente, a cargo de nuestra imaginación.
La conversación trata sobre una puerta y una conversación, sobre el rumor lejano e ininteligible que se escucha tras la puerta y que intentamos descifrar en vano. Pero aquí lo importante no es la conversación en sí misma, sino la curiosa emoción que nos produce el espionaje de una conversación privada tras la puerta. Lo que deducimos que ocurre orientados solo por el sonido de unos cubiertos, un trozo de pan que alguien corta en una mesa imaginaria, etc.
En definitiva, Carles Santos consiguió con estas películas hacer un cine de sensaciones más que de técnica, estimular a un espectador mal acostumbrado a un cine mucho más cómodo y evidente.
Cuando miras algo, incluso una pared, ya hay un espectáculo. Me gustaría hacer un film sobre una pared. Miramos una pared y terminamos por ver cosas (Jean-Luc Godard).
© Del Texto: Sonia Hirsch


abr 23 2011

El mismo amor, la misma lluvia

Una vida puede ser mejor o peor que otra, más o menos larga, muy atractiva o muy repelente, pero todas requieren de algunos ingredientes indispensables. Podríamos pensar en el amor o en el dinero. Se nos vienen a la cabeza los sentimientos, las emociones, tener hijos, lograr nuestros objetivos. Miles de cosas. Aunque cualquiera de ellas termina trasladándonos a un mismo lugar. Hasta la camaradería. ¿Qué es un marido o una esposa? ¿Qué es el padre o un amigo? Sin camaradas no tenemos nada de nada.
Esto es lo que trata Juan José Campanella en su película El mismo amor, la misma lluvia. La falta de un camarada es la falta de vida. Nada tiene sentido si no hay donde agarrarse en los buenos y en los malos momentos. Y lo trata desde el idealismo y el pragmatismo, desde dos formas de ver la vida.
Ricardo Darín y Soledad Villamil son los protagonistas y encarnan una pareja que vive en un tobogán eterno que no les permite convivir, pero les lleva a un mismo lugar. Porque son camaradas, porque saben más uno del otro que cualquier otro ser humano.
Una pareja que da la sensación de estar en el mundo porque no cabe otra posibilidad (me refiero a la pareja que forman Darín y Villamil). Da gusto cómo se desenvuelven en la pantalla.
Eduardo Blanco tiene un papel relevante y, también, logra construir un personaje con mucha credibilidad. Ulises Dumont está impecable aunque su papel es muy secundario y sólo explota al final de la película.
Campanella hace, como es costumbre, un trabajo de dirección de actores impecable. Deja que la expresividad de cada uno de ellos enseñe eso que está por debajo de cualquier narración y forma su esencia. Un gesto desdice lo que se escucha. Una historia imposible lo es cuando el ademán del actor nos lo muestra aunque el guión hable jsuto de lo contrario.
No es la mejor de las películas de Campanella si centramos la atención en el plano técnico. La iluminación es sólo correcta (se dejan ver mucho los esfuerzos por hacerlo bien y eso es diferente a hacerlo bien), la música matiza la imagen aunque peca de una sintonía excesiva y hace perder cierta fuerza al conjunto, el vestuario muy justito, la fotografía correcta a secas. Pero no por ello la película deja de ser una muy buena muestra del cine de este autor que ya podrían copiar en las grandes factorías.
Además de las interpretaciones, la ironía y el sentido del humor (ácido hasta más no poder) forman un bloque compacto y solvente.
Lo que cuenta Campanella es cómo Jorge y Laura se conocen, cómo se enamoran y cómo terminan perdidos en su propio amor. Deja de existir complicidad y todo desaparece. Todo salvo terceras personas, claro.
Lo que cuenta Campanella es cómo las personas se unen o se separan dependiendo de cómo ven el mundo. Es muy difícil cambiar a un adulto.
Y lo que cuenta Campanella es cómo cualquiera de nosotros termina regresando a ese lugar en el que el verdadero camarada espera, pase lo que pase.
El mismo amor, la misma lluvia es una película muy agradable de ver. No tanto de pensar. Si el espectador decide ver (sólo) pasará un buen rato. Más que bueno. Si, además, decide pensar sobre lo visto pasará un buen rato seguido de otro algo más duro. Pero, no se preocupen, después del vértigo llega lo mejor. Mirar a derecha e izquierda buscando al camarada (esposo, esposa, madre, padre, hijos, amigos o lo que sea). Tal vez sientan una necesidad imparable de marcar un número de teléfono para decir lo que sienten.
Los jovencitos de cada casa pueden ver la película sin problemas. Y así se enterarán de algunas cositas que les esperan y que nadie está dispuesto a explicarles. Entre otras cosas, que amar es costoso.
© Del Texto: Nirek Sabal

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abr 22 2011

Scream 4: Trastorno de personalidad histriónica

‘’¿Mis amigos? ¿En qué mundo vives, Sidney? Yo no necesito amigos, necesito fans, ¿no lo entiendes? Nunca se ha tratado de matarte a ti, se trata… de convertirme en ti. […] Es la nueva cordura, tú has tenido tus quince minutos de fama, ¡¡YO QUIERO LOS MÍOS!! ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Ir a la universidad? ¿Hacer un postgrado? ¿Trabajar? Mira a tu alrededor, ahora toda nuestra vida es pública, todos estamos en Internet, ¿o cómo coño crees que se hace la gente famosa? No tienes que conseguir nada de nada, sólo tiene que ocurrirte una desgracia. De modo que tienes que morir, son las reglas. Nueva película, nueva franquicia.’’
Ghostface


Estas palabras tan significativas y dichas por el asesino en el punto álgido de la trama (y cuya personalidad no voy a revelar), nos sirve para entender qué es lo que nos ofrecen nuevamente Wes Craven y Kevin Williamson tras una década de silencio en la que se creía que esta famosa saga se quedaría en trilogía. El argumento nos sitúa de nuevo en el pueblo donde se cometieron los asesinatos originales, en la localidad de Woodsboro, Gale Weathers (Courtney Cox) y Dewey (David Arquette) se han casado y mantienen un aburrido y tranquilo matrimonio en dicho pueblo, mientras tanto, Sidney Prescott (Neve Campbell) vuelve al pueblo justo en el décimo aniversario de la ola de crímenes para promocionar su libro, que no son más que las memorias de lo que de verdad sucedió. Este hecho marcará una nueva serie de asesinatos que pondrán de nuevo a nuestro trío de protagonistas en entredicho, pues estamos en una nueva generación y eso conlleva nuevas reglas.

Un film donde se retrata la desvirtuación de los mass media como no se había hecho antes en la saga, una crítica feroz a la falta de intimidad como consecuencia de las nuevas tecnologías, las redes sociales y sobre todo a los nuevos valores demostrados en los medios, donde lo que impera es convertirse en famoso a costa de lo que sea y de quien sea (eso lo tenemos nada más abrir la televisión, y ver la de personajillos que salen, por poner un ejemplo inmediato). Y por qué no, todo ello ha contribuido a crear una generación de sujetos con trastornos de personalidad histriónica, esto es, el egocentrismo y el afán por ser el centro de atención, cuando en el fondo lo que implica no es más que falta de seguridad en sí mismos, y esto es una realidad que vivimos, pero no vemos y muy pocos lo notamos. Kevin Williamson en su más que consabido metadiscurso refleja también la falta de ambición de Hollywood, es decir, una década de remakes y revisiones de antiguos clásicos del terror, a cada cual más nefasto, así como el lanzamiento indiscriminado de secuelas y secuelas que no aportan nada a la versión original (en ataque a Saw, de la cual se mofa desde el prólogo), consiguiendo junto a la dirección del tío Wes, un tono clasicista que ya se echaba de menos en una cinta de estas características.

Técnicamente sin grandes artificios, sencilla y clásica; con un desarrollo de personajes lo suficientemente convincente para un slasher, aunque flaqueando en lo que se refiere al trío de protagonistas original y con un ligero decaimiento en el segundo acto aunque con un acto final absolutamente brutal; una fotografía estupenda de Peter Deming, en la línea de sus trabajos con David Lynch (Carretera perdida o Mulholland drive) más que en sus anteriores esquemas dentro de la misma saga; y unos ambientes y decorados que como todo reboot (relanzamiento, nueva visión, parecido a lo que ya hiciera Nolan con Batman), muestran cierta nostalgia y complicidad con el espectador más freak, al repetirse ciertos escenarios o tener características parecidas a las de la cinta original. A destacar la actuación de la bella Haydn Panettiere, o Ninco Tortorella (que recuerda al actor Anthony Perkins haciendo de Norman Bates, Psicosis), o Emma Roberts (sobrina de Julia Roberts, por cierto). En definitiva, estamos ante una nueva entrega de este gran psychokiller, que tiene pinta de reabrir otra serie de matanzas con la consecuente moralina social de los tiempos que vivimos. La pena es, que quien vea en Scream solo muertes, sangre y adolescentes sin entrar a profundizar en nada, se quedará en una mera superficie, como la gran mayoría del público que no ve más allá de lo que hay cuando se trata del género de terror, ah, una de miedo, si, muere mucha gente y tal, una basura, palabras textuales de un snob gafapasta. Una lástima.
Y es que tal y como dice Dewey, la tragedia de una generación es la burla de la siguiente. Así nos va.
© Del texto: Gwynplaine Thor

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abr 21 2011

En un mundo mejor (Hævnen): Moviendo la línea ética

Al final va a tener razón Henry James. Si aparecen dos niños, le dan dos vueltas de tuerca a la historia.
Y aquí aparecen dos niños. Y resulta impresionante ver la manera cómo interpretan, el oscuro fondo de madurez que ha conseguido sacar de ellos la directora, Susanne Bier, para que registren en la pantalla una actuación dificilísima y excepcional. Muy especialmente William Jøhnk Nielsen (Christian), pero también Markus Rygaard (Elías).
En un mundo mejor es una película dura y hermosa. Profundamente perturbadora.
La creación de una luz de una pureza azul para una parte que sucede en Dinamarca, es sustituida por un infierno amarillo que es África. Esas luces diferenciadas, conseguidas con la fotografía de Morten Søborg, modulan el encuentro de varios universos duales en torno a la violencia.
El mundo del bienestar y el de la desesperación; el de los niños y el de los adultos; el del dolor y el de la sanación; el norte y el sur. Todos, en la búsqueda de una línea ética que nos vemos obligados a mover continuamente para entender el mundo en el siglo XXI.
Las reseñas que encontrarán en los medios jamás les darán una idea del tipo de película que van a ver.
El guión, bien encarnado y filmado con el ritmo justo, bordea lo previsible -o se lo salta- siempre con impecable veracidad. Las secuencias álgidas son contenidas, pero reales, y relatan una gran historia que no aporta ninguna solución porque quizás no existe, pero si una profunda reflexión sobre las incertidumbres de la condición humana.
Menos emocional aunque impecable la actuación del protagonista, Mikael Persbrandt (Anton) y conmovedora la banda sonora de Johan Søborg.
El guión está compuesto a cuatro manos, las de la directora, Susanne Bier y las de Anders Thomas Jensen, con quien compartió adscripción al movimiento Dogma.
La cinta ha obtenido merecidamente el Oscar a la mejor película en lengua no inglesa y el Globo de Oro a la mejor película extranjera.
Me ha sobrecogido su profundidad psicológica.
© Del Texto: Ivor Quelch


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abr 20 2011

Scream 3: El pasado es el origen

‘’Si el asesino regresa, y hablo en serio, hay varias cosas que debéis recordar. Si sólo es una continuación, se aplican las mismas reglas, sin embargo hay un elemento decisivo: Si de pronto surge una inesperada historia del pasado y eclipsa la historia actual, las reglas de una continuación dejan de servir. Porque dejará de tratarse de una continuación, para convertirse en el último episodio de una trilogía.

¡Exacto! Es poco frecuente en el género de terror pero existe, y es una fuerza que hay que tener en cuenta, porque las verdaderas trilogías acaban volviendo al principio, y descubriendo algo que no era cierto. ‘’El padrino’’, ‘’El retorno del jedi’’, todas revelaban algo que pensábamos que era verdad y no lo era. Si es una trilogía, tened en cuenta las siguientes super-reglas de la trilogía:

1) El asesino es sobrehumano, de nada sirve pegarle un tiro ni apuñalarlo. En la tercera entrega tenéis que criogenizar su cabeza, decapitarle o hacerle estallar.

2) Cualquiera puede morir, incluso el personaje principal.

3) El pasado puede volver y patearos el culo. Tenéis que olvidaros del pasado, porque el pasado nunca descansa. Cualquier pecado cometido en el pasado va a estallaros en las narices y os destruirá.’’

Randy

Última película de esta más que brillante trilogía de terror, donde todo lo planteado en las anteriores entregas desemboca en un perfecto acto final no apto para cardíacos. Wes Craven nos sumerge ahora en plena meca del cine, en el corazón de Hollywood, finalizando así su metadiscurso y crítica a la industria para la que él mismo trabaja, una industria que destroza y sumerge en el olvido a muchísimas personas. Sidney Prescott (Neve Campbell), la protagonista, ha acabado aislada en una casa en la montaña, con seguridad extrema, evitando todo contacto humano que no sea su padre, trabajando desde una línea telefónica destinada a la atención a la mujer, acosada por fantasmas del pasado, su madre asesinada. Mientras tanto, un circo se ha montado a su alrededor con las anteriores masacres: películas, reportajes, merchandising, y los supervivientes de la segunda parte completamente desvirtuados por la fama y el dinero de una desgracia que incluso ellos mismos vivieron (la reportera Gale Weathers interpretada de nuevo por Courtney Cox, el sheriff Dewey, interpretado por David Arquette, y Cotton, el que era cabeza de turco en la primera y segunda parte, interpretado por Liev Schreiber). Puñalada 3 es la nueva película de los sucesos de Woodsboro, y de repente, los personajes del reparto han empezado a morir asesinados uno tras otro. Este hecho capta la atención de Sidney, que sale de su escondrijo como un ratón a la trampa con queso, pues el asesino con cada muerte deja una foto de Maureen Prescott (la madre) de cuando era una jovencita, destapando una ola de secretos que se creían más que enterrados, y haciéndole ver a la protagonista que el pasado siempre vuelve de una forma u otra, llegando a descubrir el origen del por qué su madre coqueteaba con todos los hombres con los que podía. Y es que, como en todo, un suceso, por minúsculo e insignificante que parezca, puede crear toda una generación de desgracias ajenas y no ajenas, traumas y complejos que se heredan hasta el inevitable choque donde uno no puede evitar preguntarse ‘’¡¡¿por qué cojones no me dejáis en paz, panda de tarados, psicóticos y esquizoides?!!’’

Un film que refleja de forma extremista cómo se le puede destrozar la vida a la generación venidera por los pecados que uno cometió en su pasado. Porque está más que visto que lo que influye en unos, le seguirá a los otros (y si no, pregúntenselo a un psicólogo), pero el ser humano es tan egoísta por naturaleza que no se preocupa de esas cosas cuando se es joven. Por lo demás, la película sigue el esquema de las anteriores entregas, incluso rozando un tono más burlesco al tratarse de una satirización del Hollywood que no vemos normalmente, ese lado casposo, pueril y frívolo que concierne tanto a actores, como directores y productores. Muchas muertes, sangre, más acción, mucha oscuridad, juegos macabros, guiños al espectador más freak, cameos de Jason Mewes y Kevin Smith como Jay y Bob el silencioso, Carrie Fisher (nuestra querida Princesa Leia de Star Wars que vio como su carrera y vida fue a pique tras esta saga, recuperándola aquí Wes Craven, ya que el tema principal de la película va sobre cómo trata Hollywood a su gente), o el mismo director como visitante al plató de Puñalada 3 con una cámara de vídeo. No es chistoso ni nada. En definitiva, todo es más grande y mejor.

Con este film estrenado en el año 2000, justo al final del siglo XX, Wes Craven y Kevin Williamson daban carpetazo a una etapa, y todo parecía indicar que la pesadilla se había acabado.

Una década después, el silencio ha sido interrumpido por una nueva generación. En unos días os hablaré del estreno de Scream 4, y cómo se ha adoptado un nuevo enfoque a una saga que aparentemente ya no tenía nada que ofrecer.

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Scream 1

Scream 2

© Del Texto: Gwynplaine Thor


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