mar 30 2011

Caché

Uno se coloca en un ángulo perfecto. Se reclina en el sillón voltaire en la posición más confortable y bajo una mezcla perfecta de luz natural y artificial justo a las 20:30 de la tarde. Una banda sonora grandiosa. Un tipo precioso clasifica viejos catálogos de arte sobre una alfombra impecable. Ni rastro de otros tiempos. La sombra gigante que proyecta su flequillo en la pared forma una montaña perfecta.
Desde fuera, en la calle, el plano secuencia de esta portada resulta delicioso, envidiable. Infinitos videoclips caseros así lo evidencian.
A uno le ha llevado años perfeccionar este plano encantador, hacerlo lo más profesional, dilatado y cinematográfico posible. Nos hemos mudado de casa, de pareja, de perro. Lo hemos descompuesto todo para volver a recomponerlo desde la perspectiva más acertada. Hemos colgado el cuadro exactamente dónde antes estaban las marcas de otros tiempos. Hemos centrifugado diariamente las sábanas; agotado los compuestos químicos en las paredes. Del beige, hemos pasado al azul turquesa, luego al verde pop y luego hemos terminado por forrarlo todo con un bonito papel de dibujos art decó.
Todo está bien así. Todos los fracasos están cumplidos. Nada nuevo que nos perturbe ya.
Una preciosa colección de sombreros clasificados por estación; un bronceado estupendo; una brisa en la terraza; un perfume caro; la edad más adecuada; la dieta más mediterránea, ningún sueño pendiente…

Todo está bien así, y, sin embargo, no dejamos de intuir la presencia de un malo en esta película. Y nadie más malo que el pasado invisible empeñado en cambiarnos, de repente, la iluminación perfecta de las 20:30.
Algo de ceniza ha caído en la alfombra. El chico maravilloso ha terminado su clasificación de catálogos antiguos. Una mancha de humedad acaba de atravesar la ciudad geométrica de papel en la pared. De repente las sábanas encogen, la pintura se cuartea, el bronceado se apaga… El pasado necesita de un portazo de verdad y uno ya no sabe exactamente dónde quedó la puerta.
Esta, más o menos, es mi reflexión sobre la cinta de Haneke en esta tarde perfecta. El pasado. Nada más melancólico y trágico que el destino de esta palabra.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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mar 28 2011

Solo en el cine

¿Ha ido usted alguna vez al cine solo? Es una experiencia fascinante ¿verdad?
Uno entra en la sala. Apenas hay gente porque es un día de diario. Dos muchachas tienen las piernas sobre las butacas delanteras y comen palomitas. Un tipo está parado en mitad de la escalera pensando en cual de las trescientas treinta butacas libres se sentará. Una pareja se besa sin atender a nada. Ocupa un asiento cualquiera. Las luces tenues le permiten echar un vistazo a los asientos vacíos, a la pantalla blanquecina. Alguien entra en la sala. ¿Será un loco? ¿Será que viene buscando sexo fácil? ¿Tendrá un machete en la espalda con la que descuartizará a los espectadores uno a uno? Comienza la proyección. Siete personas en la sala y ruido de palomitas, papel de caramelo y refresco que se acaba. El caso es que no pasa nada por poner los pies en el asiento delantero. Total no hay nadie. La película es un paquete. Una cabezada. Nadie se enterará. La estridencia de la música le despierta. Es lo que tienen las películas de terror que no valen un pimiento. El director lo arregla todo con ruidos y casquería. Oh, Dios santo. El vigilante de seguridad en la puerta. Mira fijamente. A usted. Pone los pies en su sitio y finge estar más fresco que una lechuga. Durante una escena muy luminosa echa un vistazo atrás. La pareja no está. ¿Tal vez tumbados? Las chicas se besan. El hombre solitario se cambia de sitio. Debe ser que no termina de encontrar un lugar cómodo. Y el posible asesino duerme a pierna suelta. Usted piensa. ¿Qué tipo de gente viene al cine a estas horas y, encima, solo? Acaba la película.
Como las cosas no pueden ser tan extrañas, lo intenta una segunda vez. Al llegar al cine (que está en el culo del mundo) advierte con asombro que la cola de la taquilla es inmensa. ¿Cómo puede ser? Las cuatro menos cuarto de la tarde. Imposible. Se acerca. Cientos de venerables ancianitos esperan su turno. La espera es una tortura. Entra diez minutos tarde. No encuentra una butaca libre y se sienta en las escaleras. La película va de algo, por lo visto, muy gracioso. Los ancianitos se parten de risa. A usted no le hace ni puta gracia. Sentado en un escalón nada le puede hacer reír. Una mujer (ancianita, claro) le dice que allí hay una butaca para usted. El problema es que la mujer está en el otro extremo del cine. Los demás se animan. Pero hombre, no se quede usted ahí, vaya, vaya. Todos los espectadores dejan de mirar la pantalla para mirarle a usted. Por supuesto, va. Es aclamado por el camino. Incluso le ofrecen un bocadillo que no se pueden comer por la dentadura. Acaba la película y los ancianitos tardan tres cuarto de hora en salir. Usted se queda en la butaca. Petrificado. ¿Qué tipo de gente viene al cine a estas horas y, encima, solo?
Pero a la tercera va la vencida. Vuelve a presentarse. Sesión de las cuatro de la tarde. Quiere ver una de dibujos animados. Entra en la sala y siente que todos los padres le miran con desprecio. Se sienta en la localidad que le ha tocado y el padre de familia dice al niño (al que tiene a su lado) que le cambie el sitio. Miradas llenas de sospecha. Parece que se preguntan (todos los adultos) ¿será pederasta este cabrón? Un niño pequeño se pone pesado. Delante de usted. Y con toda su buena voluntad le ofrece un caramelo para que deje de dar el coñazo. Se masca la tragedia. Los padres miran. Y usted, fingiendo un ataque de pis, se despide amablemente y deja su localidad.
¿Qué tipo de gente va al cine a estas horas y, encima, solo?
© Del Texto: Nirek Sabal


mar 27 2011

El tiempo del lobo: Mitología para entender el mundo

Según la mitología nórdica serán los lobos los que devorarán el sol y la luna justo antes del fin del mundo. Michael Haneke, muy en la línea de Thomas Hobbes, nos enseña a un hombre que no es más que un lobo para el hombre. Y lo hace desde una narración abierta de principio a fin. Lo que sucede no hay que comprenderlo como parte de un colapso total de la humanidad sino como desastres personales que suman convirtiendo el resultado en inexplicable, contradictorio e inevitable. La humanidad ha fracasado (el espectador no sabe porqué). Cada persona se enfrenta a su propia desgracia. Los hijos no encuentran refugio en los padres que tratan de sobrevivir como pueden y se distancian sin remedio (con Haneke siempre encontramos el terror en lo jóvenes); se convive con el horror porque es un ingrediente más de la vida (la escena de la violación en la estación del tren es, sencillamente, espeluznante); la muerte se instala con naturalidad junto a cada persona; el mundo es un infierno y los hombres han devorado el sol y la luna a base de acumular maldad y desinterés por todo lo que no sea él mismo. Ahora bien, Haneke deja la puerta abierta (casi siempre lo hace). Bien sabe este director que la fuerza de las personas puede ir mucho más allá y prende una luz de esperanza al final de la película. Lo que ocurre es que alimenta esa esperanza desde un lugar extraño, desde la propia maldad, codicia y brutalidad del ser humano. Podrá salir adelante por su condición y esa condición es la suma de todo lo que es.
Michael Haneke se apoya en Isabelle Huppert para ofrecer su propuesta. Espléndida, la actriz; espléndida la propuesta; no tanto el producto final. Escenas como la que abre la película es maravillosa aunque a medida que avanza la trama, la película va perdiendo fuerza de forma inevitable (es lo que tienen los grandes retos). La fotografía magnífica. La dirección de actores notable. Pero el guión se pierde en exceso en el drama individual perdiendo perspectiva sobre la totalidad de forma excesiva. Puede colar como guión aunque las expectativas que deja abiertas sobre filosofía y mitología no se ven cumplidas.  En cualquier caso buena y exigente película. Enfrentar al espectador con un sacrificio ritual que un crío decide realizar para engrosar el número de justos que han de morir para salvar la humanidad o la toma final (traveling lateral) desde el tren no es fácil. Ni es sencillo enseñar al hombre lo más sucio que lleva dentro para que lo valore. Ni son del gusto general los planos fijos eternos a los que nos tiene acostumbrados este director. Haneke se acerca peligrosamente a la zona más oscura, pero lo hace moviendo la cámara de forma magistral, guste más o menos. Lo bueno es, a veces, doloroso.
© Del Texto: Nirek Sabal

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mar 26 2011

Pa Negre (Pan Negro): La gran oportunidad perdida

La mentira. Ese es el tema central de la película de Agustí Villaronga, Pa Negre (Pan Negro). Un asunto que ataca desde un mundo opresivo, gris, cerrado sobre sí mismo y para muchos; desesperante e imposible salvo que el sujeto acepte las normas sin rechistar y sabiendo que nada puede cambiar.
Villaronga viene a decir que somos fruto de lo que nos ofrecieron nuestros padres (ellos ya habían aceptado las cosas) y, como lo que nos pusieron en las manos eran mentiras y más mentiras, somos una enorme trampa. Vale. El mensaje está dentro de lo que podríamos asumir como cierto (me refiero a lo verosímil desde un punto de vista narrativo y de representación de espacio común). El mensaje puede servir para remover conciencias, para soportar una buena historia, para trenzar trama y personajes. Pero ¿cómo nos lo enseña Villaronga? La película va de mucho a casi nada, de lo incierto a lo previsible; del personaje complejo a la falta de evolución. La película nos muestra cosas que se quedan en nada (por ejemplo, la relación del maestro y la alumna manca) y que deberían tener gran relevancia en el entramado narrativo (nadie que cuenta algo debe olvidar que crear expectativas en el espectador supone cumplir con ellas) ; no desarrolla lo profundo dejándolo enunciado sin un objetivo claro, vacío de valor expresivo. La película juega a ser la oscuridad y se queda en una sombra gris (más técnicamente por el uso de la iluminación que por cualquier otra razón de peso). La película podría ser inmensa y se queda a medio camino enredándose con la trama y olvidando lo profundo del personaje, lo terrible del camino de la mentira. Todo queda en anécdotas que fueron proyecto de grandes cosas.
A pesar de los premios recibidos, me parece que es una película fallida, una película que apuesta y pierde; una de esas películas que dejan mal sabor de boca porque podrían ser grandes y se quedan en la mejor de las mediocres; una película que (otra vez) cuenta lo mismo desde el mismo lugar, desde las metáforas vacías por gastadas y desde lo ramplón de un lenguaje que no acompaña a la oportunidad.
© Del Texto: Nirek Sabal

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mar 25 2011

Un perro andaluz: Una bonita postal

Cuando subía esta tarde de retocar mi peinado, me acordaba de él y de Richard Wagner, de los desayunos con cerveza, las palomitas a medianoche, los labios rojos desde el amanecer, las bicicletas, los para ti, los tangos, las horas, los saxofones y las solapas, las solapas tirantes contra la pared.
No tenía excusa para escribirle, aunque lo prometí muchas veces. Tampoco tenía ninguna esperanza de respuesta. Así que me busqué la excusa de ver Un perro andaluz para escuchar a Wagner, recordarle y escribir con la esperanza de que tal vez él me leyese, algún día, desde algún sitio.
Un ciclista accidentado, una mujer que lo rescata y lo recompone sobre su cama. Unas hormigas corriendo en la mano abierta del ciclista. La axila que se vuelve erizo. Una extraña andrógina atropellada en la calzada abrazada a un cofre con una mano dentro. La excitación sexual en el apartamento, los senos de ella, el desnudo imaginario, el éxtasis, las ganas, la persecución alrededor de una mesa, encima de la cama, tras las cortinas. El piano que arrastra asnos y frailes atados, y…  hacia las 3 de la madrugada un intruso que llama al timbre, la discusión entre los dos hombres. El ciclista con dos libros en las manos y contra la pared es obligado a tirar sus pertenencias por la ventana.
Dieciseis años antes, el hombre ya se había dado la vuelta en la misma pared, pero ahora son revólveres y no libros lo que tiene en las manos. Dispara al otro, que cae muerto, no en el apartamento, sino en un idílico bosque sobre el  cuerpo desnudo de una bonita mujer, que, naturalmente, desaparece, y un grupo de paseantes se acerca a examinar el cadáver, retirándolo después y alejándose en el bosque.
De nuevo, la mujer contra la puerta, sin solapas. Una bonita mariposa sobre ella, el hombre en frente sin boca, la boca que se hace axila, la mujer, que pinta la suya de rojo, que hace una burla, que se marcha. Una bonita playa que encuentra a la salida, un chico atractivo a la orilla del mar que le da la hora. Un beso apasionado y un paseo por la arena dónde encuentran el cofre destrozado y los demás enseres del ciclista mojados de agua de mar. En la primavera, dicen, los dos cuerpos se enterraron en la arena hasta la cabeza.
Ésta me pareció una bonita postal. Para estas cosas es mucho mejor siempre el cine mudo.
© Del Texto: Sonia Hirsch

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mar 23 2011

Impresiones en la Alta Mongolia: Dalí, un agente provocador

Un bucólico paisaje se transforma progresivamente en el rostro de Hitler. A partir de aquí, y conducidos por su voz en off, se suceden una serie de imágenes encadenadas que van, desde fotogramas de Un perro andaluz o el Rostro de Mae West, hasta la tranquilidad suprema e inmutable de su taller y el globo aerostático que vuela plácidamente tras la ventana. Entonces nos cuenta como decide, para recompensar a Gala por su resignación y paciencia, enviar a un equipo de exploradores a la Alta Mongolia Occidental (lugar aparecido en los cuadros de Vermeer), a buscar el champiñón blanco alucinógeno que contiene todas las propiedades geológicas de un LSD absoluto.
El mismo Salvador Dalí, nos abre las puertas de su museo, para luego presentarnos, desde un misterioso mapa, su personalísima visión sobre la Alta Mongolia como una civilización alucinógena y extraña dónde se encuentra el verdadero champinclis histratatus domus blancus y que ha mantenido a una civilización totalmente onírica.
Los mapas, las vistas panorámicas, los extraños insectos, la exótica vegetación prehistórica , las cúpulas celestes y apoteósicas, las cápsulas galácticas, y así hasta encontrar el objeto de la expedición: un codiciado champiñón gigante blanco que necesita 6 años de maduración.
Finalmente, termina Dalí mostrándonos su bonita estilográfica del Hotel Saint Régis, que dice ser el objeto sublime que nos provocó las alucinaciones vistas durante toda la película. Luego, baja la estilográfica a la altura de su sexo y vierte en ella unas cuantas gotas de ácido úrico, que, según él, es el agente provocador de esa interpretación nuestra paranoico-crítica durante los 50 minutos de película. Y, es que, las manchas que se formaron en la estilográfica durante los 50 minutos de exposición al ácido úrico son las imágenes que hemos visto y que él nos ha impuesto en el cerebro. Nada más.
Tenía mucha curiosidad por ver esta película que le inspiró a Sistiaga sus cósmicas Impresiones en la alta atmósfera. Ahora, tengo muchas ganas de leer las Impresiones de África de Raymond Roussel que le inspiro a Dalí y a Montes-Baquer sus alucinantes Impresiones en la Alta Mongolia.
© Del Texto: Sonia Hirsch


mar 22 2011

Jean-Luc Godard: Un encargado para la misión de la búsqueda científica

Digamos, que, para mí, el cine es un instrumento de pensamiento original que está a medio camino entre la filosofía, la ciencia y la literaturay que implica que uno se sirve de los ojos y no de un discurso ya hecho.
Se han privilegiado los derechos del cine y no sus deberes. No se ha podido, o no se ha sabido, o no se ha querido dar al cine la función que se asignó a la pintura o a la literatura. El cine no ha sabido cumplir con sus obligaciones. Es un útil respecto al cual nos hemos equivocado. Al principio se creyó que el cine se impondría como un nuevo instrumento de conocimiento, un microscopio o un telescopio, pero muy pronto se le impidió desempeñar su función y se hizo de él un sonajero. El cine no ha desempeñado su función como instrumento de pensamiento. Porque se trataba cuando menos de una manera singular de ver el mundo, de una visión particular que después se podía proyectar en grande ante varias personas y en varios lugares al mismo tiempo.
Pero, visto que el cine cosechó enseguida un gran éxito popular, se privilegió su lado espectacular. De hecho, este lado espectacular no constituye más que el diez o el quince por ciento de la función del cine: sólo debería haber representado el interés del capital.
Ahora bien, rápidamente, pasaron a servirse del cine sólo en función de sus intereses y no le dejaron desempeñar su función más importante. Se equivocaron.
(Jean-Luc Godard).

Digamos, que, para mí, pueden llegar a convivir todas las formas de expresión posibles dentro del cine y el arte en general. Está claro que cada uno tenemos la nuestra, inevitable y personal, y está claro que todas ellas tienen cabida, pero siempre cumpliendo con sus obligaciones.
Se puede hacer un cine de investigación bajo la forma de espectáculo, o se puede no hacer cine y hacer directa y sencillamente espectáculo.
No me interesa tanto el contenido como las formas, y Godard, en el cine, me parece el más hábil científico de las formas. Capaz de establecer un pensamiento a partir de una imagen de gente leyendo un buen libro en un jardín; de un grupo de snobs comunistas divulgando sus ideas en pizarras; de una encantadora chica americana vendiendo el New York Herald Tribune en los Campos Elíseos; de los 20 minutos de diálogo que le da a Belmondo para convencer a una chica que haga el amor con él…
Porque la intención es filmar cualquier cosa que provoque un pensamiento y Godard lo consigue haciendo películas que se acercan a la vida. La cotidianidad habitual, todo está ahí.
Quizá sería uno muy atrevido si pretendiese hacer una película de una huelga en la que los obreros piden un aumento de sueldo y un aumento de sus posibilidades culturales. Nosotros, los directores de cine, no vivimos el problema, y los obreros, lo que podían haber hecho la película, no saben hacer cine.
Godard define la Nouvelle Vague como una nueva relación entre ficción y realidad. También como la nostalgia de un cine que ya no existe. Resulta, que en el momento en que finalmente podemos hacer cine, ya no podemos hacer el cine que nos dio ganas de hacer cine.
Ellos quisieron hacer clásicos y, ante la imposibilidad, surgió la Nouvelle Vague. Nosotros, a los que nos gustaría hacer Nouvelle Vague, a los que la Nouvelle Vague nos ha provocado las ganas de hacer cine, nos encontraríamos ahora haciendo otra cosa. Quizá una bonita película, una reflexión reformista, pero otra cosa.
Esta reflexión de Godard sobre las formas me parece clave en estos tiempos cinematográficos. Sobre todo, porque cambiar las formas puede llevar milenios, y me parece un verdadero coñazo soportar estas formas durante tanto tiempo. Y porque pienso que el cine en general (con algunas excepciones) vive ahora acorde a su generación: de forma violenta, ordinaria y antiestética.
Nada más lejos de un instrumento de pensamiento. Nada más lejos del cine.
Espero el final del cine con optimismo. (Jean-Luc Godard).
© Del Texto: Sonia Hirsch


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mar 21 2011

El Rito: Miedosa de mala

Pues nada. La gente se empeña en contar, una y otra vez, la misma historia. Y, además, lo hacen utilizando los mismos ingredientes, de la misma forma y con la misma cantinela enana de otras veces.
El Rito es una película que narra la historia de un seminarista en plena crisis de fe. Comunica su deseo de abandonar sus estudios al superior y este le ofrece convertirse en exorcista de la diócesis. Le pide que acuda a Roma para instruirse y allí conoce a un sacerdote viejo que practica exorcismos desde mucho tiempo atrás. El diablo, que como todo el mundo sabe es malísimo, aparece en escena para convertirse en protagonista y destrozar la vida de todos, pero la cosa se le va de las manos y el bien termina triunfando. Más o menos, la trama se podría resumir de este modo. ¿Les resulta familiar? No me extraña en absoluto.
Nada se salva del desastre en este bodrio. Anthony Hopkins no hace gran cosa para arreglar el desaguisado; la música se convierte en un ruido estridente para que el espectador se sobresalte o sienta un miedo atroz ante algo que se parece poco a una película del género de terror; la fotografía es normalucha; la puesta en escena ramplona; el maquillaje justito y el guión nefasto. Tal vez alguien pensó que, anunciando al comienzo de la película que está inspirada en hechos reales, la cosa no necesitaba nada más para que funcionase. Pero, claro, se equivocó. Incluso hay un momento en que (tras un exorcismo, el primero) el cura mayor le pregunta al diácono si esperaba puré de guisantes y cabezas dando vueltas. Sin duda un aviso del guionista: Eh, eh, que esto es real; que esto no es como las cosas de películas. Y sí, es como las películas, como las malas películas.
Si entramos en el terreno de la justificación de la acción el asunto se pone imposible. Dejan caer cuatro idioteces sobre las Sagradas Escrituras y sobre Satán para que todo parezca muy cierto. Así creen que consiguen que lo construido se mantenga en pie. Por supuesto (si es que había algo que mantener derecho) se vuelven a equivocar porque no queda ladrillo sobre ladrillo.
Y si entramos en el terreno de los personajes la cosa se transforma en un chiste. Por ejemplo, aparece en pantalla una periodista que no está poseída, ni es monja, ni es guapa, ni es lista, ni llegamos a saber cómo es su trabajo, ni nada de nada. ¿Para qué está? Ni idea. La meten con calzador diciendo que un hermano se suicidó y que el diablo se lo recordará para que sufra. Pues qué bien. Es un ejemplo, pero no se libra ni uno.
Si Dios existe no debería consentir este tipo de cosas. Casi dos horas aguantando bazofia es mucha tela.
© Del Texto: Nirek Sabal


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mar 20 2011

Mujeres al borde de un ataque de nervios: El mundo en una coctelera

La influencia de Federico Fellini en el cine de Pedro Almodóvar es algo patente. Pero vaya, que no es nada del otro mundo. El cien por cien de los directores actuales están en las mismas circunstancias. Al menos los que saben hacer buen cine.
Fellini muestra una estética muy parecida a la de Almodóvar. Cutre, pueblerina; otras veces sofisticada; casi siempre unidas. Las bandas sonoras de sus películas son demoledoras (Fellini gana la partida al español en el territorio de la música original). Los diálogos de sus películas suelen ser extraordinarios por su extravagancia, por su inteligencia y por servir de soporte a la evolución de los personajes. La sombra de ambos, de sus egos enormes, atrapa cada escena que ruedan. Y si no es la sombra de sus egos son ellos en persona o su experiencia vital. El cine de ambos se funde en sus parecidos. Podríamos hacer una extensa lista llenando páginas enteras. Pero esto no es lo verdaderamente interesante. ¿Son genios del cine porque sus películas enseñan similitudes técnicas o estéticas? ¿Podríamos decir que los directores de cine son copias de los anteriores? ¿Es eso lo que quieren los nuevos para hacerse un hueco en el mercado cinematográfico? No a todo. Y si alguno lo cree puede ir pensando en dedicarse a otra cosa. Las cosas en el mundo del arte funcionan de otra forma. En las empresas puede ocurrir que un imbécil con dinero haga más dinero. En el del arte, el que es un desastre no se come una rosca.
El cine de Fellini y de Almodóvar confluyen en algo mucho más importante, en un nivel que muy pocos son capaces de transitar con acierto. Los dos agarran una parte del mundo; lo agitan con fuerza; logran aislar lo fundamental; lo colocan tal y como ellos entienden que es el mundo por debajo de lo que se ve; ruedan escenas y lo hacen universal. Dicho así, parece sencillo aunque, en realidad, es algo magnífico que sólo pueden hacerlo unos poquitos. Que, por ejemplo, los planos picados y contrapicados se utilicen para esto o aquello forma parte de la estética y de la técnica, pero eso lo podría llegar a hacer cualquiera con el proceso formativo adecuado. Que la banda sonora acompañe con perfección la imagen es cosa de los músicos y cualquiera puede contratar al mejor o pagar los derechos de autor de los mejores para usar sus temas. Que la iluminación sea perfecta tiene el mismo problema. Todo se puede solucionar salvo la genialidad del que mueve la coctelera y ordena el resultado.
El mundo ordenado tal y como lo ve cualquiera es un mundo patético y facilón. Es el lugar donde más estereotipos hay, es el lugar en el que peores escenarios puede uno encontrarse, es el espacio en el que mayor número de idioteces pueden oírse. Podría parecer que Fellini o Almodóvar reproducen eso. Y no. Nada más lejos de la verdad. Otra cosa es que representen realidades reconocibles, espacios comunes en los que su mensaje llegue con claridad al espectador. Es decir, la realidad es un vehículo, pero no es el mundo, no es el universo que todos pisamos. Si algo caracteriza el cine de estos genios es la constante huida que les lleva lejos de eso que conocemos como verdad.
Mujeres al borde de un ataque de nervios es, posiblemente, la mejor película de Almodóvar. Es verdad que el director ha evolucionado en su cine hacia la exquisitez técnica. Eso es verdad. Pero al mismo ha retrocedido en sus películas posteriores en ese sentido último que manejaba al principio aunque mantiene niveles más que buenos.
Almodóvar llena la coctelera de normalidad, la disfraza de disparate y no la entrega, de nuevo, convertida en eso que arropa lo cotidiano aunque nadie está dispuesto a reconocer. El mundo es un conjunto de situaciones delirantes que convertimos en cotidianas para poder sobrevivir, para no sentirnos aislados ni volvernos locos. Y es que de eso va la película. Otra cosa es que no paremos de reír mientras la vemos. Tal vez nos hace tanta gracia porque no queremos que nos mate un ataque de pánico que siempre está sobre nuestras cabezas y que tiene que ver con lo que somos y no enseñamos.
Pepa e Iván trabajan juntos. Iván ha dejado a Pepa embarazada aunque no lo sabe. Ella le pide que deje la casa. La casa se llena de seres extraños que buscan explicaciones donde no las hay. Hablan de forma extraña y nos hacen reír. Escuchan música que nos hace reír. O llorar. Buscan lo que todos nosotros. Eso sólo nos puede hacer llorar.
Mujeres al borde de un ataque de nervios es una película magnífica que todos deberían ver para entender lo que intenta Pedro Almodóvar cuando se pone detrás de la cámara. Carmen Maura, Antonio Banderas (¿este hombre sigue vivo, es el mismo que se pasea por Hollywood, se le ha olvidado eso de actuar?), Julieta Serrano y María Barranco forman parte del elenco (entre otros) y su trabajo es espléndido gracias a la dirección de actores de Almodóvar. La historia es fantástica y muy divertida. No dejen de echar un vistazo. Aunque sea por cuarta vez. Sigue mereciendo la pena.
© Del Texto: Nirek Sabal


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mar 19 2011

El Gran Vázquez: Una historia y un personaje

El Gran Vázquez es una deliciosa película de Óscar Aibar que protagoniza Santiago Segura.
Manuel Vázquez fue uno de los dibujantes de tebeos con más talento del siglo XX. Las Hermanas Gilda, Anacleto o La familia Cebolleta son algunos ejemplos inolvidables para muchos españoles.
Estética de tebeo y tonos sepias en la imagen envuelven una trama muy divertida que deja aparecer, en momentos determinados, la animación para reforzar el punto de vista desde donde se narra y que no es otro que el del propio Vázquez. El personaje se va desarrollando entre situaciones disparatadas que forman parte de una vida llena de miserias, de éxito, de bancarrota, de cárcel, de muchas esposas, de más hijos, de carreras delante de los acreedores y de una rivalidad aplastante entre dibujantes. Santiago Segura cumple con su interpretación y el resto de los actores y actrices ayudan a que podamos ver al personaje principal, especialmente el que interpreta Álex Angulo.
No se trata de una gran película, pero sí se puede decir que el buen rato está asegurado. No vemos grandes alardes técnicos aunque tampoco se echan en falta porque la cosa no lo necesita. Vemos un mundo muy particular construido por un ser humano que nunca quiso convertir su talento en un potro de tortura. Vázquez, igual que su personaje de tebeo, era un moroso, un timador y un vividor. Sabía que era el mejor dibujando y poniéndose el mundo por montera; sabía que el dinero sólo sirve para gastarlo y que el vivo está mientras el muerto ya no se entera de nada. La película es deliciosa por muchas razones. Primero por el homenaje que representa a un artista genial. También lo es por esa acidez en los diálogos que se convierten en una enorme montaña rusa que lleva al espectador de la risa a la carcajada y que no le permite un respiro para fruncir el ceño aunque piense en su propio mundo. Y también porque muchos se ven en el personaje, en lo que quisieran ser aunque muy pocos estuvieran dispuestos a reconocerlo. El mundo a tus pies sin que el dinero o cualquier preocupación estén por encima. Muy tentador. Además, El Gran Vázquez, incluye algún ingrediente que falta en muchas películas: quiere ser cine, quiere hacer pasar un buen rato al espectador con inteligencia en su planteamiento, evita contar absolutamente todo para que los detalles (lo que queda por debajo de lo narrado) aparezca ante los ojos de cada cual.
Una película muy entretenida y que pega el asiento de la ficción. Sin tragedias, sin explosiones, sin grandes alharacas. Con una historia. Con un personaje entrañable.
© Del Texto: Nirek Sabal

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