feb 28 2011

Valor de Ley: Generaciones venideras

‘’Huye el impío sin que nadie lo persiga’’
Proverbios, 28:1

Si hay un tema que me llama poderosamente la atención en el cine más moderno es el recurrente al tema de la herencia; con esto quiero decir lo que le dejamos a las generaciones venideras, no el sentido estricto y frívolo de la palabra que no es más que repartir tus posesiones; me refiero a qué valores y principios les concedemos, qué mundo les traspasamos, cómo nuestras acciones repercutirán más tarde en los jóvenes, causas y consecuencias entre personas de distinta edad, sexo y raza. Desde 12 hombres sin piedad a ésta Valor de ley, hay un sinfín de títulos como El padrino, La caída de los dioses, Taxi driver, El imperio contraataca, Jóvenes ocultos, Un dia de furia, Magnolia, Los Tenenbaums, Pozos de ambición, The road, No es país para viejos o Un tipo serio, e incluso propuestas tan singulares como Tron Legacy tratan de lo que hablo. Estamos en unos tiempos agitados de muchos cambios, con crisis incluida y los hermanos Coen, como hacen últimamente con su cine, no iban a faltar  cada año para aportar su granito de arena y su particular visión del mundo que nos rodea, y de lo que nos espera, no a nosotros sino a los que vienen después. Y esta vez, de la fuente de la que bebían en sus anteriores producciones pero cuyo género no han abordado hasta hoy: el Western.

No voy a hablar aquí de la novela de Charles Portis, ni tampoco de la anterior versión cinematográfica romántica e idealizada protagonizada por John Wayne (cuyo film le dio un Oscar), una versión completamente desfasada en cuanto a la época, 1969, en pleno auge del spaguetti western. No voy a comparar nada de lo anterior con la visión de los hermanos Coen, porque ya ellos solos se diferencian del resto en cuanto a su mensaje.
El argumento nos sitúa en los ojos de una niña de catorce años llamada Mattie Ross que acude a ver el cadáver de su padre listo para enterramiento. Un padre asesinado por un desconocido llamado Tom Cheaney; un padre al que no vemos morir y que tan sólo vemos en el suelo, en la oscuridad de la noche, un cadáver como primer plano del relato y una voz en off narradora de los hechos como si de un recuerdo lejano se tratara. De este modo, una niña motivada por un temprano deseo de venganza, asistirá durante todo el relato a la consecución de un cadáver tras otro, como un eco irrepetible que le marcará de por vida hasta el final de sus días. Con la ayuda de un viejo alguacil y cazarrecompensas despiadado, tozudo y borracho como Rooster Cogburn, y un joven parlanchín y amanerado ranger de Texas llamado LaBeouf, la niña se embarcará en toda una aventura donde atravesará la frontera entre el mundo civilizado y el salvaje, entre la inocencia y la madurez. Un film que retrata tres generaciones distintas a través de sus tres personajes principales y cómo sus relaciones interpersonales afectan más de lo que ellos mismos creen, para madurar o no, para fracaso de unos y éxito de otros. Para ser, y no sólo existir.

Un western crepuscular tocado por obra y gracia de estos dos hermanos cineastas que últimamente nos están regalando maravillas, con su toque de humor negro, y esa sutil intervención de personajes extraños en un momento dado del film (como ocurre aquí con un hombre forrado con la piel de oso, de voz grave y tonos guturales que usa los cadáveres para hacer negocio con ellos, un hombre que representa la naturaleza, un ente que se lleva lo que dejamos atrás), así como la representación de una violencia sin concesiones de ningún tipo, vista como algo humano, atroz, pero sin caer en efectismos. Técnicamente envidiable, con una fotografía del archiconocido Roger Deakins (en su carrera artística están películas como Cadena Perpetua, Kundun, El Bosque o prácticamente todas las de los Coen, por poner ejemplos) que usa tonos fríos y grises, donde priman  los paisajes dramáticos, nevados, secos y nocturnos, sustentado por lo que se cuenta en todo momento en pantalla: el proceso de madurez de una niña inocente ante un mundo cruel. Una música compuesta, cómo no, por el indiscutible de los hermanos, Carter Burwell, cuya melodía evoca a un cuento, una fantasía donde los héroes son borrachuzos pistoleros y los malos son gente con ciertos principios, aparentemente. Y unas interpretaciones magníficas, sobretodo de la niña, la actriz Hailee Steinfeld , apoyada por tres grandes de ahora: Jeff Bridges, Matt Damon y Josh Brolin. Recomendada verla en V.O.S., más que nada por el tono de las voces roncas y alcohólicas de los personajes, que vienen a dar aún más esa impresión de que todo ha sido medido hasta el último milímetro, esto es, una representación histórica sublime, a nivel de decorados, vestuario y caracterización, así como el modo de hablar. No es de extrañar que los directores se hayan documentado a través de fotografías de la época, tal y como demuestran en la escena donde vemos a Rooster Cogburn por primera vez, en un juicio, la manera de estar, los gestos y posturas del público y el jurado evocan lo que acabo de decir.

Una película que en sí es todo un pony, término apropiado en la jerga de guionistas para introducir un flashback que evoca traumas de un pasado o de la misma infancia, y que los Coen utilizan como un recurso irónico durante todo el relato (como se deja ver en un momento dado, cuando la niña va al establo a recoger su pony recién comprado, llamado Negrito). Sin duda es una obra oscura, difícil de digerir para muchos y que para otros será incomprendida (como la mayoría de la carrera de los Coen), sutil y extraña, con una estructura narrativa fuera de lo que llamamos normal que logra desconcertar, pero que tiene su propio porqué; pero a la vez recupera en parte ese tono clásico de los western hollywoodienses, con unos diálogos maravillosos, y una perfecta construcción de personajes que logran dotar de vida a un relato que bien podría haberse condenado al fracaso. Sin más, me despido de vosotros con una palabras del predicador Harry Powell, de La noche del cazador y que resume lo que vamos dejando a las generaciones venideras:

‘’ La Biblia está llena de asesinatos’’


© Del Texto: Gwynplaine Thor

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feb 27 2011

El discurso del rey: Inseguridades

¿Quién no ha temido hablarle a una muchedumbre alguna vez? ¿Quién no se ha quedado en blanco por culpa de eso que llamamos pánico escénico? ¿Quién no la ha cagado a la hora de lanzar un discurso?  Creo que nadie. Todos hemos pasado por esos momentos desde que íbamos a la escuela, era puro miedo el tener que exponer unas ideas, un tema específico o el mero hecho de que estuvieran pendientes de ti cerca de 40 compañeros en un mismo aula, y un profesor también. Terror a caer en el ridículo, o en todo caso, aburrir a los demás. Lo cierto es que muchas veces esos miedos no se van ni siquiera en la madurez, como nos demuestra la historia de esta película basada en una pequeña (y casi desconocida) parte de la vida del monarca Jorge VI de Inglaterra, un hombre que padecía de un tartamudeo feroz y un miedo ininteligible a expresarse en público, o incluso hablar abiertamente de sus sentimientos. Un rey que fue coronado tras la muerte de su padre, Jorge V, y la abdicación de su hermano, Eduardo VIII. Todo ello a marchas forzadas y sin quererlo. Una persona que arrastró gran parte de su vida un absoluto complejo de inferioridad y que logró superar gracias a otras personas, su amada Isabel II (que sería la futura reina madre), y sobretodo, un hombre en la sombra: Lionel Logue, logopeda de profesión. Gracias a estas dos últimas figuras, el monarca inició un viaje en búsqueda de una seguridad y autoridad que necesitaba para hacer frente al poder nazi que se extendía en la década de los treinta y ya con la guerra en los 40; un viaje hacia sus frustraciones más profundas, aquello por lo que se quedaba paralizado y que Lionel libera de manera asombrosa en esta minúscula aunque importante parte de su vida; un viaje de aceptación de lo que realmente es, un hombre más en el mundo.
Es destacable la crítica que, en parte, se hace durante gran parte del film a la aristocracia inglesa, a todo aquello que viene de lo que llamamos sangre azul, ya que todos los personajes de esta clase social se retratan de una manera prácticamente burlesca, con grandes complejos y manías, con demasiados miedos a todo aquello que le rodea y que no responde a su autoridad, de cómo unos hombres con muchísimo poder son, en el fondo, seres inferiores. Para quien la haya visto, le recomendaría que volviera a ver la escena donde Jorge VI y Lionel se ven por primera vez (en la consulta del mismo logopeda), que viene a dar muestra de lo que resumo en líneas anteriores. Cambiando de tercio, lo que el director Tom Hooper nos propone es una película para dejarnos llevar por la ambientación de los años treinta londinenses, de preciosa factura, con unos decorados cuidados al detalle, con una recreación histórica envidiable (trajes, peinados, caracterizaciones), adornado con una planificación compositiva casi perfecta (algunas veces parecerá que estemos viendo lienzos), una música de corte clásico donde primará el piano como instrumento central creada por Alexandre Desplat, y sobretodo, una obra sustentada en todo momento por las magníficas interpretaciones de Colin Firth como el monarca tartamudo y Geoffrey Rush como su asesor y logopeda, dos actores en estado de gracia que hacen que no decaiga una historia con un guión que en manos de otros actores podría llegar al tedio, ya que éste discurso no da para más. Michael Gambon, Helena Bonham Carter o Guy Pearce vienen a completar el reparto.
En definitiva, estamos ante una cinta que podríamos definir como cuento bonito, que no daña la vista ni el cerebro, pero que no viene a contar nada nuevo, es el biopic que toca tragarse todos los años, con un duelo interpretativo soberbio que se llevará muchos premios y que será olvidada este mismo año o en los siguientes. Una pena. Bueno no, no es una pena. Yo me he divertido de lo lindo viendo actuar a Geoffrey Rush, porque ya salga en un castañazo o en una peli de puro entretenimiento, lo borda con su carisma. Otro apunte más: queda terminantemente prohibido verla doblada al castellano, bueno, eso y todas las películas que no sean de habla hispana, las obras hay que verlas tal y como se conciben. Y ya solo me queda decir una última cosa: God save the quee….the King.
© Del Texto: Gwynplaine Thor

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feb 26 2011

Bibici Story: “My Name Is Orson Welles”

Bibici Story es un cortometraje de Carles Durán rodado en un solo día de diciembre de 1.969 cuando existían las llamadas guerrillas cinematográficas y el cine se utilizaba como arma reivindicativa, crítica o de denuncia.
Desde una perspectiva metacinematográfica, Carles Durán aborda la represión política, la libertad sexual y las diversas formas de represión ideológica con una irónica mención al cine al final de la película.
Una mujer vestida de rojo fuma un cigarrillo sobre un puf mientras hace un curso de inglés provista de unos grandes auriculares blancos. Escucha atentamente las 8 lecciones del cassete y repite cada frase en inglés.
La lección 1 consta de unos originales créditos mientras se escucha el cassete y la mujer fuma.
En la lección 2 se trata la represión política y la mujer es abofeteada por un grupo de hombres semidesnudos que, de cara a la pared, son rociados con spray rojo antes de caer muertos en el suelo.
En la lección 3, que trata la libertad sexual, los personajes del cassete describen una habitación de hotel mientras una pareja semidesnuda se besa apasionadamente tras la mujer y ante la atenta mirada de Portabella.
En la lección 4, Vietnam, un par de chinos vestidos con indumentaria típica, comen arroz mientras un soldado norteamericano se pasea delante de ellos con un cartel de la estatua de la libertad.
La lección 5 comienza con un estruendoso grito de mujer. Un soldado, con un puñal clavado en la espalda, cruza por delante de la mujer mientras ésta recita en inglés las horas que tiene el día y los minutos que tiene una hora.
La lección 6 es una cuenta en inglés del 1 al 22 mientras un obrero soviético, un sacerdote, un soldado norteamericano y un francotirador, dejan, junto a la mujer, diversos libros, y, entre ellos, una foto de Stalin.
En la lección 7, todos los personajes aparecidos en la película son fusilados por la mujer.
En la lección 8, la mujer mira fijamente a cámara mientras dice en inglés: My name is Orson Welles.
Bibici Story está indicada para todos los fanáticos sesenteros de Godard y la gauche divine, y para todos aquellos interesados en el cine reivindicativo y de crítica.
Esta es la sucesión de maravillas del jueves noche.
© Del Texto: Sonia Hirsch


feb 25 2011

La Red Social – (No) Sin Mis Amigos

Después de empezar más de una vez a ver esta película, y tener que dejarla al cabo de un rato por motivos ajenos a la misma, he conseguido, por fin, terminar de ver la historia de facebook en la gran pantalla. Facebook: la herramienta social que ha revolucionado la red, cambiado la concepción de las relaciones entre seres humanos, convertido a su creador en multimillonario (gracias a nosotros) y a nosotros en adictos. Supongo que era algo inevitable que tarde o temprano se diera una situación así, una vez comenzado el boom tecnológico; y no está mal trasladarla a la gran pantalla pero, algo tan concreto como facebook… ¿Va a contarnos algo nuevo?
Los elogios de la crítica sumados al éxito del producto en sí siembran la esperanza de encontrar, por fin, una buena película con una trama sin florituras, sin argumentos retorcidos ni adivinanzas, apta para todos los públicos, de todas edades y clases sociales, con el valor añadido del morbo por saber cómo un quasi veinteañero puede llegar a convertirse en el joven más rico del mundo gracias a una creación fortuita. El dinero y el glamour de Harvard, junto a la cara “bonita” de Justin Timberlake (quien no aparece muy favorecido y cuyo papel de intelectual no se cree nadie, aunque sí el de fiestero) son los únicos adornos que David Fincher incorpora a esta historia que, en lo que al guión se refiere, no ha debido de darle muchos quebraderos de cabeza. Quizá por eso, para hacer algo más original, decide trabajar con la común y explotada técnica del retroceso narrativo, una herramienta que ha conseguido manejar adecuadamente para rescatar esta creación de lo que en definitiva no deja de ser un cóctel con ingredientes puramente americanos.
El modo en que se agita tal vez sea lo que la haga destacar. Una banda sonora interesante en las escenas apropiadas, un buen personaje secundario (Andrew Garfield como Eduardo), que parece que no pinta nada, pero al final hasta te hace echarte unas risas, y un muy bien perfilado protagonista (Jesse Eisenberg como Mark Zuckerberg), capaz de arrancar algo de sentimiento al espectador, ya sea simpatía, compasión, pena o incluso absoluto rechazo. El sabor de boca final es paradójico, tanto como el mensaje en sí. Tras dos horas de película, en las cuáles consulté facebook al menos un par de veces, me pregunto por qué ha sido tan aclamada. Y luego sonrío cuando me doy cuenta de que el creador de la red social más importante del mundo se ha quedado sin amigos. Si hubiera durado media hora menos, quizás la habría saboreado mejor.
© Del Texto: Coletas


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feb 25 2011

127 Horas: Del egoísmo al existencialismo

Cuando era pequeño, en una de esas típicas excursiones del colegio donde los más gamberros hacíamos de las nuestras perdidos por el monte, me dio por alejarme de mis amigos, mis compañeros y antes de todo eso, de los profesores. Y sin avisar. Mi afán por descubrir en soledad lo que la naturaleza me deparaba me hacía tanta ilusión que dejaba incluso mi mochila con lo necesario y me largaba a investigar por los bosques montañosos en busca de sitios con los que maravillarme. Huir del ruido y encontrarme el silencio, para muchos un silencio aterrador, pero para mí tenía un cierto encanto. Creía ser parte de un todo. Hasta que caí rodando por un barranco de tierra húmeda y resbaladiza. Y no había otro camino para volver que escalar aquello de nuevo. El mundo se me venía encima y antes de las cinco de la tarde tenía que llegar al campamento antes de que los profesores empezaran a reunir a los alumnos, contarlos e irse en el bus. Tenía muy pocas horas. Y no lo pensé ni un momento. Tenía unos siete u ocho años. Tuve que arrastrarme hasta arriba a través de raíces y tierra mojada, dejándome en el intento las manos ensangrentadas. Vi mi corta vida pasar, y cada vez que miraba abajo rezaba para no caer y partirme la crisma. Al final lo logré. Diez minutos antes de la cinco. Oculté como pude mis heridas, y nadie, ni siquiera mis amigos o mi familia lo supieron. Ni lo saben, y si leen esto, bueno, nadie es perfecto, quiero que sepan que no quería preocuparlos. Solo sé que después de aquello me alegré por estar vivo y ver a mi gente.
Algo parecido (y mucho más duro) le pasaría a un tal Aron Ralston allá por 2003, un hombre como otro cualquiera que un buen día decidió largarse de casa e irse por los cañones de Utah a vivir un poco, eso si, le gustaba la escalada y los deportes de riesgo. En una de su incursiones por una grieta en la tierra, acabó cayendo y siendo atrapado por una roca. Bueno, más bien su brazo. 127 horas estuvo el hombre atrapado, a punto de morir hasta que se lo amputó. Su error, no haber avisado a nadie de dónde iba antes de salir. Nuevo film de Danny Boyle donde nos relata un acontecimiento real desde su punto de vista, un autor que a lo largo de sus obras (Trainspotting, Millones o Sunshine) critica los tiempos modernos en los que vivimos, la sobresaturación de información, las masas sin sentido ni objetivo, la rutina del día a día, estrés y en definitiva, el egoísmo que todo ello genera. Y de ahí sobresale nuestro protagonista, alguien completamente egoísta sin darse cuenta de ello, que huye de una realidad asfixiante, que escapa del núcleo urbano a la naturaleza, al silencio más absoluto. Es un relato que aboga por un sentido optimista de la vida, una corriente existencialista (bebedor de las filosofías de Sartre o Schopenhauer) basada en que el ser humano está aquí para algo importante por muy nimio que sea el objetivo, disfrutar de lo que se nos ha concedido, y en libertad, crear y darle un significado a todo lo que nos rodea, sabiendo en todo momento que el individuo es el único responsable de sus actos, y aquí aludo al tan manido Yo soy yo y mis circunstancias de Ortega y Gasset que todo pseudointelectual utiliza para dárselas de interesante. Por eso en este film asistiremos tan solo al momento en que un hombre tuvo que luchar contra la naturaleza, pero sobre todo, contra sí mismo. La historia de Aron es la búsqueda de lo que de verdad tiene importancia, que no son más que las personas que nos rodean, los amigos, la familia, y todo aquello que no queremos ver, pero que nos acompaña cada día, una gota de agua, el roce de tu gato contra la pierna, una caricia de la mujer amada, un amanecer. Los buenos momentos que hemos vivido y no le vimos ni supimos darle ninguna trascendencia. Sólo se la vemos cuando estamos en un límite entre la vida y la muerte. Eso es el egoísmo del hoy. No saber apreciar lo que de verdad es bueno. Nuestro héroe a lo largo de su periplo y mediante recuerdos y ensoñaciones se dará cuenta de lo que es y de lo que fue, y de lo que necesita cambiar para ser alguien mejor, alguien de provecho, alguien importante.
Hablando más técnicamente de la película, James Franco como el sufrido Aron Ralston simplemente está magnífico y se erige como un grandísimo actor que tiene delante de sí un muy buen futuro. El film es impactante a nivel visual, como todo lo que realiza Danny Boyle, siempre con tonos cálidos, movimientos de cámara imposibles, sus  típicos planos aberrados, y no falta (como de costumbre) un montaje de estilo videoclipero para transmitir ciertas ideas al espectador. Así como una cuidada utilización de la música en todas sus producciones, esta vez a cargo del compositor A.R. Rahman, con quien ya trabajó en su anterior film, Slumdog Millionaire, y que en ésta lo borda. Y ya para terminar, si al final de todo, cuando escuchen el tema de Sigur Ros, Festival, no sueltan una lagrimilla, me da a mí que el pesimismo y la indiferencia es más grave de lo que pensaba. Eso es que están definitivamente enfermos.
© Del Texto: Gwynplaine Thor

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feb 24 2011

Secretos de un matrimonio: Cine indecentemente afortunado

Esta profunda autopsia sentimental de Bergman consta de seis diálogos sobre el amor: Inocencia y pánico, El arte de meter asuntos bajo el tapete, Paula, El valle de lágrimas, Los analfabetos y En plena noche, en una casa oscura.
La primera parte, Inocencia y pánico, trata sobre la entrevista que una revista femenina realiza al matrimonio formado por Marianne y Johan. En esta primera parte, dónde se hace una original presentación de los protagonistas, una periodista, que se dirige constantemente a cámara, entrevista a la pareja sobre cuestiones íntimas de su matrimonio. Un matrimonio que Johan define como indecentemente afortunado.
A partir de aquí Bergman nos muestra, de una forma, yo creo, muy digerible, el deterioro de una relación matrimonial desde la placidez de los primeros años hasta el aburrimiento y las discrepancias en El arte de meter asuntos bajo el tapete, dónde los personajes no dejan de discutir sobre su intimidad y dónde la insatisfacción cobra todo el protagonismo. Esta parte es la condena al fracaso del matrimonio camuflada en mil subterfugios y evasivas.
En Paula y El valle de lágrimas Johan, primero, confiesa estar enamorado de una estudiante más joven que él y decide marcharse del país indefinidamente, para luego volver (como siempre) arrepentido y desilusionado de su romance y reencontrarse con Marianne.
En Los analfabetos, Marianne y Johan se reúnen para firmar su divorcio. Aquí se produce la catarsis final del matrimonio cuando, ya sin subterfugios, se deleitan vomitando todos sus miedos, deseos y frustraciones padecidas durante tantos años de reserva.
En plena noche, en una casa oscura me parece simplemente precioso. Pasados unos años, Marianne y Johan han rehecho sus vidas, y aprovechando que sus respectivas parejas están de viaje, deciden pasar un fin de semana juntos en la casa a la que solían ir de vacaciones.
La película termina con la placidez de un matrimonio en la cama a punto de dormir. Un matrimonio que ya no es un matrimonio sino una pareja de amantes. Pero que, creo, deja claro, que el amor, con todo lo que conlleva el término, está por encima de cualquier documento conyugal.
Esta es la bonita historia en la que luego se basaría Woody Allen para su Annie Hall, y en la que encontré muchas, pero muchas referencias de la vida sentimental de Ingmar Bergman.
En cuanto a la premisa de la película no tengo mucho más que decir. No sé mucho más de matrimonios. Yo tuve una agradable y plácida vida conyugal, nada que ver con los rompecabezas de Marianne y Johan. Me es bastante indiferente y apática la cuestión del matrimonio. Sin embargo, es cierto que siempre eché de menos esa sensación de seguridad y protección que te aporta ese vínculo. Una sensación que quizá sea el motivo de peso que nos lleva a unos a firmar unos papeles y a otros a romperlos. Depende de lo indecentemente afortunado que sea uno.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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feb 23 2011

Introducción al cine experimental

No hay cine sin experimentación. No hay cine sin creadores capaces de ir a contracorriente, sin miedo a llegar a los límites.
Somos muchos los que detestamos la cartelera actual, los que nos salimos de los caminos trillados convencionales, los seguidores de obras imprescindibles de la historia del cine que nunca se verán en una sala comercial.
Una película artística es la que se aparta del circuito comercial y popular por su estética y su contenido ideológico o político. En el cine comercial no se deja nada abierto, incompleto. Jamás hay lagunas ni atisbos de profundidad por descifrar. Es posible que Hollywood sea el maestro en la forma más visceral de cine, de sonido, montaje y argumento más imponente, pero el cine artístico domina otro recurso irrebatible: el de la imagen en sí misma.
En esta época de declive, sin nuevas corrientes ni tendencias de interés, yo estoy de acuerdo con Guy Debord: Es necesario destruir el cine. Deshacer y rehacer de nuevo creo que sería el renacimiento que el cine (entre otras muchas cosas) está pidiendo a gritos. Porque es en su forma más pura dónde el arte pega fuerte.
Experimentar con el rollo de película, descomponerlo, desdibujarlo. Hacer un cine sin forma, sin historia que narrar ni mensaje que comunicar.  Un cine dónde las palabras sean imágenes y los sonidos suenen de forma fortuita. Sin la cárcel que conlleva una estructura narrativa o cualquier código cinematográfico. Toda historia tiene un principio, un desarrollo y un final, pero no necesariamente en ese orden (Godard).
Porque el cine jamás debe verse, sino experimentarse, experimentarse libre de cualquier análisis para dejarnos absorber por razones inexplicables.
Candice Breitz decía, y yo estoy de acuerdo, que las imágenes tienen peso y valores diferentes. Que el significado cambia según el momento, en lugar de ser inherente a ellas. Así podemos pasarnos la vida viendo la misma película pero experimentando distintas impresiones cada vez.
Cómo el cine, yo ya estoy un poco necesitada de aire fresco, así que como me considero una persona altamente temeraria, amante de todo lo absurdo y estrambótico, me preparo para los próximos dias un bonito ciclo de cine experimental, desde Val del Omar y Carles Santos hasta Buñuel y Godard.
Y ahora les dejo con unas bonitas líneas de Pío Baroja:
No hay que respetar nada, no hay que respetar tradiciones que tanto pesan y entristecen. Hay que olvidar para siempre los nombres de los teólogos, de los poetas, de los filósofos, de todos los mixtificadores que nos han entristecido la vida sometiéndola a una moral absurda. Tenemos que inmoralizarnos. El tiempo de la escuela ha pasado ya; ahora hay que vivir.
© Del Texto: Sonia Hisch


feb 21 2011

Cisne negro: La ambigüedad del ser

Hay razones para esperar que mi experiencia fuera, total o parcialmente, una alucinación; una alucinación que, de hecho, puede achacarse a no pocas causas. Y sin embargo, su realismo fue tan espantoso que, a veces, encuentro tal esperanza imposible.
Estas palabras que releo y resuenan en mi cabeza las escribió H.P. Lovecraft hace más de medio siglo en un relato llamado La sombra más allá del tiempo. Cuán cerca estaría de lo que nos propone Aronofsky con su versión de El lago de los cisnes en su nueva película, Black Swan (Cisne Negro). Sombras, sombras y más sombras.
El argumento nos relata el día a día de una bailarina de una compañía de ballet llamada Nina, obsesionada completamente con su trabajo y el mundo de la danza. Un día conoce a Lily, una nueva compañera con la que empezará una extraña relación de amistad que se desvirtuará por el camino cuando a Nina la elijan como protagonista para la nueva versión de la obra de El lago de los Cisnes de Tchaikovsky.
El director Aronofsky (Requiem por un sueño, El Luchador) sostiene así un relato que habla sobre la competitividad del ser humano, las ansias por poseer, la ambición desmedida, la envidia que corroe por las entrañas a cualquiera, ese egoísmo impreso y finalmente, la pérdida de la inocencia. Nos cuenta cómo el afán por ser el mejor en todo logra hacer caer a una persona en un auténtico infierno de forma física pero sobre todo y lo más importante, psíquicamente. Por ello, en la película que nos ocupa, siempre habrá una fricción entre qué es real y qué no lo es (gracias a la utilización de elementos oníricos) a medida que transcurre una obra que absorbe por su oscuridad, que deja al espectador en estado de parálisis desde el primer minuto, ya sea por su espectacularidad visual y narrativa, o ya sea por el reflejo de nuestros corazones en una pantalla gigante. Es un film sobre la envidia como un elemento desvirtuador de toda personalidad: consigue lo que deseas, y lo que otros desean antes que tú y te crearás enemigos a la vuelta de cada esquina, y éstos a su vez te obstaculizarán el camino de alguna manera, ya sea porque se aburren con sus vidas o porque en realidad no tienen ningún talento, pero de lo que uno puede estar seguro es de que si alguien te jode, es porque está tan podridamente frustrado que no sabe otra cosa que extrapolar sus sentimientos negativos hacia los demás. ¿Y qué se consigue? A veces, el envidioso pierde. Otras, es el envidiado el que se ve atrapado al borde de un abismo en el que acaba cayendo de manera inevitable; inevitable por la soledad adyacente en todo momento, porque toda persona no puede luchar en solitario, ninguna, ni siquiera contra sus demonios interiores. Es cierto, muchas veces se cae a un abismo tan oscuro como la pluma de un cisne negro, y es en esa oscuridad donde el envidiado se pierde en una jauría de grillos y parásitos, viendo lo que no hay, creyendo en una verdad que no es tal, ahogándose en un estanque de agua envenenada. Y qué mejor que contar todo esto con el trasfondo de El lago de los cisnes, obra sobre la caída de un ser que una vez quiso amar y le engañaron. Sigfrido y Rothbart, Odette y Odile. Esa ambigüedad recalcitrante grabada a fuego durante la obra de Tchaikovsky, y que a su vez ha usado con maestría Arofnosky, no ya en términos narrativos, sino simbólicos (Nana y Lily, Odette y Odile por ejemplo); o en los componentes del decorado, fotografía, vestuario y dirección artística que juegan entre el negro y el blanco, la oscuridad como un elemento negativo, poderoso y tentador del ser; y la luz blanca como el elemento purificador, la sensatez o la inocencia en su máxima expresión. Un viaje a los infiernos del corazón humano y a ese yo que nunca queremos dejar salir al exterior, de cómo la oscuridad absorbe la luz hasta el punto de destruir lo que un día fue algo bello, maravilloso, puro, dejando nada más que un destello agonizante. Natalie Portman como la bella Nina sostiene, gracias a su destreza interpretativa, una obra que está llamada a ser un clásico instantáneo por lo real de la propuesta, porque habla de los tiempos que vivimos, unos tiempos de competitividad destructiva y autodestructiva. Otra cosa a destacar es el enfoque que da Aronofsky (y en cuyos anteriores films ya hablaba del tema) al sexo, las drogas y el alcohol como la baza para pasarse, por decirlo de un modo coloquial y freak, al lado oscuro del ego. Esa tentación que todos tenemos delante y con la que a veces nos dejamos llevar más de la cuenta y acabamos perdiendo el norte, o dicho de forma más explícita: el sentido del deber, de la verdad y de la realidad.
En definitiva, estamos ante una obra que dará que hablar, que retrata la sociedad de una manera agresiva, frívola y desvirtuada. Una sociedad carente de principios, sin ilusión, sin personalidad, con unos objetivos enfocados a la simple satisfacción egoísta. Por esto y por más, recomiendo encarecidamente su visionado no solo una, sino dos y más veces.

Puede que los que me lean digan que soy demasiado moralista, incluso hiriente, muchos/as dirán que soy infantil. A veces me han llamado predicador. Y han llegado a decirme que me repito demasiado. Si, me repito y mucho. Ahora mismo lo hago con esta reseña. Me gusta y la verdad es que me da realmente igual. Pero probablemente es porque Arofnosky y yo, en el fondo, pensamos lo mismo (y eso que lo odiaba). Y como cualquier autor a lo largo de su obra, su mensaje es repetido de mil formas distintas, pero aún así, sigue siendo el mismo mensaje. Pero al contrario de lo que sufrió la bella Nina, y que puede que haya sufrido el director del film, y que en parte sufrí a lo largo de mi vida (algún día haré mi propio biopic), yo no caeré ni me condenaré. Está de moda condenar y condenarse. Yo, como Kubrick en Eyes Wide Shut diré que hay algo más importante que debemos hacer, y me preguntaréis qué es. Yo os responderé sin vacilación: Follar.
Posdata, Clint Mansell es Dios.
© Del Texto: Gwynplaine Thor

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feb 21 2011

Fuego en el cuerpo: La asfixia del calor humano


Bajo los efectos de una inolvidable melodía de John Barry, Lawrence Kasdan nos cuenta la intensa historia de deseo entre Ned Racine, un abogado vividor y mujeriego de un pequeño pueblo de la costa y Matty Walker, una misteriosa y atractiva mujer casada con un rico empresario al que deciden asesinar para poder disfrutar libremente de su relación, y, de camino, quedarse con la suculenta herencia.
Una calculadora y ambiciosa Matty Walker logra embaucar al abogado Racine, al que arrastra hasta el asesinato, sin contar con que ella también acabaría loca por él. Aún así, Matty no renuncia a sus ambiciones y sigue adelante con su plan, dejando a su amante entre rejas y largándose ella con la fortuna a un país exótico como tenía planeado.
Si bien la trama no se diferencia mucho de otras historias del cine clásico negro, sí me gustaría destacar la agobiante atmósfera  que se recalca constantemente de ese verano tan anormal de exageradas temperaturas, dónde desde el principio aparece el fuego como protagonista cuando, en la primera escena, Racine contempla por la ventana como se quema su pasado, hasta el final, cuando es testigo de la explosión dónde supuestamente muere Matty. Este fuego que rodea a los personajes y que está presente en toda la historia, destacando la escena en que Racine y Matty se conocen durante un caluroso concierto de abanicos junto al mar, es lo que yo creo más significativo de este thriller. Este fuego es el verdadero protagonista de la película. Las distintas formas internas que toma un mismo calor físico, el motor que mueve a cada uno, ya sea sexual o económico. La fuerza de la codicia, de los sueños por cumplir, de las obsesiones.
Herencia, cigarrillos, falsa identidad, pasado oculto, sombrero, John Barry, despacho atestado de humo, descapotable, pueblo en la costa, sudor, campanillas en la terraza, ventiladores en el techo, bañera con hielo y una mujer que sueña con ser rica y vivir en un país exótico. Bonita película y bonito sueño.
© Del Texto: Sonia Hirsch

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feb 20 2011

Un día en el cine: Quiero matar a alguien

Ayer estuvimos viendo la magnífica Enredados. Pero como ya se ha dijo todo lo que era necesario sobre la película en este blog, hablaré de la vergüenza que pasé en la sala de proyección.
Ciné Cité. Méndez Álvaro. Sala cinco. Sesión numerada. Seis y media de la tarde. Las taquillas hasta los topes. Y las dos (sí, dos) máquinas en las que se pueden recoger las entradas reservadas a través de internet, hasta los topes también. Me quedo esperando mi turno mientras mi mujer va a intentar comprar palomitas y refrescos. Yo tardo veinte minutos en llegar a las máquinas dichosas. Ella y los niños no logran comprar palomitas. Un solo mostrador (el resto sin servicio), cientos de personas. Convencemos a los críos que, aburridos, acceden a entrar en la sala sin palomitas, sin agua y cansados de esperar.
He dicho sala cuando debería haber dicho estercolero. Palomitas en los asientos, en el suelo. Vasos en los asientos, en el suelo. Cada pisada era un chof. No sabría decir si se pisaban restos de comida, de comida o restos humanos. Una madre (en la fila anterior) dice a sus hijos que no apoyen la cabeza en el asiento mientras se queja de lo asqueroso que está todo. Nos sentamos con cara de asco y nos preguntamos sobre el paro en España. En ese cine caben unos cuantos desempleados. Faltan personas en los mostradores, en el servicio de limpieza y algún acomodador (de los antes) que ponga orden. Porque lo peor está por llegar.
Comienza la película. Entran tres maleducados (sus niños ya están sentados con las mamás) cargados de palomitas y refrescos. Se pasean por su fila diez minutos. Sí, diez minutos repartiendo la compra. Y no crean que se agachaban o algo. No, no. Como si estuvieran en su casita. Tranquilos. Cuando se sientan, el tipo que hay detrás ¡¡hace una llamada desde su teléfono!! Increíble, pero cierto. Cinco minutos. Un niño con un catarro de mil demonios no para de toser durante toda la proyección (¿no estaría mejor en la camita?), si los niños hablan allí no hay un padre que les invite a estar en silencio. Un auténtico desastre. Y, todo esto, entre porquería y soportando un olor a ñu que jamás olvidaré.
Desde luego, no volveré a pisar ese cine. Pero, además, se me están quitando las ganas de ir a cualquier otro para soportar como comentan la película los de la butaca de al lado, para escuchar cómo suenan las patatas fritas al crujir, para soportar la mala educación de los bobos que no saben guardar las formas durante hora y media. Es vomitivo, de verdad. Luego dicen que ya no vamos al cine. ¿A quién le gusta acudir a lugar de irritación?
Aunque (estás son las buenas noticias) a pesar de estar rodeado de chusma, disfrutamos de una película encantadora, entrañable, divertida, inquietante, una película que aporta a uno de los personajes más malos de la historia de la animación, de una excelente banda sonora. No se pierdan la historia de Rapunzel. Es extraordinaria.
© Del Texto: Nirek Sabal