ene 31 2011

Despedidas: Sobre la muerte

Una despedida es el comienzo de un reencuentro. Siempre lo es. Decir adiós significa dejar la puerta abierta a un abrazo de bienvenida.
Despedidas es una película magnífica. La firma Yojiro Takita. Habla sobre la muerte, sobre la relación entre personas y, de forma especial, sobre la emoción que siempre causa esperar que todo vuelva a estar en su sitio. Es una película emocionante de principio a fin, divertida (sobre todo en su primera parte llega a ser cómica), llena de matices que dejan al espectador en una situación inigualable para recibir el mensaje desde un lugar cómodo y agradable. Las interpretaciones son magníficas. La fotografía se presenta cuidada y exacta. La música (fundamental en el entramado narrativo) hace que lo visto se tiña para que aparezcan distintos tonos que enriquecen cada fotograma.
La carga mitológica de la película es casi aplastante. Se presenta desde el rito. El personaje principal debe dejar su trabajo en Tokio y viaja, junto a su esposa, a la ciudad en la que nació y vivió con sus padres. Allí, le contratan como amortajador. Aprende el oficio mientras su mujer no sabe a qué se dedica. Van produciéndose situaciones ridículas hasta que todo toma forma como definitivo. Y la muerte tras cada esquina, en cada secuencia, en cada nota de la banda sonora. Pero una muerte que no inquieta, que no asusta. Porque no parece ser el final. La muerte en la película de Takita es la antesala a un encuentro futuro, la solución a enigmas pasados, un estado que puede causar problemas pasajeros a los vivos y nunca a los muertos. La muerte es la vuelta a los orígenes. La muerte puede llegar envuelta en amor. ¿Por qué no? Y la muerte puede ser la ausencia desquiciante e incomprensible que se soluciona con la propia muerte.
Ante una forma de convivir en occidente con estos asuntos que se hace casi enfermiza, se recibe con gratitud esta otra que mira a la cara de vivos y muertos sabiendo que todo es lo mismo. Emocionante, de verdad.
Si echan un vistazo a la película (eso espero porque sé que pasarán un rato de lo más agradable) no olviden buscar, en su próximo paseo, la piedra que corresponda. Y no olviden meterla en un sobre y enviarla a quien corresponda. Tal vez sea el comienzo de algo tan necesario como la propia existencia: saber hacia qué lugar caminamos y al que tenemos que regresar antes o después. Ya entenderán a qué me refiero.
Excelente película. Eso es todo lo que se puede decir. Y ya está dicho.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ene 27 2011

El número 23: Disparate total

Jim Carrey es un actor que dedica su tiempo en cosas como hacer gestos que él cree que son muy graciosos, a moverse delante de las cámaras dando zancadas grandes y ridículas, a estropear algunas películas que podrían funcionar sin su presencia y a todo tipo de cosas que conviene olvidar con rapidez. Algunos dirán que estaba muy bien en esa en la que hacía de pobrecito engañado por una corporación que vendía su vida en la televisión o que estaba bien en esa que hizo con Kate Winslet. En El show de Truman estaba algo más contenido de lo normal. En ¡Olvídate de mí! está ramplón (es la señora Winslet la que salva los muebles). En fin, Jim Carrey es un desastre de actor. Y las películas que suele interpretar son un tostón indecente.
Pero una de ellas es el no va más. El número 23. El asunto es que un tipo descubre una obsesión que tiene que ver con ese número. Luego resulta que nada es lo que parecía. Todo suma 23. Incluso las veces que un espectador con cierto criterio piensa en la muerte durante los 94 minutos de película suman 23. El guión está escrito para divertir a un idiota y lo debió escribir otro. La propuesta es lamentable. Técnicamente es una película ramplona. El mensaje es cero. Y, además, el protagonista es Jim Carrey en estado puro. O sea, un auténtico desastre.
No voy a gastar un solo minuto de mi tiempo en resumir la trama porque, francamente, no se me ocurre cómo hacerlo sin sufrir un ataque epiléptico.
Un consejo: mejor que no se le pase por la cabeza ver esta cosa. Se arrepentirá.
© Del Texto: Nirek Sabal

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ene 26 2011

Keoma: El final del spaghetti western

Keoma es el último gran exponente de ese subgénero que encandiló en la década de los 60 y 70, surgido en Italia y conocido por todos como el spagetti western, era una visión alejada de la narrativa perfeccionista hollywoodiense de héroes con el pecho más grande que cualquier otro, de discursos fascitoides, de trajes que no se ensuciaban, de damas incorruptibles y artificiosas. Una visión que se acercaba más a la verdad, una realidad sucia donde los buenos no son tan buenos ni los malos unos cabrones sin remedio, donde la porquería llegaba a ser poesía; donde la muerte, violencia y el sexo estaban a la orden del día, porque esto último es lo que nos hace humanos. Sexo, amor, violencia, sangre y muerte.
Con este western asistimos al cierre de una etapa del cine con mayúsculas, una larga trayectoria con un largo desarrollo y evolución en la que quedarán grandes hombres, grandes nombres y grandes gestas que contribuyeron a crear todo un lenguaje cinematográfico desde que empezó este género con Asalto y robo a un tren de Porter a principios del siglo pasado pero que a día de hoy son ignoradas por el sector más joven. ¿Una del oeste? Vaya tostón ¿no? es lo que llevo escuchando toda mi vida. Pero aquí estoy, hablando de una obra maestra como Keoma, interpretada por el mítico Franco Nero y dirigida por el irregular Enzo G. Castallieri, uno de esos directores como Sergio Corbucci que nacieron a la sombra de la leyenda de Sergio Leone, los cuales trabajaron en sus películas. Sin embargo, Enzo va un paso más allá de la espectacularidad y la sobriedad aportada por Leone, aplicando un lenguaje próximo al surrealismo en lo concerniente a los flashbacks (brillantemente introducidos) que tiene nuestro protagonista, tomando incluso elementos cercanos al cine de terror más clásico y sabiendo lo que tenía entre manos, una obra que marcaba ya el final de una etapa acentuándolo en el tono de la película con ese viento susurrante, casi de tormenta que todo se lo lleva; con unos personajes que están condenados a morir desde el principio; con esa evocación al pasado donde todo fue mucho mejor; con esa recreación de la muerte a cámara lenta; con esa destrucción palpable de todo el entorno, en definitiva, un experimento crepuscular que dio pie a una maravilla del séptimo arte, tanto a nivel de realización, como de fotografía y dirección de actores. Una de esas obras de las que no se oye hablar, pero que son parte de la historia.
Pero ¿de qué va el argumento?
Cierto, no he hablado de ella en lo concerniente al guión ni he querido destripar gran cosa, porque lo que quiero es que la consigan ver por el medio que sea, que la disfruten como yo, sin saber de qué iba y a lo mejor, quizás, se sorprendan. Seguro que no se arrepienten. Muchos diréis pero si aún se hacen westerns. Sí, es verdad y no negaré que desde Sin perdón de Clint Eastwood el género está volviendo poco a poco y lentamente, o que incluso en los últimos films de Tarantino se dejen notar ciertas influencias spaguettianas, pero salvo contadas excepciones, es un género muerto, que apenas da pie a la experimentación, enclaustrado ahora en un cierto existencialismo en sus argumentos. No, yo no quiero eso. Si me dan a elegir prefiero el spaghetti western más puro, aquel de las frases lapidarias, de la suciedad palpable, de los duelos a muerte bajo el sol, el de la música de Ennio Morricone. Ya no molan los tipos duros de noble corazón. Ahora se llevan los hombres lobos depilados con azúcar en cada palabra que sueltan por la boca. Qué lástima.

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ene 23 2011

Doctor en Alaska, Mad Men: La pequeña pantalla ya es grande

Los hábitos a ver cine se han modificado notablemente. Lo que antes era un movimiento del sujeto hacia la soledad y el silencio, hoy ya no lo es.
En primer lugar, en las salas de proyección, los espectadores hablan, comen, atienden mensajes en el móvil (algunos atienden llamadas). Esa magia que antes se imponía en la sala por lo sagrado del momento (sagrado es toso aquello que conmociona al ser humano) o por los acomodadores que velaban por eso que falta ahora y tanto añoramos; esa magia, ya no está. El espectador va a pasar el rato y eso incluye (por lo que se ve) hacer lo que le da la gana.
Por otra parte, hoy las películas se ven en casa. Bien en el televisor, bien en el ordenador. Incluso se ven en el automóvil. Eso permite que, además de atender a la película, podamos escribir o charlar con el que tenemos a la derecha mientras besamos al de la izquierda y levantarnos para beber agua. O parar la proyección si nos da la gana.
Esta claro que la variedad de los formatos ha resultado ser una fábrica de diferentes tipos de espectador. Y, por tanto, de usos respecto a una película de cine.
Hay que añadir la falta de tiempo que padece gran parte de la población. Los que trabajan porque trabajan; los que estudian, carrera tras carrera antes de trabajar, porque estudian; los que no trabajan porque buscan empleo; todos andan a la caza y captura de un rato libre para hacer tres o cuatro cosas a la vez.
Esto no es nuevo. Hace años que viene sucediendo. Y hace años que algunos lo vieron con claridad y sacaron provecho.
Metan todo lo dicho hasta ahora en una coctelera. Agiten. ¿Qué tenemos? Buen cine para la televisión. Algo que el espectador espera con ganas, que no le quita mucho tiempo y le permite hacer otras cosas. En fin, series de televisión. Ya no sé si hay que decir gran televisión o gran cine. Está todo muy pegado. Desde luego, yo diría gran cine.
Algunas de estas series son una castaña pilonga. Eso es verdad. Pero las buenas lo son de verdad. E incluyen todos los ingredientes que se pueden exigir en el cine sumados a los del formato pequeño.
Dos ejemplos. Uno clásico. Otro muy actual.

Doctor en Alaska o un mundo paralelo y delicioso.
Esta serie es, sencillamente, deliciosa. Personajes bien trenzados que hacen de contrapunto y se explican entre ellos. El mundo que se dibuja de forma surrealista o mágico y siempre entrañable. El guión ágil, divertido e inteligente. Insólito comparado con lo que nos sirven a diario las cadenas de televisión. Valores que el ser humano está olvidando sueltos por la pantalla y que llegan desde el amor, el sarcasmo, la ironía, la muerte o el disparate.
Un joven doctor en una ciudad lejana en el centro de ninguna parte (Alaska) y un grupo de habitantes delirantes que hacen vivir al muchacho situaciones llenas de buen humor, humildad, amistad, filosofía, materialismo o lo que toque. Por cierto, la tensión sexual que se mantiene entre los personajes principales está trabajada de forma magistral durante toda la serie. Y la música es exquisita.
Sería una pena que no lo intentaran. Por supuesto, los jóvenes disfrutan de lo lindo.

Mad Men o el personaje en estado puro.
Serie actual y magistral. Podría parecer que se carga la suerte sobre la trama en cada capítulo cuando, en realidad, son los personajes los que arrollan con todo lo que se encuentran. Su evolución es atractiva, emocionante e intensa. El vestuario bien. La iluminación bien. La música bien. El sonido bien. El maquillaje bien. Todo está bien.
Excepcionel el ritmo narrativo. Sobresaliente el conjunto. Gran cine. Cine del bueno.
Cuando iba a comenzar el primer capítulo de Mad Men pensé ¿qué pinto yo aquí? ¿Me interesa algo lo que hacían en Estados Unidos los publicitarios hace más de cincuenta años? Pues pintaba mucho y me interesó enormemente lo que me decían. Un mundo inquietante, extraño; una forma de relación entre personas que hoy sería condenada a la primera de cambio; y sobre todo a las personas, cuenta a las personas.
Esta ya no es tan apropiada para jóvenes. Sobre todo para los más jovencitos de entre los jóvenes.
Gran televisión. Gran cine. Tal vez el del siglo XXI.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ene 19 2011

Dublineses: Recuerdos muertos, personas moribundas

Basada en el relato de James Joyce titulado Los Muertos e incluido en el volumen Dublineses, la película de John Huston se presenta como una obra sólida, profunda y rematada con maestría. Podría parecer sencillo el trabajo de un director de cine que parte de un relato como este, de una calidad inmensa. Y no lo es. Siempre he pensado que las adaptaciones suelen arrastrar más sentido literario de lo deseable. Sin embargo, Huston traduce este relato al lenguaje cinematográfico con admirable oficio y buen gusto, haciendo una lectura muy exacta de lo que dice el texto original. Tan sólo, al finalizar la película, el discurso del personaje masculino principal es absolutamente literario y se ciñe mucho al texto de Joyce. Pero claro, es de una belleza tan abrumadora que sirve de cierre al trabajo dando más lustre (si es que eso es posible) al conjunto.
Se celebra una reunión de familiares y amigos burgueses en Dublín. Año 1.904. La película de Huston (del mismo modo que el relato de Joyce) trata de ser una fotografía de lo que eran esas reuniones y esas gentes. Decadencia, vivir de los tiempos pasados porque fueron mejores, de recuerdos, con miedo a cualquier tipo de variación en el entorno. Todos opinan sobre asuntos superficiales y cuando toca hacerlo sobre lo importante procuran no hacerlo. Lo fundamental se arrincona y allí nadie mira. Frivolidad y aislamiento respecto a otras gentes, respecto al continente, ajenos al mundo entero. Los hombres beben y desprecian los elementos cultos con los que las mujeres flirtean como si fueran juguetes.
Me gusta, especialmente, un momento en el que vemos cómo un hombre recita un poema. Para la época es vanguardista, arriesgado y extraño. Nadie entiende nada. Hasta la poesía ha llegado lo nuevo. Y conmociona a todos. El poema, por cierto, es de una belleza inmensa.
Todo parece moverse alrededor del pasado, de frases hechas que perdieron su sentido mucho antes de ser pronunciadas, frases elevadas a los altares por su ignorancia y su frivolidad.
Es verdad que aparecen algunos destellos de modernidad. Una mujer sufragista que abandona la reunión pronto, un borracho que relata lo que ve durante sus salidas pegando al mundo una reunión que roza el patetismo. Pero son sólo destellos.
Para los personajes el mundo es adorable porque lo necesitan. Pero es un deseo difícil de cumplir.
Y, finalmente, el discurso de Gabriel (Donald McCann) que habla sobre su esposa Gretta (Anjelica Huston) y sobre todo lo que ha sido su pasado. Aquí llega el gran mensaje de la película. Todos somos ahora. Y eso es tan cierto como que pronto todos seremos. Porque entre los muertos que nos precedieron y los que nos seguirán, están nuestros cadáveres jugando a vivir.
Las interpretaciones de McCann y Anjelica Huston son el ejemplo de lo que el director busca con su película. Se ven difuminados entre una fauna compuesta por iguales. No es que los trabajos se defiendan sin eficacia. Al contrario. Se logra ese efecto con un ejercicio de contención muy bien llevado.
La película (esa es la verdad) es muy lenta. Aunque su brevedad ayuda a que ningún espectador (incluso los amantes del cine de acción más exagerado) pueda llegar a aburrirse. Al contrario, la emoción arrastrada por unos diálogos muy bien construidos va creciendo según pasa el tiempo. Y a esa lentitud le acompaña una banda sonora (Alex North) exquisita y muy a juego con la decadencia que se dibuja en pantalla.
Muy bien el vestuario. Muy bien el guión. El mundo se va desnudando frase a frase sin remedio. Sin vuelta atrás. Muy bien casi todo, puesto que la puesta en escena es espartana en exceso y es ese casi.
Desde luego es una película necesaria. De un excelente director. Una película madura, exquisita. Si tienen un momento no dejen de echar un vistazo a Dublineses. Les gustará.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ene 17 2011

Leaving Las Vegas: Lo sucio del amor

Remover la zona oscura de la vida puede ser peligroso y, sobre todo, doloroso. Pero esa zona existe y conviene no negarla por sistema. Existe y es donde residen un buen montón de personas de todo el mundo. Existe y es donde estaremos; antes o después, poco o mucho tiempo; los privilegiados que vivimos en el lado amable de todo este lío.
Lo que tiene que ver con la prostitución, el alcohol, el dinero y el juego, forma parte de ese territorio. Pero también se incluye en el paquete el amor, el poder, el dinero, el lujo y alguna cosa más que se considera luminosa. En cualquier lugar encontramos unas cosas mezcladas con las otras.
¿Deja de ser bello el amor mezclado con grandes dosis de alcohol de violencia o de depravación? ¿Es terrible y nauseabundo el amor cuando un alcohólico y una prostituta se enamoran?
Viendo Leaving Las Vegas todas estas preguntas se suceden. Escena tras escena. El estómago revuelto. Al mismo tiempo, un intento de ternura en la punta de la lengua.
Leaving Las Vegas es una película con un guión bastante limitado y una banda sonora notable. Es una película que, sin embargo, crece desde la primera secuencia gracias a la interpretación de Nicolas Cage. Posiblemente, lo mejor que ha hecho en cine. A pesar de que el personaje invita a la falta de contención interpretativa, Cage es capaz de entender a un alcohólico completamente desbocado, en el límite de lo que un ser humano puede llegar a aguantar. Su trabajo es impecable. Su compañera de reparto, Elisabeth Shue, mantiene el tipo con bastante solvencia ante el despliegue majestuoso de Cage aunque no está a la misma altura. El trabajo de dirección de actores a cargo de Mike Figgis (con ambos) es sobresaliente.
¿Dónde se encuentra la línea que separa la posibilidad de una vida en la que existe una normalidad y el infierno en el que se diluye todo lo bueno para convertirse en un horror constante? Esa es la pregunta. La respuesta la encontrarán en Leaving Las Vegas.
Una advertencia. Se trata de una historia muy dura y muy poco digerible. Más por lo que el espectador puede imaginar que por lo que se ve. Si no están dispuestos a pasar un mal rato, es mejor que ni lo intenten. Pero no estaría mal que, de vez en cuando, todos nos asomásemos a ese espacio tan real como odioso. A la zona oscura (esa en la que el amor o cualquier tipo de belleza convive con lo soez, lo vomitivo o lo desagradable), la zona oscura que acecha.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ene 16 2011

Mar Adentro: lágrimas a mogollón

Pretenciosa, tendenciosa y tramposa. No se me ocurre un calificativo diferente para definir una película que costó un montón de dinero y que sólo sirvió para que una historia compleja se redujera a una visión corta de la realidad por parte de Alejandro Amenábar. Bueno, para eso y para celebrar mucho su aparición en un mundillo del cine que anda buscando, sin parar, cosas que festejar aunque sean un paquete. Así las subvenciones parecen más justificadas.
Esta claro que cada cosa se puede contar de distinta forma. Esta claro que algunos asuntos tienen que enfrentarse con valentía por parte de la sociedad para dar solución a los problemas que hacen sufrir a las personas. Pero ¿es el cine la herramienta adecuada para canalizar las corrientes de opinión sobre aspectos determinados de la realidad? ¿Contar una historia con el fin de entender a su protagonista (que puede estar equivocado) tiene algo que ver con el cine? ¿Añadir aspectos lacrimógenos o elegir sólo una parte de la realidad es hacer buen cine? ¿No es más apropiado elegir una alternativa dentro del cine como, por ejemplo, el documental, para ventilar estas cosas?
Jugar a lo fácil -cuando hablamos de cualquier manifestación artística- suele dar como resultado un desastre. Mar Adentro lo es en muchos sentidos.
El guión de la película busca con insistencia un lugar común en el que empatizar con el espectador, en el que el personaje principal sea reflejo de las consciencias a base de filosofía barata y de una explicación del problema de la eutanasia activa bastante sesgada y, casi, vergonzosa. No se busca narrar sino convencer, enseñar la verdad de un problema (¿?). Los directores de cine deben limitarse a mostrar. Sólo eso. Lo demás es cosa de políticos y sacerdotes.
Los aspectos técnicos se quedan (todos) en normaluchos. Igual que las interpretaciones. El siempre sobrevalorado Javier Bardem no pasa de correcto. El resto del elenco, salvo alguna excepción, igual.
Una clara muestra (este Mar Adentro) de lo que es el cine de Amenábar. Salvando Los Otros y Tesis, el resto de películas se quedan en grandes promesas que no se cumplen.
Todo lo que pueda conmover de Mar Adentro se hace empalagoso al instante. Y de segunda clase. Las lágrimas de los personajes y su histrionismo intentan arrancar las de los espectadores añadiendo dosis inmensas de almíbar. Con ese guión no había otro camino, claro. Porque es mediocre y hace que los personajes terminen en la línea de salida. Ni un milímetro de evolución. Al señor Amenábar deberían explicarle que sin personaje no hay nada. No hay mundo que explicar, que no importa ese momento esencial en que el personaje debería sufrir un cambio brutal y el cosmos debería saltar hecho añicos. Si no hay personaje o hay nada.
Tal vez se libra del desastre Belén Rueda. Esta mujer da la talla, siempre. Y su personaje, a pesar del director, se beneficia de ello. El resto es para olvidar.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ene 16 2011

El caballero oscuro: Emoción sin reposo

Sin emoción el cine no es nada. Una película llena de emoción es una experiencia única, inolvidable y el motor (al menos durante unos minutos) de la imaginación del espectador. Por eso una película es grande o se queda en simple pasatiempo.
El caballero oscuro dirigida por Christopher Nolan e interpretada por Christian Bale (algo soso como siempre), Michael Caine (más que correcto como siempre) y Heath Ledger (fantástico como nunca), entre otros; es una excelente muestra de tensión narrativa mantenida sin fisuras de principio a fin, de construcción de personajes a través de un guión bien armado y con el tiempo narrativo medido y ajustado al tempo, de fotografía cuidada (Wally Pfister), una muestra de lo que puede significar para el espectador la construcción de un estado emocional que se mueve como un pendulo entre la inquietud y ese remover la consciencia que se consigue lanzando mensajes claros y contundentes.
Los efectos especiales son magníficos. La banda sonora acompaña la acción como si quisiera acariciar cada imagen con solvencia y delicadeza (la partitura la firman Hans Zimmer y James Newton Howard), la participación de Ledger asombrosa (la de todos los secundarios muy importante puesto que Nolan los utiliza para lo que debe utilizarse un secundario, para iluminar al principal y hacerle crecer. Bale o Batman (si lo prefieren), a pesar de los pesares, en esta película también lo es).
La película se mueve de un extremo a otro buscando la dualidad, el sí y el no que todo contiene, el bien y el mal. No el sí frente al no o el bien luchando contra el mal sino cada cosa ocupando ese lugar que les corresponde y que se hace inevitable puesto que, antes o después, aparecen para equilibrar la balanza.
Distanciándose tanto como puede de la estética del cómic, buscando un registro propio, Nolan consigue la que es su mejor película. No se enreda en tiempos narrativos difusos o fórmulas tremendamente exigentes con el espectador. Ni maneja conceptos que termina equivocando (el director) como le sucedió al firmar Origen (en la que se hace un lío monumental entre lo que es sueño y pensamiento consciente). Con El caballero oscuro se limita a contar una historial casi lineal y a contarla más que bien.

Durante las dos horas y media que mide la película, no hay un momento de reposo, no hay una escena de más, ni una frase que no conduzca a un lugar más allá del que se vive en ese momento.
Y, lo más importante, es que se trata de una invitación a la reflexión, de una enorme pregunta sobre lo que significa lo bueno y lo malo de cada cosa, sobre la posibilidad y la necesidad de una mentira para que el sistema funcione (¿Es malo engañar cuando eso puede representar una estabilidad buscada? ¿Es la verdad la que cambia o se mantiene inmutable? ¿Son los hechos los que se pueden mirar desde diferentes perspectivas para presentarlos de un modo u otro?)
En fin, una excelente película. Una de esas que le gusta a cualquiera. Emocionante e inteligente. ¿Qué más se le puede pedir al cine?
© Del Texto: Nirek Sabal


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ene 13 2011

The prestige: Todo tiene truco

El más obvio de nuestros sentidos es a su vez el más caprichoso. Podemos tener algo delante y no verlo porque nuestros ojos seleccionan la realidad a su antojo. Y detrás estamos nosotros, gobernados por nuestra mente, que es simple y voluble.
The prestige o El truco final (2006), dirigida, producida y escrita por Cristopher Nolan, cuya obra maestra Memento no deja indiferente a nadie, es la historia de dos magos del siglo XIX, y antiguos compañeros, que compiten despiadadamente  entre sí por ser el mejor en su profesión y realizar el más asombroso truco final. Christian Bale y Hugh Jackman son Alfred Borden y Robert Angier, compañeros de trabajo hasta que Borden comete un error de cálculo que provoca la muerte de la mujer de Angier en pleno espectáculo de magia. A partir de entonces ambos lucharán sin plantearse límite alguno por ser el mejor mago en una época en la que la que la magia y el ilusionismo se presentan a lo grande en calles y teatros, atendiendo a la morbosidad del público. El que logre el truco final del modo más inimaginable será el mejor.
Esta magia no es más que un velo que envuelve la realidad actual en una ficción decimonónica. Obsesión, ambición, amor (sí, también tiene cabida en esta cinta de 130 minutos), orgullo y afán de victoria, son y serán siempre sentimientos universales. Pero las levitas, can-canes y sombreros de copa son la ilusión que traslada al espectador al siglo XIX. En este entorno bien conseguido, sin enfatizar, no obstante, en los rasgos característicos de esta época, nos mantendrá Nolan de principio a fin a merced de sus magos. Desapariciones y apariciones, falsos disparos, escapismos… para deleitar a su público, y a nosotros, el público de Nolan. Contemplaremos fascinados cómo desaparece un canario para después volver a aparecer, aún sabiendo que hay truco, y además querremos saber cuál es. No habremos llegado a la mitad del thriller cuándo nos demos cuenta de que éste también tiene truco, y como hace cualquier espectador en un show de magia, nos plantearemos todas las hipótesis, y esperaremos pacientemente y expectantes al final del espectáculo, ya sea más o menos predecible para el cinéfilo que llevamos dentro. Pero aún así, ¿querremos creérnoslo?
Ese es el interrogante que queda abierto en un final que, como el principio, narra Michael Caine (que repite en todas las de Nolan desde la primera de Batman) dirigiéndose directamente al espectador. El final puede satisfacer o no al que ha permanecido pacientemente ante la pantalla durante más de dos horas esperando alguna respuesta, pero no hay que olvidar que detrás de todo el artificio está Cristopher Nolan y sus ambigüedades y consiguientes debates que dan lugar a innumerables teorías . Sea cual sea la correcta, si es que la hay, para mí  The prestige (no me gusta el título en español) es un original modo de contar, una vez más, cómo el ser humano puede ser sencillamente manipulado por la realidad que lo rodea en plena consciencia y al antojo de su mente. Y es que pensemos o no más allá de lo que nuestra vista pueda alcanzar, lo que queremos es que nos engañen.
© Del Texto: Coletas


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ene 11 2011

La caja 507: Una cierta tendencia del cine español

Una buena trama salpicada con personajes estereotipados, colocada sobre el territorio común de la realidad (no como proyección sino como realidad que no es) o diseñada para que ocupe un tiempo de metraje determinado; termina convertida en una trama desastrosa. Eso es algo que nunca falla.
La caja 507 es una película de Enrique Urbizu. La caja 507 es una película protagonizada por Antonio Resines, José Coronado y Goya Toledo (el personaje de la señora Toledo es muy secundario). La caja 507 es una película muy, muy, flojita. Es verdad que la trama se desarrolla con cierta fluidez, que no se abusan de las elipsis absurdas (cosa muy habitual en el cine actual debido que que el montaje se intenta cerrar como la productora dicta aunque el producto final sea un desastre). Eso es verdad. Pero también lo es que los personajes son un cliché patético, las interpretaciones más que discretas (Coronado se limita a poner cara de malo, Resines se limita a poner cara de tonto, Toledo se limita a poner cara de histérica); también lo es que no hay una sola escena que emocione lo más mínimo; también lo es que el guión es un disparate en el que los cabos quedan sueltos como si no pasara nada. Y que no destaca nada entre tanta mediocridad y disparate narrativo.
Esta película representa, a la perfección, cierta tendencia del cine español que consiste en, por ejemplo, intentar que un actor sea creíble porque habla con la boca llena (Coronado lo hace de maravilla). Esta película representa, a la perfección, cierta tendencia del cine español que consiste en, por ejemplo, mostrar la sonrisa de un niño si la cosa va de qué felices somos o una tormenta espantosa si el personaje está deprimido (en el siglo XIX, los escritores ya intuían que esto funcionaba de otra forma para lograr mayor y mejor tensión narrativa). Esta película representa, a la perfección, cierta tendencia del cine español que consiste en, por ejemplo, escribir guiones sin pensar en una evolución mínimamente coherente de los personajes ( en la película de Urbizu un personaje pasa de ser una cosa a otra porque sí. Eso o se queda como está, pase lo que pase). Esta película representa, a la perfección, cierta tendencia del cine español que debería borrarse del mapa con urgencia.
No pierdan el tiempo. Hay centenares de películas mejores que esta.
© Del Texto: Nirek Sabal


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