ago 31 2010

La caza del Octubre Rojo: Pisos y adosados

Con el cine me pasa lo mismo que con la literatura. Después de ir buscando entre lo nuevo cosas que me puedan interesar y fracasar con estrépito, la fatiga hace que regrese a los clásicos para no perder el poco criterio que me queda. Eso o mirar las películas que, por alguna extraña razón, me hacen pasar un rato divertido y, ya puestos, logran que piense sobre un asunto determinado.
Me ocurre con La Caza del Octubre Rojo de John McTiernan. No es una obra maestra. Ni mucho menos, pero es ejemplar en algunos aspectos.
La trama (traída de un best seller que firmó Tom Clancy, tan brillante elaborando historias como mal escritor) es, francamente, entretenida. Carente de lágrimas, enamoramientos edulcorados o trampas narrativas imperdonables, nos cuenta cómo un submarino soviético cargado de misiles nucleares y muy silencioso, navega rumbo a la costa este de los Estados Unidos de América sin que nadie conozca sus verdaderas intenciones. Cuando todos, rusos y americanos, saben que se trata de una deserción de los oficiales de a bordo, comienza una persecución frenética para alcanzar la nave. De eso va, poco más o menos, la película. Ya sé que esto parece un resumen elaborado por algún personaje de Salinger porque, dicho así, podría parecer un auténtico tostón. Pero no lo es. La película podría parecer sosa, aburrida, aunque lo cierto es que presenta un buen montón de cosas que le libra de esa aparente mediocridad.
En primer lugar, Sean Connery. Más que correcto en su interpretación, muy creíble. Le acompaña Alec Baldwin que da de sí lo máximo (esto quiere decir que interpreta más mal que bien). Pero se produce el milagro y todo funciona a la perfección. Se carga el peso narrativo sobre el personaje de Connery y todo parece perfecto. El resto de actores (apenas aparecen mujeres) van y vienen iluminando en la misma dirección: Sean Connery. La película es él y el personaje Marko Ramius. Incluso el submarino, majestuoso, enorme, está al servicio del lobo de mar. Además, el guionista, con suma habilidad, hace que las motivaciones de todos los personajes principales sean la misma. Los rusos una, los americanos otra. Los buenos una, los malos otra. Motivaciones compartidas. Esto parece muy fácil y un recurso muy atractivo, pero, en realidad, es un arma de doble filo y puede convertir la narración en un nido de trampas que no se trague nadie. Sólo siendo esa motivación poderosa (muy, muy poderosa) o una interpretación por parte de los actores que sea creíble, sin fisuras, se puede sacar algo en claro del uso de algo así porque las motivaciones suelen ser distintas y son las que configuran al personaje. En esta película se unen ambas cosas, interpretación y poderío. Esto ya me gusta mucho. Aunque me gusta más lo eficaz y eficiente de la narración que disfrutamos en la película de McTiernan. Puede tenderse más a la lírica o deslizar lo contado al feísmo, eso lo elige cada uno. Pero la efectividad, la rapidez al contar son imprescindibles. Narrar y dar el coñazo no son compatibles. Nunca funcionó algo así.
Los diálogos no son brillantes. Sin embargo, el uso de elipsis (otra vez con inteligencia) rebaja mucho el problema. Si a eso le sumamos la potencia visual de la película se nos olvida en parte el problema (al menos somos capaces de perdonarlo). No obstante, alguna conversación del militar ruso con sus oficiales o con el agente de la CIA que interpreta Baldwin no está nada mal. El resto se limita a jerga militar y poco más.
La caza del Octubre Rojo obtuvo el óscar a los mejores efectos de sonido el año 1990. Después de veinte años, siguen siendo magníficos. Los efectos especiales sí han quedado algo viejos aunque dan el pego. Los de sonido espléndidos, sin peros posibles.
¿Por qué regreso a esta película siempre que puedo? Por todo lo que he ido diciendo y, sobre todo, por el clima. Es esto una de las claves que olvidan a menudo los autores. Si queremos un personaje vivo hay que construirle una casa, si queremos que el espectador o el lector se integren hay que construirle el adosado. Tengo la sensación de navegar en esa nave, de sentir lo mismo que la tripulación. Tengo la sensación de hacerlo desde siempre. A McTiernan no se le escapa un solo detalle. Desde el principio hasta la última secuencia todo parece poderse tocar. Y eso es producto de encerrar a los personajes en un submarino, pero, sobre todo, de encerrar al que mira. Unos decorados muy escasos a la vez que muy cuidados, el uso de la iluminación, un lenguaje austero, el movimiento (fuera una locura intensa y dentro la calma más absoluta). Todo colabora. Y un último detalle. La acción comienza justo un año después de morir la esposa del militar protagonista. Nada tiene sentido para él y, menos aun, manejar un arma de destrucción total. Sólo regresar a la calma de la pesca. Como cuando era niño. Me gustan los personajes que se dejan ver aunque sea renunciando a lo que son.
© Del Texto: Nirek Sabal.
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ago 27 2010

Entre copas: Fronteras

En el año 2004 una de las películas más galardonadas del panorama cinematográfico fue Entre copas. No sólo los actores recibieron sus premios, porque estuvieron realmente geniales, sino que también lo hizo su guión, consiguiendo por ello el Oscar, el National Board of Review, el BAFTA, el Globo de Oro y otros muchos. Esta película independiente, consiguió que los que rozaban los cuarenta se lanzaran a las salas de cine para contemplar, decorado por viñedos y demás, las mismas sensaciones, sentimientos y derroteros que tomaban sus vidas. Una gran película.
Me gustó mucho, muchísimo cuando la vi en su día. Hoy cuando la veo de nuevo sigue encantándome, pero, contrariamente a lo que pasó en aquel momento, me arranca menos sonrisas, aunque sí más carcajadas que entonces. Porque en su día los gags me hacían gracia simplemente y hoy, me explota la risa cuando reconozco algunas de las sensaciones y comportamientos de los personajes.
Esta película que bordea la comedia y en momentos se adentra en lo dramático, es una puesta en escena de la crisis de los cuarenta. El vino, una excusa para enmarcar todos esos sentimientos contrapuestos que uno lleva en la mochila cuando cruza el meridiano de su vida.
El director, Alexander Payne, supo escoger con mucho acierto a sus actores y se nota un trabajo elaborado en los diálogos que sostienen los personajes, a los que no les sobra ni una palabra. Puede que haya personas a las que no les interese nada este tipo de cine, que incluso les aburra, porque la gente que aparece es gente corriente, con una vida tan normal como la de cualquiera de nosotros. Una película sobre dos amigos, sobre la madurez, sobre la frustración y los vuelcos que puede tu existencia en un momento dado, pero la gracia está en que podría ser para ponerse a llorar desde el minuto uno. Alexander Payne nos lo pone enfrente con una auténtico guante de seda, sin caer en la cursilería fácil.
Miles (Paul Giamatti), es un profesor de literatura, apasionado de la enología, escritor en sus ratos libres. Tiene una vida anodina de la que quiere, necesita, escapar. Cansado de la soledad, de sus frustraciones, de un divorcio no superado a sus espaldas, la imposibilidad de publicar su única novela escrita, una vida rutinaria y del hastío que siente por sí mismo.
Jack (Thomas Haden Church), un actor de segunda, del que apenas nadie se acuerda, está a punto de casarse, está de capa caída, está a punto de casarse y quiere celebrar su despedida de soltero a lo grande porque cree que después, tras casarse, ya no habrá nada. Los dos andan sumidos en plena crisis emocional, uno porque cree que se le acabó la vida y el otro porque ya le ve el fin. Ambos se embarcaran en la aventura de recorrer el valle, irán de bodega en bodega, degustando los caldos, unas veces con mayor fortuna que en otras. Por el camino, enamoramientos, encuentros sexuales, borracheras, decepciones y risas que transformarán, o no, la vida que en adelante les espera.
Una película con una enorme sensibilidad sin caer en la ñoñería, inteligente, que nos muestra a dos tipos normales con preocupaciones corrientes.
Dudo que esta película pueda gustar a un adolescente, ni a un veinteañero, ni siquiera a un treintañero, pero no me cabe ninguna duda que gustará a los “cuarentañeros”, porque, el que más o el que menos, llegada a esa frontera (que lo es), se habrá encontrado planteándose su vida frente a un espejo, sobre en qué momento comenzó a hacerse viejo, a perder las ilusiones, a hacer una vida que no era la que quería y porque , sólo los que ya han cumplido los cuarenta y se creían de vuelta de muchas cosas, saben que cuando uno menos lo espera, aparece algo/alguien que te devuelve la alegría, la esperanza en que la vida no ha terminado y que hay algo más para esperar pasmando a que llegué el final.
Me gusta la película, me gusta lo que cuenta, cómo lo cuenta, quienes lo cuentan. Me gusta toda ella. Así que no puedo por menos que recomendarles que vayan a la tienda, se compren el DVD, pasen por el colmado que tengan más cercano, compren una buena botella de vino de uva syrah, se sirvan una copa y la gocen mientras ven Entre copas.

© Del Texto: Anita Noire

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ago 25 2010

La sirenita: Disfrutando como niños

La última película de dibujos animados que vi en una sala de cine fue La sirenita. Lo pasé tan bien que me pareció alucinante. Debo reconocer que no acostumbro a ver películas de animación porque soy una romántica y me gusta conservar la idea original que tengo de las cosas. Tengo una idea preconcebida de los filmes de dibujos que construí viendo la televisión en blanco y negro, por lo general, y en la sesión continua del cine de mi barrio, las tardes de domingo, si había suerte. La edad me apartó de esas películas y la casualidad me llevo a ellas de nuevo.
Por eso, para mi fue toda una sorpresa, encontrarme de frente con La Sirenita, y retroceder mil años con una facilidad increíble, colgarme del brazo de Ariel, pasearme por el fondo del mar y salir del cine con la sonrisa pintada en la cara y que esta quedara así casi tatuada hasta que me acosté muchas horas después.
Esta película es un musical romántico que sirvió para que Disney volviera a colocarse en la cabeza, nuevamente, de las compañías que producen cine de animación. Leí en algún lugar que fue la última película que se coloreó. Lo que los entendidos dicen, a mano, a partir de ese momento, todo pasó a realizarse por ordenador.
Confieso que me gustó tanto que en su día compré la cinta de video alegando que era para regalar y que, tras la desaparición de estos, compré el DVD pretextando lo mismo. Y no sólo reconozco eso, sino que, debo confesar, que también soy la primera en colocarlo en el reproductor cuando entra un niño en esta casa.

No me cansa, me divierte, me pone de buen humor y, sólo por eso, creo que voy a conservarla sin dejar que ninguna visita enana se la lleve.
La historia, es la adaptación del cuento escrito por el danés Hans Christian Andersen en 1836, publicado en la colección Cuentos de hadas contados para niños. En el original, la sirenita había alcanzado la edad suficiente para subir a la superficie del mar. La primera vez que lo hace, rescata de morir ahogado a un príncipe del que quedará irremediablemente enamorada. Por su amado, hará un trato con una bruja, cambiará su aleta por unas piernas que le permitan vivir en tierra a cambio de entregarle su voz, de quedar muda para siempre, pero el príncipe se enamora de otra mujer. Ante esta situación Ariel puede volver al mar, pero para ello debe lastimar a su amado, por lo que finalmente decide no volver. Este sacrificio, que no llevará a que el príncipe se enamore de ella, sí la salvará finalmente de morir en la nada, convirtiéndose en aire.
Como pueden observar, la historia bien podría ser el argumento de una novela para adultos, el amor sacrificado que no lleva a nada, porque un amor no correspondido se convierte en dolor. Pero el mundo infantil tiene precisamente la gracia de transformar algo tan terrorífico como es la historia de La Sirenita en algo encantador y la factoría Disney, en este caso, lo bordó, no sólo lo mostró bonito, sino que dotó de nombre a la Sirenita, llamándola Ariel, cosa que en el cuento original no tenía, azucaró el argumento y lo dotó de un final feliz que, tampoco existe en el cuento de Andersen.
La Sirenita de Disney es almibarada al máximo, pero muy divertida. ¿Quién no recuerda la famosa canción Bajo del mar que cantan y bailan los peces, caballitos de mar, cangrejo incluido? En esta película todo es agradecido, delicioso, previsiblemente feliz, pero para eso están estas películas, para que los mayores volvamos a sentirnos como críos y los niños sigan disfrutando del desconocimiento de lo que un futuro aciago les depara.
No hay que correr. Las cosas llegan cuando tienen que llegar y no tiene nada de malo entregar grandes dosis edulcoradas de cine a los niños. Deben vivir la cara amable; es lo que les toca, las bofetadas y reveses de la vida ya les llegarán.
Hoy tengo un día regulín, creo que voy a volver a verla.
© Del Texto: Anita Noire

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ago 24 2010

Black Hawk Derribado: Disfrutando entre la basura

Me gustan muy poco las películas por las que se pasean los soldaditos con pinta de valientes, con cara de poder conseguir cualquier cosa si entran en combate, compañeros inolvidables de otros grandes soldaditos y patriotas grandiosos. Hacer patria (intentar hacerla) con estas cosas me parece bisutería pura. Lo peor es que de estas se filman cada año unas cuantas y, encima, algunas se convierten en éxitos clamorosos. Suelo huir cada vez que veo un casco, una ametralladora o lo que sea, pegados a una bandera (casi siempre norteamericana). Tengo poco tiempo para malgastar.
Sin embargo, con la película Black Hawk Derribado de Ridley Scott me pasa justo lo contrario. Regreso a ella cada cierto tiempo. No sólo porque narra un desastre militar descomunal, no sólo porque muestra lo que puede ser un grupo de personas aterrorizadas y desmoronado, no por eso. Detrás de la trama se puede ver un trasfondo muy interesante que implica a esa aldea global tan falsa como lesiva que nos venden a diario como si fuera la solución de continuidad para esta civilización que padecemos. Porque la aldea global integra a unos cuantos ricos. Los pobres siguen estando aislados con intenet, un mercado global o cualquier otro invento. Siguen siendo la cloaca global. Allí las guerras no se ganan ni se pierden. Son eternas. Y, desde luego, no podemos solucionar nada mientras no abramos los ojos y la mente. El desastre que enseña Scott es el que se produce en cada desencuentro cultural, es una hecatombe diaria. La secuencia que más me gusta ver de la película es esa en la que un grupo de vehículos blindados que recibe plomo para parar un tren y que suelta matando a todo lo que se mueve, está detenido. Antes de continuar, un hombre negro, con el cadáver de un niño ensangrentado en los brazos, cruza entre las máquinas de guerra completamente ausente. Ni se ocupa de mirar. Su mundo se acaba no más allá de ese niño muerto. Y los soldaditos que quieren ser héroes pensando que van a librar una gran batalla que salvará la humanidad. Qué cosas.

En la película de Scott, los soldados temen por sus vidas, los civiles y milicianos no. Los primeros tienen un lugar al que regresar, los segundos manejan la muerte como una posibilidad más. En la película de Scott las cosas salen muy mal. Los soldados norteamericanos reaccionan mal ante una adversidad desproporcionada e improbable. Intentan escapar como pueden. A los milicianos y civiles las cosas les salen tal y como se esperaba. Mueren a cientos. Más de hambre que por el fuego enemigo. La elección es fácil. Desapareces con un arma en las manos o sin ella, pero todo acaba cada día. No hay posibilidad de escapar. Me gusta la película de Scott porque pinta el mundo tal y como es; como una enorme, cruel y extravagante mierda; como planos paralelos en los que hay vida o muerte.
La película fue galardonada con un premio Oscar al mejor montaje y otro al mejor sonido. Fuen el año 2001.
La acción es trepidante. Los personajes se quedan muy en lo superficial casi siempre y los diálogos son más bien flojos, pero el conjunto da mucho juego porque el director carga más la fuerza narrativa en la imagen que en lo que se dice. Creo que son más fundamentales el escenario, la pobreza, la muerte o la guerra. Las personas no dejan de ser fichas distribuidas por un tablero que enmudece lo que digan e, incluso, lo que puedan pensar. Por eso Ewan McGregor o Tom Sizemore pasan desapercibidos, forman parte de las figuritas desplegadas en un campo de batalla en el que el que organiza todo es la mismísima muerte.
La guerra es un asco, el mundo es un asco y hay vidas que son una verdadera mierda. Eso es lo que pueden ver y con lo que disfrutar durante más de dos horas y media.
© Del Texto: Nirek Sabal

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ago 23 2010

Amor en Karnak: Delicia anacrónica

En los años sesenta comienza, por parte de los directores y los coreógrafos egipcios una inquietud por renovar las puestas en escena, alejarse de los números de cabaret que habían triunfado en los años cincuenta y acercarse a las investigaciones sobre lo clásico y lo étnico que interesaban en Europa.
Esta película es una buena muestra de esa renovación.
Su intérprete principal es Mahmud Reda, hermano del director, Ali Reda, que fue fundador y director de la primera compañía de danzas folclóricas de Egipto. Fue también gimnasta y bailarín. Antes del rodaje de Amor en Karnak, Reda junto con la actriz protagonista, Farida Fahmy, primera bailarina de la compañía, viajaron por todo el país del Nilo, estudiando los atuendos y las danzas tradicionales, destacadamente en Nubia y en el oasis de Siwa que permanecía prácticamente cerrado al mundo. Gracias a su labor inestimable se han conservado movimientos y coreografías que podían haber desaparecido.
Muchas de ellas, revisadas, junto con otros números de inspiración occidental -clásica o ligera- se incorporan a este filme que aparte su anacronismo es una delicia. Destaca el baile de los bastones y el de la calabaza que es excepcionalmente pícaro para los cánones de la época, incluso en el descocado Egipto.
Cuenta la historia de una gran compañía de danza que viaja, con ilusión, en tren hacia Luxor para representar una función entre las ruinas soberbias de los templos. Hay por supuesto una historia de amor que parece que no va a prosperar, personajes caricaturescos y hasta un monito. Huye del melodrama y tiende a lo cómico.
Es interesante el testimonio histórico que presta de la ciudad de Luxor (Templos, Corniche, Winter Palace) y ofrece una visión del turismo –los extranjeros-. Divertida y elocuente.
La primera bailarina, Farida Fahmi no es hermosa pero demuestra fuerza e interés en la danza y el cuerpo de baile participa de la misma carencia y cualidades.
Es una película divertida y ligera. Fresca. Entretenida de ver.
© Del Texto: Ivor Quelch

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ago 22 2010

Chinatown: Un refugio para siempre

Un villano, un detective; una mujer sensual, enamoradiza y, a la vez, seductora por la que el detective pierde los papeles; policías, gansters y algún asesinato que otro buscando riqueza fácil, dinero con el que comprar el futuro (eso dice uno de los personajes de Chinatown). Son los elementos que, de forma clásica, han manejado los escritores de novela negra. Cercanos siempre al costumbrismo y armando tramas llenas de misterio y acción. Se han logrado resultados desiguales durante muchos años aunque lo que ha salido bien han sido excepcionales. Buenas de verdad.
Roman Polanski que es un director de cine magnífico (con los actores hace un trabajo más que notable y con los textos también al intentar ceñirse al sentido de lo escrito) filmó a mediados de los años setenta una formidable película. Chinatown. Consiguió el Oscar al mejor guión original y estuvo nominada en otras diez categorías. No hubo suerte. Competir con la segunda parte de El padrino de Francis Ford Coppola o La noche americana de Truffaut es duro. Terremoto, El gran Gatsby o Asesinato en el Orient Express son algunos de los títulos que competían ese mismo año.

En cualquier caso, nominaciones aparte, la película de Polanski es completamente maravillosa. Creo yo que es una de esas películas que los directores que quieren triunfar siempre tienen en la cabeza, una de esas películas que todos quisieran rodar. Un reparto excelente haciendo su trabajo con solvencia, rozando la perfección; la música de Jerry Goldsmith tan efectiva como siempre (suenan algunas canciones además de la partitura original que rematan el trabajo de forma exquisita. Por ejemplo, I Can’t Get Started de Ira gershwin y Vermon Duke); un vestuario bien diseñado y muy cuidado; un guión a la altura de El Halcón Maltés que es como decir próximo a lo máximo que se puede conseguir; en fin, algo perfecto. O casi.

J. J. Gittes (Jack Nicholson) es un detective que trabaja tranquilamente en Los Ángeles. Su vida se complica cuando recibe el encargo de un trabajo que será mucho más complejo de lo que parece inicialmente. Un asunto de cuernos termina siendo un laberinto lleno de peligros, de políticos corruptos, de muerte. Cuando aparecen Evelyn Mulwray (Faye Dunaway) y su padre Noah Cross (John Huston) todo se convierte en un infierno. La trama se desarrolla en un tiempo histórico muy breve y el ritmo es trepidante. Polanski (él mismo interpreta un pequeño papel como ganster) consigue manejar, además, un tempo narrativo que hace casar todo de manera exacta. Las interpretaciones de Nicholson y Dunaway son soberbias.
¿Por qué una película gusta tanto y otras tan poco? Creo yo que la respuesta es mucho más simple de lo que puede parecer. Las que gustan son las que cuentan un mundo que representa una realidad compartida por todos, reconocible, y hacerlo bien. Son las que muestran personajes con alma, que tienen motivaciones y una razón por la que existir, que sienten y hacen sentir cosas similares al espectador, que dicen cosas importantes y no idioteces por bonitas que sean. Resumiendo: las que emocionan. Sólo con la emoción en marcha se puede intervenir en una propuesta narrativa, en este caso, la que vemos en pantalla.
Chinatown es una de esas películas. Vuelvo a ella de vez en cuando, con tanta frecuencia como intento escapar de los cientos de títulos que procuran venderme a base de efectos especiales o rostros bellos.
Me gusta el cine de Polanski. Me gusta el cine negro. Me gusta todo lo que, realmente, es cine. Y me gusta saber que existe un lugar en el que puedo refugiarme cuando el mundo deja de gustarme. Chinatown.
© Del Texto: Nirek Sabal

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ago 22 2010

Salt: Una lágrima por cada minuto

Me planteo, a menudo, si merece la pena entrar en una sala de cine para perder un par de horas soportando un pestiño de categoría. Pero me planteo, mucho más a menudo, si utilizar el poco tiempo que tengo en comentar esos pestiños es o no un delito contra la capacidad intelectual de las personas. Sobre todo contra la mía. Aguantaré las lágrimas el rato que esté escribiendo sobre Salt, película firmada por Phillip Noyce y estrenada hace un par de días en los cines de toda España (deberían hacer pruebas piloto en algunas ciudades para evitar sufrimientos entre el conjunto de la población).

La película se reduce a un puñado de escenas llenas de tiros, explosiones y golpes mortales. La trama está contada mil veces antes, los personajes carecen de alma, los diálogos son patéticos y, lo peor de todo, es que Noyce ha dejado todo preparado para una docena de secuelas.

Angelina Jolie interpreta el papel de agente de la CIA (Evelyn Salt). La muchacha parece ser lo que no es. En la película todos parecen ser lo que no son. Salt es una mujer dura, muy bien entrenada y capaz de acabar con un ejército (da igual si es norteamericano o ruso). Está casada con un importante aracnólogo (a este lo interpreta August Diehl aunque si no apareciera en la película no pasaría nada. Una foto hubiera sido bastante. Y soy generoso. Con lo de dejar la foto, digo). Pues la muchacha, después de regresar de Corea del Norte donde ha sido capturada y torturada, dos años después, recibe la visita de un hombre ruso que le anuncia algo inesperado. Aquí empieza a moverse la cámara detrás de las explosiones, muertes, detrucción y esas cosas. Liev Schreiber y Chiwetel Ejiofor interpretan a otros agentes de la CIA y persiguen a Jolie (que es Salt). Pero claro, Salt es muy parecida a Lara Croft. En todos los sentidos. Se mueve igual, la interpreta la misma persona, mira igual, mata igual, acaba con lo que sea necesario igual. Quizás era Croft disfrazada de Salt. No lo sé.

Decía al principio que esta película se reduce a un puñado de escenas violentas. Pues bien, tampoco son nada del otro mundo.

Y eso es todo. Ya no aguanto más sin llorar por mis minutos perdidos.

© Del Texto: Nirek Sabal

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ago 21 2010

El hombre que pudo reinar: La inolvidable aventura de Dravot y Carnehan


Pocas veces he salido tan emocionado de una sala de proyección. Era, tan sólo, un niño. El hombre que pudo reinar de John Huston. Quizás uno de los recuerdos más nítidos de mi niñez. La experiencia de vivir las aventuras de Daniel Dravot (Sean Connery) y Peachy Carnehan (Michael Caine) hicieron casi imposible que dejara de jugar a ser un sargento del ejército británico durante una larga temporada. Es verdad que, en aquel momento, no entendí qué era eso de la masonería, el vínculo que se creaba con Alejandro el Grande y algunas frases que decían los protagonistas. Era difícil que un muchacho de once o doce años se enterara de esas cosas. El guión nacido de la novela de Rudyard Klipling (personaje de la película interpretado por Christopher Plummer), aunque excelente, incluye algunas frases muy literarias. Me temo que detrás del resultado final se esconde un afán importante por ceñirse al texto original. Pero todo aquello no me causó el más mínimo probema. Lo que me habían contado era algo parecido a lo que soñaba con vivir, a lo que soñaba con narrar yo mismo algún día.

La película de Huston es impresionante. Es cine del bueno, del auténtico. Connery y Caine interpretan de forma magistral a los dos suboficiales británicos que llenos de ambición, de arrogancia y de valor, dedicen conquistar un país y convertirse en reyes. Ellos solos. Consiguen una credibilidad abrumadora. Los escenarios están perfectamente elegidos (la película se rodó, en su mayor parte, en Marruecos y en Chamonix). La partitura firmada por Maurice Jarre acompaña a los protagonistas perfectamente y, aunque no es una banda sonora de esas inolvidables, es muy efectiva al derramar carácter británico en cada secuencia. Creo que fue la primera película que vi con final trágico. Estaba acostumbrado a soportar las películas de Walt Disney que eran dramáticas en su desarrollo, pero felices en el desenlace. O lo que es igual, acostumbrado a las películas del gran psicópata del cine, del mayor torturador de mentes jóvenes y personajes propios. La cantidad de padres y madres muertos en esas películas, la cantidad de tragedias impensables que tuvimos que vivir y siguen soportando los niños de todo el mundo.

La película de Huston cuenta cómo Daniel Dravot y Peachy Carnehan (sargentos del ejército británico destacado en la India) entablan relación con Rudyard Klipling (corresponsal del períodico The Northeen Star). Los militares son unos rufianes ambiciosos, caraduras y bien plantados. Firman un contrato entre ellos, con Kipling como testigo, en el que dictan las normas a seguir mientras conquistan un país al norte de India para coronarse reyes. Los tres son masones. Comienzan su viaje y una serie de acontecimientos hace que confundan a Dravot con un Dios en el territorio en el que quieren reinar. Alejandro el Grande ya fue tomado por tal mucho antes. Dravot sería su hijo. Esto hace que el militar quiera quedarse en el trono (la idea era agarrar el botín y regresar), que modifique su actitud incluso frente a su compañero de viaje, que se confunda entre tanto poder. Aunque supongo que serán pocos los que no hayan visto la película, lo dejo aquí. Por si las moscas. 

El guión de la película es sensacional. Es una excelente adaptación de la novela de Kipling titulada The Man Would Be King. Las interpretaciones de protagonistas y secundarios maravillosa (Saceed Jaffrey en su papel de Billy Fish está más que bien). El conjunto es emocionante, muy divertido, gracias a un ritmo narrativo perfecto producto de un montaje exquisito. Pero, sobre todo, es una película de cine imposible de olvidar. Durante nuestra vida, podemos ver un número muy importante de ellas. Unas las colocamos en la sección “Buena película”, otras en “entretenida”, muchas la etiquetamos como “castaña”. Sólo unas pocas (poquísimas, piense en ello) las dejamos colocadas en un lugar especial que podemos llamar inolvidable u obra maestra. Y son menos las que nos cambian la vida. Películas como El hombre que pudo reinar son de estas últimas para el que escribe. Descubrir que hay una ventana por la que se puede mirar el mundo, distinta de todas las demás, una ventana por la que sólo los privilegiados pueden echar un vistazo para enseñar lo que ven después, dinamita la vida de cualquiera. Quizás sea uno de mis primeros recuerdos nítidos porque el día que salí de aquella sala tuve claro lo que terminaría siendo en la vida. Y, sobre todo, lo que nunca llegaría a ser. Dios.

© Del Texto: Nirek Sabal
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ago 20 2010

The pillow book: Fiasco

¿Quieren ver una película pedante, grandilocuente, con un argumento excelente que se derrocha de mala manera? ¿Quieren ver como la historia se supedita a lo estético? Pues tengo lo que ustedes andan buscando: The Pillow Book.
Peter Greenaway mete en una coctelera lo asiático con lo que tiene de él, con su particular manera de concebir el cine, y nos entrega un bulto sospechoso, pero aparentemente delicioso que encierra nada.
Cuando nos sentamos frente a una pantalla cada uno buscamos una cosa distinta. Puede que unos sólo quieran disfrutar la estética de lo que allí se nos muestra; de la plástica, otros; además de lo bello y delicioso de la imagen, queremos algo más, una historia y que ésta nos llegue, que como espectador nos encontremos participando en ella. Esta fusión  no se consigue, solamente, con una fotografía espectacular, mezclas explosivas de planos extraños y buenas bandas sonoras sino que es necesaria una base, una historia que contar (y, como ya he dicho en muchas ocasiones, contarlo bien), con personajes bien perfilados, que hagan que lo que se cuenta tenga sentido y hacerlo para que el espectador pueda llegar a comprender y situarse en lo que está viendo. Si una película no contiene todos esos elementos, básicamente una historia bien contada y bien mostrada, estaremos frente a otra cosa pero no frente a una buena película. Y eso es de lo que adolece The pillow book, de la conjunción de todos estos elementos. Tenemos historia, tenemos escena, tenemos estética, pero todo tan mal tramado que uno no puede por menos que afirmar que estamos ante una película tendenciosa, engañosa, incongruente, con unas lagunas brutales que la convierten en pretenciosa y en una auténtica estafa.

No negaré que la puesta en escena es original, el director la divide en diez actos siguiendo la particularidad de los libros que van apareciendo a lo largo de la proyección. Los libros que va escribiendo, Nagiko (Vman Wu), su protagonista. Cada libro nos adentra un momento de las viviencias de esta mujer, pero lo hacen de una manera tan tediosa que se hace terriblemente pesada. La superposición de escenas, combinando las monocromáticas con las de color para intentar mostrarnos retrospecciones en la vida de la protagonista pueden parecer un buen recurso pero, sinceramente, creo que muy mal gestionado. Desde el punto de vista visual y del detalle estético, una auténtica maravilla; desde el punto de la construcción de los personajes, una fatalidad; desde el punto de vista de la historia, un argumento con muchas posibilidades pero, desde el punto de vista de su desarrollo, un fisco.
En los años setenta, en la ciudad de Kyoto, un anciano calígrafo escribe con delicadeza una felicitación de cumpleaños en el rostro de su hija, mientras su madre la canta una canción china que dice “Cuando Dios modeló con arcilla al primer ser humano, le pintó los ojos, los labios y el sexo. Luego escribió el nombre de la persona para que no lo olvidara. Cuando Dios aprobó su creación dio vida al modelo de arcilla pintando su nombre…”. Estas palabras serán recurrentes en la vida de Nagiko. Cuando se hace mayor, recuerda emocionada aquel recuerdo y busca con ahínco un amante-calígrafo ideal que utilice todo su cuerpo como una hoja en blanco. En Hong-Kong conoce a Jerôme (Ewan McGregor), un traductor inglés que la convence de que ella debe ser la pluma, la que escriba, y no la piel, el papel. Nagiko escribirá sobre el cuerpo de Jerôme, y él entregará a un editor la obra impresa sobre su propia piel. El método urdido por ambos funcionará y lo hará bien, pero ambos comienzan a sentir celos. Nagiko siente celos del editor y Jerôme porque ella escribe sobre el cuerpo de otros hombres. Jerôme intentará reconquistarla simulando su suicidio.
Greenaway utiliza inmensas y grandilocuentes parábolas para mostrarnos el profundo complejo de Electra que padece su protagonista, pero se queda a medio camino pese a los grandes ropajes con los que intenta envolver la historia.
Un fiasco ensalzado por la ola “new age” que corría a mediados de los años 90 que la encumbró en un frágil pedestal que hoy en día ya no se sostiene. En definitiva, totalmente prescindible.
© Del Texto: Anita Noire
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ago 19 2010

Mujeres en El Cairo: Un grito más

Bueno. No sé cómo se quedarán ustedes después de ver esta película que se presenta en España como Mujeres de El Cairo –porque deben ir a verla- pero yo he salido de la sala impactado. Porque el director ha sabido hacer de la necesidad, virtud, convirtiendo los fallos y las irregularidades narrativas, que las tiene, para componer una película en la que consigue hacer su trabajo con eficacia. Nos trae y nos lleva, nos engaña un poco, cambia de registro cuando menos lo esperamos y cuando empezamos a pensar que es difícil de resolver el filme, nos da dos ostias y nos pone el rodillo final. (Perdonen ustedes la grosería).
Ahora viene cuando les cuento el tema y alguien piensa: “No me interesa mucho”. Esa persona se equivoca porque es una de esas películas -y no quiero hacer comparaciones con alguna otra que tienen ustedes en la memoria- de las que se suele comentar después: “No, no es lo que te imaginas”.
Yousry Nasrallah se desenvuelve con astucia arañando un tema difícil: la violencia sobre la mujer, la que ejercen algunos hombres, sobre todo, pero también la sociedad, y para tratar el tema se vale de una serie de historias entrelazadas que van de wisteria lane a mujeres al borde del ataque de nervios, alcanzan la mayor altura en un juego bocacciesco y pasoliniano y rematan en algo definitivamente asfixiante y oscuro. Después viene el final.
Comienza la película con unos títulos de crédito que son hermosos –demasiado- y también, excesivamente metafóricos, quizás para usar con el espectador la mano de hierro en guante de seda que hizo popular a una mujer que usó –ella- la violencia sobre todos, permitan que divague un poco. El hecho de que los créditos estén transcritos exclusivamente en árabe les presta una plasticidad extraña y especial y nos informa de que no es un producto para la exportación ni busca de la aquiescencia de nadie. Tampoco ha necesitado las limosnas de otros. Esto es reconfortante. Porque cuando se grita contra la violencia (cualquiera, en cualquier parte) es que el mundo avanza (aunque avanzaría más si no hubiera necesidad de hablar de ella).
Sigue la tradición literaria de las Mil y Una Noches y esto está escrito antes de ver su título original que encuentro ahora: Ehky ya Scheherazade (Cuéntame una historia Sherezade). Si esperan ustedes un localismo, están también equivocados, porque todo, salvo ciertos matices culturales, es universal y reconocible. El Cairo podría ser Madrid.
La actriz protagonista, Mona Zakki (Hebba) es muy popular en Egipto, me parece una muñeca con pocos registros que pese a todo, una vez que nos hemos hartado de verla, funciona. Su partenaire, Hassan el Raddad (Karim) es un auténtico chulazo, en todos los sentidos y -por eso mismo- borda el personaje sin hacer el mínimo esfuerzo. No me gustaría equivocarme pues la información sobre el filme es algo confusa y mis documentalistas están de vacaciones, pero creo que Nahed El Sebaï, es Hanaa, que es la mayor de las tres hermanas (ustedes ya verán); una actriz y una interpretación soberbias, sin duda, y -ayudada por un personaje épico- lo mejor de la película. Sobre el chico que interpreta a Said, el actor Mohamed Ramadan, en la misma historia, por favor me lo capturan y me lo mandan por SEUR 10, que estoy aburrido.
Esos dos hombres dan una de las claves de la película, la de la dominación masculina, el poder que emana del deseo y de la frustración de ellas. Se da la vuelta al tópico de la eterna seductora y aquí son ellos los que seducen y provocan. Mucho. Se insiste en la pesada carga de la virginidad y en lo que puede conseguir, si se lo propone, un mono con un palito. Si se lo permiten.
El hecho de que la película esté filmada en árabe nos permite desear, esperanzados, que impacte con violencia sobre la atrasada sociedad saudita y las hipócritas de algunos emiratos, que necesitan –y mucho- ser agitadas; porque la historia principal con la que finaliza, está basada en un caso real que sucedió en esa zona del golfo y que causó gran conmoción mediática.
Ha ido, por méritos propios, a las secciones oficiales de Venecia y Toronto. El guionista es el mismo que el de El Edificio Yacobian, (espléndidas película y libro) se llama Waheed Hamed.
Falla la composición del personaje de Hebba, que en algunos momentos roza la caricatura, la dirección artística en lo que atañe al apartamento que comparte con su marido, excesiva, y un arranque provocadamente extraño durante el que nos tememos lo peor: ser carne de cañón en algún experimento de arte y ensayo.
Se crece en los guiños al neorrealismo y al cine clásico egipcio.
La película tiene un par de secuencias en las que el director se excusa de ahorrarnos visiones bastante brutales que sé que son pertinentes, pero que me desagradaron profundamente.
Lo que les dije: Me impactó.
© Del Texto: Ivor Quelch
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