jul 31 2010

¿Qué tienes debajo del sombrero?: Completamente alucinante

El ser humano es increíble y, permanentemente, sorprendente. Nos dejamos llevar por lo común, lo corriente y nos perdemos lo que está un poco, sólo un poco, más allá de nuestro acá. Tenemos cerrado el ángulo visual y el mental. Vamos por la vida colocando las manos al lado de los ojos, focalizando el aquí. Ver más allá puede hacer daño, descolocarnos, alucinarnos y, como es el caso, situarnos frente a algo, un fenómeno que nos haga tambalear ideas preconcebidas que ya nos hacían sentir bien.
Esta semana cayó en mis manos un regalo: ¿Qué tienes debajo del sombrero? Y digo un regalo porque lo ha sido en los dos aspectos. En el material porque quien me lo entregó me dio una alegría del quince y en el inmaterial porque ha provocado una pequeña revolución en mi pensamiento. Así que hoy ando doblemente agradecida.
¿Qué tienes debajo del sombrero? es un documental escrito y dirigido por Lola Barrera e Iñaki Peñafiel. La producción ha corrido a cargo de ellos mimos y de Julio Medem.
En este documental sus autores nos cuenta la historia Judith Scott, una escultora norteamericana de 62 años a la que le llega el reconocimiento internacional después de vivir 36 años en una institución psiquiátrica. Judith tiene síndrome de Down y es sordomuda. La historia de este documental la cuenta su hermana gemela, Joyce, que no tiene ninguna discapacidad. Judith Scott es hoy mundialmente reconocida. Estuvo en el Creative Growth Art Center de California. Barrera y Peñafiel se desplazaron a dicho centro para rodar y allí descubrieron la existencia de personas con idénticas o parecidas situaciones a las de Scott que, pese al aislamiento que sus discapacidades les produce, han encontrado la posibilidad de expresarse mediante las obras que crean.
Un documental espectacular, que huye de lo facilón que sería caer en lo condescendiente o en lo blandengue. Nos muestra un mundo distinto, lejano; el mundo del silencio en el que viven, su entorno repleto de personas con severas discapacidades. Yo no entiendo ni jota de escultura, sólo se decir lo que me gusta o lo que no me gusta. A priori, las obras de Scott te dejan impactada. Un inmenso ovillo que contiene en su interior, por ejemplo, un par de zapatos. Que pueden ser una castaña sin igual vistas desde fuera pero que encierran en su interior un mundo que la autora decidió fuera de esa manera y no otra. Una manera de expresar de aquel que no tiene otra manera para hacerlo.

Debo reconocer que ando flipando. Empecé a flipar cuando pude ver que a los ovillos de Scott le hacían radiografías para poder conocer, observar el universo que había decidido encerrar ahí dentro. Y aluciné, de verdad que aluciné. Y no sé si son preciosos o no, si son obras de arte o no. Yo sólo sé que lo que vi ha dado la vuelta a un interruptor que tenía dentro. Y creo, aunque no lo sé, que eso tiene que ver con el arte. Puede que me equivoque, sólo soy una persona profundamente ignorante, que lo desconoce prácticamente todo.
El ser humano es brutal. Nuestro desconocimiento de todo es tan grande que eso que existe y no conocemos puede llegar a asustar.
Si quieren alucinar utilicen, que no gasten, 75 minutos de su tiempo en sumergirse en un mundo que puede que les deje perplejos como a mí, que perdurará en su cabeza más allá de lo que dura la filmación porque, sin lugar a dudas, lo que vemos nos muestra mucho y nos hará pensar mucho más.
Salud.
Ah! Y si quieren saber qué es lo que Judith Scott tiene debajo del sombrero tendrán que ver el documental, no es algo que se toque, pero yo no se lo voy a contar. Lo ven y si quieren luego lo hablamos.

© Del Texto: Anita Noire

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jul 30 2010

Enemigos públicos: El lado humano del criminal

Gansters, metralletas, chicas rubias atolondradas, detectives, policías corruptos, la mano floja del más cobarde con las mujeres, ciudades deprimidas, alcohol, tabaco, juego ilegal. Un héroe y una heroína (esta vez morena y descendencia india). Esos fueron siempre los ingredientes  del cine negro. Y son los que utiliza Michael Mann en Enemigos Públicos. Una película que pasó excesivamente desapercibida por las pantallas de proyección cuando es excelente.

A veces me pregunto por qué un tipo de cine se encuadra en una época concreta y ya no puede hacerse nunca más. Parece ser pecado mortal o una traición horrible con los clásicos. Es como si eso que se contó ya no tuviera matices ni posibles interpretaciones y fuera territorio intocable. El cine negro tuvo su momento de esplendor y no caben (defienden algunos) versiones modernas. No terminan de gustar ni a críticos ni al gran público. Una pena.

En el caso de Enemigos Públicos es una auténtica injusticia que no sea reconocida como una gran película. El vestuario es francamente bueno, los escenarios magníficos y los actores están más que bien (quizás el inexpresivo Christian Bale no encaja del todo con el trabajo del resto). Todos los detalles están cuidados al máximo, con gran cuidado, casi mimo. Y, lo más importante, es que el trabajo del director es impecable. Hace crecer a los personajes con cada gesto. Es verdad que ayuda mucho un guión con diálogos excelentes (alguna que otra intervención del Dallinger roza lo literario aunque se queda en el territorio que corresponde, en el del cine). A todo esto se le suma una trama bien construida, un ritmo trepidante y (todo hay que decirlo) un millón de disparos formando un conjunto que arrastra al espectador con solvencia.

La película cuenta la historia de John Dillinger (Johnny Depp), de cómo se convierte en un héroe nacional (roba bancos durante la gran depresión aunque el dinero de los clientes no lo toca jamás), de cómo una mujer llamada Billie Frechette (Marion Cotillard) es capaz de enamorarle tan sólo con aceptar al villano tal y como es, compartiendo sueños. La película cuenta cómo fueron los primeros intentos del FBI por modernizar sus procesos en la investigación criminal. La película cuenta cómo el progreso en el mundo del crimen acabó con lo tradicional. Robar bancos frente a las apuestas ilegales de las que podían vivir los malos, los polis y los políticos sin arriesgar el pellejo. Pero, sobre todo, la película cuenta cómo la violencia genera violencia, cómo el ser humano se trastorna con un arma en las manos. Porque Michael Mann ataca la historia desde ese lado humano del criminal (casi costumbrista como ocurría en la literatura negra), desde el lado salvaje y atroz, pero sin renunciar a mostrar el contrario. Así es el hombre. De paso aprovecha para investigar el ego de alguien como Dillinger, el ego que acaba con los héroes si no son inmortales. Y este ganster no lo era, claro.

Elliot Goldenthal firma la partitura de Enemigos Públicos. Un lujo. Incluye esta banda sonora un tema interpretado por Diana Krall titulado Bye Bye Blackbird que servirá de eje sonoro en la relación de los protagonistas.

Vi la película el verano pasado en un cine de Santa Cruz de Tenerife. Recuerdo que salí emocionado, algo que no me ocurre con frecuencia. Pasó que pude ver una película de cine negro (de las buenas) sin recurrir al reproductor de DVD. Y es que el buen cine lo es en cualquier momento y en cualquier lugar.

© Del Texto: Nirek Sabal

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jul 29 2010

Toy Story 3: Chapeau

Entro a la sala de cine, sin ser consciente de que estoy ante uno de los acontecimientos de la década, tomo mi asiento cual niño inocente, y me preparo para pasar un par de horas al lado de mis amigos viendo una película de aparente entretenimiento simplón. Cuán equivocado estaba, ¿sólo entretenimiento?
Culmina una etapa. Terminan muchas cosas. Así es como me he sentido al ver el final de una de las sagas más exitosas de la historia, una trilogía en la que ningún capítulo sobra o es peor que el anterior. Hablo de Toy Story 3. Hablo de esa fábrica de sueños que es Pixar. Hablo de magia en estado puro.
Una trilogía que se ha demorado nada más y nada menos que unos 15 años en cerrarse. Prácticamente la vida del niño que da pie a la película, Andy. Y es que si en las dos entregas anteriores, a Andy se le veía como un crío que simplemente jugaba con sus juguetes y los necesitaba, en esta tercera parte acudimos a lo que a todos nos ha pasado, la llegada de la madurez, el olvido de nuestra infancia, de lo que fuimos, y de los buenos momentos que vivimos en compañía de estos seres inanimados que solo tenían vida dentro de nuestra imaginación, que aguantaron nuestras llantinas cuando nuestros padres nos castigaban, nuestros monólogos interiores y por qué no, también ayudaron a ser lo que somos ahora. Andy se marcha a la Universidad, y los juguetes están abandonados en un baúl, en espera de acabar en un vertedero, en un mercadillo, o en un sitio más seguro, el desván. ¿A quién no le ha pasado esto?
Así, la película comienza con una gran escena, aparentemente carente de sentido, que mezcla diversos géneros, y que no es más que la imaginación de Andy cuando juega con Woody, Buzz y compañía. Nuestra imaginación. Y en Pixar lo saben, saben adueñarse de la nostalgia del espectador entrado ya en cierta edad. Recuerdo cuando jugaba a los Gijoe en el salón de mi casa, montando escenarios bélicos con todo lujo de detalles dignos de Salvar al soldado Ryan , elegía mis planos, los diálogos, quién moría, quién se enamoraba, quién era el malo, quién era el bueno….o cuando recreaba cualquier film de piratas en la bañera con mis Playmobils heredados de mi hermano mayor. Y es que el film también habla de herencia, no debemos olvidar quiénes fuimos ni lo que tuvimos, ¿De qué sirve tirar las cosas a la basura y hacer borrón y cuenta nueva? ¿Conseguimos algo con ello salvo tener más espacio para nuestro nuevo mueble de apariencia gélida del Ikea más cutre que no nos cuenta nada? La respuesta es no. Nos engañamos todos y cada uno de nosotros. Todo se puede aprovechar (esta vez con la metáfora de los juguetes), debemos transmitir lo mejor de nosotros mismos a las próximas generaciones, sin dilación, y no sólo hablo de objetos materiales como puedo dar a entender por mis preguntas, no. Y es una costumbre que se está perdiendo. No damos sin recibir, y si no recibimos…seguiremos siendo los mismos egoístas de siempre. Nos estamos perdiendo en el camino, y hacemos que los que vienen después de nosotros sufran por ello sin saberlo.
Entrando más en la película, Woody y sus chicos se enfrentarán al olvido más absoluto, tal y como predecía El Capataz en Toy Story 2, y por desatino del destino (lo sé, qué chiste más malo) , se verán como carne de cañón en una guardería para niños de la que prácticamente es imposible escapar y en la que los otros juguetes harán de las suyas para que no escapen, y es que, como si de seres humanos hablásemos, no todos son lo que aparentan y la maldad surge de la inseguridad y del rechazo, vaya, como en la misma vida real. Es imposible omitir que las mayores referencias están en El Padrino o cualquier peli de gángsters, mezclado con La gran evasión o La fuga de Alcatraz y cualquier film del estilo, dando lugar a escenas en las que lo grotesco se mezcla con el humor de una forma bastante peculiar. Muchos guiños aquí y allá, en los que cabe destacar el Buzz romanticón con charlatanería flamenca incluida; el cameo del oso de peluche con la forma de Totoro, mascota del estudio japonés de animación Ghibli, y de la que los componentes de Pixar son absolutos admiradores, incluido un servidor, un estudio que ha dado maravillas de arte; o la canción final de los Gypsy Kings, entre otras cosas. Pero son los valores de la amistad, la lealtad, la honestidad los que se imponen para lograr que Woody, Buzz y sus chicos salgan del apuro para volver con su dueño, Andy. Valores puros, esas cosas que pocas veces veo en la realidad, eso es lo que hay que transmitir. Si no, todo está perdido.  Y todo culmina con un clímax final digno de ponérsele los huevos de corbata a cualquiera, no me caían los sudores en una película desde…vaya usted a saber. Así, sin más. Chapeau para Pixar.
En definitiva, lo mejor que tiene Pixar y sus películas, es que al contrario que sus rivales (Dreamworks o la Fox) no caen en la repetición de gag tras gag hasta que la historia deja de tener sentido. No. La historia lo es todo, los protagonistas se desarrollan, cambian, viven, caen, ríen. Eso es lo que hace grande cada película que estrena Pixar.
Podría pasarme horas escribiendo sobre Toy Story, podría empezar a desvariar en un optimismo inusitado en mí y nunca terminaría de escribir. Pero lo resumiré en dos frases.
¿Qué es Toy Story?
Es la historia de nuestras vidas.
¿Qué quién es Andy?
Todos hemos sido Andy.

© Del Texto: Gwynplaine Thor

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jul 28 2010

Brillar con luz propia

Esta mañana me apetecía escribir sobre una película que no he visto nunca. No sé quién la dirige, por ejemplo. Ni cuál es su reparto de actores. No imagino su banda sonora, ni su fotografía. Tampoco conozco al osado que se atrevió un día a adaptar ese guión. Ni idea.
Yo quería referirme, quiero escribir esta mañana, sobre el significado de la química según Goethe. La química entre las personas, el feeling que todos sufrimos cada tres o cuatro siglos, unos más desenfrenados y ardientes que otros, pero siempre incontenible y huracanado. Inexcusable.
Una vez, hace ya unos años, después de superar varios episodios químicos con finales inútiles e infructuosos todos, y rendida ya ante mi desastrosa vida sentimental, yo me propuse escribir en serio sobre el asunto y no se me ocurrió otra cosa que escribir el guión de un corto-homenaje a Goethe con la intención de vomitar todas mis catástrofes amorosas. De gritarle a todo un planeta lo que yo, desde mi perspectiva cada vez más pesimista, pensaba sobre el amor, esa palabra tan rotunda que todos pronunciamos tan alegremente sin saber muy bien de dónde proviene, cuál es su significado exacto, las infinitas connotaciones que posee…
Para escribir mi osado guión, yo me basé en Las afinidades electivas de Goethe, novela basada en el tratado químico (De attractionibus electivis) de un tal Torbern Bergman, un químico sueco del XVIII que pretendía una explicación de ciertas reacciones químicas. El tal Bergman buscaba la razón por la que, por ejemplo, si se pone un trozo de una tierra calcárea unida a un ácido débil en una solución diluida de ácido sulfúrico, éste toma la cal y el ácido débil se desprende de forma gaseosa.
Goethe representa en su historia la atracción y la afinidad, el abandono y la unión, en forma de doble descomposición química. En una cruz dónde cuatro elementos químicos hasta entonces unidos dos a dos, entran en contacto, dejando su anterior unión para unirse de otro modo. Las afinidades empiezan a ser interesantes cuando producen separaciones…
La tierra calcárea, el ácido débil, el sulfúrico y las formas gaseosas son perfectamente sustituidos por personajes: Eduard, Charlotte, Ottilie y el Capitán.

Mi pretencioso y personalísimo homenaje a Goethe fue escrito con todo mi amor hacia él un invierno etílico y nublado bajo luz naranja, y rodado un verano de resacas y tempestades marcado por mi ausencia y un bonito tratado científico.
El fugaz rodaje de mis afinidades electivas, que observé de lejos y con unas enormes gafas de sol, el visionado posterior de esa cinta, y la incomprensión de ésta por parte de la audiencia, me llevó a la siguiente conclusión:
Es inútil pretender adaptarlo todo a imágenes. Es más conveniente dejar estas cosas por escrito. Los tratados químicos como los ensayos metafísicos. Las novelas brillantes deben permanecer intactas e inadaptables. Brillantes.
No existe casting posible para escoger a un Eduard o a una Ottilie. No existe secuencia que describa a un ácido débil desprendiéndose de forma gaseosa. Ni iluminación que ilumine soluciones diluidas de ácidos sulfúricos.
O, a lo mejor, sí, pero como decía la última frase de mi guión: No acostumbro a destrozar las novelas de las que hablo aquí.
Dejemos a los químicos poetas en paz.
Considerada desde la fatalidad, toda elección es ciega y conduce a la desgracia (Walter Benjamin).

© Del Texto: Sonia Hirsch


jul 26 2010

Happy Together: Contar desde el lugar exacto

En 1997, Wong Kar Wai dirigió Happy Together una película basada en el relato titulado The Buenos Aires affaire y escrito por Manuel Puig. El título fue escogido ex profeso, repitiendo el que The Turtles había dado a su éxito de los años 60. De hecho, una versión de Frank Zappa se incluye en la película.
Debo reconocer que entre mis filias se encuentran las películas de Won Kar Wai. Los dramas los borda como nadie. Es difícil encontrar, hoy en día, a directores que construyan personajes como él lo hace, que dibuje mundos como él lo hace. En realidad, lo que digo no es más que parte de mi propia subjetividad, pero a mí siempre me alegra, me deja la sensación de ver buen cine.
Sus combinaciones son espectaculares, extrañas. Se imaginan una pareja de gays de Hong-Kong, con una relación amorosa espantosa, que marchan a Argentina para poder conocer las cataratas de Iguazú. Una película con una fotografía que parece más propia de las películas de los años 50-60, de la Nouvelle Vague que no de una película de finales de los 90, que se mueve a ritmo de tango y donde el amor entre dos hombres les va a llevar a su destrucción. Amar como la antesala de la destrucción. Una locura, es cierto, pero el mundo está lleno de locos que amaron y cavaron su propia fosa mental por amar lo que sabían que no debían. De esto es precisamente de lo que habla esta película.
Ho Po-Wing (Leslie Cheung) y Lai Yiu-fai (Tony Leung Chiu Wai) son la pareja gay de Hong Kong que mantienen una relación tormentosa. Una relación poblada de discusiones, desencuentros y odios viscerales que les lleva a dejar su relación cuando ya están en Argentina. Ante la falta de dinero para poder volver a Hong-Kong, Lai Yiu-Fai encuentra trabajo como portero de una discoteca.
Ho po-wing, reaparece en la vida de Lai tras recibir una paliza. Durante el tiempo que han estado separados, el primero se ha dedicado a la prostitución. Pero Lai no puede vivir sin Ho. Aparece de nuevo en su casa, pidiendo que le ayude. Le recoge e intenta volver a retomar su relación. Los dos lo intentarán, sobre todo Lai quien realmente ama a Ho.
Lai cuidará de Ho mientras este se recupera, le aseará, le dará de comer, lo atenderá mientras trabaja. Le dedicará hasta su último esfuerzo, mientras que Ho, no mostrará más que una total soberbia y desinterés por Lai comportándose como un tirano al que deben complacer. Pero Lai, pese a todo, intentará complacer a Ho. Sin embargo, la sombra de los celos y las suspicacias planearan constantemente sobre ellos y, finalmente, volverán a romper una relación que no se sostiene. Lai conocerá, en su trabajo a Chang, un hombre amable y cariñoso, el contrapunto a Ho. Los sentimientos de ambos, de Lai y de Chang, se mezclaran hasta el punto que Chang empezará a dudar de su propia condición sexual.

La relación entre Ho y Lai finaliza. Chang, cargado de dudas, vuelve a Taipei con su familia. Al final, Lai viajará solo hasta las cataratas de Iguazú. Allí decidirá que ha llegado el momento de volver a Hong-Kong, pero primero pasará por Taipei en busca de Chang. Una vez allí no dará con él. Laiu Yiu-fai volverá sólo a su ciudad.
Happy together es una historia de amor, mejor de un desamor. Del que lo entrega todo y no obtiene nada. Del que ama y sólo recibe coces. Pero el amor no es eterno, las coces no se resisten toda la vida. Wong Kar Wai es un genio, borda los personajes. La historia de un amor loco, de celos enfermizos, del maltrato entre dos personas que, se supone, se aman.
La locura de uno que pone al borde del abismo a otro. Del que ama y no puede pese a saber que eso no le conviene, que le esta matando, alejarse de ese al que mal ama.
Nada nuevo bajo el sol, lo sé, pero es la manera de contarlo, cómo se cuenta, lo que lo hace realmente distinto. Lo de menos es si son dos hombres, dos mujeres o unos heterosexuales, lo que cuenta en esta película es el peso y el papel que en las relaciones entre las personas se establece.
© Del Texto: Anita Noire


jul 24 2010

Los Falsificadores: El disfraz de la mona

Las películas sobre el holocausto judío durante la II Guerra Mundial siempre cuentan lo mismo. Lo disfrazan o lo hacen sin esconderse, pero, finalmente, lo importante es el sufrimiento del pueblo judío. Todo esto de airear esa tragedia está muy bien y no pondré en duda que sea necesario. Sin embargo en este blog se habla de cine y de lo que significa una película u otra, de sus sistemas narrativos, de cómo son las interpretaciones o de si la fotografía merece la pena. Es decir, si una película es aburrida por estar contada ya, si una película es innecesaria o es fotocopia de otra aunque traída de los pelos para aprovechar y contar lo mismo por debajo, si esto pasa, se dice.

Los Falsificadores está dirigida por Stefan Ruzowitzky que adorna con la estafa que se produjo cuando se introdujeron en los mercados varios millones de libras esterlinas falsificadas por los presos judíos en un campo de concentración. Poco antes de finalizar la guerra, el dólar estaba preparado en aquel barracón, pero no hubo tiempo para finalizar la operación. Entre otras cosas porque esos presos hicieron todo lo posible por retrasar el trabajo. Cuenta la película cómo se hizo y quienes fueron los protagonistas. Y lo hace pasteleando con la realidad, justificando la actitud de los elegidos que logran una calidad de vida decente gracias a sus habilidades (como si los que estaban en el campo pasando calamidades o caminando hacia la cámara de gas no tuvieran las suyas propias), que aceptan lo que ocurre porque no tienen más remedio y ayudan al régimen de Hitler porque (esto lo dicen en la película) finalmente morirán del mismo modo. Se dibuja en esta película el perfil de algún personaje que produce cierto desconcierto. El falsificador de moneda y vividor interpretado por Karl Markovics (que está muy bien en su papel, todo hay que decirlo) tiene reacciones que no parecen creíbles. Dependiendo del guión se modifican actitudes que no deberían cambiar con tanta facilidad. Y todo para convertir a un individuo indeseable en héroe de la trama. No cuela.

Con todo esto no quiero decir que la película sea un tostón. No lo es. Lo que ocurre es que una historia convencional (un timo) introduce elementos tan terribles para pasar mejor por la mirada del espectador (es lo que se cuenta con más potencia narrativa). Tiene buen ritmo secuencial, algunos movimientos de la cámara muy utilizados en el cine y televisión actual (la película se centra en los años cuarenta) que funcionan más que bien y los actores protagonistas hacen su trabajo con solvencia. Pero a mí me aburre. Y aunque obtuvo el óscar a la mejor película extranjera del año 2.008 (sin serlo) me hace bostezar porque me la sé.

Se libra la música con todos los honores. La partitura se escribe desde ese tango que baila el protagonista al comienzo de la proyección. Va tomando matices distintos dependiendo de cómo la trama se desarrolla y, francamente, funciona muy bien.

En fin, que se deja ver. Que el óscar fue exagerado. Y que por mucho que la mona se vista de seda, mona se queda. Otra de campos de concentración disfrazada.

© Del Texto: Nirek Sabal


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jul 23 2010

Hacia rutas salvajes: Buscando parcelita perdida en Alaska

Ayer alguien me recordaba esta película. Un gran “invento del demonio”, me dijo. Una, que es de natural entusiasta, se palmeó la frente y se dijo “Es verdad. ¿Cómo no he hablado aún de esta película?” Así que he hecho propósito de enmienda y de hoy no pasa. Aquí estoy, teclado en ristre, preparada para meterle mano a Into the Wild, traducida como Hacia rutas salvajes. Debo decir que, a pesar de que me gustó por los motivos que diré, no es más que una película agradable, pero que merece le entreguemos las dos horas y media que los tendrá clavados en una butaca.
Esta película, basada en la novela de  Jon Krakauer (en la que recoge su propia experiencia personal), cuenta con un guionista y director que cada día me sorprende más: Sean Penn ; con un director de fotografía excelente que es Eric Gautier (Diario de una motocicleta) y una banda sonora espectacular de Michael Brook. Dicen que Sean Penn se enamoró de Christopher McCandless (el protagonista) cuando leyó la novela y que tardó más de diez años en conseguir los derechos para rodarla.
Algunos críticos la han clasificado como una “Road movie”, pero eso, a mi entender, no califica nada, lo verdaderamente cierto es que estamos ante una película vistosa, bella y que invita a reflexionar.

Christopher McCandless (Emile Hirsch), estudiante universitario, con un futuro prometedor, que lee a los autores rusos Tolstoy, Dostoevsky, decide dejarlo todo (estudios, familia idílica, etc.), cambiar su nombre por el de Alexander Supertramp, entregando todos sus ahorros a la caridad y marchar a Alaska donde espera encontrarse a sí mismo, vivir en libertad, escapando de un mundo que no le gusta y del que siente no pertenecer. Marcia Gay Harden y John Hurt interpretan a unos padres destrozados por la pérdida de un hijo que decide dejar el mundo al que ellos pertenecen y que no terminan de comprender. Chris viajará sin un dólar en el bolsillo, se tendrá que ir buscando la vida paso a paso. Por el camino, encontrará a personas que, como él, no encajan en el mundo que les ha tocado vivir. Cris abandona un mundo confortable desde un punto de vista económico y familiar y se adentra a vivir en y de la naturaleza.

Un película sujetatada por la brillante actuación de un desconocido Emile Hirsch y un conjunto de actores secuendarios, encabezados por Vince Vaughn, Hal Holbrook y Catherine Keener que están sencillamente estupendos.

Alguien podría pensar que Sean Penn nos hace trampa y que como golpe efectista nos presenta a Alexander Supertram como un hijo de papa que se va a vivir al monte para que el contraste, entre lo que deja y a donde va, sea tan espectacular que el espectador no pueda quedar indiferente y sitúe al protagonista en el limbo de los buenos hombres. Sin embargo, pese a que la trampa existe (ahí está) lo cierto es que Penn nos la cuela bien y eso, muchos lo intentan, pero pocos lo consiguen.

Debo reconocer que cuando vi esta película pasaba por una crisis personal y que mi máxima aspiración, en aquel momento, era pegarle una patada a todo, salir corriendo y desaparecer del mapa durante mil años. Pero claro, yo no soy Chris, ni tengo vocación de Alexander Supertramp, así que me limité a removerme en la butaca en la que estaba sentada, a perderme por los bosques de Alaska, y volver a casa pensando que el mundo me había atrapado. La película también. Hoy, tiempo más tarde, sigo pensando que perderse no está tan mal, que el mundo no va a mejor sino todo lo contrario y que nunca viviré en Alaska. En estos momentos, cuando doblo en años los de Chris, ya tengo escogido el lugar al que marchar caso que me de un arranque como a Alexander Supertramp, la diferencia es que yo en lugar de entregar mis bienes a la caridad sólo podría dejarles deudas.

No se la pierdan, puede que no les guste en absoluto, que crean que es una estafa sobre un niño de papa, desagradecido y colgado, pero yo, quizá por aquello de las filias, me la miro desde el cariño de los que pertenecemos a la fraternidad de los que constantemente buscamos nuestro “yo” y esa parcelita de felicidad que creo nos toca.

Que ustedes la disfruten.

© Del texto: Anita Noire


jul 22 2010

Vidas Cruzadas: Altman, Carver y las alucinaciones perfectísimas

Bueno, verán, yo tengo muchas alucinaciones, como todos ustedes, claro. Más o menos raras, como las suyas.
Una de ellas, mi preferida, se me repite incesantemente, sin parar. Verán:

“Yo escribo una película perfecta. De guión perfecto, personajes perfectos y perfectamente narrada. Mi película se proyecta en un cine. Cualquier cine, da igual. Éste no tiene que ser necesariamente perfecto. Eso no tiene importancia en mi perfectísima alucinación.
Yo estoy sentada en la última fila de butacas, de forma totalmente anónima, de incógnita, como yo voy por todas las filas y todas las butacas.
Entonces, yo me dedico a fisgonear las secuelas que mi película perfecta produce en cada espectador. Todos ellos son muy distintos entre sí. Todos.
Observo con rencor a un tipo de barriga y calva considerable que se desternilla de risa con la secuencia en que un completo imbécil de sierra eléctrica y flequillo macarra le destroza el apartamento a su ex mujer, macarra también. Eso me contraria, no era mi intención. Oh, no, no.

Luego, un padre recién divorciado, supongo, y perfectamente afeitado, se retira al baño justo en la secuencia en que decido matar a un infeliz de parada cardiorrespiratoria en su noveno cumpleaños. Lástima.
Luego, se guarda un estruendoso silencio general, sobrecogedor, cuando mi pastelero-acosador se rinde y, suplicante, confiesa que había tirado ese pastel de cumpleaños. Ese era exactamente el silencio que deseaba.

Un tipo se toca a escondidas en primera fila a costa del cadáver de una chica aparecido en un río olvidado. Eso me inquieta.
Otra, descubre su lesbianismo desconocido con mi personaje preferido: una mujer que practica pornografía telefónica mientras le cambia los pañales a su bebé. Delicioso. Naturalmente delicioso.
Y, mientras todos los adúlteros, estafadores y ambiguos de la sala se recrean en mis secuencias retorcidas y cada vez más mórbidas, yo observo siempre a la única chica que aguanta hasta mis créditos finales. Mis alucinantes créditos finales…
La chica se levanta, confundida, de su butaca en primera fila y emite una sigilosa exhalación que mueve el aire de mi sala desolada, derrumba todas mis secuencias perfectas y me despierta siempre de esta alucinación mía tan alucinante, tan… tan… tan absurda y desafinada siempre”.

Y, es que, será verdad eso de que el mundo es cada día más pequeño porque el tiempo ha dejado de pasar con lentitud. Que el cosmos se hace más infinito que nunca mientras nosotros nos vamos volviendo cada vez más enanos. Que ansiamos salir como sea ahí afuera, pero no existe ningún “afuera”. No existe.
Felicidades, Robert Altman, por haberme afectado tanto. Mucho más que Raymond Carver, dónde va a parar…
Y disculpen ustedes mis subterfugios. Escribo sentimentalmente y sin freno.

© Del Texto: Sonia Hirsch


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jul 21 2010

Dèjávu: Vida, muerte, tiempo y estupidez

La propuesta de viajar en el tiempo, de retroceder para modificar el futuro, sus consecuencias y la idea de poder plegarlo para dominarlo es antigua, está muy sobada y suele terminar en desastre discursivo. Es decir, una propuesta que termina siendo absurda, inverosímil y estúpida cuando tratan de pegarla a la realidad y no a la fantasía que es lo que toca. Se convierte en un bucle infinito que no entiende ni el que la plantea. Es un problema de aquel que se mete en camisas de once varas.

En el caso de Dèjávu, película dirigida por Tony Scott, se trata de justificar la posibilidad de manipulación temporal con unos avances técnicos completamente delirantes. No lo consigue, por supuesto. Y todo se derrumba. Si fuéramos generosos y aceptásemos semejante cosa como posible, la cosa se desmoronaría del mismo modo. En ese sentido la película es impecable. Hagas lo que hagas, mires como mires, todo se destruye irremediablemente. Ya saben, el dichoso bucle. Regreso al pasado; modificación del futuro, pero sólo si se viaja al pasado y así sucesivamente. Lo que han contado otros con el mismo final. Desastre. Defienden director y guionista que el tiempo no existe. Menudo descubrimiento. Esto ya lo resolvieron los filósofos hace muchos años. Igual se leyeron algún libro (guionista y director) sobre el asunto y lo dejaron a medias, justo cuando llegaba lo bueno. Porque es verdad que el tiempo no existe, es una convención creada por el ser humano, pero el concepto va más allá de lo que nos cuentan estos muchachos. Mucho más allá.

El caso es que Doug Carlin (Denzel Washington) es un tío superlisto y supervaliente que investiga un atentado terrorista. Aparece un cadáver alejado del suceso que puede tener alguna relación. Es el de una mujer (Paula Patton) que, efectivamente, servirá de nexo entre unas cosas y otras. Los buenos muestran a Carlin un montaje gracias al que se puede ver con detalle lo que ha sucedido cuatro horas antes en cualquier punto del planeta (ya les digo que la cosa es impresionante del todo). Y Carlin termina siendo transportado al pasado (también es posible, todo es posible) para enamorarse, salvar a la mujer, a todos los muertos del atentado y, de paso, cepillarse al malo. Ah, él muere. Sí, Carlin. Pero no pasa nada, pueden estar tranquilos. Como el tiempo no existe, Carlin, en el momento de morir, vive en otro lugar. Después de morir llega vivo y se reencuentra con la mujer de su vida. Mola mucho. Pero claro, si esto es así, supongo que el malo malísimo muere y vive al mismo tiempo. No sé. Unos sí, otros no. Qué fatalidad.

Los actores están correctos. Tampoco es que los papeles exijan mucho más que una sonrisa o disparar un millón de veces en tiempo record. La música normalucha. Pasa desapercibida. El guión, ya lo saben, es insultante con el espectador por malo. Y la fotografía es facilona aunque, es verdad, tampoco hace falta ningún alarde. Sería trabajo desperdiciado. Ahora bien, si quieren estar un rato mirando cine (del malo) lo pueden hacer sin grandes problemas porque estás películas lo intentan salvar todo con un ritmo trepidante y eso, para desconectar, no es mala cosa. Eso sí, si quieren explicarse algo sobre el tiempo empiecen por Stephen Hawking y no pierdan ni un minuto.

© Del Texto: Nirek Sabal


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jul 20 2010

La profecía: Un mal rollo eterno

Si tuviera que elegir diez películas que me dan mal rollo, sin duda, La Profecía estaría entre ellas. No hay grandes efectos especiales (una cabeza volando y poco más), no hay sustos horribles, no hay baratijas, vaya; pero la película está muy bien contada, lo que narra es el verdadero horror (la maldad en estado puro), los actores están más que bien y, sobre todo, el niño (Damian) tiene una cara de mamón que pone los pelos de punta. Qué mirada. Además, la música de Jerry Goldsmith ayuda mucho a crear ese clima del que es imposible escapar durante los ciento nueve minutos de metraje. El verdadero infierno.

La he visto varias veces y aún me sigue dando mal rollo mirar. Esas fotografías que señalan la muerte próxima de los retratados, los sacerdotes enloquecidos por la llegada del demonio, los perros que acompañan y guardan al mal, la intuición de una madre que no puede mirar a su hijo porque sabe lo que hay, un hombre consciente de que su cobardía le ha llevado a todo eso y ve como pierde su vida entera; todo el conjunto es suficiente para que te pegues al asiento y no quieras saber nada de lo que hay más allá de la luz (de la de la habitación, digo). Si a esto le sumamos la cara de mamón del niño que interpreta a Damian, tenemos asegurado un rato inolvidable.

Siempre que la comienzo a ver, me pregunto si la película habrá envejecido bien o la estética y el punto de vista se habrán quedado anticuados. Siempre que acabo de verla, pienso en lo bien que se hacían las cosas cuando el cine era cine de verdad y no tanto ordenador ni tantas dimensiones.

El sexto día del sexto mes y a las seis de la mañana nace un niño. Estamos en Roma. El padre es el embajador norteamericano en esa ciudad. Le comunican la muerte del bebé. Él, desesperado, visita un hospital católico donde le ofrecen un recién nacido a cambio. Así podrá ocultar a su esposa el drama. Todo parece normal hasta que la niñera de Damian (después de ver a un perro de lo más inquietante) se ahorca durante el cumpleaños del niño, en presencia de todos los invitados. A partir de aquí la cosa se complica de lo lindo. Unos versículos del apocalipsis que anuncian la llegada de Lucifer a la tierra se van convirtiendo en realidad a medida que avanza la trama.

Gregory Peck interpreta el papel de padre; Lee Remick el de madre y al niño, a Damian, le da vida un enano con cara de mamón que tira de espaldas. Richard Donner fue el que dirigió el rodaje de esta joya del cine de terror.

La película se estrenó en 1.976 y, supongo, que serán pocos los que no la hayan visto. Si aún queda alguien en el mundo en esas condiciones (imperdonables condiciones) acepten este consejo: apaguen las luces del resto de la casa, tengan a mano algo de beber, si fuman preparen tabaco y mechero, dejen que anochezca, pulsen la tecla play y esperen. El número 666 y la cara de mamón de Damian no se les olvidará jamás. Mal rollo y buen cine es una mezcla inigualable.

© Del Texto: Nirek Sabal


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