jun 30 2010

Un vaso y un cigarrillo (Sigara Wa Kas): La Inmortal y la estupefacción

Esto es la vida para las maltrechas heroínas del cine musical egipcio de los años cincuenta: Un vaso y un cigarrillo (Sigara Wa Kas).
Esta película de Niazi Mustafa es uno de los grandes clásicos de la época dorada del cine egipcio. La Inmensa Samia Gamal (pronuncien ustedes ese nombre en un café de El Cairo y se darán cuenta de que todas las conversaciones se detienen y se establece un silencio religioso) interpreta a Hoda, una deslumbrante bailarina que abandona los escenarios tras su boda con un médico (Nabil El-Alfi). Inmediatamente se desencadena un infierno de celos que la arroja a la bebida. Porque Hoda sospecha que su marido se entiende con su enfermera italiana Yolanda, que no es ni más ni menos que la enigmática y mítica Dalida en la que es posiblemente una de sus primeras interpretaciones.

Lo de Dalida, gestos, miradas y caídas de ojos, se escapa del entendimiento de la razón humana y ayuda a entender que se haya convertido en una Inmortal.
Samia Gamal es probablemente la más destacada actriz-bailarina de la historia y sus números en la película, que por supuesto es un melodrama musical, son elegantes y de una exactitud que roza la perfección.
La película retrata El Cairo cosmopolita y europeo de la mitad del siglo, con sus night clubs, grandes edificios de apartamentos e inmensos automóviles americanos circulando por sus avenidas. Obvia los problemas cotidianos, el derrocamiento del rey y las consecuencias de la revolución de Nasser y nos lanza en el medio de un mundo de sentimientos desgarrados, amor, odio, celos y destrucción, con un final feliz de redención y reencuentro.
Los que conozcan el cine egipcio asentirán a lo que se escribe como si fuera un acto de fe. Los que lo desconozcan por completo se quedarán absolutamente perplejos, se lo puedo asegurar.
Yo me quedé estupefacto.
© Del Texto: IVOR QUELCH


jun 29 2010

La vida secreta de las palabras: Una oca porque sí

No sé hasta qué punto uno puede ser objetivo cuando se encuentra frente a algo que hace alguien que te gusta, a quien admiras o incluso detestas. Las filias y las fobias son así. Uno se arrima mucho o se aleja otro tanto, en función de hacia donde bascula la balanza de las elecciones personales. Por eso, sé que el criterio para el análisis o la valoración de lo que tengo enfrente, en mi caso, se ve infinitamente mediatizado por esa tendencia a adorar lo que se corresponde a mis filias y a detestar lo que se arrima a mis fobias.
Pues eso es lo que me pasa con el cine de Isabel Coixet.
Me gusta Coixet, me gusta mucho. Por eso, a veces, cuando veo alguna de sus películas que no llenan las expectativas que de ella me había hecho, tiendo a buscar, en mil sitios, los rellenos para los “huecos” que creo la directora ha dejado abiertos.
Una vez más, recurre a sus actores talismán (Sara Polley, Leonor Watling, Javier Cámara) para sacar adelante, aunque a trompicones, una historia sobre personas. Lo de “historia sobre personas” puede parecer una obviedad, pero no lo es, porque no todas las películas cuentan historias de personas. Las de Coixet normalmente sí. Sin embargo, debo reconocer que ésta no es su mejor película. Pretende transmitirnos el dolor, el descoloque personal y el esperanzador encuentro de dos que sufren (por distintos motivos). Una historia que se resume en yo te cuido a ti, tu me salvas a mí.
Coixet aquí se pierde. La historia del dolor le queda coja.
El argumento: Un accidente en una planta petrolífera donde Joseph (Tim Robbins) sufre unas graves quemadura lleva a que Hanna (Sara Polley), una enfermera que trabaja en una fábrica de embalajes, a trasladarse a la plataforma para cuidar del quemado mientras éste no pueda ser evacuado (no sabemos el motivo, porque allí llegan todos en helicóptero, pero no se llevan al enfermo). En la instalación viven dos mecánicos que se consuelan de su soledad estableciendo una relación sentimental entre ellos, ajena a la vida de familia que tiene en tierra; un cocinero con mano magistral, Simón (Javier Cámara) que cocina platos de distintos países, acompañándolos de música de aquellos lugares, para no terminar loco; un oceanógrafo decidido a contar el número de olas que rompen contra la plataforma; un chico para todo; el jefe de la plataforma; el herido y su enfermera. Nadie más, junto a ellos, la inmensidad del mar del norte, y la presencia apuntada de Leonor Watling y una oca que recorre la plataforma, vaya ud. a saber porqué.

Pero Coixet, en esta película ha hecho trampas. Sí, y se le nota. Cuando no sabe como rellenar la historia del dolor íntimo y personal de sus protagonistas, se saca de la manga el conflicto de la guerra de los Balcanes y nos coloca una historia que, la verdad, queda rara, muy rara, en medio de la película y, para rematar, nos intenta dar una lección de moralina (la obligación de no olvidar el horror de la guerra. Como si eso no lo supiéramos). Y la mentira radica, en parte, no en que no existan historias como la que Hanna relata (que las hay), sino porque nos la cuela de matute, intentando salvar la película que se le hunde.
Creo que Coixet quería hacer una cosa y le salió otra. Superar Mi vida sin mí o Cosas que nunca te dije era difícil, complicado, y considero que Coixet, en esta ocasión, no pudo estar a su propia altura. La película le quedó lenta (los silencios no transmiten nada), el escenario (la plataforma petrolífera) es un elemento extraño que no se une a la historia para nada, los personajes de la película (los mecánicos, el oceanógrafo, el jefe de la plataforma), son todos prescindibles.
Podemos salvar la música, Antony and the Johnsons, pues ayuda a crear una atmosfera intimista que, por desgracia no se consigue ni con los diálogos ni con los silencios de los personajes. La fotografía, buena, sobre todo las imágenes del mar. Pero poquita cosita más.
Lo lamento, porque como digo, suele gustarme Coixet pero esta vez, no ha sido así. Ahora bien, que nadie se lleve a engaño, pese a la crítica, la dejo con mis filias.
© Del Texto: Anita Noire


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jun 28 2010

Alice In Wonderland: Ni pasen ni vean, por favor.

Alice In Wonderland de Tim Burton es una película mala y grotesca. Yo nunca llevaría a unos niños a verla porque tiene un mensaje bastante negativo, porque aparecen en ella muestras de crueldad escatológica e innecesaria que no creo oportuno que presencien a los menores. Como me parece aburrida tampoco la recomendaría a los adultos que no van a encontrar en ella nada de su interés. Quizás algún adolescente desequilibrado sea capaz de aumentar la perturbación de su mente con este despropósito de historia.
Estéticamente es pobre, oscura, casi gótica y aunque nada tengo en contra de los góticos no me parece que sea el tono adecuado para esta historia. Visualmente es más cercana a un videojuego no demasiado innovador que a cualquier otra cosa. Las únicas partes que no son oscuras, las que pertenecen al mundo de la llamada Reina Blanca son cursis hasta la caricatura y ninguno de los guiños con los que guionistas y director pretenden divertirnos funcionan.
No se salva nada. El trabajo de las actrices no merece la pena ni ser comentado y todo es desacertado hasta la exageración. Anne Hathaway está para quemarla en una hoguera (artística y metafórica, que no se me malinterprete. Yo no soy como ellos) y Helena Bonham-Carter ha encontrado definitivamente su registro como cabezudo malvado.
No merece la pena compararla con las obras que se supone que la inspiran. Todo es una burda utilización comercial y hasta los retazos que quedan de aquellas han sido pervertidos y despojados de su naturaleza.
Es rebuscadamente difícil hacer algo tan mal con tan grandes antecedentes y tan ingentes recursos. Resulta inconcebible cuando son tantas las cabezas que piensan y deciden en una producción de ese tipo. ¿Cómo se habrán convencido unos a otros de lo que estaban haciendo? ¿O será más bien que nadie hizo nada confiando en que los equipos de efectos especiales iban a resolver el desaguisado? Pues hasta la postproducción y los efectos digitales requieren un planteamiento previo y serio.

Una película ínfima. No es de extrañar que estuviera yo solo en el cine. Ni siquiera la reinvención de las tres dimensiones (por cierto que no son tres, son cuatro) le aporta nada.
Es previsible, burda, llena de tópicos sacados de los peores filmes de hadas y con un tufo a mundos medievales desquiciados y mal interpretados. Un totum revolutum infame. Es seria candidata a competir, desde mi humilde punto de vista, en los Razzies 2011 como peor película, peor secuela, peor director, peor guión y peores actores y actrices, protagonistas y de reparto.
Cuando descongelen a Walt Disney le va a dar algo.
Lo único que se salva es la interpretación de Madonna en el papel de Mad Hatter…
¡Ah, que no era Madonna!
Me hubiera ido del cine.
© Del Texto: IVOR QUELCH


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jun 26 2010

El sexto sentido: Trampas repetidas


Nunca una película tan tramposa tuvo un éxito tan extraordinario. Nunca una película tan mal contada fue creída y aclamada por tantas personas.
No negaré que el director y guionista M. Night Shyamalan hizo un esfuerzo considerable para que nadie pudiera decir lo que digo yo. Pero ese esfuerzo por dejar pistas sobre lo que narraba ya es sospechoso en sí. Si no hubiera hecho trampas ocultando evidencias no le hubiera hecho falta justificar nada. Esas evidencias, que no están presentes en la película (al ser escatimadas), se cambiaron por detalles que sólo un muy buen espectador, o un espectador avisado, o una segunda oportunidad, los hacen visibles. Por ejemplo, Shyamalan debió pensar, que el psicólogo se siente frente a la madre sin hablar, como si no estuvieran juntos, así nadie podrá decir que hice el truco. Y no, querido Shyamalan, es justo al contrario, presentas al espectador eso y no otra cosa para hacer el lío. Más que nada lo hace, creo yo, porque la historia que cuenta es completamente absurda. De momento, lo narra desde el punto de vista del psicólogo. Eso significa que podemos ver este lado del mundo y el de los muertos. La película, entonces, deja de ser realista (tengo la sensación de que el director nos la quiere colocar como eso) para ser del género fantástico o de terror. Jugar a ser realista hace que el espectador sienta sienta angustia o miedo porque le están engañando. Shyamalan hace otra pirula (bastante utilizada en películas de este tipo) que consiste en meternos a un niño como protagonista. Y, de paso, a unos cuantos más, vivos o muertos, que dan un toque mucho más horrible al asunto. Que le pasen estas cosas a los niños ya es el colmo ¿verdad? (No me refiero de forma explícita a lo que pasa por si aún queda una persona en la tierra que no haya visto el film). Haley Joel Osment (el niño) fue nominado al Oscar como mejor actor secundario. Como suele ocurrir, eso obedeció más a lo que acabo de decir que a su interpretación. Un niño asustado y martirizado por los muertos siempre gusta.

Hablar de muertos y de sus deudas con la vida, de su descanso imposible salvo que alguien (vivo) les ayude es otro ingrediente muy efectivo que, por supuesto, aparece en El Sexto Sentido. Ir a la lágrima fácil (también está, también), al amor inolvidable, a la ternura de un niño… Trampas y más trampas. Lo metes todo en un recipiente más o menos vistoso, llamas a Bruce Willis para que de lustre al cartel, y ya está. Es posible que Willis no guste a muchos, pero hay que reconocerle que papel que le dan, papel que defiende con solvencia, y, si el director sabe trabajar le saca petróleo.
Entiendo, de verdad que sí, que la película guste. Hace pasar un rato agradable al que la ve. O desagradable, pero te la tragas con gusto. Aunque, hay otro problema y es que lo que cuenta ya lo han dicho cientos de veces otros directores y mejor, sin tanto fuego de artificio. Porque, al final, todo se resuelve de forma explosiva. Todo se prepara para ese momento final que dejará boquiabiertos a todos.

Pues eso, que si alguien no ha visto la película que lo haga. Sin esperar gran cosa. Un rato entretenido y poco más. Yo, desde luego, ya tuve bastante con una vez.
© Del Texto: Nirek Sabal

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jun 25 2010

La batalla de Hadiza: Desde Hadiza con amor

Me senté a ver La Batalla de Hadiza después de sufrir un golpe en la cabeza. Nada serio, pero si lo suficiente como para que me doliera y condicionara el día convirtiéndolo en momento de reposo. Debió de ser producto de este porrazo por lo que abandone mi tendencia a ver películas pastelosas. Esta vez, bélica, Iraq.

Y ahí me pregunto yo ¿Quién me mandaría a mí meterme en semejante vergel? La película de Nick Brooomfield adopta la forma casi de un documental. El argumento de la misma es un hecho verídico sucedido en Hadiza (Haditha – Iraq), en concreto la matanza ocurrida el 19 de noviembre de 2005. Aquel día los insurgentes iraquíes colocaron una bomba en la cuneta de una carretera por la que tenía que transitar un convoy de marines estadounidenses. La colocación de la bomba, a los márgenes de una carretera que cruzaba el pueblo de Hadiza hizo que sus moradores observaran la colocación de aquel artefacto y que nadie, de aquella población civil, hiciera absolutamente nada por salvaguardar su integridad física. Temían denunciar este hecho a los propios insurgentes y ser acusados de colaboracionistas, con las consiguientes torturas por parte de los suyos, y temían avisar a los soldados americanos y ser acusados de insurgentes. Al final, el artefacto explotó provocando la muerte de un soldado americano y graves heridas al resto de ocupantes de uno de los vehículos del convoy. A partir de este momento, los Marines inician una acción de represión contra la población civil, que termina con la muerte de veinticuatro personas, casi todas mujeres y niños.

La película no me gusta por tendenciosa. Es cierto que escoge muy bien cada uno de los momentos en que se desarrolla las acciones, que separa muy bien, la intervención del bando americano del de los propios iraquíes. Que intenta retratar sus personajes. Pero no me gusta. Sé que la finalidad de la película era mostrarnos que, en el día a día, en el cuerpo a cuerpo, es difícil separar la línea de lo que es la defensa de los intereses de una nación, de lo que es salvar la propia vida o la de los que tienes a tu lado o a tu cargo. Que una cosa son las guerras vistas desde los despachos, a cientos de miles de kilómetros y otra muy distinta, vivirlas a pie de calle.

Pero como digo no me gusta por tendenciosa. Los americanos son malos, muy malos, tontos, imberbes, maleducados y los iraquíes son buenos, buenísimos, incluso cuando ponen una bomba que puede matar no sólo a los americanos, sino a los suyos que pasen en aquel momento por allí. Por eso no me gusta. Porque estoy segura de que el mensaje que Broomsfield quiere transmitir es el de  la existencia de una inmediatez brutal en la guerra que puede desatar, de una manera irracional, la fiereza del ser humano, con independencia de que lo que defienda sea muy o poco legítimo, pero lo transmite fatal. O eso me parece a mí.

El inicio de la película deja claro este mensaje cuando el cabo Ramírez (Elliot Ruiz) dice que su aspiración es llegar vivo cada noche a su barracón, que ignora en realidad cual es el motivo por el que está en Iraq.

Las guerras al final se convierten en algo individual. El insurgente iraquí, el que coloca la bomba, como un amante padre de familia, donde pone de manifiesto que tras estar más de un montón de años en el ejercito, no le quedaba otra que jubilarse con una pensión ridícula y se suma a la Guerra Santa. Un soldado americano, que tras sufrir unas gravísimas lesiones en una anterior estancia en Iraq se reengancha al servicio porque sólo le queda una paga de  300 dolares USA. La situación de Iraq, de sus habitantes, del país, es lo de menos. Lo que mueve a los que están sobre el terreno son cuestiones bastantes más domésticas.

No acostumbro nunca a recomendar nada. Hagan lo que quieren, si quieren ver una película donde a uno se los tacha de tontos muy tontos, y a otros de buenos, buenísimo pues aquí la tienen. Una película bélica, con un formato de documental que, por mí, pueden tirar al cubo de la basura por muchos premios que se le hayan concedido, entre ellos, (información para forofos de los premios) la Concha de Plata del festival de San Sebastian.
© Del Texto: Anita Noire


jun 23 2010

Cuando Harry encontró a Sally: Ding, dong, un “pero” llama a su puerta

La guerra de sexos. Un hombre y una mujer. ¿Pueden ser amigos? ¿Qué pasa con la maldita tensión sexual? ¿Hay vuelta atrás una vez que se cruza la línea de la intimidad sexual? ¿Qué pasa cuando dos amigos se enamoran?

Harry Burns (Billy Cristal) y Sally Albright (Meg Ryan) se conocen cuando ambos están en la universidad. Sally se ha comprometido a llevar a Harry hasta Nueva York en su coche. Durante las 18 horas que dura el viaje iniciarán una conversación sobre la amistad entre un hombre y una mujer. Acabarán discutiendo, pero a partir de ese momento surgirá, entre ellos, una relación que se mantendrá durante años. En la vida de ambos aparecerán matrimonios y relaciones frustradas, intentos de emparejar a sus amigos. Y, al lado, uno del otro, apoyándose en lo bueno y en lo malo, Harry y Sally.

Los dos llevan años intentando descubrir que es lo que hace que, pese a los años, sean amigos. Harry cree que dos personas de distinto sexo jamás pueden ser verdaderos amigos, pues esa relación terminará indefectiblemente en la cama o contrayendo matrimonio, con lo que la relación de amistad estará finiquitada. Sin embargo Sally, cree que un hombre y una mujer siempre pueden ser amigos.

Desde luego, quien tiene un amigo tiene un tesoro. Los que tenemos esa suerte y tenemos ese amigo, podemos afirmarlo con toda rotundidad. Es maravilloso tener a alguien a quien poder llamar a las tres de la madrugada para llorarle porque has descubierto que el amor de tu vida se ha fugado con la más odiosa de las mujeres.  Es maravilloso tener a quien llamar para decirle que sólo tienes ganas de llorar y que tienes la cara como un loro de tanto moquear a solas. Es maravilloso tener a alguien a quien contrarle hasta las más peregrina de las tonterías y poder reirte de eso mismo o enfadarte hasta los infiernos sin tener que guardar  las formas porque sabes que mañana nada de eso pesará. Y es maravilloso que ese a quien llames pueda ser un tipo estupendo con el que nunca querrías ni irte a la cama ni contraer matrimonio. Pero siempre surgen los peros ¿Qué ocurre cuando uno de los dos se da cuenta de que lo que quiere es precisamente levantarse cada día al lado de ese que, hasta ayer, no habría entrado jamás en esa parcela en la que sólo debe entrar ese a quien se supone que amas? Pues que el desastre está servido, porque o bien uno acaba descubriendo que ese era el hombre/mujer de su vida, o acaba perdiendo un amigo. Así son las cosas.

Cuando Harry encontró a Sally, la comedia de Nora Ephron (su guionista) ponía sobre la mesa el tan debatido tema de si es posible una relación de amistad entre un hombre y una mujer. A finales de los años 80, los reyes de la comedia americana fueron Billy Cristal y Meg Ryan. Esta película la bordaron. Creo que nadie ha superado la química que había entre estos dos actores. Los diálogos buenos y acertadísimos, sin artificios raros, donde todo se pone sobre la mesa (no tiene desperdicio la escena en que Sally muestra a Harry la capacidad de  las mujeres para fingir un orgasmo y echar por tierra su ilusión de ser un seductor). Se acompañó de una banda sonora extraordinaria y de la espectacular ciudad de Nueva York de fondo (los paseos por la ciudad, son indescriptibles). Todo ello hace que ésta sea una de las mejores comedias románticas de todos los tiempos.

No tengo ninguna duda. Esta es una de mis favoritas. Los años la han convertido en un clásico de esta casa, una película que, pese al tiempo transcurrido desde que fue estrenada, no ha perdido ni un ápice de su frescura, de su buen humor y de la realidad que a veces toca a la puerta de esos dos amigos que se convierten en especiales por el juego de la vida.

No se la pierdan. Una joya de las comedias románticas del siglo XX.

© Del Texto: Anita Noire


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jun 22 2010

Hair: Mujeres embarazadas volando

Mi hermano mayor me saca nueve años. Eso explica que, por ejemplo, creciera (yo) escuchando la música de los Beatles sin corresponderme por la edad o entendiera el rollo hippie siendo un crío (ya se encargaba mi hermano de que así fuera).
Cuando estrenaron Hair en el año mil novecientos setenta y nueve, tenía (yo) quince años. A mis amigos no les interesaba gran cosa la película. Todos eran más de Grease (y yo). Pero mi hermano mayor me invitó y (encantado) fui a ver la película. Me lo pasé en grande porque, en realidad, siempre había sido más del rollo hippie (yo) que del otro.
Aún no había probado ningún tipo de droga. Ni siquiera fumaba. Sólo hacía deporte. Pero allí volaban mujeres embarazadas, todo era absolutamente delirante. El ejército significaba el horror, el dinero significaba el horror, todo lo era excepto sentirse libre con drogas o sin ellas. Podría decirse que fue mi primer contacto verdadero con las alucinaciones. En todos los sentidos.
La película tiene un final que es el horror. Milos Forman avisaba. Todo esto está muy bien, la amistad mola, las drogas molan, el dinero es una mierda, los que tienen dinero son más mierdas que el propio dinero, pero la vida es como es. No se puede apostar contra ella porque pierdes seguro.
Hair es un musical. De los buenos. Y, claro, la música es fantástica. Al menos eso cree uno que creció escuchando cosas parecidas y entendía (o creía entender) lo que le contaban. Las coreografías son magníficas. La trama no deja de tener su aquel. Los actores (excepto Treat Willians que esta soberbio) están correctos y poco más. Pero el conjunto es genial.
Venga, pónganse una cinta en el pelo, un par de margaritas, los pantalones de campana y preparen algo para beber. Ya verán como el rollo hippie les divierte de lo lindo. Y si no entienden el inglés, vean la película con los subtítulos activos. Es importante lo que dice cada canción. Ah, y si no vieron nunca embarazadas volando, todavía están a tiempo. No pasa nada.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jun 20 2010

American Gangster: Tontos contra tontos. Todos culpables.

Podría parecer que American Gangster es una película de esas en las que los buenos ganan a los malos. Pues no. Aquí los malos ganan a los malos. No hay un solo personaje que destaque por su bondad ni nada de eso. Aquí lo que se ventila es otra cosa. ¿Quién es más tonto? Esa es la pregunta que se hace cualquiera que se acerque a la cinta de Ridley Scott. La fricción entre inteligencias es lo que va construyendo una trama trepidante, dura y muy bien rematada.
Los que se ponen hasta las trancas de caballo son dibujados como los más tontos del mundo. Les siguen, a una distancia muy reducida, los que ven un dólar y comienzan a presumir allá donde estén. Los primeros la palman y estos otros son cazados como conejos o pasan a engrosar las listas de camellos que pagan un dineral a los policías corruptos. Estos son los terceros del pelotón. La avaricia les convierte en blanco fácil para otros. Los mafiosos de siempre han aprendido a vivir, aparentemente, en el límite de la ley. Son gentuza que saben cómo manejar las cosas para sobrevivir. Pero sólo conocen esa forma de vida y si alguien (más listo) les mueve una pieza del puzzle la cosa se les complica. Son difíciles de cazar, pero a todo el mundo le llega su hora. Y, por fin, tenemos a los menos tontos del grupo. Por un lado, Richie Roberts (Russell Crowe), policía que es capaz de devolver casi un millón de dólares encontrado en el maletero de un vehículo mafioso, pero desordenado en su vida privada, acomplejado. Por otro, Frank Lucas (Denzel Washington), mafioso que nunca se deja ver, que es capaz de cargarse a los intermediarios y reventar el mercado de heroína de la ciudad de Nueva York (controlado por la Cosa Nostra). Uno representa una inteligencia que sostiene sus lagunas sobre la violencia (Frank Lucas). El otro, como contrapunto, encarna la evolución de esa inteligencia, que se adapta a lo que toque, sostenida sobre la observación y el aprendizaje (Richie Roberts).
American Gangster es un película violenta. Al que no le vuelan la tapa de los sesos le queman vivo o se la vuela él solito. Los yonquis se meten de todo y te lo muestran para que sepas qué es eso de drogarse. La violencia verbal impresiona a cualquiera. Cada frase eleva la tensión de la trama. Nada puede ir bien en esta película. Desde la primera secuencia sabemos que algo va a explotar y que nos arrastrará hasta el mismísimo infierno. La violencia de la fotografía es descomunal. De Harlem a Vietnam. De la belleza al asco más absoluto. El mundo también pelea consigo mismo.

American Gangster es una película que tira de la conciencia hasta la reflexión. Porque habla de la doble moral con la que nos manejamos en occidente y que utilizamos para perdonar todas nuestras miserias. Nos enseñan lo que hay y cómo miramos hacia otro sitio mientras no nos roce semejante desastre. Eso con lo que vivimos tan ricamente y ya nos es tan familiar que nos parece estupendo. El progreso para unos es el retroceso hasta lo más hondo para otros.

American Gangster es una muy buena película, pero habría que comprender que hubiera gente que la detestara. Por su verdad, por su violencia y por lo honesta que es al contar cómo somos, cómo son las inteligencias, cómo estamos colocados frente a tanta mierda, nos guste mucho o poco.

Si echan un vistazo a la película, presten atención especial a uno de los personajes. Al inspector Trupo (Josh Brolin, que está fantástico en su papel). Es uno de los que representa la falta de inteligencia y es de lo más interesante. Y, ya de paso, no pierdan detalle de la conversación que mantienen Frank Lucas y el mafioso italiano en casa de este último. La ironía y la maldad hacen una pareja muy atractiva.

Ah, y piensen sobre lo que representa el perdón. Hasta ahora les he ido hablando de la construcción narrativa, de los vehículos utilizados para conseguirla. Pero en toda narración hay un anclaje. En esta es el perdón. ¿Existe? ¿Somos capaces de lograrlo o de concederlo?

Bienvenidos al infierno, queridos.

© Del Texto: Nirek Sabal

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jun 19 2010

La boda de Muriel: Lo superficial a examen

Que la vida puede ser una porquería no es una novedad. Que las oportunidades de darnos unas risas suelen ser más escasas de lo que nos gustaría, eso lo sabemos todos. Que la gente es más falsa que un duro sevillano, pues también. Que todos buscamos nuestro lugar en el mundo es una realidad aplastante para los que tenemos dos dedos de frente (yo pese a mis cositas, creo que los tengo). Eso es lo que le pasa a Muriel, (Toni Collette) busca su lugar en el mundo. Lo de menos es que ABBA sea la banda sonora de su vida y su aspiración a casarse como si fuera la mismísima Lady Di una obsesión. Lo más importante es saber reconocer lo que uno quiere y salir en busca de ello. Muriel lo sabe y va en su búsqueda.
Una familia con un padre chanchullero metido en política, unos hermanos escapados de las cavernas, una madre permanentemente en la parra, la amante del padre una asesora de cosméticos, unas amigas que son unas harpías, sobrepeso y en la mente de Muriel, la mujer más hortera del mundo, la necesidad de encontrar su lugar en el mundo.
De momento, una escapada a la isla de Hibiscus, un encuentro casual con una antigua compañera del instituto, Rhonda (Rachel Griffiths) y su GPS, empiezan a marcar la ruta, que le llevarán a salir del entorno de una familia agobiante y marchar a Sidney en busca de una vida completamente distinta a la que ha tenido hasta el momento.
Puede parecernos una comedia, y a ratos lo es, pero es una película que pese a los momentos kistch que tiene, lo cierto es que hace una disección espectacular de la superficialidad que nos inunda. Muriel lleva toda su vida escuchando lo inútil que es, lo poco que vale, lo fea que es, lo gorda que está. En realidad, es una tragedia sobre una autoestima machacada por aquellos que deben ser el cinturón que ayude a que uno se sostenga en el mundo. Y es que esta película, bajo la apariencia de lo simple, nos pone frente a los ojos todo un repertorio, triste, de los fracasos personales y de la búsqueda de la libertad personal.
El guión de esta película australiana fue escrito por su propio director P. J. Hogan que consiguió el equilibrio perfecto en esta tragicomedia. Contiene una crítica hacia la vacuidad de la realidad que nos rodea. Las actrices Tony Collette (Que engordó 18 kilos para interpretar a su personaje) y Rachel Griffiths (que terminará en una silla de ruedas), están espectaculares. La acogida de esta película fue tal que P. J. Hogan preparó un remake edulcorado de la misma , que satisficiera más los gustos de los espectadores estadounidense, La boda de mi mejor amigo, pero yo, que como ya he dicho en otras ocasiones, soy muy mía, me quedo con La boda de Muriel, porque las dos tipas (Collette y Griffiths) son estupendas, porque una junto a la otra, tiran la basura por la borda , empiezan de nuevo y, por fin Muriel, empezará a aceptarse como lo que es, una mujer estupenda.
No es que se la recomiende es que casi debería obligarles a verla.
Disfrútenla al ritmo de ABBA o de quienes ustedes quieran, pero véanla.

© Del Texto: Anita Noire


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jun 17 2010

El pastel de boda: La boda de todos

¿Tienen algo que ver el amor y el matrimonio? ¿Tiene algo que ver el aparente desastre con encontrar el orden natural de las cosas? ¿Puede algo que empieza fatal, seguir peor y terminar con un mensaje positivo?

¿Puede uno zamparse un pastel teniendo ardor de estómago?

Esas preguntas no las formulo para ahora darle un sermón. No, no va conmigo o sí, pero hoy no va a ser. Hágansela usted mismo. Piense en ellas o no y conteste lo que quiera o no.  Si todo lo anterior le aburre, siempre puede ir al cine y ver El pastel de Boda de Denys Granier-Deferre.

Me tocaba a mí escoger la película, así que miré la cartelera. No vi nada que me interesara. Tras repasarla di con esta película. Leí la sinopsis por aquello de saber con qué nos enfrentábamos. El crítico del periódico la clasificó como un drama  (bien), pero me resultó chocante que un título tan dulzón pudiera casar con un drama. Aún me descolocó más ver algunos fotogramas de la película y pensar en tragedias.

Íbamos a arriesgar. Hace unos años vi algunas películas de Granier-Deferre. Me gustaron y, por eso, no dudé más y nos fuimos  a verla. Debido al cruce mental que comentaba, fui sin esperar nada.

Bérengére (Clémence Poésy) y Vicent (Jérémie Renier) están a punto de casarse. Ella, ha decidido que la boda sea en una finca en el campo, en algún lugar de Burdeos, por el que su abuela siente especial predilección. La película discurre durante las horas que transcurre la boda. Empezando por el momento que los novios se encuentran vistiéndose de tal y finaliza una vez transcurrida la noche de boda (no lancen la imaginación a funcionar, no acertarán).

No se imaginen una boda convencional, pese a que los propios novios lo pretendían al organizar un casamiento la mar de burgués. Todos parecen exquisitos, el lugar encantador, la ornamentación preciosa pero, la vida de sus personajes, aproximadamente unos veintisiete, es un completo desastre. Ni siquiera los novios se libran de la acidez que destilamos las personas cuando la suspicacia y la desconfianza tocan a nuestra puerta. En unas horas todos los malos entendidos que puedan imaginar, todas las confesiones más intrigantes que su mente les lleve a pensar se sucederán y, en el ínterin, dos novios que se están casando sin saber si eso es lo que de verdad quieren hacer.

Y es que no siempre los designios del corazón van parejos a lo que vínculos matrimoniales. En la película varios ejemplos. Encontraran una historia de amor, oculta en el tiempo que termina por hacerse pública cuando sus protagonistas están llegando al ocaso de su vida. Varios matrimonios que se sostienen temblorosos. Personas que se sienten solas y, como decía, dos que no saben ni por donde navegan.

Debo confesar que me gustó, que era previsible hasta el final, pero me gustó. La fotografía es una preciosidad, los actores bordan sus papeles y, desde luego, tiene más miga que lo que parece.

Finalmente llegué a la conclusión de que no estaba frente a un drama, pero tampoco frente a una comedia. Sin embargo, debo reconocer que tiene varios momentos (entre ellos la propia ceremonia, o la confesión del amor de la abuela), que no tienen desperdicio.

Les recomiendo que la vean en versión original, en francés. Es deliciosa y tiene ese toque de sofisticación que sólo los franceses saben dar a su cine.

Una buena película tanto si les apetece pensar sobre ella como si sólo les apetece pasar unas horas de boda casi en directo. No se dejen los tocados y los tacones (eso las señoras), ni las bonitas corbatas (los caballeros) pues de lo contrario dudo que la hermana de la novia (sofisticada, clasista, insensible y borde), les deje participar en la misma.

Por último, disfruten de la banda sonora, bien vale la pena.

© Del Texto: Anita Noire