may 27 2010

La ola: Cosa de uno mismo


Una muchacha es tímida. Su aspecto físico no es el arquetipo de perfección (ni se acerca), su inseguridad es abrumadora. Un chico es capaz de regalar lo que tiene a cambio de ser visto por otros como uno más aunque le desprecian una y otra vez. Se siente desplazado, ridículo. En su casa nadie le tiene en cuenta y está aislado. Otro no sabe lo que significa vivir en grupo o en familia. Soledad absoluta. Uno más, adinerado y popular, no quiere perder su status por nada del mundo. Y un adulto que sabe muy bien lo qué tiene que decir, cómo hacerlo y cuándo. Es su profesor.
Estos son algunos ejemplos de personajes que aparecen en la película dirigida por Dennis Gansel. La ola.
Nos cuentan los problemas que puede causar la ignorancia ante la aparición de una ideología, de un líder manipulador, de una disciplina que iguala a todos los componentes de un grupo. Nos cuentan cómo un individuo recibe una idea, la hace suya y recurre al grupo para anclarla en sí mismo y en otros. Aunque sea de forma violenta. Y nos cuentan cómo, a través del grupo, cada cual intenta conseguir sus propios objetivos teniendo mayor importancia dentro del colectivo.
Tratan de plantear, en esta película, el problema que aparece cuando una ideología parece colectiva siendo, en realidad, cosa de cada individuo. Las ideologías son cosa de las personas. Esto no es un descubrimiento fenomenal, pero tiene su cosa el plantearlo. La ignorancia o un ego descomunal y descontrolado son armas muy peligrosas si se unen diversas circunstancias en un momento concreto. Tampoco esto supone nada nuevo.
La muchacha rubia intentará desplazar a la novia del muchacho solitario para ser, así, su pareja. De paso demostrará a la chica más guapa de su clase que es muy poca cosa cuando se le hace guardar silencio. El chico humillado encontrará un refugio en el grupo y obtendrá notoriedad agarrando la violencia como seña de identidad. El profesor interpretará el papel de líder hasta más allá de los límites, alimentando un ego que termina arrasándole. Y todo acabará como el rosario de la aurora. Claro.
Aunque no se descubre nada nuevo con esta película, conviene echarle un vistazo. Si puede ser con nuestros hijos adolescentes al lado, mucho mejor. El director es hábil y monta un discurso muy atractivo y fácil de comprender. Juega con las costumbres de los jóvenes para mostrar y demostrar que lo cotidiano puede convertirse en una máquina demoledora si una idea absurda, recibida por ignorantes, arraiga en un colectivo. Pero en un grupo compuesto por personas, personas con intereses particulares y que asimilan las ideas si es eso lo que les permite conseguir lo deseado.

Los actores bien. Son muy jóvenes y, tampoco, se puede pedir mucho más. El adulto protagonista, Jürgen Vogel, está correcto en su interpretación. El resto es bastante normalito. La gracia de la película está en otra parte. La encontramos en que nos llaman ignorantes y nos advierten del peligro que corremos siéndolo o dejando que los jóvenes lo sean más que nosotros. La encontramos en el personaje del profesor, un tipo normal, que piensa, pero lanza ese pensamiento contra los que puede deslumbrar para dirigir sus vidas. Es decir, la gracia está en recordarnos que ante la falta de reflexión y conocimientos actuales (siempre fue igual, que nadie se lleve las manos a la cabeza) si aparece un tipo con cierto carisma en un momento en que no vemos salida a nuestra situación, le seguiremos hasta donde haga falta. Más que nada porque el ser humano desea conseguir cosas que, a solas, se hacen casi imposibles. Por resumir, nos cuentan la historia universal. A mayor disciplina en el grupo, a mayor falta de personalidad, a mayor violencia, mayor poder. Pues eso. A ver la peli y a intentar convencernos de que tanta ignorancia disfrazada de bienestar es el germen de la decadencia.
© Del Texto: Nirek Sabal


may 26 2010

Julie y Julia: Lo que nos llena


Hay días que uno sólo necesita ver la cara amable de las cosas. Hay días que hasta lo más aciago deja de tener peso si encuentras un puntito dulce en el que recrearte y eres capaz de relamerte buscando la dulzura que, a veces, no tiene el día a día.
Las películas de Nora Ephron tienen eso, pueden parecer comedias dulzonas, a veces incluso empalagosas, pero no se dejen engañar. Una fotografía amable, un final feliz, es un bonito disfraz; la noñería puede enmascarar muchas más cosas de las que parecen mostrarnos a priori.
Metan el dedo en la tarta, rebusquen entre la nata y encontraran, como ocurre con el roscón de reyes, una sorpresa. Es el caso de Julie y Julia, una historia de desconcierto, hastío y necesidad de búsqueda de cosas propias que llenen la individualidad, el mundo particular de cada uno. Nuestra intimidad, la necesidad de hacer cosas por nosotros mismos, para deleite o disfrute única y exclusivamente nuestro.
Una mujer Julie Powell (Amy Adams), con vocación literaria y una novela guardada en el cajón de su casa, trabaja para la administración del Estado de Nueva York, escuchando a las víctimas del 11S, y recogiendo las quejas, sugerencias y lamentos de las victimas de aquel suceso. Un trabajo que no la satisface y que la tienen al teléfono, todas las horas del día, escuchado reproches e historias inmensamente tristes. Junto a su marido, cambian de barrio, alejándose del espectacular Brooklyn para instalarse en Queen. Sus amigas, unas obsesionadas con sus puestos directivos y su aspecto físico, le producen una enorme insatisfacción y la sensación de estar fuera del mundo.


Se siente profundamente insatisfecha, sin nada que le permita desconectar de un mundo y conectarse con ella misma. Una afición: la cocina. Una idea: aprender la verdadera cocina francesa. Un objeto: el libro “Dominando el Arte de la Cocina Francesa” (Mastering the art of french cooking), clásico libro de cocina de la célebre cocinera Julia Child (Meryl Streep). Un objetivo: Cocinar todas las recetas del libro en 365 días mientras explica en un blog personal lo que va experimentando, a diario, con su nueva afición. Una consecuencia: el reconocimiento de su capacidad y su vocación como escritora, el relleno del vacío que su vida privada, íntima y personal tenía.
A lo largo de la película, la vida de Julie, el presente, y la de Julia, el pasado, se irán reencontrando, una y otra vez, mostrándonos los continuos paralelismos entre ellas. No en sus vidas del día a día, sino en sus sensaciones, inquietudes y necesidad de lugares propios y únicos.
Me gusta la película. Me gusta mucho. No se dejen engañar, la vida a veces es una mierda, pero cuando encuentras aquello que te llena, a ti (sin intervención de tercero, sin necesidad de complacencias), y puedes dedicarle algún tiempo, por poco que sea, nuestra existencia se convierte en una maravilla. Pónganse un objetivo a corto plazo, hagan una cosa al día que realmente les guste. El mundo cambiará de color. Yo ya he empezado a hacerlo.
© Del Texto: Anita Noire


may 24 2010

Grease: Lo más de lo más


¿Saben quién es John Travolta? ¿Sabe quién es Olivia Newton-John? Posiblemente, al primero, algunos los conozcan por las películas de Tarantino, ya saben aquella Pulp Fiction que marcó época y posteriores films muy sesudos. A la segunda, posiblemente otros, la conozcan como cantante pop de los años 70 y 80. Sin embargo, antes que todo eso, existió “Grease”, y fue allí donde Travolta alcanzó la popularidad y pasó a ser una estrella del cine y donde la australiana Newton-John se consagró definitivamente como cantante pop, si bien con distinta suerte en el cine.
Con “Grease”, ambos se convirtieron en la pareja ideal, la envidia de todos los jóvenes del mundo, guapos, enamorados, con unos chorros de voz que les permitía unos gorgoritos que no se escuchaban desde “West Side Story”. Los cines tuvieron colas monumentales durante meses y las chicas empezaron a peinar unos rizos, unas ondas, en sus melenas, como las de Olivia en la película. Los pantalones de cuero se pusieron de moda y, por supuesto, las camisetas sin mangas. Revolucionaron la estética.
“Grease”, es un musical que se filmó a finales de los años 70, inspirado en la vida de los estudiantes norteamericanos de los años 50. No soy nada objetiva con esta película porque para mí, en su momento, fue lo mejor de lo mejor y, si bien es cierto que vista a posteriori, con muchísimos años más encima, la cosa no es lo mismo, para mí continúa siendo una bomba de endorfinas para mi cuerpo.
Quienes, en su momento, vimos “Grease” conservamos un buen recuerdo, o eso creo, porque de hecho no conozco a nadie de mi generación a quien le nombres la película y no exclame un –Ah, siiiiii!!!- y no sonría.
Una película dirigida a los jóvenes de finales de los 70, y pese a que nos ponían por delante unas imágenes, una estética, que no se correspondían con la de nuestra época, a todos nos parecía rompedora. Empezando por los títulos de créditos que en forma de cómic, acompañado por la música creada por Barry Gibb (uno de los componentes de los Bee-Gees), ya nos dejaba con la boca abierta.

El argumento es sencillo. Vacaciones de verano, niña bien, Sandy Olson (Olivia Newton-John) conoce, en la playa, a chico, Danny Zucco (John Travolta), guapo, amable, enamorado, delicado. El verano llega a su fin y cada uno tiene que volver a su vida y a su ciudad, ella a su Australia natal. Pero, oh! Cambios de última hora, la familia de Sandy decide quedarse en los EEUU e inscriben a Sandy en el Instituto Rydell. Y oh!, casualidad, en el instituto se encuentra con su amor, que ya no es tan dulce, delicado, ni amable. Ahora es el líder de una pandilla de chicos, los T-Birds (Thunder Birds), que para hacerse el machito frente a sus amigos, contará, de forma totalmente adulterada, la historia vivida con Sandy. A lo largo de la película, los encuentros y desencuentros entre ellos, los novietes y sus amigos, nos mantendrán atentos a la pantalla. La decepción de Sandy, la contradicción continua de Danny, las aventuras de los estudiantes estadounidenses (carreras de coches, heladerías maravillosas, Ángeles de la guarda, noches del pijama, bailes de fin de curso, coches descapotables, etc.), los posicionamientos de los amigos comunes, en fin todas esas cosas que pasan en las pandillas, será lo que nos mantendrá frente a la pantalla durante casi dos horas.
Uno que quiere y cree que no puede; otra que quiere y cree que tampoco puede. En fin, lo de siempre, pero magníficamente retratado. Al final, no por esperado, menos ilusionante, ni él era tan malo malote, ni ella tan tontita como parecía. Y como no podía ser de otra manera, un final de campanillas, chica pretende reconquistar a su chico, adoptando las sugerencias de sus nuevas amigas, las “Pink Ladies”, de ser más malota y, el chico malote, intenta abandonar sus feas costumbres para reconquistar el amor de la muchachita. Y como tenía que acabar bien, porque no podía ser de otra manera, se reencuentran en un parque de atracciones, malote con pinta de santito, santita con pinta de malota, para confesarse su amor y salir volando en un estupendo descapotable mientras sus amigos lo flipan desde el parque.
Que sí, que lo sé, que el argumento es “simplicísimus”, pero a toda una generación nos dejo epatados y boquiabiertos, con su estética, con su música, con todo absolutamente todo.
No les voy a decir nada más. Compren siete kilos de helado, siete kilos más de palomitas, 20 litros de coca-cola, llamen a sus amigos de siempre y véanla, olviden que algunos de ustedes empiezan a peinar canas y disfrútenla como entonces. Yo pienso hacerlo, bueno volveré a hacerlo, cosa de mis filias y mis fobias.
© Del Texto: Anita Noire


may 22 2010

Aleluya, aleluya, Torrente existe


El Fary – Apatrullando la ciudad

Si un personaje ha sido asqueroso, repulsivo, desagradable o patético en la historia del cine, es José Luis Torrente. Pero, también, ha sido el más divertido, disparatado y, como quien no quiere la cosa, el mejor perfilado del reciente cine español. Porque un personaje crece en la pantalla cuando suma características y el resultado de esa operación es el exacto y no la acumulación sin ton ni son de esto o aquello. El personaje habla y casa con lo que veo; corre con el tranco corto y me cuadra, mira las cosas y te enseña un mundo distinto, raro y verosímil. En definitiva, un personaje no es lo mismo que un actor con cara de héroe o galán diciendo lo que le dicen que tiene que decir y con ganas de terminar el rodaje para hacerse un nuevo book.
Torrente, el brazo tonto de la ley, fue dirigida y protagonizada por Santiago Segura. Creo que no me equivoco si afirmo que Santiago Segura lo que buscaba con esta película era descojonarse del mundo entero empezando por él mismo. Acercarse a esta película buscando las grandes profundidades del cine es algo que sólo un personaje del propio Segura estaría dispuesto a hacer. Digo esto porque el grupo que presenta en la película es un atajo de anormales patéticos y lamentable. Nunca nadie había tenido el valor de hacer algo parecido.

Torrente es muy guarro (lo más guarro que he visto en mi vida), es cobarde, traicionero y hortera, machista hasta más no poder, borrachín, egoísta y xenófobo. Una alhaja, vaya. Y es que Torrente somos un poco todos. Si no tan guarros, cobardes, traicioneros, horteras, machistas, borrachines y xenófobos, lo somos en potencia o hemos tenido algún ramalazo en algún momento. Torrente representa lo más bajo de todos nosotros y, le pese al que le pese, todos tenemos sótanos cerrados con llave por si alguien mira. Por eso miramos la película y nos gusta hacerlo. Retrato coral que se llama. O algo así.
El cine puede convertirse en un auténtico coñazo si se limita a las cosas sesudas y maravillosas de autores concretos. Eso está muy bien. Soy el primero que ama el buen cine. Pero deberíamos acostumbrarnos a ver estas cosas sin problemas, sin pensar que estamos cometiendo un sacrilegio. Hay que divertirse. Hay que saber reírse de todo y de todos (incluido uno mismo). Hay que saber que Torrente habita en todos nosotros (por eso sudamos y se nos escapa algún cuesco). Torrente es grande, Torrente todo lo puede. Alabemos a Torrente, coño.
© Del Texto: Nirek Sabal


may 20 2010

Life Love Lust: Porno para mujeres


Bill Evans – Emily



Parece que en este blog hemos cogido carrerilla y nos hemos animado a hablar de cine porno. A mí me parece bien, existe una gran producción de cine con alto contenido sexual y no podemos ignorar que tiene una gran cantidad de seguidores, mayoritariamente masculinos, dispuestos a disfrutarlo. Y sí, he dicho masculino porque se diga lo que se diga la sexualidad masculina y la femenina son distintas, ni mejores ni peores sólo distintas, y la mayoría de películas están dirigidas a un público eminentemente masculino.
La industria del porno tradicional ha estado centrada, básicamente, en el público masculino, obviando a todo un sector de potenciales espectadores con igual interés por lo sexual.
Por lo general, las películas porno tiene una estética horrorosa, unos actores más horrorosos todavía y una falta de argumento que acompañe lo visual que tumba de espaldas. Por lo general, la mujer no es protagonista de nada sino que es una simple herramienta, son prototípicas, enfermeras cachondas, adolescentes ardientes, o pendones desorejados en bolas y calzadas con unos monumentales stilletos y nada más. Simples objetos que serán hartamente penetradas sin contemplación, con orgasmos descomunales e inconmensurables felaciones.
A las mujeres también nos puede gustar el porno, pero no el porno que hasta el momento se ha venido produciendo. Como dice la directora Erika Lust, el porno debe abrirse a las fantasías femeninas, a sus deseos y a su intimidad. La revolución femenina está llegando al cine pornográfico. Por eso, porque alguien ya piensa así, empieza a ser posible encontrar buen cine porno donde las historias, porque la hay, la contemplan mujeres reales, con hombres que las tratan como tales, donde la estética y una cuidadísima fotografía hacen, por fin, que el porno ese que contiene escenas de sexo explicito, también pueda interesarnos y mucho.


Erika Lust, licenciada en ciencias políticas, directora de cine, es sueca de nacimiento, barcelonesa de adopción y cuenta en su haber con seis películas porno pensado para mujeres: “Barcelona sex Project”, “Las esposas”, “The Elegant Spanking”, “Jailhousefuck”, “Cinco historias para ellas” y la última producción, aún calentita “Life Love Lust”.
En este último film ““Life Love Lust”, Erika Lust recoge tres historias: LIFE: Una pareja de cocinero y camarera tienen un encuentro de ensueño al finalizar su jornada en el restaurante en el que trabajan. LOVE: una ejecutiva madura seduce a un joven con el que se ve esporádicamente en un hotel de la ciudad. LUST: la sensual Lola da un masaje cuerpo a cuerpo a una chica indecisa y atormentada, llevándola al éxtasis.
Con toda seguridad, en esta película encontrarán sexo, lujuria y pasión. Dejen de lado extremos tabúes, pónganse en situación y dense una vuelta por los Films de Erika Lust, como ella misma nos dice, disfrutaran con la excitación no sólo de su cuerpo sino también de su mente.
© Del Texto: Anita Noire


may 17 2010

9 semanas y media: Puedes dejarte el sombrero

“Famosa estupidez con la que se identificaron los yuppies más cursis”, dice de esta película un tipo, seguramente, más propenso a la pornografía que al erotismo. Por el contrario, a los sensibles que nos pilló hormonando a los 15, atolondrados y ardientes, nos dejó en estado atómico perpetuo.
Ahora, 24 años más tarde, ya no tan atolondrados, aunque igual de ardientes, somos conscientes, es verdad, de la dudosa calidad cinematográfica de una historia que nos puso a mil, que nos amenizó electrizantes masturbaciones en el baño. A todas horas.
El protagonista, que no es John ni tampoco Elisabeth, sino la tenebrosa parafilia del sadomasoquismo con sus exhibicionismos y fetichismos correspondientes, nos enajena y enloquece al enfrentarnos a esa disputa absurda siempre del “quiero” y el “debo”. A la búsqueda de experiencias más fuertes, de una salida de emergencia a la rutina y la eterna repetición contra las aburridas pautas sociales que nos lapidan.
Escondemos ahora, de “maduros” y “desarrollados”, nuestras parafilias de una sociedad artificial altamente ofensiva y dañina. Mucho más que nuestras mórbidas parafilias. Mucho más.
Podemos pasarnos toda una vida buscando a una recién desenmascarada Elisabeth embebida en lubricantes y masoquistas mermeladas. Buscamos a un John que arrase con todos nuestros patrones sexuales establecidos, que nos obligue a transigir a lo bestia a todos los deseos sexuales mil años disimulados. Algunos, incluso, tienen la gran suerte de encontrarlo…
En mi caso particular, de atolondrada y ardiente en los 80, y pasando de las críticas, creo firmemente que Adrian Lyne cumplió su objetivo con esa película. Que no era impresionarme con espectaculares diálogos ni aparotosos planos, qué va.
Y, es que, yo he logrado dejarme sólo el sombrero, que ya es mucho…
© Del Texto: Sonia Hirsch


may 16 2010

Verdades universales


Llaman “Depresión” a la melancolía; “Ansiedad generalizada” a la urgencia de los impacientes; “Fóbicos” a los cobardes; “Obsesivos” a los insistentes; “Histriónicas” a las seductoras excitables y emotivas…
Toda emoción natural es patológica y anómala en psiquiatría. Todas están denominadas con algún apelativo más o menos morboso y crónico.
Yo, relativista, escéptica y morbosa-crónica psiquiátrica durante los últimos 35 años, me confieso víctima de la psicología analítica, también llamada psicología de los complejos y psicología profunda. Fanática de Freud y Jung, por herencia paterna, y entusiasta del inconsciente y la interpretación onírica, me someto, optimista, cada primavera, a interminables y fatigosas sesiones psicoanalíticas con el inútil afán de descifrar cada sueño, temor e inquietud que me atormenta. Y, nunca, nunca llego al verano…
Me gusta observarme a mí misma, examinarme. Es cómodo desnudarse ante un desconocido, o desconocida, practique la terapia cognitivo-conductual, la idiota de Gestalt, de Beck o de Ellis. Eso da igual.
Nadie, realmente consciente, soporta más de 4 sesiones de esas cosas. A la 5ª, normalmente, desobedecemos, nos desconocemos, nos negamos al centrifugado cerebral, a la verdad absoluta. Nunca llegamos al verano. No existe moral universal de ninguna naturaleza. No existen verdades universalmente válidas. Existimos nosotros, con nuestras manías, catatonias y esquizofrenias. Una verdad es psicológicamente válida sólo cuando se puede cambiar. Y esas verdades psicológicas nuestras raramente “queremos” cambiarlas.
En cuanto a la terapia electro-convulsiva, esa que le aplicaron forzosamente a Randle, y a miles de “locos” entonces y ahora, sólo decir que tengo verdadero pavor a perder mi memoria. Que mi memoria es lo único que me queda. Los recuerdos, los sueños, los pensamientos… Es lo único que nos queda. Que todas las enfermeras Ratched se vayan al infierno. Yo no quiero desconocerme nunca a base de descargas eléctricas ni propiedades electrofísicas. De ninguna manera. Los electrodos, la amnesia y el estado confusional agudo que se lo prescriban al Dr.Hipócrates, con todos sus delirios y alucinaciones griegas.
Nosotros a lo nuestro.
© Del Texto: Sonia Hirsch

may 15 2010

Call Northside 777: Mis ideas que nunca tuve

Meta en una coctelera Chicago años 30, la Ley Seca, una trama policial corrupta, un sistema judicial con grietas, un periodista inasequible al desaliento, lo agitan para que todo quede bien ligado y ya tienen una película. Si además el que realiza la mezcla es un director de cine como la copa de un pino, ya tienen ustedes una gran película. Esto es lo que consigue Henry Hathaway con su película “Call Northside 777”, que fue el nombre original de la película “Yo creo en ti”.
Esta película una buena película que invita a la reflexión sobre el sistema judicial y policial en los EEUU de los años 30.
Chicago año 1932, un policía es asesinado y tras una investigación que deja mucho que desear y de un juicio no falto de garantías, un pobre diablo, Frank Wiecek (Richard Conte), es condenado a 99 años de prisión. A los 11 años de cumplimiento de la pena, el condenado sigue afirmando que es inocente. Nadie le cree salvo su madre y su ex esposa. Un periodista escéptico (James Stewart), del Chicago Times, retoma la investigación del caso, a partir de la publicación de un anuncio colgado en la prensa en el que la madre de Wiecek ofrece una recompensa de 5.000 dólares al abogado que consiga liberar a su hijo de la prisión. La tenacidad del periodista y el desarrollo de la investigación modificarán la visión escéptica del reportero hasta convertirlo en un acérrimo defensor del condenado. Miles de contratiempos y cortapisas no impedirán que finalmente la verdad salga a la luz.

Creo que se puede afirmar que estamos frente a una de las mejores películas de cine negro de los años 40. Con una interpretación excelente de sus protagonistas, James Stewart y Ricard Conte. La combinación de imágenes reales, libres de ornamentaciones prescindibles, nos sitúan frente a un film que, en algunos momentos, bien parece un documental del Chicago de mitad del siglo XX.
La película está basada en hechos reales, a principios del año 1932, y se utilizaron fotografías reales. En su día, dado el contexto en que la misma se filmó y la trama que desarrollaba se consideró una película atrevida pues entraba, como se ha dicho, en los mecanismos del sistema judicial y policial estadounidense.
Los medios empleados para dar con la “verdad” hoy nos pueden parecer de lo más ridículos, detectores de mentiras, ampliaciones fotográficas manuales, rotativas antiquísimas y unas máquinas de escribir que hoy en día no podríamos ni pulsar.
El ritmo de la película es bueno, salvo su desenlace, demasiado precipitado y con demasiadas lagunas sin cerrar, entre ellas, ¿qué ocurre con el otro condenado, Tomek Zaleska, que también era inocente? ¿Un error judicial y policial como el cometido se compensa con 10 dólares, ni que sean de la época? ¿Por qué mintió la única testigo Wanda Siskovich? .
Esta película nos invita a la reflexión sobre las apariencias, sobre las ideas preconcebidas, y de la opinión que se puede llegar a considerar como propia a base de repetirla, aún cuando no se tiene ni idea de cómo se ha llegado a la misma, ni lo que la misma supone.
Si quieren pasar una buena tarde, intriga periodística al frente, no se olviden de esta película y, si les place, busquen una respuesta a las incógnitas que Hathaway no desvela.
© Del texto: Anita Noire


may 13 2010

Tal como éramos: Nada cambia si los ojos son tristes

Chico con potencial y aptitudes literarias aunque inseguro y acomodaticio, pijo, y no guapo, sino guapísimo, conoce en el Campus de la Universidad a chica fea feísima, lista, contestataria, con inquietudes políticas y del pueblo. Chica se enamora de chico en el minuto tres, pero él está ocupado en muñecas de cutis de porcelana con apellidos de siete sílabas y casa en los Hamptons. Aún así, chica no le pasa inadvertida. Hay algo en ella de extraordinario, algo que llama su atención. Una noche le arregla los cordones de los zapatos que lleva desatados y en una fiesta de la Universidad la saca a bailar.
Pasa el tiempo, estalla la guerra, y en un garito, chica reencuentra a chico embutido en un uniforme de oficial de la marina y con una castaña del quince. Aprovechando la coyuntura, lo baja del taburete, se lo lleva a su casa y se lo merienda con patatas fritas. Al día siguiente, chico no puede ni calzarse la gorra del resacón que lleva y por supuesto no se acuerda de nada de la merienda. Ella le cuela un papelito en la guerrera con su número de teléfono “por si en otra ocasión vuelves por la ciudad y no tienes dónde dormir…”
Chico vuelve a la ciudad, se acuerda del papelito y llama por teléfono. Ella compra jamón, queso, cervezas, fresas con nata y flores frescas, pero cuando llega a casa, se encuentra con que chico, que se pensaba que estaba en una pensión, se dispone a salir de farra. Y qué hago yo ahora con la mantequilla de cacahuetes. A chico le parece tan auténtica que se queda.
Se enamoran. Pero chica no encaja en círculo de chico. Le parecen todos unos insustanciales que no paran de decir chorradas mientras ahí fuera el mundo está atravesando un infierno. Los amigos de Hubbell Gardner miran para otro lado, tosen… pobre chico, lo que se ha echado encima. Hubbell le pone las peras al cuarto a su chica y le dice que así no pueden seguir. Que se relaje, por Dios, que no es para tanto.
Katie está tan colada que accede. Haré lo que sea. Cambiaré. Soportaré a tus amigos. Se casan y se mudan a Hollywood donde Hubbell escribe guiones para películas. Por las tardes pasean abrazados por la playa. Los fines de semana juegan al tenis y preparan martinis. Poco a poco se van introduciendo en un grupo de Hollywood de izquierdas, y durante la caza de brujas de McCarthy corren peligro de ser acusados de ejercer actividades antiamericanas y de dar con sus huesos en la cárcel. Katie quiere salir a la calle y defender la libertad de expresión. Hubbell, quedarse en casa y defender su pescuezo. Aunque colada hasta las trancas, Katie no puede dejar a un lado sus principios. Está embarazada: “te quedarás hasta que nazca la niña?”. Sí, Hubbell es un caballero, pero los dos saben que todo ha terminado.

De nuevo han pasado los años. En Nueva York, Hubbell baja de un taxi con una rubia exquisita colgada del brazo. De pronto mira de reojo a la acera de enfrente, vuelve a mirar, y ahí está su chica, con el pelo frito, repartiendo panfletos contra la bomba atómica. Cruza la calle: no cambias nunca, verdad? Se abrazan. Sobre todo con los ojos. Con los ojos tristes. Por los viejos tiempos, pensarán. “Tienes una hija preciosa, Hubell”. Se apartan. Hubbell vuelve a cruzar la calle y Katie prosigue con su trabajo de repartir octavillas. Nunca más se volverán a encontrar.
Tal como éramos. Un gran título para una excelente película de los años 70, cuando aún faltaban 30 para que acabara el siglo. Cuando nuestra generación, y las de los que nos precedieron en los años 30, 40, 50, 60, pensábamos que podíamos cambiar el mundo. Cuando la política unía y desunía parejas porque era una parte importante de la vida y había que implicarse para sacar adelante lo que fuera. Las ideas, los ideales, el sentido de la justicia. Cuando el compromiso, un término que entonces manejábamos de forma muy habitual, nacía del interior y nos hacía sentir parte activa e indispensable del mundo que queríamos mejorar. Y cuando por cada gran colectivo de una sociedad indiferente y acomodaticia que tosía y miraba para otro lado, había una legión que luchaba con ahínco por defender y alcanzar sus sueños, cualesquiera que fueran. Dos mundos que existirán siempre y que deben estar equilibrados.
Quizá la pareja que formaron Robert Redford y Barbra Streissand dando vida a esos dos mundos diferentes en “Tal como éramos” se haya quedado muy anticuada ahora que los ipods, los iphones y los netbooks han invadido nuestras vidas y que hemos abandonado nuestras banderas en los altillos de los armarios. Ahora que parece que nadie ha tomado el relevo y que tampoco nos importa demasiado. Ahora que sólo queremos que nos dejen en paz.
Está claro que ya no somos los mismos.
© Del Texto: pyyk


may 12 2010

El experimento: Como la vida misma


Frank Sinatra and Celine Dion – All The Way

“Se busca gente para un estudio, gane 4000 marcos por participar en un experimento de 14 días en una cárcel simulada”. Con este anuncio se pone en marcha un experimento sociológico en el que dos grupos de personas adoptarán los roles de presos y guardias respectivamente. Los presos deben cumplir un buen número de reglas. A los guardias, en cambio, lo único que les dicen es que deben garantizar el orden y hacer que se cumplan esas reglas, evitando usar la violencia.
Pero hay muchos tipos de violencia.
Lo peor de todo es que esto fue real y, al parecer, el experimento hubo que abortarlo mucho antes que el de la película. Si lo piensas bien, pasa lo que tiene que pasar. Es una vieja historia la del tonto del barrio al que le dan el poder y machaca a todo el que le rodea. El poder es adictivo y humillar al prójimo es la mayor demostración de poderio.

Al principio del experimento vemos a los guardias bromeando con los presos, de buen rollito, y en menos de una semana los vemos meando sobre su cabeza.
Un periodista infiltrado entre los presos es el que nos introduce en esta historia de humillación. Humillar para que te respeten, sembrar terror para recoger respeto.
Y es que esto es la vida real: políticos, ejércitos, bancos… Todos mean sobre nuestras cabezas. La pregunta que yo me hago es la siguiente: si yo estuviera en su lugar, ¿también mearía sobre tú cabeza? Quiero creer que no, pero eso sería otro experimento.
© Del Texto: Atolladero