feb 27 2010

La fuerza de los que no están. Rebecca.

De vez en cuando me gusta volver a Manderley para perderme entre los muros de una mansión que contienen los secretos inconfesables de un personaje, Maximillian de Winter (Laurence Olivier) y la imperante personalidad de Rebecca, significando ambos el ninguneo de la joven mujer que aparece en la vida de Maxim. Una mujer que no tiene nombre (Joan Fontaine), que vive a la completa sombra de la mujer muerta en extrañas circunstancias y a la sombra de un esposo atormentado que vive sumido en el recuerdo de su primera esposa. Rebecca, una presencia gigante en toda la película que no se ve, que no se oye, pero es sin duda el personaje principal de la película, el que atormentará a De Winters y convertirá a la sosa, juvenil y dulce “sin nombre” en una mujer decidida, cuyo objetivo final será poner fin al recuerdo de Rebecca para que su matrimonio alcance la felicidad que la presencia de la difunta Rebecca les dificulta.
Espectacular la presencia de la ama de llaves, la Sra. Danvers, convertida desde el primer momento en la férrea defensora de la figura de Rebecca, la verdadera Sra. De Winters. El inmovilismo y la desazón todo en uno para evitar la desaparición de la figura de Rebecca.
De Winters, la imagen del esposo permanentemente afligido, torturado por la muerte de su esposa, contrapuesta a la realidad de un hombre que odiaba profundamente a su esposa, Rebecca, por la vida de corrupción y engaño a la que ambos habían sucumbido por mor a no perturbar la sociedad en la que viven. Una sociedad en la que ambos, encarnaban la imagen del matrimonio y vidas perfectas.
Rebecca es una impresionante, siniestra y desasosegadora historia de amor y de odio, ambientada en un terrorífico paisaje, con una atmosfera absolutamente densa que llega a asfixiar, no sólo a los personajes, sino al propio espectador. Rebecca, una película oscura, inquietante, donde la presencia de una personalidad arrolladora, que no aparece jamás, llenará todos y cada uno de los minutos de esta historia que Hitchcock plasmó magistralmente, consiguiendo hacer comprender al espectador lo que trascienden algunas personalidades brutalmente enormes.
Hitchcock, como siempre, un maestro, con unos personajes perfectamente tramados, en los que sin una sola escena de violencia física, logra mantenernos en un estado de suspense permanente, consiguiendo asustar al espectador con sus constantes insinuaciones de lo que da buena prueba esta película.
© Del Texto: Anita Noire


feb 26 2010

Un mundo del que reírse. Malditos Bastardos.

Taratino es violencia. Ironía. Acidez. Cómic. Cine. Tarantino es Tarantino.
Hasta ahora los nazis eran una banda de malvados que luchaban contra un ejército de damiselas que lanzaban granadas de algodón dulce (estos son los americanos). Y los judíos un pueblo pusilánime sin arrojo alguno. Desde Tarantino los nazis son unos ridículos que se tienen en píe gracias a un discurso tramposo y les permite ser violentos y exquisitos al mismo tiempo dirigidos por el más anormal, ridículo y violento de todos ellos. El ejército norteamericano un ejército como otro cualquiera (esto es, lleno hasta arriba de zumbados) capaz de cometer las mayores atrocidades. Y el pueblo judío gente normal y corriente que puede llegar a sacudir leña como, pongamos por ejemplo, el alemán y tan dispuesto a morir como a matar. Será más o menos discutible, pero es lo que nos muestra Tarantino en su última película.
Me gusta el cine de Tarantino porque me gusta el mundo que nos entrega en cada una de sus películas. Me gusta el mundo de Tarantino porque es el universo en el que me puedo reír del universo. Y me gusta poder mirar el mundo con cinismo porque no se me ocurre mejor forma de hacerlo.
Malditos Bastardos es un disparate igual que lo fue la segunda guerra mundial. La película se llena de locos, de personajes que buscan venganza, de cosas que salen mal porque nunca salieron bien en las guerras. De vida y de muerte. De escenas magníficas. De diálogos interminables que vienen a decir “les mataré”, pero que se alargan manteniendo una tensión narrativa que sólo un director brillante puede conseguir. Y todo, sin excepción, en clave de humor. Mirar lo que hace Tarantino con una libreta en la mano buscando la esencia del cine clásico, de lo ajustado o alejado de los cánones que se encuentra, es un error. Claro que hay guiños al cine de todos los tiempos. Por ejemplo, la escena que se desarrolla en el hall del cine con Brad Pitt vestido con un smoking blanco nos lleva hasta Brando en “El Padrino” y uno no puede dejar de reír escuchando el diálogo patético que se produce. Pero el guiño es transgresor y como todo lo que rebasa los límites del orden deja de gustar a medio mundo de un golpe.
De lo que he visto de este director (todo) esto no es lo mejor. Superar una película como “Pulp Fiction” es muy, pero que muy complicado. Aunque merece la pena echar un vistazo a estos Malditos Bastardos. A mí siempre me ha gustado ironizar sobre lo más asqueroso y sobre lo más sagrado de este mundo. Es la única forma de soportar tanta mierda. Y Tarantino es como un inhalador lleno de ese sentido del humor tan sano que me deja respirar mejor.
Hay que ver el cine de Tarantino. Hay que reírse del mundo, de uno mismo, de los nazis, del ejército norteamericano y de todo, incluidos nosotros mismos y el señor Tarantino. Tal vez la vea esta noche de nuevo.
© Del Texto: Nirek Sabal


feb 25 2010

El infierno al alcance de la mano. Fahrenheit 451.

Siéntese en una estación de tren de una ciudad cualquiera. Contemple a las personas que allí se encuentran. Yo lo he hecho hoy. Miraba a mi alrededor y he sido consciente de que nos mienten cuando nos dicen que en este país no se lee.
He visto varias docenas de personas con sus libros en las manos, enfrascadas en sus lecturas, no sé si buenas o malas, pero en lecturas, mientras esperaban sus trenes.
Hagan la prueba, vayan a un andén cualquiera, da igual Paseo de Gracia, que Atocha, que Santa Justa, podrán contar decenas de libros.
Los libros forman parte de mi vida desde que tengo uso de razón. Empecé a leer muy pronto, tanto que una de las atracciones en las reuniones familiares era sacarme a la palestra para que leyera cualquier cosa que me pusieran delante. Un monito de feria, tal cual. Quizás por eso hoy mis lecturas son siempre en solitario, y si puedo escoger prefiero que me lean a tener que leer yo. Quizás por eso, también, me gusta ver cine a solas.
Vi Fahrenheit 451 en casa de mis padres, sentada en una silla con las manos colocadas debajo de las piernas, para no morderme las uñas. La televisión en mi casa era en blanco y negro, la de color llegó muy tarde Y recuerdo como si fuera ayer, como la estética futurista de la película (tampoco en exceso) me hacía pensar en que tal vez aquello era lo que nos esperaba en el futuro.
No entendía demasiado bien la película, me parecía que era algo terrible lo que me contaban. Los que se suponía eran los “buenos”, se dedicaban a la destrucción. Y un mundo bueno era un mundo sin libros. Hoy sigo sin entender.
Pasaron unos cuantos años hasta que volví a ver la película. Andaba ya en mi primer año de facultad. Ahora ya era en color y en un entorno bastante distinto. Fue en la antigua Filmoteca de Barcelona. Aquella película pasó a ser completamente distinta. La estética futurista me parecía trasnochada, pero la historia seguía pareciéndome terrible. La destrucción masiva de libros con la finalidad de crear una sociedad aborregada, con un pensamiento lineal. Hoy me sigue pareciendo terrorífico
Los libros. Aprendí a cuidarlos porque esto y no otra cosa eran toda la herencia que iba a recibir. No lo cambio por nada. Por eso jamás he tirado un libro. Si alguno ha dejado de interesarme ha ido a parar a otras manos. Y es que, la circulación de libros, es la circulación de pensamientos.

Los libros son el mecanismo perfecto para desarrollar el sentido crítico en las personas. No contienen la “verdad absoluta”, esa no la tenemos nosotros. Cada uno tenemos nuestras verdades en la cabeza y estas, precisamente, porque no son absolutas, pueden verse modificadas, por la influencia de las cosas que llegamos a leer.
Pero hay que leer con sentido crítico. Y eso es precisamente lo que la película Fahrenheit 451 transmite, la necesidad de ser crítico, de cultivar la diferencia a través de la elaboración de un pensamiento que jamás debería ser socialmente uniforme.
La destrucción de un libro, como los que nos muestra la película, mediante impresionantes manguerazos de queroseno, son la metáfora perfecta de la destrucción del desarrollo mental.
La contraposición entre la figura de Clarisse McCellan y Mildred (una que aboga por un mundo instruido con una mentalidad crítica y la otra, por un mundo plano sin aspiración alguna más allá de lo estrictamente material y socialmente aceptado), son la representación perfecta de dos mundos absolutamente antagónicos.
Porque los libros, contrariamente a lo que sostiene Montag al inicio de la película, no son trastos inútiles. Sí que tienen interés, no hacen desdichadas a las personas y, por supuesto, no las vuelve antisociales.
Precisamente, los libros son todo lo contrario, porque evitan que vivamos en mundos monolíticos, con un pensamiento único. Lo que en ocasiones nos puede llevar a ser felices o incluso tremendamente felices. Esto es precisamente lo que no ocurre en el mundo que se nos muestra desde Fahrenheit 451 donde los habitantes de aquella sociedad son felices a fuerza de no plantearse absolutamente nada
Replantearse el mundo es una necesidad vital y eso es precisamente lo que hace Guy Montag. En el caso de Fahrenheit 451 esta necesidad se alivia a través de la esperanza de aquellos que intenta salvar el mundo mediante la memorización de los libros que consideraban fundamentales. También este detalle me tuvo algún tiempo en vilo. Pensaba en que llegado un momento como el que reflejaba la película, no sería capaz de memorizar, por entero, el libro que en aquel momento, en la época de mi segundo visionado de la película, iba siempre dentro de mi macuto “Mientras el aire es nuestro” de Jorge Guillen. Creo, que insistía en este poemario precisamente por el poema ahora transcribo:

Dice Virgilio a Dante, “Inferno”, I, 76.
Los destructores siempre van delante,
Cada día con más poder y saña,
Sin enemigo ya que los espante.
Triunfa el secuestro con olor de hazaña,
Que pone en haz la hez del bicho humano.
Ni el más iluso al fin la historia engaña.
El infierno al alcance de la mano.

 

Una película que hace pensar, que ningún jovencito debería perderse para entender que alcanzar la felicidad supone entender el mundo en el que uno se posiciona desde el conocimiento y el sentido crítico. Y para ello leer es fundamental.

© Del Texto: Anita Noire


feb 24 2010

Cuando sea libro me pido ser… Fahrenheit 451

En mil novecientos noventa y tres quise ser “El Origen” de Thomas Bernhard. El veinticuatro de febrero de dos mil diez quiero seguir siéndolo.
Me recuerdo sentado en la silla de estudio pensando sobre la novela que acababa de leer. Fahrenheit 451. Me recuerdo sentado pensando sobre el libro que elegiría en el caso de verme en una situación como la que se describe en esa novela. Pero, sobre todo, me recuerdo asimilando lo que acababa de entender y que no había sido capaz de ver con claridad hasta ese momento. El escritor tiene una responsabilidad, casi trágica, con la humanidad y con su humanidad. Lo que escriba será, tanto si es malo como si es bueno, parte de esas “humanidades”; lo que destruya o deje que destruyan otros estará haciendo trizas buena parte de esa herencia. No hay una sola lágrima que un ser humano haya derramado que no hereden todos y cada uno de los hombres y mujeres que nazcan después de él. Cada uno manejará eso como pueda, cada uno será distinto por ello. Pero si es modificada por una distinta y enlatada el ser humano ser convertirá en una burda imitación de sí mismo. Todos iguales, todos viviendo una felicidad absurda y mortecina, todos mediocres.

Bradbury, autor de la novela, nos muestra esas lágrimas heredadas en forma de libros que son quemados por bomberos que derraman petróleo con sus mangueras en lugar de agua. El poder convirtiendo al ser humano es un rebaño atontado que habla con personajes imaginarios de la televisión (como los muchachos que pasan horas jugando con su consola o los adultos que confunden Internet con una casa de citas gigantesca). Y un grupo de hombres y mujeres diferentes porque no están de acuerdo con ese poder ni entre ellos. Como los libros que aprenden de memoria para que no se pierdan ante tanta estupidez.
Fahrenheit 451 no es una novela cualquiera. Es una obra que puede cambiar la vida de la gente si es bien leída, si es bien interpretada. Como todas las obras de arte.
Por eso quise, quiero y querré ser “El origen” de Thomas Bernhard. Otra obra de arte. Quiero no estar de acuerdo con nadie de este mundo, quiero ser yo mismo y rodearme de otros. ¿Quién no querría casarse con “Conversación en la Catedral” o algún relato de Salinger?
De momento no tenemos la obligación de aprender de memoria ninguna de las novelas que se han escrito. De momento. Ya veremos dentro de unos años. Pero si debemos leerlas. El que no conozca esta de Bradbury que lo haga. Es posible que se la pida.
Fahrenheit 451
Ray Bradbury
DeBolsillo
Calificación: Imprescindible
© Del Texto: Nirek Sabal

feb 23 2010

La realidad de diez días. Ficción.

Corría el año 2006 cuando, por primera vez, vi la película “Ficción”. Me senté en la sala de un cine cualquiera. No tenía ninguna intención que no fuera pasar la tarde. Sin más. Apenas conocía nada de Cesc Gay. Su obra Krampac. Había elegido esta película porque no quería ver nada conocido, nada esperado. Sólo quería desconectar. Típica tarde de domingo.
Me sentí atrapada por esta historia, sin historia, desde un primer momento. Quizás, al principio, solo al principio, fue por oír a Nick Cave en una de las canciones que más consiguen emocionarme (Are you the one –I’ve been waiting for-), o quizás fue que todo empezaba a transcurrir con absoluta normalidad y podía creerme lo que veía.
La cotidianeidad trasladada al cine. Un momento en la vida de dos personas, de dos adultos, que en la mitad de su camino, con la existencia ordenada y organizada, se enamoran inesperadamente, sin quererlo o, tal vez, queriéndolo, incluso necesitándolo.
Un amor que no les llevará a nada, que quedará allí donde nació, pero que sin duda será un punto de inflexión en sus vidas.
Alex y Mónica, un director de cine y una violinista, un hombre y una mujer, dos personas frente a frente, y nada a su espalda. Un amor concentrado en diez días. Un paréntesis en su existencia. Una historia con la que nos podríamos encontrar cualquiera de nosotros.
Estamos acostumbrados a ver grandes producciones cinematográficas que, para decir algo, necesitan de un gran despliegue de medios. Sin embargo en “Ficción”, precisamente, lo que no existen son esos artificios que hacen que las historias de amor, llevadas al cine, nos parezcan irreales, lejanas a nuestro modo de vida.
“Ficción” es verosimil. Una historia usual, de las nuestras, de las de la gente que vive una vida corriente, con familia, trabajos y preocupaciones tan prosaicas como sentirse vivo.
Una historia de amor, triste, pero amor a fin de cuentas.
Una joya intimista, que te atrapa porque cuenta precisamente lo que no se va a vivir, lo que los dos protagonistas reprimen, lo que fácilmente nos puede pasar a cualquiera. Porque ya lo dijo alguien en su momento, estamos ante una película que nos transporta a un mundo de sensaciones y de estados de ánimo, donde los silencios, los gestos menudos, las miradas cruzadas configuran, en gran medida, el contenido de esta película.
«Ficción» es una película compleja que habla de sentimientos, con personajes tan cercanos que la identificación con ellos es sencilla y donde impera una emoción profunda y melancólica.
En definitiva, una historia de gente corriente, como tú, como yo, como cualquiera que pueda estar leyendo estas líneas.
© Del Texto: Anita Noire


No puedes perderte la banda sonora de la película:
 

“Are you the one” de Nick Cave & The bad sedes, “Preludio Nº 7 OP 28” de Fréderic Chopin; “Nocturne” de Outsider; “Adagio para cuerda Op 11” de Samuel Barber; “Love Letter” de Nick Cave & The bad sedes; “Kinderszenen Op 15” de Robert Schumann; “Ja sei quem sou” de Hebe Camargo; “Like a dream” de Outsider; “Sinfonía nº 3 en D menor” (Extracto: 6º movimiento) de Gustav Mahler; “L’Alouette” de M, Glinka; Above de Beaumento; “Sinfonía No 5 en Do sostenido menor Adagietto”; “Clarie de Lune” de Claude Debussy; “Nature boy” de Nick Cave & The bad sedes; “Someone like you” de Guy Fletcher.


feb 22 2010

Zelig y la diosa Fortuna


No hace mucho estuve en el cine viendo la película “En tierra hostil”. Y, la verdad, no sé a qué viene tanto premio y tanto ruido. Creí estar frente a un telediario hecho con más cuidado de lo normal. Poco más. El día a día de un soldado norteamericano, que termine (ese soldado) teniendo más miedo a lo cotidiano o las borracheras que agarra junto a sus colegas, me importan bastante poco si me las cuentan desde el punto de vista de siempre. Me costó una pasta la broma (ir al cine cuesta una pasta) y me hubiera salido gratis si me hubiera quedado en casa mirando el televisor. Todos los días a las nueve de la noche se puede ver un trailer comentado en las cadenas nacionales y locales.
Pero, como este blog nace con la vocación de hablar de buen cine, voy a olvidar mi inversión a fondo perdido.
Estas navidades recibí un fantástico regalo que consistía en una colección incompleta de las películas de Woody Allen. Entre ellas estaba “Zelig”. (Oh, la diosa Fortuna lo bien que se porta cuando quiere). Mi hijo mayor, el que pensó qué podía regalar a sus padres, aún no sabe lo que acertó. “Zelig”. Ya no recuerdo cuándo fui al cine para ver esa película. Sí sé que fue en la sala Capitol de Madrid. Y sí sé que fui solo. No pudo gustarme más. Original, sorprendente, hasta los topes de fino humor, bien resuelta y con una construcción narrativa, sencillamente, perfecta. El sabor de boca que me dejó es inolvidable. A los jovencitos es fácil provocarles ese tipo de sensaciones. Y yo lo era.
Después de ver esta cosa de los soldados locos y patriotas y humanos (¡qué descubrimiento para la humanidad eso de que las personas son humanas, están locas y son patriotas cuando se van a guerrear); después de esto, decía, no tuve más remedio que lanzarme a por mi colección incompleta de Allen. Allí seguía el disco de “Zelig”. Sin estrenar. Tal y como me sucede con algunas novelas me lo pensé un par de veces. No quería estropear el recuerdo. Pero la necesidad es muy mala. Agarré el disco y pensé “Allen no me puede fallar en este momento tan difícil en el que creo no saber nada de cine ni de cómo hay que narrar una historia” (pensaba esto leyendo magníficas críticas a eso de los soldados locos y bla, bla, bla). Eso pensé. No exagero. Ni exagero cuando digo que si la tarde en el cine Capitol fue inolvidable, la del pasado martes (esta vez acompañado de mi esposa) lo ha vuelto a ser.
Blanco y negro. Formato documental. Vestuario y escenarios perfectos. Fotografía notable. Los que saben de estas cosas lo podrían explicar mucho mejor que yo. Pero lo grandioso de la película es lo que cuenta. Y, sobre todo, cómo lo hace. Y es que Allen nos cuenta a todos. Cuenta la historia de millones de personas que modifican su propio yo con tal de pertenecer a un grupo, con tal de sentirse tú o ellos. Siendo tú o ellos puedes ser yo. Y, de paso, nos recuerda que eso es una gran idiotez. Siendo en ti o en ellos puedo ser yo. Ese es el gran mensaje. Además, lo cuenta desde el humor más exquisito, sin dramatizar, dibujando una sonrisa que, por ejemplo, le puede durar toda la vida a un jovencito que va una tarde al cine más solo que la una.
El punto de vista (en cine y en literatura) es fundamental. Contar algo a alguien para que comprenda desde un personaje incomprendido y ridículo (caricatura de todos nosotros) sin que nos sintamos un trapo, es una obra de arte.
Corran a comprar una copia. Corran.
© Del Texto: Nirek Sabal

feb 21 2010

Ver y oír. Desayuno en Tiffany´s

Vi la película hace muchos años, quizás yo tenía 9 ó 10. Desconocía que era la adaptación de una obra de Truman Capote. Sólo sabía que aparecía Audrey Hepburn, una auténtica Diosa de la elegancia, por la que los varones de mi casa sentían especial debilidad. Ignoraba quien era Capote y la historia real que detrás de esta encantadora película se escondía. Tener hermanos mayores, mucho más mayores que uno, te permite tener acceso a libros, películas y música más pronto que a otros. Puedo decir que en aquel momento sólo me llamaba poderosamente la atención lo bonito que era todo y lo gracioso que resultaba, las aparentemente despistadas vidas de sus protagonistas.
Sin embargo, con la perspectiva del tiempo, creo que “Desayuno con diamantes”, podría compararse a degustar una enorme nube de algodón de azúcar a la que vamos arrancando pequeños trozos de esponjosa masa, para colocarlos delicadamente en la boca, esperando que se fundan y nos deje un delicioso sabor. Pero eso sería como quedarnos en la superficie de la película. En el “ver”, pero no en el “oír”.
Escuchar los diálogos que se mantienen en “Desayuno con diamantes” no puede más que dejarnos el regusto de la sacarina, ese edulcorante artificial que disfraza la existencia de una realidad totalmente amarga. Una amargura permanente en la vida de los dos protagonistas, Holly y Paul, disfrazada de bonito.
Pero los tintes de color, la belleza de los elementos, la estética del lujo (el antifaz turquesa que la protagonista luce en las primeras escenas, unos tapones para los oídos con diminutas borlas como las que recogen las cortinas, una camisa que debería acompañar un smoking utilizada como camisón), unos vestidos espectaculares diseñados por Givenchy, la permanente y serena belleza de Holly y unos decorados que no nos trasportan a ningún lugar en concreto más allá de la Quinta Avenida o de un apartamento desvencijado; hacen que la descarnada vida de sus personajes pase totalmente desapercibida, mostrándonos una cara totalmente alejada de la historia de dos perdedores y mucho más amable de la que podía ser su realidad.
La contraposición entre lo bello exterior y lo sórdido interior.
Y es que de esta película me quedo con aquel momento en el Holly dice: “Los días rojos son terribles, de repente se tiene miedo y no se sabe por qué…, pero, cuando me pasa, lo único que me va bien es coger un taxi e irme a Tiffany´s. Me calma enseguida la tranquilidad y el aspecto lujoso que tiene, nada malo podría ocurrirme allí. Si pudiera hallar algún sitio en que me encontrara el sosiego que se respira en Tiffany´s entonces compraría algunos muebles y bautizaría al gato”.
Esto y no otra cosa es lo que define la esencia de la película. Estéticamente bella, intrínsecamente dura.

“Desayuno con diamantes”, traducida inicialmente al castellano como “Desayuno en Tiffany´s” es una película dirigida, en 1961,por Blake Edwards y protagonizada por Audrey Hepburn y George Peppard. Interviene un buen elenco de actores secundarios, entre ellos, Mickey Rooney, Patricia Neal, Martin Balsam, y José Luis de Vilallonga. La película es una adaptación libre de la novela del mismo título escrita por Truman Capote. La banda sonora fue compuesta por Henry Mancini, destacando la famosa canción Moon River. La película fue ganadora de dos premios Oscar en 1961. Uno a la Mejor banda sonora. El otro a la mejor canción.


El argumento de la película es conocido por todo el mundo. La historia de Holly Golightly (Audrey Hepburn), una mujer joven, bella, encantadora y aparentemente sofisticada, que vive en la ciudad de Nueva York. Su objetivo, encontrar a un hombre rico que la mantenga. Para ello pasará las noches de fiesta en fiesta. Holly sobrevive aprovechando su estilo encantador para obtener, de sus ocasionales amigos, algunas cantidades de dinero. En su camino se cruza Paul Varjak, un escritor que, mientras espera alcanzar un éxito que nunca llega, vive de la relación con una mujer madura que le mantiene. En ambos casos, se esconde un pasado triste y una realidad expectante tras unas vidas aparentemente frívolas. El mayor interés de Holly es “Tiffany’s”, la tienda de joyas de la Quinta Avenida, a la que no puede acceder por falta de medios. Paul es un escritor que sólo ha publicado un libro y que ni siquiera tiene dinero para poner una cinta de tinta a su máquina de escribir.
© Del Texto: Anita Noire

feb 21 2010

La farsante auténtica. Desayuno en Tiffany´s

Parece ser que Truman Capote era una persona difícil de carácter por su extravagancia, traicionero con sus amigos, drogadicto y no sé cuántas cosas más. Y, por si fuera poco, era escritor. No un escritor cualquiera sino un genio de la literatura, lo que significa que cualquiera de sus defectos se verían multiplicados de forma alarmante. Eso seguro.
No me gustan mucho los escritores. Sin embargo siento especial debilidad por Capote. Él sabía que ser eso, escritor, significaba muchas cosas, un gran compromiso consigo mismo y con los demás, una forma de abordar la vida intentando derribarla antes de que ella le derribase a él. Debilidad que viene de la lectura de toda su obra, pero, especialmente, de las sucesivas lecturas que he realizado de su novela “Desayuno en Tiffany´s” desde el año mil novecientos noventa hasta hoy. Cada año la leo. Cada año echo un vistazo a la película dirigida por Blake Edwards. Entre otras cosas porque no tienen nada en común. Cuentan cosas bien distintas y, afortunadamente, Edwards no trato de se fiel a lo escrito. Si lo hubiera intentado y hubiera conseguido lo que nos presentó con la Sra. Hepburn al frente, tendríamos que haber juzgado a ese hombre condenándole a cadena perpetua.
Mientras la película trata de mostrar la cara amable de un mundo refinado y excesivo en casi todo, la novela hace todo lo contrario. Por ejemplo, en la película no se escuchan cosas como “la verdad es que lo eres. Eres una mala puta” o “lárgate a hacer de puta a otra parte”. En la novela sí se pueden leer cosas así. Y mucho peores. Porque la intención de Capote era bien clara. Capote quería hablar de él mismo, de su trabajo como escritor, del mundo real enfrentado a la ficción, del egoísmo, de la falsa amistad y de la cobardía humana. Dicho de otro modo, quería hablar, sobre todo, de literatura utilizando vehículos oscuros y siniestros.
Capote era un escritor de los de verdad, de los que saben qué es eso de escribir. Mirar con cara de estúpido el mundo para poder soñar ese mundo. Eso es a lo que dedicó gran parte de su vida y lo que hace su personaje principal en esta novela. Soñar el mundo para conseguir crear un lugar en el que hasta la mismísima Holly sea capaz de vencer sus depresiones. La realidad le destroza. Un sueño (representado por una joyería de lujo) es la única forma de salir adelante. Y cuando los mundos comienzan a mezclarse, ella huye hasta llegar a otro lugar que le envuelve en su irrealidad, que le protege en su distanciamiento del tiempo y espacio. Se defiende de los demás, de lo que le toca vivir. Holly pasa la mayor parte del tiempo filtreando con todo y con todos. Todo es accesorio, nada importa. Ella va por delante del mundo. Incluso por delante de sí misma. Se siente una criatura salvaje que puede hacer daño, pero desdichada por serlo. La historia de Holly es una de las tragedias más terribles de la literatura del siglo pasado.
Porque Holly es la misma literatura, es la “farsante auténtica” que dibuja Capote en su novela.
Ni la novela, ni la película, deberían pasar desapercibidos para alguien que se quiere acercar al arte de narrar. Sea cual sea. Porque Capote es un genio. Y la película una obra de arte.

Desayuno en Tiffany´s
Truman Capote
Editorial Anagrama
Calificación: Imprescindible
© Del Texto: Nirek Sabal