ene 26 2014

Brokeback Mountain: El amor imposible desde la frialdad

El Teatro Real de Madrid estrenará la ópera Brokeback Mountain, compuesta por Charles Wuorinen, el próximo día 28 de enero. Una producción muy esperada por los aficionados, que servirá para que se carguen de razón unos y otros. Por un lado, los que prefieren que las ideas de Gerard Mortier queden en el olvido por creer que representan la falsa modernidad y, por otro, los que defienden el trabajo de este hombre como si les fuera la vida en ello. Porque eso será de lo que se hable. Si alguien espera que el gran debate se articule desde las relaciones homosexuales o desde el escándalo que representa una producción en la que pueden verse a un par de señores luciendo ropa interior, quedará decepcionado. El que escribe cree que eso es cosa personal y que si para alguien representa un problema cualquiera de las dos cosas, debería plantearse algunas cuestiones. Me temo que es mucho más alarmante lo que se puede ver y escuchar en algunos programas de televisión que son vistos por muchos de los que ponen el grito en el cielo cuando la homosexualidad (que no es cosa demoniaca, ni peligrosa) aparece por cualquier esquina de nuestra realidad. El debate se planteará, por parte de los aficionados y críticos, más en la zona artística (es lo lógico). Y, desde luego, razones hay para que así sea.
Este estreno mundial, tendrá poco recorrido. No es, ni mucho menos, un trabajo brillante. Nada destaca del conjunto, nada destaca si analizamos cada una de sus partes.
Wuorinen dice haber escapado de todo sentimentalismo. Eso es verdad. Pero, también, de todo rasgo emocionante en su música. La partitura resulta fría, muy técnica, muy alejada. No es que sea un mal trabajo aunque carece de ese anclaje al patio de butacas que estremece a los que asisten a un espectáculo como es la ópera. Esa evocación primera que se hace desde el foso al entorno de los personajes (la montaña, la naturaleza, el mundo alejado de la estructura social) vuelve a hacerse presente al final del segundo acto por última vez, cuando Ennis del Mar (uno de los personajes principales) siente el peso de un amor que no supo gobernar durante años. El peligro, lo árido de su realidad, se mezcla, por siempre jamás, con un amor imposible y demoledor. Esto está muy bien, pero está muy alejado de la percepción media del espectador que se queda con la ceja levantada intentando comprender lo que ha pasado. La historieta es fácil y el libreto se entiende sin problemas. Pero hablamos de ópera; esa manifestación artística en la que muchos elementos se mezclan para formar una unidad comprensible. La belleza fabricada para eruditos parece que es cosa exclusiva, de eso, de eruditos. No sé yo si es lo que busca el público del Teatro Real o de cualquier otro lugar. Me temo que no.
Musicalmente, Brokeback Mountain se empareja, en algunos aspectos técnicos, con Wozzeck (Alban Berg) aunque es en el territorio del dolor, de la aridez, donde se hace más evidente para el aficionado. La aspereza musical en algunos tramos de la obra y la falta de concesiones al público por parte del compositor provoca cierta sensación de orfandad en los que ocupan su localidad. Una sensación que no se alivia sin la emoción necesaria y que en Brokeback Mountain no aparece hasta la última escena y con cierta timidez. Todo se hace difícil para el espectador.
La puesta en escena es tan simple como efectiva. Tanto que termina siendo simplona y práctica. Ivo Van Hove soluciona los problemas que se plantean en la partitura y en el libreto. Sin duda, lo hace. Los cambios espacio-temporales son muchos y bruscos. Lo que hace el director de escena es optar por instalar los materiales que soporten las diferentes situaciones compartiendo espacio escénico. Aprovecha todo lo que puede y vuelve a intentarlo con otro bloque de escenas. Pero los muebles son de baratillo (juraría que estuve a punto de comprar algunos de esos muebles en IKEA y no lo hice porque me parecieron algo cutres), la acumulación se hace incómoda y los elementos audiovisuales son tan evidentes y tan ramplones que no ayudan en absoluto. Otra de las cosas que sorprende es la poca imaginación del señor Van Hove al mover personajes por el escenario. O se pasan media hora sin saber qué hacer o, si les pone en movimiento, todo parece a una representación de colegio.
La importancia de esta ópera reside, sobre todo, en su tema principal. La imposibilidad de amar, bien porque el entorno lo impide, bien porque las personas nos negamos (a nosotros mismos), una y otra vez, hasta que ya es tarde. El enfoque, aunque con matices, es muy parecido al de la película y al del relato. Ya era conocido por casi todos. Y este es el enorme problema de esta ópera. No aporta nada de nada en ese sentido. La película era estupenda, el relato no estaba nada mal; esta ópera no.
El bajo barítono Daniel Okulitch y el tenor Tom Randle están correctos. Heather Buck y Hannah Esther Minutillo también lo están (estos personajes se presentan en escena como contrapunto a sus parejas, desde la partitura, y, para ser justos, el efecto es hermoso y solvente). Jane Henschel, en un papel muy corto, hace todo más que bien. Y Titus Engel, director musical, está sobresaliente. Sabe qué hacer en cada momento y logra que todo encaje sin problemas. El problema es que lo que hay que encajar no es nada del otro mundo.
Si las cosas no son extraordinarias no generan debates. Si las cosas no son extraordinarias todo se hiela, todo decepciona, todo es monótono.
© Del Texto: Nirek Sabal


jun 2 2013

Wozzeck: Cerrar los ojos y escuchar

¿Está condenado el ser humano a vivir en soledad? ¿Puede un hombre salir del fango por sí mismo o la estructura social se lo impedirá por siempre jamás? ¿Condena la pobreza a mayor pobreza? ¿Son los niños los futuros adultos que vivirán hastiados, derrotados y sin posibilidades de modificar las cosas? Estas son algunas de las preguntas que asaltan al espectador que asiste a la grandiosa ópera Wozzeck de Alban Berg.
Este es un espectáculo, para muchos, duro por distintas razones. Hay quien piensa que la ópera la murió con Giacomo Puccini; que la ópera moderna ni es ópera ni nada que se le parezca. Los que se acercan por primera vez a esta manifestación artística se encuentran con un libreto terrible (Berg adaptó un drama inconcluso de Georg Büchner) que habla de muerte, desesperanza, diferencias sociales horrorosas, de crimen; con un libreto doloroso y con un espectáculo muy alejado de lo clásico. Hay quien se queda boquiabierto cuando se topa con voces que son más gritos desgarrados que otra cosa, soportados por una música atonal que no todo el mundo comprende. Sin embargo, esta es una gran obra. En su momento fue la composición atonal más grande jamás escrita donde la tonalidad aparece para matizar situaciones muy concretas. Y no por ser peor entendida es peor. Wozzeck es magnífica.
Se presenta en el Teatro Real el montaje estrenado en la ópera Bastille de París (2008).
La puesta en escena de Christoph Marthaler intenta mostrar el contraste entre la niñez y la edad adulta, la evolución fallida de las personas; la alegría de unos y el cansancio y soledad de otros. Dibuja bien la idea aunque convierte la obra en algo mucho más lineal de lo que realmente es. Su idea funciona un rato. Pero llega un momento en que, cada minuto que pasa, lo anodino se va instalando en el escenario y en cada butaca. Lo peor de todo es que entendiendo esta primera parte de la propuesta, se hace difícil comprender el resultado en su conjunto. No todo es diferencia entre adultos y niños. ¿Dónde queda esa religión absurda y convertida en herramienta para reparar conciencias? ¿Dónde queda la injusticia más atroz? ¿Y lo ridículo del mundo que vivimos? ¿Qué pasa con la doble moral con la que se machaca al más débil? Eso debería aparecer por alguna parte. Es verdad que los actores se ven obligados a moverse entre tics y comportamientos arquetípicos, pero no parece suficiente. Por ello, la sensación de aburrimiento ataca en el patio de butacas del mismo modo que habita en el escenario. Marthaler sale del paso, casi de puntillas, respaldado por la grandeza de la obra. Y el espectador sale del suyo cerrando los ojos y dedicando su atención a lo que se escucha. Sylvain Cambreling está muy acertado. Este hombre es una garantía con la partitura de Berg en el atril.
Destaca el barítono Simon Keenlyside (Wozzeck) que está comodísimo en su papel y logra que su voz exprese lo que corresponde al conseguir tonalidades diversas y apropiadas. Nadja Michael, por su parte, se defiende con facilidad gracias a la versatilidad de su voz y a una interpretación dramática de altura. El resto (algunos repiten en el Teatro Real y con esta misma ópera) correctos. Esta no es una obra que permita grandes lucimientos y, sin embargo, logran que no se pueda apuntar pega alguna.
Aunque la iluminación pretende ser el hilo conductor dramático, no termina de funcionar bien en un escenario tan estático como el que nos ofrece esta producción. Salvo que el espectador conozca bien la obra, nada queda claro, no se entiende el juego que se realiza con los focos. No se puede dar por sabido nada y menos representando algo tan complejo y lleno de matices. Mucha sugerencia estéril. Todo lo contrario a lo que sucede sobre las tablas. Allí no hay sugerencias, allí todo es explícito si de sexo o violencia se trata. Tal vez, explícito en exceso para buena parte del público que pase por el Teatro Real. Si la producción de Calixto Bieito en 2007 puso los pelos de punta a algunos, esta no será menos.
En cualquier caso, dejando a un lado los inventos y las personalísimas formas de interpretar que nos ponen delante, Wozzeck es una obra de arte maravillosa y brutal; una ópera que no ofrece respiros y en la que se dibuja una zona muy oscura de la sociedad, los sótanos del ser humano sin adornos ni excusas.
© Del Texto: Nirek Sabal