nov 18 2013

Blue Jasmine: Radiografía de la impostura

La cartelera necesita la película anual de Woody Allen para tener algo de lustre. Los aficionados esperamos, siempre, ese trabajo, sabiendo que sea como sea, tendremos la oportunidad de asistir a un buen espectáculo. Gustará más o menos, pero saber que, una vez al año, tenemos una cita con el gran cine, alivia y rebaja la desazón que genera tanta producción mediocre, tanta película vacía y prescindible.
Esta vez, este año, Allen entrega una de sus mejores películas. Ácida, comprometida, llena de matices, elegante, divertida y trágica al mismo tiempo. Un guión excelente, una interpretación de Cate Blanchett fantástica, un reparto que defiende con uñas y dientes su trabajo, una puesta en escena cuidadísima, la fotografía de Javier Aguirresarobe extraordinaria, una banda sonora delicada que acompaña la acción sin entrometerse lo más mínimo. Todo en Blue Jasmine se acerca a lo perfecto. La dirección de Woody Allen rebosa profesionalidad, con los actores logra un resultado fuera de lo normal y dice lo que quiere sin una sola duda, con maestría.
Blue Jasmine cuenta la historia de una mujer que ha estado viviendo en un mundo soportado por riquezas de dudosa procedencia, fingiendo no saber nada del asunto. Cuando eso se viene abajo, ella no renuncia a volver a estar en el mismo lugar, pero, sin casa y sin dinero, busca a su hermana para vivir con ella. Las dos mujeres son muy distintas. Allen logra que veamos lo que supone asumir una situación o no hacerlo. Una montaña de pastillas contra la depresión no son suficiente para salvar el problema que genera no encontrar ubicación lejos de la impostura en la que muchos convierten su vida. Pero, también, Allen nos habla de lo que supone la corrupción y la falta de escrúpulos contraponiéndolo con la vida normal en la que es más importante ser feliz que tener bienes materiales para poder serlo. Todo se salpica de situaciones divertidísimas y de otras angustiosas; todo se mira desde la acidez. La crítica social es apabullante aunque deja espacio al espectador para que pueda colocarse en el lugar que desee. Nada de empujones.
Es posible que los temas a los que recurre este director normalmente, los asuntos que le obsesionan, se encuentren en esta película. Pero Allen logra que parezca la primera vez que nos lo cuenta. Entre otras cosas, la película cuenta con la interpretación de Cate Blanchett. Será difícil que el Óscar no termine es sus manos. Pero, también, Bobby Cannavale (ya le habíamos visto en la serie de televisión Boardwalk Empire) está inmenso. Alec Baldwin hace su trabajo (a un actor como este tampoco se le puede pedir una cosa formidable). Sally Hawkins disfruta de lo lindo. Peter Sarsgaard lo mismo. Por si era poco los personajes que diseña Woody Allen son espléndidos. Los principales se dibujan con trazo fino y exacto; los secundarios logran con éxito ser lo que son. No hay que olvidar que un buen secundario debe contener un solo rasgo, a lo sumo dos, para que ilumine al principal sin restarle importancia y sin crecer tanto como para convertir el guión en un galimatías.
El montaje de Blue Jasmine es inteligente y permite al espectador seguir la línea argumental fácilmente. El director encaja bien cada parte de la trama sin que las diferencias de tiempos se vean afectadas y sin que el tempo general se altere. Perfecto también.
Blue Jasmine es una muy buena película que aleja al director de una fama (injusta) que le coloca entre los directores que se dedican a filmar películas graciosas y poco más. Hay que verla en pantalla grande. No dejen de hacerlo.
© Del Texto: Nirek Sabal


jun 8 2013

Versión Original Subtitulada

Texto cortesía de Mar Franco

La mayoría de los entendidos y demás tribus cinéfilas, prefieren ver las películas en versión original. Yo sólo lo hago con las películas en inglés, por eso de afinar el oído en la lengua anglosajona.
Está muy bien escuchar a los actores en sus lenguas vernáculas, ¡vaya palabro!, pero hay un pequeño problema, cuando lees los subtítulos, no les ves actuar. Cuando vamos al cine decimos voy a ver una película, no voy a leer una película; además, una de las máximas de un guion de cine, es no contar con diálogos lo que puedas mostrar visualmente, a no ser que seas Woody Allen. La imagen prevalece sobre la palabra.
Esta era una pequeña introducción para atacar una anécdota que viene muy al caso. Primero les pondré en situación: Villaverde (barrio de la periferia sur de Madrid), finales de los años setenta; primeros ochenta. Había dos cines en la zona, ¡vaya lujo!, el cine Orpal y el cine Jamay (actualmente un bingo).
En el Cine Jamay proyectaban pocos estrenos: Fiebre del Sábado Noche, Grease, E.T., y el resto, el resto… La verdad es que sólo recuerdo Conan el Bárbaro. La clientela era muy variada, desde los típicos gamberretes adolescentes, papás con sus niños y parejitas incipientes, hasta algunos miembros de etnia gitana, que vivían en su pequeño gueto de las casitas bajas.
Una tarde de domingo en la que se proyectaba la peli de nuestro querido Conan, en versión original (dato importante para esta historia), mi hermano y su panda de amiguetes, ya sentados en sus correspondientes butacas, se disponían a pasarlo bien molestando a todo bicho viviente en la sala y, Rafa el Manías también.
Que por qué digo también, pues porque estos planes se le truncaron de forma drástica. Un gitano (no quiero ser peyorativa, es el lenguaje que se utilizaba entonces, bueno, y ahora), algunos años mayor que él, se sentó a su lado y digamos que le coaccionó para que le leyera los subtítulos, ya que él no sabía.
Lo que un gitano te pedía, se hacía, y sin rechistar; ya fuese darle tu paga del domingo, tu bocata, tus nuevas zapatillas Kelme o tu flamante coreana azul marino (anorak de corte esquimal). A Rafa el Manías, no le quedó otra que leerle toda la película, con voz temblorosa y consciente de las risas que el resto de sus amigos se estaban pasando a su costa.
Después de aquello, ¿creéis que a Rafa le habrán quedado muchas ganas de seguir viendo películas en versión original? Yo creo que no, aunque nunca se sabe. Dicen que la memoria es selectiva y edulcora los momentos más negros que hemos vivido, y lo mismo, el Manías ahora, ve movies chinas con subtítulos en yiddish.


abr 9 2012

Poderosa afrodita: Lejos de la burguesia y el psicoanálisis

Woody Allen siempre intenta explorar territorios diversos en cada una de sus películas. Suele hacerlo con acierto. Y, algunas veces, con gran solvencia, con mucha gracia y hondura.
En Poderosa Afrodita intenta la tragedia; se agarra a la literatura griega y utiliza sus esquemas sin esconderse. De hecho, forma un coro para hacerlo funcionar de principio a fin. Un coro que, como en los teatros griegos, ayuda al espectador para que comprenda lo que sucede; un coro que reacciona como debería hacerlo el público que asiste al espectáculo. F. Murray Abraham es el que interpreta el papel de corifeo. Para encontrar un nexo más poderoso, Allen utiliza la figura de Tiresias el ciego y Cassandra que profetizan sobre el futuro de los protagonistas. Hay quien ha dicho que este coro es una gamberrada que no aporta nada a la película. No es así. El coro narra el mito de Edipo que tiene grandes similitudes con la historia que cuenta la película; y termina siendo la misma cosa. O casi. El problema de este coro es que puede sacar al espectador de la película (y luego hay que entrar de nuevo, claro) hasta que este se habitua a las apariciones del corifeo y compañía. No es algo normal y quien mira necesita un aprendizaje. En cualquier caso, el coro sustituye a la voz en off de otras ocasiones en los trabajos de este director.
Allen, esta vez, abandona a sus personajes aburguesados que hacen cola en la puerta del psicoanalista. Lo hace para encontrarse con boxeadores idiotas, mafiosos de tres al cuarto y actrices porno. Todos incultos aunque capaces de razonar con cierto rigor desde un punto de vista algo especial. Aunque es excesivamente cariñoso con ellos (nos enseña sólo su lado más amable y divertido) el cambio es agradable y Allen les saca buen partido a todos.
Lenny Weinrich (Woody Allen) es comentarista deportivo. Su esposa Amanda Sloan (Helena Bonham Carter) es artista. Deciden adoptar un hijo. Con el tiempo, Lenny siente la necesidad de conocer a su madre. Comienza la búsqueda y descubre que la mujer es actriz porno y meretriz (Mira Sorvino). El resto mejor que lo descubran ustedes mismos o que lo recuerden si ya vieron la película.
Helena Bonham Carter está sosita en su papel aunque es de sospechar que Allen (él está en su línea interpretativa habitual) la esconde para que sea Mira Sorvino la que se luzca, Esta mujer defiende su papel con fuerza y de forma admirable. El director saca petróleo de esta actriz. El resto del reparto pasa desapercibido puesto que sus papeles son muy secundarios.
La banda sonora es deliciosa. Jazz clásico y de gran calidad. La puesta en escena impecable y el montaje notable.
La película está francamente bien concebida y el guión tiene la chispa que Allen muestra en sus mejores trabajos. Algunos diálogos son extraordinarios. Ya saben que sin diálogo no hay nada que hacer y Allen lo tiene muy claro. Con este de Poderosa Afrodita conocemos el punto de vista del director respecto a las obsesiones humanas, la curiosidad, la falta de seguridad frente al silencio divino que convierte cualquier intento de diálogo, inmediatamente, en un monólogo. El asunto de Dios, ya se sabe, es recurrente en la obra del director norteamericano. Un guión que indaga en estos asuntos con fuerza, con calidad y un ritmo narrativo muy ajustado a las necesidades del relato.
Si quieren asistir a una interpretación estupenda (la de Mira Sorvino), si quieren conocer la periferia social de la mano de Woody Allen, si quieren creer que todas las vidas son iguales aunque la cosmética sea diferente; no dejen de ver esta película. Se divertirán.
© Del Texto: Nirek Sabal


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mar 20 2012

Todos dicen I love You

Las comedias musicales tienen un par de características propias que las definen y diferencias perfectamente. Una de ellas es que cuentan historias que no serían creíbles en un formato sin ese toque de cuento de hadas que imprime una música agradable y un baile divertido. La evolución de la acción va ligada y matizada a y con la banda sonora. Dicho de otra forma, es la música lo que hace coherente el producto. En el 90 % de las películas suena la música, pero solo matiza la imagen. En el 90 % de las películas suena la música, pero la credibilidad llega desde los materiales narrativos que no incluyen la música.
Todos dicen I love you es una comedia musical. La firma Woody Allen. Y es agradable, divertida, a veces disparatada, y no busca nada que no sea divertir al espectador. El reparto tira de espaldas a cualquiera: Alan Alda, Woody Allen, Goldie Hawn, Edward Norton, Julia Roberts y Natalie Portman (jovencísisma) entre otros. La fotografía es espectacular. En concreto, la forma de presentar París es maravillosa. La música estupenda. Vestuario y peluquería exactos. La dirección de actores impecable. En fin, todo muy bien. Pero es una comedia musical. Y los géneros gustan o se detestan. Lo digo para advertir a los que prefieren otro tipo de cine.
El guión de Allen es chispeante de principio a fin. Algunas escenas son divertidísimas. Por ejemplo, la situación que se produce entre un tipo recién salido de la cárcel y una de las protagonistas hace reír a cualquiera. Por supuesto, está lo que siempre está en el cine de este autor: religión, matrimonio, relaciones de pareja, etc. Los números musicales no desentonan, no parecen que estén metidos con calzador o capricho del director. Esto es una comedia de las de verdad. Destacan la del hospital (alguien se ha comido el anillo de compromiso y acude a urgencias) y la del baile del propio Allen con Goldie Hawn (técnicamente impecable y aglutinadora del espíritu de la película y de todo un género según Allen).
Lo que cuenta Allen es que el amor es el que estructura la vida de todo ser humano. No es que sea lo que mueve el mundo, pero si se articula todo a su alrededor. Y cuenta que el amor es algo que siempre está, que siempre queda, que siempre regresa. Indaga en el amor entre adultos, entre jóvenes, entre niños, entre exmarido y exmujer, entre desconocidos, entre padre e hija. Explora amores posibles, imposibles, fingidos. Y lo hace desde un sentido del mundo irónico, a veces sarcástico. Todo es agradable y placentero. Como los musicales de toda la vida.
El que lea de forma habitual este blog sabe que siento una especial predilección por Allen. No lo oculto y, si puedo, prefiero no hablar de sus malas películas (también las tiene). Esta la recomiendo de forma especial puesto que hace pasar un rato delicioso al espectador. Además, se puede ver en familia porque suele gustar a casi todos. Y es un ejemplo narrativo de género. Alguien que quiere entender algo sobre cine debe atender a cualquier forma de hacerlo. No se puede decir no por sistema, no se puede negar algo sin intentar disfrutarlo. Allen es un maestro. Y sus películas son la obra de un tipo de sabe lo que hace y lo hace bien.
No se pierdan el vídeo que acompaña este texto. Es la escena que interpretan Allen y Hawn. Merece la pena.
© Del Texto: Nirek Sabal


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mar 17 2012

Celebrity: El pesimismo desde la ironía

El mundo del famoseo, para los que son ajenos a él, es tan brutal e inhóspito como fascinante. Todo resplandece en la lejanía, todo atrae de manera que se hace irresistible, pero todo palidece cuando el que se acerca descubre que el revestimiento precioso es, sólo, una fina capa que divide la mugre del sueño de muchos.
Woody Allen sabe todo esto. Lo sabe y lo ha criticado más de una vez. Desde la idiotez absoluta de los que se apoyan en una intelectualidad pomposa y más ficticia que real, hasta el montaje cultural que convierte en mierda todo lo que toca; desde un sitio a otro, Woody Allen ha ido recorriendo un ámbito enorme intentando dejar las cosas en el lugar adecuado. Lógicamente, el resultado se queda en protesta testimonial. Todo sigue siendo lo misma cosa y así seguirá por siempre jamás.
Celebrity es una comedia exquisita en su concepto y en su factura. Salpicada con un reparto de lujo. Algo más extensa en su metraje de lo que acostumbra a presentar este director porque había mucho que contar. Por supuesto, la relación entre adultos  (en pareja) tiene gran protagonismo en el guión. Y los asuntos que obsesionan a Allen terminan apareciendo (Dios, el psicoanálisis, etc.) Aunque, esta vez, el arte, los artistas, la cultura, los intelectuales y todo lo que les rodea pasan a estar en primera línea.
La elección del blanco y negro por parte del director para presentar su propuesta está más que justificada desde un punto de vista artístico. Como el mismo diría, todo lo que vemos apesta a blanco y negro. Esa ciudad, esos decorados, esos personajes, en color serían muy distintos. No se puede pintar un mundo entero de gris. Así que la opción es el blanco y negro. No hace falta decir que la puesta en escena es magnífica. Es uno de los valores indiscutibles del cine de Woddy Allen.
El guión es ágil, chispeante e inteligente. Disparate tras disparate se indaga en zonas profunda que aclaran las ideas al espectador. No las propias (eso es cosa de cada uno y Allen es siempre respetuoso en ese sentido) sino las del autor. No es lo mejor que ha escrito, pero es notable. Ya he dicho más veces que lo peor de este director sería lo mejor de muchos otros.
Las interpretaciones son algo desiguales. Este director suele realizar un trabajo de dirección actoral muy bueno. Trabaja muy bien con el elenco y se nota que es así. Pero, en este caso, son los propios actores los que ponen o quitan mucho. Algunos de ellos estaban sin construir al hacer la película, otros no dan para más y algunos otros son magníficos con director o sin él. Kenneth Branagh más que interpretar su personaje intenta parecer Woddy Allen. Los ademanes, la tartamudez que llega de la rapidez en el pensamiento y de la duda. No es que esté mal aunque se pierde en intentos (que sobran) para parecer ser otro. Judy Davis se presenta espléndida y hace que la evolución del personaje se plasme en la pantalla con gran fuerza. Leonardo DiCaprio hace de famoso joven e imbécil. Borda el papel porque, entre otras cosas, en el momento del rodaje era un famoso joven e imbécil. Charlize Theron se pasea por la pantalla mostrando belleza. Poco más. Joe Mantegna y Melanie Griffith están muy bien. Y Winona Ryder aparece espléndida en un papel que arrasa con casi todo y articula la acción de principio a fin aunque sus apariciones son escasas.
La película comienza con una palabra escrita en la pantalla. Help. Termina del mismo modo. El mensaje, en su conjunto, es desalentador. Aunque las situaciones sean cómicas a más no poder el fondo es pesimista. Escritores perdidos en su propio mundo; actores y actrices frívolos y superficiales; relaciones imposibles del creador con la realidad; robo de ideas; estupidez a espuertas. No hay solución, no hay salida.
Una buena comedia. Una película divertida. Una película que invita a la reflexión. Una película de Woddy Allen que es lo mismo que decir que es una pelicula de buen cine.
© Del Texto: Nirek Sabal


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feb 12 2012

Desmontando a Harry: La construcción de un escritor

El mejor cine de Woody Allen aglutina asuntos diversos. La relación entre hombre y mujer siendo pareja; el sexo, Dios y la religión; el psicoanálisis; la crítica mordaz a los intelectuales que hacen gala de serlo al usar frases redondas y el proceso creativo del narrador. Asuntos recurrentes, repetidos, vistos desde aquí o desde allí. Pueden llamarlo como quieran. Pero lo cierto es que el cine de Allen no sería lo mismo sin todo esto.
Desmontando a Harry es una comedia deliciosa y una de esas películas que gustan a cualquiera. Con Allen de protagonista, la trama se va llenando de personajes episódicos que representan la realidad en la obra de Harry (escritor que triunfa con un best seller y cuenta la historia íntima de todo su entorno). Y esa trama lleva a desmontar la estructura de la ficción para ordenar la de la propia realidad. Es decir, se desmonta una novela y aparece el autor; se desmonta lo ficticio y aparece lo real. Porque, al fin y al cabo, todo es la misma cosa. Eso es lo que trata de explicar Allen en su película.
El guión es extraordinario, está lleno de frases con chispa que indagan en territorios difíciles que se hacen más transitables desde la ironía y el sarcasmo. Buscando en él, desmenuzando con cuidado el conjunto, apenas hay nada que pueda modificarse sin que el sentido cambie. Y cuando algo no puede cambiarse, cuando algo no permite variaciones si no es a costa de convertirse en otra cosa, es que es bueno. Y para dar lustre al libreto, Allen elige lo mejor entre lo mejor. Por la pantalla circulan Billy Cristal, Mariel Hemingway, Robin Williams, Demi Moore, Richard Benjamin o Kirstie Alley (entre otros). Logra un reparto compensado y generoso en sus pequeñas participaciones. Todos saben que están allí para que otro personaje vaya apareciendo en plenitud, a la luz de todos.
La puesta en escena, aún sin ser lo mejor de la película, es notable. La música adecuada. El vestuario, la peluquería y el maquillaje más que correcto. Pero la dirección de actores magnífica, el montaje extraordinario y el guión (ya está dicho) excelente. Eso es lo que hace grande la película.
En Desmontando a Harry lo importante no es lo que se cuenta sino cómo se cuenta. Allen, con gran habilidad, va mostrando escenas que pertenecen a un libro mezcladas con lo que el personaje entiende que es la realidad. Pero, claro, el espectador sabe, al mismo tiempo, que esa realidad del personaje es nuestro mundo de ficción. Todo se mezcla para ser lo mismo. El escritor que interpreta Allen va asumiendo eso y termina yendo y viniendo de un lugar a otro de su universo con tranquilidad, sin grandes conmociones. El espectador, también. Y lo importante de esta película no es lo que se cuenta sino de lo que trata. Por ejemplo, la libertad del artista se analiza con cierta profundidad aunque sea desde la ironía o el chiste. Una libertad que de no existir impide la aparición de lo importante de la creación de cualquier artista: su forma de entender lo que le pasa, lo que sucede a su alrededor.
La película es muy divertida e invita a la reflexión. Por momentos es delirante. En ocasiones se vuelve tierna (entendemos a un personaje mezquino al principio que termina revelándose como lo que es, una persona normal y corriente que escribe). Y es una opción más que agradable para pasar la tarde de un frío domingo o una calurosa noche de verano. Porque el cine de Allen no falla casi nunca. Es lo que nos dan los grandes directores.
© Del Texto: Nirek Sabal


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feb 5 2012

Acordes y desacuerdos: Cine y Jazz

Un artista es esa persona que vive convencida de su importancia porque sólo él puede crear lo que tiene en la cabeza; porque nadie más podría llegar a escribir, pintar o hacer música del modo que él lo hace. Pero un artista es ese tipo que hizo esto o aquello (una genialidad, una maravilla) y del que muy pocos se acuerdan. Porque un artista es lo que termina dejando atrás, su obra. Él es una anécdota.
Esto es de lo que habla la película de Woody Allen. Acuerdos y desacuerdos. Un homenaje al jazz centrado en la figura de Emmet Ray que presume de ser el mejor guitarrista del mundo después de un gitano que se llama Django Reinhardt. Emmet Ray nunca existió. Django Reinhardt sí. Por ello, Allen se acerca al cine documental introduciendo testimonios de personas enteradas que van aportando datos del guitarrista. Es una forma como otra cualquiera de buscar la credibilidad en la narración. Expertos en jazz y él mismo matizan o presentan parte de la acción entre las dudas lógicas de lo que siempre se contó sobre los genios artísticos.
La película reposa sobre el personaje. Todo lo demás tiene carácter de correlato aunque no por ello pierde importancia. Desde la primera escena se van sumando ingredientes que hacen que el personaje vaya teniendo una evolución necesaria para entender lo que Allen quiere contar. Y, a decir verdad, esa evolución es algo lenta. Por ello, el trabajo de Sean Penn va de menos a más. Hasta que no comprendemos la pasión de Ray por la música y su desprecio por las personas, no comprendemos un abuso del lenguaje corporal por parte del actor que se ve obligado a coquetear con lo histriónico para salir del paso. No les pasa lo mismo a Samantha Morton o Uma Thurman que arrancan bien (sobre todo Morton) sabiendo que su personaje representa una cosa muy concreta que no necesita de grandes recursos interpretativos.
La importancia de la película no llega desde lo que se cuenta sino desde lo que se sugiere sin enseñar. Esa evolución del personaje se produce con lo que quiere ocultar, con lo que se niega a decir de principio a fin. El personaje de Hattie (Morton) funciona con una correlación perfecta respecto a Ray. Ella es muda; no dice una sola palabra durante la película y es el que sirve de nexo entre el deseo y la realidad del protagonista.
No hace falta decir que la partitura de Dick Hyman es fantástica. Muy ajustada a lo que, durante los años 30, fue el jazz. Y no hace falta decir que la puesta en escena es elegante y perfeccionista. El cine de Allen no falla en eso.
Acuerdos y desacuerdos no es la mejor película de este director. Sin embargo, es una opción si se quiere disfrutar de un guión bien diseñado (sin la chispa habitual de Allen puesto que la comedia se enturbia llegando al amargor) y una forma de narrar curiosa en la que los recursos son muy evidentes a la vez que efectivos. Cine de Allen. Buen cine.
© Del Texto: Nirek Sabal


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ene 8 2012

Granujas de medio pelo

La cultura del éxito y la fama, la riqueza material contra la intelectual, el posicionamiento social y la utopía de poder comprarlo todo, hasta una cultura exquisita o una pronunciación aristocrática, da bastante repelús en la vida real, pero le queda muy simpática a Woody Allen en esta película dónde unos granujas, que apenas llegan al medio pelo, intentan aprender en vano a ser nuevos ricos.
Las dificultades culturales con las que se encuentran los personajes son graciosamente sorteadas con una pomposidad abrumadora. Nada más grandilocuente que el volumen de voz de dos maleducados, nada más vistoso que un gnomo enorme multicolor en el dormitorio. Ningún amante más interesante que un trillado galerista de ojos azules engominado y petulante.
La especulación de galletas parece que da para bien poco. La elegancia, la educación y el buen gusto que, de manera obsesiva, persiguen los personajes, resultan inalcanzables y remotos. La delicadeza que exige esa ansiada educación nunca forma parte del premio en los shows televisivos, ni en los millonarios décimos navideños. El poder televisivo se hace patente alimentando a una clase cada vez más asocial y más marciana. Las nuevas tecnologías, tan modernas y funcionales, mantiene a este mismo planeta de marcianos en sus asientos, reproduciendo celulitis y pulgares cada vez más largos. En la educación general básica no cabe el cine, ni la música, ni la filosofía. Le llaman a una pedante por fumar en pipa o leer a Raymond Roussel, una mujer interesante cuando una es una antigua.
La sociedad se perfecciona dentro de un proceso rancio y engañoso. Los modernos resultan un vejestorio y los antiguos una especie futurista.
Ray y Frenchy volvieron a su viejo apartamento arruinados y resacosos de dinero. La lección de las galletas resultó mucho más rica que todo su imperio.
No pude evitar recordar esta película cuando este verano R y yo intentamos el atraco a un banco mediante el socorrido butrón. Despistados entre galerías subterráneas descubrimos la misteriosa receta de las galletas frenchy, fundamos una numerosa familia de yorkshires entendidos en francés y nos mudamos de naturistas al campo, a un bonito prado sembrado de encinas, con gorros de oso polar y piki-pikis de la abuelita N.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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dic 11 2011

Si la cosa funciona (Whatever Works): Los fantasmas de paseo

Las obsesiones de un autor salpican su obra. Eso es algo que ninguno de ellos puede negar. Todo se estructura alrededor de tres o cuatro ideas. Se maquillan con algo de fabulación, con escenarios extraños, con personajes de todo tipo, pero las obsesiones, esas ideas tan recurrentes, no dejan de estar. Con otro aspecto, pero están.
Woody Allen nunca ha querido ocultar esto que digo. E insiste, película tras película, en mostrarnos un mundo en el que él es el centro. Él y sus inquietudes: él y su forma de entender las cosas de Dios, los que considera ridículos intelectuales, la familia o las relaciones de pareja. Él es el centro y el cine la única forma de convertir sus fantasmas en algo llevadero.
Si la cosa funciona (traducción tan libre como lamentable del original Whatever Works) es una película en la que Allen coloca a un personaje llamado Boris Yellnikoff (alter ego del director) para que exprese con toda claridad una forma de entender las cosas. Arremete contra esa sabiduría popular que no es más que idiotez consentida, contra los artistas que se alegran de conocerse y son alabados por los de su misma calaña, contra Dios y sus cosas, contra lo efímero del amor. Pero lo hace sin molestar, con cierta gracia. Y, le guste o no a un sector de la crítica, con gran ironía, rozando el sarcasmo y con cierta profundidad de ideas. Además, Allen hace guiños constantes al espectador buscando una empatía con su personaje principal que consigue muy pronto. Porque, entre otras cosas, Boris Yellnikoff es interpretado por Larry David y eso es un cheque al portador. Es curioso cómo el personaje termina pareciéndose, incluso físicamente, a su creador (por ejemplo, lo estático en su expresión corporal es muy semejante).
La película se sostiene más sobre ideas que sobre una trama potente. Es una comedia de enredo en la que ese enredo es lo de menos. Lo que dicen los personajes, cómo reciben los acontecimientos, es lo importante. Es una enorme bisagra que permite mover la puerta que separa presente y futuro de cada personaje. Así debe ser.
Como en todas las películas de Allen, el encuadre de las tomas es perfecto. Otra cosa se puede discutir, pero que lo que quiere contar este director lo narra perfectamente es evidente. El espectador apenas nota que hay una cámara que se mueve de un sitio a otro, la iluminación es más que correcta, la banda sonora coloca a todos (personajes y a los que miran) desde el primer momento en el lugar adecuado. El cine de Allen es el cine. Y sus guiones son estupendos. El peor de ellos podría ser el mejor de cualquier otro que dedica sus esfuerzos a jugar con las cámaras sin ton ni son. Además, saca petróleo de sus repartos. En Si la cosa funciona, Ed Begley Jr. tiene un papel muy corto, pero aparece con fuerza y en unos segundos el personaje queda perfilado. Evan Rachel Wood está sobresaliente en su trabajo. Y no era fácil. El desarrollo y cambio es muy veloz y eso se consigue con un trabajo impecable por parte del director y del guionista (en este caso coinciden las personas y los trabajos). Patricia Clarkson aparece divertidísima y convencida de lo que está haciendo. En fin, todos están a gran altura gracias al trabajo de Allen.
Por supuesto, el cine inteligente debe ser entendido y valorado en su justa medida. Esta película que podría parecer un manifiesto sobre el pesimismo y la imposibilidad de cambiar las cosas, habla del azar. Del azar que todo lo modela. No habla de un determinismo atroz que ahoga a las personas. Habla justo de lo contrario. Del azar y de cómo esa mala o buena suerte se convierte en lo que es necesario que pase porque no podría ser de otra forma. Ya ven que Allen no se anda por las ramas al plantear asuntos serios aunque muchos se queden en la superficie para valorar sus esfuerzos.
Si la cosa funciona no es la mejor película de Woody Allen. Pero tampoco esto es extraño. Lo mejor de este director es una obra maestra. Y no se pueden filmar como si fueran churros.
© Del Texto: Nirek Sabal


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nov 17 2011

Un final made in Hollywood: Lo mejor de lo peor

La peor de las películas de Woody Allen tiene más cine en una sola secuencia que cien baratijas de las que nos sueltan por las salas de proyección últimamente.
Es verdad que Un final made in Hollywood es una obra menor dentro de la filmografía de Allen. Ni tiene el carisma de otros trabajos, ni es un guión bien rematado (el final se precipita entre justificaciones algo incoherentes). Los diálogos son más planos que otras veces aunque algunos son, muy, muy divertidos. Y el reparto se defiende bien aunque sin grandes alharacas por su parte.
Pero Allen sabe de esto. Cada cosa que hace sobresale sobre los demás. En Un final made in Hollywood, Allen busca una comedia ligera en la que deja clara su postura respecto al mundo del cine; lo inexplicable de ser poco entendido en su país de origen y aclamado en Europa; la mirada absurda del mercado cinematográfico (por eso la ceguera del personaje) que sólo busca taquilla y grandes números siendo estéril por completo. Y, cómo no, todo se soporta sobre las relaciones de pareja y su propia hipocondria sumada a una clara propensión a la inestabilidad emocional. Todo es una burla y un enorme disparate.
Tea Leoni es, con seguridad, la que mejor hace las cosas. Además, se la ve guapa de verdad. Radiante (el fotógrafo logra un trabajo espectacular). Aunque Debra Messing, Treat Williams, George Hamilton o Mark Ridell están más que correctos. El propio Allen, en su línea, se fabrica un papel a la medida y funciona de maravilla (atiendan a la escena en la que su personaje, Val Waxman, cae desde el decorado al suelo; es delirante y divertidísima).
No es lo mejor de Allen, pero si tomásemos de un sombrero cien papelitos al azar con el nombre de películas y una de ellas fuera Un final made in Hollywood, es posible que fuera de las mejores.
© Del Texto: Niek Sabal


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