ene 27 2013

Anonymous: Lo cierto de la ficción

No se puede valorar una obra de ficción por lo y que tenga dentro que sea cierto. Podremos valorar el acierto del autor recreando una situación, un escenario. Vale. Pero si la trama no respeta lo histórico no pasa nada. Al contrario, hay que celebrarlo. Una obra de ficción no es un ensayo.
Si William Shakespeare escribió o no su obra es lo de menos. Es la obra lo que perdura y no su autor. Si alguien quiere jugar a las conjeturas y hace con ello una película no es malo. Lo malo es hacer una película mediocre.
Anonymous es una película que explota mucho y bien algunas cosas descuidando mucho otras. Eso le convierte en un trabajo que se queda a medio camino cuando todo era favorable para hacer una buena película. Roland Emmerich cuida al máximo la puesta en escena. Con ello consigue recrear un momento histórico y una ciudad de forma portentosa. Ayuda que la fotografía de Anna J. Foester sea tan cuidadosa y unos efectos visuales, francamente, buenos. Esta película es, en este sentido, espectacular por su detalle, por una presentación que nos arrastra al Londres de la Reina Isabel, de Shakespeare. Pero ¿para qué este espectáculo, por qué todo esto? Estas son las grandes dudas que asaltan al espectador cuando acaba la proyección. Una puesta en escena como esta sirve de poco si los personajes se dibujan con trazo grueso y no se entra en su psicología con cierta profundidad. Roland Emmerich (en manos del guión de John Orloff) pone a funcionar intrigas palaciegas, venganza, cierta violencia, unas gotas de sexo y celos; sobre la base del teatro. Todo quiere convertirlo en todas las comedias del autor inglés, de Shakespeare. Y eso hace que todo aparezca sin tener una importancia suficiente. Por ello los personajes aparecen más desdibujados que otra cosa.
El guión es mucho más flojo de lo que puede parecer. No ya por las incorrecciones históricas que incluye sino por la falta de acierto al repartir las frases importantes. Las mejores son las robadas a la obra de Shakespeare. El resto buscan más ligar una escena con otra para que exista una continuidad argumental. Pero, claro, sin personajes, esa continuidad da un aspecto a toda la historia de culebrón sin mucho sentido.
Tanto Rhys Ifans como Vanessa Redgrave están algo atacados al interpretar sus papeles. Él amanerado en exceso; ella sin contención alguna en escenas concretas (eso sí, muy bien caracterizada). Lo que sucede es que el resto del reparto está muy discretito y podría parecer que esta pareja está estupenda.
En la película lo que cuentan es que Shakespeare era un actor de segunda y casi analfabeto. Tiene la suerte de hacerse con fama gracias a la obra de un conde que no quiere ni puede aparecer como autor de esas comedias o tragedias. Sí es interesante esa lectura que hace Emmerich sobre lo que representa para un artista su forma de concebir e interpretar la realidad. No es la propia obra ni la fama lo que importa. El artista necesita sobrevivir rodeado de ese arte que le deja poco espacio. Los enredos, los amores, las traiciones o la venganza van dibujando a un número tan elevado de personajes que ninguno termina viéndose con claridad. Además, los flashbacks son frecuentes y molestos. No todos están justificados. Entre los diferentes escenarios, las diferentes subtramas, el gran número de personajes, las rupturas espacio-temporales y las intrigas, todo se queda en tierra de nadie.
Anonymous no es una mala película, pero no será recordada como una obra cumbre y necesaria. Demasiados errores para que eso sea así. Se deja ver. Curiosa y ya está.
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 9 2012

Macbeth: Burlar una ópera más

Macbeth, la extraordinaria obra de William Shakespeare, no es nada parecida a la realidad. Tal vez la realidad no se parezca a sí misma y, tan sólo, sea un escenario en el que se representan una y otra vez las grandes tragedias que el ser humano está condenado a interpretar. Un escenario en el que todo cabe y creemos sin hacernos demasiadas preguntas. Allí se entra para interpretar y se sale para morir. Allí todo puede suceder si es que el azar o la necesidad, que son la misma cosa, lo necesitan. El bien se confunde con el mal; el amor con el odio; el poder corrompe a cualquiera; la falta de libertad es la falta de vida. Tal vez sea el escenario el que llenándose y vaciándose tantas veces ha dejado de parecerse a sí mismo y lo que vivamos sea la realidad haciendo de actores.
La nueva producción del Teatro Real de Madrid, Macbeth, deja al espectador con un gusto agridulce. Aunque la dirección musical de Teodor Currentzis es excelente, aunque las voces de Dimitris Tiliakos y Violeta Urmana (excelentes del mismo modo) se acompañan de una interpretación teatral sobresaliente (sobre todo en el caso de Tiliakos); la sensación que deja la dirección escénica de Dmitri Tcherniakov es la que queda cuando algo se desaprovecha. Tcherniakov repite tras la producción, no hace mucho, de Eugenio Oneguin. Convierte la obra de William Shakespeare en una relectura que se contamina en exceso de la película de Lars von Trier, Dogville. Esa película que resultaba excesivamente teatral para ser cine se acomoda en el escenario que prepara Tcherniakov para que todo se parezca más a un film que a otra cosa. Ocultar al coro en diferentes fases hace que la sensación sea la de estar en una sala de proyección y termina chirriando cada vez que se repite. Ver cantar al protagonista su aria principal en calzoncillos, ver como dispara sin ton ni son (la peor de las soluciones posibles a esa escena) o ver cómo el escenario es destrozado del mismo modo que The Who acababa con sus instrumentos en un último festival de luz y de color; no es lo que un amante de la ópera espera en una ópera de Verdi. Las brujas no son brujas, las apariciones se diluyen. Nada es lo que debería ser.
Intentar que la lectura e interpretación de la obra esté por encima de la propia obra es algo que comienza por ser un error y termina siendo un desastre (más o menos enorme).
Verdi tuvo cuidado al componer su trabajo. La esencia de la tragedia firmada por Shakespeare quedó casi intacta. Macbeth es una de las grandes óperas de la historia. La versión que se escucha en esta producción es la que preparó como definitiva en 1874. Y Teodor Currentzis, impetuoso cuando es necesario, tranquilo siempre, especialmente cuidadoso con el resultado al fundir la música con las voces (algún problema de tempos con el coro, todo hay que decirlo); logra entender la partitura con solvencia, sin una sola duda. La Orquesta Sinfónica de Madrid suena magnífica. Cada día el listón queda más alto.
Todas las voces quedan a la altura que es necesaria. Sobresalen los protagonistas y la de Ulyanov.
Agridulce. Creo que es esa la palabra. La misma que muchos utilizan, también, para mostrar su opinión sobre la línea de trabajo que ha marcado el señor Gerard Mortier en el Teatro Real; o para definir el tipo de público que asiste a las representaciones de un tiempo a esta parte. Son muchas las preguntas y pocas las respuestas. El espectador actual del Real, ¿consume ópera o la ama? ¿Es obligado convertir cada producción en un alarde de falso talento del director de escena? La falta de talento ¿se traduce en esa transgresión que resulta ridícula casi siempre? ¿Es necesario todo esto para que el público asista a la ópera o es la música de Verdi lo que hace de reclamo seguro? Mientras encontramos respuestas a esto, debemos agarrarnos a la grandeza de las obras, esos espectáculos en los que se llega para interpretar y se sale para morir. Como la vida misma. Si Macbeth dispara a lo loco o canta en calzoncillos no es más que una anécdota. Lo otro -el teatro o la realidad, como prefieran- es lo importante.
© Del Texto: Nirek Sabal


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nov 18 2010

Ran: Cómo puede un genio cruzarse en su vida

¿Qué sucede cuando alguien se encuentra con un genio por el camino? Puede quedarse perplejo, puede sentir una gran emoción o cualquier otra cosa. Eso depende de cada sujeto. Pero hay algo común, sea quien sea el genio y sea quien sea el que lo encuentra. A partir de ese primer contacto nada será igual. Los esquemas del individuo se modifican de inmediato y su criterio también. Todo lo que esté por debajo de lo que ahora conoce no le interesará. Por ejemplo, uno ve El ángel exterminador de Buñuel y la forma de mirar el cine se modifica. Ese era un genio. Pero si la película que descubre es Stalker de Andrei Tarkovsky pasa lo mismo. Era otro genio. Lo que antes era una película entretenida se convierte en un paquete. El ansia por ir más allá en el conocimiento hace que se evite cualquier pérdida de tiempo con obras menores.
Encontrarse con Akira Kurosawa por el camino es sinónimo de ruptura de esquemas, de amor incondicional por su cine, del descubrimiento del color como elemento esencial de la imagen, del conocer un trabajo riguroso con la luz al rodar, del encuentro con un cine exquisito que resulta inolvidable desde el principio. Encontrarse con Akira Kurosawa es encontrarse con un genio.
Una de sus películas es Ran. Una de sus obras maestras. Tardó diez años en rodarla desde que comenzó su planificación (eso da una idea de cómo trabajaba este director aparte de la falta de presupuesto que, supongo, también influiría en ese largo proceso). La idea nace de una historia protagonizada por un señor feudal japonés (Motonari Mori) que siendo viejo tiene que enfrentarse a un tiempo de grandes conflictos que terminarían con la unificación de los territorios de Japón. Pero, aunque ese es el germen de lo que cuenta Kurosawa en la película, lo que aparece con más claridad para el espectador occidental es la problemática que plantea William Shakespeare en su obra El Rey Lear. Ya saben, traición, avaricia, batallas fraticidas, egoísmo, muerte. Ya que la cultura oriental se le hace extraña al occidental (existe un desconocimiento muy serio de ella) y eso lo sabe el director, elige un momento histórico muy concreto para colocar la acción de modo que sea algo más universal (Era Sengory). Por ejemplo, en el siglo XVI, los samurais podían elegir estar a las órdenes de otro señor si con el que estaban no les agradaba. Así, en ese escenario, los personajes de Ran se mueven con más libertad (aunque corresponden a las costumbres del momento de forma casi exacta) y pueden presentar actitudes mejor entendidas por todos, mucho más flexibles, de paso.
Hiderota Ichimonji (Tatsuya Nakadai, espléndido en su papel) se encuentra mayor y decide dividir sus tierras entre sus tres hijos. Ha sido un guerrero despiadado y ha conseguido su fortuna a base de conquistar tierras, eliminando familias enteras y siendo implacable con el castigo. Los dos hijos mayores (Taro y Jiro) le adulan. Saburo, el menor, pone en duda lo que tiene planeado su padre. El irascible y orgulloso Hiderota le termina desterrando. A partir de aquí, los dos mayores comienzan a planear venganzas y asesinatos; el anciano es desterrado y se ve obligado a vagar por sus tierras encontrándose con el horror que él mismo ha generado; los días de la casa Ichimonji tiene los días contados. Ayuda a que todo se precipite la intervención de la Dama Kaede (esposa del hermano mayor) y que desea una venganza cruel para toda la familia, puesto que el anciano acabó con la suya y con sus posesiones, por lo que conspira haciendo que los hermanos acaben entre sí. En fin, todo venganza, todo deslealtad, todo sangre y muerte. La historia es fascinante, intensa, emocionante y profunda. Aunque es la puesta en escena lo que convierte la película en algo grandioso.
La dirección artística está cuidada al máximo, la fotografía es excelente, el vestuario (su colorido y la exactitud del corte) llena la pantalla por sí mismo; el director consigue que los extras no lo parezcan al dirigirlos con maestría y que se multipliquen como por arte de magia con un movimiento casi matemático de la cámara. Y, por último, el uso de la música y de los colores convierten la película en un espectáculo maravilloso. La escena en la que los ejércitos de los hijos atacan el castillo del padre es impresionante. Mientras vemos la parte más brutal del hombre, el horror de la guerra, escenas de una crueldad asombrosa, suena el Adagio de Toru Takenitzu. Tranquilo, excelente, bello. La suma de lo visual y lo musical hace que todo adquiera un sentido poético asombroso. Colores en movimiento marcado por lo sublime. Y digo colores porque Kurosawa marca a cada ejército con un color distinto (entre otras cosas intentando evitar confusiones en el espectador que sin esa referencia no sabría lo que ocurre en cada toma). El amarillo para el hermano mayor (no cualquier amarillo sino uno muy pálido, algo difuso como el carácter del personaje). El rojo para el segundo de los hermanos (venganza, sangre, muerte). El azul para el pequeño (un azul suave que hace pensar en la calma). Una batalla perfecta desde un punto de vista cinematográfica.
Ran es una película extraordinaria de la que ya se han dicho casi todas las cosas que son posibles. Ran es la película de un genio.
© Del Texto: Nirek Sabal


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