jun 27 2011

Cuento de verano: Elecciones ciegas

Una vez leí, en la página de contactos de un periódico antiguo, un misterioso anuncio que decía así: Sólo existen tres cosas que no volverán: una palabra hablada, una bala disparada y una oportunidad perdida.
La rotundidad de la frase, que me persiguió desde entonces, me hizo dudar por un momento si marcar el número de teléfono del misterioso anunciante o pasar página y seguir buscando a otro desconocido que me vendiese un humidificador que humedeciese el aire de mi habitación y aliviase mi fastidiosa sinusitis. Segundos más tarde, yo pasaba página y encontraba un humidificador a precio de ganga que compré enseguida y sin pensarlo.
Me acordaba de este viejo suceso cuando veía el bonito Cuento de verano de Éric Rohmer, que, aunque prescinda de disparos y balas, sí explota las palabras y las oportunidades de cuatro seres pensantes que hablan por los codos, aparentemente extraídos de la realidad, pero que bien podrían corresponderse con prototipos filosóficos kantianos o platónicos.
Gaspard, un tímido matemático y compositor de canciones marineras es tentado por tres chicas durante un verano en Bretaña: Lena, un insípido amor platónico al que espera hasta el fin de la película y con la que planea un romántico viaje a Ouessant. Solene, un segundo plato imperfecto que sustituye a Lena en su ausencia, excesiva en principios, sobre todo sexuales, y con la que Gaspard pretende viajar a Ouessant si le falla Lena, y Margot, la etnóloga-camarera que le sirve de postre e insiste todo el verano en conquistar a Gaspard y acompañarle a Ouessant, si además de fallarle Lena, le falla Solene.
Ouessant se convierte entonces en el destino imposible de Gaspard, condenado a vagar eternamente sin rumbo definido y con el peso de un conflicto sentimental paralizante y desgraciado: el miedo a equivocarse en una elección.
Al no saber qué hacer con sus dependencias e indecisiones, Gaspard se dedica a coleccionar una tonelada de por si acasos en la recámara mientras acaba citado por Lena y Solene a la misma hora para emprender el viaje que también le había prometido a Margot.
La propuesta telefónica urgente con la oferta de un misterioso magnetófono sirve de excusa para huir del lugar en riguroso secreto, resolviéndose así la incómoda situación. Pero antes de partir, se despide de Margot a la que le propone, ya rendido, el renombrado viaje a Ouessant. Pero ya ha pasado tanto tiempo, que a Margot dejó de entusiasmarle la idea y, además, espera a su novio que vuelve de París.
Y así termina un verano de indecisiones y torpezas, con una larga lista de palabras y oportunidades perdidas que me inspiraron la siguiente reflexión:
¿Cómo reconocer una oportunidad? ¿Cómo elegir la opción correcta entre todas las opciones? ¿Acaso no es arriesgada cualquiera de ellas? ¿Que hubiese sido de mi sequedad nasal si en vez de al vendedor de humidificadores hubiese telefoneado al misterioso anunciante de las palabras perdidas? Quizá tuve que pasar la página y consultarlo con un psicoanalista, ya que mi sinusitis resultó ser psicosomática, y mi destino cambió en el momento en el que le salvé la vida al vendedor de periódicos cuando éste estuvo a punto de morir atragantado por un caracol. Nos casamos en junio, compramos un balneario blanco de ventanas amarillas y un West Highland terrier llamado Ortega. No supe exactamente si esa era mi oportunidad, o ya había pasado, o quizá estuviese por llegar. No lograba reconocerla. Me parecía imposible. Eran tantas las elecciones erróneas cometidas que una ya no estaba muy segura dónde estaba el acierto, si acaso existía. Y aunque vivía muy feliz en la humedad natural de mi balneario e incluso vendí todos los ejemplares de mis cuentos de verano, no tuve más remedio que darle la razón a Walter Benjamin cuando afirmaba: Considerada desde la fatalidad, toda elección es ciega y conduce a la desgracia.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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may 22 2011

Sacrificio: Aceptar sociedades es imposible

La nostalgia, podría calificarse como la enfermedad anímica que nos produce la ausencia, sea de momentos, lugares o amantes, da igual. Es un sentimiento que aparece en brotes ocasionales en unos y como un estado anímico y persistente en otros. Pero en todas las ocasiones resulta una emoción triste y desalentadora sin antídoto.
Esta fue mi impresión de Sacrificio, la película que hizo Andrei Tarkovski con una infinidad de referencias a Ingmar Bergman, una exquisita imagen en un color casi blanco y negro, unos travellings casi imperceptibles, y, como argumento, una fe filosófica que yo comparto, mucho más, descrita con las formas suaves y delicadas de Tarkovski.
La película va al grano desde el principio cuando Alexander, un filósofo y autor teatral, le explica a su hijo pequeño, afónico y aquejado de amigdalitis, como cuidar un árbol nuevo para que florezca. El discurso existencialista de Alexander con su hijo regando el árbol, es una escena clave que va dando paso, con una suavidad extraordinaria, y con el cumpleaños de Alexander como fondo, a toda una historia dónde el tema primordial es, sin duda, la fe y el existencialismo y que termina en una catarsis absoluta.
Por la noche, en la celebración de cumpleaños, cuando los invitados están reunidos alrededor de la mesa, se comunica por televisión la noticia del comienzo de una tercera guerra mundial. La reacción de Alexander ante el suceso consiste en el sacrificio de ofrecerle a Dios todas sus propiedades materiales y sentimentales a cambio de auxiliar a un mundo insalvable y catastrófico del que reniega y deserta incendiando su hogar mientras su familia y amigos dan un paseo por el campo.
La escena final de incendio purificador con Alexander corriendo en pijama y sin zapatos alrededor de su casa en llamas, termina con los camilleros de la unidad psiquiátrica llevándose a Alexander en una vieja ambulancia y con un bonito plano de su hijo regando el árbol y hablando por fin.
Cuando veo esta película o cualquier otra de Tarkovski, o leo las ensoñaciones de Walter Benjamin, las meditaciones de Descartes o las del Quijote que en estos tiempos modernos de nuevas tecnologías y profundos trastornos mentales resultan tan anacrónicas, siempre, en cada línea, escena o ensayo, entiendo la misma premisa:
El hombre rinde al máximo de su capacidad cuando adquiere plena consciencia de sus circunstancias. Creo que en estos años de circunstancias tan modernas y maravillosas, la sociedad no hace más que agotar sus energías en vender una forma de administrarse, fortalecerse, pensar en general…, en una cultura colectiva, digital, humanitaria…, porque resulta algo muy frívolo y egoísta dedicar una gran parte de su energía  al enriquecimiento  de una vida y de un mundo mucho más íntimo e individual que exigiría procedimientos superiores, prohibitivos.
Las personas como Alexander o como yo, que no logramos aceptar nunca esta sociedad porque pensamos que todas las maravillas, innovaciones y prodigios de esta época tuvieron que estrecharse y encogerse algún día para pasar por el corazón de un hombre, un individuo, tenemos varias opciones: pegarnos un tiro en la sien, tirarnos por la terraza de un piso muy alto, inyectarnos una tonelada de benzodiacepinas o, por último, adaptarnos a un mundo en el que no hay un afuera dónde desertar.
Como uno no cuenta fácilmente con una pistola, vive en un piso muy bajo y sabe que para escapar a base de benzodiacepinas tendría que caerle a uno encima un camión farmacológico, pues uno acaba viviendo inadaptado, incendiando bonitas casas campestres y corriendo en pijama por los charcos. Con, eso sí, la completa seguridad de que este mundo tampoco logra adaptarse a nosotros, pero eso, a Alexander y a mí, nos importa un bledo.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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jul 28 2010

Brillar con luz propia

Esta mañana me apetecía escribir sobre una película que no he visto nunca. No sé quién la dirige, por ejemplo. Ni cuál es su reparto de actores. No imagino su banda sonora, ni su fotografía. Tampoco conozco al osado que se atrevió un día a adaptar ese guión. Ni idea.
Yo quería referirme, quiero escribir esta mañana, sobre el significado de la química según Goethe. La química entre las personas, el feeling que todos sufrimos cada tres o cuatro siglos, unos más desenfrenados y ardientes que otros, pero siempre incontenible y huracanado. Inexcusable.
Una vez, hace ya unos años, después de superar varios episodios químicos con finales inútiles e infructuosos todos, y rendida ya ante mi desastrosa vida sentimental, yo me propuse escribir en serio sobre el asunto y no se me ocurrió otra cosa que escribir el guión de un corto-homenaje a Goethe con la intención de vomitar todas mis catástrofes amorosas. De gritarle a todo un planeta lo que yo, desde mi perspectiva cada vez más pesimista, pensaba sobre el amor, esa palabra tan rotunda que todos pronunciamos tan alegremente sin saber muy bien de dónde proviene, cuál es su significado exacto, las infinitas connotaciones que posee…
Para escribir mi osado guión, yo me basé en Las afinidades electivas de Goethe, novela basada en el tratado químico (De attractionibus electivis) de un tal Torbern Bergman, un químico sueco del XVIII que pretendía una explicación de ciertas reacciones químicas. El tal Bergman buscaba la razón por la que, por ejemplo, si se pone un trozo de una tierra calcárea unida a un ácido débil en una solución diluida de ácido sulfúrico, éste toma la cal y el ácido débil se desprende de forma gaseosa.
Goethe representa en su historia la atracción y la afinidad, el abandono y la unión, en forma de doble descomposición química. En una cruz dónde cuatro elementos químicos hasta entonces unidos dos a dos, entran en contacto, dejando su anterior unión para unirse de otro modo. Las afinidades empiezan a ser interesantes cuando producen separaciones…
La tierra calcárea, el ácido débil, el sulfúrico y las formas gaseosas son perfectamente sustituidos por personajes: Eduard, Charlotte, Ottilie y el Capitán.

Mi pretencioso y personalísimo homenaje a Goethe fue escrito con todo mi amor hacia él un invierno etílico y nublado bajo luz naranja, y rodado un verano de resacas y tempestades marcado por mi ausencia y un bonito tratado científico.
El fugaz rodaje de mis afinidades electivas, que observé de lejos y con unas enormes gafas de sol, el visionado posterior de esa cinta, y la incomprensión de ésta por parte de la audiencia, me llevó a la siguiente conclusión:
Es inútil pretender adaptarlo todo a imágenes. Es más conveniente dejar estas cosas por escrito. Los tratados químicos como los ensayos metafísicos. Las novelas brillantes deben permanecer intactas e inadaptables. Brillantes.
No existe casting posible para escoger a un Eduard o a una Ottilie. No existe secuencia que describa a un ácido débil desprendiéndose de forma gaseosa. Ni iluminación que ilumine soluciones diluidas de ácidos sulfúricos.
O, a lo mejor, sí, pero como decía la última frase de mi guión: No acostumbro a destrozar las novelas de las que hablo aquí.
Dejemos a los químicos poetas en paz.
Considerada desde la fatalidad, toda elección es ciega y conduce a la desgracia (Walter Benjamin).

© Del Texto: Sonia Hirsch