mar 18 2013

Los amos del barrio: Ni risas, ni sonrisas

Cuando alguien acude al cine para ver una película espera encontrarse con lo esperado. Es decir, anunciamos una comedia y el espectador cree que reirá, anunciamos un musical y espera disfrutar de una trama soportada sobre música, canciones y coreografías. Esto es lo básico, es verdad, pero no deja de ser la expectativa primera. El espectador elige  o no las películas, entre otras cosas, por su estado de ánimo, por sus apetencias en un momento concreto. De este modo, si quieres ver una comedia, echas un vistazo a la cartelera para señalar una de ellas. Vas a la sala y esperas reirte, sonreír, pasar un momento agradable. En fin, quieres ver una comedia.
Los amos del barrio se anuncia como una película divertida, simpática, llena de posibles carcajadas. Es, en realidad, un tostón que no hace sonreír a nadie, una película que intenta fundir esa carcajada con un toque de horror (tampoco hay horror alguno) llegado del espacio exterior en forma de aliens. Esos aliens son una mofa a la inteligencia, sosos como el resto del trabajo. Un paquete de tomo y lomo. Todo sin excepción.
Ben Stiller dicen que es un todo terreno de la interpretación. Sin embargo, es más alguien que quiere hacer muchas cosas y no termina de hacer ninguna bien. Es un actor mediocre. Vince Vaughn intenta defender su papel, pero eso es casi imposible. Su personaje se pasa la película entera diciendo idioteces sin gracia alguna. Jonah Hill hace lo que puede con un personaje que es medio tonto y llevado al extremo para conseguir arrancar una risa que no llega. Lo de Richard Ayoade es el colmo de la sosería. Un auténtico marmolillo. Aparece en pantalla Rosemarie DeWitt en algunas escenas y nadie se explica para qué.
Pero si lo de los actores y sus personajes es un desastre, lo del guión es vergonzoso. No se puede acumular mayor número de memeces en tan poco tiempo y en el mismo libreto sin convertir el resultado en un monumento a lo que no debe ser.
La dirección de Akiva Schaffer es muy floja. Dedica sus esfuerzos a que todo fluya sin tener en cuenta que no hay nada que pueda hacerlo. Porque nada tiene sentido, porque todo se vacía por los cuatro costados al minuto y medio de proyección.
La película contó con un presupuesto altísimo que no se recuperó. Normal, no se puede usar el dinero para algo tan tonto como esto y quererlo vender como si se tratara de la película del año.
Los espectadores no son tan tontos como los personajes de Los amos del barrio. E intentar colocar una película sin esa premisa por delante no puede traer nada bueno. Tal vez sea la película en la que más dinero se han gastado por chiste malo de la historia del cine.
© Del Texto: Nirek Sabal


jul 23 2010

Hacia rutas salvajes: Buscando parcelita perdida en Alaska

Ayer alguien me recordaba esta película. Un gran “invento del demonio”, me dijo. Una, que es de natural entusiasta, se palmeó la frente y se dijo “Es verdad. ¿Cómo no he hablado aún de esta película?” Así que he hecho propósito de enmienda y de hoy no pasa. Aquí estoy, teclado en ristre, preparada para meterle mano a Into the Wild, traducida como Hacia rutas salvajes. Debo decir que, a pesar de que me gustó por los motivos que diré, no es más que una película agradable, pero que merece le entreguemos las dos horas y media que los tendrá clavados en una butaca.
Esta película, basada en la novela de  Jon Krakauer (en la que recoge su propia experiencia personal), cuenta con un guionista y director que cada día me sorprende más: Sean Penn ; con un director de fotografía excelente que es Eric Gautier (Diario de una motocicleta) y una banda sonora espectacular de Michael Brook. Dicen que Sean Penn se enamoró de Christopher McCandless (el protagonista) cuando leyó la novela y que tardó más de diez años en conseguir los derechos para rodarla.
Algunos críticos la han clasificado como una “Road movie”, pero eso, a mi entender, no califica nada, lo verdaderamente cierto es que estamos ante una película vistosa, bella y que invita a reflexionar.

Christopher McCandless (Emile Hirsch), estudiante universitario, con un futuro prometedor, que lee a los autores rusos Tolstoy, Dostoevsky, decide dejarlo todo (estudios, familia idílica, etc.), cambiar su nombre por el de Alexander Supertramp, entregando todos sus ahorros a la caridad y marchar a Alaska donde espera encontrarse a sí mismo, vivir en libertad, escapando de un mundo que no le gusta y del que siente no pertenecer. Marcia Gay Harden y John Hurt interpretan a unos padres destrozados por la pérdida de un hijo que decide dejar el mundo al que ellos pertenecen y que no terminan de comprender. Chris viajará sin un dólar en el bolsillo, se tendrá que ir buscando la vida paso a paso. Por el camino, encontrará a personas que, como él, no encajan en el mundo que les ha tocado vivir. Cris abandona un mundo confortable desde un punto de vista económico y familiar y se adentra a vivir en y de la naturaleza.

Un película sujetatada por la brillante actuación de un desconocido Emile Hirsch y un conjunto de actores secuendarios, encabezados por Vince Vaughn, Hal Holbrook y Catherine Keener que están sencillamente estupendos.

Alguien podría pensar que Sean Penn nos hace trampa y que como golpe efectista nos presenta a Alexander Supertram como un hijo de papa que se va a vivir al monte para que el contraste, entre lo que deja y a donde va, sea tan espectacular que el espectador no pueda quedar indiferente y sitúe al protagonista en el limbo de los buenos hombres. Sin embargo, pese a que la trampa existe (ahí está) lo cierto es que Penn nos la cuela bien y eso, muchos lo intentan, pero pocos lo consiguen.

Debo reconocer que cuando vi esta película pasaba por una crisis personal y que mi máxima aspiración, en aquel momento, era pegarle una patada a todo, salir corriendo y desaparecer del mapa durante mil años. Pero claro, yo no soy Chris, ni tengo vocación de Alexander Supertramp, así que me limité a removerme en la butaca en la que estaba sentada, a perderme por los bosques de Alaska, y volver a casa pensando que el mundo me había atrapado. La película también. Hoy, tiempo más tarde, sigo pensando que perderse no está tan mal, que el mundo no va a mejor sino todo lo contrario y que nunca viviré en Alaska. En estos momentos, cuando doblo en años los de Chris, ya tengo escogido el lugar al que marchar caso que me de un arranque como a Alexander Supertramp, la diferencia es que yo en lugar de entregar mis bienes a la caridad sólo podría dejarles deudas.

No se la pierdan, puede que no les guste en absoluto, que crean que es una estafa sobre un niño de papa, desagradecido y colgado, pero yo, quizá por aquello de las filias, me la miro desde el cariño de los que pertenecemos a la fraternidad de los que constantemente buscamos nuestro “yo” y esa parcelita de felicidad que creo nos toca.

Que ustedes la disfruten.

© Del texto: Anita Noire