abr 23 2013

Alacrán enamorado: Crochets para todos


El boxeo ha sido gran fuente de inspiración para escritores y directores cinematográficos. Tanto que, casi siempre, es raro encontrar elementos novedosos en lo que nos quieren contar de un tiempo a esta parte. Con Toro Salvaje ya quedó todo dicho. El mundo negruzco, duro, sucio y desolador alrededor del cuadrilátero ya se ha relatado con detalle y de todas las formas posibles. Al menos eso es lo que parece. Pero esto no debería causar problemas. Homero ya contó todo en su Iliada y su Odisea y, sin embargo, hemos seguido insistiendo sin descanso relatándonos la realidad.
Alacrán enamorado es una buena película. Más por el lenguaje cinematográfico que maneja el realizador Santiago A. Zannou que por el guión que hace aguas por todos los lados. La cámara de Zannou está siempre bien colocada y no busca preciosismos, ni lugares en los que pueda respirar otra cosa distinta de la narrada. Si bien es verdad que las escenas presentadas a cámara lenta no terminan de funcionar bien al buscar detalles ya implícitos en la imagen, y que son lugares comunes mil veces narrados; en general, la dirección de Zannou es vigorosa, correcta astuta e inteligente. Acompaña, de principio a fin, una cuidada fotografía de Juan Miguel Azpiroz que facilita mucho el trabajo.
Los problemas llegan desde el guión. El propio realizador y Carlos Bardem (autor de la novela que se adapta en este trabajo) se muestran irregulares al escribir; intentan aportar un contenido que sirve de relleno al suavizar la trama principal. Y esa es la zona conflictiva. Porque, por ejemplo, el personaje principal modifica su forma de entender sin tener que enamorarse, pero (no sé si por inseguridad de los guionistas, no sé si porque creen que los espectadores necesitan mucho para creer las cosas) se enamora mucho. Esta subtrama parece insertada a la fuerza sin que aporte gran cosa al sentido del relato. En el arte no todo lo que se añade suma.

La película es algo previsible y, casi desde el principio, sabemos que el camino es uno y sólo uno. Se intentan algunos giros argumentales que no terminan de cuajar resultando algo molestos.
Los personajes se perfilan bien. Este es uno de los logros importantes de Alacrán enamorado. El entorno aparece como uno más de ellos. En él se desarrollan los acontecimientos aunque su propia fisonomía provoca que las cosas ocurran. Los actores, lógicamente, ayudan en gran medida. En general, todos están bien aunque destacan Álex González, Carlos Bardem y Hovik Keuchkerian. Javier Bardem defiende un papel muy corto con intensidad. El resto se manejan bien delante de la cámara aunque sin grandes logros.
Tal vez, lo peor de todo, sea la falta de hondura al desarrollar la trama homófona. Parece que está llamada a ser lo que estructure el relato y, efectivamente, se intenta, pero la falta de profundidad y la cercanía al tópico lo deja todo en un intento muy superficial. Se afronta un asunto muy complejo y espinoso y la sensación del espectador puede ser que desembarque en la misma anécdota que de costumbre.
El mundo del boxeo se llena de golpes, de miserias, de trampas, de dolor, de fama pasajera. Se llena de ganchos y directos, de un buen juego de piernas, de pasión, de odios que te hacen perder la pelea. Por eso funciona tan bien en el cine; porque se parece mucho al resto del universo.
Zannou nos intenta dejar besando la lona con Alacrán enamorado. Logra una victoria a los puntos. Todo un éxito dadas las circunstancias y los paquetes (otro término pugilístico) que nos endosan en la cartelera. Aunque, a decir verdad, algún crochet se lleva puesto.
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 6 2011

Toro Salvaje: La fábrica de derrotas

Los boxeadores se pueden dividir entre los que se son pegadores y los que son, por el contrario, encajadores. Los primeros son los que intentan acabar por la vía rápida las peleas. Conocen bien hasta dónde pueden hacer daño con un solo golpe e intentan buscar el mentón del contrario a la primera de cambio. Por contra, los encajadores tratan de asfixiar a sus contrincantes recibiendo puñetazos. Recibirlos es duro, pero darlos es agotador. Son capaces de soportar sin apenas inmutarse y esperan a que el adversario -desesperado y fatigado- baje la guardia para cazarle. Estos suelen terminar sonados, con el cerebro lleno de agujeros.
Martin Scorsese es un pegador nato. Desde el primer plano de sus películas lanza ganchos y directos al rostro de los espectadores. Rápidos y precisos. Demoledores. No hay preparación alguna, no deja unos minutos para estudiar el juego de piernas del que mira. La estrategia es clara: ser demoledor. Suena la campana (en cine se llama créditos) y el combate se convierte en una lucha sin cuartel. Los personajes aparecen con fuerza, los diálogos no buscan las cuerdas sino que profundizan en las psicologías y hacen avanzar la trama. No hay tregua para el espectador despistado. Después de cada asalto no hay rincón en el que tomar aire. Además, Scorsese, tiene en su esquina al mejor grupo de ayudantes que puede encontrar para disputar cada título. Podrá perder algún combate por ko técnico (por ejemplo, en Hollywood, en la ceremonia de entrega de los Oscar), pero derribarle sin que pueda levantarse es casi imposible. Cuando presenta sus películas viene bien entrenado y rodeado de la flor y nata, con el peso justo. Alguien puede decir que el combate (película Vs. espectador) no le ha gustado, que los golpes no han impactado con fuerza, pero nadie podrán acusar a Scorsese de tongo. Nadie.
Toro Salvaje es una película que apesta a boxeo. Pero no es una película sobre boxeo. Cuenta la historia de Jake La Motta, de como triunfa y de como fracasa, de como el fracaso se puede maquillar con lo efímero del triunfo, de cómo el triunfo puede ser -la mismo tiempo- el mayor de los fracasos, de cómo el triunfo es -finalmente- una tortura insoportable. El tema que trata Scorsese (de forma magistral) no es el boxeo (ese es el vehículo necesario para llegar hasta donde quiere) es el fracaso. Porque todo en este mundo lo es. Pero la película apesta -eso es verdad- a boxeo, a sangre, a golpes, a dolor. Es evidente que las escenas que se muestran sobre el ring son boxeo, pero el resto (las que relatan el matrimonio de La Motta o la relación con el hermano) son tan brutales como lo es un ko después de que un púlgil reciba una paliza inmensa.
Robert De Niro interpreta el papel de La Motta. Está estupendo. Además, (cosas de este actor) aparece gordo como un globo o en plena forma física sin caracterización alguna. Engordó para parecerse al verdadero La Motta y se pasó por el gimnasio para subir al ring siendo creíble al cien por cien.
Joe Pesci y Cathy Moriarty, aunque más discretos, también sobresalen en sus interpretaciones. El guión de Paul Schrader y Mardik Martin es espléndido y, rematado con el montaje extraordinario que se realizó, se convierte en algo difícil de repetir. Dicho esto, comprenderán que los espectadores pierden el primer aslto a los puntos según ponen un pie en la sala. La fotografía de Michael Chapman tampoco desentona y es fantástica. Será difícil que alguien retrate con tanto acierto a un boxeador sobre el ring. Cercano al expresionismo más brutal, Chapman arranca hasta el último detalle en cada toma. El montaje (ya he dicho que es extraordinario) termina haciendo de la película un combate de boxeo en sí mismo. Rupturas, elípsis, cierta brusquedad en el ritmo narrativo. Tal y como es una pelea entre doce cuerdas. Todo parece ser una sucesión de asaltos que provoca en el espectador la sensación de recibir golpes para los que, por inesperados, no tiene defensa alguna. La banda sonora es notable. Incluye el Intermezzo de la Cavalleria Rusticana de Mascagni. Y eso es garantía de buen gusto. Es curioso cómo funciona la imagen brutal que arrastra el boxeo acompañada de una música exquisita. Y este es el primer crochet de izquierda que recibe el espectador nada más comenzar la proyección. En pleno rostro. La belleza de la violencia. Su poética sus paños calientes. El resto de la banda sonora es exquisita y matiza cada toma con elegancia.
La Motta triunfó en el boxeo. Llegó a ser campeón de su peso. Soltaba hachazos que no resistía casi nadie. El mismísimo Ray Sugar (el que acabó con la carrera de La Motta) besó la lona un par de veces. Pero triunfó arrastrando sus obsesiones, sus paranoias y, sobre todo, su perfil de fracasado. Los celos, la falta de inteligencia y de astucia fuera de ring, la ambición sin límites que debilita a cualquiera, fueron sus contrincantes definitivos. La Motta nació para fracasar.
Scorsese, en la otra esquina, nació para triunfar. Contando, por ejemplo, este fracaso, este viaje a las alturas y la caída en la lona infernal de una vida dibujada con trazos gruesos e inexactos. Caída en el olvido después de pasados los diez segundos que cuenta en voz alta un árbitro inmutable.
© Del Texto: Nirek Sabal