mar 4 2012

Amor a quemarropa:

Un guión de Quentin Tarantino arrastra, sea cual sea, la marca propia de un tipo que entiende el cine de una forma muy particular. Están garantizados el sarcasmo, la violencia, un lenguaje soez y un mundo completamente disparatado en el que todo se arregla gracias a un azar que se suele arrimar a los menos malos. Amor a quemarropa está escrita por Tarantino. Cuando escribió el guión trabajaba donde podía y no tenía un dólar en bolsillo. Hasta que no rodó Reservoir Dogs nadie le hizo mucho caso. Pero logró filmar esa película y los guiones que andaban sueltos con su firma se convirtieron en películas. Tony Scott fue el encargado de convertir el libreto en película consiguiendo una obra que marcó los años noventa aunque mucho menos de lo que debería. En manos de Tarantino hubiera sido otra cosa. Eso seguro. Y hubiera sido una cosa mucho mejor. Creo yo que no hubiera montado el trabajo de forma tan lineal. Creo yo que hubiera sido mucho más tremendo en las escenas violentas. Creo yo que nos hubiera hecho reír más con el desastre de mundo que presentaba en su guión. Y creo que hubiera elegido otro reparto.
Tony Scott no es un gran director. Mueve la cámara con cierta gracia cuando se trata de escenas de acción trepidante. Pero poco más. Y dirigiendo a los actores no es nada del otro mundo. En Amor a quemarropa aparecen muchos que más tarde serían grandes estrellas y lo hacen sin pena ni gloria. Porque convierte los personajes episódicos en menos que secundarios. Se libran (no por la dirección sino porque son muy buenos) Dennis Hopper y Christopher Walker en una escena inolvidable en la que el diálogo alcanza el mejor nivel de la película. El resto del reparto, incluidos Christian Slater y Patricia Arquette están discretos. La película, es verdad, resulta muy entretenida y casi desquiciante en su desarrollo (por la rapidez y cantidad de cosas que ocurren), pero es cosa del guión. La puesta en escena es normalita, la fotografía también, la partitura desajustada (buena música de Hans Zimmer que iría como anillo al dedo a cualquier otra película); todo es más normal de lo que parece.
La evolución de los personajes es escasa (de eso sí tiene la culpa el guionista). Terminan como empiezan. Y el final es algo previsible. Eso es algo que lima el interés del espectador aunque no se puede considerar una falta grave. La historia (siendo de Tarantino es normal) no busca grandes profundidades ideológicas ni nada por el estilo. Quiere mostrar un mundo rebosante de violencia; un mundo en el que todos somos malos y en el que sólo necesitamos una oportunidad para demostrarlo; un mundo del que hay que reírse, un mundo que no puede tomarse en serio porque el destino juega con todo sin una norma que se pueda tomar como segura. Amor a quemarropa es una película entretenida. Nada de obra maestra ni peliculón. Pero se deja ver. Sin niños alrededor. Sólo adultos dispuestos a bucear en la zona más mugrienta del mundo. Un mundo en el que el amor (la parte reluciente para muchos) resulta ser tan asqueroso como todo lo demás.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jul 21 2010

Dèjávu: Vida, muerte, tiempo y estupidez

La propuesta de viajar en el tiempo, de retroceder para modificar el futuro, sus consecuencias y la idea de poder plegarlo para dominarlo es antigua, está muy sobada y suele terminar en desastre discursivo. Es decir, una propuesta que termina siendo absurda, inverosímil y estúpida cuando tratan de pegarla a la realidad y no a la fantasía que es lo que toca. Se convierte en un bucle infinito que no entiende ni el que la plantea. Es un problema de aquel que se mete en camisas de once varas.

En el caso de Dèjávu, película dirigida por Tony Scott, se trata de justificar la posibilidad de manipulación temporal con unos avances técnicos completamente delirantes. No lo consigue, por supuesto. Y todo se derrumba. Si fuéramos generosos y aceptásemos semejante cosa como posible, la cosa se desmoronaría del mismo modo. En ese sentido la película es impecable. Hagas lo que hagas, mires como mires, todo se destruye irremediablemente. Ya saben, el dichoso bucle. Regreso al pasado; modificación del futuro, pero sólo si se viaja al pasado y así sucesivamente. Lo que han contado otros con el mismo final. Desastre. Defienden director y guionista que el tiempo no existe. Menudo descubrimiento. Esto ya lo resolvieron los filósofos hace muchos años. Igual se leyeron algún libro (guionista y director) sobre el asunto y lo dejaron a medias, justo cuando llegaba lo bueno. Porque es verdad que el tiempo no existe, es una convención creada por el ser humano, pero el concepto va más allá de lo que nos cuentan estos muchachos. Mucho más allá.

El caso es que Doug Carlin (Denzel Washington) es un tío superlisto y supervaliente que investiga un atentado terrorista. Aparece un cadáver alejado del suceso que puede tener alguna relación. Es el de una mujer (Paula Patton) que, efectivamente, servirá de nexo entre unas cosas y otras. Los buenos muestran a Carlin un montaje gracias al que se puede ver con detalle lo que ha sucedido cuatro horas antes en cualquier punto del planeta (ya les digo que la cosa es impresionante del todo). Y Carlin termina siendo transportado al pasado (también es posible, todo es posible) para enamorarse, salvar a la mujer, a todos los muertos del atentado y, de paso, cepillarse al malo. Ah, él muere. Sí, Carlin. Pero no pasa nada, pueden estar tranquilos. Como el tiempo no existe, Carlin, en el momento de morir, vive en otro lugar. Después de morir llega vivo y se reencuentra con la mujer de su vida. Mola mucho. Pero claro, si esto es así, supongo que el malo malísimo muere y vive al mismo tiempo. No sé. Unos sí, otros no. Qué fatalidad.

Los actores están correctos. Tampoco es que los papeles exijan mucho más que una sonrisa o disparar un millón de veces en tiempo record. La música normalucha. Pasa desapercibida. El guión, ya lo saben, es insultante con el espectador por malo. Y la fotografía es facilona aunque, es verdad, tampoco hace falta ningún alarde. Sería trabajo desperdiciado. Ahora bien, si quieren estar un rato mirando cine (del malo) lo pueden hacer sin grandes problemas porque estás películas lo intentan salvar todo con un ritmo trepidante y eso, para desconectar, no es mala cosa. Eso sí, si quieren explicarse algo sobre el tiempo empiecen por Stephen Hawking y no pierdan ni un minuto.

© Del Texto: Nirek Sabal


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