nov 9 2010

Annie Hall: La historia de cualquier pareja

El cine no deja de ser una forma de comunicar. Con su propio código, desde luego, pero no es otra cosa que eso. Por lo tanto, es necesario que se establezca un vínculo entre el espectador y lo narrado. El camino más fácil, el más efectivo y seguramente el único, es que el espectador se vea reflejado en lo que que se cuenta. Como en literatura, el cine es una representación de una realidad compartida por muchos, reconocible y susceptible de ser entendida por el que mira la pantalla. Cualquiera puede comprender qué es lo que le sucede a un personaje y, lo más importante, necesitamos saber más sobre eso que le pasa para poder explicarnos a nosotros mismos, nuestro mundo, el de verdad. Dicho de otra forma, esta es la razón por la que una película gusta o no al espectador.
La importancia del cine que ha hecho Woddy Allen, sobre todo desde que rodó Annie Hall el año 1977, llega desde ese territorio común que ocupan sus películas y la película de cada persona que se sienta a ver su cine. Con este film, Allen da un giro en su producción que le lleva desde una comedia más bufa (en la que sus personajes son una burla de sí mismos y de su entorno) a otra en la que los personajes viven la realidad que les toca sufrir y tratan de comprender. Desde la ironía, el sarcasmo, pero lejos de una comicidad en la que los personajes se dibujan con trazos ajenos.
En Annie Hall la tesis que maneja Allen es que la vida es un desastre aunque, finalmente, se nos hace muy corta; que las relaciones interpersonales, aunque patéticas y dolorosas, son necesarias para todos nosotros. Y digo para nosotros porque la historia que narra bien podría ser la de cualquier pareja del mundo. Comienza la película con ello y termina con eso mismo. Entre medias, nos prepara una comedia inolvidable por inteligente; muy bien contada; repleta de recursos narrativos que intentan convertir, con éxito, al espectador en cómplice; montada sobre unos diálogos que, aun estando salpicados de chistes ingeniosos y efectistas, forman un conjunto extraordinario que lanza a los personajes (especialmente al que interpreta Diane Keaton que no es otro que Annie Hall) hacia una evolución magnífica. Ya no es tan importante el ingenio del director para hacernos reír. Ahora, lo esencial es que nos coloca definitivamente frente a nuestra forma de entender las cosas para que nos planteemos si eso funciona o no.
La interpretación de Diane Keaton es casi perfecta. Dicen que ella tuvo mucho que ver en la construcción del personaje cuando se pensó en él. Quizás por ello, la naturalidad de la actriz es tan arrolladora que, desde el primer momento, el personaje aparece totalmente creíble. Woody Allen es Alvy Singer. Extraordinario también. Aunque el director siempre ha dicho que Singer se parece mucho menos a él de lo que la crítica ha dicho y el público intuye, soy de la opinión de que se parece mucho más de lo que Allen estaría dispuesto a admitir. Tal vez, por ello, su interpretación es, como decía, extraordinaria.
Alvy es el narrador. Nos llevará hasta la casa de sus padres cuando él era niño, de aquí a allá rompiendo la linealidad de la narración; incluso le veremos convertido en un dibujo animado. Tiempo y espacio se pliega a las necesidades narrativas. No sólo para el espectador. También para los personajes. Alvy, Annie y Rob (Tony Roberts) podrán ver (sin intervenir en la acción, por supuesto) lo que sucedía en casa de Alvy muchos años atrás. Original y solvente forma de narrar. Aunque Alvy es el narrador, el punto de vista se modifica en su focalización para que sea el personaje de Annie el que se deje ver y el que más evolucione.
La película tiene un aire que nos recuerda, ligeramente, al documental. Quizás sea por ello por lo que aparezcan las imágenes de el de Marcel Ophüls (Le Chagrin et la Pitié) que es lo único que puede ver el personaje cuando va al cine y que es lo que ve Annie cuando visita Nueva York aunque lo ha visto un millón de veces. Los guiños al cine y a sus autores son muy numerosos durante el metraje.
Si alguien quisiera conocer las obsesiones y los asuntos recurrentes en la obra de este director, viendo esta película podría hacerse una idea casi exacta sobre ellos. La muerte y la relación que el hombre tiene o debería tener con ella; la importancia del psicoanálisis; la familia como origen de la personalidad del individuo; el mundo cultural como nido de anormales y charlatanes; la religión como motivo de aislamiento y un amor devoto por Nueva York que compara a Los Ángeles por ser el contrapunto exacto. Todo Allen está en Annie Hall. Todos nosotros lo podemos estar también. Esa última escena en la que los personajes se encuentran para confirmar que ese encuentro es imposible; esas conversaciones que el director matiza con subtítulos para mostrar que el lenguaje puede estar muy distante de lo pensado; ese enamoramiento que se va convirtiendo en un recuerdo que tapa lo cotidiano; todo esto podría ser la relación de cualquier pareja. Escuchamos a Alvyn dividir a las personas en horribles o miserables. Los horribles son los que están enfermos y pasando una vida horrible. Los miserables el resto. Por ello debemos estar satisfechos. Todos miserables, todos iguales.
A mí me parece una de las mejores comedias de todos los tiempos, una comedia a la que regreso con insistencia. Un peliculón, vaya.
© Del Texto: Nirek Sabal

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ago 2 2010

Comedia sexual de una noche de verano: El cine entretenido también existe

¿Sigue usted pensando en ese viejo amor de verano que dejó escapar? ¿Han tenido alguna vez fantasías sexuales con una persona mucho mayor que usted? ¿Es un crápula y cree que no podrá dejar de serlo jamás? ¿Hay algo que le impide tener relaciones sexuales con su pareja? Pues no pasa nada, alégrese. Woody Allen existe y hace cine.

Es verdad que Comedia sexual de una noche de verano no es Misterioso asesinato en Manhattan, ni Annie Hall ni La rosa púrpura de El Cairo. Es una comedia con la que Allen intentó regresar a lo que era después del desastre (entre la crítica y gran parte del público, no para el que escribe) de Recuerdos. Allen en estado puro cuando quiere hacer comedia. Una divertida y alocada película con la que pasar un rato estupendo.

Suena la música. Oh, Mendelsohn, Felix Mendelsohn.

Una casa de campo idílica encuadrada en un escenario de campanillas.

Andrew (Woody Allen) es inventor de aparatos inservibles y absurdos. Su esposa Adrian (Mary Steenborgen) sufre una frigidez preocupante. Dicen estar enamorados uno del otro. Reciben la visita de dos parejas. Ariel (Mia Farrow), antiguo amor platónico de Andrew, se casará al día siguiente con Leopold (José Ferrer), filósofo engreído, arrogante y pedante a más no poder. Un imbécil, vaya. La otra pareja la forman Dulcy (Julie Hagerty), enfermera y completamente desinhibida, a la que acompaña Maxwell (Tony Roberts), médico, vividor y seductor. Es el mejor amigo de Andrew.

La música suena y los secretos que todos tienen y que afectan al resto se van mostrando de la forma más disparatada y enredada posible. Secretos muy pegados al sexo. El caso es que la cosa se complica y las parejas tienden a deshacerse entre revolcones soñados, pasados o reales.

Entre diálogos inteligentísimos, inventos imposibles que convierten la trama en un disparate más que divertido, entre escenas cercanas al cine mudo en las que el lenguaje corporal de los actores es el que manda (magnífico todo el reparto gracias a la dirección de Allen), un montaje muy acertado para lo que trata de contar el director y para lograr un dinamismo notable durante toda la película; entre todo esto, decía, podemos disfrutar de una de las películas más entretenidas de Allen. Entretenida porque no enfrenta lo que quiere contar desde lo profundo sino desde lo más demencial y cercano a la realidad, desde la parodia. Este director que siempre quiso psicoanalizarse y siempre quiso psicoanalizar a medio mundo, se tomó un respiro para alejarse de su admirado Bergman y acercarse más a sus orígenes. No logró la mejor de sus películas aunque sí una de las más asequibles para cualquier espectador.

© Del Texto: Nirek Sabal


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