ene 10 2013

Pactar con el diablo: Quedarse en nada

Por mucho esfuerzo que se haga, algunos asuntos son difíciles de tratar en un par de horas. El libre albedrío, pudiera caber. Pero si añadimos la soberbia como motor del mundo y a Dios, la cosa se hace imposible. Está muy bien ser ambicioso con las propuestas, pero hay que tener los pies en el suelo. Salvo que queramos dejar enunciado el asunto y poco más, es mejor elegir para profundizar en un tema y utilizar la periferia como vehículo. De otro modo, todo es periferia. Todo es vehículo de nada.
Algo de esto tiene Pactar con el diablo. Muchos asuntos a tratar y poca profundidad. A pesar de que el guión está bien armado desde un punto de vista argumental, los temas son diversos y se quedan en casi nada.
Al Pacino es John Milton. John Milton es el diablo. Y el diablo es el rey de un mundo rendido ante el dinero y la mentira. La interpretación de Al Pacino es notable. La zona expositiva de importancia narrativa recae sobre su personaje y eso suma en su favor. A pesar de aparecer tarde, se hace omnipresente. Como el diablo que interpreta. La sensación que deja su trabajo es de seguridad absoluta con un papel así entre manos. Keanu Reeves es Kevin Lomax. Lomax es abogado. Y los abogados según los guionistas (Jonathan Lemkin y Tony Gilroy) son los profesionales capaces de seguir el ritmo al mismísimo diablo. Están en todos los sitios y convierten lo más terrible en algo sin importancia. Reeves está correcto. Poco más. Cuando la situación de su personaje es extrema no termina de contenerse y tiende a exagerar. El resto del tiempo lo gasta entre sosito y adormecido. Charlize Theron es Mary Ann. Mary Ann es la enamorada, es la persona que pasa por allí y le toca vivir una situación asombrosa. Charlize Theron defiende un papel muy complicado, con registros muy diferentes a lo largo del metraje. Sale bien parada del intento. Además de bella es buena actriz.
El director Taylor Hackford filmó la película con eso. Con un buen reparto, un argumento entretenido, muchos asuntos metidos en la misma cesta y los efectos especiales y visuales adecuados. El resultado es una película irregular, con demasiados altibajos. Y es que cuando se quiere hablar de Dios no basta con poner al diablo en pantalla para que diga que Dios, su padre, es más tonto que un cubo y el listo es él. Cuando queremos hablar de libre albedrío no podemos agarrar el suicidio y explicarlo desde ese territorio porque es mucho más que eso. No se puede defender la idea de que todo lo que se mueve por el hombre es el resultado de una gran vanidad y tratar de explicarlo con un personaje vanidoso. Hay otro tipo de personas. No se puede hablar de nada sin saber de qué va el asunto. Demasiados tópicos. Puede quedarte una cosa atractiva, pero como al espectador le dé por pensar el montaje se viene abajo.
Es verdad que la película se deja ver. Es verdad que Al Pacino está bien en su papel y que, si no se presta mucha atención a lo que dice, parece que el discurso es hondo. Pero que el espectador no piense ya es otra cosa.
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 26 2012

El legado de Bourne: ¿A qué viene esto?

¿Ha visto usted la conocida trilogía de Bourne? Da igual la respuesta. Si la vio en su momento tendrá problemas para entender qué pinta Jason Bourne en todo esto. Si no tuvo ocasión de ver esas tres películas no entenderá que pinta Jason Bourne en todo esto. Porque Jason Bourne es una muy mala excusa para poner en funcionamiento a otro superagente -Aaron Cross, se llama- que está inmerso en un programa oscurísimo de la CIA. Se supone que esta nueva trama viene motivada por lo que le pasó a Bourne. Y se supone siendo generoso a más no poder. Usted, que es avispado, ya habrá imaginado que el guión es una auténtica calamidad. Deje de imaginar; lo es.
La cosa de va de carreras, tiros, misiles teledirigidos que lo destrozan todo, pastillas de colores que aportan poderes casi sobrenaturales al que las toma y de tarados que son reclutados por su condición de eso, de tarados.
¿Es entretenida la película? Pues sí. Tenga usted en cuenta que todo a su alrededor parecerá explotar, todo lo que haga podrá ser visto desde un satélite, los malos pasarán corriendo por su salón pegando tiros. Pero no piense. No, no lo haga. Si lo hace se enfadará usted más de lo necesario por perder el tiempo y recibir un insulto a su inteligencia sin rechistar.
Tony Gilroy, el director, debió terminar con agujetas por todo el cuerpo después de perseguir al elenco de un lado a otro. La película se convierte en una montaña rusa de locos. Y no debió sufrir daño alguno en la mente. Al menos no los sufrió pensando en mejorar un guión flojo, previsible y vacío. Rodó, entregó el trabajo al montador para que hiciera lo que fuera posible y poco más. Pero pensar, lo que se dice pensar, me temo que no.
Jeremy Renner parece más un marmolillo que otra cosa. Y no es nueva la cosa. Repite en casi todas sus películas. Continuidad no le falta al chico. Defience el papel protagonista. A puñetazos, tiros y saltos imposibles. Literal.
Rachel Weisz defiende el suyo lloriqueando y echándole un valor improbable que no se creería ni el propio personaje. En una de las escenas, mientras escapa junto con el otro protagonistas sobre una motocicleta, logra dar una lección de equilibrismo y coraje que ya quisiera Rambo. Queda la cosa tan extraordinaria como poco creíble.
Por su parte, Edward Norton aparece en la pantalla para interpretar un papel que todavía me pregunto de qué va. Más que nada porque crece y desaparece sin avisar. Como si tal cosa.
Los efectos visuales y especiales son decentes. Algo es algo. El resto de normalito a penosillo.
Una película más. Ni más ni menos que eso. O lo que es igual: una castaña pilonga que te tragas mientras pasa el tiempo.
Imagine un tipo que toma pastillas para ser más listo y más fuerte. Imagine que en los despachos se ven obligados a acabar con él y con otros que son como él. Ahora pongan a funcionar miles de ordenadores, satélites, aviones espías; espías sin avión, pero con moto; a la policía de medio mundo. Enfrenten al de las pastillas y a su acompañante a este despliegue. Eso es El legado de Bourne. Ni más ni menos. Una cataña. Pilonga, eso sí.
© Del Texto: Nirek Sabal


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