nov 25 2013

Malavita (The Family): Nada nuevo entre los mafiosos

Películas sobre mafiosos italo-americanos ya se han rodado unas cuantas. Algunas verdaderas obras maestras, otras pasables y muchas insoportables. Intentar algo novedoso en este territorio es difícil.
Luc Besson se animó y entrega un trabajo desigual que va de un arranque prometedor a la explosión ininterrumpida de artefactos, al millón de disparos y al disparate absurdo. Pero antes se pasea entre todos los tópicos conocidos, por los personajes más irrelevantes y por la reiteración de lo que ya nos han contado otras veces.
Malavita (The Family) cuenta el día a día de una familia protegida por el FBI. El padre (Robert De Niro) es un mafioso que ha delatado a la plana mayor de la organización; la madre (Michelle Pfeiffer) es una mujer deprimida por tanto traslado, por haber renunciado a su vida; y suele incendiar, de vez en cuando, alguna tienda local. Los niños (Dianna Agron y John D´Leo) son un par de psicópatas. Allá donde va esta familia deja marcado el territorio con algún muerto, alguna paliza o algún negocio en quiebra. Y a todos ellos les busca la mafia.
A ratos es divertida acumulando disparates y violencia que, acompañada por alguna frase ocurrente, resulta cómica. Pero no encontramos nada nuevo (por cierto, en El Padrino cualquier cosa se acompañaba de una frase inteligente que puede parecer lo mismo sin serlo, claro). Lo más sorprendente es la cantidad de arrugas de la señora Pfeiffer y de Tommy Lee Jones. Porque todo lo demás es de una normalidad excesiva. Nada destaca salvo lo previsible de la trama y el bajón en el pulso narrativo del minuto treinta en adelante.
Los personajes no son tan originales como el director quiere que aparenten. En la serie de televisión La familia Addams ya se dijo todo sobre esto de las familias formadas por seres raritos. No son tan originales y se podría prescindir de alguno de ellos. Del de la hija, por supuesto (no sé qué pinta en todo esto un personaje así). Por lo poco desarrollado, el del hijo, también.
Robert De Niro interpreta su papel sin despeinarse. Tal vez sea este sea un problema. Mucho actor para tan poco personaje, para tan poca exigencia. Y, por qué no decirlo, ya le tenemos muy visto como mafioso. La señora Pfeiffer cumple con el suyo que tampoco exige nada del otro mundo. Tommy Lee Jones se limita a poner cara de póker. Poco más. Los dos jovencitos parecen tener potencial aunque en este trabajo no despuntan.
El montaje deja espacios para algunos flashbacks que resultan interesantes puesto que intentan dibujar a los personajes. Pero no lo consiguen. Cualquier cosa que se quede en la superficie tiene el mismo problema.
El resto pasa desapercibido. Todo el ímpetu del director en el arranque se desvanece entre escenas violentas que procuran disimular las lagunas de un guión más flojo que otra cosa.
© Del Texto: Nirek Sabal


dic 29 2012

JFK: Espiral de Ficciones

Contar una historia cualquiera requiere un esfuerzo creativo por parte del que narra y una actitud en el que escucha o ve lo narrado. Eso es algo ya sabido por todos. Lo que ya no es tan popular es cómo se consigue algo así.
Oliver Stone, en su película JFK, intenta el juego creativo y busca el estímulo necesario (en la misma zona narrativa) que vincule al espectador con el trabajo. Monta su película asumiendo riesgos importantes. Y lo hace para que una historia sabida por todos parezca una novedad. Por otro lado, juega con los encuadres, con las escalas y con los puntos de vista para llamar la atención del espectador. Incluso va del blanco y negro al color por el mismo motivo. Se suma a este esfuerzo que el relato (con su estructura y coherencia propia) contiene otro (con su estructura y coherencia propia); y se establecen como dos realidades paralelas. Al buscar la implicación del espectador como clave en el relato, comienza la película y son tres las realidades puesto que se añade a la receta la propia de los espectadores. Y todo esto para contar un hecho histórico.
JFK es una de las películas con mejor reparto que se recuerdan. Y todos, aun en papeles menores, están soberbios. Incluso Kevin Costner se libra, esta vez, de una mala crítica. Esto dicho así está muy bien. Pero utilizar tanto talento pare defender papelitos deja un sabor agridulce, una sensación de desperdicio más que importante. Jack Lemmon, Donald Sutherland, Gary Olman, Joe Pesci, Kevin Bacon o Tommy Lee Jones (que interpreta el papel de Clay Shaw; personaje homosexual y tratado en esta película sin ninguna delicadeza y de forma tendenciosa) son algunos de los que participan en la película.
JFK se recordará por su montaje. Para algunos un desastre en el que la repetición de imágenes es empalagosa e injustificada al igual que lo son las rupturas temporales. Para otros una exhibición de creatividad que soporta la estructura argumental con firmeza. Un juego colosal al que se somenten autor y público. En realidad es un montaje arriesgado en el que se logran cosas importantes y se cometen errores del mismo calibre. Además, hace que algunas cosas fundamentales de la película queden entre dos aguas. Muchos aspectos de la trama quedan oscurecidos por la falta de información. Se podría decir que no deja de ser una propuesta irregular con luces y sombras. La buena noticia es que o importante de esta película no es el montaje como muchos creen. Son los diálogos y las interpretaciones los que convierten en bueno el producto. Los problemas que puede tener el montaje se ven rebajados cuando los personajes crecen, cuando la trama aparece con claridad en cada frase.
La conspiración contra John Fitzgerald Kennedy es una enorme y espectacular excusa para afrontar e tema de la película: la mentira; una mentira de dimensiones extraordinarias; una mentira que afecta al mundo entero y en la que vivimos inmersos; eso que convierte la vida en ficción. La gracia del trabajo de Oliver Stone es que revisando un hecho histórico, nos planteamos hasta qué punto vivimos en una realidad creída o una ficción consentida. Lo mismo que les pasa a los personajes de la película. Y por eso el montaje abusa de la repetición de imágenes. La mentira repetida se convierte en gran verdad. Sea cual sea.  Lo mismo visto desde diferente lugar puede parecer distinto. Lo distinto se puede camuflar cambiando el punto de vista. Un juego al que es sometido el espectador y le puede parecer aburrido de solemnidad o un reto gratificante. Por eso el cambio de encuadres y escalas, por eso la modificación de los puntos de vista, por eso el juego de Stone.
La peícula se acerca al formato documental en muchos momentos. Y no sólo por utilizar imágenes reales. Se aproxima porque el sistema narrativo hace uso de la información pura y dura para poder mantener en píe la trama de la ficción (escasa muchas veces, la información).
Todo esto que digo nos lleva hasta un trabajo muy extenso. Son muchos minutos trabajando ante una pantalla. Ese es otro de los riesgos de la propuesta. No es habitual obligar a un trabajo intelectual tan extenso. Otra justificación más del dichoso montaje; que entusiasma o hace odiar JFK.
Una última cosa. Es algo incomprensible el uso de la banda sonora. Aparece y desaparece sin razón alguna. Ahora aquí sí. Ahora no. Este es un pero incontestable.
Si no lo hicieron en su momento, echen un vistazo a JFK. A ver qué pasa.
© Del Texto: Nirek Sabal


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jun 4 2012

Men in Black 3: Más de lo mismo

Barry Sonnenfeld presenta la tercera entrega de Men in Black. Supongo que intentando escapar de la segunda que fue un pequeño desastre y tratando de acercarse a la excelente primera. Pero consigue más poco que mucho. Todo se queda a orillas de lo que es una comedia llevadera para el espectador que incluye una última parte lacrimógena que no viene a cuento en una película de estas características. Debe ser que Etan Cohen, el guionista, es fan de Toy Story 3 y le gustó ese punto que entre niños puede llegar a funcionar más que bien.
El guión de la película no es, ni mucho menos, redondo. La historia está traída por los pelos y eso se deja notar en, por ejemplo, las justificaciones de lo que sucede. Es lo que tienen los viajes en el tiempo. El lío es enorme y si no te fijas bien en lo que cuentas metes la pata con facilidad. Ni redondo ni interesante porque es más de lo mismo. Por más ingredientes que le pongas a la ensalada no deja de ser eso, una ensalada.
Will Smith se pone a pilotar desde el principio haciéndose dueño de la pantalla. Pasada una primera parte en la que se acompaña de Tommy Lee Jones, aparece Josh Brolin que, todo hay que decirlo, está muy divertido y creíble. Tommy Lee Jones ya no está para carreras o persecuciones o aventuras y se lo quitan de encima con astucia. Emma Thompson está por allí, pero si no estuviera.
Hay momentos divertidos (los menos) y otros en los que los efectos visuales (no están mal) y el movimiento histérico de la cámara se hacen con el control. A falta de ingenio lo mejor es volver tarumba al espectador.
Entre el aburrimiento de Tommy Lee Jones intepretando y la locura visual, el asunto se pone difícil de aguantar.
Seguramente, lo mejor de la película es la aparición de un Andy Warhol que resulta ser un hombre de negro que ya no sabe qué decir para seguir dando el pego. Y es que lo sesentero se apropia de la pantalla. Si ese final a lo Toy Story 3 aparece como salvavidas de última hora, el estilismo Mad Men también lo hace. Lo que funciona se aprovecha ¿no?; eso debió pensar Barry Sonnenfeld. La película se sujeta en la animación  por ordenador. Y eso, en principio, no es malo. No lo es salvo que descuides lo demás. Y ya he apuntado que los errores no son pocos.
Eso sí, Men in Black 3 no es un paquete. Se deja ver y te hace sonreír más de una vez. No es tan mala como la segunda parte y ni se acerca a la calidad de la primera. Te entretiene y poco más. Esto es lo que se puede decir de la película. Ahora que cada uno haga lo que quiera.
© Del Texto: Nirek Sabal


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