ene 20 2014

Captain Phillips: Los personajes por encima de todo

Tom Hanks vuelve a tenr importancia en la cartelera. Su papel en Captain Phillips es sobresaliente. En la última media hora de la película, que es la mejor, Hanks da un recital de interpretación. Ya, desde el comienzo, en el que la construcción dramática recae sobre su personaje, Hanks parece avisar de su intención, que no es otra que demostrar lo capaz que sigue siendo de enfrentarse a una cámara. Pero es, cuando la tensión narrativa se eleva al máximo, el momento en que el actor deja las cosas claras del todo sobre su enorme calidad interpretativa. El director, Paul Greengrass, tiene bastante culpa. Dirige a Hanks con mimo para poder sacar de él lo mejor. Además, mueve la cámara buscando encuadres originales y valientes. Si a todo esto se le añade un montaje sencillo y atractivo, tenemos como resultado una buena película, muy entretenida y muy bien contada.
Captain Phillips es emocionante y compensada en su composición narrativa. Cada uno de los personajes implicados en el secuestro de un carguero puede ser considerado una víctima. El director trabaja duro para que no se carguen las tintas sobre los piratas somalíes, intentando evitar que terminen siendo vistos como demonios. Tanto los piratas como la tripulación del buque asaltado están secuestrados. Por el hambre, por la falta de esperanza, por los piratas, por el miedo o por la violencia. Otra de las cosas que el director quiere dejar planteada es el trato que recibe el protagonista por parte de su gobierno. Llega a parecer más una molestia que otra cosa. Y esto nivela los lados para que el espectador tome una postura propia. Phillips es una molestia para su gobierno; los piratas lo son para el mundo entero. Pero la cosa no pasa de ahí.
El casting es estupendo. Sobre todo los actores que interpretan el papel de piratas parecen serlo. Hanks es un buen Captain Phillips. Por otra parte, ayuda el excelente trabajo de maquillaje a que esto sea así.
El guión de Captain Phillips es complicado para un director de cine. Este tipo de libretos suelen llevar a los profesionales a buscar más en la trama que en otra cosa. Sin embargo, Greengrass apuesta por los personajes, por dibujar su conflicto interno y colocarlo en el centro del conflicto general. No carga a ninguno de los personajes con un número excesivo de rasgos y con cuatro cositas logra involucrar al espectador sin grandes problemas. Para ello, se toma su tiempo y utiliza la primera hora de película creando perfiles y el clima necesario para que puedan crecer y todo quede encajado perfectamente. La credibilidad, así, es absoluta. El tempo, según avanza la acción, va aumentando en intensidad, al son de la trama que, aunque intuida antes de entrar en la sala de proyección, se hace emocionante hasta el último instante.
Buena película. Bien Hanks.
© Del Texto: Nirek Sabal


abr 24 2011

Apolo 13: Viaje a ninguna parte

Apolo 13 trata de ser una película sobre la épica del héroe y se queda en una aventura en la que todo se resuelve con tubos de goma y papel higiénico. Apolo 13 quiere demostrar al mundo entero lo que un norteamericano es capaz de lograr y consigue que nos hagamos preguntas sobre su estupidez, sobre cómo se pueden gastar millones de dólares cuando la cosa va de utilizar basura para que los astronautas regresen a casa, sobre lo superficial que puede llegar a ser la gente de ese país. Apolo 13 intenta ser una película espectacular es cada escena y se queda en un conjunto de secuencias llenas de efectos especiales que ni fu ni fa.
A esta película le pasa lo mismo que a la nave espacial que intentaron llevar hasta la luna. Lograrlo debería ser coser y cantar (lograr una buena película con ese presupuesto, llegar a la luna con ese presupuesto) y el camino se convierte en un enorme problema. En la nave no funciona casi nada. En la película ocurre lo mismo. En la nave van encontrando soluciones chapuceras para regresar. En la película se abusa de una dramatización excesiva buscando en el espectador emociones inexistentes, dejando la narración a un nivel y esos excesos en uno muy distinto; es decir, hacen una verdadera chapuza.
Tom Hanks, Kevin Bacon, Bill Paxton, Gary Sinise y Ed Harris forman el elenco (lo principal de él). Ron Howard fue quien intentó dar forma a todo esto y consiguió contar una catástrofe dentro de otra. Intentó enseñar un drama humano y se quedó en poner a llorar a los personajes para conseguir empatía en el espectador; intentó una cosa grande y le salió un churro enorme. El guión es sensiblero, facilón y superficial. No crean que miento si les digo que no sé si incluyeron una banda sonora en la película. Qué trabajo de Mr. Howars. Qué forma de tirar el dinero.
En definitiva, un desastre absoluto. Puede entretener a los chicos una tarde de domingo. Poco más.
© Del Texto: Nirek Sabal


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oct 30 2010

Philadelphia: Buenos y malos frente a frente

A finales de los años 80 principios de los años 90, se cernía sobre el mundo una nueva plaga, una epidemia descontrolada, así se calificaba en aquellos momentos. Se susurraba sobre el SIDA, sobre la mortalidad de una enfermedad que algunos consideraban poco menos que un castigo divino. En todo caso, una enfermedad que entonces estigmatizaba, marcaba y mataba. El síndrome de inmunodeficiencia adquirida se había llevado a uno de los galanes del cine pocos años antes, Rock HudsonBenetton la utilizó para lanzar al mundo una campaña publicitaria brutal mostrando a un enfermo terminal de SIDA; Magic Johnson (el jugador de baloncesto de la NBA) hacía pública su enfermedad. Recuerdo aquellos sucesos y otros bastante más próximos. Entre el miedo, el desconocimiento y el silencio, una película trató el tema del SIDA, su incidencia y la trascendencia entre aquellos la paderían y eran injusta y cruelmente tratados por la sociedad.
Philadelphia, dirigida en el año 1993 por Johnnatan Demme, fue protagonizada, entre otros, por Tom Hanks, Denzel Washington, Antonio Banderas y Joanne Woodwar. Y una banda sonora de la mano de The Boss, Bruce Springsteen, que se hizo archifamosísima.
Un elenco de actores nada despreciables. En el caso de Tom Hanks, a quien siempre he considerado un actor más bien normalucho, que acostumbramos a ver en comedias dulzonas y azucaradas, tuvo su papel dramático más importante hasta entonces y, contrariamente a lo que se podría pensar lo bordó. Vimos en todo momento a Andrew Beckett, personaje interpretado por Hanks, sin que, ni por un momento, se antepusiera la persona, el actor, al personaje. Dejamos de ver a Hanks por una vez. Y descubrimos que además de hacer el payaso, este actor sabe hacer otras cosas.
En síntesis, Philadelphia nos muestra en la pantalla las vicisitudes por las que pasa el joven y prometedor abogado Andrew Beckett cuando es despedido por el bufete para el que trabaja al conocerse que ha contraído el SIDA. Frente a ese despido improcedente, Beckett decide demandar al despacho para el que trabajaba y librar una feroz batalla contra aquellos para los que trabajó, contra la sociedad, contra los que le rodean y contra todos aquellos que con motivo de su condición de homosexual y de su enfermedad pretenden apartarle de la sociedad. Una batalla que no será sencilla pues, inicialmente, no encontrará abogado que quiera defenderle en el procedimiento hasta que encuentra a quien asume su defensa. Junto a esa guerra por el reconocimiento de la improcedencia de un despido como medio para devolverle la dignidad y el respeto que merece (como persona y como profesional) deberá combatir su propia enfermedad que, a medida que avanza el procedimiento, se va encarnizando con él. El final, los que la han visto ya lo conocen, los que no lo han hecho, para saberlo, deberán verla, contarlo aquí no procede.
Una película rodada sin morbo alguno. Que se limita a ponernos frente a una experiencia vital, la necesidad de recobrar aquello a lo que todos tenemos derecho; nuestra propia dignidad y reconocimiento. La película en cuestión tiene muchos momentos estelares, uno de ellos cuando Beckett explica la famosa aria La mamma morta, interpretada por María Callas, a su abogado (Denzel Washington) quien, a medida que va conociendo a su cliente, va evolucionando personalmente. Esa escena es tal vez una de las más intensas de toda la película. Los entresijos procesales son interesantes y nos muestran la cara amarga, incluso sucia de una profesión más que denostada, pero que, en el caso de esta película, no hace más que mostrarnos, a través de esos tiburones legales, la cara de la sociedad con la que, en realidad, se estaban enfrentando los enfermos de SIDA.
Algunos la tacharon de simplista, de crear dos bandos (los buenos (el enfermo y los que lo apoyan) y los malos (aquellos que creen que debe ser apartado de la sociedad). Yo no lo creo. No me pareció simplista en absoluto. Esta tarde volví a verla, sigue sin parecérmelo. Los bandos existen, en determinadas cosas no caben las medias tintas.
No se pierdan la escena del aria de María Callas, aunque no les guste la ópera e incluso no les guste la Callas.
© Del Texto: Anita Noire


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mar 7 2010

Regalos envenenados. Salvar al soldado Ryan.


Cuando se estrenó esta película en el año 1998 yo estaba trabajando en Warner. Se trataba de una mega producción de la que se esperaba una recaudación más que millonaria, y nos invitaron a un pre-estreno en un pase privado al que solo asistimos unas 40 personas.
La Sra. Ryan va a recibir en un mismo día tres telegramas comunicándole la muerte en combate de tres de sus cuatro hijos. El cuarto se encuentra en algún lugar de Normandía, por lo que el General Marshall ordena que lo encuentren inmediatamente y lo envíen de vuelta a casa.
Tengo muy nítidas en mi retina las primeras imágenes de la película. Cientos de enormes barcazas grises aproximándose a la playa de Omaha el día del desembarco. Un cielo gris sobre un mar gris. En cada barcaza, un buen puñado de hombres en silencio. Un hombre joven con uniforme de combate gris vomita en el mar, y una vez se abren las compuertas de las lanchas y saltan a la orilla, la escena de guerra más larga y verosímil jamás filmada. No nos ahorraron nada. Piernas y brazos amputados, hombres muriendo en soledad en medio del frío, del caos y de un terrible dolor físico.
La escena de la playa, de 22 minutos de duración marcó un antes y un después en la historia del cine bélico. Ya nada volverá a ser en Technicolor. En Salvar al soldado Ryan, una técnica de cámaras al hombro y velocidad de obturación muy elevada, dotan a las escenas de un subjetivismo tan real, que lo convierten en un referente dentro del género. La guerra se muestra por primera vez tal y como todos intuimos que debe ser en la realidad: atroz, inexplicable y carnicera, porque en la playa de Omaha de Salvar al soldado Ryan, los hombres no mueren en paz recostados sobre el regazo de su mejor amigo y compañero que les sujeta la cabeza mientras les jura que irá al fin del mundo si hace falta para entregar a su novia el relicario que llevan sobre el pecho. En la Omaha de Ryan, los hombres mueren solos mientras otros les pasan por encima, aullando de dolor, temblando de miedo, y sin saber por qué mueren ni qué les ha llevado hasta allí.


El hecho de que se no se tratara de una sala de cine al uso, con luces de emergencia que indicaran la salida, y la vergüenza de levantarme ante un puñado de desconocidos y mostrar mi debilidad me impidió salir de aquélla segunda fila y me obligó a quedarme durante las casi tres horas que dura la película. Hubo un cocktail después, pero yo me fui de allí sin probar una almendra. Llegué a casa, reuní a mis dos hijos pequeños de diez y trece años en mi cuarto, y les dije que tenía algo importante que decirles. Recuerdo que me miraron con los ojos muy abiertos y yo supe entonces que no me entenderían, pero aún así les supliqué que disfrutaran mientras pudieran, que apreciaran lo que tenían alrededor, que se sintieran seguros en casa, que dejaran de pelearse y que yo lucharía para fabricarles recuerdos en los que pudieran refugiarse si alguna vez en la vida pasaban por una situación de miedo y desamparo. Una cama limpia, una casa caliente, el abrazo de una madre, luces encendidas. Creo que fue a partir Ryan cuando empecé a malcriar a mis hijos. Todo me parecía insignificante: los suspensos, los retrasos, el desorden. Sólo quería que fueran felices.
Poco me importa el argumento de la película, en el que cada uno de los hombres que conforman el pelotón que ha de encontrar a Ryan se cuestiona las órdenes que recibe. Puede ordenarse arriesgar la vida de 8 hombres para salvar la de uno sólo? No lo sé. La vida es un regalo del universo que con demasiada frecuencia se convierte en un caramelo envenenado que nos coloca ante lo inhumano, lo injusto, lo atroz, el infierno, la guerra.
Y nosotros, como muñecos de trapo.
© Del Texto: pyyk