oct 14 2011

Amor y otras drogas: La mente en blanco

Hay cinco o seis temas sobre los que se estructuran todas las narraciones que existen. Se han repetido sin cesar desde que el hombre se dedica a ordenar la realidad a través del relato. Es decir, todas las películas hablan de los mismos asuntos. Con mayor o menos fortuna, profundizando o no en el tema elegido, utilizando un género u otro, pero con el asunto que se quiere ventilar elegido entre media docena.
Y hay tópicos que sirven de vehículo para poder contar. De estos hay muchos más. Por eso vemos, cada año, películas que se parecen tanto a las anteriores; películas que nos sabemos de memoria porque transitan los mismos territorios que las anteriores.
Amor y otras drogas es una comedia romántica que no indaga en lo que es el amor; tan sólo se limita a vivir a su costa. Amor y otras drogas es una película previsible y contada mil y pico de veces. Es una película que se construye desde los tópicos que se dan en el amor, desde los tópicos que hacen (o intentar hacer) de una historia algo divertido y casi disparatado, desde los tópicos del final feliz que merece cualquier ser humano enamorado. No le falta ni uno solo. Tópicos, digo. Enamorados hay dos nada más. Es una película que trata de encontrar en la lágrima fácil una posible salida aunque no la termina de ver (ni el espectador ni el que hizo la película) puesto que la emoción es sensiblera y baratucha.
Amor y otras drogas se deja ver. Si el objetivo es olvidar los problemas y tragarse lo que sea, se deja ver. Uno sonríe tres o cuatro veces y poco más, pero no hay mejor manera de perder el tiempo que escuchando o viendo una historia.
Jake Gyllenhaal hace de él y Anne Hathaway de ella. En este tipo de película se puede decir poco más de actores y personajes. Él tiene algunos ratos divertidos. Ella hace un papel bastante sosito y cuando quiere entrar en el terreno más trágico queda poco creíble la cosa.
Y se puede decir poco más. Que la tesis manejada es que el amor es la droga más potente que se conoce. Que el amor lo puede todo, que es capaz de soportar lo insoportable, la mayor de las tragedias. Y que nos pongamos como nos pongamos no podemos escapar de ese amor mientras sea puro y verdadero. Ya ven que es lo mismo que defendía Homero hace unos añitos.
La película se vacía de sentido por los cuatro costados en el momento en que el espectador decide pensar sobre lo que le están contando. Su superficialidad es alarmante. Pero se deja ver si dejamos la mente en blanco y estamos dispuestos a tragarnos lo que nos echen.
Cuando no tenga nada que hacer, incluyendo eso de pensar, siéntese y mire la pantalla. Pero si quiere cambiar eso por un buen libro o cocinar, no se lo piense.
© Del Texto: Nirek Sabal


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mar 21 2011

El Rito: Miedosa de mala

Pues nada. La gente se empeña en contar, una y otra vez, la misma historia. Y, además, lo hacen utilizando los mismos ingredientes, de la misma forma y con la misma cantinela enana de otras veces.
El Rito es una película que narra la historia de un seminarista en plena crisis de fe. Comunica su deseo de abandonar sus estudios al superior y este le ofrece convertirse en exorcista de la diócesis. Le pide que acuda a Roma para instruirse y allí conoce a un sacerdote viejo que practica exorcismos desde mucho tiempo atrás. El diablo, que como todo el mundo sabe es malísimo, aparece en escena para convertirse en protagonista y destrozar la vida de todos, pero la cosa se le va de las manos y el bien termina triunfando. Más o menos, la trama se podría resumir de este modo. ¿Les resulta familiar? No me extraña en absoluto.
Nada se salva del desastre en este bodrio. Anthony Hopkins no hace gran cosa para arreglar el desaguisado; la música se convierte en un ruido estridente para que el espectador se sobresalte o sienta un miedo atroz ante algo que se parece poco a una película del género de terror; la fotografía es normalucha; la puesta en escena ramplona; el maquillaje justito y el guión nefasto. Tal vez alguien pensó que, anunciando al comienzo de la película que está inspirada en hechos reales, la cosa no necesitaba nada más para que funcionase. Pero, claro, se equivocó. Incluso hay un momento en que (tras un exorcismo, el primero) el cura mayor le pregunta al diácono si esperaba puré de guisantes y cabezas dando vueltas. Sin duda un aviso del guionista: Eh, eh, que esto es real; que esto no es como las cosas de películas. Y sí, es como las películas, como las malas películas.
Si entramos en el terreno de la justificación de la acción el asunto se pone imposible. Dejan caer cuatro idioteces sobre las Sagradas Escrituras y sobre Satán para que todo parezca muy cierto. Así creen que consiguen que lo construido se mantenga en pie. Por supuesto (si es que había algo que mantener derecho) se vuelven a equivocar porque no queda ladrillo sobre ladrillo.
Y si entramos en el terreno de los personajes la cosa se transforma en un chiste. Por ejemplo, aparece en pantalla una periodista que no está poseída, ni es monja, ni es guapa, ni es lista, ni llegamos a saber cómo es su trabajo, ni nada de nada. ¿Para qué está? Ni idea. La meten con calzador diciendo que un hermano se suicidó y que el diablo se lo recordará para que sufra. Pues qué bien. Es un ejemplo, pero no se libra ni uno.
Si Dios existe no debería consentir este tipo de cosas. Casi dos horas aguantando bazofia es mucha tela.
© Del Texto: Nirek Sabal


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