dic 17 2011

La Pandilla (Our Gang): La niñez en blanco y negro

Hace ya algunos años, en televisión española, cuando sólo funcionaban dos canales, la VHF y la UHF, es decir la primera y la segunda, cuando aún en algunas casas la caja tonta se veía en blanco y negro, empezó a emitirse un programa llamado La bola de Cristal.  Sé que algunos se sorprenderán de que, a medidos de los años 80, aún existieran televisiones en blanco y negro, pero haberlas las había. En mi casa una.
Los sábados por la mañana, después de que se hiciera el consabido zafarrancho de combate (en casa éramos muchos y no valía la excusa de la corta edad para no arrimar el hombro), llegaba el momento de darnos el gusto con La bola de cristal. Dentro de ese programa se emitían los capítulos de una famosa serie de televisión  americana llamada La pandilla –Our gang- , o Little Rascals.
A algunos, nos cogió creciditos, pero lo cierto es que nos lo pasamos como enanos viendo a una Alaska moviéndose con soltura por un plató, entre la bruja avería y otros personajes que,  los de aquella generación aún recordamos.
Sin embargo, de lo que quería hablar era de aquella serie que, en blanco y negro, nos transporta a momentos de inocencia que nunca volverán. Como he dicho, La pandilla era una serie de televisión  que empezó a filmarse en los EEUU allá por los años 20 del siglo pasado. Empezaron mediante unas filmaciones en cine mudo y, con el transcurso del tiempo, pasaron a incorporarse al cine sonoro. En aquella serie se contaba las peripecias de un grupo de niños y su perro.  La pandilla la formaban un grupo de chavales, todos vecinos y amigos.  Puedo afirmar que no recuerdo los nombres más que de un par de ellos: Spanky, que era el jefe de la pandilla, Alfalfa, Darla y el perro Petey. Pero aunque sólo soy capaz de recordar estos nombres, recuerdo que  eran una infinidad de críos, algunos blanquitos como la nieve, con un churrete por flequillo y otras tan negritas como el carbón.
Una serie sorprendente por la cantidad de niños que trabajaban en ella, que eran sustituidos unos por otros a medida que iban creciendo, y que actuaban con tanta naturalidad que se podía tener la sensación de que lo filmado era el día a día de esos chavales de principios del siglo pasado.
Hace no muchos días, desde Canadá, una persona querida,  me envió, adjunto con un mail, un enlace a esta serie.  Desde entonces me ronda escribir algo sobre ella, no sobre la persona querida (eso queda para mis cosas personales), y hoy, como podría haber sido cualquier otro día, me he decidido a ello. Sé que no es mucho lo que digo al respeto en este texto. Pero lo mejor que pueden hacer es rescatar algunos capítulos a través de youtube  (durante meses intenté localizar alguna grabación en DVD de aquella serie y no lo he conseguido); véanlos, si tienen hijos que juegan con la Playstation, con la Wii y esas otras cosas que no sé cómo se llaman,  siéntenlos con ustedes en el sofá y ríanse con ellos de aquellos juegos y pillería de los colegas de nuestros bisabuelos.
© Del Texto: Anita Noire


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dic 12 2011

¿Qué les pasa a los hombres?

“¿Te acuerdas de ese chico tan mono que te dijo que te llamaría y nunca lo hizo? Quizás perdió tu número. Quizás está en el hospital. Quizás se ha visto intimidado por tu belleza, inteligencia y éxito. O quizás es que no le interesas”.
Con una sola pregunta y las siguientes respuestas, tres  de ellas misericordes, una cierta como un martillazo en la cabeza, comienza la comedia romántica y de enredo Qué les pasa a los hombres.
Esta comedia escrita por Greg Behrendt y Liz Tucillo ( guionistas de Sexo en Nueva York, una de las series de televisión con más éxito de todos los tiempos), y dirigida por Ken Kwapis, está protagonizada por  un plantel de conocidos actores: Ben Affeck, Jennifer Aniston, Drew Barrymore, Jennifer Connell, Kevin Conolly, Scartlett Johansson y Justin Long.
Una comedia romántica que desde luego no pasará a la historia del cine, pero que ofrece dos horas de diversión y entretenimiento que, con los tiempos que corren, no es mala cosa.  La película se divide en dos líneas argumentales: la de las mujeres que tienen una pareja estable y la de la que la buscan casi desesperadamente. Ambas líneas confluyen en la necesidad de encontrar una estabilidad, un cómplice con el que compartir la vida  y alrededor de todo ello: los engaños, las esperas, la incomunicación, las interpretaciones fallidas y, porque no decirlo,  las estrategias encaminadas a obtener una atención que, no es por desanimar, fracasan siempre. Una película que, pese a ser eso, una película, encierra situaciones tan reales como la vida misma.
Y es que, ¿quién no se ha encontrado en alguna ocasión esperando a que el teléfono suene mientras se arregla las uñas de los pies? ¿Quién no ha comprobado setecientas cincuenta y tres veces si el cable del teléfono sigue en la roseta ante una llamada que se demora? ¿Quién no ha buscado en la lista de fallecidos del periódico si aparece el nombre de ese tipo que prometió que el sábado saldríais a cenar y jamás llamó, pese a que en la primera cita te repitió doscientas mil veces que eras la mujer de su vida? Quien no conteste afirmativamente al menos a una de las anteriores preguntas no es humana.
Es cierto que es una película llena de topicazos, en la que parece que el objetivo máximo de las mujeres sea encontrar un hombre, pero, desengañémonos, eso que negamos cientos de veces con un gesto de suficiencia es, en muchos casos, una de las metas a alcanzar.  No tiene nada de malo, la compañía, la complicidad de la pareja es algo estupendo aunque, de vez en cuando, lo denostemos por formulas aparentemente más modernas que, en el fondo, encierran esa misma necesidad. Porque la búsqueda de una felicidad compartida nada tiene que ver con la independencia, la autosuficiencia.
Una película sin chicha ni limoná, que no pasará, como he dicho, a los anales del cine, pero que permitirá pasar un buen rato, disfrutar de lo guapo de los actores, de lo armónico de la ambientación y, porque no decirlo, vernos retratados durante un rato, lo que nos permitirá concluir que tanto aquí, como en Sebastopol, como en Baltimore, las mujeres seguimos sin comprender a los hombres.
© Del Texto: Anita Noire


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dic 29 2010

Buda explotó por vergüenza: Cine cristalino


Bajo presupuesto, ni una estrella del cine, todo como casi de andar por casa, una claridad expositiva difícil de encontrar hoy en día y autenticidad por todos los lados. Con eso se puede conseguir una película entrañable, deliciosa y, al mismo tiempo, inquietante.
Cada uno puede hacer la lectura que le apetezca de cada cosa de este mundo. Pero si el que narra sabe lo que tiene entre manos, poco a poco, nos veremos obligados (sin violencia alguna, salvo la que ejerce una voz narrativa coherente) a mirar y entender. Cada mirada con sus matices, pero ejerciendo de lo que es, de mirada.
Hana Makhmalbaf (siendo jovencísisma) rodó la película Buda explotó por vergüenza. Cuenta parte de un día de una niña pequeña que quiere ir a la escuela. Cómo intenta conseguir un cuaderno y un lápiz, cómo se va encontrando con un cosmos completo en un kilómetro cuadrado. La mujer frente a los talibanes, la mujer frente a las leyes religiosas entendidas por fanáticos, la mujer frente a la mujer, la mujer frente a un destino que parece labrado en piedra y que poco podrá modificarse. Y digo la mujer porque, aunque nos cuentan las cosas desde el punto de vista de una niña (una preciosidad llamada Nikbakht Noruz), el espectador adulto se encuentra (sin darse cuenta) mirando a través de los ojos de esa niña sin dejar su condición de persona formada. La niña ve a niños malos haciendo cosas que no le gustan y a las que no quiere jugar; el adulto se inquieta porque sabe que eso, al pasar unos años, será un terrible infierno para ella. La película presenta dos posibles lecturas simultáneas. Y cada una de ella es maravillosa.

Hacía muchísimo tiempo que no disfrutaba tanto viendo una película de cine. Cercana al documental; rodada, buena parte de ella, con la cámara sobre el hombro; desde lo exquisito de la sencillez; Buda explotó por vergüenza, es una cinta que puede gustar a cualquiera, que se puede ver en familia, que dejará poso en el espectador y podrá servir para entender lo que sucede en países como Afganistán.
Me ha encantado. No exagero. Me ha encantado, de verdad.
© Del Texto: Nirek Sabal


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dic 24 2010

Mother of Mine: Duda envuelta en papel dorado

¿Cuántos puntos de vista puede tener una historia cuando hablamos de cine? Pues tantos como espectadores vean la película en cuestión. ¿Cuántos puntos de vista pueden tener una historia cuando no hay cámaras, ni actores, ni guiones ni nada? Pues, por lo general  sólo debería tener el de sus propios protagonistas sin que el resto debiera importar demasiado.
Para formarse una opinión, sobre todo cuanto tratamos cuestiones íntimas, personales, de las que forman callo, es preciso estar remojado por ellas. No ser simples espectadores, contrariamente a lo que ocurre en el cine. El cine puede proporcionarnos todos los datos y su director nos coloca donde crea que debe hacerlo, ofreciéndonos toda la información que nos lleve hasta ese lugar al que quiere que lleguemos. Sin embargo, en la vida fuera de las pantallas, cada uno nos posicionamos donde podemos, teniendo en cuenta lo que tenemos. Por eso es tan fácil posicionarse ante una historia contada en el cine y es tan difícil hacerlo ante las historias de la vida real.
Mother of mine es la historia de varias personas: un niño, una madre biológica y una madre en acogida. Es una historia sobre cómo colocarse ante las verdades dichas a medias, las mentiras eternas, el egoísmo, el abandono, la trascendencia de las decisiones adoptadas, sobre como asumimos nuestra vida y sobre la culpabilidad. Una historia dirigida por Klaus Häro que en su día fue galardonada con el Oscar a la mejor película extranjera, pero que pasó sin pena ni gloria por las salas de cine.
La historia nos sitúa en Finlandia durante la Segunda Guerra Mundial. Ante el avance del conflicto, cientos de miles de niños finlandeses fueron enviados a Suecia para evitar que sufrieran las consecuencias de la guerra. El protagonista es Eero (Topi Majaniemi), un niño de nueve años. Su padre muere en el frente y la madre, Kristin (Marjaana Maigala), ante la imposibilidad de cuidarle, decide enviar al niño a Suecia que permanece neutral en el conflicto. Eero, se siente responsable de su madre, no quiere dejarla. Durante la travesía, Eero tomará conciencia que su vida no volverá a ser la de antes. Los niños más pequeños, los de sonrisa más bonita, irán desapareciendo a medida que las familias suecas los van acogiendo, todos quieren ser adoptados, ninguno quiere ir a un orfanato, salvo Eero que sólo piensa en volver a Finlandia. Sin embargo, su destino va a ser una familia que perdió, años antes, una hija que se ahogó en el mar. El matrimonio Jönsson acogerá al niño en su casa. Sin embargo, la decepción de Signe (Maria Lundquist) que esperaba recibir a una niña, que va a compensarla de la perdida sufrida, no facilitará, inicialmente, la relación entre ellos. La imposibilidad de comunicarse no surge sólo del desconocimiento que uno y otro tienen de sus respectivas lenguas, sino de la distancia emocional en que se mantienen. Ambos se miran desde la distancia, sin comprometer los sentimientos de uno respecto a los del otro. Con la intervención del esposo Hjalmar (Michael Nyquist), que con paciencia infinita irá introduciendo al niño en la vida del a granja, en su entorno, propiciará un acercamiento entre Signe y Eero. Sin embargo, el acercamiento entre ambos se irá produciendo poco a poco, hasta el día que el niño descubre una carta de Kristin dirigida a Signe en la que les pide se ocupen de su hijo pues ella se ha enamorado de un soldado alemán. Sin embargo, al poco tiempo, cuando Eero y Signe han construido un vínculo de apego absoluto, la madre Kristin, escribe para que el niño vuelva con ella. La vida no será fácil entre la madre y su hijo. Algo se quebró en el camino que no va a poder reconstruirse.
La película empieza con un flashback a la vida de Eero que ya ha alcanzado la edad adulta y tiene que acudir a Suecia a un entierro. El director utiliza el recurso de la fotografía en blanco y negro para retratar el momento actual y el color cuando viaja al pasado. La intensidad de la fotografía mezclada con una banda sonora absolutamente exquisita, escrita por Tuomas Kantelinen, mantienen al espectador sumergido en una atmósfera de absoluta tristeza. Sin embargo, si bien se puede destacar la interpretación que todos los actores hacen de sus personajes, sin lugar a dudas el que destaca es el del Eero niño.
Es una película deliciosamente triste pese a que creo no se le ha sacado todo el partido que se le podía haber obtenido. Quizá hubiera sido deseable que  profundizaran más en los tres personajes centrales de la historia, sobre todo en el de la madre biológica del menor. De haberlo hecho así, nos hubiera permitido comprender mejor a ese personaje que parece relegado en algunos momentos de la película a casi la nada cuando, entiendo, es fundamental. A lo largo de todo el metraje, todos sienten mucho y eso lo transmiten; sin embargo nos faltan los motivos, nos falta el componente psicológico de los personajes, sobre todo, el de Kristin. No podemos comprender ni colocarnos frente a determinadas sensaciones que el director nos muestra en bandeja de plata.
He estado dado vueltas a la película todo el fin de semana, pero me faltan piezas. Me falta saber que le pasa a Kristin, me falta saber que pasó con Signe, como vivió Eero. Necesito entender algunos de sus porqués y me quedo coja con lo que me dan. Los saltos del presente al pasado no llenan nada.
Por eso, supongo, no puedo decir que es una película genial aunque el envoltorio con el que se sirve es magnífico. Me quedo en una historia en la que lo anecdótico no tiene trascendencia, donde quizá el guionista y el director deberían haber construido mejor los personajes, dotarles de una vida que fuera más allá de lo que nos muestra. Unos personajes demasiado asépticos que me dejan la sensación de haberme perdido algo que quedó en el tintero, o en la mente de quienes pensaron en esta historia. Sin embargo, pese a ello, se la recomiendo, porque pese a todo me ha gustado y aunque mi gusto, como habrán podido comprobar, en ocasiones deja bastante que desear, es el único que tengo y es el que me vale.
© Del Texto: Anita Noire


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abr 12 2010

La Lista de Schindler: Ya lo sabíamos, Steven

No me gustó, no me gusta y dudo mucho que llegue a gustarme esta película jamás.
Cuando alguien que quiere contar un mundo se compromete consigo mismo suele ocurrir que consigue cosas grandes (mastodónticas) a base de cheques millonarios (mastodónticos), de repartos extraordinarios (mastodónticos también) y de lágrimas arrancadas con cierta facilidad. Es decir, consigue cosas grandes y sin importancia. El compromiso ha de adquirirse con ese mundo por contar, con los otros. Y, si hablamos de arte, lo grande no tiene porqué ser excelente. Ni siquiera bueno.
Eso es lo que le pasa a Steven Spielberg en La Lista de Schindler. Con la excusa de homenajear a un pueblo entero lo que hace es darse un homenaje a sí mismo. Yo no voy a negar que esas atrocidades que cuenta en su película fueran reales. Es posible que fueran aún peores que las que muestra. Yo no voy a negar que muchos de los miembros de las SS fueran monstruos. Yo no voy a negar que el pueblo judío haya sido perseguido durante siglos. No, no lo haré porque creo que todo eso es verdad. Lo que me parece estéril (a estas alturas) es rodar una película que cuente lo que ya sabemos, que lo cuente con una clara tendencia a la exageración en las formas. Más que nada porque, cuando se trata de narrar y se llevan las cosas al extremo, se corre el riesgo de hacer desaparecer a los personajes, todo se desliza al terreno de fuego de artificio y la pomposidad.
Por ejemplo, no me creo a Liam Nesson haciendo de Schindler porque no me dejan ver al personaje. Ni me creo a ninguno de los actores que interpretan a los presos judíos porque me parecen todos iguales. Alguien puede decir que en esas circunstancias todos eran iguales. Y es verdad. Pero Spielberg no juega a eso, no. Lo que quiere hacer es justo lo contrario sin conseguirlo. Ni me creo a los que interpretan a los militares alemanes por lo mismo. Es el bien contra el mal cuando el director quiere enseñar que el bien es el conjunto de los bondadosos y el mal el conjunto de los asesinos.
El único intento serio de evolución en un personaje que se hace en esta película le toca a Schindler y resulta patético por increíble. Poco a poco va viendo cosas que le hacen modificar su postura (eso es lo que Spielberg quiere colarnos), pero, al mismo tiempo, un espectador atento a lo que ve no entiende casi nada. Demasiada ambigüedad para llegar a un destino tan rotundo. La secuencia en la que Schindler se despide de sus trabajadores (la guerra ha terminado) es una de las más inverosímiles que recuerde.


Ciento ochenta y siete minutos de película. Si eliminamos salvajadas y escenas violentas la cosa se quedaría reducida a la mitad (soy generoso en el cálculo). ¿Tiene esto un sentido narrativo distinto al de acongojar al espectador para que nunca olvide quiénes fueron los buenos y quiénes los malos? Eso ya lo sabemos de sobra. Mucho arroz para tan poco pollo.
Tal y como sucede en literatura lo explícito suele funcionar regular. Si Spielberg intentara dejar más sitio a sus espectadores lograría películas de mayor calidad expresiva. Contar todo es un tostón. Y contar siempre lo mismo durante más de tres horas un horror.
© Del Texto: Nirek Sabal