nov 26 2011

El árbol de la vida: La poética de lo humano

Terrence Malick hace el cine que quiere. Dicho así, alguien podría pensar que no es nada del otro mundo. Sin embargo, lo es. Hoy en día son muy pocos los que pueden escribir el guión que desean y hacer una película como creen que deben hacerla. Manda el dinero y eso es una carga muy pesada.
Terrence Malick tiene una forma de ver las cosas muy especial y está decidido a explicar el mundo a los espectadores. Otra cosa bien distinta es que estos se dejen llevar a terrenos muy difíciles, muy fatigosos por lo que exigen. Y tiene el director el objetivo de hacerlo como cree que debe. En El árbol de la vida apenas narra y se centra en la poética de la imagen, en un panteísmo abrumador, en una carga teológica demoledora para creyentes o ateos, en las preguntas que no tienen respuesta salvo que el hombre busque sin descanso en la realidad (en toda la realidad, la material y la inmaterial). Apenas narra y lo hace sin miramientos con el que no esté preparado para ver algo así. Como debe ser. Los gestos de cara a la galería nunca acompañaron bien a las obras de arte. Por eso, es muy posible que un buen número de espectadores salga de la sala quejándose por el paquete que le han metido sin enterarse, jurando no volver a ver una película más de este director. Tan posible como que otros salgan extasiados y conmocionados por el peliculón que ha preparado Malick. El que escribe se encuentra en este último grupo.
Podría parecer que la película trata asuntos teológicos, las cosas de Dios, por encima de cualquier otra cosa. No es así. Es justo al contrario. El árbol de la vida aborda la búsqueda del sentido de la existencia por parte de cualquier individuo. Ese es el tema principal. La búsqueda del sentido de la vida desde la ausencia, desde el recuerdo que conforma el presente, desde la falta de un futuro cierto. Por supuesto, desde lo inmaterial o espiritual. Lo que sucede es que el director sabe que eso hay que prepararlo bien, construirlo sobre cimientos sólidos. Es por esto por lo que se toma su tiempo al crear los personajes y rodearles de fe, de creencias, de religión. Pero, también de fracasos, de presiones, de amor, de sufrimiento, de muerte; de todo lo que es propio de persona.
Jack (interpretado por Hunter McCracken de niño y Sean Penn de adulto) es un personaje que intenta explicarse cómo ha llegado hasta el lugar en el que se encuentra, qué ha sido lo que ha marcado su vida; intenta tener una visión absoluta del universo al que pertenece. Este personaje representa, claramente, a Terrence Malick. Un vistazo a su biografía da idea de ello. Busca entre los recuerdos, intenta conversaciones con los muertos, recorre el cosmos entero buscando algo que encontrará con muchas dificultades. Su mundo se ilumina con la figura de la madre (una espléndida Jessica Chastain). Pero se llena de tinieblas cuando aparece el recuerdo del padre (un contenido y profesional Brad Pitt que defiende un papel muy difícil con acierto). Tinieblas que se disipan cuando descubrimos la soledad y sufrimiento de ese hombre que no puede amar porque se detesta a sí mismo. El camino para que Jack pueda acomodarse y sobrevivir es duro, infinito. ¿Dónde está Dios? ¿Dónde se encuentran las personas? Luces divinas que no iluminan la falta de entendimiento de las personas, la verdad que aparece miedosa, el silencio de un Dios que todo lo puede, pero que envía moscas a las heridas que él debería curar. Un Dios enorme y un hombre enano. La limitación de la inteligencia. Y, para ello, hay que buscar en la creación. Hay que buscar respuestas a lo que sucede y en la distancia que el hombre ha tomado con respecto al mundo: ya no escuchamos a la naturaleza, la violamos a todas horas, nos hemos convertido en extraños dentro de nuestro hábitat. En una creación que Malick nos presenta desde el primer momento a través de imágenes colosales que van desde el nacimiento de una supernova hasta los primeros seres vivos, desde los primeros animales hasta su destrucción. Esa evolución del mundo en correlación perfecta con la evolución personal de cada individuo. Esa evolución que arrastramos cada uno de nosotros porque ni una sola gota de sudor se ha desperdiciado para llegar hasta aquí. Y, como colofón, la muerte del mundo, del ser humano; el pánico a desaparecer.

Malick apuesta por la creación de imágenes potentes, de imágenes que arrastran toda la poética de este autor, de imágenes que se van intercalando con otras más narrativas. La película está rodada con diferentes tipos de cámaras para conseguir que cada cosa sea exacta. Y la cámara al hombro moviéndose sin remilgos, casi con frenesí, alimentando los gestos que se convierten en expresión de un estado de ánimo muy concreto, en respuestas improbables, en algo más de lo que son. Muy impresionante el resultado que se presenta con un montaje fragmentado, como un ir y venir en el tiempo inevitable para que el sujeto pueda buscar dentro de sí, para que se pueda reconciliar con el pasado. Esa es la forma de encontrar un sentido, si es que lo hay, a la vida. La propuesta del director deja clara una cuestión: todos buscamos, es nuestra condena y nuestra grandeza. La escena final en la que cientos caminan por una playa es clara en ese sentido.
Malick utiliza hasta cuatro puntos de vista distintos. Enriquecedor sin duda en este tipo de proyectos. Pero algo confuso para un espectador que no esté dispuesto a trabajar más de la cuenta. Además, el montaje es algo reiterativo con algunas cosas (más expresivas que poéticas) que quedan claras muy pronto. Inexplicable. En ese sentido la película se estropea un poco (mínimamente). Tampoco ayuda mucho un final que se condensa y hace que los tempos se vean alterados en exceso. Media hora más de película permitiría al director evitar ese problema, pero hubiera sido demasiado. La película es lenta en su desarrollo y mucho más metraje iría contra cualquier posibilidad de éxito.
En cualquier caso, la película es estupenda. Por su fotografía, por la complejidad de la partitura que acompaña la acción, por las interpretaciones de todo el elenco, por el concepto cinematográfico del director, por lo arriesgado de la propuesta al intentar explicar el desastre de la humanidad desde ese lugar olvidado que es lo espiritual.
© Del Texto: Nirek Sabal

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dic 6 2010

Ciudad de Vida y Muerte: La lacra de lo que ya está contado

Cuando alguien se nos acerca y dice que tiene historias como para llenar una novela o hacer una película, se equivoca. El cine o la literatura son cosas muy separadas de la realidad. Los documentales o los diarios son las únicas formas de contar esas historias que tantas páginas llenarían. Empeñarse en agarrar algo de la realidad para contarlo tal y como es, no deja de ser un error disparatado si es que lo que se quiere es hacer literatura o cine. Otra cosa bien distinta es arrastrar una experiencia que hizo, en su momento, que la mirada del autor se modificara y la maneje para contar algo que le interesa. Me explico. Mi padre murió en la cama de un hospital. El padre de uno de mis personajes muere en el salón de casa. Yo no estaba presente en el momento de morir mi padre, pero mi personaje siente lo mismo que yo. Algo así.
El director chino Lu Chuan agarra un hecho histórico para contarlo. La invasión de la que fue capital provisional de China, Nanking. Allí se produjeron barbaridades de una categoría difícil de colocar en una escala. Pensar en ello pone los pelos de punta. Sin embargo, ver la película no pone los pelos, ni de punta, de al revés. Rodada en un blanco y negro que tiene que ver poco con lo artístico, el director revive unos hechos atroces sin saber qué es lo que quiere contar. Se queda a medio camino entre esa faceta histórica de la narración y la creación de unos personajes que deberían haber explicado esto desde un punto de vista mucho más atractivo que el que nos presentan. Suele pasar que un personaje colocado en una situación extrema se convierte en un muñeco vacío que se mueve impulsado por cualquier cosa excepto por sí mismo. Por tanto, poco pueden aportar en esas condiciones.
Me ha recordado excesivamente el cine de este hombre al de otros directores. Steven Spielberg está por ahí. Lo está Roman Polanski. Incluso se puede encontrar a Terrence Malick. Y está menos de lo que se podía esperar el propio Chuan. En el caso del primero, Chuan arrastra lo peor de un Spielberg que abusa de lo explícito justificándolo con una grandiosa puesta en escena, la presencia de una violencia que termina por sobrar. De Polanski un encuadre que intenta recrear en el arte algo horrible. Y de Malick esa llamada a la lírica mientras las balas silban o las mujeres son violadas de forma atroz.
Es verdad que Chuan intenta huir de algo muy facilón y que no es otra cosa que el mostrar a los japoneses como auténticos monstruos. A veces se le va la mano aunque se contiene bastante durante toda la película. La acción es tan estremecedora que el espectador no necesita mucho para entender que el hombre es una fiera salvaje cuando está en plena batalla, que los vencedores son trituradoras de personas sin pizca de compasión.
En cualquier caso, la película se desliza más hacia el documento histórico aunque el esfuerzo del director es grande al cuidar la fotografía y un movimiento de cámara poco histérico.
La película de carácter coral es dominada desde el principio por un punto de vista que busca la mayor objetividad posible. Pero se alternan modificaciones en el narrador que nos llevan a ver el mundo desde un personaje concreto. Es en esas ocasiones es cuando la película eleva el nivel expresivo y la intensidad narrativa. Al desaparecer, la propuesta se vacía y el conjunto, por tanto, es algo dubitativo.
Se deja ver la película. Poco más. Es sorprendente la cantidad de ruido que hizo y los premios y buenas críticas que cosechó. No sorprende tanto lo pronto que dejó de escucharse ese ruido. Tal vez sea porque lo que ya está contado puede sorprender desde la estética o desde algún territorio poco explotado, pero nunca desde la esencia. Y eso, finalmente, es una lacra enorme.
© Del Texto: Nirek Sabal

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oct 24 2010

Un puente lejano. Inolvidables (7)

Cornelius Ryan escribió la novela A Bridge Too Far. William Goldman la adapto para el cine. Y Richard Attenborough dirigió la película homónima de la novela original. Una película bélica que no suele aparecer entre las favoritas de los que dicen entender de cine. Tal vez eso obedezca a a que; a pesar de contar con un reparto de auténtico lujo, un buen guión, medios técnicos más que suficientes, un sonido espectacular y una banda sonora magnífica (compuesta por John Addison); la película narra un hecho histórico pegándose mucho a eso (no intenta narrarlo de forma exacta, ni mucho menos) y no a la búsqueda de universos únicos, al uso de recursos narrativos que aumentan la capacidad expresiva de la imagen (por ejemplo, un silencio en medio de la batalla) o al uso de un discurso de los personajes que, francamente, los convierte más en filósofos de barra de bar que en hombres que van a morir poco después (sólo algunos lo han conseguido sin hacer el ridículo como, por ejemplo, Terrence Malick). Quizás sea por eso. No lo sé. El caso es que la película narra cómo una operación militar puede fracasar por la misma razón por la que un ejército cualquiera triunfa. La disciplina; no rechistar ante las órdenes de un superior; no decir lo que se piensa para no contradecir al de arriba. La misma razón para ganar una guerra que para perderla. ¿Cómo nos cuentan todo esto? Desde la estrategia, desde el despliegue de efectivos, desde los errores, desde las órdenes dictadas detrás de un despacho, desde los heridos. La guerra por dentro. Algo mucho menos amable que desde personajes extraordinarios o, incluso, desde el horror. Otra forma de contar, más selectiva. Me pregunto, siempre después de ver la cinta, qué es la guerra. Y la respuesta es la misma, siempre también. Es la suma de todas esas películas bélicas. Y me parece injusto que, cuando hacer cine es representar una realidad cualquiera desde un punto de vista determinado, se menosprecien algunas de ellas por esa razón (hablo pensando en películas de calidad y no de bazofias que encontramos en cualquier rincón).

Pocas películas muestran con tanta solvencia cómo la artillería apoya el avance de una columna de blindados, cómo el despliegue táctico en un ejército puede ser de una belleza pasmosa, cómo las casualidades son la misma guerra o cómo las creencias personales o la egolatría son factores determinantes en una batalla. Al fin y al cabo, los ejércitos son lo que son y no lo queremos que sean. No quiero decir con esto que Un puente lejano sea una especie de documental. No, no es eso. Porque es una película de cine y de las buenas. Con todo esto me refiero a esa zona del cine que se pega más a una realidad y deja de interesar a muchos.
El caso es que pocas veces podremos ver a un grupo de actores como el que forma el elenco de esta película trabajando juntos: Dirk BogardeJames CaanMichael CaineSean ConneryDenholm ElliottElliott GouldEdward FoxGene HackmanAnthony HopkinsJeremy KempRobert RedfordLiv UllmannMaximilian SchellHardy KrügerLaurence OlivierMichael CaineSean ConneryRyan O’Neal. La interpretación de Edward Fox sobresale sobre el resto aunque todos están muy correctos en sus papeles. Y un aviso importante. Pocas películas pierden tanto con el doblaje como esta. Hay que verla en versión original.
© Del Texto: Nirek Sabal

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oct 12 2010

La delgada línea roja: Miles de guerras en cada batalla

La única forma posible de conocer las motivaciones, el estado de ánimo o cómo interpreta lo visto un ser humano, es tener acceso a su conciencia. Cualquier filtro (incluido el lenguaje) que aparezca, entre él y quien quiere saber, hace que la información pierda su pureza y obligue (no ya a creer) a una interpretación más o menos inexacta.
En cine o en literatura, el registro que nos lleva a ese pensamiento ordenado es el monólogo interior. Si escuchamos o leemos lo que un personaje se cuenta a sí mismo, podemos saber de él lo que ve, cómo lo ve, qué significado tiene, la razón por lo que hace una cosa u otra. Y lo más importante de todo, sabremos interpretar eso que dice en un diálogo poco después, un gesto que sin esa información sería uno más y, sin embargo, ahora es relevante.
El monólogo interior es lo que dibuja de forma definitiva al personaje, es lo que nos permite conocer el mundo de otro sin tener que trazar líneas que no nos corresponden.
Terrence Malick, después de una largas vacaciones que duraron veinte años, dirigió una película bélica a finales de los años noventa que sorprendió a todos por su calidad narrativa, por los registros utilizados, por el nivel técnico a todos los niveles y por la forma de presentar algo tan terrible como es una batalla. Cuando pensamos en la guerra pensamos, inevitablemente, en los ejércitos, en las armas, en las estrategias estudiadas y perfectas, en las tácticas militares de combate. Pensamos en algo ajeno y lejano a lo que el hombre es en sí (al menos debería). Sin embargo, nos olvidamos de las personas, las motivaciones que les llevaron a un campo de batalla o a no abandonarlo, sus sentimientos (sólo hablamos de valentía o coraje o miedo atroz. Sólo nos compadecemos de los soldados). Y olvidamos, también, un entorno que siempre está para dar o quitar con brutalidad. Con guerra o sin ella.

Malick intentó proponer una nueva poética (si es que existe) de la guerra; una nueva estética de la guerra (esa sí que existe). Eso es algo al alcance de muy pocos. Sólo lo consiguen los que saben que cualquier manifestación artística debe añadir al mundo una nueva forma de mirarlo. El resto repite, una y mil veces, un mundo ya conocido, sin aportar gran cosa o nada.
Hombres que se mueven gracias a su ambición personal, sin dudar un instante al enviar a cientos de personas hacia una sepultura llena de metralla que soporta la ambición personal. Hombres capaces de ver más allá del terror descubriendo que el mundo (desde que suena el primer disparo) mantiene una zona original que se separa del que vivimos guerreando y a la que pertenecemos aunque la abandonemos una y otra vez. Hombres convertidos en bestias salvajes. Hombres aturdidos, miedosos, enloquecidos. Hombres que viven agarrados a un mundo idealizado (el que dejaron al marchar) tan destructivo como el campo de batalla, tan cruel como el estallido de un obús. Hombres moviéndose por un escenario poderoso, hostil, invencible.
Un gran todo formado por cosas pequeñas, casi insignificantes.
¿Cómo consigue Malick que la percepción del espectador no sea la misma de siempre, cómo consigue que sobresalgan las cosas pequeñas? El hecho de poder escuchar unos versos de Walt Whitman no es suficiente. No deja de ser un detalle. Son los monólogos interiores, las voces construidas desde el pensamiento de cada personaje, y los constantes cambios en el punto de vista a medida que se desarrolla la trama. Eso es lo fundamental. Durante todo el metraje iremos viendo la guerra desde uno u otro personaje; aparecerán matices que convertirán la misma cosa en un cataclismo personal y colectivo o en el milagro de la vida de las plantas; la guerra podrá reducirse a un error personal que lleve a la muerte o al sufrimiento que produce ver morir un pájaro.

Malick acompaña todo esto con un guión (firmado por él mismo) magnífico. Cada frase hace que el personaje crezca. Lo acompaña con la partitura de Hans Zimmer acompasada con la acción desde la distancia precisa para no perder comba o sobresalir en exceso, sin alterar la imagen, sin perderse en tierra de nadie. Acompaña la fotografía de John Toll. Inmensa, majestuosa, elegante, profunda (de lo mejor de la película). Y, por su puesto, acompaña la dirección de actores (un grupo extraordinario) con la que logra resultados más que buenos. Adrien Brody es el que consigue una interpretación más discreta; Sean Penn está solvente y creíble; Ben Chaplin muy correcto; Nick nolte da una lección de contención a pesar de la histeria de su personaje; Elias Koteas interpreta el personaje más difícil de todos por estar alejado del cliché militar y lo hace muy bien; y Jim Caviezel se apoya bien en una interpretación tranquila, apoyada en los diálogos y la voz en off del monólogo. Además de estos, aparece John Travolta con un papel de poca importancia (está más para que crezca el de Nolte que para otra cosa). Y aparece George Clooney. En una sola escena, lo que le llevó a pedir que anulasen todo el material en el que aparecía y quitasen su nombre de los créditos. Había rodado mucho más material que en el montaje pago el pato de lo que fuera (ese pato es desconocido para mí). Por supuesto, no hicieron caso al bueno de George.
Creo que es de especial importancia el vestuario de la película. Generalmente, cuando pensamos en un film bélico pensamos en la sencillez del vestuario. Todos visten igual. Y puede ser verdad, no lo discuto. Pero en esta la cosa cambia. Es justo al revés. Todos parecen distintos. No porque los uniformes sean distintos sino porque la personalidad al vestirlo lo hace diferente.
Los personajes desembarcan en Guadalcanal, quieren ganar la batalla. Pero sobre todo quieren entender qué es lo que pasa a su alrededor. Malick les hace recorrer un camino terrible arrastrando el bien y el mal; el miedo, la locura, la idea de Dios. Les hace transitar un camino oscuro que les lleva hasta ellos mismos. Terminan sabiendo más de ellos. Terminamos sabiendo más del hombre y de nosotros mismos.
Una obra maestra.
© Del Texto: Nirek Sabal