ago 22 2010

Chinatown: Un refugio para siempre

Un villano, un detective; una mujer sensual, enamoradiza y, a la vez, seductora por la que el detective pierde los papeles; policías, gansters y algún asesinato que otro buscando riqueza fácil, dinero con el que comprar el futuro (eso dice uno de los personajes de Chinatown). Son los elementos que, de forma clásica, han manejado los escritores de novela negra. Cercanos siempre al costumbrismo y armando tramas llenas de misterio y acción. Se han logrado resultados desiguales durante muchos años aunque lo que ha salido bien han sido excepcionales. Buenas de verdad.
Roman Polanski que es un director de cine magnífico (con los actores hace un trabajo más que notable y con los textos también al intentar ceñirse al sentido de lo escrito) filmó a mediados de los años setenta una formidable película. Chinatown. Consiguió el Oscar al mejor guión original y estuvo nominada en otras diez categorías. No hubo suerte. Competir con la segunda parte de El padrino de Francis Ford Coppola o La noche americana de Truffaut es duro. Terremoto, El gran Gatsby o Asesinato en el Orient Express son algunos de los títulos que competían ese mismo año.

En cualquier caso, nominaciones aparte, la película de Polanski es completamente maravillosa. Creo yo que es una de esas películas que los directores que quieren triunfar siempre tienen en la cabeza, una de esas películas que todos quisieran rodar. Un reparto excelente haciendo su trabajo con solvencia, rozando la perfección; la música de Jerry Goldsmith tan efectiva como siempre (suenan algunas canciones además de la partitura original que rematan el trabajo de forma exquisita. Por ejemplo, I Can’t Get Started de Ira gershwin y Vermon Duke); un vestuario bien diseñado y muy cuidado; un guión a la altura de El Halcón Maltés que es como decir próximo a lo máximo que se puede conseguir; en fin, algo perfecto. O casi.

J. J. Gittes (Jack Nicholson) es un detective que trabaja tranquilamente en Los Ángeles. Su vida se complica cuando recibe el encargo de un trabajo que será mucho más complejo de lo que parece inicialmente. Un asunto de cuernos termina siendo un laberinto lleno de peligros, de políticos corruptos, de muerte. Cuando aparecen Evelyn Mulwray (Faye Dunaway) y su padre Noah Cross (John Huston) todo se convierte en un infierno. La trama se desarrolla en un tiempo histórico muy breve y el ritmo es trepidante. Polanski (él mismo interpreta un pequeño papel como ganster) consigue manejar, además, un tempo narrativo que hace casar todo de manera exacta. Las interpretaciones de Nicholson y Dunaway son soberbias.
¿Por qué una película gusta tanto y otras tan poco? Creo yo que la respuesta es mucho más simple de lo que puede parecer. Las que gustan son las que cuentan un mundo que representa una realidad compartida por todos, reconocible, y hacerlo bien. Son las que muestran personajes con alma, que tienen motivaciones y una razón por la que existir, que sienten y hacen sentir cosas similares al espectador, que dicen cosas importantes y no idioteces por bonitas que sean. Resumiendo: las que emocionan. Sólo con la emoción en marcha se puede intervenir en una propuesta narrativa, en este caso, la que vemos en pantalla.
Chinatown es una de esas películas. Vuelvo a ella de vez en cuando, con tanta frecuencia como intento escapar de los cientos de títulos que procuran venderme a base de efectos especiales o rostros bellos.
Me gusta el cine de Polanski. Me gusta el cine negro. Me gusta todo lo que, realmente, es cine. Y me gusta saber que existe un lugar en el que puedo refugiarme cuando el mundo deja de gustarme. Chinatown.
© Del Texto: Nirek Sabal

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mar 14 2010

Mí no entender

El mundo cambia. Y lo hace, cada vez, más velozmente. Nunca antes la humanidad había avanzado tanto en tan poco tiempo; nunca la humanidad había destruido su hábitat con tanta saña y con tanta prisa. Cada descubrimiento supone un avance equivalente a siglos anteriores.
Conocí un mundo muy distinto al de mis padres aunque pude entender buena parte de lo que allí pasó. Mis hijos conocen un mundo que nada tiene que ver con el mío. Y no entienden nada de nada. Ya no se trata de entender. Ahora el objetivo es avanzar, cueste lo que cueste.
Antes, las salas de cine eran enormes. Una puerta, un cine. Nada de multisalas. Al entrar (detrás de una cortina de terciopelo granate y enorme) te recibía una persona vestida con un uniforme completamente anacrónico que sostenía una linterna en la mano. Te colocaba en tu asiento. Lo iluminaba para que pudieras sentarte sin equivocación posible. Porque al cine se podía llegar tarde a cambio de una propinilla. Si se trataba de una sesión doble con más razón. Entrabas y si la película había empezado no pasaba nada. Veías lo que restaba, veías la siguiente, seguías sentado y asistías a la proyección de la parte no vista de la primera de las películas. Entre película y película se visitaba el bar del cine. Aguantar la cola formaba parte del rito. Y, de regreso a la butaca, te encontrabas sobre las piernas el abrigo, la bebida y las palomitas. No había hueco para cada cosa porque donde acababa tu localidad empezaba la siguiente. Bien pegadita.
Durante la proyección podía pasar cualquier cosa. Problemas de sonido, el proyector descacharrado, la película que se quemaba. Y a eso se contestaba con gritos y silbidos. Con grandes escándalos.
En las últimas filas se refugiaban tres tipos de espectadores muy significados. Los novios para aprovechar lo negro de la sala, los fumadores y los gamberros. Aunque el lugar preferido para fumadores y gamberros era el gallinero. Allí las persecuciones de los acomodadores eran duras. Con sus linternas buscaban culpables sin parar. Y los expulsados salían del cine pensando que, al menos, la localidad del gallinero era más barata que la de butaca de patio.
Qué emoción pasar por la puerta del cine de barrio teniendo menos de dieciocho años cuando la película estaba calificada para mayores (en la España puritana y mojigata aquello era una heroicidad para un chico que no era mayor de edad). Qué olor a ozono pino. Aún podría describir el aroma y el asco que me producía si lo acababan de soltar con una de esas máquinas que también se utilizaban para regar las plantas con insecticida.
Pero la gran estrella era la Gran Vía madrileña. Aquello era otra cosa. Un cine de barrio era insignificante si lo comparabas con cualquiera del centro de Madrid. Las colas para asistir a los estrenos eran gigantescas. Incluso hubo reventa de entradas en muchos de ellos. Terremoto, El coloso en llamas, Grease, Fiebre del sábado noche, Rocky, Las guerra de las galaxias; Alien, el octavo pasajero. Aplausos al acabar la película. Emociones nuevas que nos traían mundos imposibles de imaginar hasta ese momento.
Ir al cine era un rito, era importante. No existían el vídeo ni el Dvd. Los ordenadores estaban en la NASA. El cine era único, era el universo prometido. Era igual si King kong tenía pinta de peluche porque el espectador no iba a comprobar cómo evolucionaba la técnica sino a descubrir. Todo era mágico. No estoy seguro de que ahora lo sea tanto. O será que no entiendo la magia moderna. No lo sé.
© Del Texto: Nirek Sabal