may 2 2012

Teorema: La patada en el estómago

La primera vez que vi Teorema fue proyectada en el salón de una casa de campo de muros encalados. Las paredes eran rugosas e imperfectas, así que el proyector se situó estratégicamente sobre una silla subida a una mesa de comedor con la intención de proyectar exactamente en los visillos blancos del ventanal. Las protuberancias rojizas de la pared sumadas al fruncido de las cortinas y al aturdimiento del alcohol más los humos de la chimenea consiguieron tal efecto alucinógeno en la proyección de la película que desistí de ella para abandonarme al sueño y a las risas a la espera de una pared mejor.
La segunda y última vez que vi Teorema, fue con unas gafas prestadas y dos perritos sobre mis piernas. Esta vez, a pesar de las consecuencias que tuvieron sobre mi cintura y mi vista cansada las casi dos horas de película sin poder moverme, puedo asegurar que esta surtió su efecto sumándose así a mi lista personal de películas extraordinarias.
Esta vez, Pasolini consigue la desintegración total de una respetable familia de burgueses mediante la llegada a su casa de un misterioso visitante. El visitante, de una naturaleza seductora, espiritual, casi divina, consigue sin esfuerzo cautivar a todos los miembros de la familia, desde la criada hasta el matrimonio y los hijos adolescentes. Una vez todos encantados, el visitante anuncia su marcha dejándolos a cada uno en una crisis personal e indivisible sin lugar dónde ubicarse ni novedades y alicientes a la vista y fuera de su equivocada seguridad. Esta crisis de melancolía afecta a cada uno de los personajes de distinta forma. Mientras que Odetta, la hija adolescente, cae en una parálisis autista sin remedio y Pietro, el hijo, vuelca su locura en una frenética actividad artística, Lucia, la madre, se pasea en mini cooper seduciendo en el camino a todo muchacho que pueda procurarle las ilusiones perdidas, y Paolo, el marido, resuelve abandonar su fábrica a los obreros.
Mientras Emilia, la criada, se salva purgándose a base de sopa de ortigas para luego acabar enterrada en una parcela en construcción dónde se formará una bonita fuente a partir de sus lágrimas, los gritos de todos ellos resuenan en un desierto de arenas negras azotadas por el viento.
Teorema le costó a Pasolini una acusación del Vaticano. Fue acusado, juzgado y absuelto después de varios meses costándole casi la prisión. Teorema fue prohibida en Italia, queriéndose destruir todas las copias para su exportación. Sin ser el contenido de esta película obsceno ni ofensivo, el público se sintió provocado por las formas, las mismas formas que, como ya comenté en otros textos sobre Pasolini y otros cuantos autores, a mí me parecen la patada en el estómago estómago, el estudio filósofo-científico-literario y el instrumento de pensamiento que es el cine.
© Del Texto: Sonia Hirsch


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jul 4 2010

Io sono l´amore: La simbología de lo narrado

Todo estaba contado ya. Lo había hecho Pasolini en su Teorema, Pascal Ferran en Lady Chatterley y Visconti en La Caída de los Dioses. Lo hemos visto en cada película que habla del amor como fuerza imprevisible y devastadora.
Pero nunca había sido retratado de una manera tan contenida, apoyándose en los sonidos y las omisiones. Tan metafóricamente compuesto con símbolos.
Luca Guadagnino, sus directores artístico y de fotografía, sus vestuaristas, crean para esta película una atmósfera densa y cargada de presagios en una familia exactamente rica. No con el exceso que en Italia se asocia al mal gusto ni cayendo en el desclasamiento burgués. Whealthy le dicen los ingleses, como sólo se puede ser en un país que, a pesar de todo, paga la factura del petróleo con los beneficios de la alta costura. Y en ese ambiente suntuoso, mantenido en provocada intemporalidad, como un estuche de leves dorados y paneleados de madera, lo que le sucede a los ricos adquiere un tono épico. Aquí se retrata la familia en el arranque del filme y aquí se van a desencadenar las fuerzas que provocan la crisis. La soberbia recreación de este espacio subsumido en una Milán horrible, cubierta por la nieve, es uno de los grandes aciertos de la película y el otro una selección de músicas perturbadoras que nos ponen al borde de la desesperación, como la extraña partitura de la ópera Nixon in China de John Adams.
Todo lo que sucede de importante se encuentra en la periferia y se muestra sesgado o fuera de plano y eso, que habrá muchos que detesten, es otro acierto para evitar lo prosaico. Debemos escuchar el silencio para interpretar lo que ocurre.
Tilda Swinton está estupenda en su papel como no podría ser menos teniendo en cuenta que firma también como productora y todos sus excesos de interpretación están convenientemente enmascarados en una personalidad rusa, domesticada, diferente, que termina desafiando a las convenciones y desencadenando la tormenta literal y figuradamente. Marisa Berenson soberbia como Allegra Recchi, tremendamente Fendi. No se debe decir más, solamente un mito viviente puede llegar a esa altura sin pronunciar prácticamente una palabra en el filme. Flavio Parenti (Edoardo hijo) es guapo, interesante, magnético y actúa con gestualidad minuciosa y elegante. Y está impecable Maria Paiato como Ida, la criada entrañable, cuyo papel va creciendo con una tensión que termina apagando con sus lágrimas.
La película se acaba de estrenar, ha ido a las secciones oficiales de Venecia y Sundance y la preludia el mito de retratar de manera encubierta a los poderosos Agnelli, cosa que el director desmiente aunque todos sabemos que es verdad. (Y él sabe que nosotros lo sabemos).
Por momentos es desesperantemente lenta y quizás los amores de Emma (¿Les suena el nombre?) sean un poco faunescos como lo es su amante cocinero. Por cierto que los guiños a la nueva cocina son equilibrados y contra todo pronóstico funcionan.

No conviene esperar para verla en una pantalla pequeña porque el ritmo y la visualidad no soportan el formato. No deben ir los que detesten el exceso estético porque el oriente de unas perlas en la penumbra de un cuarto de postración les quemará los ojos.
Para los amantes de buscar claves ocultas, queda por inventar una inquietante relación triangular, posiblemente incestuosa y levemente homoerótica y un encadenamiento de homenajes al cine, la literatura y la música que culminan con la voz inigualable de La Divina.
Los curiosos deben conocer que la residencia Recchi es un decorado natural, la villa Necchi Campiglio, construida por el arquitecto Piero Portaluppi entre 1932 y 1935.
Me ha gustado.
© Del Texto: IVOR QUELCH


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